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  01. LA TECNOLOGÍA Y SU IMPACTO EN LA FE
 
  02. LAS CIENCIAS MODERNAS Y SU IMPACTO EN LA FE
   
  03.PENSADORES DEL SIGLO XX QUE ESTAN EN LA RAIZ DE LOS PRINCIPALES HUMANISMOS ATEOS (I)
   
  04. PENSADORES DEL SIGLO XX QUE ESTAN EN LA RAIZ DE LOS PRINCIPALES HUMANISMOS ATEOS (II)
   
  05. MAPA DEL HUMANISMO CONTEMPORANEO(I)
   
  06. MAPA DEL HUMANISMO CONTEMPORANEO(II)
   
  07.EL SENTIDO DE LA VIDA Y LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DEL HOMBRE
   
  08. PROCESO DE SECULARIZACIÓN Y CRISIS
   
  09. LA ACTITUD CREYENTE
   
  10. LA RAZÓN Y LA FE
   
  11. DIMENSIÓN OPERATIVA DE LA FE: LA LIBERACION DEL HOMBRE
   
  12. EL COMPROMISO DE CONSTRUCCIÓN DEL MUNDO
   
  13. DIMENSION TRASCENDENTE DE LA FE: LA SALVACIÓN CRISTIANA
   
  14. ESCATOLOGÍA E HISTORIA
   
  15. LA MORALIDAD EN TÉRMINOS DE VALOR
   
  16. EL VALOR MORAL
   
  17.CRISIS DE VALORES O DE VALORACIONES
   
  18.LA FE CRISTIANA Y SU OFERTA DE VALORES
   
  19. LA VIDA COMO VALOR ÉTICO
   
  20. EL VALOR DE LA SEXUALIDAD EN EL MARCO DEL AMOR
   
  21.EL VALOR DEL TRABAJO EN RELACIÓN CON EL USO DE LOS BIENES Y CON LA PROBLEMATICA LABORAL
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS, Y LA EMPRESA COMÚN
   
   
   

 

 

22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS, Y LA EMPRESA COMÚN

 

La violencia.

  Exigencias éticas para la construcción de la paz.
  La Biblia, ¿paz o violencia?
  Antiguo Testamento.
  Nuevo Testamento.
  Interpretación del mensaje bíblico.
  Reflexión ética sobre la guerra.
  La construcción de la comunidad humana.
  Colaboración en el campo económico.
  Colaboración en el campo demográfico.
 

La lucha cristiana por la paz.

 










LA VIOLENCIA

La violencia como hecho histórico aparece con la misma naturaleza. La violencia como hecho biológico nace con los seres vivos y la lucha por la supervivencia. La violencia como hecho humano nace con el hombre.

La tendencia del hombre a convertirse en verdugo es tan antigua como la humanidad. Desde las invasiones bárbaras en Mesopotamia, en el siglo XVII antes de Jesucristo, pasando por las violencias difícilmente describibles de Gengis Khan y sus sucesores, especialmente Tamerián, hasta nuestros días, la historia humana puede calificarse de una verdadera monotonía de horror.

La famosa Pax Romana es ausencia de conquista, pero paz sangrienta y depravada. De los doce césares, siete fueron asesinados y uno (Nerón) se suicidó. Del 192 al 324 después de Cristo, de 36 emperadores, sólo cuatro murieron de muerte natural. En el siglo y medio antes de la caída del imperio disminuye la violencia: de 31 emperadores sólo 16 mueren asesinados y siete son depuestos violentamente.

A pesar de todas las violencias ocurridas durante la Edad Media (cruzadas, choques entre el Imperio y el Papado, saqueo de Constantinopla, abusos de los señores feudales, etc.) esta época se considera como la Edad Blanca de Occidente aun en medio del fenómeno bárbaro que, curiosamente, no es tan bárbaro como nos han hecho creer (cfr. Mikhail Fersen, El fracaso de Occidente).

