SIMBOLISMO
ASTROLÓGICO
Y EXPERIENCIA
LITÚRGICA
(III)
1. El "origen" del día litúrgico
Más arriba nos referíamos a los cuatro puntos fundamentales del Zodíaco y a sus homólogos en la esfera microcósmica. )En cuál de estos últimos colocar el "origen" del ciclo litúrgico? Dos posibilidades se presentan, y no se excluyen la una a la otra. O bien el día litúrgico da comienzo al amanecer, a la hora de Laudes (nos referimos, claro está, a la actual ordenación litúrgica), o bien en las Vísperas del día anterior (los domingos y otras festividades). En el primer caso se otorga la primacía a la perspectiva basada en la autoconciencia del "espíritu", simultánea con la posición del Sol en el Ascendente. El día empezaría entonces en el momento en que deviene consciente el "hombre interior", en el instante en que se celebra la salida del "Sol que viene de lo alto". En el segundo se destaca la perspectiva fundada en la conciencia en cuanto mediada por la "alteridad", es decir, la significada por la posición del Sol en el Descendente. En ambos casos se privilegia la "encarnación", la toma de contacto con la "tierra", si bien el primero es inmediatamente anterior a la "ascensión", en tanto que el segundo antecede al "descenso".
Por lo demás, es claro que el hecho de comenzar una fiesta por las Vísperas tiene por objeto preparar a los creyentes para la celebración de la misma, una celebración en la que se insiste especialmente. De ahí el "descenso" característico de toda purificación, que se inicia justamente en el momento de la puesta del Sol.
Anteriormente aludíamos a cómo la tradición esotérica distingue entre los "misterios menores", en los que el "espíritu" está al servicio de la vida, y los "misterios mayores", en los que se invierte la relación. Resulta lógico, pues, conectar el proceso de purificación, que se inicia con el Sol en el Descendente, con los primeros, y la fase ascensional, que comienza con el Sol en el Ascendente, con los segundos, salvadas en cada caso las distancias que los separan del "hombre interior" en el sentido paulino.
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Qué sentido tiene comenzar una festividad con las Vísperas? Evidentemente, está el propósito de destacar su importancia, subrayando la diferencia de nivel respecto de las celebraciones "normales", pero también el de dar las indicaciones precisas para conseguir la adecuada preparación. A la vez que se supone dicha diferencia se reconoce, pues, una "jerarquía" entre las Horas litúrgicas: las de la víspera constituyen una especie de propedéutica para las de la festividad.Vemos, pues, cómo entre las cuatro perspectivas posibles ("origen" en el momento en que el Sol ocupa el "Fondo del Cielo", el Ascendente, el Descendente o el "Medio Cielo", es decir, a medianoche, al amanecer, al crepúsculo o a mediodía respectivamente), la liturgia de las Horas ha optado por la segunda y, en las principales festividades, por la tercera. Con ello se quiere poner de relieve la óptica de la encarnación y el papel activo del creyente en el proceso de deificación. Quizá por eso, a diferencia del año litúrgico, que comienza aproximadamente en el momento en que el Sol entra en los primeros grados de Sagitario y, concretamente con el Adviento, preparación para la Natividad, con lo cual queda privilegiada la perspectiva vertical, el día litúrgico empieza al amanecer, con el Sol en el Ascendente, uno de los polos del eje horizontal. Si el año litúrgico está referido, pues, a la vertical, es decir, a la Iglesia universal, el día, en cambio, dice relación especial al creyente individual y también a un ámbito en el que el papel activo de la Iglesia universal deviene más relevante, en contraposición con el estatismo característico del año litúrgico.
