EL OTRO LADO

EL OTRO LADO

 

 

La consigna era que si a las doce de la madrugada no había llegado el contacto que esperaban, tendrían que desistir y dejarlo para mejor ocasión; algún percance habría hecho, en ese caso, imposible el paso al otro lado. Desde que el 18 de julio se alzaron algunos militares contra el gobierno, Granada estaba dividida en dos frentes. El republicano (rojo le decían muchos: unos con tono peyorativo como color de la violencia y el demonio; otros con orgullo como el de la pasión y la sangre obrera) quedaba al norte de Sierra Elvira. Tenía pueblos como Cogollos, Deifontes o Iznalloz. El nacional (azul por sus camisas y para unos el color de la nobleza y el orden mientras que para otros el de la injusticia y la traición al gobierno legítimo y al pueblo que lo había elegido) quedaba al sur y a él pertenecían Albolote, Maracena o la propia Granada capital.

                En esa tesitura, que te movilizaran con unos u otros no dependía de tus ideas o tu voluntad, sino de quienes mandaban en tu zona. Como consecuencia, los que preferían, ya que tenían que arriesgar su vida en una contienda civil, hacerlo por la causa en que creían y estaban en el sitio equivocado, buscaban la manera de cruzar las líneas y pasarse con los suyos. Sierra Elvira constituía el lugar de paso; pero conseguir llegar al otro lado no era fácil. Si te pillaban, el fusilamiento no te lo perdonaba nadie; en la guerra no se andan con remilgos y por menos de nada te acusan de sedición o traición. Cuanto más por pasarse al enemigo. Había que hacerlo de noche, con la ayuda de contactos que dominaran la zona y supieran cuándo, a dónde y con quién te tenían que llevar y siguiendo normas de seguridad numerosas y estrictas.

Por eso Félix y Manuel esperaban impacientes y confundidos desde que hacía media hora primero, luego una hora y después dos..., que habían pasado las doce de la noche y nadie aparecía en el lugar acordado. El viento, frecuente en aquellos oteros, aunque no fuerte, empezaba a resultar fresco y molesto. Sobre todo porque se mezclaba con la impaciencia y la duda ante la situación. A lo lejos Granada lucía como un puñado de ascuas desparramadas sobre el negro de la vega y en el Peñón de la Mata se veía de cuando en cuando algún fogonazo perdido, como si la oscuridad del novilunio no quisiera dejar que el olvido alejara la presencia de la guerra.

-          ¿Qué hora tienes, Félix?

Antes de contestar, el preguntado miró al rostro duro pero asustado de Manuel. En la oscuridad resultaba aún más cetrino y adusto.

-          ¿Otra vez con la hora, cojones? Te he dicho hace nada que eran las dos.

-          ¡Joder!, no te cabrees conmigo. Yo no tengo la culpa de que no venga  el "Esnoclao".

-          Ha tenío que pasar algo. Será mejor que nos volvamos pa casa. Mañana veremos qué ha pasao y cuándo podemos volver a  intentarlo. Ya son muchas horas ¡dos!

-          Sí, ámunos antes de que nos cojan por aquí y nos fusilen.

 

Cabizbajos, desmoralizados, preocupados..., bajan por la falda del cerro, cuando escuchan ajetreo entre unos matorrales y algo como una roca que rueda e, instintivamente, echan su cuerpo a tierra y se arrastran hasta apostarse tras un roquedo.

Hay unos breves momentos de silencio y después unos gritos de dolor que intentan ser sordos, pero resultan por ello aún más estremecedores. Se asoman con cuidado..., se acercan poco a poco hasta el lugar del que provienen los quejidos y consiguen ver lo que ocurre. Son dos hombres; justo como ellos. Uno se ha caído por un barranco y se ha roto una pierna. El otro intenta ayudarle y le apremia para que no haga ruido.

-          ¡Eh! - dice Félix llamando la atención del accidentado y su amigo.

-          ¡Coño!, ¡qué susto! - reacciona el ileso de los dos interpelados - ¿Quiénes sois vosotros?

-          ¿Y vosotros? - dice con desconfianza Manuel.

-          ¡Quién coño vamos a ser! - protesta el herido - ¡Pues como vosotros!, ¿o es que estáis por aquí y a estas horas de excursión?

-          ¿Qué os ha pasao?

-          Me he caío, hostias... ¿No ves mi pierna?

En efecto, Félix le  mira el miembro roto, que tiene muy mal aspecto. Incluso le asoma una astilla de hueso.

-          ¡Jóder! Espera. Voy a buscar algo para entablillártela.

Mientras Félix busca ramas rectas y resistentes que puedan hacer de férula, Manuel les explica que ha fallado su contacto. Ha debido ocurrir algo. También a los otros les ha pasado lo mismo. Ya se iban cuando el puto barranco se puso por medio...

                Le entablillan la pierna con ramas y cordones de las albarcas, no sin problemas por el dolor al manipulársela. Como el fresco de la noche de agosto es soportable, Félix y el compañero del herido se quitan sus camisas para improvisar con ellas y dos ramas gruesas unas angarillas con las que transportar al herido.

-          Muchacho - le dice Manuel, cogiendo de uno de los extremos de las chuscas parihuelas para comenzar la marcha -, me temo que lo vas a pasar mal con el meneo... - el otro lo mira sin contestar. El gesto lo dice todo.

El compañero del herido ha cogido el extremo opuesto del artilugio. Van a echar a andar cuando se dan cuenta de que cada uno tira en una dirección.

-          ¿Pero a dónde leches vas? - pregunta molesto Manuel cuando advierte lo que pasa.

-          Eso digo yo. Dónde vas tú...

-          Pues a mi pueblo, a dónde voy a ir. Para Marecena.

-          Pero... - balbucea el compañero del accidentado, que mira con aprensión y sin saber qué hacer. Como Félix se da cuenta, le interpela.

-          ¿De dónde sois ?

El herido, mirando desafiante a Félix le responde secamente:

-          De Deifontes.

-          ¿Pero entonces vosotros...? - Manuel no se atreve a seguir.

-          Somos nacionales - le corta el de la pierna rota -. Íbamos a pasarnos con los nuestros.

-          Con los nuestros íbamos nosotros - dice Félix.

-          Sois rojos - sentencia el compañero del herido.

Hay unos momentos de silencio. Nadie sabe qué paso dar. Por fin Manuel suelta con suavidad el extremo de las andas que tenía cogido hasta apoyarlo en la tierra.

-          Seguid vuestro camino - les dice -. Si vas con cuidado puedes llevarlo arrastrando este extremo por el suelo.

-          ¿Y tu camisa? - le dice a Félix el que aún sostiene las parihuelas.

-          Es vuestra. Consideradla un regalo de un amigo rojo. Si mañana nos vemos en el frente tal vez acabe roja también ella...

 

No se dicen nada más. Son gente de pocas palabras. Cuando ya casi no se ven,  el que arrastra la camilla se detiene un momento y les dice: Gracias. Félix  y Manuel hacen un breve saludo con la mano. Después cada cual coge su dirección y a todos los traga la oscuridad y el silencio.

 

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