A partir de esta época el aumento de la violencia armada es verdaderamente trágico. El número de muertes por guerra no cesa de aumentar -salvo en el siglo XIX- gradual e ininterrumpidamente: en tres siglos, del Xi al XIII, las bajas por guerra se calculan en 106.000 hombres. En el siglo XIV se da ya la cifra de 167.000. En el XV, 285.000. En el XVI se supera la suma de los dos anteriores: 863.000. En los tres siglos siguientes, del XVII al XIX, el ascenso es alarmante: 12.797.000. Esta cifra resulta ampliamente superada en sólo los primeros veinticinco años del siglo XX, en que ascendieron a 24.035.000. Es posible calcular que en lo que llevamos de siglo el número de muertos de resultas de las guerras alcanza la cifra de los cien millones, lo que a su vez excede probablemente el total de víctimas de la guerra en toda la historia humana. Con razón se ha llamado al siglo XX el siglo genocida. En lo que va de siglo, comenzando con la guerra anglo-bóer (1899-1902) hasta los últimos conflictos armados de todos conocidos, las guerras han sido prácticamente continuas. Además se debe contar con la guerra no declarada del terrorismo.


"El terrorismo es intrínsecamente perverso (porque dispone arbitrariamente de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a imponer violentamente sus ideas y proyectos mediante el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en definitiva, la privación de la libertad social."

(Instrucción Pastoral Constructores de la paz, 20-11-86, n, 96).

Es difícil encontrar las causas de tantas guerras y su persistencia, a pesar de que todos están de acuerdo en que son nocivas a todos. Algunas causas son superficiales, otras son más profundas.

Entre las superficiales podríamos enumerar -sin ánimo exhaustivo- algunas: problemas fronterizos, rivalidades tribales o nacionales, venganzas, malentedidos, deseos de expansión de unos pueblos a costa de otros, etcétera.

Otras son más profundas. Entre ellas destacan: la injusticia, el afán de dominio, el odio, la pugna de sistemas ideológicos, etcétera.

Pero la causa más profunda la encontramos en el olvido de Dios y de su ley, que lleva a no ver a los demás como hermanos, lo que hace difícil, o casi imposible, perdonar.


EXIGENCIAS ÉTICAS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ

La paz es consecuencia de la justicia. Este antiguo adagio resume la lucha por la paz. Por justicia se entiende la unión con Dios y la unión entre los hombres, ya que se da a cada uno lo suyo. No se puede conseguir la paz si no se tiene este fundamento; pues todos los acuerdos entre los hombres esconderán una mala voluntad de fondo que cualquier dificultad hará quebrar.

En primer lugar debemos distinguir dos ámbitos de la paz: la interior y la exterior. La paz total debe incluir ambos aspectos. La paz interior lleva a la superación de los conflictos internos con la consecuencia de la serenidad y la ausencia de violencia ante los otros. La paz exterior no es una mera ausencia de conflictos -aunque esto sea necesario- pues debe llevar consigo una conquista de la justicia. Por lo tanto no sería suficiente si se redujera a un grupo social, o si la calma se debiese a una represión injusta y violenta, como de hecho se da en la actualidad en amplios sectores del planeta.

La paz tiene dos aspectos que conviene tener muy en cuenta: es un don de Dios, y también es una tarea humana.

1. La paz como don de Dios. Es frecuente en la Sagrada Escritura la promesa de la paz por parte de Dios, si los hombres cumplen unos requisitos mínimos, que fundamentalmente es la buena voluntad. Esta buena voluntad no basta para solucionar los conflictos, pues siempre puede surgir algún hombre o pueblo violentos, de los cuales convenga defenderse legítimamente. La promesa divina de la paz alcanza en primer lugar el interior de los hombres, pero se extiende también al exterior; por lo cual pedir e implorar la paz es una tarea necesaria. Con esta finalidad, Juan Pablo II se reunió en Asís, el 27 de octubre de 1986, con los representantes de muchas religiones para pedir a Dios por la paz.


"La paz es don de Dios. Quienes reciben en su corazón la buena noticia del Reino adquieren una visión del mundo y "de la vida; experimentan el perdón y el amor de Dios que les hace a su vez capaces de perdonar a los hombres como ellos mismos son amados y perdonados. Jesús exhorta a sus discípulos a amar a sus enemigos, a ser buenos con todos más allá de los límites de las exigencias y los derechos: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; perdonad y seréis perdonados; porque con la medida con que midáis seréis medidos. Por todo ello los pacíficos son llamados "hijos de Dios" y Jesús los proclama bienaventurados: "Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios"

(instrucción Pastoral Constructores de la paz, 20-11-86, n. 34).