Así, pues, en el actual ordenamiento de la liturgia de las Horas, el día comienza con Laudes y la celebración de la salida del "Sol que viene de lo alto", la autoconciencia del "hombre interior"; sigue con Tercia, en la que se celebra la venida del Espíritu Santo, confirmación del "Cristo interior" que otorga nuevo impulso a la marcha ascensional del creyente, cuya meta es el "Sol de justicia", que se manifiesta en el cenit y es celebrado a la hora de Sexta, en la que se hace patente la dimensión universal de la redención y, por consiguiente, la misión universal del cristiano. Nona simboliza la muerte de Cristo y el inicio de su descenso a los "infiernos" y, a otro nivel, análogo proceso en el creyente que ha llegado a su madurez, la cual le lleva a descender hacia la alteridad conforme a la "ley", es decir, al movimiento descendente del amor de Cristo. La hora de Vísperas simboliza el contacto con la "tierra" tras el descenso que se inició en el punto más alto de la vertical y que Casiano refería a la elevación de la cruz. Se trata de una encarnación del "hombre interior", esta vez al servicio de la humanidad y no como una etapa del camino de maduración personal. Por último, Completas celebra el punto más bajo del descenso, el contacto con los "infiernos", con el ámbito más alejado de la "tierra". A partir de aquí se inicia una nueva ascensión hacia el nivel "terrestre", cuyas características esenciales ("vigilancia", búsqueda de Dios "en el silencio de la noche", etc.) aparecían en la antigua Hora de Maitines, transición entre un día y el siguiente y recapitulación del período nocturno que empieza después de Completas.
El día litúrgico hay que contemplarlo, pues, desde la perspectiva del creyente en vías de madurez, en consonancia con el simbolismo del Sol en el Ascendente, que alude a la autoconciencia del "espíritu" y, por consiguiente, hechas las debidas transposiciones, del "hombre interior". Observación que se confirma si tenemos en cuenta que a la ascensión sigue el descenso, a diferencia de lo que sucede con el cristiano que empieza a recorrer la fase "purgativa", cuyo desarrollo espiritual discurre en sentido inverso.
2.El ciclo semanal
En la institución del ciclo semanal han intervenido consideraciones de diverso tipo. Por una parte, las de índole numerológica: los "días" o períodos de la creación; por otra, las relacionadas con el curso de la Luna, que, redondeando, equivale aproximadamente a cuatro semanas, con lo cual la semana sería la duración de una fase lunar. No entramos aquí en la dimensión espacial del 7(las llamadas 7 "direcciones" del espacio: los cuatro puntos cardinales, más el cenit, más el nadir, más el punto central).
Es evidente que, en un primer momento, las consideraciones numerológicas han sido decisivas, por más que, acto seguido, interviniese la perspectiva astrológica, ligada al movimiento de la Luna. Pero, incluso allí donde el ciclo semanal se ha relacionado con la astrología, el aspecto numerológico ha estado casi siempre presente. Esto aparece con nitidez ya en la estructuración tradicional de la semana a partir del simbolismo planetario: se trataba de conectar las 24 horas del día con los 7 planetas tradicionales; puesto que el mínimo común múltiplo de 24 y 7 es 168, es claro que, al cabo de 7 días ó 168 horas (asignando a cada una de ellas un planeta y siguiendo el orden Saturno-Júpiter-Marte-Sol-Venus-Mercurio-Luna, es decir, por orden decreciente de distancia a la Tierra), se repite el ciclo. Los nombres actuales de los días de la semana muestran indudablemente su vinculación al simbolismo planetario. Lo cual no significa que la tradición hebrea, al recoger el esquema semanal, aceptase sin más las atribuciones planetarias. Existe una voluntad clara de apartarse de las prácticas mágicas ligadas a la astrología, que derivaban fácilmente hacia la astrolatría. Con todo, el septenario aparece con frecuencia en la Escritura (cf. por ejemplo, el texto de Is 11,2, en el que se anuncia que el septiforme Espíritu de Dios reposará sobre el Mesías). Eso hizo que, en ocasiones, surgiesen tentativas de aproximación entre el mencionado esquema semanal y los siete planetas de la tradición astrológica: así, en la denominación del día de la resurrección del Señor, por más que, en un principio, "dies dominica" sólo aludía a la circunstancia histórica de que el evento más importante para la fe cristiana tuvo lugar en ese día. Posteriormente se estableció el inevitable enlace entre "dies dominica" y "dies Solis", bien es verdad que conectándolo a la vez con el simbolismo numerológico: "dies dominica" es el "día octavo", el que sigue al séptimo (que recapitula la creación primera) y, por consiguiente, el primero de la "nueva creación", ligado de un modo natural a la "nueva luz" que es Cristo, motivo que, por lo demás, queda impecablemente legitimado por el prólogo del Evangelio de S.Juan.
