- 5/5/05 SABADELL
En esta fecha tan cabalística decido iniciar mi segunda aproximación a la ruta milenaria. Aunque, aparentemente, con una gran cantidad de factores en contra ( aún no me he repuesto de los problemas físicos de mi primer camino, sigo cargando peso extra, etc...) hago la mochila y se produce el primer “milagro”: Al primer intento, pesa ¡¡¡ 7,7 Kg. !!! por lo que, incluso con el agua, consigo llevar menos de 9 Kg. ( el 8% +/- de mi peso corporal)
Laura me acompaña hasta la estación de cercanías y nos despedimos. Me dirijo a la estación de Sants para volver a vivir la experiencia de usar el “Shangai-Express” que me llevará durante la noche hasta León.
Antes de iniciar mi andadura, deseo pasar un día visitando todo lo que pueda de esa preciosa ciudad. Además tengo un encuentro pendiente con Laura y Lorenzo, a los que conocí el año pasado y con los que acordé una cita para este año, en mi segundo camino.
El tren estrella ( o según mi versión el tren estrellado) sale puntualmente a las 22,30. Con el equipaje bien colocado y los pies cómodamente calzados con zapatillas tipo piscina, me voy a cenar al vagón cafetería. Este año todo el tren es zona sin humos por lo que me ahorro repetir experiencias neblinosas. Después del bocadillo, la cola y un buen café me voy a acostar. Son las doce y ya estamos llegando a Lleida, pero a partir de ahí ya no me entero de nada más, porque caigo en brazos de Morfeo con una rapidez pasmosa.
- 6/5/05 LEÓN
Como en todos mis viajen en tren, duermo por etapas. El movimiento que a unos adormece a mí me despierta. De todos modos voy bien descansado por lo que a la siete, cuando el tren llega a Burgos, me levanto para desayunar y, al mismo tiempo, poder ver desde la ventana de la cafetería partes del camino que ya conozco. Durante casi dos horas me he saciado de imágenes verdes del mar interior de Castilla: Las olas del mar de maíz, aún verde y con tallos cortos, la falta de montañas que rompan el horizonte y un cielo azul, casi sin nubes, que presagian varios días de bonanza. Creo que tendré un buen inicio de camino.
A las nueve y diez, y con una puntualidad casi británica, el tren ha llegado a León. O sea que a cargar la mochila y a buscar alojamiento para esta noche. Al tener previsto visitar el Húmedo con mis amigos, decido buscar un hostal para no tener problemas de horario y me dirijo a la primera de las opciones que había buscado por Internet. Es la pensión Sandoval y está al lado del Parque de San Francisco pero cuando llego allí, veo la calle donde está ubicada y la puerta de acceso decido que no me gusta y llamo a la siguiente opción: es el Hostal Guzmán El Bueno. Está más en el centro y es más caro pero cuando llego, y sólo con ver la entrada, decido que me quedo allí. Dejo la mochila en recepción y me voy, previa obtención de plano, a empezar mi visita mientras espero la llamada de mis amigos.
León es una ciudad con más de 2000 años de historia y yo no soy un experto en la materia, pero como “turigrino” me he quedado prendado de la sinfonía de colores de las vidrieras de la Catedral más que de su exterior (que por cierto es magnífico). La fachada del Hospital de San Marcos es impresionante, la lástima es que no me han dejado ver el claustro. He podido callejear por la zona intramurallas y he contemplado los casi 2 Km. de murallas que aún se conservan. La zona de bares, conocida como “el húmedo” la he visitado en una hora del día que más bien parece un pueblo abandonado (nada que ver con el espectáculo que parece ser que ofrece por la noche)
Finalmente no he podido contactar con mis amigos leoneses y la ruta “León by night” que aplazada para otra ocasión. Y dado que a mediodía he hecho una buena comida, decido acostarme sin cenar y a las once ya estoy en el limbo de los durmientes.
Mañana empezaré a andar.
- 7/5/05 LEÓN – VILLADANGOS DEL PÁRAMO
En esta segunda visita al Camino he cambiado varias premisas, a saber:
- No salir en / con la oscuridad
- Nada de sesiones maratonianas
- Prestar oídos a las señales de mi cuerpo
Por lo que, en aplicación de la primera, me levanto a las 7,30 y salgo del hostal a las 7,45 para empezar a andar. Bordeando la muralla, tomo la calle Renueva y sigo por la Avenida de Don Suero de Quiñones, cruzo el parque de San Marcos, por delante del hospital de peregrinos del mismo nombre (hoy convertido en un hotel de 5 estrellas de lujo) para acto seguido cruzar por encima del río Bernesga y abandonar León por la avenida de Quevedo.
Sin solución de continuidad entro en Trobajo del Camino y después de cruzar la línea de ferrocarril y el centro de la población, las flechas amarillas me conducen a una réplica, en pequeño, de “Hobbitland”. Es un grupo de las típicas bodegas semienterradas de esta tierra castellana. Prosigo hacia la Virgen del Camino cruzando la parte trasera de un polígono industrial que, al ser hoy sábado, está inusualmente tranquilo. Eso sí, la cercanía del aeropuerto hace que el silencio brille por su ausencia ya que los aviones a hélice que usan esta instalación son de lo más ruidoso.
Cuando estoy llegando al pueblo tengo el estómago a la altura de los pies ya que no he encontrado ningún bar abierto, así que justo delante del aero-club, está abierto el conocido (por sus desayunos) bar de la Virgen del Camino. O sea que toca pausa y repostaje. A las nueve y media reanudo la marcha y paso por delante del Santuario de la Virgen del Camino. Hoy no se puede visitar porque van a trasladarla, en procesión, a León (este acto se celebra, con gran boato, cada 25 años) así que prosigo mi camino hacia Santiago.
Cruzo al otro lado de la N120 y empiezo a andar por un camino de tierra. Apenas llevo 5 minutos andando cuando veo dos piedras en el suelo que me dicen:
¡¡Cogenos!!