2. La paz como tarea humana. Es fácil detectar dificultades que se oponen al logro de la paz: el miedo a la fuerza del adversario, lo que llevaría, según el viejo aforismo latino -si vis pacem, para bellum-, a una acumulación de armas para defenderse y a una carrera de armamentos. Este criterio tiene parte de razón, pero no ahonda en las raíces de la paz o de la guerra, y si se le hiciera caso absoluto, las consecuencias, si se desatase un conflicto, serían gravísimas por la enorme fuerza que se hubiese podido acumular. Es difícil saber cuándo la carrera de armamentos es meramente defensiva o es producto de un ánimo de superioridad sobre aquél al que se le considera adversario, incluyendo en ocasiones deseos claramente agresivos.

"Sin embargo, desgraciadamente, aún vemos cómo sobre los pueblos reina como suprema ley la ley del temor, lo que les conduce a consagrar enormes sumas a los gastos militares. Y aseguran -y no hay razón para no creerles- que obran así no con planes ofensivos, sino para disuadir a los demás de toda agresión"

(Juan XXIII, PT, n. 128).


Otras dificultades están en considerar sólo los intereses propios sin tener en cuenta los de los demás, lo que conduciría a frecuentes conflictos. Esto es más grave si los demás son más débiles y no pueden defender sus derechos de una manera que no degrade su dignidad.

Otra dificultad es considerar sólo los aspectos materiales de la paz. Si se descuidan los aspectos espirituales será difícil un auténtico "desarme de las conciencias", que se hará aún más difícil si se propagan sistemas de pensamiento que induzcan a la violencia o al odio entre los hombres, cosa que suele ocurrir con todos los sistemas materialistas, que, al fin y al cabo, tienen su fundamento en el egoísmo.


"La paz, responsabilidad de los hombres. La paz, como todo don de Dios al hombre, debe contar con nuestra disponibilidad y colaboración. La conversión al Reino de Dios incluye necesariamente nuestro compromiso en favor de la paz. Este compromiso tiene unos contenidos y unas exigencias morales que podemos llamar "su verdad": justicia, amor, verdad, misericordia, especialmente con los pobres y los oprimidos. Los pacíficos del Evangelio son los que, además de -haber comprendido el designio de Dios, tratan de plasmarlo en el tejido de la historia: "No todo aquel que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial""

(Instrucción Pastoral, Constructores de la paz).


Superadas estas dificultades, la paz será un fruto del don de Dios y del esfuerzo de los hombres. No se puede pensar que sólo el esfuerzo del hombre la va a alcanzar. La experiencia demuestra lo contrario: nunca se ha hablado tanto de paz, y nunca ha habido tanta violencia. Pero tampoco es correcta una actitud quietista que se limite a esperar que la dé Dios, sin hacer nada. Dios la dará cuando los hombres pongan su buena voluntad. Se cumplirá entonces la promesa hecha por los ángeles la noche de Navidad: -Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad" (Lc. 2, 14).


LA BIBLIA, ¿PAZ O VIOLENCIA?

Hay quienes ven en la Sagrada Escritura un apoyo a la violencia, a la guerra. ¿Es así?

Antiguo Testamento

Génesis 4, 1-16: Fratricidio de Caín. La muerte de Abel a manos de su hermano Caín es el primer hecho violento que aparece en la Escritura. El relato manifiesta lo odioso que es para Dios el homicidio. Sin embargo, Dios marca a Caín con una señal que no es un estigma infamante sino una marca que le protege para que nadie le haga daño. El texto deja ver claramente que no se puede contestar a la violencia con la violencia, con la venganza. El relato enseña que la rebelión del hombre contra Dios provoca la violencia del hombre contra el hombre. Lo más opuesto a esa violencia es el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

Éxodo: Desde más de un punto de vista puede decirse que las enseñanzas del Éxodo sobrepujan en variedad, amplitud y valor perdurable a las de cualquier otro libro del Antiguo Testamento. El libro nos presenta, en primer lugar, una serie de hechos violentos:

1. Violencia opresora de los egipcios sobre los israelitas: trabajos rudos, crueldades, infanticidio de los varones.

2. Moisés mata a un egipcio.

3. Aumento de las violencias contra los hebreos; por parte del faraón, ante la petición de Moisés de que los deje partir.

