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  01. LA TECNOLOGÍA Y SU IMPACTO EN LA FE
 
  02. LAS CIENCIAS MODERNAS Y SU IMPACTO EN LA FE
   
  03.PENSADORES DEL SIGLO XX QUE ESTAN EN LA RAIZ DE LOS PRINCIPALES HUMANISMOS ATEOS (I)
   
  04. PENSADORES DEL SIGLO XX QUE ESTAN EN LA RAIZ DE LOS PRINCIPALES HUMANISMOS ATEOS (II)
   
  05. MAPA DEL HUMANISMO CONTEMPORANEO(I)
   
  06. MAPA DEL HUMANISMO CONTEMPORANEO(II)
   
  07.EL SENTIDO DE LA VIDA Y LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DEL HOMBRE
   
  08. PROCESO DE SECULARIZACIÓN Y CRISIS
   
  09. LA ACTITUD CREYENTE
   
  10. LA RAZÓN Y LA FE
   
  11. DIMENSIÓN OPERATIVA DE LA FE: LA LIBERACION DEL HOMBRE
   
  12. EL COMPROMISO DE CONSTRUCCIÓN DEL MUNDO
   
  13. DIMENSION TRASCENDENTE DE LA FE: LA SALVACIÓN CRISTIANA
   
  14. ESCATOLOGÍA E HISTORIA
   
  15. LA MORALIDAD EN TÉRMINOS DE VALOR
   
  16. EL VALOR MORAL
   
  17.CRISIS DE VALORES O DE VALORACIONES
   
  18.LA FE CRISTIANA Y SU OFERTA DE VALORES
   
  19. LA VIDA COMO VALOR ÉTICO
   
  20. EL VALOR DE LA SEXUALIDAD EN EL MARCO DEL AMOR
   
  21.EL VALOR DEL TRABAJO EN RELACIÓN CON EL USO DE LOS BIENES Y CON LA PROBLEMATICA LABORAL
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS, Y LA EMPRESA COMÚN
   
   
   

 

 

1. LA TECNOLOGIA Y SU IMPACTO EN LA FE

  La fe y la cultura.
  Fe y tecnología.
  Progreso o amenaza.
  El modo de vivir después de las revoluciones industriales.
  La revolución sanitaria y el desarrollo demográfico.
  El urbanismo y la emigración.
  Contradicciones del mundo moderno.
  Tránsito de la imprenta a la electrónica.
 

La fe del cristiano de nuestro tiempo.












LA FE Y LA CULTURA

Cultura es todo aquello que el hombre crea y hace con su entendimiento y su habilidad a lo largo de la historia.

Existe entre religión y cultura una cierta afinidad. En sus orígenes, casi todas las creaciones culturales nacieron en un contexto religioso y casi siempre con una inspiración religiosa. Por otra parte, tampoco la religión puede dejar de estar envuelta en la cultura, pues cultura es el marco general que envuelve la vida expresiva y consciente de los hombres; nada hay que pueda desarrollarse al margen de ella.

Esta asociación entre fe y cultura se da intensamente en las religiones nacidas del esfuerzo del hombre por expresar el sentido último de su vida. Sin embargo, en la fe cristiana se da algo que hace más complicada esta relación. La fe cristiana nace, evidentemente, dentro de una cultura, pero nace por iniciativa de Dios y trata de abrir a los hombres la posibilidad de referirse a Dios como algo superior a toda imagen cultural. La fe cristiana vive inserta en la cultura, pero en su realidad más íntima no nace de ninguna cultura humana. Por eso, Cristo proclama la absoluta independencia de la vida religiosa respecto de cualquier institución o autoridad humana.

La fe cristiana puede vivir en todas las culturas y no puede instalarse definitivamente en ninguna. A pesar de todo, la fe no puede menos de vivir inserta en una cultura, pero para no deformarse tiene que estar revisando continuamente sus propias expresiones de modo que manifiesten el hecho trascendente de la presencia de Dios, de su gracia, de sus exigencias y sus promesas. Puede vivir en todas las épocas y en todas las culturas porque no vive plenamente identificada con ninguna. Y en esta tensión consiste el mayor servicio que la fe hace a la cultura como actividad humana, obligándola a revisarse continuamente, a entablar relaciones con otras culturas igualmente respetables, a enriquecerse sin cesar hasta poder abarcar todos los aspectos creativos de la humanidad entera.