Serán las que depositaré, en mi nombre y en el de mis amigos Salva y Morena en la Cruz de Ferro. El Camino sigue en medio de una maraña de carreteras, autopistas, vías de acceso y letreros amarillos publicitando los albergues de Villar de Mazarife, Villadangos y San Martín (no voy a comentar nada al respecto) hasta cruzar por debajo de la autopista. A la salida del túnel hay que decidir:
- A la izquierda Villar de Mazarife ( tierra, bosque, silencio)
- A la derecha Villadangos ( tierra, N120 al lado, ruido)
Opto por la ruta de Villadangos que empieza por una subida media hasta una antena de telefonía. A partir de ahí, y siempre con la nacional 120 como compañera, la sirga peregrina va llaneando en dirección a Valverde de la Virgen. Ahí ya voy buscando un bar para dejar que mis pies descansen (ya llevo 12 kilómetros) pero no hay ninguno que vea abierto, por lo que prosigo hacia San Miguel del Camino. Cuando estoy a punto de salir de San Miguel, encuentro abierto el Mesón del Yantar del Peregrino donde hago una pausa de pies con rehidratación (son las 11 y el sol da de lo lindo)
Media hora después retomo la marcha y, a la salida del pueblo, el Camino vuelve a ser un andadero de tierra que transcurre llaneando en paralelo a la carretera y en medio del páramo leonés, con los Montes de León en el horizonte y sin ningún atisbo de sombra que mitigue la canícula casi veraniega.
Antes de llegar a Villadangos tengo que hacer una parada en la primera sombra que encuentro. Es el Hotel Avenida y está a 2 Km. de la meta de hoy. Esos últimos Kms. se hacen un poco largos ya que el calor y el cansancio de los pies me tiene un poco tocado. Llego al albergue de peregrinos a las 13,30 y empiezo mi primera rutina “peregrinil”, a saber: inscripción, “donativo”, asignación de cama, ducha, colada y curas.
Al conectar el móvil para dar novedades a casa, veo que tengo dos llamadas perdidas de un teléfono desconocido. Con la esperanza de que sean mis amigos leoneses, llamo y sale un buzón de voz al que le suelto el discurso breve:
“Soy Sebastián. Si sois Laura y Lorenzo, llamadme por favor”
Llamo a casa y hablo con mi mujer y al colgar suena una llamada. Es Laura desde León que finalmente puede contactar conmigo. Quedamos en que vendrán esta tarde para saludarnos y hablar.
Siguiendo el consejo de la hospitalera, me voy a comer a la Bodega El Valle. Me pido unos macarrones y un churrasco de ternera y si el plato de pasta era grande, el de carne casi me tira de espaldas. Estos castellanos saben del buen yantar. A la velocidad que me permiten mis pies (poca) vuelvo al albergue para practicar esa sana costumbre de la siesta, pero al final la cambio por un tiempo de charla con un matrimonio francés. Él es bombero jubilado y no habla nada de español, a pesar de que tienen casa en Girona y que viven allí varios meses al año. Ella, en cambio, habla muy bien la lengua de Cervantes. Hablamos sobre el Camino en Francia y, al saber que es mi segundo camino, me hace preguntas sobre mi experiencia del año pasado y toma notas sobre algunos temas (etapas, albergues, visitas)
A las seis llegan Laura y Lorenzo y después de los besos y saludos aclaramos el desencuentro de ayer y nos sentamos a la sombra para hablar largo y tendido sobre como nos van las cosas. Me dan noticias de Giovanna e Isabel y hablamos, hablamos, hablamos. A las ocho, y después de prometernos mantener el contacto, mis amigos leoneses se van y yo paso a dedicar un tiempo a la literatura (notas para el diario)
A las nueve y media, y habiendo tomado de cena un bio-frutas, me acuesto y a las diez creo que ya estaba roncando.
- 8/5/05 VILLADANGOS DEL PARAMO – SANTIBÁÑEZ DE VALDEIGLESIAS
Más de uno de mis conocidos ha dicho que el relato de mi primer Camino se parece más a una guía gastronómica que al relato de un caminante. Mucho me temo que en esta edición se hablará más de mis horas de sueño que de otra cosa porque esta noche también he dormido hasta las siete, es decir 9 horas de una tacada.
El caso es que al no funcionar la máquina de café, he salido a las ocho con sólo un bio-frutas en el cuerpo (no tenía más monedas y he sido el último en irme por lo que no había nadie a quien pedir cambio) y he enfilado camino hacia San Martín del Camino porque en Villadangos no había ningún bar abierto (hoy es domingo). El camino discurre, llanamente, como un andadero al lado de la N-120 y, por supuesto, sin sombras de ningún tipo por lo que, ante la falta de nubes, hoy volverá a ser un día de casi verano (y yo sin crema solar)
Llego a San Martín poco después de las nueve y el pueblo aún duerme. Los dos bares que encuentro están cerrados por lo que toca continuar hacia Hospital de Orbigo. Siete kilómetros más de lo mismo pero con el condimento de dos especias:
- Tengo más hambre que el perro de un ciego
- Y paso a ser el plato principal de un regimiento de moscas y mosquitos, ya que el camino va entre la carretera y un canal de riego.
Entre el hambre, la compañía y el sol llego a Hospital de Orbigo hablando con un peregrino de Madrid que, por otras causas, lleva el mismo ritmo vertiginoso que un servidor. Cuando avistamos el puente del Passo Honroso llega el tiempo de fotografía, aunque la que me hace a mí acaba no apareciendo (la culpa es mía por no comprobar)
Cruzamos esa maravilla de puente y buscamos un lugar para desayunar ya que son las once y la “gusa” aprieta. Media hora después, y con el hambre bien saciada, retomamos la marcha y mi compañero casual se detiene en el Albergue de San Miguel para saludar a los padres de una compañera de trabajo por lo que sigo en solitario.
A la salida de Hospital, tuerzo a la derecha en dirección a Villares de Orbigo. En este tramo el camino es bastante pedregoso y, con la falta de lluvia, muy polvoriento. Esto, añadido al sol de justicia que cae, hace que los 8 kilómetros escasos que hay hasta Villares se hagan muy pesados. Tanto es así que en una zona de descanso que hay a la salida, ya camino de Santibáñez, decido hacer una pausa de pies. Voy bien de tiempo y me la puedo permitir.