4. Como único medio de obligar a ceder al faraón endurecido, violencia progresiva de las plagas que envía Yavé, hasta culminar con el exterminio de los primogénitos de los egipcios.

5. Aniquilación del ejército del faraón en el mar Rojo.
Frente a todo esto:

1. El precepto tajante del Decálogo: "no matarás" (20, 13).

2. El precepto del Código de la Alianza: "quien hiera a un hombre de suerte que muera, morirá..." (21, 12).

3. "No hagas morir al inocente y al justo porque yo no absolveré al culpable de ello. (23, 7).

Para la interpretación de estos hechos hay que tener en cuenta los géneros literarios en que aparecen. La narración del Éxodo, valorada en sí misma, supone una intervención milagrosa de Yavé, aunque sea difícil precisar -hay que examinar con detención el género literario- en qué casos el escritor afirma el hecho milagroso.

Lo que interesa destacar es que no es la idea de violencia o castigo la que domina como fondo del cuadro que se nos dibuja, sino la de la superioridad de Yavé sobre los dioses egipcios. Lo esencial en el relato es la intervención milagrosa de Yavé para salvar a su pueblo. El autor no parece sentir la menor inquietud ante el evidente contraste entre la violencia de la liberación y la prohibición tajante de matar del Decálogo y del Código de la Alianza.

" En el Antiguo Testamento la acción liberadora de Yavé, que sirve de modelo y punto de referencia a todas las otras, es el Éxodo de Egipto, "casa de esclavitud". Si Dios saca a su pueblo de una dura esclavitud económica, política y cultura], es con miras a hacer de él, mediante la Alianza en el Sinaí, "un reino de sacerdotes y una nación santa" (Éx. 19, 61. Dios quiere ser adorado por hombres libres. Todas las liberaciones ulteriores del pueblo de Israel tienden a conducirle a esta libertad en plenitud que no puede encontrar más que en la comunión con su Dios.
"El acontecimiento mayor y fundamento del Éxodo tiene, por tanto, un significado a la vez religioso y político. Dios libera a su pueblo, le da una descendencia, una tierra, una ley, pero dentro de una Alianza y para una Alianza. Por tanto, no se debe aislar en sí mismo el aspecto político; es necesario considerarlo a la luz del designio de naturaleza religiosa en el cual está integrado."

(Instrucción Pastoral Libertad cristiana y liberación, 22-111-86, n. 44).


Levítico: En el capítulo 19 aparece una serie de leyes que regulan la vida social y doméstica de los israelitas, a quienes se inculca la necesidad de la santidad como requisito de amistad con Dios. El versículo 18 prohíbe la venganza y el rencor con el mandato divino: "amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yavé". Estas indicaciones sobre los deberes para con el prójimo se inspiran directamente en el Decálogo. Disposiciones parecidas encontramos en todas las legislaciones del Pentateuco.

Números (31, 1-54): Ahí se cuenta la matanza de los madianitas por mandato de Yavé. Como contraste, en Números 35 y por mandato divino se establecen las llamadas ciudades de refugio donde podían protegerse los homicidas involuntarios para que no fueran muertos antes de comparecer a juicio.

Deuteronomio: En el capítulo 5 se repite el precepto tajante del Decálogo: "no matarás". Pero en Deuteronomio 7, 1-26 nos encontramos con que Yavé ordena el exterminio de los cananeos mediante la aplicación del anatema.

Para entender esos contrastes que aparecen en el texto sagrado conviene situarlos dentro del cuadro de la religión de Israel y del estilo literario del autor.

Así, el autor sagrado lo atribuye sólo directamente a Dios tanto si se trata de fenómenos naturales como si se trata de decisiones humanas: "Yavé me ha hecho estéril." (Gén. 16, 2); "Yavé endureció el corazón del faraón." (Éx. 9, 12), etc. Se trata en realidad de un artificio literario que expresa la proximidad de Dios con Israel, y no de una afirmación realista.

