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El encuentro entre los dos juegos. El ajedrez habría nacido como una combinación de la chaturanga, juego de azar y guerra, y la petteia, juego de lógica y estrategia. La invasión de la India por Alejandro, en el siglo IV a.C., posiblemente favoreció la influencia del segundo sobre el primero y la fusión de ambos juegos. Poco a poco, de la chaturanga desapareció el uso del dado y, con él, la noción de azar. La reflexión reemplazó al imprevisible golpe de suerte, y los competidores mediocres quedaron marginados. Los participantes pasaron a agruparse por parejas, pues el juego se desarrollaba entre dos. En su nueva acepción, el término chatoranga pasó a designar un juego de ajedrez que se encaminaba hacia su forma moderna. Las rutas comerciales y las invasiones propiciaron que este juego se expandiese desde la India a Oriente y Occidente. La
expansión del juego en Oriente. Entre
los diversos países del mundo oriental siempre hubo un activo comercio.
Por las rutas de la sal, de las especias y de la seda circulaban de manera
regular caravanas de negociantes al acecho de cualquier novedad susceptible
de despertar interés y generar beneficios. Indirectamente, estos
comerciantes favorecieron también la penetración de religiones
y culturas de unos países en otros. En todos esos intercambios,
China representó una etapa esencial hacia Extremo Oriente. China Muy pronto, entre el noroeste de la India y el norte de China se abrió una ruta comercial que atravesaba Cachemira, el paso del Karakorum y Turquestán. Así entraron en China el budismo y muchos otros elementos de la cultura india. Se conservan documentos chinos que mencionan la introducción del juego del chaquete a partir del siglo III. Aunque es muy difícil reconstruir con exactitud el camino seguido por el ajedrez, parece verosímil imaginar que se trata de esta misma vía. Un argumento suplementario en favor del paso directo de la India a China lo proporcionan las semejanzas entre las primeras piezas de ambos países (carro, caballo, elefante y consejero). Sin embargo, algunos historiadores creen que el juego del ajedrez habría pasado por Irán antes de entrar en China. Irán En el Libro de los reyes antes citado, Firdusi se basa en textos anteriores para evocar la introducción del juego en Irán: en el siglo VI, el soberano indio Bevisara encargó a su embajador que ofreciera como presente al rey de Persia (Irán), Chosroes I (531-579), un precioso juego de chaturanga confeccionado con esmeraldas y rubíes. El embajador planteó a Chosroes el reto de desentrañar la clave del juego. Todos los sabios del reino buscaron en vano la solución, hasta que uno de ellos no sólo explicó el sentido del juego y razonó su interpretación bélica, sino que además ganó la partida que disputaba con el embajador indio. Pronunciado en iraní, el nombre del juego se convirtió en chatrang o ciatrang, y los iraníes se revelaron muy pronto como excelentes jugadores. Desde Asia, el juego llegó a las regiones occidentales por vías muy diversas. El mundo musulmán Es el tiempo en que, obedientes al mandato de Mahoma (622), y después de haber sometido a la Arabia propiamente dicha, los árabes parten a la conquista de Oriente. La primera oleada los lleva a Siria (634), Mesopotamia o Irak (c. 636), Irán (638) y Egipto (c. 642). Luego se extenderían por el norte de África (c. 700/705). Durante la conquista de Irán, dirigida por el califa Omar los árabes, muy dotados para la abstracción y brillantes matemáticos, se apropiarían del ciatrang, que ellos pronunciaban chatrandf, y pronto demostrarían una sorprendente habilidad en su práctica. Un siglo y medio más tarde, bajo el reinado del califa abásida Harun al-Rasid (766-809), Bagdad pasa a ejercer una considerable influencia. La corte del califa es un ejemplo para otros soberanos con los que aquél mantiene relaciones y a los que calma de regalos. El califa considera el tablero y sus piezas como objetos de gran valor dignos de ser ofrecidos a quienes desea honrar pues están confeccionados con materiales raros y adornados con piedras preciosas. Objeto de lujo para unos, el ajedrez pasa a convertirse en materia de estudio para otros. Los grandes jugadores desean comunicar su pasión y sus conocimientos del ajedrez. Los escritos árabes. A partir del siglo VII, se encuentran descripciones del juego en obras árabes e iraníes. En efecto, el ajedrez suscita una abundante literatura que se difunde por los países bajo dominio musulmán. Resulta imposible citar aquí todos los escritos de la época que lo mencionan. Baste destacar el Libro del ajedrez, de Al-Adli (842), y el primer tratado de ajedrez digno de tal nombre (c. 890), obra de Abul-Abbas, médico de Bagdad. En cuanto a As-Suli, que explica los movimientos de las piezas tal como los practicaban sus contemporáneos, su manuscrito (siglo X) será referencia obligada durante seiscientos años. En el Libro del ajedrez de Al-Masudi (934) aparece la célebre leyenda que atribuye la paternidad del juego al sabio Sissa ben Dahír. He aquí su esencia: deseoso de distraer a su soberano, aquejado de profundo aburrimiento, el sabio Sissa concibió el juego del ajedrez. Absorto en este sutil ejercicio, el rey se curó de su melancolía y, ansioso por recompensar a Sissa, le prometió concederle cuanto pidiera. "Trigo", respondió el sabio. "¿Cuánto?", le preguntó el rey, felizmente sorprendido por la modesta respuesta. "Me conformo -le contestó Sissa- con un grano de trigo en la primera casulla, 2 en la segunda, 4 en la tercera, 8 en la cuarta, y así en las siguientes, doblando el número de granos en cada casilla, hasta la última." El rey jamás pudo cumplir su palabra: hubiera tenido que depositar 18.446.744.073.709.551.615 granos sobre el tablero, ¡lo que exigiría sembrar de trigo todas las tierras del planeta durante setenta y seis años! Virtuosos maestros en el arte del ajedrez, los conquistadores árabes siempre incluyen el tablero en su equipaje. Así, se convierten en uno de los instrumentos para la difusión del juego por el mundo occidental.
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