Caminar es una actividad básica en las personas.
Caminar por parajes, por caminos que nos llevan a reencontrarnos con el paisaje, las tradiciones y la cultura del lugar por dónde pasamos.
Compartirlo con los amigos, con la familia, con las personas que caminan junto a nosotros.
Caminar con tranquilidad, disfrutando del tiempo y de la compañía, sin prisas, inmersos en la sensación del entorno, interpretando la historia del camino, gozando de la Naturaleza, de la gente de los pueblos, de su forma de ser, de su forma de vivir...y aprender a escuchar sus relatos, sus costumbres, sus leyendas...
Es difícil encontrar un orden para contarlas.
Quizás, lo mejor, es imaginarme de nuevo en esos lugares, para ir desgranando, poco a poco las historias, dejando que fluyan al ritmo que marcan los recuerdos... |
TIERRA DE GIGANTES
En los Pirineos, dicen los más ancianos, que el Aneto, era un gigante de nieve, que enseñó a los pastores a hacer el queso...
Ahora, está convertido en montaña, porque no quiso ayudar a Jesús, cuando este, cansado y desfallecido, le pidió hospitalidad.
Su penitencia fue, el que pudiese recobrar la consciencia y su voz las noches de tempestad...
La gente de los valles, asegura que las noches en que arrecia el viento, se oyen sus quejas lamentándose por lo que hizo...
Los hombres de elevadas estaturas en estos lugares, no son patrimonio del pasado.
En pleno s.XX, se escuchaban narraciones de la existencia de gigantes en estos parajes.
Las Leyendas sobre éllos, se suceden en varios rincones del Valle de Arán.
Nosotros visitamos uno de ellos: Garós.
Cuentan que allí vivió el Gigante de Garós, en una cueva próxima a Betlan, un pueblecito cercano.
De una estatura cercana a los 3 mts. y una fuerza inmensa, luchó contra los invasores Romanos cuando penetraron en los valles.
Los Romanos al no saber como hacerle frente, tomaron como rehenes a su mujer, que era de Garós y a su hija.
Comandando a los hombres de sus tierras, entró en el campamento romano, arrasándolo y rescatando a su familia.
Como aviso de quienes eran, mandó cortar una oreja de cada prisionero, para mandarla a Roma...
Su dureza y violencia, así como su incorruptibilidad, parecía terrible a algunos vecinos, que en realidad, veían en él una amenaza para sus intereses.
Por eso, se unieron para acabar con él.
Después de una terrible lucha, fue vencido, y al verse atado y humillado, no pudiendo soportar el deshonor, ordenó a su fiel sirviente que lo matase, clavándole un clavo en la nuca.
La calavera oradada, se conservó mucho tiempo en la Iglésia de Garós.
La reliquia, se creía que tenía poder para curar y fortalecer a los niños.
Contemplando las cimas de la impresionantes montañas y pensando en lo dura que debía de ser la vida por esos lugares, no cuesta mucho esfuerzo pensar que pudo haber existido una raza de gigantes, surgida de quién sabe dónde, que habitasen estos parajes hechos casi a su medida...
De todas formas, siempre he pensado, que detrás de una leyenda, existen unos hechos reales, que después con el tiempo, se han ido remodelando por la imaginación popular...
Y yo, prefiero quedarme con el recuerdo de Mandronius, el gigante bueno, porque así es como es recordado, que amó a una aranesa, con quién tuvo una hija, que los salvó a todos de los opresores Romanos, y que al final, como suele ocurrir, por la ignorancia, incomprensión, el temor y las envidias, halló la muerte a manos de su própia gente...
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