|
22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS, Y LA EMPRESA COMÚN
LA VIOLENCIA
La violencia como hecho histórico aparece con la misma naturaleza.
La violencia como hecho biológico nace con los seres vivos
y la lucha por la supervivencia. La violencia como hecho humano
nace con el hombre.
La tendencia del hombre a convertirse en verdugo es tan antigua
como la humanidad. Desde las invasiones bárbaras en Mesopotamia,
en el siglo XVII antes de Jesucristo, pasando por las violencias
difícilmente describibles de Gengis Khan y sus sucesores,
especialmente Tamerián, hasta nuestros días, la historia
humana puede calificarse de una verdadera monotonía de horror.
La famosa Pax Romana es ausencia de conquista, pero paz sangrienta
y depravada. De los doce césares, siete fueron asesinados
y uno (Nerón) se suicidó. Del 192 al 324 después
de Cristo, de 36 emperadores, sólo cuatro murieron de muerte
natural. En el siglo y medio antes de la caída del imperio
disminuye la violencia: de 31 emperadores sólo 16 mueren
asesinados y siete son depuestos violentamente.
A pesar de todas las violencias ocurridas durante la Edad Media
(cruzadas, choques entre el Imperio y el Papado, saqueo de Constantinopla,
abusos de los señores feudales, etc.) esta época se
considera como la Edad Blanca de Occidente aun en medio del fenómeno
bárbaro que, curiosamente, no es tan bárbaro como
nos han hecho creer (cfr. Mikhail Fersen, El fracaso de Occidente).
A partir de esta época el aumento de la violencia armada
es verdaderamente trágico. El número de muertes por
guerra no cesa de aumentar -salvo en el siglo XIX- gradual e ininterrumpidamente:
en tres siglos, del Xi al XIII, las bajas por guerra se calculan
en 106.000 hombres. En el siglo XIV se da ya la cifra de 167.000.
En el XV, 285.000. En el XVI se supera la suma de los dos anteriores:
863.000. En los tres siglos siguientes, del XVII al XIX, el ascenso
es alarmante: 12.797.000. Esta cifra resulta ampliamente superada
en sólo los primeros veinticinco años del siglo XX,
en que ascendieron a 24.035.000. Es posible calcular que en lo que
llevamos de siglo el número de muertos de resultas de las
guerras alcanza la cifra de los cien millones, lo que a su vez excede
probablemente el total de víctimas de la guerra en toda la
historia humana. Con razón se ha llamado al siglo XX el siglo
genocida. En lo que va de siglo, comenzando con la guerra anglo-bóer
(1899-1902) hasta los últimos conflictos armados de todos
conocidos, las guerras han sido prácticamente continuas.
Además se debe contar con la guerra no declarada del terrorismo.
|
"El terrorismo es intrínsecamente perverso
(porque dispone arbitrariamente de la vida de las personas,
atropella los derechos de la población y tiende
a imponer violentamente sus ideas y proyectos mediante
el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y,
en definitiva, la privación de la libertad social."
(Instrucción Pastoral Constructores
de la paz, 20-11-86, n, 96).
|
|
Es difícil encontrar las causas de tantas guerras y su persistencia,
a pesar de que todos están de acuerdo en que son nocivas
a todos. Algunas causas son superficiales, otras son más
profundas.
Entre las superficiales podríamos enumerar -sin ánimo
exhaustivo- algunas: problemas fronterizos, rivalidades tribales
o nacionales, venganzas, malentedidos, deseos de expansión
de unos pueblos a costa de otros, etcétera.
Otras son más profundas. Entre ellas destacan: la injusticia,
el afán de dominio, el odio, la pugna de sistemas ideológicos,
etcétera.
Pero la causa más profunda la encontramos en el olvido de
Dios y de su ley, que lleva a no ver a los demás como hermanos,
lo que hace difícil, o casi imposible, perdonar.
EXIGENCIAS ÉTICAS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ
La paz es consecuencia de la justicia. Este antiguo adagio resume
la lucha por la paz. Por justicia se entiende la unión con
Dios y la unión entre los hombres, ya que se da a cada uno
lo suyo. No se puede conseguir la paz si no se tiene este fundamento;
pues todos los acuerdos entre los hombres esconderán una
mala voluntad de fondo que cualquier dificultad hará quebrar.