FE Y TECNOLOGÍA

 


1. Reanudamos el tema sobre la fe. Según la doctrina contenida en la Constitución Dei Verbum, la fe cristiana es la repuesta consciente y libre del hombre a la auto-revelación de Dios, que llegó a su plenitud en Jesucristo. Mediante lo que San Pablo llama -la obediencia de la fe" (cfr. Rom 16, 26; 1, 5: 2 Cor 10, 5-6), todo el hombre se abandona a Dios, aceptando como verdad lo que se contiene en la palabra de la divina Revelación.

2. La fe es obra de la gracia que actúa en la inteligencia y en la voluntad del hombre, y, a la vez, es un acto consciente y libre del sujeto humano. La fe, don de Dios al -hombre, es también una virtud teologal, y simultáneamente una disposición estable del espíritu, es decir, un hábito o actitud interior duradera. Por esto exige que el hombre creyente la cultive siempre, cooperando activa y conscientemente con la gracia que Dios le ofrece. Juan Pablo II, 19-VI-85

 


Parece oportuno empezar por la importancia que ha tenido el avance tecnológico en este siglo. Hoy es posible hacer viajes larguísimos en muy poco tiempo y sin esfuerzo, y estar informado casi inmediatamente de los sucesos que ocurren en cualquier parte del globo. La mayoría de las cosas que nos rodean son artificiales, y el nivel de necesidades en muchos ambientes ha pasado de cubrir la supervivencia a disfrutar de la abundancia. Incluso las situaciones límite de pobreza no parece imposible que puedan ser superadas, si los hombres utilizan los medios técnicos que poseen y si sus egoísmos no lo impiden.

Mucha más gente vive ahora en las ciudades que antes. La diferencia entre la vida urbana y la rural ha disminuido también notablemente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo se dedican exclusivamente al desarrollo de las ciencias y de la técnica, con resultados asombrosos, y que por su misma frecuencia ya no llaman la atención.

Este desarrollo no tiene por qué afectar negativamente a la fe; más bien la puede favorecer al elevar la preparación intelectual de muchos, y liberarlos del agobio de la lucha por lograr sobrevivir. Además, estos avances permiten descubrir con más profundidad aún los dones de Dios y a agradecer, en concreto, la capacidad que Él ha dado a la inteligencia humana. Pero algunos, de estos mismos hechos, pueden sacar la conclusión de que el hombre lo puede todo y que Dios no es necesario en su vida. Esta mentalidad aparece en algunos sectores, ignorando que los interrogantes más profundos siguen abiertos y que el mero progreso de la ciencia no puede resolverlos.

Vivimos en un siglo con grandes avances tecnológicos. Ha habido un gran desarrollo técnico.
Este desarrollo debe favorecer la vida de fe al elevar la preparación intelectual y liberar a los hombres del agobio para sobrevivir. Además, da pie para agradecer al Señor tantos dones de los que ahora el hombre participa.


PROGRESO O AMENAZA

En la encíclica Redemptor hominis, la primera de su pontificado, Juan Pablo II hace referencia a la ambivalencia del desarrollo técnico. Se pueden resumir sus palabras en que el progreso se puede hacer a favor o en contra del hombre. Por ejemplo, la energía nuclear puede ofrecer innumerables ventajas, pero también puede llegar a producir una catástrofe de incalculables consecuencias. Muchos son los ejemplos que se podrían poner. En sí misma, la técnica y su progreso son buenos, pero los hombres pueden utilizarlos para el bien o para el mal, para elevarse o para degradarse. Si son utilizados principalmente para "tener" los resultados serán negativos, si, en cambio, se utilizan para conseguir que cada hombre "sea mejor", los resultados serán deseables y buenos.

El modo de vivir después de las revoluciones industriales

La revolución industrial, que se inicia en algunos lugares ya hacia finales del siglo XVII, adquiere un impulso notable a lo largo del XIX. En su raíz está el uso de las máquinas en el procesó productivo, uso que aumenta cuando la máquina de vapor sustituye a los molinos de agua y se acelera con el empleo de la electricidad. Ya en el siglo XX, otros saltos tecnológicos importantes, tales como la utilización de la energía nuclear, la electrónica o la biotecnología, contribuirán a transformar aún más los modos de vivir.

Una de las consecuencias más positivas de éstos y otros avances ha sido la superación de la pobreza y el alargamiento de la vida (más de setenta años en la mayoría de los países avanzados). Una de las más negativas, el materialismo práctico en el estilo de vida de muchos, y la obsesión por la comodidad, aunque a menudo vaya unida a un trabajo enormemente exigente en tiempo y dedicación; obsesión que, cuando toma como meta de la vida el "consumismo" de bienes materiales, ahoga el disfrute de los bienes espirituales, con la consiguiente marginación de esos valores y de la vida religiosa en general.

