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Antropología teológica
Dr. Enrique Cases 2004
Conócete a ti mismo
gnosti
te autvn (nosce te ipsum). Esta inscripción, puesta por los
siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos, es clásica en
el pensamiento griego. En todos los tiempos muchos pensadores han
reflexionado sobre ella con variados matices siguiendo el ejemplo
de Sócrates y Platón[1]. La sabiduría de Occidente
comienza, en su vertiente filosófica, con este pensamiento, intentando
alejarse de adivinanzas y supersticiones.
Parece
que el origen del adagio se remonta a escritos antiguos de Heraclio,
Esquilo, Herodoto y Píndaro; y surge como una invitación a reconocerse
mortal y no dios. Sócrates lo eleva a un nivel filosófico como un
examen moral de uno mismo ante Dios. Platón lo orienta hacia la verdadera
sabiduría en un fantástico sistema de pensamiento. Erasmo dirá que
es el inicio del filosofar en cuanto lleva a la conciencia humilde
de “saber que no sabe nada”[2].
Los Padres de la Iglesia lo toman y también lo encuentran en los escritos
bíblicos (Cant 1,8. “si tú no te conoces, seguirá el camino del rebaño”;
Dt 15,9 “attende tibi” “estate atento a ti mismo”). San Agustín hace
célebre el aforismo elevándolo también a Dios diciendo que el fin
de la vida es “noverim te, noverim me” “conocerte y conocerme”[3].
El hombre se conoce cuando va al fondo de sí mismo y ahí encuentra
la imagen de Dios. Por esta senda marcharán muchos medievales en este
espíritu humanista de pensar.
En la modernidad resurge
con muy diversos tonos e interpretaciones, también en el magisterio
de la Iglesia[4] en su defensa de la
verdad. También se dio en otras culturas antiguas: Israel, los Veda
y Avesta, Confucio, Lao-Tsé, los Tirthankara, Buda, Homero, Eurípides,
Sófocles, Platón y Aristóteles. La búsqueda filosófica no surge de
preguntarse ¿quién es Dios? sino ¿quién es el hombre? De lo más cercano
a lo más alto y profundo. Nosotros vamos a seguir el camino del hombre.
En tiempos más próximos Scheler y Heidegger hacen notar nunca hemos
sabido tantas cosas sobre el hombre y nunca hemos sabido menos del
hombre. Es lógico que así suceda cuando se prescinde de la Revelación
por una parte, y por otra de los conocimientos de la filosofía perenne.
El Cristianismo aporta una gran novedad sobre el
hombre con la noción de persona. Los griegos no tenían esta noción,
ni los latinos, ni se da en ninguna de las culturas del ancho mundo
en aquel momento histórico. La persona además de su individualidad,
de su autonomía y de su racionalidad, es algo más; Polo dice que es
“además” pues cuando descubrimos algo siempre hay algo más.. Es un
ser con dignidad por sí mismo, no por la pertenencia a un clan, familia
o pueblo. Tiene unas características sorprendentes: es mortal e inmortal;
individual y tan relacionada con los demás que la solidaridad es necesaria
para alcanzar su plenitud. La persona tiene una grandeza tan impresionante,
que se puede decir que está divinizada, pues Dios habita en su interior,
y, al mismo tiempo, es muy cercana al mundo animal y vegetal. Las
diferencias corporales con algunos animales son muy pequeñas –en cuanto
al DNA por ejemplo- y, sin embargo, sus actividades son infinitamente
distintas de un modo evidente. Sufre y puede superar el dolor. Su
vida tiene un sentido, no sólo durar y sobrevivir. Es libre y puede
amar. Ama la belleza y la genera. El hombre supera infinitamente al
hombre, decía Pascal, refiriéndose a ese algo tan superior a la materia
que le forma. Además está la riqueza de los sentimientos. La persona
humana es capaz de Dios; desea naturalmente a Alguien que le supera
infinitamente. El progreso de la tierra, o su destrucción, está en
sus manos. Individualmente puede alcanzar niveles altísimos de perfección,
o decaer en la degeneración. La perspectiva que vamos a tomar para
estudiar al hombre es ésta: su persona y su personalidad.
Vamos a preguntarnos desde
muchos puntos de vista ¿quién es el hombre? Y más en concreto ¿es
persona el hombre? Para ello tomaremos los grandes avances de la filosofía
perenne y muchos restos de la modernidad; pero con la ayuda de la
Revelación, pues un cristiano no puede desaprovechar lo que sabe con
certeza porque cree que Dios revela desde el Silencio su Palabra para
que el interrogador sea libre por la verdad y el amor.
Mucho perjuicio hizo al
progreso del pensar y amar humano la rotura del nominalismo en el
siglo XIV aún no superada. De una parte se perdió la metafísica y
se separó de la filosofía que se convirtió en un galimatías lógico.
