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1. LA TECNOLOGIA Y SU IMPACTO EN LA FE
LA FE Y LA CULTURA
Cultura es todo aquello que el hombre crea y hace con su entendimiento
y su habilidad a lo largo de la historia.
Existe entre religión y cultura una cierta afinidad. En
sus orígenes, casi todas las creaciones culturales nacieron
en un contexto religioso y casi siempre con una inspiración
religiosa. Por otra parte, tampoco la religión puede dejar
de estar envuelta en la cultura, pues cultura es el marco general
que envuelve la vida expresiva y consciente de los hombres; nada
hay que pueda desarrollarse al margen de ella.
Esta asociación entre fe y cultura se da intensamente en
las religiones nacidas del esfuerzo del hombre por expresar el sentido
último de su vida. Sin embargo, en la fe cristiana se da
algo que hace más complicada esta relación. La fe
cristiana nace, evidentemente, dentro de una cultura, pero nace
por iniciativa de Dios y trata de abrir a los hombres la posibilidad
de referirse a Dios como algo superior a toda imagen cultural. La
fe cristiana vive inserta en la cultura, pero en su realidad más
íntima no nace de ninguna cultura humana. Por eso, Cristo
proclama la absoluta independencia de la vida religiosa respecto
de cualquier institución o autoridad humana.
La fe cristiana puede vivir en todas las culturas y no puede instalarse
definitivamente en ninguna. A pesar de todo, la fe no puede menos
de vivir inserta en una cultura, pero para no deformarse tiene que
estar revisando continuamente sus propias expresiones de modo que
manifiesten el hecho trascendente de la presencia de Dios, de su
gracia, de sus exigencias y sus promesas. Puede vivir en todas las
épocas y en todas las culturas porque no vive plenamente
identificada con ninguna. Y en esta tensión consiste el mayor
servicio que la fe hace a la cultura como actividad humana, obligándola
a revisarse continuamente, a entablar relaciones con otras culturas
igualmente respetables, a enriquecerse sin cesar hasta poder abarcar
todos los aspectos creativos de la humanidad entera.
FE Y TECNOLOGÍA
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1. Reanudamos el tema sobre la fe. Según la doctrina
contenida en la Constitución Dei Verbum, la fe
cristiana es la repuesta consciente y libre del hombre
a la auto-revelación de Dios, que llegó
a su plenitud en Jesucristo. Mediante lo que San Pablo
llama -la obediencia de la fe" (cfr. Rom 16, 26;
1, 5: 2 Cor 10, 5-6), todo el hombre se abandona a Dios,
aceptando como verdad lo que se contiene en la palabra
de la divina Revelación.
2. La fe es obra de la gracia que actúa en la
inteligencia y en la voluntad del hombre, y, a la vez,
es un acto consciente y libre del sujeto humano. La
fe, don de Dios al -hombre, es también una virtud
teologal, y simultáneamente una disposición
estable del espíritu, es decir, un hábito
o actitud interior duradera. Por esto exige que el hombre
creyente la cultive siempre, cooperando activa y conscientemente
con la gracia que Dios le ofrece. Juan Pablo II, 19-VI-85
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Parece oportuno empezar por la importancia que ha tenido el avance
tecnológico en este siglo. Hoy es posible hacer viajes larguísimos
en muy poco tiempo y sin esfuerzo, y estar informado casi inmediatamente
de los sucesos que ocurren en cualquier parte del globo. La mayoría
de las cosas que nos rodean son artificiales, y el nivel de necesidades
en muchos ambientes ha pasado de cubrir la supervivencia a disfrutar
de la abundancia. Incluso las situaciones límite de pobreza
no parece imposible que puedan ser superadas, si los hombres utilizan
los medios técnicos que poseen y si sus egoísmos no
lo impiden.
Mucha más gente vive ahora en las ciudades que antes. La
diferencia entre la vida urbana y la rural ha disminuido también
notablemente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo se dedican
exclusivamente al desarrollo de las ciencias y de la técnica,
con resultados asombrosos, y que por su misma frecuencia ya no llaman
la atención.
