Web del 4 de agosto

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En El Mercurio Histórico y Político de febrero de 1744, periódico publicado mensualmente fundado por Salvador José Maner, apareció una diatriba escrita por un tal don Guillermo Bowles, en la que se hacía saber que, recuperado de una honda consternación, daba ahora rienda suelta a su melancolía, cuya causa no era otra que ver los alrededores de Madrid tan pelados y desnudos de bosques. En un artículo a continuación el obispo de Barcelona, Climent, se quejaba contra el uso inveterado de sepultar a los muertos en los interiores de las iglesias o en los atrios.

En otro orden de cosas, Diego de Torres Villarroel, quien de ordinario se afamaba de haber ganado más de sesenta mil reales con sus Pronósticos, opinaba en un opúsculo sobre el próximo eclipse y lo titulaba Aviso, pintura y sospecha de los efectos que puede producir en las personas, brutos y vegetales de España un eclipse de sol del día 17 de junio de 1744, tras el cual los hombres serán los que más daño sufran, provocándoles el eclipse enfermedades múltiples, desde «melancolías» hasta «cóleras negrales».

Juan de Soto Alonso Barea de Román el Bueno, Duque de Piedras Blancas, levantó la vista del periódico. Sus ojos grises miraron a través del cristal. Como cada vez que miraban en vano, trataban de encontrar a una mujer, la suya, fundiendo sus labios en aquellos de piedra del efebo; precisamente ése que se erguía al lado de unos tallos recién florecidos de rosas rojas, en el patio interior del palacio. Miró hasta el mareo la estatua de piedra. Escuchó un chorro fugado y, de nuevo, volvió a la lectura del periódico. Al fin encontró lo que buscaba: una crítica firmada por un tal Floián Ruiz y que trataba de un auto sacramental.

 

Jesús Ángel TESO SÁENZ, Dios me sopla en la lengua,
Ediciones del 4 de agosto, Logroño, 2004, pp. 11-12

 

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