En primer lugar debemos distinguir dos ámbitos de la paz:
la interior y la exterior. La paz total debe incluir ambos aspectos.
La paz interior lleva a la superación de los conflictos internos
con la consecuencia de la serenidad y la ausencia de violencia ante
los otros. La paz exterior no es una mera ausencia de conflictos
-aunque esto sea necesario- pues debe llevar consigo una conquista
de la justicia. Por lo tanto no sería suficiente si se redujera
a un grupo social, o si la calma se debiese a una represión
injusta y violenta, como de hecho se da en la actualidad en amplios
sectores del planeta.
La paz tiene dos aspectos que conviene tener muy en cuenta: es
un don de Dios, y también es una tarea humana.
1. La paz como don de Dios. Es frecuente en la Sagrada Escritura
la promesa de la paz por parte de Dios, si los hombres cumplen unos
requisitos mínimos, que fundamentalmente es la buena voluntad.
Esta buena voluntad no basta para solucionar los conflictos, pues
siempre puede surgir algún hombre o pueblo violentos, de
los cuales convenga defenderse legítimamente. La promesa
divina de la paz alcanza en primer lugar el interior de los hombres,
pero se extiende también al exterior; por lo cual pedir e
implorar la paz es una tarea necesaria. Con esta finalidad, Juan
Pablo II se reunió en Asís, el 27 de octubre de 1986,
con los representantes de muchas religiones para pedir a Dios por
la paz.
|
"La paz es don de Dios. Quienes reciben en su corazón
la buena noticia del Reino adquieren una visión
del mundo y "de la vida; experimentan el perdón
y el amor de Dios que les hace a su vez capaces de perdonar
a los hombres como ellos mismos son amados y perdonados.
Jesús exhorta a sus discípulos a amar
a sus enemigos, a ser buenos con todos más allá
de los límites de las exigencias y los derechos:
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso;
perdonad y seréis perdonados; porque con la medida
con que midáis seréis medidos. Por todo
ello los pacíficos son llamados "hijos de
Dios" y Jesús los proclama bienaventurados:
"Bienaventurados los que buscan la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios"
(instrucción Pastoral Constructores
de la paz, 20-11-86, n. 34).
|
|
2. La paz como tarea humana. Es fácil detectar dificultades
que se oponen al logro de la paz: el miedo a la fuerza del adversario,
lo que llevaría, según el viejo aforismo latino -si
vis pacem, para bellum-, a una acumulación de armas para
defenderse y a una carrera de armamentos. Este criterio tiene parte
de razón, pero no ahonda en las raíces de la paz o
de la guerra, y si se le hiciera caso absoluto, las consecuencias,
si se desatase un conflicto, serían gravísimas por
la enorme fuerza que se hubiese podido acumular. Es difícil
saber cuándo la carrera de armamentos es meramente defensiva
o es producto de un ánimo de superioridad sobre aquél
al que se le considera adversario, incluyendo en ocasiones deseos
claramente agresivos.
|
"Sin embargo, desgraciadamente, aún vemos
cómo sobre los pueblos reina como suprema ley
la ley del temor, lo que les conduce a consagrar enormes
sumas a los gastos militares. Y aseguran -y no hay razón
para no creerles- que obran así no con planes
ofensivos, sino para disuadir a los demás de
toda agresión"
(Juan XXIII, PT, n. 128).
|
|
Otras dificultades están en considerar sólo los intereses
propios sin tener en cuenta los de los demás, lo que conduciría
a frecuentes conflictos. Esto es más grave si los demás
son más débiles y no pueden defender sus derechos
de una manera que no degrade su dignidad.
