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EL PUEBLO SERRANO EN POESÍA
Segunda Parte

 

botani.

Sierra de Aracena



Alada Soledad

A un tordo que perdió a su amada

I

Me embarga tu dolor, hermano mío.
Se te ha muerto tu amor con tanta muerte
  que a pesar de ser joven y ser fuerte
  te estás muriendo en tu infinito pío.

Comparto tu neurótico quejío
  recreando el espejo de mi suerte:
  absurdo golpe que te deja inerte,
  loco, de alas inútiles, y frío.

Comprende tú la magnitud del cielo,
  enherbola en su luz tu ardiente huida,
  busca en tu libertad libre consuelo.

Más patética y sorda es esta herida
  de quienes, maniatados para el vuelo,
  sufrimos soledad terrena en vida.

I I

Quiere caer la noche como un sable
  sobre la senectud de tu llamada,
  y toda tu vehemencia inaplazable
  encuentra siempre por respuesta nada.

Mis tímpanos en ti, ave adorable,
  toma este corazón si el de tu amada
  vive el descanso de la paz alada
  en algún paraíso inalcanzable.

Tu naranjo te espera tan florido
  que no parece noche entre sus hojas
  ni solo está en su corazón tu nido,

  ¡cuántos amores se le habrán perdido
  sin que su queja estática recoja
  ningún poeta que le preste oído!

mayo 2003

 


HERIDA DE LOS DÍAS        

Hombre,
  ¿quién te conoce?.
¿La Mitología del Tiempo?,
  ¿tu historia, tu son, tu prole?

¿Quién te hizo y quién te dio
  tus facultades feroces
  y tus labios de limón
  y tus rabietas de noche?

¿Quién te impregnó de mentira
  evolutiva y deforme?
¿Quién desde niño te apoca
  como algún estorbo enorme?

Quién te hiere y de qué forma
  que como fuego en el monte
  se te alimenta la herida,
  y un volcán se superpone
  a tu paz y a tu sonrisa,
  y empiezas a herir, y escondes
  tus voluntades primeras
  y tus instintos mejores.

Quién te disuade, mi amigo,
  si la amistad no conoces
  porque en tu despacho oculto
  el poder hizo en ti noche.

Quién te disuade, mi hermano,
  si en el útero recoges
  ya tu fortuna y tu clase,
  tu mando y tus tradiciones,
  como su pena y su ira
  recoge en el suyo el pobre.

Heridas que se alimentan
  y se agrandan como voces,
  se estiran sobre el planeta,
  se acumulan, se anteponen
  a la belleza del mar,
  a la altura de los montes,
  al cielo de una mirada.

Heridas que se conocen
  en el tiritar del viejo,
  en los silencios del joven,
  en la timidez del niño
  y en la ceguera del hombre.

Heridas que en el mercado
  de los amplios borbotones
  engendran armas de lujo,
  cuerpos de ataque y de choque,
  magnicidios casuales,
  multitudes de uniforme,
  epopeyas que abaratan
  la sangre y los corazones.

(Pobre de mí, condenado
  a las hazañas del hombre).

julio 1981

 

Hermano del mundo            

Estoy bebiendo tu paz
  y se me nublan las alas.
Hasta soñando se mece
  la sangre por las barandas.
Hasta la sangre se esconde
  de tus pupilas intactas.
Y esta luz siente vergüenza
  de tu boca iluminada.

El desgarro, el martirio,
  el candil y la hojalata
  tienden un velo lechoso
  mientras los toros se espantan.
Las fauces del general,
  bujarrón de vino y ratas,
  dibujan junto a los suyos
  la historia de los canallas.
Y el verde claro la vega
  navegando la esperanza.

Por más que beso tu frente
  con la memoria dañada,
  por más que libro -corcel
  infatigable- batallas
  al puente del corazón,
  a los telares del alma,
  no consigo atemperar
  esta historia amortajada.

Y si Anoñito El Camborio,
  o el Teniente de la Guardia,
  o el monte gato garduño,
  o la faz de Santa Olalla
  o el clamor de los silencios
  de su sueño despertaran..