Cuando reanudo la marcha descubro que este tramo de camino es poco más que un sendero de monte bajo, lo que, en mi opinión, hace que tenga un cierto aire de camino primitivo. El último kilómetro se realiza en una carretera local cuyo asfalto casi se pega a la suela de las botas. Llego a Santibáñez a la una y media y al entrar en el albergue, una mujer, que más tarde averiguaré que se llama Mª Carmen, me recibe y me dice que primero me aposente, me duche o asee y que después ya me inscribirá.
Santibáñez de Valdeiglesias es un pequeño pueblo con no más de un centenar de casas, tiene un centro social (que es bar a la vez) junto al albergue parroquial que está ubicado en el edificio de la antigua escuela. El albergue es muy básico, pero está limpio y eso es todo lo que un peregrino necesita: techo, cama y ducha. Una vez aseado e instalado, me adhiero a la cena colectiva (para empezar a vivir la comunión “perigrinil”) para la que la hospitalera (a quien debo bautizar como la dama de hierro) nos pide la “módica” cantidad de 7 euros. En estas, que llega al albergue mi compañero ocasional de Hospital de Orbigo.
No tiene claro si quedarse o continuar y se toma un descanso que aprovechamos para ir a comer al centro social. Nos pedimos unos huevos fritos con patatas y acompañados con chorizo y queso de la tierra que nos zampamos mientras vemos quedar segundo a Fernando Alonso en la carrera de formula 1 de Catalunya. Acabada la comida decide que sigue hasta San Justo y se va. Tiempo de siesta, seguido de tiempo de escritura en un espacio que me remonta a mi más tierna infancia ya que estoy en la antigua clase, sentado en un pupitre y frente a una pizarra verde.
A las siete se cena. La “módica” cifra se convierte en casi robo: mini-ensalada, sopa de verduras, espagueti con huevo duro y tomate, más una naranja (sin comentarios). Lo mejor de la cena ha sido la conversación que se ha establecido en la mesa (en inglés) entre alemanes, australianas y español (un servidor).
Después de la cena, más tiempo de escritura y a dormir porque mis piernas lo necesitan.
- 9/5/05 SANTIBANEZ DE VALDEIGLESIAS – MURIAS DE RECHIVALDO
Como no podía ser de otro modo, también hoy he dormido hasta las siete y media. Una vez aseado y recogida la mochila he ido a desayunar al bar y después de un café con leche tamaño extra y un par de magdalenas, me he puesto en marcha hacia San Justo de La Vega.
El Camino, en este tramo, prosigue por una zona de monte bajo y después de pasar al lado de una antigua cantera de arcilla reconvertida, por la madre naturaleza, en refugio de aves, se adentra en un ciclo de valles y bosques de robles que mitigan la dureza del firme, pedregoso y por tanto peligroso para los tobillos.
Poco antes de llegar a San Justo el Camino cruza un páramo, al final del que se puede contemplar la ciudad de Astorga desde cierta altura. El capricho de los avatares de la historia (o vaya usted a saber de quien) hace que las flechas amarillas te desvíen hacia la izquierda poco más de medio kilómetro para ver el crucero de Santo Toribio después del que, y a través de una impresionante bajada, se accede a San Justo de La Vega, a la que llego alrededor de las diez y media. Pausa de pies porque aunque el día ha empezado nubloso, desde hace más de una hora el sol causa estragos.
Mientras descanso en un bar a orillas de la carretera veo venir un numeroso grupo de peregrinos que marchan en fila india, siguiendo a una portadora de una cruz en lo alto de un palo de 3 metros, cierra la procesión un joven que lleva encima de la mochila una Virgen en un pequeño altar con flores. Son alemanes y van cantando ... ¿salmos?. Ha sido un espectáculo totalmente inesperado (los volveré a ver por la tarde, pasando por delante del albergue en Murias)
Acabada la pausa me dirijo hacia Astorga, de la que me separan poco más de 3 Km. El sol sigue apretando y los pies parece que están decididos a molestar. El camino va paralelo a la carretera y al llegar a Astorga me dejo guiar por las flechas que me llevan a hacer lo que yo he llamado el tour de los albergues. Hacen dar al peregrino muchos más pasos de los realmente necesarios para cruzar la ciudad, por lo que algo que llevaría 20 minutos, acaba durando casi 40 (eso me pasa por no hacer caso a mi instinto que me indicaba ir hacia la muralla y pasando por la catedral dirigirme a la ruta de salida que ya conocía del año pasado)
A la salida de Astorga tengo que hacer otra pausa de pies para poder afrontar el tramo final de la etapa de hoy. Este tramo discurre por una carretera local con escaso tráfico, pero la carencia de sombras hace que se me haga duro el andar. A estas alturas del Camino tengo el brazo izquierdo en puro rojo langostino y además los pies están protestones.
Paso por delante de la ermita del Ecce Homo ( cerrada, por supuesto) y cruzo por encima de la autovía por lo que sé que ya me falta poco para llegar. Efectivamente, después de cruzar el puente del llamado río Tuerto, veo el indicativo de Murias, tuerzo a la izquierda y después de cruzar el pueblo, y justo cuando el Camino empieza el ascenso hacia los Montes de León, llego al albergue de la Aguedas con Marta al frente. Dormir y desayuno: 9 euros y la cena cuesta lo que nuestra voluntad quiera. Como me dijo M Carmen ( la hospitalera de Santibáñez) Marta es un amor, peregrina metida en los menesteres de hospitalera, que hace todo lo posible para el confort del peregrino. Y a fe que lo consigue.
El Albergue es nuevo (2004) y está construido al estilo maragato (adobe, piedra y madera) y con un patio central espléndido y un buen equipamiento. Para seguir con el espíritu caminero, me apunto a la cena comunal. Una vez hecha la rutina diaria, voy en buscar de una brizna de yantar. En el mesón Lar me pido una cervecita y un bocadillo de tortilla con queso.
De regreso al albergue, tiempo para la red, la literatura y la conversación con Marta en el patio, y cuando se levanta el viento proseguimos la charla en el comedor / sala. A la mesa tertuliana se añaden el resto de los que van a cenar, a saber: un americano de Atlanta y dos amigas de Australia, por lo que me toca darle uso a la lengua de Shakespeare ya que Marta se va a la cocina para preparar la cena. Por cierto que finalmente resulta una comida muy europea: Una española (Marta) ha hecho un plato italiano (rissotto) “ayudada” por una espontánea (francesa)
A las 8 y media hemos empezado a cenar y entre el buen vino del Bierzo, el gusto del rissotto y la conversación ha sido un momento “lovely” (como has dicho las aussies) Total, que a las diez ya estoy roncando.