Otra dificultad es considerar sólo los aspectos materiales
de la paz. Si se descuidan los aspectos espirituales será
difícil un auténtico "desarme de las conciencias",
que se hará aún más difícil si se propagan
sistemas de pensamiento que induzcan a la violencia o al odio entre
los hombres, cosa que suele ocurrir con todos los sistemas materialistas,
que, al fin y al cabo, tienen su fundamento en el egoísmo.
|
"La paz, responsabilidad de los hombres. La paz,
como todo don de Dios al hombre, debe contar con nuestra
disponibilidad y colaboración. La conversión
al Reino de Dios incluye necesariamente nuestro compromiso
en favor de la paz. Este compromiso tiene unos contenidos
y unas exigencias morales que podemos llamar "su
verdad": justicia, amor, verdad, misericordia,
especialmente con los pobres y los oprimidos. Los pacíficos
del Evangelio son los que, además de -haber comprendido
el designio de Dios, tratan de plasmarlo en el tejido
de la historia: "No todo aquel que me diga Señor,
Señor, entrará en el Reino de los Cielos,
sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial""
(Instrucción Pastoral, Constructores
de la paz).
|
|
Superadas estas dificultades, la paz será un fruto del don
de Dios y del esfuerzo de los hombres. No se puede pensar que sólo
el esfuerzo del hombre la va a alcanzar. La experiencia demuestra
lo contrario: nunca se ha hablado tanto de paz, y nunca ha habido
tanta violencia. Pero tampoco es correcta una actitud quietista
que se limite a esperar que la dé Dios, sin hacer nada. Dios
la dará cuando los hombres pongan su buena voluntad. Se cumplirá
entonces la promesa hecha por los ángeles la noche de Navidad:
-Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de
buena voluntad" (Lc. 2, 14).
LA BIBLIA, ¿PAZ O VIOLENCIA?
Hay quienes ven en la Sagrada Escritura un apoyo a la violencia,
a la guerra. ¿Es así?
Antiguo Testamento
Génesis 4, 1-16: Fratricidio de Caín. La muerte de
Abel a manos de su hermano Caín es el primer hecho violento
que aparece en la Escritura. El relato manifiesta lo odioso que
es para Dios el homicidio. Sin embargo, Dios marca a Caín
con una señal que no es un estigma infamante sino una marca
que le protege para que nadie le haga daño. El texto deja
ver claramente que no se puede contestar a la violencia con la violencia,
con la venganza. El relato enseña que la rebelión
del hombre contra Dios provoca la violencia del hombre contra el
hombre. Lo más opuesto a esa violencia es el doble mandamiento
del amor a Dios y al prójimo.
Éxodo: Desde más de un punto de vista puede decirse
que las enseñanzas del Éxodo sobrepujan en variedad,
amplitud y valor perdurable a las de cualquier otro libro del Antiguo
Testamento. El libro nos presenta, en primer lugar, una serie de
hechos violentos:
1. Violencia opresora de los egipcios sobre los israelitas: trabajos
rudos, crueldades, infanticidio de los varones.
2. Moisés mata a un egipcio.
3. Aumento de las violencias contra los hebreos; por parte del
faraón, ante la petición de Moisés de que los
deje partir.
4. Como único medio de obligar a ceder al faraón
endurecido, violencia progresiva de las plagas que envía
Yavé, hasta culminar con el exterminio de los primogénitos
de los egipcios.
5. Aniquilación del ejército del faraón en
el mar Rojo.
Frente a todo esto:
1. El precepto tajante del Decálogo: "no matarás"
(20, 13).
2. El precepto del Código de la Alianza: "quien hiera
a un hombre de suerte que muera, morirá..." (21, 12).
3. "No hagas morir al inocente y al justo porque yo no absolveré
al culpable de ello. (23, 7).
Para la interpretación de estos hechos hay que tener en
cuenta los géneros literarios en que aparecen. La narración
del Éxodo, valorada en sí misma, supone una intervención
milagrosa de Yavé, aunque sea difícil precisar -hay
que examinar con detención el género literario- en
qué casos el escritor afirma el hecho milagroso.
