Número 3: LA PORTENTOSA VIDA DE LA MUERTE - anima, sayula, humor, revista, literatura, verdugo, zombies, santa muerte, mal gusto,

    LA PORTENTOSA VIDA DE LA MUERTE

                     Fray Joaquín Bolaños

El autor de la “Portentosa Vida de la Muerte, Emperatriz de los sepulcros, Vengadora de los agravios del Altísimo, y muy señora de la humana naturaleza”; publicada en 1792, fue Fray Joaquín Bolaños, “Predicador Apostólico del Colegio Seminario de Propaganda Fide de MARÍA Santísima de Guadalupe extramuros de la muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas en la Nueva Galicia, Examinador Sinodal del Obispado del Nuevo Reyno de León”. Esta obra, la última publicada en la Nueva España, es parte de lo que se podría llamar la prehistoria de la novela mexicana. Pero aún no es del todo novela, ¿por qué?


La Real Cédula de 4 de abril de 1531 prohibía el paso a las Indias de “libros de romances, de historias vanas o de profanidad…”, es decir, de novelas. Aquellos que pretendían publicar alguna narración ficticia, debían para lograrlo agradar a la Inquisición y convertir su obra en una apología propagandística de la religión e iglesia católicas. Ninguna tentativa narrativa de la época se salva de ello, y “La Portentosa Vida de la Muerte” no es la excepción.


Fray Joaquín Bolaños dedicó su libro al “Calificador del Consejo de la Suprema y General Inquisición”, Fray Manuel María Truxillo, lo que ayudaba pero no bastaba para quedar bien con la censura. También tuvo que reducir en su obra las partes narrativas y acrecentar los sermones y discursos.


En parte por ello, y en parte  por los prejuicios y limitaciones del propio autor, quien era además predicador, su libro terminó siendo en lugar de novela una colección de sermones con temas tópicos, sin prácticamente ilación narrativa alguna. Aún así recibió duras críticas y burlas, y el religioso no volvió a intentar empresas similares.


Como homenaje a su autor y a su ingenioso proyecto, incluimos integro el capítulo X de LA PORTENTOSA VIDA DE LA MUERTE, sin duda el mejor, porque hace a un lado el sermón para darle su lugar a la sátira, y porque, según Agustín Yañez, anuncia ya a Fernández de Lizardi, “El Pensador mexicano”, quien con El Periquillo Sarniento, novela picaresca, es considerado el inaugurador de la  novela mexicana.


 


  


 


CAPITULO X


 


PESADUMBRE QUE TUVO LA MUERTE EN EL FALLECIMIENTO DE UN MEDICO QUE AMABA TIERNAMENTE.


 


La florida copia de ingenios y talentos tan felices, como fecundos que han militado á las sombras de los reales pendones y estandartes de Hipócrates y Galeno, en todos tiempos han dado claras y evidentes pruebas de su pericia, por más que se empeñe la emulación en desvanecer sus triunfos adquiridos con la práctica feliz de sus aciertos. En esta cláusula preliminar a este capítulo, ya se viene al juicio de mis lectores, no ser mi ánimo zaherir, ni satirizar a un cuerpo tan ilustre, tan distinguido y tan sabio en la república literaria, en cuyos miembros tenemos librado nuestro consuelo en los lances más apretados de la vida: y aunque no hubieran otra sabiduría que saber desengañarnos de que nos morimos, y mandarnos disponer para el viaje largo de la eternidad, era un grande beneficio para nosotros y muy acreedor a nuestras gracias. Pero como no hai cuerpo tan luminoso, por mas que llene de resplandores el orbe, que no tenga alguna mancha o padezca algún eclipse, nació Don Rafael Quirino Pimentel de la Mata, para servir de lunar a los sabios profesores de toda la medicina, aunque este lunar solo ministró materia para dar aumento a su hermosura.


Tuvo su cuna y nacimiento en la ciudad de N. y fue hijo legítimo de don Serapion Garzés Pimentel de la Mata y de Doña Escotofina Zaragoza, con quienes estrenó sus primeros aforismos, llevándose de encuentro ambas vidas, o porque deseaba quedarse huérfano, o porque viéndose con un bastón en la mano, que le adquirió la graduación de su borla, se fundó en aquel común adagio: Que el buen Juez por su casa empieza.