- 10/5/05 MURIAS DE RECHIVALDO – RABANAL DEL CAMINO
Otra noche de reparador sueño y, ante la poca presencia de peregrinos (8 para 20 literas) que hagan ruido temprano, no me levanto hasta las 8. Desayuno con Marta y las chicas australianas y cuando estas se van acabo de explicarle a Marta las maravillas de la red para contactar con gente del entorno peregrinil (me temo que voy a ser la causa de otra ciber-adicción) Finalmente recojo la mochila y empiezo a andar cuando son las 8,40 (cada día más tarde)
El Camino, en Murias, empieza justo a la puerta del albergue con forma de andadero paralelo a un camino rural y con una leve inclinación para ir ascendiendo las primeras estribaciones de los Montes de León y así, rodeado de la típica vegetación del monte bajo, paso cerca de la población de Castrillo de los Polvazares (famosa por conservar casi intacto el aspecto de los típicos pueblos maragatos) Paulatinamente el camino va alcanzando altura, cosa que compruebo al volver la mirada hacia atrás. Esto me permite ver Astorga en la distancia.
Poco antes de las diez llego a Santa Catalina de Somoza donde quiero descansar en el mismo bar del año pasado. Han ampliado el negocio y ahora es, además, el Hospedaje San Blas y también tienen albergue por lo que tomo nota para otras ocasiones (que las habrá). Después de la pausa retomo la marcha hacia El Ganso y el camino es lo que se llama un falso llano (parece que no, pero va subiendo). Conforme me voy alejando de Santa Catalina, el cielo se va oscureciendo por momentos y al llegar a El Ganso van cayendo gotas. Ya que el bar Cowboy está abierto decido hacer pausa de pies en la casa de Ramiro. La pausa acaba siendo más larga de lo que esperaba porque el amigo cowboy me invita a “gasolina” y yo, como estoy muy bien educado, no sé negarme a compartir algo así.
Finalmente vuelvo a andar y apenas paso de la iglesia empieza a llover. Me coloco el poncho pero no los pantalones de lluvia (error) y me estreno en lo de andar bajo la lluvia. Poco a poco la lluvia va arreciando y me doy cuenta de que debería haberme puesto el pantalón de lluvia, pero ya es tarde porque los calcetines ya están empapados. Lamentablemente el fenómeno acuoso no me deja contemplar ni disfrutar el paisaje del bosque de robles y pinos, alternativamente, por el que discurre el camino.
Cuando llego al cruce de “Los Rabanales” y en vista de que la lluvia arrecia, aún más si cabe, paso de la ruta flechera y sigo por la carretera (que en esos momentos es más río que cinta de asfalto). Al llegar a la altura el Roble del Peregrino llevo los pies casi en agua, aunque como no hay bien que por mal no venga, no me duelen nada ya que no se han hinchado por calor. Finalmente, y a través de la cortina de agua, diviso la Ermita del Cristo de la Vera Cruz, antesala de Rabanal, y me dirijo por carretera hacia el albergue de El Pilar. La idea de pedirle a Isabel un plato de macarrones ha sido casi un mantra que me ha permitido aguantar estoicamente el aguacero...
Cuando entro en El Pilar, ahí están Isabel y su hermano, ella me ayuda con el poncho y lo cuelga mientras él me inscribe. Acto seguido me mandan a la habitación con radiadores para que pueda secar bien la ropa. Me instalo y después de la ducha, cuando voy a lavar la ropa, ya ha dejado de llover (demasiado tarde para mí). Con la colada hecha y tendida, me pido mi mantra... y es tan enorme como lo recordaba: Una enorme fuente repleta de macarrones con tomate y chorizo. Quedo llenito, llenito... Cuando estoy con el café se vuelve a abrir el grifo del cielo y tengo que correr a coger las botas y la ropa puestas a secar. Las botas, rellenas de papel de periódico, van al mueble zapatero y la ropa a los radiadores ... y yo a la siesta, bien arropado, para quitarme la destemplanza del cuerpo.
Durante la comida he entablado conversación con un peregrino veterano de Portugalete, que resulta ser mi vecino de litera, por lo que después del tiempo en los brazos de Morfeo, reanudamos la charla. Cuando le doy a Isabel el pin de l’Associació de Barcelona también le doy uno a mi contertuliano y él me da uno de su ciudad y uno de su parroquia (esto es el Camino ... y el que diga que no, miente)
A las ocho y media él se retira, yo acabo la escritura y me pido, para cenar, una porción de empanada para ir a dormir pronto, que mañana toca subir a la Cruz de Ferro. Pero acabo en una tertulia con Isabel y otros peregrinos que no voy a reproducir porque una de las cosas buenas del Camino son esos “momentos anécdotas” y el que los quiera vivir deberá ir al Camino.
- 11/5/05 RABANAL DEL CAMINO – EL ACEBO
Esta mañana he sido “víctima” de los madrugadores. A las 6,30 alguno de esos con prisa en el cuerpo y poco respeto por los demás ha abierto las luces de la habitación y se ha desatado la marabunta mochilera. Cuando el pandemonium ha acabado, me he levantado, he empaquetado mis cosas y me he ido a disfrutar de uno de los famosos desayunos de Isabel. Al ser de los últimos en desayunar he podido charlar otro poco con ese “peasso” de hospitalera por lo que otro día que salgo a las “taitantas”.
Parece que vamos a tener buen tiempo por lo que libre de plásticos empiezo el ascenso hacia Foncebadón pisando el asfalto de la carretera local LE-142 (la iré siguiendo hasta Ponferrada). Dada la época del año, la vegetación es una explosión de colorido: verde, ocre, blanco, lila, etc.. La lástima es que mi total ignorancia del tema botánico hace que sea incapaz de identificar a ninguna de estas plantas floridas.