Lo que interesa destacar es que no es la idea de violencia o castigo
la que domina como fondo del cuadro que se nos dibuja, sino la de
la superioridad de Yavé sobre los dioses egipcios. Lo esencial
en el relato es la intervención milagrosa de Yavé
para salvar a su pueblo. El autor no parece sentir la menor inquietud
ante el evidente contraste entre la violencia de la liberación
y la prohibición tajante de matar del Decálogo y del
Código de la Alianza.
|
" En el Antiguo Testamento la acción liberadora
de Yavé, que sirve de modelo y punto de referencia
a todas las otras, es el Éxodo de Egipto, "casa
de esclavitud". Si Dios saca a su pueblo de una
dura esclavitud económica, política y
cultura], es con miras a hacer de él, mediante
la Alianza en el Sinaí, "un reino de sacerdotes
y una nación santa" (Éx. 19, 61.
Dios quiere ser adorado por hombres libres. Todas las
liberaciones ulteriores del pueblo de Israel tienden
a conducirle a esta libertad en plenitud que no puede
encontrar más que en la comunión con su
Dios.
"El acontecimiento mayor y fundamento del Éxodo
tiene, por tanto, un significado a la vez religioso
y político. Dios libera a su pueblo, le da una
descendencia, una tierra, una ley, pero dentro de una
Alianza y para una Alianza. Por tanto, no se debe aislar
en sí mismo el aspecto político; es necesario
considerarlo a la luz del designio de naturaleza religiosa
en el cual está integrado."
(Instrucción Pastoral Libertad cristiana
y liberación, 22-111-86, n. 44).
|
|
Levítico: En el capítulo 19 aparece una serie de leyes
que regulan la vida social y doméstica de los israelitas,
a quienes se inculca la necesidad de la santidad como requisito
de amistad con Dios. El versículo 18 prohíbe la venganza
y el rencor con el mandato divino: "amarás a tu prójimo
como a ti mismo. Yo, Yavé". Estas indicaciones sobre
los deberes para con el prójimo se inspiran directamente
en el Decálogo. Disposiciones parecidas encontramos en todas
las legislaciones del Pentateuco.
Números (31, 1-54): Ahí se cuenta la matanza de los
madianitas por mandato de Yavé. Como contraste, en Números
35 y por mandato divino se establecen las llamadas ciudades de refugio
donde podían protegerse los homicidas involuntarios para
que no fueran muertos antes de comparecer a juicio.
Deuteronomio: En el capítulo 5 se repite el precepto tajante
del Decálogo: "no matarás". Pero en Deuteronomio
7, 1-26 nos encontramos con que Yavé ordena el exterminio
de los cananeos mediante la aplicación del anatema.
Para entender esos contrastes que aparecen en el texto sagrado
conviene situarlos dentro del cuadro de la religión de Israel
y del estilo literario del autor.
Así, el autor sagrado lo atribuye sólo directamente
a Dios tanto si se trata de fenómenos naturales como si se
trata de decisiones humanas: "Yavé me ha hecho estéril."
(Gén. 16, 2); "Yavé endureció el corazón
del faraón." (Éx. 9, 12), etc. Se trata en realidad
de un artificio literario que expresa la proximidad de Dios con
Israel, y no de una afirmación realista.
La justicia de Dios se manifiesta en los castigos que envía
al inicuo. En cuanto a su severidad, que a veces desconcierta, hay
que tener en cuenta, por un lado, que la doctrina de la vida futura
no había sido aún revelada y convenía mostrar
como nada quedaba sin premio o sin castigo en esta tierra; por otro,
y de manera especial, la dureza de la vida y de las costumbres.
En efecto, los hebreos, como los asirios, eran despiadados en su
modo de llevar la guerra. Así, por ejemplo, la matanza ordenada
por Moisés (Números 31, 1-49) fue un acto de verdadera
ferocidad. Pero para juzgarlo lo hemos de situar en su ambiente
histórico y ponerlo en conexión con los incidentes
que se narran en Números 25. Como el sentido de responsabilidad
colectiva era muy fuerte, la culpabilidad recaía sobre toda
la colectividad. Esto nos explica también la costumbre del
anatema o entredicho, que en la práctica significaba la muerte
de los cautivos en batalla y la confiscación o destrucción
de sus bienes. El anatema no fue una norma moral que autorizaba
la crueldad, sino un decreto inescrutable de Dios, adaptado a la
ejecución de sus designios y a las circunstancias de la época.
