Historia

El ajedrez nació fruto de la combinación entre la chaturanga, juego indio de azar y guerra, y la petteia, juego griego de lógica y estrategia.



Los tiempos antiguos

Pocos juegos han hecho correr tanta tinta, generado tantas leyendas o suscitado tanta curiosidad y pasión como el ajedrez. Su misma dispersión mundial, facilitada por el gran interés que genera, hace que el ajedrez se acomode a la cultura, el pensamiento y el lenguaje de los pueblos que lo adoptan. Pese a que fue privativo de una élite durante largo tiempo, el ajedrez ha conseguido entusiasmar también a las multitudes. Criticado, cuando no censurado, por las autoridades religiosas, ha inspirado a poetas y escritores, ha sido musa de artistas y orfebres, combate el aburrimiento, cura la neurastenia, provoca la exasperación e impulsa al crimen. Y sin embargo, no es más que un juego, pero un juego que fascina a los hombres desde hace siglos.

Los orígenes

A pesar de que resulta difícil fechar con precisión la remota aparición del ajedrez, todas las hipótesis coinciden en situar su origen geográfico en la India, muy probablemente en Cachemira.

La leyenda India

Para el gran poeta persa Firdusi, el ori-gen indio del ajedrez no ofrece duda alguna. En su Libro de los reyes (finales del siglo X), se hace eco de una antiquísima leyenda india. Según ella, el juego se inventó a raíz de la polémica planteada tras una sangrienta guerra de sucesión entre dos hermanos. Entonces, un consejo de sabios decidió reproducir la batalla en la que sucumbió uno de los pretendientes. Un enlosado de teca y marfil representaba el teatro de opera-ciones; sobre él, los sabios enfrentaron una serie de estatuillas que comprendía 2 filas de infantes y, tras ellas, dispuestos en forma simétrica a uno y otro lado del rey y de su general en jefe, 2 elefantes, 2 carros y 2 caballos con sus respectivos caballeros. Los sabios atribuyeron a cada una de estas fuerzas el papel que les había correspondido en la batalla, y lo simbolizaron mediante desplazamientos sobre las casillas. Tales desplazamientos prefiguran los de las piezas del ajedrez: el general en jefe no se aleja de su rey más de una casulla; el elefante avanza cada vez 3 casillas, franqueando los obstáculos para observar el campo de batalla en su conjunto, mientras que el carro lo atraviesa rápidamente; el caballo o caballero se desplaza 3 casillas en diagonal, y a él le corresponde el efecto sorpresa y la contraofensiva. En primera fila, cada infante avanza en línea recta con pasos lentos, golpeando a derecha e izquierda. Para corroborar su demostración Firdusi recuerda la composición del ejército comandado por el rey indio Paurava en el año 326 a.C. Este intentó oponerse en vano a las ansias de con-quista de Alejandro Magno y le presentó batalla a orillas del Hidaspo, con 3 000 infantes, 4 000 caballeros, 200 elefantes y 300 carros. Tal ejército se designa 'con el muy antiguo término indio de chaturanga (de chatur, «cuatro», y anga, «miembros»), que alude a los cuatro cuerpos que lo integraban: infantería, caballería, elefantes y carros. Pero qué importa que se trate de una leyenda o de una evocación de hechos verídicos. Lo sustancial es que el ajedrez se ha instalado en la memoria humana como un juego de guerra y estrategia.

Los antecesores del juego

Desde siempre, los hombres han juga-do a juegos de mesa, consistentes, en su mayoría, en una persecución del adversario que progresa mediante tiradas de dados. Es el caso del senet, que utiliza 30 casillas y que ya se jugaba en Egipto tres mil años antes de nuestra era, o del fuego de las 20 casillas, practicado en Oriente Próximo en la misma época. Junto a estos juegos, en los que la suerte es decisiva para la marcha de las piezas, los griegos se dedicaban en la antigüedad a un pasatiempo muy diferente, la petteia.

La petteia. Este juego de mesa de la Grecia clásica no se basa en el azar sino en la reflexión y la estrategia. En vez de utilizar los dados para que los peones progresen sobre el tablero, los jugadores modifican una y otra vez su táctica, en función de la que adopte el adversario, para conseguir dicho objetivo. Una pintura sobre ánfora (realizada a principios del siglo VI a.C.) representa a Aquiles y Ayax disputando una partida de petteia. Es probable que en esa época ya se jugase en la India a la chaturanga, un juego en el que interviene la táctica, pero con apoyo de los dados, lo que implica un importante margen de azar.

La chaturanga. Este juego se practicó en el norte de la India, sin duda, mucho antes del siglo VII de nuestra era, época en que su existencia está comprobada. Las piezas que utiliza corresponden a los 4 cuerpos del ejército: infantes, caballeros, elefantes y carros. El desarrollo del juego, copia de la estrategia bélica del ejército indio, consiste en matar al rey enemigo, o bien en derrotar a su ejército para conseguir la victoria. La partida se disputa sobre un tablero rojo y verde con 64 casillas; en él, 4 jugadores libran batalla progresando con la ayuda de los dados. El componente de azar que implica la utilización de éstos confiere un considerable atractivo a la chaturanga, pues permite que participen jugadores con niveles muy desiguales.

 

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