Cuando falta poco para llegar a Fondebadón, la niebla cae espesa sobre el monte y la temperatura va bajando (mal presagio). Llego al pueblo y veo un montón de maquinaria y la calle principal patas arriba, con excavadoras y camiones. Veo, también, que han vuelto a levantar la Taberna de Gaia, pero está cerrada. Sigo adelante porque llevo el encargo de saludar a José García, internetero de pro, estos días metido a hospitalero del albergue parroquial. Lo encuentro por poco ya que estaba a punto de irse a comprar. Le saludo y le doy los recados que para él llevo y él se ofrece a sellar y firmar mi credencial, cosa a la que accedo con sumo placer. Además me obsequia con una postal del albergue (donación de una peregrina germana, las postales, por supuesto) Finalmente después de despedirnos, cada uno vuelve a sus menesteres.
Entre las obras de canalización y la lluvia del día anterior el camino es un auténtico barrizal hasta más allá de la salida del pueblo. Por otro lado la niebla es cada vez más espesa por lo que no veo la Cruz de Ferro hasta que llego al pié del montículo. Dejo las piedras (la mía y la de mis amigos salvadoreños) y empieza a llover por lo que en el pequeño refugio toca ponerse los plásticos para continuar hacia Manjarín.
Cuando llego allí, el cielo se ha abierto y aparece el sol. Esta vez decido visitar los lares de Tomás y aceptar la hospitalidad que ofrece: un poco de reposo, un café con leche y unas galletas a cambio de la voluntad de cada uno. Veo a Tomás poco y, aparentemente, muy liado por lo que decido no pegar la hebra con él y después de charlar con alguno de lo peregrinos con los que voy coincidiendo regularmente, reinicio la marcha hacia El Acebo.
Momentáneamente puedo contemplar la perspectiva de los Montes de León pero conforme me acerco al puerto el tiempo empeora y, nada más empezar el descenso, empieza a llover con gran intensidad de forma que toda la bajada hasta El Acebo la hago en medio de un diluvio que transforma este tramo en un suplicio para mis rodillas, tobillos y mi miedo a las caídas con el efecto añadido del fuerte viento que hace que la capa de lluvia tenga vida propia.
A las dos de la tarde llego al Mesón El Acebo donde doy por terminada mi etapa de hoy. Hay tanta cola para la ducha que me voy directo a comer, un caldito berciano y una trucha con jamón que dan paso a una breve siesta. Llamar a casa resulta una odisea por la falta de cobertura, pero al final puedo dar novedades. El resto de la tarde la uso en una extensa charla con una peregrina australiana de cierta edad, llamada Lynn, que resulta ser una excelente tertuliana, tanto es así que sin darnos cuenta se nos hace la hora de cenar.
Tengo reservado un botillo y Lynn y su amiga Caroline se apuntan a cenar conmigo, pero no botillo, porque no es de su gusto. La cena resulta muy agradable, como siempre que se charla a gusto. A las nueve ellas se retiran a dormir, yo intento aguantar para poder ver, por la tele, a Laura (mi mujer) que va de público a Crónicas. Mientras estoy en el bar, entablo conversación con la dueña, y a la sazón cocinera, Fina. Pero a pesar de lo amena que resulta la charla y del interés que tengo por ver a mi santa en la tele, mi cuerpo me pide a gritos que me acueste, por lo que a las 11 me voy a dormir.
-12/5/05 EL ACEBO – PONFERRADA
El albergue es tan pequeño y las literas están tan juntas que a la que se despierta el primero ya es imposible dormir más, por lo que hoy “madrugo” ya que me levanto a las siete. Ante la falta de bar abierto, se impone empezar el día sin café.
La niebla es espesa y no se levanta hasta llegar cerca de Riego de Ambros. Allí, y dado que parece que hará un buen día, me quito los pantalones de lluvia y prosigo la marcha hacia Molinaseca. Me planteo la posibilidad de hacer este tramo por carretera, más que nada porque el camino que lleva hasta Molinaseca está plagado de piedras y esa clase de firme es fatal para el estado de mis tobillos tocados, pero finalmente mi lado “masoca” gana y opto por seguir la ruta amarilla. Esta zona del camino sufrió un incendio el verano pasado y aunque aún se ven las huellas, poco a poco el verde va ganando terreno (la naturaleza es sabia y se está regenerando). A causa de las piedras, me está costando mucho andar, por suerte los bastones me ayudan mucho y me han salvado de más de una caída.
Llego a Molinaseca a las diez y media hambriento, cansado y con los tobillos muy doloridos, tanto que decido que hoy empiezo el doping. O sea que entre croissant y croissant aderezo el café con leche con una dosis de ibuprofeno (ese viejo amigo de mi primer camino). Concluido el desayuno y el tiempo de descanso en el bar del hostal sito a orillas del río Meruelo prosigo la ruta hacia Ponferrada. Para no dañar más mis tobillos decido ir por carretera en lugar de ir por Campo, ya que a lo largo de la carretera que lleva hasta la antaño conocida como Pons-Ferrata discurre una acera de cemento que me facilitará el andar.
Poco después de pasar la segunda desviación de Campo, la carretera cruza encima del río Boeza y pocos metros más allá las flechas amarillas te indican un camino a la izquierda que, a través de unos descampados, te lleva directamente al albergue de san Nicolás de Flüe sin pasar por la ciudad. Llego al patio del también conocido como albergue del Carmen a las doce y media y no abre hasta las 3 por lo que dejo la mochila y me voy a comer algo.
En un bar cercano (no es cuestión de andar más de la cuenta) me zampo un bocadillo de queso y un par de cervezas y luego dedico un tiempo a escribir y llamar a casa. Vuelvo al albergue y aún está cerrado, además el número de mochilas ha crecido mucho y el orden brilla por su ausencia ya que hay mochilas y gente en ambos lados del patio. Cuando a las tres abren la puerta se monta un guirigay de mucha enjundia. Es tal el follón que paso de hacer cola y espero a que se despeje el lío. Total que entre el lío del personal y el ritmo de acogida no consigo cama hasta las cuatro y media. Rutina peregrinil y con las chicas aussies y una escocesa que se añade al grupo decidimos ir a visitar el Castillo.
Cuando estamos llegando empieza a llover por lo que decidimos ir a tapear y ahí sale el cicerone gastronómico que hay en mí y les ofrezco una selección de “delicatessen” de la tierra que triunfa totalmente. Después del ágape (comida y cena a la vez) empieza el tiempo de turigrino y pasamos dos horas visitando el Castillo del Temple. Con sol y buen tiempo es una delicia. Más tarde paseamos por la ciudad con tiempo para compras y cervecitas en terraza. A las 8,30 de vuelta al albergue a dormir que mañana hay que seguir.