Lo señalado en el Pentateuco es una muestra de lo que el
Antiguo Testamento expone sobre la violencia. Los restantes libros
no aportan cambios substanciases.
Nuevo Testamento
Una lectura detenida e imparcial de los textos del Nuevo Testamento
pone también de manifiesto que la actitud de violencia revolucionaria
no encuentra en ellos ningún apoyo. La afirmación
gratuita según la cual, en la situación histórica
actual, el cristiano ha de ser necesariamente un revolucionario
no encuentra ningún fundamento en los escritos del Nuevo
Testamento.
Sin embargo, también en el Evangelio aparecen algunos contrastes,
que se resuelven sin dificultades teniendo en cuenta los diversos
matices con que se utiliza la palabra violencia. Hay una violencia
positiva o uso razonable de la fuerza en orden a la propia superación,
a la legítima defensa o cuando se hace necesaria para la
protección de los inocentes. Pero aun en estos casos en que
es legítima hay que emplearla con serenidad interior, siguiendo
los consejos de San Pablo:
|
"Si os airáis no pequéis; no se
ponga el sol sobre vuestra ira, ni deis ocasión
al Diablo (...) toda acritud, ira, cólera, gritos,
maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezcan
entre vosotros"
(Ef. 4, 26 y ss.).
|
|
Hemos de distinguir este tipo de violencia del uso indiscriminado
e injusto de la fuerza o violencia en sentido estricto que, como
hemos dicho, no tiene ningún punto de apoyo en el Nuevo Testamento.
Así, San Juan Bautista aconseja a los soldados que le preguntan
lo que tienen que hacer: "abstenerse de toda violencia"
(Lc. 3, 14). Cristo perfecciona la ley antigua en ese código
moral del cristiano que es el sermón de la montaña.
El espíritu de las Bienaventuranzas es todo lo contrario
a la violencia (cfr. Mt. 5, 3 y ss.; Lc. 6, 20-23). Cristo rechazó
claramente comprometerse en la lucha de su tiempo por la independencia.
En cambio, con su vida y su muerte hizo posible una transformación
interior del hombre y, si éste responde, entonces sí
que es capaz de llevar al mundo, pacíficamente y desde dentro,
una mayor justicia y solidaridad nacional e internacional.
Interpretación del mensaje bíblico
La Sagrada Escritura presenta contrastes, pero en todo caso hay
que destacar un hecho muy interesante: en las prescripciones éticas
de la Biblia para regular la conducta del hombre, jamás se
manda la violencia. El hombre no debe ser violento por propia iniciativa.
Puede serio en los casos en que Dios se lo pide por un motivo superior.
Estamos, como fácilmente se ve, en dos planos distintos:
el plano del actuar divino y el plano del actuar humano. En éste,,
la Sagrada Escritura no presenta ninguna contradicción: no
hay ninguna "recomendación" -todo lo contrario-
de ejercitar la violencia.
La Biblia apoya la razón al indicar por qué la violencia
injusta es desastrosa: desacraliza la persona y deshace la convivencia.
Matar separa de Dios y separa del prójimo. La violencia es
el exterminio del diálogo. Es la historia de Caín
y, si bien es verdad que Dios le protege de la venganza, a pesar
de ser un asesino, Caín queda en soledad: "y salió
Caín de la presencia de Yavé."
Sin embargo, de acuerdo con la Biblia, cabe también una
violencia razonable que impide que prevalezcan el desorden y la
injusticia. Es la que ejerce la autoridad, el magistrado, tal como
explica San Pablo en la carta a los Romanos (cfr. 13, 1 y ss.).
San Pablo advierte que hay situaciones en que no se puede desarmar
la violencia de otro con el amor, a lo más, impedir la maldad
mediante el freno de la violencia. En la actual situación
de la humanidad caída, la legítima defensa del orden
justo y de la vida pueden exigir el ejercicio de una violencia ordenada
y proporcionada. Pero el ideal, para San Pablo, seguirá siendo
la paz: "A ser posible y en cuanto de vosotros dependa, tened
paz con todos" (Rom. 12, 18).