Este desarrollo no tiene por qué afectar negativamente a
la fe; más bien la puede favorecer al elevar la preparación
intelectual de muchos, y liberarlos del agobio de la lucha por lograr
sobrevivir. Además, estos avances permiten descubrir con
más profundidad aún los dones de Dios y a agradecer,
en concreto, la capacidad que Él ha dado a la inteligencia
humana. Pero algunos, de estos mismos hechos, pueden sacar la conclusión
de que el hombre lo puede todo y que Dios no es necesario en su
vida. Esta mentalidad aparece en algunos sectores, ignorando que
los interrogantes más profundos siguen abiertos y que el
mero progreso de la ciencia no puede resolverlos.
Vivimos en un siglo con grandes avances tecnológicos. Ha
habido un gran desarrollo técnico.
Este desarrollo debe favorecer la vida de fe al elevar la preparación
intelectual y liberar a los hombres del agobio para sobrevivir.
Además, da pie para agradecer al Señor tantos dones
de los que ahora el hombre participa.
PROGRESO O AMENAZA
En la encíclica Redemptor hominis, la primera de su pontificado,
Juan Pablo II hace referencia a la ambivalencia del desarrollo técnico.
Se pueden resumir sus palabras en que el progreso se puede hacer
a favor o en contra del hombre. Por ejemplo, la energía nuclear
puede ofrecer innumerables ventajas, pero también puede llegar
a producir una catástrofe de incalculables consecuencias.
Muchos son los ejemplos que se podrían poner. En sí
misma, la técnica y su progreso son buenos, pero los hombres
pueden utilizarlos para el bien o para el mal, para elevarse o para
degradarse. Si son utilizados principalmente para "tener"
los resultados serán negativos, si, en cambio, se utilizan
para conseguir que cada hombre "sea mejor", los resultados
serán deseables y buenos.
El modo de vivir después de las revoluciones
industriales
La revolución industrial, que se inicia en algunos lugares
ya hacia finales del siglo XVII, adquiere un impulso notable a lo
largo del XIX. En su raíz está el uso de las máquinas
en el procesó productivo, uso que aumenta cuando la máquina
de vapor sustituye a los molinos de agua y se acelera con el empleo
de la electricidad. Ya en el siglo XX, otros saltos tecnológicos
importantes, tales como la utilización de la energía
nuclear, la electrónica o la biotecnología, contribuirán
a transformar aún más los modos de vivir.
Una de las consecuencias más positivas de éstos y
otros avances ha sido la superación de la pobreza y el alargamiento
de la vida (más de setenta años en la mayoría
de los países avanzados). Una de las más negativas,
el materialismo práctico en el estilo de vida de muchos,
y la obsesión por la comodidad, aunque a menudo vaya unida
a un trabajo enormemente exigente en tiempo y dedicación;
obsesión que, cuando toma como meta de la vida el "consumismo"
de bienes materiales, ahoga el disfrute de los bienes espirituales,
con la consiguiente marginación de esos valores y de la vida
religiosa en general.
La revolución sanitaria y el desarrollo
demográfico
En líneas generales se puede decir que antes de la 'revolución
industrial la población estaba relativamente estabilizado.
A lo largo de ella fue disminuyendo la tasa de mortalidad, lo cual,
unido a una natalidad alta, ocasionó un gran aumento de la
población. Más tarde se produce un gran descenso de
la tasa de natalidad y la población, que había crecido
mucho en el siglo anterior, al llegar los años setenta del
nuestro deja de crecer e incluso empieza a descender.
Curiosamente, los sectores en que desciende más la natalidad
son los más acomodados; lo que induce a pensar que no son
las dificultades económicas las que llevan a este descenso
sino el egoísmo materialista. Los países del tercer
mundo siguen con una natalidad alta, aunque también en ellos
empieza ahora a descender, sobre todo por las campañas en
favor del control de natalidad de algún gobierno y de poderosas
instituciones de los países ricos. En algunos casos, las
medidas gubernamentales para limitar la natalidad son drásticas.
Un caso notable es el de China, donde se obliga a que los matrimonios
tengan un solo hijo, llegando incluso a imponer el aborto.