El parto en que salió a luz nuestro Don Rafael de la Mata fue muy peligroso, y se vio la vida de la madre en grande equilibrio, porque desde entonces parece que quería ya exercitar su oficio en el niño; pero la muerte penetrando la bella índole de Rafaelito cuyas prodigiosas hazañas en la crecida edad le prometían llenar el vacío de sus esperanzas: lastimada de perder un ministro tan proñquo a sus intentos, mandó hacer plegaras y rogativas generales en todas partes por el éxito feliz de tan deseado parto. De la pila Bautismal sacó el nombre de médico Don Rafael, pero en el último sobre nombre de Mata, que venía heredado por su padre, traía impresa una divisa, infausto presagio, o pronóstico de mal agüero, con que venía anunciando al mundo una guerra intestina contra el quinto precepto del Decálogo, como lo mostró la experiencia en toda la serie de su preciosa vida.


Después de haber concluido la penosa tarea de sus estudios menores, se matriculó en la clase de los médicos practicantes, y todos sus compasantes le atendían con amor y con respeto, no tanto por sus naturales prendas (que si acaso las tenía, eran tan imperceptibles que se perdían de vista:) quanto por la especial recomendación que tenían todos de la Muerte para cuidar de aquel angelito; y aunque es verdad que nuestro Rafaelito, en el tiempo de su pasantía se aplicó con tenacidad y con sumo desvelo a la médica facultad en que daba muestras de querer lograr sus sudores, no ayudándole a sus deseos la limitada escasez de sus talentos, salió tan aprovechado de las aulas, que abarcó en su entendimiento con todo el abismo de la nada.


Habiéndose graduado con las debidas licencias del Real Proto-médicato comenzó a poner en práctica la teórica, que le faltaba. Puso aparte su casa con el jeroglífico de sus armas, que fueron las mismas que usaba Marte: y ya desde entonces n se apartaba la Muerte de su lado ni un instante; era tan estrecha la unión, y la amistad que tenía la muerte con Don Rafael, que todo hombre se engañara, pensando que eran hermanos: siempre que Don Rafael salí a hacer sus visitas, llevaba a la Muerte en las ancas de su mula: al subir por la escalera le daba a la Muerte el lado derecho; y en la recamara del enfermo se aplicaban los dos a diferentes oficios: La Muerte tomaba el pulso, y la pluma para escribir con puntualidad los recipes que se habían de presentar en la botica: y Don Rafael se aplicaba a los accipes, y los aplicaba a su bolsa; ya podrán inferir los prudentes lectores, quales serían los efectos de las curas recetando la Muerte, y quedándose dentro de casa; no hubo enfermo de quantos visitó nuestro célebre Don Rafael, que no quedara sin dolencia en breve tiempo, pues para el cuerpo no sienta, no hai remedio más eficaz, que separarlo del Alma.


Después de haber esmaltado nuestro amigo Don Rafael la prolongada tela de su vida, con la multitud, y variedad de sus fatales desaciertos en la desgraciada práctica de su medicina, en la edad avanzada de los ochenta que encerraba en la corcova, y le hacía dar profunda inclinación hacia la tierra, que ya lo estaba llamando a su regazo, se le cumplió el plazo, y se le ajustó el término de sus días: y como la Muerte no podía prolongar las licencias a su vida, porque no tiene privilegio para pasar más allá del Constituisti terminos ejus, qui preteriri non potuerunt, se vio fuertemente obligada con indecible dolor de su Real pecho a romper el frágil estambre, de que estaba pendiente la preciosa vida de un compañero tan antiguo, y de un amigo que le había sido tan fino; no le quedó otro consuelo a la Muerte en tan dolorosa pérdida que haberle asistido a su cabecera, sin apartarse un punto de su cama, ayudándole a morir hasta que espiró el pobre Don Rafael: este fue un golpe muy sensible para la Muerte, y la pesadumbre le hubiera tenido de costo la vida, pero aún no era llegada su hora. Apenas tendieron en la sala el cuerpo de Don Rafael, ya difunto, se vistió la Muerte de bailetas negras en señal de sentimiento, y se asentó en el estrado con la viuda, y demás interesados en la pena, que ocasionó el fallecimiento de este pobre caballero: todo el tiempo que duró el duelo que fueron nueve días (según la práctica de la tierra) poco, o nada tuvieron que hacer los sacristanes, y monaguillos, porque en todo este novenario si murieron otros, serían raros; porque la Muerte estaba tan fuera de sí, tan oprimida de dolor, y del cuidado, que no se acordaba de meter la hoz en otra miez.