No en vano dice Cardona que la inteligencia del ser como acto, del
Esse y del actus essendi participado no la tuvo Santo Tomás de Aquino
sin una especial ayuda divina. Muchos de sus seguidores la perderán;
y más aún los que no la tienen ni de nombre, así se entiende la crítica
y la queja de Martín Heidegger ante el olvido del ser y de olvidarse
de ese olvido. De hecho muchos se pierden en crucigramas ingeniosos
y lógicos, pero irreales, perdiendo la noción de Dios de una parte
–gravísima pérdida-, y, de inmediato, pierden al hombre no sólo teóricamente,
sino con crueldades inconcebibles como se ha visto en el siglo XX,
llamado el siglo breve, pero que se podría llamar también el siglo
de Caín, o el siglo sin Padre, que llevó a que los hermanos dejasen
de serlo. En la actualidad, además de la crítica que se pregunta ¿qué
ha pasado?, se experimenta en los más lúcidos una nostalgia que puede
llevar al buen puerto de situarse valientemente ante el misterio.
Da más luz una ventana entreabierta al amanecer, que la vela medio
extinguida en una habitación cerrada. Hay que abrir las ventanas con
ansia y con prudencia. Nosotros lo vamos hacer mirando al mismo tiempo
al hombre y a Dios con una actitud que quiere ser audaz y abierta
a las preguntas verdaderas, superadas ya las ideologías que encerraron
la verdad en interpretaciones, que tanto daño han hecho en el pasado
y en el presente.
Blaise Pascal dice acertadamente:
“¡Qué quimera el hombre! ¿Qué novedad, que monstruo, qué caos, que
contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas y gusano infecto,
depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y error, gloria
y desecho del universo”. Suscribimos esta idea de contraste, pues
el propósito de estas páginas es conocer al hombre en sus contradicciones
y es sus enormes posibilidades. El reciente premio Nobel de literatura
Imre Kertësz, con su experiencia vivida del holocausto pagano-nazi
dice: “el instrumento de la destrucción se llama ideología: lo grave
es que la masa, que nunca participó de la cultura, absorbe las ideologías
como cultura”. Suscribo esta idea añadiendo que la ideología es sólo
una explicación razonada de la realidad, que queriendo, o sin querer,
la limita. La ideología tiende al totalitarismo, casi con necesidad.
La realidad, con su amplitud y riqueza, lleva a la libertad y al respeto,
pues es Misterio.
La Ilustración, con todo
su entusiasmo, fue en paréntesis con malas consecuencias como detecta
el posmodernismo, por ello estamos de acuerdo con Bruno Forte cuando
dice: “Entre el triunfo de la identidad y la apología de la diferencia,
resuelta en el dominio omnicomprensivo de la nada, entre el tiempo
de la ideología y del nihilismo, la causa del hombre exige que se
busque un camino distinto “entre los tiempos”, capaz de escaparse
tanto de la seducción alienante del pensamiento solar, como del hechizo
trágico de la victoria final sobre las tinieblas. En la tradición
judeo-cristiana la que ofrece la posibilidad de esta concepción del
hombre, fruto del encuentro entre la identidad y la diferencia; es
la antropología del Absoluto que entra en la historia, permaneciendo
Otro y soberano respecto de la misma, del Transcendente que viene
a habitar y a redimir el éxodo de la condición humana, de la Gloria
que se comunica a los días de los hombres, abriéndolos al don de la
vida eterna, de la alianza de Dios con el hombre y del hombre con
Dios”[5]
Un ejemplo de lo dicho
son los epígonos triunfantes de este talante de los tiempos de la
Ilustración. Por su gran influencia citamos a tres que tienen una
clave con la cual abordan todas las cuestiones del hombre, son Marx,
Freud y Nietzsche Los tres prescinden de Dios, y los tres apoyan
su visión del hombre en algún aspecto negativo, muy lejano al amor.
Por eso se les suele llamar “maestros de la sospecha”.
Karl Marx dice que la
clave de toda la realidad es la economía. La alineación económica
explica todo lo demás. Sigmund Freud hace lo mismo con la líbido sexual,
y con ella pretende explicar todo. Nietzsche es más complejo, pero
también tiene una clave para explicar todo, y es la voluntad de poder
del hombre. Son tres soluciones pesimistas. Si nos fijamos, es posible
observar que cada teoría refleja una de las tres heridas del alma
después del pecado de origen, como señala San Juan: “todo lo que hay
en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos
y soberbia de la vida”[6],
es decir: sexo lujurioso, avaricia de dinero o riquezas, y orgullo
o ansia de poder. Es decir, realidades parciales de lo que es el hombre
y, además, negativas. No saben encontrar lo positivo, y eso es grave.
Bien distinta es Edith Stein cuando para conocer al ser humano comienza
“tratando de comprender la espiritualidad. Espiritualidad personal
quiere decir despertar y apertura. No sólo soy, y no sólo vivo, sino
que sé de mi ser y de mi vida.Y todo esto es una y la misma cosa.