Y qué envidiaba de ti
  el general de la rabia.
La forma de tus pistolas.
La fuerza de tus palabras.
La intuición del duende en vilo
  que en sus fauces se clavaba.
Y qué boda se inventaron
  para tu sangre gitana,
  borrachos de vino malo
  y de peores entrañas.

Voy tejiendo yermamente
  por la vega de Granada
  espigas de dura sien.
Federico vive y habla.

1998

 


El derecho de cantar        

Quién te canta, Andalucía,
   y cantando no te ofende.

Quién ennegreció los blancos
   sueños de tu campo verde.

Quién enriqueció su hacienda,
  quién se puso los laureles
   falsificando tu historia
   y humillando tu presente.

Tiene derecho a cantar
   el jornalero que grita
   ¡quiero tierra y libertad!

Quién te canta, Andalucía,
   tanto canto gregoriano,
   y se les llena la boca
   diciendo amigo y hermano...

Y te compran tu creencia
   y te venden a Jesús,
   no Aquél que anduvo en los mares
   sino el clavao en la cruz.

Tiene derecho a cantar
   el que denuncia un comercio
   que se puso en un altar.

Quién te canta, Andalucía,
   y cantando no te llora
   con lágrimas que se vierten
   en tus ríos cada hora.

Y de tus ríos de llanto
   van a morirse a tus mares
   donde las matan dos veces
   los residuos industriales.

Tiene derecho a cantar
   la Naturaleza Madre
   que se siente acorralá.

Quién te llora, Andalucía,
   lágrimas de cocodrilo,
   traficando con tu pena
   con sus lenguas de dos filos.

Y pasan por buenas gentes
   y por personas honradas

   y reclaman diariamente
   sus derechos de pernada.

Tiene derecho a cantar
   la garganta prisionera
   y la boca amordazá.

1985

 

El tonto            

Caminaba Platero parsimoniosamente
  entre las jaras negras de la Sierra del Conde,
  ora soplando la tierra jornaguera,
  ora imitando coces
  al aire, al aire, al aire puro y seco
  sobre la tierra noble.

Cruzaba la ladera un campesino
  que se entendía a voces
  con algún eco largo que salía
  de las almas del monte.

Entonces llegó el tonto. Le traía
  una sombrero de ramas y de flores
  con dos ojos, y dijo Anda, Platero.

Y anduvieron por un camino pobre,
  y jadeando la pendiente fiera
  el aninmal y el hombre
  llegaron, por la paz de una vereda
  salpicada de diminutos soles
  que se hablaban en el silencio entero
  con besitos de polen,

  al rumor de una fuente casi seca.
Allí una borriquilla flaca y torpe
  libraba, en la soledad del campo,
  la batalla final a duros golpes.

El tonto se inclinó. Platero, nadie
  recuerda o reconoce
  cuando el sol tremebundo de los julios
  tornaba adolescentes algodones
  de su grupa pequeña
  en gigantes sudores;
  ni cuando, por la Cuesta de la Sal,
  cargada de aceitunas y látigos feroces,
  libraba con el hombre y con la tierra
  la batalla de entonces.

Y Platero, muriéndose un instante
  ante la hermana muerta ya, inclinóse
  y suspiró un momento.
El tonto abrió la tierra golpe a golpe.
Anda, Platero. El burro empujó el cuerpo
  y lo cubrieron piedras y terrones.

Del sombrero dejaron
  junto a la fosa diminutas flores.
Y se fueron trotando a campo abierto
  los dominios endémicos del Conde.

 


BAJAN LOS OJOS          

Tú serás historiador,
  nunca historiador y parte.
Tú serás agricultor,
  nunca agricultor y tierra.
Tú serás educador,
  no te dejes que te eduquen.
Y tú, enano en calzoncillos,
  serás y acentuarás lo que te diga el jefe,
  transcribirás exactos los nudos de corbata,
  el alza de los dólares,
  la procesión de ascensos,
  la paz de la opulencia:
  y callarás a muerte
  el alza de la abulia,
  la procesión de hambres,
  la envidia acumulada de los más codiciosos,
  la pericia infernal de los poderes fácticos,
  y mucho más la saña de los que van subiendo
  mientras bajan los ojos más niños cada hora.

octubre 1984

 

Firmado: Rafael Silva


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