En la Biblia, la violencia tiende siempre a la reconciliación,
al perdón y al amor. La violencia es siempre infecunda si
no consigue la reconciliación, si no alcanza el retorno al
diálogo en el amor.
REFLEXION ÉTICA SOBRE LA GUERRRA
La doctrina tradicional del Magisterio ha venido manteniendo la
licitud de la guerra en casos extremos. ¿Puede sostenerse
hoy esta doctrina de modo absoluto? Juan XXIII, en la Pacem in terris,
decía ya en aquellos años que "resulta un absurdo
pensar que la guerra sea un medio apto para restaurar el derecho
violado" (n. 127). La razón que aducía es la
terrible potencia destructora de los actuales armamentos, que pondrían
en peligro a la propia humanidad, por lo que pedía que cesase
la carrera de armamentos (cfr. PT, n. 111).
|
"En una situación como la que vivimos es
muy difícil que se den las condiciones mínimas
para poder hablar de una guerra justa. La capacidad
de destrucción de las armas modernas, nucleares,
científicas y aun convencionales, escapa a las
posibilidades de control y proporción. Por ello
hay que tender a la eliminación absoluta de la
guerra y a la destrucción de armas tan mortíferas
como las armas nucleares, biológicas y químicas.
Esto no será posible sin un cambio de conciencia
que lleve a rechazar la guerra y extirpar las injusticias
que la alimentan; es preciso llegar al desarme de las
mismas conciencias."
(instrucción Pastoral Constructores
de la paz, 20-11-86, n. 52).
|
|
El Concilio Vaticano II defendía la posible licitud de una
guerra para defenderse de una agresión injusta, siempre que
fuera una guerra geográficamente circunscrita y limitada
al llamado armamento convencional. Pero como, por otra parte, la
interdependencia a nivel mundial es tan grande, cualquier conflicto
bélico corre el peligro de generalizarse y éste añade
otra dificultad para poder justificar hoy día ningún
tipo de guerra, El Concilio deseaba que, por acuerdo de las naciones,
pudiera llegar a prohibirse absolutamente la guerra (cfr. GS, n.
82).
La carrera de armamentos no es adecuada para proteger la paz; supone,
además, enormes gastos, que se podrían emplear en
remediar las miserias que pasa una gran parte de la humanidad (cfr.
GS, n. 81). Todo esto lo reafirmó Juan Pablo II en su discurso
a la ONU (2-X-79).
A la guerra se puede comparar el terrorismo que cobra continuamente
vidas humanas y pone en peligro las instituciones sociales y la
estabilidad política. Las autoridades públicas han
de tener la preocupación de luchar contra él y de
establecer acuerdos entre los gobiernos para erradicar del mundo
esta forma criminal de violencia (cfr. GS, n. 82; Juan Pablo II
en Irlanda, 29-1X-79).
LA CONSTRUCCION DE LA COMUNIDAD HUMANA
|
"Es necesario añadir que una política
de paz debe inspirarse hoy en una solidaridad internacional
y planetario. Estos horizontes de solidaridad tendrían
que ser el auténtico objetivo de la investigación
y del avance industrial, así como de las relaciones
y pactos de colaboración entre los pueblos. Ésta
es la condición para que los avances técnicos
y políticos de la humanidad resulten acordes
con los planes de Dios y puedan dar lugar a un verdadero
progreso material y moral, cuantitativo y cualitativo,
de la humanidad."
(instrucción Pastoral Constructores
de la paz, 20-11-86, número 73).
|
|
La construcción de una gran comunidad humana es una empresa
en que ha de colaborar la humanidad entera. Para ello es necesario
que todos los pueblos, a través de las instituciones internacionales,
muestren su solidaridad y se esfuercen, según sus posibilidades,
en acudir a remediar aquellas situaciones que no permitan una vida
digna, para promover así el progreso en todas partes (cfr.