Desde este punto de vista, el domingo por antonomasia no es otro que la Pascua de Cristo, el "paso de este mundo al Padre". Ahora bien, una cosa es el acontecimiento primordial que sirve de base a la fe cristiana, y otra diferente el modo como la Iglesia en su totalidad lo celebra, lo interioriza y trata de hacerse una con él. Tal es el origen de la liturgia en su triple ciclo, a saber, anual, semanal y diario. El primero va asociado a la Pascua, el "domingo por antonomasia"; el segundo, a cada uno de los domingos del año, cabeza de la semana; el tercero, a los días de la semana. Hay un cuarto nivel, el mensual, no celebrado como tal, pero sí tenido en cuenta en la fijación de la fecha de Pascua y, por tanto, de las fiestas móviles.
A través de esos niveles del simbolismo, la vida del creyente tiene la oportunidad de aproximarse al evento primordial de la Pascua, que ocurrió "de una vez por todas" y, por consiguiente, se sitúa más allá del tiempo "desintegrado", en la eternidad de la "nueva creación".
Veamos, pues, qué significa la semana, una vez estudiado el ciclo diario de las Horas del Oficio y su correspondencia con las sucesivas posiciones del Sol en las "casas". )Es posible estructurar los días de la semana a partir del simbolismo numerológico?
Dos maneras de hacerlo nos vienen a la mente: la que se deriva del esquema de la creación tal como aparece en el "Génesis", y la que enlaza con el septenario de los planetas tradicionales, entendido, bien es verdad, a partir de Is 11,2, con lo que ello supone de "reconstitución" de dicho simbolismo desde la Escritura.
La estructuración a partir del septenario genesíaco nos lleva a emparejar los días 11 y 41 (creación de la luz; creación de los astros), 21 y 51 (separación entre las aguas "superiores" y las "inferiores"; creación de los peces y animales marinos, de un lado, y de los volátiles, de otro), 31 y 61(separación tierra/aguas, creación del reino vegetal; creación de los animales terrestres y, finalmente, del hombre). En cuanto al día 71, constituye el centro y la culminación del septenario, el reposo de Dios subsiguiente a la creación del mundo. Llegaríamos así a las siguientes parejas: domingo-miércoles; lunes-jueves; martes-viernes; y, como centro, el sábado. Tal sería la estructura de la creación originaria, la cual subsistiría tras la "caída".
Hay otro ordenamiento que toma como base el simbolismo del domingo como "octavo día". Su conexión con el septenario de la creación es evidente, al menos en lo que se refiere a ese primer ("único" traduciría mejor el "yom ejad" de Gén 1,5) día, el de la "nueva creación". Y, si bien es cierto que la consideración del "dies dominica" como un "día eterno" no enlaza con la perspectiva astrológica propiamente dicha, también es indudable que la aproximación al acontecimiento primordial de la Pascua (el "domingo por antonomasia") desde la experiencia del tiempo exige la utilización de un simbolismo intermediario (entre el nivel planetario, característico de la citada perspectiva, y el acontecimiento pascual). Y es la fe, apoyada en ese evento primordial, la que posibilita una elevación paulatina desde el simbolismo planetario.
