NOTAS
 ASTROLÓGICAS
SOBRE LA VEJEZ


 

En más de una ocasión se nos han reclamado por parte de los lectores algunas reflexiones astrológicas a propósito de la vejez. Con las notas que siguen pretendemos, si no complacer plenamente a esas personas, sí al menos aportar algunas claves sobre el tema en cuestión.

Distinguía antaño la astrología en el hombre siete edades en correspondencia con los siete planetas tradicionales. La última de ellas, la vejez, estaba bajo el dominio de Saturno, el más alejado de los planetas y al que se atribuían características tales como sentido del tiempo, capacidad para el esfuerzo sostenido, realismo, paciencia, temperamento melancólico (el más profundo de los "humores", según Kant, íntimamente relacionado con el talante ético).

)Ha cambiado la acepción "terminal" de Saturno como consecuencia de la aparición de los planetas nuevos, Urano, Neptuno y Plutón, y los que eventualmente surjan en el futuro? No hay que olvidar que, por vía matemática o intuitiva se ha llegado al "descubrimiento" de varios de ellos: Proserpina, Vulcano, Koré, Ceres, Palas...; en rigor, sólo deberían faltar dos, hasta completar la cifra de doce, el número de los signos zodiacales, en cuyo caso quedaría la órbita de Saturno como "cielo" central). De todos modos y puesto que los planetas nuevos afectan ante todo a la humanidad desde una óptica colectiva, Saturno continuaría simbolizando el término del hombre individual, mientras que el último planeta habría que referirlo al fin del hombre colectivo. Semejante observación es importante, pues, de otro modo, falsearíamos el simbolismo tradicional del planeta. Y así, las nociones de cristalización, destino, culminación, plenitud, que habitualmente se relacionan a distintos niveles con Capricornio y la casa X se aplicarían igualmente a la vejez.

Se nos objetará (y en la mayoría de los casos, con toda la razón) que tales características en nada corresponden a lo que realmente es la vejez para muchas personas: decadencia alarmante de las funciones físicas, emocionales y mentales, entrada en una "segunda infancia" cuyo carácter regresivo salta a los ojos y, lo que es peor, colapso de las pautas morales que habían presidido su vida anterior, con el consiguiente enclaustramiento en un egoísmo o "autismo" que sorprende a los familiares o a quienes cuidan del anciano en su última etapa. (Cuán lejos estamos de la ancianidad como lugar de la sabiduría y faro que guiaba a las generaciones más jóvenes en el piélago de la existencia y cuya "auctoritas" era siempre punto de referencia en la vida privada y pública, fuente de consejo y factor de equilibrio!

)Cómo explicar astrológicamente esta decadencia? No basta conectarla con la debilidad de la posición de Saturno ("exilio" o "caída") en los temas astrales de algunas personas, puesto que se trata de un fenómeno colectivo. Más bien hay que relacionarlo con la transformación radical de la vida cotidiana que se inicia a finales del siglo XVIII (simultánea con el descubrimiento de Urano) y que puede calificarse de "modernidad propiamente dicha". Los enormes progresos de la medicina y la higiene, unidos a la rápida tecnificación de la sociedad desembocan en un aumento de la esperanza de vida (que culmina en nuestro siglo) y en el mejoramiento de ciertas condiciones materiales de la existencia.

Ahora bien, tales conquistas tienen también su reverso. Es lo que expresan y significan los planetas nuevos, que introducen posibilidades inéditas (buenas y malas), en una dialéctica cuyos polos indicamos de forma casi telegráfica: Urano: la conciencia individual moderna, los derechos humanos, el lema "Libertad, igualdad, fraternidad", la creatividad, los logros científicos, pero también la aparición de una mentalidad cientificista, que inaugura un "prometeísmo" manifestado por doquier y que se traduce, por ejemplo, en el manejo de energías peligrosas o, en todo caso, energías sobre las que no se tiene pleno control. Neptuno: la compasión universal, los movimientos colectivistas y utópicos, las nuevas ideologías y "místicas", "la felicidad para el mayor número" como ideal, pero también el autoengaño, la excesiva euforia, el fanatismo. Plutón: la "muerte iniciática", pero también la tensión entre el individualismo y el colectivismo modernos que tiende a polarizar el planeta en dos bloques, la confianza en la explotación de la energía nuclear como panacea universal, la explotación masiva e indiscriminada de los recursos de la Tierra, el estado de "guerra permanente" y la crisis final de la modernidad, destruida por las contradicciones que la habitan.

Todas estas circunstancias explican que el alargamiento de la vida (un fenómeno que, conforme se generaliza, merece reflexiones cada vez más apremiantes y que halló un tratamiento precoz en la interesante novela de Aldous Huxley, "Viejo muere el cisne"), que parecía una conquista irreversible, haya visto

comprometidas sus ventajas por otros tantos inconvenientes, haciéndonos ver con claridad que en lo que respecta a la modificación de la existencia humana no bastan los planteamientos cuantitativos. Aquí sería de aplicación directa el clásico "Propter vitam vivendi perdere causas", pues )de qué sirve una larga existencia cuando no va acompañada de motivaciones para vivirla? )Acaso la prolongación indefinida de una vida poco más que vegetativa puede ser considerada un logro?

