Mientras tanto

Mientras tanto, el regreso a Segovia de Rodrigo no pudo ser más triste. Se habían deshecho todos sus sueños. Ninguna de sus ilusiones había resistido el embate del poder real. Para él, que veía cómo la injusticia y la sinrazón se habían adueñado de Castilla a pesar del heroísmo y el costo en tantas vidas humanas nobles y generosas que habían derramado su sangre para nada, la existencia en esos momentos había perdido el sentido. Hundido y desmoralizado hasta el punto de no sentir deseos de vivir, su reencuentro con Antonio Suárez fue un baño de dolor. La represión contra los comuneros más destacados estaba siendo implacable. Muchos se habían refugiado en conventos que eran registrados por inspectores que aprovechaban la ocasión para hacerse con el oro, la plata y las alhajas de monjes y monjas. Otros eran ejecutados, otros encarcelados y desposeídos de sus bienes... Su amigo Antonio, abrazándolo entre sollozos, se despidió de él recomendándole que desapareciera cuanto antes de Castilla; no sin antes advertirle de que unos conocidos suyos habían venido desde Guadalajara huyendo de la Inquisición y querían verlo.

                Rodrigo acudió hasta la casa de su amigo Fadrique con la remota esperanza de encontrar en su amistad y su sabiduría un atisbo de consuelo, puesto que poca era la ayuda que iba a poder prestarle en aquellas circunstancias.

                Fadrique, que salía a la calle justo cuando Rodrigo llegaba a buscarlo, encontró a su amigo envejecido y con todo el desánimo que arrastraba asomándose a los ojos. Comprendía muy bien la situación de Rodrigo, por lo que no se le ocurrió pedirle ayuda, sino que le ofreció su mano y lo abrazó, cuidando de no hacerle daño en la herida del hombro, para transmitirle todo su afecto y cuanto calor humano fuera capaz de darle.

-          ¿Por qué ocurren estas cosas, amigo mío? – le dijo sollozando Rodrigo, aferrado al cálido abrazo de Fadrique.

-          Somos seres humanos, Rodrigo. No olvides eso. Este mundo en el que estamos es un lugar de paso que no siempre entendemos y que nos bambolea con sus ilusiones inútiles, que nos levantan y nos hunden, nos ensanchan y nos destrozan como si fuéramos juguetes, sin comprender nunca que en realidad no hay nada que merezca ese dolor y esa alegría por nuestra parte, pues todo es humo y no somos más que sombras en busca de la luz de Allah, lo único real.

-          Ha muerto mucha gente, Tarik – Rodrigo habló a su amigo llamándolo por su nombre árabe, para significar que le hablaba de corazón a corazón y ni siquiera con plena conciencia de su propósito -. Hombres leales, generosos, limpios, que han dado su vida por un reino más justo y más libre... Y todo, para nada...

-          Nunca nada es para nada, amigo mío – le dijo Tarik colocando su mano sobre el hombro sano de Rodrigo con enorme cariño -. Si eligieron luchar por un sueño generoso es que eso es lo que tenían que hacer; y si lo que han encontrado es la muerte, es que es esa muerte la que le da a su sueño la dimensión real de su generosidad y de su vida. Es así como su vida ha tenido sentido y es así como su muerte ha sido algo bello, noble y lleno de luz. ¿Es mejor morir de cansancio, de hastío, de no querer vivir ya más? ¿Es mejor nacer, crecer comiendo como cerdos en una pocilga engullendo y engullendo como animales para el matadero y morir sin luz en el corazón y sin otro sentido para la existencia que el de haber estado acumulando cosas que se pudrirán y rivalizando por estupideces sin nombre? Ellos al menos han vivido con ilusión y han muerto con lealtad y desapego y Allah los recibirá en su Jardín como se merecen.

-          Yo no creo en Allah, Tarik – replicó Rodrigo, con evidente deseo de haber podido decir lo contrario –. Para mí todo se acaba aquí y es bien pobre lo que conseguimos...