- 13/5/05 PONFERRADA – VILLAFRANCA DEL BIERZO
¡¡Menuda noche!! Pasadas las 10 y media han llegado peregrinos y el hospitalero los ha acompañado hasta el cuarto grande del sótano donde estoy, abriendo la luz, dando un portazo y demostrando una absoluta falta de respeto por el peregrino durmiente que, obviamente ha perdido (del todo) las ganas de dar la voluntad. Además la serenata de las cañerías acompañada con los ronquidos acaba resultando un incordio que, a pesar de los tapones, no me permite dormir por lo que hoy nada de descanso reparador y a las siete y media me levanto para iniciar la jornada.
Desayuno frente al albergue y a las 8 emprendo la marcha para salir de Ponferrada. Cruzo la Plaza Mayor en dirección al parque del río Sil, el cual recorro hasta el final en dirección norte para llegar a los terrenos de carbón de Endesa, zona por la que el Camino sale de Ponferrada. El cielo está poco nuboso pero antes de salir de Columbrianos empieza a llover un poco. Al cabo de diez minutos la intensidad de la lluvia crece hasta el punto de que tengo que parar para ponerme los pantalones de plástico.
Con la lluvia el andar se me hace dificultoso por lo que en Fuentes Nuevas hago una pausa de media hora. Alrededor de las once, y aprovechando que ha salido el sol, reemprendo la marcha hacia Camponaraya. Toda la etapa de hoy discurre por una carretera local entre campos de cultivo, pero la cinta de asfalto que pisamos está muy deteriorada y llena de baches que hoy son grandes charcos por lo que hay que vigilar para no caer de lleno en cualquiera de esos mini lagos donde ponerse los pies perdidos de agua.
Llego a Camponaraya rápidamente pero se tiene que cruzar a lo largo y cuando llego a la altura de la cooperativa vinícola tengo que volver a plastificarme. Lo hago tan a punto que nada más taparme empieza a diluviar. El camino cruza por encima de la autovía y se adentra en una zona de viñedos durante unos tres kilómetros, pero con el aguacero el camino es un barrizal.
Cuando llego al tramo de carretera que da acceso a Cacabelos la lluvia va perdiendo intensidad y al llegar a la ciudad ya ha parado. Debería seguir, pero mi cuerpo necesita un descanso y hago una pausa en la que decido comer y así reposo más o menos una hora. Poco antes de las dos, y con un sol radiante, inicio la parte final de la etapa de hoy. Cruzo el puente sobre el río Cua y pasando por delante del Santuario de la Virgen de la Quinta Angustia (alrededor del cual está ubicado el Albergue Municipal) salgo de Cacabelos por carretera y en subida. Casi al final de esta subida, llego y paso la población de Pieros prosiguiendo por el arcen de la carretera hacia Villafranca del Bierzo.
Medio kilómetro después del cruce que yo llamo de los Valtuilles (de Arriba y de Abajo) el camino toma, a la derecha, una senda que en condiciones secas permite llegar al final de etapa en más o menos media hora. Pero la lluvia lleva cayendo más de tres días y la pista se transforma, después de un kilómetro, en un gran barrizal. Además, como remate, vuelve a llover, y esta vez con rayos y truenos, creo que el tiempo lo hace para que no se me olvide lo divertido que es andar bajo la lluvia.
Finalmente llego al final del camino embarrado ya que encuentro un tramo asfaltado que marca la cercanía de Villafranca. En ese punto deja de llover y vuelve a salir el sol. Aprovecho la bajada para acelerar el paso. Es tarde y tengo ganas de llegar al albergue. Llego al Municipal a las cinco. Rutina peregrinil con variantes ya que la ropa la tendré que secar con el calor de la chimenea. Esta tarde la dedicaré a escribir y descansar. Paso de cenas porque todo está demasiado lejos y la lluvia no para más de media hora. Estoy muy cansado para andar y demasiado harto de lluvia.
La ropa no se seca. Me rindo ante la evidencia, acepto la sugerencia de la hospitalera y seco la ropa en la secadora. Mientras tanto pego la hebra con ella y con el taxista (mochilero), además acabo haciendo de traductor múltiple (inglés, francés, italiano) ya que la chica sólo habla español. Con Internet no tengo suerte ya que por culpa de las tormentas no hay línea por lo que deberé esperar a otro día para “hablar” con los foreros. A las 10 me voy a la cama pero dormir, lo que se dice dormir, me cuesta un buen rato gracias a un grupito de brasileños hiperactivos.
- 14/5/05 VILLAFRANCA DEL BIERZO - RUITELÁN
Me levanto tarde y cuando salgo del albergue el día promete ser un poco mejor que el de ayer. Antes de salir de Villafranca me paro a desayunar en el Hostal Casa Mendez, donde repito ya que el año pasado también estuve ahí. Concluido el repostaje enfilo la salida cuando falta poco para las nueve.
Empieza la etapa por la carretera local que lleva a la N-VI y que discurre a orillas del río Burbia, por el fondo de un pequeño y angosto vallecillo. Cuado llego a la nacional, empiezo lo que yo llamo el “yellow brick road” (camino de adoquines amarillos) como en la canción de Elton Jhon porque aquí, en la Vega del río Valcarce, el Camino es, en su mayor parte, una senda de cemento pintado de amarillo, en paralelo a la N-VI y separado de ella por una divisoria (también de cemento) de tal modo que el tráfico no es peligroso. Además, desde la construcción de la autovía, el tráfico es más bien escaso por lo que el sonido que acompaña al caminante es, básicamente, el ruido que proviene del cauce del río Valcarce aderezado por el canto de los pájaros y, como ruido lejano de fondo, los vehículos pesados que circulan por la autovía.
A la altura de Pereje decido hacer una pausa por lo que me dirijo al pueblo para tomar algo en el bar Las Coronas. Acabada la pausa prosigo la etapa y retomo el Camino volviendo a la pista amarilla. Por el momento la lluvia no ha hecho acto de presencia y cuando llego a Trabadelo decido continuar por la carretera y no seguir la ruta flecheada ya que da un rodeo para entrar en el pueblo, pero cuando paso cerca del Hostal Camino Nuevo empieza a chispear por lo que toca otra pausita.