Se dispuso el entierro con la mayor pompa y grandeza, que se pudo, a que ocurrió un numeroso concurso así de plebe, como de la nobleza: y no se cansaban las gentes de bendecir a Dios, y darle gracias a la Muerte, de haberse llevado a Don Rafael a la obscura región de los Sepulcros, porque según las trazas que llevaba, parece había hecho solemne juramento de acabar con todo el mundo. En esta lúgubre procesión del entierro todos lloraban, pero el llanto tenía muy diferentes principios: unos lloraban por el difunto; y otros lloraban por sus difuntos padres, parientes y maridos, que habían caído en manos muertas de Don Rafael, los despachó quanto antes a la Eternidad.


Se previno la pira para los funerales adornada de variedad de poemas, y de tristes endechas con sus correspondientes jeroglíficos, de que daré algunos aunque breves apuntes, por no dexar quejosa la curiosidad de mis lectores. A el último cuerpo de la pira  estaban esculpidas estas cuatro redondillas.


 


Este túmulo elegante


 de un médico, es evidente,


 que en despachar tanta gente,


 no ha tenido semejante.


Con un sólo vomitorio,


 que Don Rafael recetaba


 al enfermo sentenciaba


 a penas de purgatorio.


Dolorida se ha mostrado


 la parca, bien resentida,


 pues ha perdido una vida,


 que tantas vidas le ha dado.


Fuerte trance, trance fuerte,


 ¡Oh trance desesperado!


 ¿Qué no se le halla escapado


su benjamín a la Muerte?


 


En la columna principal del templo que miraba al retablo mayor de la iglesia estaba un retrato de la Muerte sentada sobre un cojín, con la mano en la mexilla, explicando su dolor en esta décima, que le ministró su pobre musa.


 


Sólo el silencio testigo


 Ha de ser de mi tormento,


 pues no cabe lo que siento,


 en una ollita de a tlaco:


Ese cadáver tan flaco,


 fue objeto de mis encantos,


 y fueron sus triunfos tantos,


 que ajustándole la cuenta,


 abasteció de osamenta


 a todos los campos santos.


 


A un costado de la pira estaba pintada la Muerte con la pluma en la mano, escribiendo sobre su bufete, y a su vista un oficial practicante como en ademán de que vaciaba con una pala un carro de cadavéras, y una triste musa que llorando decía así.


 


Setecientas carretadas


 como el ministro más fiel


 me ha entregado Don Rafael


 de cadavéras mondadas:


Las troxes bien apretadas


 según lo que yo percibo


 están por su genio activo;


 y pues él dio cumplimento,


 yo le doi este instrumento,


 en que consta del recibo.


 


A el otro lienzo correspondiente estaba pintado un gallo como en ademán de que cantaba; a cuyo estrépito rotos los sepulcros iban saliendo infinitos muertos, que antes de tiempo había despachado Don Rafael, y según la vociferación de los difuntos parecía una ciudad atumultada: la Muerte con una canilla en las manos amenazaba a los esqueletos, y ellos se explicaban en esta décima.


 


Si a canillazos la Muerte


 el motín no apaciguara,


 otro gallo le cantara


 a Don Rafael, de otra suerte:


Válgale empeño tan fuerte


 a el médico vejancón,


 pues en aquesta ocasión


 le hiciéramos mil pedazos


 si la muerte a canillazos


 no le alcanzara el perdón.


 


Se comenzó el entierro con gran golpe de música, y todo el tiempo que duraron los funerales estuvo la Muerte suspirando sin levantar los ojos de la tierra; y si no lloraba, era porque no podía. Concluidos los oficios, como ella vio que arrojaban a Don Rafael al sepulcro, despidiéndose de su vista con el último redoble y Requiescat in pace, de los cantores, se le juntó el cielo con la tierra: se volvió a la casa del difunto, donde recibió los justos pésames de su amargura. Un forastero que allí se hallaba, viendo hacer tantos extremos a la Muerte, se atrevió a preguntarle la causa: entonces la Muerte tomándolo por la mano lo llevó a las iglesias, cementerios y osarios, y le dixo: Mira si tengo razón para sentir la muerte de mi amantísimo proveedor; no me deja otro consuelo esta pérdida tan fatal que una cláusula de su testamento, en que dexa el difunto a sus discípulos por únicos herederos de su doctrina.


Antes de morir nuestro Don Rafael, estando ya in artículo mortis, declaró el cómplice de sus delitos, y dixo: que para descargo de su conciencia, quien había tenido una gran parte en sus averías, era el quid pro quo, de los boticarios.