La justicia de Dios se manifiesta en los castigos que envía al inicuo. En cuanto a su severidad, que a veces desconcierta, hay que tener en cuenta, por un lado, que la doctrina de la vida futura no había sido aún revelada y convenía mostrar como nada quedaba sin premio o sin castigo en esta tierra; por otro, y de manera especial, la dureza de la vida y de las costumbres.

En efecto, los hebreos, como los asirios, eran despiadados en su modo de llevar la guerra. Así, por ejemplo, la matanza ordenada por Moisés (Números 31, 1-49) fue un acto de verdadera ferocidad. Pero para juzgarlo lo hemos de situar en su ambiente histórico y ponerlo en conexión con los incidentes que se narran en Números 25. Como el sentido de responsabilidad colectiva era muy fuerte, la culpabilidad recaía sobre toda la colectividad. Esto nos explica también la costumbre del anatema o entredicho, que en la práctica significaba la muerte de los cautivos en batalla y la confiscación o destrucción de sus bienes. El anatema no fue una norma moral que autorizaba la crueldad, sino un decreto inescrutable de Dios, adaptado a la ejecución de sus designios y a las circunstancias de la época.

Lo señalado en el Pentateuco es una muestra de lo que el Antiguo Testamento expone sobre la violencia. Los restantes libros no aportan cambios substanciases.

Nuevo Testamento

Una lectura detenida e imparcial de los textos del Nuevo Testamento pone también de manifiesto que la actitud de violencia revolucionaria no encuentra en ellos ningún apoyo. La afirmación gratuita según la cual, en la situación histórica actual, el cristiano ha de ser necesariamente un revolucionario no encuentra ningún fundamento en los escritos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, también en el Evangelio aparecen algunos contrastes, que se resuelven sin dificultades teniendo en cuenta los diversos matices con que se utiliza la palabra violencia. Hay una violencia positiva o uso razonable de la fuerza en orden a la propia superación, a la legítima defensa o cuando se hace necesaria para la protección de los inocentes. Pero aun en estos casos en que es legítima hay que emplearla con serenidad interior, siguiendo los consejos de San Pablo:

"Si os airáis no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestra ira, ni deis ocasión al Diablo (...) toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezcan entre vosotros"

(Ef. 4, 26 y ss.).


Hemos de distinguir este tipo de violencia del uso indiscriminado e injusto de la fuerza o violencia en sentido estricto que, como hemos dicho, no tiene ningún punto de apoyo en el Nuevo Testamento. Así, San Juan Bautista aconseja a los soldados que le preguntan lo que tienen que hacer: "abstenerse de toda violencia" (Lc. 3, 14). Cristo perfecciona la ley antigua en ese código moral del cristiano que es el sermón de la montaña. El espíritu de las Bienaventuranzas es todo lo contrario a la violencia (cfr. Mt. 5, 3 y ss.; Lc. 6, 20-23). Cristo rechazó claramente comprometerse en la lucha de su tiempo por la independencia. En cambio, con su vida y su muerte hizo posible una transformación interior del hombre y, si éste responde, entonces sí que es capaz de llevar al mundo, pacíficamente y desde dentro, una mayor justicia y solidaridad nacional e internacional.

Interpretación del mensaje bíblico

La Sagrada Escritura presenta contrastes, pero en todo caso hay que destacar un hecho muy interesante: en las prescripciones éticas de la Biblia para regular la conducta del hombre, jamás se manda la violencia. El hombre no debe ser violento por propia iniciativa. Puede serio en los casos en que Dios se lo pide por un motivo superior. Estamos, como fácilmente se ve, en dos planos distintos: el plano del actuar divino y el plano del actuar humano. En éste,, la Sagrada Escritura no presenta ninguna contradicción: no hay ninguna "recomendación" -todo lo contrario- de ejercitar la violencia.

La Biblia apoya la razón al indicar por qué la violencia injusta es desastrosa: desacraliza la persona y deshace la convivencia. Matar separa de Dios y separa del prójimo. La violencia es el exterminio del diálogo. Es la historia de Caín y, si bien es verdad que Dios le protege de la venganza, a pesar de ser un asesino, Caín queda en soledad: "y salió Caín de la presencia de Yavé."