El futuro se presenta difícil de prever. Pero mirando al
pasado, se puede decir que hasta ahora el desarrollo tecnológico
ha cubierto con creces las necesidades de una población en
aumento. Por otra parte, los descensos de población pueden
ser catastróficos al envejecerse ésta, al disminuir
el número de jóvenes respecto al de adultos y ancianos.
Es muy probable que sea más temible la disminución
de inteligencias creadoras y de brazos que trabajen, aneja a un
descenso de la población juvenil, que el aumento de bocas
a nutrir. De hecho, en algunos países tecnológicamente
avanzados se están tomando ya medidas para que aumente la
natalidad, aunque las costumbres egoístas, que han ido arraigando,
no serán fáciles de desterrar por meros incentivos
económicos.
En todo caso, mirando al problema desde una posición de
fe, no se puede menos de recordar que Dios es providente y que ha
dado además al hombre una inteligencia capaz de afrontar
con éxito los problemas que vayan apareciendo.
El urbanismo y la emigración
Otro fenómeno que puede influir en la fe de algunos es el
crecimiento urbano. Por una parte, la emigración masiva a
las ciudades ha dejado el medio rural relativamente desprovisto
de juventud y con una vitalidad disminuida. La población
desplazada ha tendido a perder las costumbres religiosas que poseía
en su entorno anterior, y muchas veces éstas no han sido
sustituidas por otras nuevas, cosa que ocurre aún con mayor
intensidad cuando la emigración es a otro país. Por
otra parte, las ciudades se van haciendo más anónimas
al paso de su crecimiento, con unos centros cívicos y religiosos
menos ricos que en otras épocas y, concretamente, con una
estructura parroquias que llega con más dificultad a sus
feligreses.
Todo un conjunto de circunstancias, a veces en apariencia indiferentes,
hacen sentir su peso en la vida religiosa. Por ejemplo, los criterios
economicistas han llevado a menudo a construir enormes edificios
con viviendas pequeñas. El resultado es que la vida familiar
se ha visto afectada, tanto por lo que hace referencia a la convivencia
con aquellos miembros de la familia mayores como los abuelos, como
en lo referente al número de hijos deseados, y tanto una
como otra influyen en la práctica de la fe. Se puede concluir
que al no haberse seguido unos principios cristianos, que pusieran
a la persona sobre los beneficios económicos, se han creado
unas dificultades externas para vivir una vida más plenamente
humana y coherentemente religiosa.
Las tensiones internacionales
Aunque después de las dos guerras mundiales no ha habido
contiendas generalizadas, las tensiones entre grandes bloques de
naciones permite solo una paz precaria, que se basa más en
el miedo al desastre total que en el logro de unas relaciones más
justas. De otra parte, las diferencias entre países desarrollados
y subdesarrollados parece no disminuir. No se puede decir que la
convivencia vaya por caminos que conduzcan a una "civilización
del amor"; más bien se dirige hacia la perpetuación
de un equilibrio lleno de desconfianza y apoyado en una carrera
de armamentos enormemente despilfarradora y que resta energías,
que podrían dirigirse a construir las bases auténticas
para una paz duradera.
Este estado de cosas favorece poco el desarrollo de la fe, ya que
ésta brota con mayor facilidad en un ambiente de paz y de
justicia.
Contradicciones del mundo moderno
Estas contradicciones del mundo moderno que hemos esbozado, y otras,
hunden sus raíces en una concepción materialista del
hombre, que, por una parte, lo ensalza y, por otra, lo degrada.
Esta concepción es común en los países del
Este y Occidente. Pero es notable la reacción, tanto en unos
como en otros, de muchos sectores que se rebelan ante ese materialismo
sin horizontes verdaderamente humanos, con la aparición de
movimientos en que muchos hombres buscan vivir su fe y construir
un mundo nuevo. Se trata a la vez de un esfuerzo de purificación
del sentido religioso y de un esfuerzo para edificar una sociedad
que se adapte mejor a los designios del Creador y al Evangelio.
La tarea no es fácil, pero es necesaria.