Poco antes del mediodía sigo camino, por carretera, hacia La Portela adonde llego pisando la parte final del camino amarillo. Ante la ausencia de lluvia decido seguir hacia la villa de Ambasmestas. Como tengo previsto cenar en el albergue de Ruitelán y eso suele ser a las siete y media, decido comer en Ambasmestas y, justo cuando estoy llegando al restaurante, vuelve a llover. O sea que dos y dos son ... Llevo días sin tomar proteínas por lo que me pido un bistec con guarnición.
Al acabar la comida (sencilla pero todo buenísimo) enfilo el tramo final de la etapa de hoy. El Camino discurre, desde Ambasmestas, por la primigenia N-VI (hoy N-600 A) que actualmente es poco más o menos una carretera local sin apenas tránsito y siempre con la presencia elevada de la Autovía del Norte. A poco de llegar a Ruitelán, a la salida de Vega de Valcarce, la lluvia vuelve a atacar, aunque de forma muy suave.
Por fin, a las tres y cuarto llego al Pequeño Potala, un remanso budista / zen en Los Ancares. Carlos me brinda una buena acogida y me instalo en la zona de roncadores. Ducha y salida a las afueras del pueblo para llamar a casa y después toca curas, escritura y charla hasta la cena comunitaria que ya forma parte de los rituales que asocio con el Camino.
A las siete y media, los doce peregrinos que ese día estamos alojados en el albergue, estamos en la mesa para cenar. Tal como esperaba, Carlos y Luis no nos defraudan y la comida, aunque sencilla, resulta espectacular. Además, conforme el vino va circulando, el ambiente se relaja y las conversaciones se generalizan. Al acabar la cena vamos al bar, algunos a tomar café y otros a ver fútbol. Al ser yo de los primeros vuelvo pronto al albergue y a las diez ya estoy acostado. Mañana más.
- 15/5/05 RUITELÁN - FONFRÍA
A las seis y veinte empiezan a sonar las notas del Ave María de Schubert a modo de despertador y cuando bajo al comedor el desayuno está dispuesto. Disfruto tanto o más que el año pasado con la combinación de alimento corporal y alimento espiritual. Después de las arias operísticas y otros temas de los 3 tenores acabamos oyendo el cd del amigo Maldonado por lo que el desayuno adquiere un aire peregrinil especial. Acabado el ágape recojo la mochila, me despido de Carlos y, no sin antes comprar el cd, inicio la jornada.
El día amanece poco nuboso y algo fresco. Salgo de Ruitelán a las 7,30 y pronto llegamos al desvío de Las Herrerías, que cruzo rápidamente y con la soledad de las primeras horas del día. Casi sin darme cuenta empieza la subida que anticipa lo que será el ascenso a La Faba. Con la lluvia que ha estado cayendo los últimos días y con el ingrediente añadido del rastro de un grupo de peregrinos a caballo (que pasó ayer), el firme de la subida a La Faba está un poco resbaladizo (sic). Pero aplicando el principio del “paso a paso” con descansos para recuperar el aliento consigo llegar a La Faba. A partir de ahí espero poder andar mejor, pero hoy los hados están juguetones y se divierten a mi costa regalándome 2 kilómetros de hermoso barrizal hasta llegar a La Laguna de Castilla y una dosis de agua-nieve hasta llegar a O’Cebreiro, donde al llegar necesito tomar una pausa de café con leche (dos) para entrar en calor ya que, a pesar de los guantes y el polar, tengo el frío en los huesos.
El año pasado, Galicia me recibió con un tiempo espléndido: sol, buena visibilidad, nada de viento. Este año me está ofreciendo una imagen radicalmente distinta: niebla, lluvia, frío, viento. En vista de las condiciones atmosféricas no permiten la contemplación paisajista ni el gozo caminero, paso de barros y opto por tomar la carretera para ir hacia Liñares, el Alto de San Roque y demás.
El tramo hasta Liñares lo hago bajo un tímido sol, pero poco antes de llegar a ese grupo de casas el viento, frío, hace acto de presencia con gran fuerza, de tal manera que la subida hasta el Alto de San Roque se hace muy dificultosa. En cuanto llego a las cercanías del monumento al peregrino la fuerza del viento ya es tremenda y, por si fuera poco, se ve complementada por la lluvia por lo que llegar a Hospital Da Condesa se hace durillo.
Cruzo la villa y prosigo hacia el Alto do Poio y el paisaje sigue siendo opaco por culpa de la niebla. A la altura del desvío a Padornelo opto por seguir por la carretera y, antes de que pasen diez minutos, se desata una ventisca que hace que el escaso kilómetro que me separa del Alto me lleve más de media hora hacerlo. Entro en el bar cansado y más empapado que una “vileda” y para reponer fuerzas uso una combinación de bocata, chimenea y café con “gasolina”.
Una vez repuesto me vuelvo a enfrentar con la ventisca para poder llegar a Fonfría y poder comprobar “in situ” las excelencias del nuevo albergue A Reboleira que me ha sugerido Carlos en Ruitelán. Cuando son las cuatro y media y mi cuerpo quema las últimas reservas de fuerza llego al albergue y compruebo la bondad de la información. Es nuevo, amplio y muy bien equipado. Rutina de instalación, colada maquinera, tiempo de escritura y a las ocho vamos (un servidor y un matrimonio de Menorca) a La Palloza para cenar.
Buena cena, buena charla y, a la vuelta al albergue, remate de la conversación comentando la jornada siguiente por lo que, citándonos para mañana, tocamos silencio y retiro para irnos al limbo de los durmientes. Hasta mañana.
- 16/5/05 FONFRÍA – SAMOS
Las camas del albergue A Reboleira son tan nuevas, tan grandes y tan cómodas que duermo a pata suelta. Además el hecho de que hay 15 personas en una nave en la que caben más de 40 hace que no haya ruidos que me despierten hasta que a las 7 y cuarto mi compañero de cena de anoche, con el que había acordado andar a la par hoy, me despierta.