Sin embargo, de acuerdo con la Biblia, cabe también una violencia razonable que impide que prevalezcan el desorden y la injusticia. Es la que ejerce la autoridad, el magistrado, tal como explica San Pablo en la carta a los Romanos (cfr. 13, 1 y ss.). San Pablo advierte que hay situaciones en que no se puede desarmar la violencia de otro con el amor, a lo más, impedir la maldad mediante el freno de la violencia. En la actual situación de la humanidad caída, la legítima defensa del orden justo y de la vida pueden exigir el ejercicio de una violencia ordenada y proporcionada. Pero el ideal, para San Pablo, seguirá siendo la paz: "A ser posible y en cuanto de vosotros dependa, tened paz con todos" (Rom. 12, 18).

En la Biblia, la violencia tiende siempre a la reconciliación, al perdón y al amor. La violencia es siempre infecunda si no consigue la reconciliación, si no alcanza el retorno al diálogo en el amor.


REFLEXION ÉTICA SOBRE LA GUERRRA

La doctrina tradicional del Magisterio ha venido manteniendo la licitud de la guerra en casos extremos. ¿Puede sostenerse hoy esta doctrina de modo absoluto? Juan XXIII, en la Pacem in terris, decía ya en aquellos años que "resulta un absurdo pensar que la guerra sea un medio apto para restaurar el derecho violado" (n. 127). La razón que aducía es la terrible potencia destructora de los actuales armamentos, que pondrían en peligro a la propia humanidad, por lo que pedía que cesase la carrera de armamentos (cfr. PT, n. 111).


"En una situación como la que vivimos es muy difícil que se den las condiciones mínimas para poder hablar de una guerra justa. La capacidad de destrucción de las armas modernas, nucleares, científicas y aun convencionales, escapa a las posibilidades de control y proporción. Por ello hay que tender a la eliminación absoluta de la guerra y a la destrucción de armas tan mortíferas como las armas nucleares, biológicas y químicas. Esto no será posible sin un cambio de conciencia que lleve a rechazar la guerra y extirpar las injusticias que la alimentan; es preciso llegar al desarme de las mismas conciencias."

(instrucción Pastoral Constructores de la paz, 20-11-86, n. 52).

El Concilio Vaticano II defendía la posible licitud de una guerra para defenderse de una agresión injusta, siempre que fuera una guerra geográficamente circunscrita y limitada al llamado armamento convencional. Pero como, por otra parte, la interdependencia a nivel mundial es tan grande, cualquier conflicto bélico corre el peligro de generalizarse y éste añade otra dificultad para poder justificar hoy día ningún tipo de guerra, El Concilio deseaba que, por acuerdo de las naciones, pudiera llegar a prohibirse absolutamente la guerra (cfr. GS, n. 82).

La carrera de armamentos no es adecuada para proteger la paz; supone, además, enormes gastos, que se podrían emplear en remediar las miserias que pasa una gran parte de la humanidad (cfr. GS, n. 81). Todo esto lo reafirmó Juan Pablo II en su discurso a la ONU (2-X-79).

A la guerra se puede comparar el terrorismo que cobra continuamente vidas humanas y pone en peligro las instituciones sociales y la estabilidad política. Las autoridades públicas han de tener la preocupación de luchar contra él y de establecer acuerdos entre los gobiernos para erradicar del mundo esta forma criminal de violencia (cfr. GS, n. 82; Juan Pablo II en Irlanda, 29-1X-79).


LA CONSTRUCCION DE LA COMUNIDAD HUMANA

"Es necesario añadir que una política de paz debe inspirarse hoy en una solidaridad internacional y planetario. Estos horizontes de solidaridad tendrían que ser el auténtico objetivo de la investigación y del avance industrial, así como de las relaciones y pactos de colaboración entre los pueblos. Ésta es la condición para que los avances técnicos y políticos de la humanidad resulten acordes con los planes de Dios y puedan dar lugar a un verdadero progreso material y moral, cuantitativo y cualitativo, de la humanidad."