La revolución sanitaria y el desarrollo demográfico

En líneas generales se puede decir que antes de la 'revolución industrial la población estaba relativamente estabilizado. A lo largo de ella fue disminuyendo la tasa de mortalidad, lo cual, unido a una natalidad alta, ocasionó un gran aumento de la población. Más tarde se produce un gran descenso de la tasa de natalidad y la población, que había crecido mucho en el siglo anterior, al llegar los años setenta del nuestro deja de crecer e incluso empieza a descender.

Curiosamente, los sectores en que desciende más la natalidad son los más acomodados; lo que induce a pensar que no son las dificultades económicas las que llevan a este descenso sino el egoísmo materialista. Los países del tercer mundo siguen con una natalidad alta, aunque también en ellos empieza ahora a descender, sobre todo por las campañas en favor del control de natalidad de algún gobierno y de poderosas instituciones de los países ricos. En algunos casos, las medidas gubernamentales para limitar la natalidad son drásticas. Un caso notable es el de China, donde se obliga a que los matrimonios tengan un solo hijo, llegando incluso a imponer el aborto.

El futuro se presenta difícil de prever. Pero mirando al pasado, se puede decir que hasta ahora el desarrollo tecnológico ha cubierto con creces las necesidades de una población en aumento. Por otra parte, los descensos de población pueden ser catastróficos al envejecerse ésta, al disminuir el número de jóvenes respecto al de adultos y ancianos. Es muy probable que sea más temible la disminución de inteligencias creadoras y de brazos que trabajen, aneja a un descenso de la población juvenil, que el aumento de bocas a nutrir. De hecho, en algunos países tecnológicamente avanzados se están tomando ya medidas para que aumente la natalidad, aunque las costumbres egoístas, que han ido arraigando, no serán fáciles de desterrar por meros incentivos económicos.

En todo caso, mirando al problema desde una posición de fe, no se puede menos de recordar que Dios es providente y que ha dado además al hombre una inteligencia capaz de afrontar con éxito los problemas que vayan apareciendo.

El urbanismo y la emigración

Otro fenómeno que puede influir en la fe de algunos es el crecimiento urbano. Por una parte, la emigración masiva a las ciudades ha dejado el medio rural relativamente desprovisto de juventud y con una vitalidad disminuida. La población desplazada ha tendido a perder las costumbres religiosas que poseía en su entorno anterior, y muchas veces éstas no han sido sustituidas por otras nuevas, cosa que ocurre aún con mayor intensidad cuando la emigración es a otro país. Por otra parte, las ciudades se van haciendo más anónimas al paso de su crecimiento, con unos centros cívicos y religiosos menos ricos que en otras épocas y, concretamente, con una estructura parroquias que llega con más dificultad a sus feligreses.

Todo un conjunto de circunstancias, a veces en apariencia indiferentes, hacen sentir su peso en la vida religiosa. Por ejemplo, los criterios economicistas han llevado a menudo a construir enormes edificios con viviendas pequeñas. El resultado es que la vida familiar se ha visto afectada, tanto por lo que hace referencia a la convivencia con aquellos miembros de la familia mayores como los abuelos, como en lo referente al número de hijos deseados, y tanto una como otra influyen en la práctica de la fe. Se puede concluir que al no haberse seguido unos principios cristianos, que pusieran a la persona sobre los beneficios económicos, se han creado unas dificultades externas para vivir una vida más plenamente humana y coherentemente religiosa.

Las tensiones internacionales

Aunque después de las dos guerras mundiales no ha habido contiendas generalizadas, las tensiones entre grandes bloques de naciones permite solo una paz precaria, que se basa más en el miedo al desastre total que en el logro de unas relaciones más justas. De otra parte, las diferencias entre países desarrollados y subdesarrollados parece no disminuir. No se puede decir que la convivencia vaya por caminos que conduzcan a una "civilización del amor"; más bien se dirige hacia la perpetuación de un equilibrio lleno de desconfianza y apoyado en una carrera de armamentos enormemente despilfarradora y que resta energías, que podrían dirigirse a construir las bases auténticas para una paz duradera.

Este estado de cosas favorece poco el desarrollo de la fe, ya que ésta brota con mayor facilidad en un ambiente de paz y de justicia.