TRÁNSITO DE LA IMPRENTA A LA ELECTRÓNICA
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Se han dicho multitud de tonterías sobre computadoras
y no quiero insistir en ello porque todo este tema me
resulta ya aburrido. Pienso que lo más obvio
es que estas computadoras han sido fabricadas por mentes
humanas; son producto de mentes humanas. No podrían
existir sin inventores humanos, sin la gente que las
fabrica y la gente que las programa. Imitan algunos
aspectos de las mentes que las produjeron. Pero decir
que se parecen un poco a la mente y que pueden hacer
algo de lo que la mente hace, siendo producto de la
mente, no puede probar nada sobre la supuesta naturaleza
física de la mente. Me parece un razonamiento
infantil decir que si las computadoras hacen cosas un
poco parecidas a la mente, la mente ha de ser idéntica
a las computadoras.
Rupert Sheldrake
(Director del Departamento de Bioquímíca
de la Universidad de Cambridge)
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A mediados del siglo XV, Guttenberg inventó la imprenta.
Con ella, la palabra escrita se popularizó y se convirtió
en un vehículo impresionante de las ideas, nuevas y viejas.
En el siglo XX, las ideas se continúan difundiendo por medio
de la palabra escrita, del libro y el periódico, y aumenta
el número de personas que por su formación tienen
acceso a ellos. Pero nuevos medios contribuyen a esta difusión:
no es ya sólo la palabra oída, sin tener que leerla,
como en la radio, sino la imagen directa vista en la televisión.
Los satélites de comunicación, los ordenadores y computadoras
y un sinfín de ingenios, entre ellos el reciente vídeo,
no hacen sino potenciar el alcance y penetración de las ideas
transmitidas por los medios de comunicación. Su influencia
alcanza a millones de personas, o quizá más exactamente,
si se exceptúan unos grupos en definitiva marginales, a toda
la humanidad.
Como la imprenta, estos medios son en sí mismos neutros.
Todo depende de que se usen bien o mal. Su utilización puede
producir enormes ventajas o inconvenientes considerables. Así,
muchos valores culturales y morales, la misma fe, pueden llegar
a más seres humanos. Pero también se puede hacer una
auténtica "manipulación" de las noticias
y de los hechos culturales: es lo que ocurre inevitablemente cuando
lo que se persigue es propagar o imponer determinada ideología.
De todas maneras, sea cual sea el uso de unos u otros medios por
parte de los que emiten sus ideas a través de ellos, el receptor
ha de saber comportarse con el mismo sentido crítico, que
se usa en una conversación normal. La pasividad en aceptar
con más crédito lo que llega a través de uno
de estos medios, que lo que oímos a otra persona, es una
ingenuidad, producto del infantilismo o de la pereza mental. Hay
que saber descubrir las deformaciones más o menos sistemáticas,
si se dan, o las omisiones voluntarias. En el campo de lo religioso,
es sospechosa la fuente si silencia el magisterio del Papa y los
obispos, por poner un ejemplo. Sin este sentido crítico,
se actúa de modo poco humano, poco adulto, y también
la fe puede tambalearse o llenarse de lagunas doctrinales.
LA FE DEL CRISTIANO DE NUESTRO TIEMPO
Como indica el Concilio Vaticano II: "el espíritu crítico
más agudizado purifica la vida religiosa de un concepto mágico
del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más
una adhesión personal y operante de la fe, la cual hace que
muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino" (Gaudium
et spes, n. 7).
Para que este sentido de lo divino crezca en los hombres de hoy,
se impone una sana actitud crítica ante los humanismos más
o menos ateos que se han producido en el siglo pasado y en el actual.
Después conviene hacer una reflexión sobre los fundamentos
de la fe que aproveche los avances del pensamiento y de la ciencia.
El cristiano no ha de tener miedo a que su fe vacile ante el mundo
actual y para ello ha de evitar que permanezca en un estado infantil,
lo que ocurriría si no creciera armónicamente con
el resto de los conocimientos y actitudes culturales. La maduración
de la fe requiere un conocimiento crítico de los avances
y retrocesos de la cultura de nuestro tiempo. La fe madura permite
apartar los mitos modernos que muchas veces son reactualizaciones
de los antiguos: así, el de Prometeo en Marx, el de Sisifo
en el existencialismo ateo, o el de Edipo en el psicoanálisis
ateo, etcétera.
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