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UNA JUVENTUD
Diferentes estudios y encuestas sobre la problemática juvenil nos dicen que los valores vigentes en la "sociedad avanzada" son los que rigen la existencia de los jóvenes europeos: individualismo y subjetivismo privados (o casi) de toda referencia a normas objetivas; cerrazón en la propia historia cotidiana; acentuación del relativismo, considerado como "garantía y fundamento de la democracia". En el caso de España, nos encontramos con un conformismo cada vez mayor; en los últimos años ha descendido el nivel de sus sueños y utopías y ha aumentado el desencanto. Se ha impuesto el pragmatismo individualista y el consumismo. La separación entre la esfera pública y la privada es un hecho, hay un rechazo casi general de la política y los jóvenes tienden a refugirse en la familia, muchas veces de manera interesada. En general, se nota la falta de marcos de referencia universalmente válidos, así como la ausencia de "principios fuertes". Y el factor que ofrece mayor número de referencias culturales es la televisión.
No vamos a entrar ahora en la situación de los adolescentes.
Tan sólo diremos que los problemas tienden a acentuarse, hasta el punto de que lo que en los jóvenes ha sido un proceso de degeneración más lento, en los adolescentes parece casi innato: bulimia y anorexia se extienden como una consecuencia lógica del culto desmesurado al cuerpo; las depresiones e incluso las tendencias suicidas han dejado de ser un fenómeno raro; y, en el peor de los casos, el salvajismo, la ausencia de hasta el más mínimo vestigio de educación parecen esbozar un cuadro poco menos que "apocalíptico". Los jóvenes empiezan a mirarlos con temor y uno llega a preguntarse: )de dónde habrán salido semejantes "humanoides"?
Dentro de los límites del presente artículo, no podemos dejar de interrogarnos por las razones profundas de tales fenómenos. Ahora como nunca se percibe la incidencia en la vida práctica de las concepciones y de los valores vigentes en nuestra sociedad desde hace escasas décadas. Un ciego optimismo llevó a la clase dirigente (políticos e intelectuales) a pensar que los cambios en los valores que hasta hace poco regían el mundo no tendrían consecuencias inmediatas. Y es que, con el mundo de las ideas, al igual que ocurre con la visión telescópica, unos centímetros en el punto de mira suponen una desviación de millones de kilómetros en el objetivo.
Para el observador atento de los fenómenos sociales, los últimos años han supuesto una tremenda aceleración del proceso de desprestigio y de devaluación de la autoridad iniciado hace algunos decenios. Sirvan para ilustrarlo algunos de entre los no escasos indicios que sin gran esfuerzo podemos recopilar mirando simplemente en derredor.
Como consecuencia de la difusión de algunas filosofías que, "al vaciar el agua sucia del baño arrojaron con ella al niño" (Nietzsche y su concepción de la "muerte de Dios", Freud y su idea de Dios como "proyección de los deseos insatisfechos del hombre", Marx y su concepto de la religión como "opio del pueblo", entre otros), ha hecho crisis el mundo de los valores supremos. Al eclipsarse socialmente la influencia del arquetipo del Padre eterno ("de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra"), se eclipsa también en la humanidad la figura paterna.
Ahora bien, la educación ha de girar alrededor de dos polos: el respeto, símbolo de la trascendencia divina, de la distancia entre Dios y el hombre; y el amor, signo de la cercanía de Dios al hombre. Pues el respeto sin amor paraliza, pero el amor sin respeto hace imposible la maduración.
Al debilitarse, pues, la figura del padre, se pierde el sentido del respeto, la marca de la trascendencia, sin la cual resulta imposible vertebrar la personalidad. Y, a partir de aquí, la sociedad entera tiene dificultades para madurar. Lo vemos en la vida política, en donde nadie quiere comprometerse a ejercer plenamente la autoridad ante el temor de ser acusado de "tirano" o de "dictador". Y, desde el momento en que falta la autoridad pública, todo empieza a desmoronarse.
En un primer momento, la sociedad respiró aliviada al eclipsarse el arquetipo del padre. Pero, pasado algún tiempo, la madre hace lo posible por suplirlo, de un modo análogo a como en un mundo en que la virilidad ha entrado en fase de eclipse, la feminidad trata de remediar la carencia, tarea manifiestamente imposible.
En efecto, si el arquetipo materno sirve para acoger al niño y crear un hogar en el que sienta protegido, el "microcosmos" familiar, el paterno es necesario para orientarse en un mundo "extraño" como es el "macrocosmos" social. La comparación entre ambos nos lleva a distinguir entre subjetividad y objetividad, particularidad y universalidad, concreción y abstracción; hemisferio cerebral derecho e izquierdo, intuición y racionalidad.
La renuncia a someter al hijo a la adecuada disciplina ("Que no lo pase mal como me ocurrió a mí") crea hijos débiles. Al girar todo en torno al matriarcado, se hace casi imposible la maduración: casi inevitablemente, la madre tiende a ver siempre al hijo como su "hijito". Tenemos así la generación de los "hijos de mamá", cuyo proyecto vital más importante es "quedarse definitivamente en casa" y que tienden a seguir la máxima "vive de tus padres hasta que puedas llegar a vivir de tus hijos".
Por eso la juventud se prolonga indefinidamente: de hecho, puede haber jóvenes de más de 50 años, lo cual ocurre sobre todo cuando siguen solteros, a menos que hayan llegado a contraer obligaciones quasi paternales.
Por si fuera poco, en la sociedad actual se da otro fenómeno: el conflicto fratricida entre las débiles instancias paternales que todavía restan. Nos referimos, por ejemplo, a la lucha de los padres de los alumnos contra los profesores, lo que dinamita el proceso educativo. Hay una creciente pérdida de respeto a la figura del maestro: no hace falta remontarse muchos años para captar la diferencia entre el modo como la sociedad lo trataba entonces y la manera como se comporta con él en la actualidad. Por ejemplo, las personas nacidas con anterioridad a 1950 ó 1955 podrán ver con nitidez la diferencia entre la actitud con que un padre confiaba sus hijos al maestro ("Si se porta mal, no dude en castigarlo; y si llega a mis oídos que reincide, entonces va a saber lo que es bueno...") y la de ahora, cuando no resulta infrecuente oír: "Hijo, si el maestro se porta mal contigo, me lo dices, que aquí estoy yo para defenderte". Lo cual no deja de sonar risible o superfluo, pues a los maltrechos y devaluados maestros de hoy apenas les quedan fuerzas para meterse con nadie.
Otros fenómenos similares podríamos traer a colación, pero la conclusión seguiría siendo la misma: la incapacidad de la mayoría de nuestros contemporáneos para concebir y aceptar una autoridad que no sea autoritarismo y que mantenga a raya las arbitrariedades y los brotes de subjetivismo siempre prestos a florecer en el corazón humano. Y, por consiguiente, la incapacidad para crear unas condiciones políticas, sociales y espirituales que hagan posible la educación de las jóvenes generaciones. A la vista de lo cual, )cabe otra cosa que oscilar entre la Escila de las dictaduras y la Caribdis de la anarquía?