EL DESCENSO DE
CRISTO A LOS INFIERNOS


Dice uno de los artículos del Credo que Cristo "descendió a los infiernos". Evidentemente no se hace referencia aquí al infierno entendido como estado de los ángeles caídos o morada de los réprobos. )A qué se alude entonces? Es claro que se piensa en los infiernos en el sentido pagano, es decir, en aquel ámbito al que descendían y en el que se enclaustraban por cierto tiempo los candidatos a la iniciación, a fin de encarar las pruebas que, en un proceso ascensional, habrían de llevarles desde la oscuridad del mundo fenoménico hasta la claridad de la montaña, el universo real, según el antiquísimo ritual de muerte y resurrección. Por eso Cristo, tras restaurar la condición humana originaria mediante su muerte en la cima de la nueva Montaña, la del Calvario, desciende a los infiernos para extender el fruto de su victoria a las generaciones pretéritas. Ya la virtud extratemporal de su crucifixión les había llegado ya de algún modo a través de los liberadores, de los iniciados paganos, cuyos poderes trascendentes se remontaban a él. Mas por el hecho de la muerte de Cristo y su posterior descenso a los infiernos, dicha virtud les alcanza plenamente. Es sabido que el periodo de enclaustramiento que, al principio, tuvo una duración mucho mayor, con el tiempo fue disminuyendo hasta quedar reducido a tres días. Pues bien, como es obligado según la divina pedagogía, Cristo permanece tres días en el mundo subterráneo, al igual que antes de él lo hicieron innumerables candidatos a la iniciación.

Pero él no desciende al mundo subterráneo como un simple difunto. Por un equívoco se suele asociar la fiesta del 1 de noviembre con los difuntos, por más que la tradición y la liturgia cristianas distingan muy bien entre el día de Todos los Santos y el día de los Difuntos: en realidad y desde mucho antes de la aparición del cristianismo histórico, semejante fiesta celebra el "descensus ad inferos" de los iniciandos.

Ni siquiera lo hace en calidad de candidato a la iniciación; lo hace para introducir para siempre en él la luz y la vida eternas. Incorpora, pues, al tiempo lo que las antiguas iniciaciones sólo vislumbraban trabajosamente más allá del cosmos fenoménico.

Por eso el ritual cristiano de muerte y resurrección es idéntico al de siempre. Lo que cambia es el contenido: lo que percibimos ahora no son las meras tinieblas preparatorias de la iniciación, sino el resplandor del "Sol que viene de lo alto", de la Luz eterna.

Comprendemos ahora la atracción que tuvo el mundo subterráneo para tantos pueblos, que lo consideraban como el "manantial de la eterna juventud" y la fuente del conocimiento. Y entendemos el por qué de la adoración que rinden los Magos (es decir, los representantes de la tradición esotérica) al Redentor.

(n1 8, 26).