Contradicciones del mundo moderno

Estas contradicciones del mundo moderno que hemos esbozado, y otras, hunden sus raíces en una concepción materialista del hombre, que, por una parte, lo ensalza y, por otra, lo degrada. Esta concepción es común en los países del Este y Occidente. Pero es notable la reacción, tanto en unos como en otros, de muchos sectores que se rebelan ante ese materialismo sin horizontes verdaderamente humanos, con la aparición de movimientos en que muchos hombres buscan vivir su fe y construir un mundo nuevo. Se trata a la vez de un esfuerzo de purificación del sentido religioso y de un esfuerzo para edificar una sociedad que se adapte mejor a los designios del Creador y al Evangelio. La tarea no es fácil, pero es necesaria.

TRÁNSITO DE LA IMPRENTA A LA ELECTRÓNICA

Se han dicho multitud de tonterías sobre computadoras y no quiero insistir en ello porque todo este tema me resulta ya aburrido. Pienso que lo más obvio es que estas computadoras han sido fabricadas por mentes humanas; son producto de mentes humanas. No podrían existir sin inventores humanos, sin la gente que las fabrica y la gente que las programa. Imitan algunos aspectos de las mentes que las produjeron. Pero decir que se parecen un poco a la mente y que pueden hacer algo de lo que la mente hace, siendo producto de la mente, no puede probar nada sobre la supuesta naturaleza física de la mente. Me parece un razonamiento infantil decir que si las computadoras hacen cosas un poco parecidas a la mente, la mente ha de ser idéntica a las computadoras.

Rupert Sheldrake

(Director del Departamento de Bioquímíca de la Universidad de Cambridge)


A mediados del siglo XV, Guttenberg inventó la imprenta. Con ella, la palabra escrita se popularizó y se convirtió en un vehículo impresionante de las ideas, nuevas y viejas.

En el siglo XX, las ideas se continúan difundiendo por medio de la palabra escrita, del libro y el periódico, y aumenta el número de personas que por su formación tienen acceso a ellos. Pero nuevos medios contribuyen a esta difusión: no es ya sólo la palabra oída, sin tener que leerla, como en la radio, sino la imagen directa vista en la televisión. Los satélites de comunicación, los ordenadores y computadoras y un sinfín de ingenios, entre ellos el reciente vídeo, no hacen sino potenciar el alcance y penetración de las ideas transmitidas por los medios de comunicación. Su influencia alcanza a millones de personas, o quizá más exactamente, si se exceptúan unos grupos en definitiva marginales, a toda la humanidad.

Como la imprenta, estos medios son en sí mismos neutros. Todo depende de que se usen bien o mal. Su utilización puede producir enormes ventajas o inconvenientes considerables. Así, muchos valores culturales y morales, la misma fe, pueden llegar a más seres humanos. Pero también se puede hacer una auténtica "manipulación" de las noticias y de los hechos culturales: es lo que ocurre inevitablemente cuando lo que se persigue es propagar o imponer determinada ideología.

De todas maneras, sea cual sea el uso de unos u otros medios por parte de los que emiten sus ideas a través de ellos, el receptor ha de saber comportarse con el mismo sentido crítico, que se usa en una conversación normal. La pasividad en aceptar con más crédito lo que llega a través de uno de estos medios, que lo que oímos a otra persona, es una ingenuidad, producto del infantilismo o de la pereza mental. Hay que saber descubrir las deformaciones más o menos sistemáticas, si se dan, o las omisiones voluntarias. En el campo de lo religioso, es sospechosa la fuente si silencia el magisterio del Papa y los obispos, por poner un ejemplo. Sin este sentido crítico, se actúa de modo poco humano, poco adulto, y también la fe puede tambalearse o llenarse de lagunas doctrinales.


LA FE DEL CRISTIANO DE NUESTRO TIEMPO

Como indica el Concilio Vaticano II: "el espíritu crítico más agudizado purifica la vida religiosa de un concepto mágico del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión personal y operante de la fe, la cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino" (Gaudium et spes, n. 7).

Para que este sentido de lo divino crezca en los hombres de hoy, se impone una sana actitud crítica ante los humanismos más o menos ateos que se han producido en el siglo pasado y en el actual. Después conviene hacer una reflexión sobre los fundamentos de la fe que aproveche los avances del pensamiento y de la ciencia. El cristiano no ha de tener miedo a que su fe vacile ante el mundo actual y para ello ha de evitar que permanezca en un estado infantil, lo que ocurriría si no creciera armónicamente con el resto de los conocimientos y actitudes culturales. La maduración de la fe requiere un conocimiento crítico de los avances y retrocesos de la cultura de nuestro tiempo. La fe madura permite apartar los mitos modernos que muchas veces son reactualizaciones de los antiguos: así, el de Prometeo en Marx, el de Sisifo en el existencialismo ateo, o el de Edipo en el psicoanálisis ateo, etcétera.