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Aunque me duela proclamarlo, he de confesar que Eva Morte pereció convencida de que Máximo Longinos había sellado un pacto con el diablo.
Así se expresaba en la dramática carta que me escribió la víspera de su apresurada partida hacia Bayreuth. Nada más leerla («Hasta nunca»), el lamento de un invisible oboe atravesó mi corazón como una saeta incandescente y en ese doloroso instante supe que jamás volvería a verla. Por desgracia, no me equivocaba. Cuando oí de nuevo la misma quejumbrosa melodía que resuena en mi interior cada vez que experimento la aflicción producida por una pérdida, una despedida o una renuncia, el cadáver de Eva aguardaba en el depósito de Bayreuth el momento de su repatriación. Su locura se había consumado. * * * «¡Amo a Máximo Longinos con locura! De veras , no encuentro otra palabra que exprese mejor mi estado de ánimo», me dijo Eva Morte cierta mañana, entre clase y clase, mientras devorábamos un tentempié en el Tosca, el bar de tapas situado junto a la academia de música de la Plaza de Isabel II donde trabajábamos. Al mismo tiempo que me susurraba esta confidencia, melodramática y excesiba, yo la amaba y ella lo sabía. Sin embargo no tuve en cuenta su falta de delicadeza, pues la inconsciencia formaba parte de su enfermedad. Cuando se padece enamoramiento sólo existe el afecto propio. Los ajenos no es que no importen: ni se perciben. En aquel momento, cualquier intento de oponer mi cariño a su pasión hubiera resultado tan inútil como combatir un vendaval a golpes de soplillo. Si eva se entusiasmaba por algo ya no cabía en el mundo entero otro entusiasmo que el suyo. Así sucedió en el caso de Máximo Longinos, el fantasmagórico personaje que había acabado trastornando la mente de mi amiga. Más que celos o envidia, lo que me produjo el último devaneo de la profesora más atractiva de la academia fue un sentimiento de rechazo a su morbosa extravagancia. Yo podía comprender que Eva anduviese enamorada de otra persona distinta de mí, pero no que se sintiera atraída por alguien tan diferente como un fantasma. Pues, cuando comenzó esta enlquecedora historia, Máximo Longinos llevaba muerto más de sesenta años. [...]
Fernando
SÁEZ ALDANA, Kundry, |