(instrucción Pastoral Constructores de la paz, 20-11-86, número 73).


La construcción de una gran comunidad humana es una empresa en que ha de colaborar la humanidad entera. Para ello es necesario que todos los pueblos, a través de las instituciones internacionales, muestren su solidaridad y se esfuercen, según sus posibilidades, en acudir a remediar aquellas situaciones que no permitan una vida digna, para promover así el progreso en todas partes (cfr. GS, n. 84).


"Nosotros queremos afirmar solemnemente que la paz es necesaria, que la paz es posible, que es obligatorio para todos hacer cuanto dependa de nosotros para que sea pronto una realidad. Hay que resaltar que está ganando terreno la conciencia de que la reconciliación, la justicia y la paz entre los individuos y entre las naciones no son simplemente una llamada dirigida a unos cuantos idealistas, sino una verdadera condición para la supervivencia de la misma vida."

(instrucción Pastoral Constructores de la paz, 20-11-86, número 23).

El Concilio enfoca esta colaboración desde dos perspectivas: el campo de lo económico y el del crecimiento demográfico.

Colaboración en el campo económico

En este campo existen excesivas desigualdades y una serie de dependencias inadmisibles -colonialismo económico- a pesar de que casi todos los pueblos gozan de una independencia política, al menos aparente.

Para establecer un nuevo orden económico universal es imprescindible un diálogo sincero, como Pablo Vi pedía en la encíclica Ecclesiam suam. Pero este diálogo debe ir además acompañado de medios económicos y para ello, el mismo Papa, en la encíclica Populorum progressio, proponía la fundación de un fondo internacional, alimentado en gran parte por la reducción de los gastos militares (n. 51). El Concilio Vaticano II insistía en este diálogo (cfr. GS, n. 92).

La colaboración económica debe ajustarse a ciertas normas:

1. Los países en vías de desarrollo no pueden esperar que todo se lo den hecho desde fuera. Son ellos mismos, sus ciudadanos y sus gobiernos, quienes han de buscar las soluciones teniendo en cuenta que el progreso surge del trabajo y de la preparación de los propios pueblos. Entonces es cuando podrán pedir ayuda para llevar a cabo esos proyectos (cfr. GS, número 86, a).

2. En este cometido deben ser ayudados por los pueblos ya desarrollados; éstos han de cuidar que en el modo de desarrollar el comercio se les ayude realmente, de manera que crezca su riqueza y no de modo que -dada vez se empobrezcan más (cfr. GS, 86, b).

3. La comunidad internacional debe cuidar que las ayudas sean invertidas con la mayor eficacia. Para ello debe fundar las instituciones capaces de ordenar de modo justo el comercio internacional y prestar ayudas de tipo técnico, cultural, etc. (cfr. GS, n. 86, c).

4. En algunas circunstancias habrá que revisar las estructuras, ofreciendo soluciones técnicas, pero teniendo siempre en cuenta que es el hombre y su dignidad lo que siempre debe prevalecer (cfr. GS, n. 86, d y RH n. 16).

Colaboración en el campo demográfico

Es un hecho de nuestros días que, con frecuencia, los países más pobres por su subdesarrollo se ven, además, agobiados por un crecimiento muy rápido de población. Es, en cierta manera, la contrapartida de lo que ocurre en algunas sociedades opulentas que se ven en peligro por la disminución y envejecimiento de su población. El problema es real, pero se ha exagerado premeditadamente, y es perfectamente resoluble, como decía Pablo VI, trayendo más alimentos a la mesa de la humanidad en lugar de tratar de reducir el número de comensales.

Debe ser protegido el derecho de las familias a determinar el número de hijos que desean, para lo cual deben tener una buena formación moral y recibir un conocimiento científico sobre métodos de probada seguridad médica y moral que les ayude a tomar su decisión en conciencia. Hay que conseguir también que, de acuerdo con su decisión, puedan traer al mundo los hijos que ellos deseen y Dios les envíe, y educarlos dignamente (cfr. GS, n. 87 y Juan Pablo II, FC, n. 30).