A este propósito, es interesante observar cómo la colocación del domingo (correspondiente al "dies Solis") en el centro de la experiencia litúrgica confirma una esquematización ya presente en el simbolismo planetario. Es la siguiente: en la sucesión Saturno-Júpiter-Marte-Sol-Venus-Mercurio-Luna, que se aplica a la serie de las 24 horas del día, repitiéndola 3 veces (con lo que queda de resto 3), el Sol ocupa el centro, como puede verse; y quedan emparejados aquellos planetas cuyas posiciones son simétricas respecto de él.Así, Saturno-Luna, Júpiter-Mercurio, Marte-Venus. Pues bien, en la semana planetaria, regida por la serie Sol-Luna-Marte-Mercurio-Júpiter-Venus-Saturno, se detecta una estructura semejante. La diferencia está en que el Sol no se sitúa en el centro, sino en el primer puesto de la serie, y en que la pareja más próxima al centro (en este caso un centro teórico, ya que el Sol ocupa uno de los extremos) es Mercurio-Júpiter y no Marte-Venus (como en la sucesión aplicada a las 24 horas del día). Pero los emparejamientos subsisten:
Saturno-Júpiter-Marte-Sol-Venus-Mercurio-Luna
Sol-Luna-Marte-Mercurio-Júpiter-Venus-Saturno
Si el septenario de la creación estaba centrado en el último eslabón (Saturno, correspondiente al sábado), ahora se resalta sobre todo el primero (Sol). Ahora bien, no se trata de una regresión o algo así, sino al contrario: el nuevo centro se localiza más allá de la serie primera. No en vano se le denomina el "día octavo" o el primero de la "nueva creación", el "día sin ocaso", al que ya se aludía de alguna manera en Gén 1,5, en donde se hace referencia al "día uno" o "único" ("yom ejad").
Pero, una vez que tomamos como punto de partida la experiencia de la temporalidad y como término el acceso al "día octavo", se hace patente la necesidad de una mediación entre ambos. Por tanto, si la ordenación "antigua", que tiene su centro en el sábado, representa el Antiguo Testamento, en tanto que el Nuevo se expresa a través del "día sin ocaso", del "día del Señor" (con lo cual parece como si al reposo divino subsiguiente a la creación primera sucediese una iniciativa divina previa a la "nueva creación"), resulta lógico hablar de una mediación entre los dos. )Cómo concebirla?
Nos referíamos más arriba a la experiencia de la temporalidad como punto de partida. Evidentemente, no aludíamos a la creación perfecta de los orígenes, sino al mundo de la "caída". Quizá por eso la tradición hebrea, aun subrayando la importancia del septenario, prefiere no insistir en las conexiones astrológicas (por más que en Job 38,33 se den por supuestos los "influjos" del "cielo" sobre la tierra), que, en general, se mueven a otro nivel.
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Es posible, con todo, utilizar el simbolismo planetario dentro de ese ámbito mediador al que acabamos de aludir? Es claro que semejante uso resulta inadecuado si nos mantenemos en una perspectiva determinista. En ese sentido, los esquemas anteriores que colocan al domingo (y, por consiguiente, al Sol) en el centro no constituyen, de momento, más que otras tantas estructuras cuyo paralelismo con la semana litúrgica salta a los ojos. Sin embargo, es necesario dejar siempre a salvo el papel de la libertad humana, así como el de la gracia. Por eso, aun haciendo uso de los esquemas citados en orden a la comprensión de la liturgia, hay que introducir un "excessus" que rebasa la dimensión astrológica.Considerado en sí mismo, el septenario de los planetas asociados a la semana es: Sol-Luna-Marte-Mercurio-Júpiter-Venus-Saturno. Y, siguiendo nuestra comparación, la tradición hebrea colocaría en el centro al sábado y, por consiguiente, a Saturno, en tanto que la cristiana sitúa en el centro al domingo y al Sol. Entre ambas la distancia es colmada por el hecho de la redención, ya que el domingo de Pascua no es como el primero, sino que es el origen de una nueva semana, al menos si nos movemos dentro de la comprensión cristiana de la liturgia y no en el puro ámbito de la eternidad. La semana litúrgica se situaría, pues, entre ambas esferas.
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Qué diferencia estructural habría entonces entre la semana antigua y la nueva? Quien dice "estructura" dice "sincronía" y, por consiguiente, introduce una serie de relaciones simultáneas.La semana antigua vendría así definida por los emparejamientos domingo-miércoles (Sol-Mercurio), lunes-jueves (Luna-Júpiter) y martes-viernes (Marte-Venus), con el sábado (Saturno) en el centro. La segunda, en cambio, la semana litúrgica, se caracteriza por las parejas lunes-sábado (Luna-Saturno), martes-viernes (Marte-Venus) y miércoles-jueves (Mercurio-Júpiter), con el domingo (Sol) en el centro.