GS, n. 84).
|
"Nosotros queremos afirmar solemnemente que la
paz es necesaria, que la paz es posible, que es obligatorio
para todos hacer cuanto dependa de nosotros para que
sea pronto una realidad. Hay que resaltar que está
ganando terreno la conciencia de que la reconciliación,
la justicia y la paz entre los individuos y entre las
naciones no son simplemente una llamada dirigida a unos
cuantos idealistas, sino una verdadera condición
para la supervivencia de la misma vida."
(instrucción Pastoral Constructores
de la paz, 20-11-86, número 23).
|
|
El Concilio enfoca esta colaboración desde dos perspectivas:
el campo de lo económico y el del crecimiento demográfico.
Colaboración en el campo económico
En este campo existen excesivas desigualdades y una serie de dependencias
inadmisibles -colonialismo económico- a pesar de que casi
todos los pueblos gozan de una independencia política, al
menos aparente.
Para establecer un nuevo orden económico universal es imprescindible
un diálogo sincero, como Pablo Vi pedía en la encíclica
Ecclesiam suam. Pero este diálogo debe ir además acompañado
de medios económicos y para ello, el mismo Papa, en la encíclica
Populorum progressio, proponía la fundación de un
fondo internacional, alimentado en gran parte por la reducción
de los gastos militares (n. 51). El Concilio Vaticano II insistía
en este diálogo (cfr. GS, n. 92).
La colaboración económica debe ajustarse a ciertas
normas:
1. Los países en vías de desarrollo no pueden esperar
que todo se lo den hecho desde fuera. Son ellos mismos, sus ciudadanos
y sus gobiernos, quienes han de buscar las soluciones teniendo en
cuenta que el progreso surge del trabajo y de la preparación
de los propios pueblos. Entonces es cuando podrán pedir ayuda
para llevar a cabo esos proyectos (cfr. GS, número 86, a).
2. En este cometido deben ser ayudados por los pueblos ya desarrollados;
éstos han de cuidar que en el modo de desarrollar el comercio
se les ayude realmente, de manera que crezca su riqueza y no de
modo que -dada vez se empobrezcan más (cfr. GS, 86, b).
3. La comunidad internacional debe cuidar que las ayudas sean invertidas
con la mayor eficacia. Para ello debe fundar las instituciones capaces
de ordenar de modo justo el comercio internacional y prestar ayudas
de tipo técnico, cultural, etc. (cfr. GS, n. 86, c).
4. En algunas circunstancias habrá que revisar las estructuras,
ofreciendo soluciones técnicas, pero teniendo siempre en
cuenta que es el hombre y su dignidad lo que siempre debe prevalecer
(cfr. GS, n. 86, d y RH n. 16).
Colaboración en el campo demográfico
Es un hecho de nuestros días que, con frecuencia, los países
más pobres por su subdesarrollo se ven, además, agobiados
por un crecimiento muy rápido de población. Es, en
cierta manera, la contrapartida de lo que ocurre en algunas sociedades
opulentas que se ven en peligro por la disminución y envejecimiento
de su población. El problema es real, pero se ha exagerado
premeditadamente, y es perfectamente resoluble, como decía
Pablo VI, trayendo más alimentos a la mesa de la humanidad
en lugar de tratar de reducir el número de comensales.
Debe ser protegido el derecho de las familias a determinar el número
de hijos que desean, para lo cual deben tener una buena formación
moral y recibir un conocimiento científico sobre métodos
de probada seguridad médica y moral que les ayude a tomar
su decisión en conciencia. Hay que conseguir también
que, de acuerdo con su decisión, puedan traer al mundo los
hijos que ellos deseen y Dios les envíe, y educarlos dignamente
(cfr. GS, n. 87 y Juan Pablo II, FC, n. 30).
A nivel político hay que respetar también la autonomía
de los gobiernos de cada país para solucionar sus propios
problemas. Además, la comunidad internacional ha de fomentar
las ayudas a los pueblos que más lo necesiten y no imponer
condiciones, como el control de natalidad u otras parecidas, pues
esas ayudas deben hacerse pensando en el bien de quienes las reciben.