A nivel político hay que respetar también la autonomía de los gobiernos de cada país para solucionar sus propios problemas. Además, la comunidad internacional ha de fomentar las ayudas a los pueblos que más lo necesiten y no imponer condiciones, como el control de natalidad u otras parecidas, pues esas ayudas deben hacerse pensando en el bien de quienes las reciben.

Juan Pablo II ha insistido en esta colaboración solidaria como una obligación moral, pues cada pueblo debe preocuparse del bien de los otros. Así se facilita el camino para que desaparezcan el odio y la injusticia, y se abran esperanzas de realización del reino de Dios.

"La solidaridad internacional es una exigencia de orden moral que no se impone únicamente en el caso de urgencia extrema, sino también para ayudar al verdadero desarrollo. Se da en ello una acción común que requiere un esfuerzo concertado y constante para encontrar soluciones técnicas concretas, pero también para crear una nueva mentalidad entre los hombres. De ello depende en gran parte la-paz del mundo.
"Las desigualdades contrarias a la justicia en la posesión y el uso de los bienes materiales están acompañadas y agravadas por desigualdades también injustas en el acceso a la cultura. Cada hombre tiene un derecho a la cultura, que es característica específica de una existencia verdaderamente humana a la que tiene acceso por el desarrollo de sus facultades de conocimiento, de sus virtudes morales, de su capacidad de relación con sus semejantes, de su aptitud para crear obras útiles y bellas. De aquí se deriva la exigencia de la promoción y difusión de la educación, a la que cada uno tiene un derecho inalienable. Su primera condición es la eliminación del analfabetismo."

(Instrucción Libertad cristiana y Liberación, nn. 91 y 92).


LA LUCHA CRISTIANA POR LA PAZ

La amplitud de la lucha por la paz es una tarea que debe comprometer a todo cristiano. Para poder realizarla es necesario un diagnóstico de los males que aquejan a la sociedad y a los hombres concretos.

Si la raíz más honda es el pecado, sería vano el esfuerzo por la paz que no incluya una reconciliación con Dios en cada hombre. Esta reconciliación debe ser renovada continuamente, pues la tendencia al mal es una constante humana que no conviene menospreciar. El modo incluye recurrir a la ayuda divina a través de los Sacramentos, especialmente el de la Penitencia.

Después de estos medios principales convendrá que se estudien bien los complejos problemas económicos y políticos de la sociedad humana. Sin competencia profesional, hablar de paz y de justicia no pasaría de ser buenos deseos, pero las soluciones no llegarían. La conciencia de la capacidad que Dios ha dado al hombre para solucionar sus problemas proporciona un optimismo objetivo. De hecho, es notorio ver cómo muchos de los problemas que aquejaban a nuestros antepasados han sido solucionados con el desarrollo de la técnica en sus diversos aspectos; como es patente en la agricultura, el comercio y la educación.

"El sentido de la fe percibe toda la profundidad de la liberación realizada por el Redentor. Cristo nos ha liberado del más radical de los males, el pecado y el poder de la muerte, para devolvernos la auténtica libertad y para mostrarnos su camino. Éste ha sido trazado por el mandamiento supremo, que es el mandamiento del amor.
"La liberación, en su primordial significación que es soteriológica, se prolonga de este modo en tarea liberadora y exigencia ética. En este contexto se sitúa la doctrina social de la Iglesia que ilumina la praxis a nivel de la sociedad.
"El cristiano está llamado a actuar según la verdad y a trabajar así en la instauración de esta "civilización del amor", de la que habló Pablo VI. El presente documento, sin pretender ser completo, ha indicado algunas de las direcciones en las que es urgente llevar a cabo reformas en profundidad. La tarea prioritaria, que condiciona el logro de todas las demás, es de orden educativo. El amor que guía el compromiso debe, ya desde ahora, generar nuevas solidaridades. Todos los hombres de buena voluntad están convocados a estas tareas, que se imponen de una manera apremiante a la conciencia cristiana.
"La verdad del misterio de salvación actúa en el hoy de la historia para conducirla a la humanidad rescatada hacia la perfección del Reino, que da su verdadero sentido a los necesarios esfuerzos de liberación de orden económico, social y político, impidiéndoles caer en nuevas servidumbres."

(ibíd., n. 99).