Asomo la cabeza al exterior y el día está gris, lluvioso y frío. Con el tiempo que me está acompañando los últimos días empiezo a sentir que la capa y el pantalón de lluvia me van a quedar adheridos al cuerpo. Espero que esta racha de días lluviosos termine ... mientras tanto esto es lo que hay. Vamos a desayunar a La Palloza, donde por cierto vemos a unos cuantos “guirigrinos” que toman el autobús de línea hacia Triacastela (sin comentarios)
Con el depósito lleno emprendemos el descenso hacia Triacastela por carretera ya que el camino está un tanto embarrado y los pies van algo tocados por la etapa de ayer. Nos esperan 11 kilómetros de bajada ya que por carretera se hacen casi dos km. de más. Cuando llegamos a la altura del acceso a O Biduedo la lluvia crece en intensidad. Afortunadamente no hace viento pero andar bajo la lluvia merma mis fuerzas de una forma que no acabo de entender (otro “misterius caminae”)
Cuando llevamos una hora andando, la lluvia remite hasta convertirse en poco más que un pequeño inconveniente y el paisaje se nos brinda en forma espectacular. Una explosión de verdes, pardos, ocres, con la humedad volviendo a la atmósfera en forma de tenue neblina que, jirón a jirón, salpica de blanco todas las montañas que nos rodean. Los valles que anteceden a la villa de los tres castillos ofrecen, desde la carretera LU-634 un aspecto tan o más impresionante del que me dieron, el pasado septiembre, desde el camino.
A la altura de Pasantes, mi velocidad se ha reducido a la mitad y los dos últimos kilómetros hasta Triacastela se hacen eternos. Por fin llego al bar Xacobeo a las once y mi cuerpo clama a gritos por una pausa larga. Tiempo para una cerveza, un poco de queso y un café con “gasolina”. Mis compañeros de marcha, que querían tomar solo un café, acaban tomando dos raciones de calamares, una de queso y 4 cervezas. Pepe y su mujer, valencianos / menorquines, tienen una forma peculiar de hacer el camino, pero eso sí, son unos formidables andarines ya que andan a diario en la “vida civil”. Mi pausa se hace larga y mis compañeros de mesa se impacientan por lo que deciden volver al camino. Quedamos que nos veremos en Samos.
A no sé que hora, recojo los bártulos y me dirijo hacia la salida de Triacastela en dirección a Samos, siempre acompañado por un leve goteo de agua que obliga a andar plastificado. Curiosamente ese mismo fenómeno acuoso incordiante es el culpable de que el tramo de carretera que estoy haciendo esté bellamente adornado por un sinfín de pequeñas cascadas de agua que brotan por doquier en las paredes pizarrosas que flanquean, alternativamente, la carretera entre Triacastela y San Cristovo Do Real. Una vez dejados atrás los montes de la Serra Do Caballo, la carretera discurre rodeada de bosques de chopos y castaños, enormes gracias a la gran cantidad de precipitación anual.
En San Cristovo prosigo por carretera para poder ver Lusio, pueblo nativo de una conocida mía. Son poco más de tres casas pero entre ellas está A Casa Fuerte uno de los últimos pazos habitables de Galicia (con otro tiempo habría intentado visitarlo, pero queda pendiente para otra ocasión). En la aldea siguiente, Renche, entro en el bar Carlos para rehidratar y entablo conversación con la dueña, que casualmente conoce a mi conocida. No sé si por este hecho o por la amabilidad del pueblo gallego, pero se empeña en ofrecerme un poco de “queixo” y chorizo.
Este bonísimo tentempié me ayudará a afrontar los últimos 4 kilómetros de la etapa de hoy. Cuando estoy a 1 Km. y medio de Samos, opto por seguir las flechas y me adentro en el camino sin saber muy bien porque lo hago(en vez de seguir por la carretera como he hecho hasta ahora). A los cinco minutos descubro que he acertado en la opción: En medio de una corredoira de abre un claro a través del cual contemplo una vista elevada y espectacular del Monasterio de Samos (de algún modo mi subconsciente recordó un comentario leído al respecto y me hizo escoger esta opción de acercamiento)
Llego a Samos por una calle tan inclinada que tengo que bajar a paso de tortuga para evitar sobrecargar las rodillas (más). Como puedo me acerco al Monasterio para localizar a Pepe y a su esposa y buscar alojamiento. El hotel Victoria está lleno y, por si luego no puedo andar, voy a ver la capilla del Ciprés. Vuelvo al Monasterio y como habíamos dicho que buscaríamos otra alternativa hotelera, voy a ver si hay sitio en Casa Liceiro. No hay suerte, está lleno pero el dueño se ofrece a preguntar si hay sitio en el otro hotel (el último) y es que sí, que tienen habitaciones libres. Como puedo ando los 250 metros que hay hasta el hotel A Veiga y, sin preguntar precio, acepto la habitación.
Mientras lleno la bañera, relleno de papel de periódico las botas, cuelgo los plásticos a secar, el polar va al radiador, llamo a casa para dar novedades y después de hablar con Laura me entrego al epicúreo placer de una bañera de agua caliente. Estoy en remojo casi una hora, hasta que la piel dice basta y procedo al tema curaciones: pomadas y cremas varias. Me preparo para bajar y ver si encuentro a los compañeros de etapa, pero al llegar al bar veo que la lluvia aún está atacando y no estoy para más lluvia por lo que toca tiempo de pausa, relax y escritura. Lo siento por la pareja pero no estoy para ir en busca de nadie bajo la lluvia.
Decido que cenaré en el hotel para poder dar un buen descanso a mis pies y mis tobillos y después poder disfrutar de una buena cama de matrimonio a precio de individual (21 euros) Mientras espero que sea la hora de cenar dedico el tiempo a poner al día mis notas. Poco antes de las ocho y media aparece el matrimonio menorquín. Llegaron mucho antes que yo y han estado sesteando. Me dicen que van a sellar al Monasterio y me invitan a ir. Declino la invitación pero quedamos para cenar.
A las nueve ya han vuelto y pasamos al comedor para la pertinente cena con charla. Poco después de las 10 tocamos retirada y me voy a disfrutar de la lujosa estancia viendo, en la tv, la película de Antena3: La Guerra de Los Clones, por lo que hoy me duermo bastante tarde (la 1)