Sol Saturno
Marte Júpiter Marte Júpiter
Saturno Sol
Luna Venus Mercurio Venus
Mercurio Luna
Así, pues, podríamos decir que el "salto" entre ambos ordenamientos de la semana viene a expresar la diferencia entre la Antigua Alianza y la Nueva. Aparece, pues, aquí una remodelación de la temporalidad que tiene su origen en la gracia.
En cuanto al aspecto diacrónico, sólo experimenta una variación: en lugar de estar centrada en el eslabón final (el sábado), la semana litúrgica tiene por centro el primer día (el domingo), en espera de la transformación escatológica, en la que se manifestará la gloria del "día sin ocaso".
En consecuencia, si el orden de los días continúa siendo el mismo, las relaciones existentes entre ellos sufren un cambio y aparece una nueva estructura, cuyos polos, lejos de ser abarcables por el "hombre viejo", exigen la intervención de la "nueva creatura" para ser experimentados en toda su riqueza.
3.El ciclo mensual
Lo que llamamos ciclo mensual no es objeto de celebración en la liturgia. Podemos referirlo, bien al período de 29,5 días, comprendido entre una lunación y la siguiente, bien al de 28 días, una especie de valor medio que tiene la ventaja de ser, a la vez, múltiplo de 7 y divisor del año litúrgico, que, por lo general, cuenta 364 días(a excepción de aquellas ocasiones en que se alarga una semana más). Como se sabe, 28 es, además, la "realización"(simbolizada por el número 4) de 7, dado que 28=7.4, aparte de constituir su número "triangular", es decir, el que lo reconduce a la unidad:28=1+2+3+4+5+6+7. Comenzaremos por el ciclo de 29,5 días.
En la determinación de la fecha de Pascua se utiliza dicho período de 29,5 días y, dado que esa fecha se coloca lo más cerca posible del plenilunio que sigue al equinoccio de primavera, se percibe claramente la conexión entre el simbolismo de la citada fase lunar (la separación o discriminación entre "alma" y "espíritu", una vez que la primera ha alcanzado su madurez) y la muerte sacrificial, la renuncia de Cristo a su propia vida, el "tránsito de este mundo al Padre". Ahora bien, puesto que las fiestas móviles del calendario litúrgico vienen fijadas en función de la fecha de Pascua, se comprende la importancia del ciclo que nos ocupa.
La relación con el simbolismo astrológico es aquí bien patente, ya que el ciclo luni-solar no es otro que el de los contactos "alma-espíritu", mediador, por tanto, entre el ciclo diario, conectado con la "corporeidad", y el anual, ámbito del "espíritu". También puede hablarse al respecto de una mediación entre la esfera del "alma" propiamente dicha (conectada con el mes lunar sideral, de 27,321 días) y la del "espíritu" (ligada al ciclo anual). Por otro lado, la duración de cada fase lunar, algo más de 7 días, nos permite enlazar el ciclo luni-solar con la semana, si bien la estructura del año litúrgico, construído sobre la sucesión de las semanas, nos lleva a concluir que, en su institución, intervinieron sobre todo consideraciones numerológicas. En efecto, la longitud del año litúrgico no equivale a la del solar ni a la del lunar (de algo más de 354 días), sino que se cuenta por semanas (52 y, en algunas casos, 53). Y aquí interviene el mes de 28 días, múltiplo de 7 y divisor de 364. )Qué simbolismo encierra?
Evidentemente, su índole es numerológica, no astrológica. De la misma manera que el ciclo luni-solar de 29,5 días comprende 4 fases de algo más de 7 días cada una, dos de las cuales pertenecen a la mitad ascendente del ciclo (Luna nueva y cuarto creciente), y las otras dos a la mitad descendente (Luna llena y cuarto menguante), podríamos hablar de 4 fases o semanas en que se divide el ciclo de 28 días, dos ascendentes y dos descendentes. Por otro lado, 28=7.4, y, dado el simbolismo de este número ("tierra", "realización", "materialización"), es claro que el 7 encuentra en él una peculiar "plenitud" (no en vano el número 40 aparece en el año litúrgico antes y después de Pascua, conectado con la Cuaresma y con el intervalo comprendido entre Pascua y la Ascensión).