-          Eso es lo que tú crees, Rodrigo – puso ahora su mano sobre el cabello de Rodrigo unos instantes y continuó -. Escúchame, amigo, y no pienses que quiero convencerte de nada, porque no es así. Allah no necesita de nosotros, así que no le hace falta que tú creas en Él. Somos nosotros quienes necesitamos de Él. Nos inventamos ideas que convertimos en guía de nuestra vida. Cogemos un pedazo de tierra y lo llamamos patria y lo revestimos de unas cualidades, atributos y mitos que sólo son inventos nuestros. No elegimos dónde nacer. Igual que hemos nacido aquí podríamos haberlo hecho en el otro extremo del mundo. Pero ese aquí en el que hemos nacido resulta que se convierte en el mejor lugar de la tierra y nos apegamos tanto a él que somos capaces de dar nuestra vida por ello. Algunos oportunistas con menos corazón se dan cuenta de eso y pueden jugar con nuestras emociones para utilizar nuestra vida en defensa de sus afanes de brillo, poder y avaricia... ¿Cuántas patrias, cuántos pueblos, cuántos imperios, cuántas civilizaciones poderosas y temibles a las que nadie osaba enfrentarse han caído a lo largo de la historia? ¿No has leído libros donde se cuentan esas cosas? En oriente, en Roma, ¡en tantos lugares!, los hombres lucharon, vivieron y murieron adorando ídolos y naciones de las que ya apenas si queda el recuerdo. De algunas de ellas ni eso. ¿Quién crees que se va a acordar dentro de miles de años de Las Comunidades, ni del rey don Carlos ni de Castilla ni de nada de lo que ahora tanto nos duele y nos hace encendernos, reír y llorar como si fueran lo único verdadero? Todo es humo... Humo que el viento se lleva y se pierde en la inmensidad del cielo. Lo único Real es la presencia eterna de Allah, de la que todos venimos y a la que todos, tarde o temprano, tenemos que ir. Y comprender eso y asumirlo, y entregarnos a la Belleza de su Luz es lo único que tiene sentido. Aunque eso pueda suponer que tenemos que optar en el camino por una causa que sólo nos lleva a la derrota. ¡Ay!, cuántas aparentes derrotas son una puerta de Luz hacia nuestro Señor, el Único, y son la única victoria posible, y cuántas victorias aparentes no son más que el engaño momentáneo de un mundo efímero y engañoso que se asienta sobre cosas como la ambición, la envidia, la avaricia y el odio, y que no traen más que infelicidad y apego al fuego que destruye los corazones, mancha la vida y enturbia la muerte... Toda victoria humana, toda aparente utopía realizada acaban corrompiéndose y entrando en la decadencia de las ambiciones, las intrigas, las envidias, las rencillas y las corrupciones sin nombre. Y llega un momento en que decaen y desaparecen bajo las cenizas. Todo su brillo y su poder intocable vuelven entonces a ser humo que el viento se lleva y desaparecen entre la Majestuosidad de Allah, que es el Único que permanece. ¿Crees acaso que ese poderío de don Carlos no habrá de tener un fin? Crecerá algún tiempo todavía. Aún no hemos visto hasta dónde puede llegar a ser de poderoso... y de destructivo, cuántas cosas grandes hará aún que admirarán los siglos venideros y cuántas cosas innobles y detestables que sus esbirros procurarán borrar del libro de la historia. Pero también tendrá un final y acabará siendo humo y llegará un tiempo en que nadie se acuerde de él y de su imperio y no quede otro registro que el libro en que los ángeles escriben los hechos de los hombres; de cada hombre... No te duelas por tu derrota. Disfruta más bien la entrega que tuviste hasta el final y el saber que hiciste lo que tenías que hacer. Ese es tu triunfo. Y es mucho mayor que el de esas tropas y ese rey y sus secuaces que se bañan en su festín de sangre. No tardará en amargárseles el banquete. Sólo Allah es vencedor.

 

Rodrigo, ante el discurso cálido y emocionado de su amigo, en el que tanto confiaba, no supo qué decir. No era capaz de compartir la fe en lo sobrenatural de Tarik, la había perdido hacia tiempo ya, y bien que lo sentía pues le hubiera ofrecido todo el consuelo que tanto necesitaba, pero las palabras de su amigo le habían sonado razonables y parecían ofrecerle un poco de paz en algún lugar impreciso de su interior. Miró a Tarik a los ojos, le apretó afectuosamente el brazo y, antes de despedirse, le confió algo que andaba rondándole la cabeza.

-          Creo que en cuanto me restablezca de mi herida me voy a enrolar en alguna expedición a Las Indias.

-          Si eso es lo que quiere Allah, que Él te acompañe con su baraka. Suerte, amigo mío.

 

Volvieron a abrazarse y cada cual tomó su camino.