Web del 4 de agosto

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La sala de crónicos era grande y aparecía recién blanqueada. Los diecinueve enfermos (todos indios) que habían hecho de ella su hogar se iban ya acostumbrando a ver inmóvil a su compañero de la cama número veinte, exactamente igual que el día en que ingresó. Sus únicos movimientos eran inducidos: lo sentaban para comer y lo sentaban para “descomer”. Era como una máquina humana a la que le funcionaban todos los mecanismos internos menos uno, el principal, el que le hace un ser inteligente: la conciencia.

El Hospital de Nuestra Señora del Buen Amparo de Puyo no era precisamente un centro sanitario de primera categoría. Los médicos, tras observar la inexistencia de cualquier síntoma que pudiera darles siquiera una pista sobre el estado del nuevo paciente (no tenía fiebre, los análisis no delataban infección alguna, tampoco se acusaban vestigios de envenenamiento por la picadura de un animal o la ingestión de algún alimento tóxico) le habían sometido a las pruebas que estaban en sus manos con los escasos medios de que disponían y, al no obtener ningún resultado, decidieron que continuara hospitalizado en espera de que el Arzobispado de Quito dispusiera su traslado a algún centro de la Iglesia o procediera a su repatriación. Habían enviado dos avisos, pero la respuesta, en ambas ocasiones, había sido la misma: el señor arzobispo estaba de viaje y nadie podía tomar una decisión sobre el caso hasta su regreso.

El Padre Edelmiro llevaba ya dos meses en su vivir sin vivir cuando, aquella noche, entró un enfermero nuevo en la sala de crónicos. Los pacientes lo recibieron con la indiferencia de quien sabe que ninguna circunstancia cambiará su inevitable y lento caminar hacia el fin.

Era un hombre de mediana estatura, ancho y fuerte de espaldas, cuellicorto y muy moreno de tez (aunque sin ningún rasgo indígena) y totalmente calvo. Para los indios, poseedores de abundantes matas de cabello, la visión de una cabeza pelada resultaba siempre ridícula y, en ese caso, todavía más: lo que le faltaba en el cráneo abundaba con generosidad en otras partes del rostro. Tenía unas cejas enormes, hirsutas y negras, que no guardaban ni orden ni simetría, y lucía un ostentoso bigote que, al llegar a las comisuras de los labios, daba la vuelta y se retorcía hacia arriba en un interrogante caracol. Pero la sonrisa que podía provocar su aspecto se borraba en cuanto se le miraba a los ojos negros, redondos y menudos, en perpetuo movimiento, dotados de vida propia y delatores de una gran sagacidad, una buena dosis de picardía y muchas ganas de vivir.

Se colocó teatralmente en el hueco de la puerta y, con una potente voz de barítono que no traslucía ningún acento de la tierra, se dirigió a los enfermos.

–Bueno, aquí me tienen ustedes. A partir de ahora, voy a ser el encargado de esta sala. Ya verán qué bien nos vamos a entender. Yo soy un tipo muy simpático y siempre me llevo bien con todo el mundo. Mi nombre es Óscar Armando Ponce de León y Ramírez de Cuarte, pero ustedes pueden llamarme don Óscar, resulta más sencillo y más familiar.

Pilar SALARRULLANA, La segunda venida,
Ediciones del 4 de agosto, Logroño, 2004, en prensa.

 

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