Juan Pablo II ha insistido en esta colaboración solidaria
como una obligación moral, pues cada pueblo debe preocuparse
del bien de los otros. Así se facilita el camino para que
desaparezcan el odio y la injusticia, y se abran esperanzas de realización
del reino de Dios.
|
"La solidaridad internacional es una exigencia
de orden moral que no se impone únicamente en
el caso de urgencia extrema, sino también para
ayudar al verdadero desarrollo. Se da en ello una acción
común que requiere un esfuerzo concertado y constante
para encontrar soluciones técnicas concretas,
pero también para crear una nueva mentalidad
entre los hombres. De ello depende en gran parte la-paz
del mundo.
"Las desigualdades contrarias a la justicia en
la posesión y el uso de los bienes materiales
están acompañadas y agravadas por desigualdades
también injustas en el acceso a la cultura. Cada
hombre tiene un derecho a la cultura, que es característica
específica de una existencia verdaderamente humana
a la que tiene acceso por el desarrollo de sus facultades
de conocimiento, de sus virtudes morales, de su capacidad
de relación con sus semejantes, de su aptitud
para crear obras útiles y bellas. De aquí
se deriva la exigencia de la promoción y difusión
de la educación, a la que cada uno tiene un derecho
inalienable. Su primera condición es la eliminación
del analfabetismo."
(Instrucción Libertad cristiana
y Liberación, nn. 91 y 92).
|
|
LA LUCHA CRISTIANA POR LA PAZ
La amplitud de la lucha por la paz es una tarea que debe comprometer
a todo cristiano. Para poder realizarla es necesario un diagnóstico
de los males que aquejan a la sociedad y a los hombres concretos.
Si la raíz más honda es el pecado, sería vano
el esfuerzo por la paz que no incluya una reconciliación
con Dios en cada hombre. Esta reconciliación debe ser renovada
continuamente, pues la tendencia al mal es una constante humana
que no conviene menospreciar. El modo incluye recurrir a la ayuda
divina a través de los Sacramentos, especialmente el de la
Penitencia.
Después de estos medios principales convendrá que
se estudien bien los complejos problemas económicos y políticos
de la sociedad humana. Sin competencia profesional, hablar de paz
y de justicia no pasaría de ser buenos deseos, pero las soluciones
no llegarían. La conciencia de la capacidad que Dios ha dado
al hombre para solucionar sus problemas proporciona un optimismo
objetivo. De hecho, es notorio ver cómo muchos de los problemas
que aquejaban a nuestros antepasados han sido solucionados con el
desarrollo de la técnica en sus diversos aspectos; como es
patente en la agricultura, el comercio y la educación.
|
"El sentido de la fe percibe toda la profundidad
de la liberación realizada por el Redentor. Cristo
nos ha liberado del más radical de los males,
el pecado y el poder de la muerte, para devolvernos
la auténtica libertad y para mostrarnos su camino.
Éste ha sido trazado por el mandamiento supremo,
que es el mandamiento del amor.
"La liberación, en su primordial significación
que es soteriológica, se prolonga de este modo
en tarea liberadora y exigencia ética. En este
contexto se sitúa la doctrina social de la Iglesia
que ilumina la praxis a nivel de la sociedad.
"El cristiano está llamado a actuar según
la verdad y a trabajar así en la instauración
de esta "civilización del amor", de
la que habló Pablo VI. El presente documento,
sin pretender ser completo, ha indicado algunas de las
direcciones en las que es urgente llevar a cabo reformas
en profundidad. La tarea prioritaria, que condiciona
el logro de todas las demás, es de orden educativo.
El amor que guía el compromiso debe, ya desde
ahora, generar nuevas solidaridades. Todos los hombres
de buena voluntad están convocados a estas tareas,
que se imponen de una manera apremiante a la conciencia
cristiana.
"La verdad del misterio de salvación actúa
en el hoy de la historia para conducirla a la humanidad
rescatada hacia la perfección del Reino, que
da su verdadero sentido a los necesarios esfuerzos de
liberación de orden económico, social
y político, impidiéndoles caer en nuevas
servidumbres."
(ibíd., n. 99).
|
|
|