En cuanto al otro aspecto antes aludido (28 como "triangular" de 7), significa la reconducción del 7 a la unidad. Ahora bien, si el punto de partida o, mejor dicho, el ciclo más breve de cuantos hemos examinado, es el diario (que corresponde a algo así como el grado mínimo de "integración"); si el que le sigue, 7, es un número primo (semejante, por consiguiente, a la unidad y portador de una "integración" mayor, puesto que se trata de un ciclo más amplio), se comprende entonces la importancia del 28, que establece un vínculo todavía más estrecho entre el 7 y la unidad.
De esta manera se redondean dos ciclos de por sí ligados al simbolismo astrológico (el luni-solar, de 29,5 días, y el mes lunar sideral, de 27,321) a través del número 28, con lo cual se consigue una "integración" que, sin dejar de estar ligada al mundo empírico, lo trasciende en el arquetípico. Por lo demás, de la misma manera que el ciclo luni-solar se divide en 4 fases de algo más de 7 días cada una, el ciclo de 28 comprende 4 semanas, las cuales quedan así integradas en una unidad superior. La semana y el "mes" de 28 días pertenecen, pues, a un mundo arquetípico a través del cual se expresa "lo sagrado", en este caso la cuasi-sacramentalidad inherente al tiempo litúrgico.
El "mes" de 28 días supone, pues, la integración del 7, siempre dentro del ámbito estrictamente numerológico; pero también es la integración del simbolismo lunar (ligado al período empírico de 27,321 días, mes sideral) y luni-solar (vinculado al mes sinódico, de 29,5 días). Y, en general, de cualquier otro período de duración aproximada asociado al movimiento de la Luna. Integra, pues, los valores "anímicos" y "anímico-espirituales" desde su nivel propio, que es el numerológico.
Traducido al plano de la espiritualidad, a las etapas del "camino", el "mes" de 28 días simboliza, pues, el acceso a la "iluminación". Nos movemos, en efecto, a un nivel marcado por el contacto "alma-espíritu", ya incipientemente vivido en el ciclo semanal. En este sentido, las semanas que componen el ciclo de 28 días pueden ser asociadas al simbolismo de los 4 primeros números: la primera significará la experiencia de una unidad aún incipiente; la segunda supondrá un contraste; la tercera, una síntesis más allá del contraste; la cuarta, por último, la plena experiencia de la "iluminación" a través del contacto entre "alma" y "espíritu".
Muy próximo al ciclo luni-solar está el "mes" solar, ligado al tiempo de permanencia del Sol en cada signo zodiacal. También este período viene integrado en el "mes" de 28 días. En efecto, la atmósfera luni-solar característica del ciclo de 29,5 días se desplaza progresivamente de un signo a otro, adquiriendo la "tonalidad" del signo en cuestión, una "tonalidad" que, ante todo, va vinculada al tránsito del Sol por dicho signo. Pues bien, de la misma manera que el "mes" solar se asocia a la "tónica" fundamental, el mes sinódico o luni-solar va conectado con la asimilación de esa "tónica" (de por sí "espiritual") por parte de la Luna (por tanto, del "alma"). Y, puesto que la duración de ambos es casi la misma, los dos quedan integrados en el "mes" arquetípico de 28 días.
NOTAS
1) Véase artículo "Liturgia de las Horas",III,3, en: Nuevo Diccionario de Liturgia, dirigido por D.Sartore y A.Triacca, Madrid, Ediciones Paulinas, 1987.
2) Sobre este particular, cf.Sánchez Aliseda,C.,El Breviario romano, Madrid,1951, p.210.
3) Como hace Demetrio Santos,Investigaciones sobre Astrología,II, Madrid,1978, p.869.