Evidentemente, la culpa de la situación no es achacable a la aparición de los planetas nuevos, un fenómeno en sí mismo neutral y que expresa el surgimiento de nuevas condiciones de vida en el planeta. Es la libre utilización por parte de la humanidad de las energías por ellos significadas la que ha originado la situación presente. Y así, el empeoramiento cualitativo de la existencia se ha traducido también en el fenómeno de los "nuevos ancianos". Curiosamente, la noción misma de "novedad", por antonomasia "uraniana", nos pone sobre una pista interesante: que nosotros sepamos, en la historia "reciente" de la humanidad es la primera vez que la esperanza de vida de las personas empieza a rebasar los ochenta años ("y el más robusto hasta ochenta", dice el Salmo. Y si el Génesis sentencia que "en adelante, la vida de los hombres no pasará de ciento veinte años", alude al acortamiento de la vida subsiguiente a la degradación espiritual inmediatamente anterior al Diluvio). Una cifra que se aproxima al período de revolución de Urano (ochenta y cuatro años), el menos lento de los planetas colectivos. A falta de una transformación espiritual paralela, la persona que alcanza esa edad corre el riesgo de convertirse en un ser que, en cierto modo, rebasa sus posibilidades individuales, en un sujeto pasivo, mera "cobaya" de los "adelantos" científicos de la época. No hablemos de las personas cuya edad se sitúa ya dentro del período de revolución de Neptuno (significador, entre otras cosas, de drogas y medicamentos todavía más potentes y sofisticados), es decir, de ochenta y cuatro años en adelante (El "Señor de los océanos" cumple su revolución cada 165 años).

)Podría haber existido otra utilización, positiva, de las nuevas energías planetarias? Indudablemente, sí. )De qué manera? A partir de una no degradación de la conciencia moderna, que quizá se conservó pura en los primeros instantes, en los que se vio a sí misma no como instancia autónoma y separada, sino como una nueva ocasión de madurar que extraía en último extremo su fuerza del arraigo en el mundo espiritual (baste pensar en los primeros representantes de la modernidad).

Todo ocurre, pues, como si la humanidad moderna, en lugar de reforzar el vínculo con las propias raíces espirituales (alcanzando así la originaria longevidad atestiguada por tantas tradiciones), se hubiera entregado como nunca al disfrute y exploración de los "poderes" materiales y, cual aprendiz de brujo, hubiese desencadenado fuerzas que no está en su mano controlar: los goces mundanos y la eterna juventud que Mefistófeles le promete a Fausto se truecan, a fin de cuentas, en una existencia gris, apenas merecedora de ser vivida. Se desmiente así la muerte próxima del cisne, que su canto solía anunciar. La extrema discordia entre los "esposos", entre el alma y el cuerpo, cantada por Georges Brassens ("...Quand mon âme et mon corps ne seront plus d´accord que sur un seul point, la rupture...") y que preludiaba el fatal y misericordioso desenlace, puede ahora prolongarse indefinida y patéticamente.

)Qué actitud deberían tomar entonces las generaciones más jóvenes ante semejante fenómeno? En primer lugar, tratar de aprender "en cabeza ajena" los estragos causados por un exceso de confianza en la ciencia, que, para la mayoría, se ha convertido en una instancia poco menos que infalible: los aspectos más profundos de Urano tienden a liberarnos precisamente de cualquier concepción esclerotizada de la realidad, para no caer en nuevos dogmatismos, peores que los antiguos. En segundo lugar, desarrollar el sentido de la compasión universal que acompaña al simbolismo de Neptuno; ello nos llevará a cargar noblemente con la parte de obligación que nos corresponda y a soportar las limitaciones que el cuidado de los "nuevos ancianos" nos imponga. Finalmente, no pensar siquiera en "soluciones" como la eutanasia (tomándonos las cosas humorísticamente, ello equivaldría a decir con Peter: "Si no lo ha conseguido con tres errores, pruebe con cuatro"). Astrológicamente, optar por dicha "solución" sería dejarse llevar por las peores "vibraciones" de Plutón, el planeta cuya función más elevada es justamente preparar a la humanidad para una transformación espiritual sin precedentes, para una "muerte iniciática", de la que la eutanasia o el suicidio no son sino lamentable caricatura e inversión. Este universo no está hecho a la medida del hombre mezquino y egocéntrico, sino de aquel que sabe comprender que los "contrarios" (actividad y la pasividad, fuerza y debilidad, salud y enfermedad...) son dos caras del indecible misterio que nos envuelve.("Sol negro", n1 7, 30-32).