La forma originaria del saber que pertenece al ser y a la vida espiritual
no es un saber a posteriori, reflexivo, en el que la vida se convierte
en objeto del saber, sino que es como una luz por la que está atravesada
la vida espiritual como tal. La vida espiritual es igualmente saber
originario acerca de cosas distintas de sí misma. Quiere decir estar
cabe otras cosas, mirar en un mundo situado frente a la persona. El
saber de sí mismo es apertura hacia dentro, el saber de otras cosas
es apertura hacia fuera”[7].
La clave de esta antropología
es la noción de persona en un sentido muy concreto, de ahí surge todo
lo demás: libertad, pensamiento, belleza, corporeidad, amistad, solidaridad,
pensamiento libre, verdadero amor, etc. No en vano el Papa Juan Pablo
II ha hablado de la necesidad de una antropología más metafísica,
inspirándose en una filosofía abierta a la trascendencia. El Santo
Padre propone «regresar a la metafísica». Hace ver como «hoy junto
a descubrimientos científicos maravillosos y progresos tecnológicos
sorprendentes asistimos a dos grandes olvidos: el olvido de Dios y
del ser, el olvido del alma y de la dignidad del ser humano. Esto
engendra a veces situaciones de angustia a las que es necesario ofrecer
respuestas ricas de verdad y esperanza», por ello «es necesario regresar
a la metafísica»,
No sirven las soluciones
negativas, ni son suficientes las quejas, son necesarias las soluciones
positivas reflejos de la verdad profunda, como señala Juan Pablo II:
«muchos de nuestros contemporáneos se preguntan: si Dios existe, ¿cómo
puede permitir el mal? Es necesario explicar que el mal es la privación
del bien debido, y el pecado la aversión del hombre por Dios, fuente
de todo bien. Un problema antropológico, tan central para la cultura
de hoy, sólo puede encontrar una solución a la luz de eso que podríamos
definir una "meta-antropología". Es decir, de la comprensión
del ser humano como ser consciente y libre, "homo viator",
que es, y que al mismo tiempo, está en devenir (...)La cultura de
nuestro tiempo habla mucho del hombre y sabe muchas cosas sobre él,
pero con frecuencia da la impresión de ignorar quién es verdaderamente.
En efecto, el hombre sólo se puede comprender plenamente a sí mismo
a la luz de Dios. Es "imagen de Dios" ("imago Dei"),
creado por amor y destinado a vivir en la eternidad en comunión con
Él»[8]. Como dice Pascal:
“Sólo existen dos clases de personas razonables: las que sirven a
Dios de todo corazón porque le conocen, y las que buscan le de todo
corazón porque no le conocen”. Para ambos van estos escritos. Para
ello es necesaria la sabiduría en el sentido de la antigüedad, también
bíblico, superando los racionalismos estrechos, no la razón, pero
abiertos al misterio.
Juan Pablo II comenta al meditar sobre la oración
del fiel que pide a Dios el don de la Sabiduría (9, 1-6.9-11):
”Dios de los padres, y Señor de la misericordia,
que con tu palabra hiciste todas las cosas,
y en tu sabiduría formaste al hombre,
para que dominase sobre tus criaturas,
y para regir el mundo con santidad y justicia,
y para administrar justicia con rectitud de corazón.
Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.
“Cuando Salomón, en los inicios de su reino, se dirigió a los altos
de Gabaón, donde se levantaba un santuario, y después de haber celebrado
un grandioso sacrificio, en la noche tiene un sueño-revelación.
Por petición misma de Dios, que le invita a pedirle un don, él responde:
«Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar
a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3,
9)” Nosotros tenemos la misma petición “Es fácil intuir que esta
«sabiduría» no es la simple inteligencia o la habilidad práctica,
sino más bien la participación en la mente misma de Dios que «con
tu sabiduría formaste al hombre» (Cf. v. 2). Es, por tanto, la capacidad
de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y de la historia,
yendo más allá de la superficie de las cosas y de los acontecimientos
para descubrir el significado último, querido por el Señor”. Por
eso “De la mano de la Sabiduría divina nos adentramos confiados
en el mundo. A ella nos agarramos, amándola con un amor conyugal
como Salomón, que como dice el Libro de la Sabiduría confesaba:
«Yo la amé [la sabiduría] y la pretendí desde mi juventud; me esforcé
por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza»
(8, 2)[9] enseña Juan Pablo II.
Añadamos un poco de prosa poética más elocuente que el seco concepto.
¿Qué es el hombre para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual
que un soplo, sus días, una sombra que pasa. Somos poco, soplo,
sombra, casi nada.
Si
Tú lo dices es verdad, pero el hombre es un hijo, espíritu inmortal
vestido en carne, fuerza de libertad, amor amante, digno de ser amado
y para siempre. Lo efímero lo marca el tiempo, lo permanente, el Eterno.
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