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Dignidad de ser persona.
El hombre tiene dignidad
porque es persona. Pero, ¿qué significa ser persona? El origen del término
persona es equívoco tanto en griego como en latín. Los griegos antes
de Cristo la usaban para designar las caretas usadas en el teatro que
además eran altavoces para sonar la voz con más fuerza, dado que mostraban
al personaje teatral. El término prosopon
(prosopon) se usó por los cristianos para una noción nueva que
se vislumbraba con la Revelación en Cristo[1].
En latín personare, sonar con intensidad, tiene menos sentido que
en griego, pero indica que se hace notar algo interior hacia fuera.
Lo cierto es que ambas fueron usadas por los teólogos para mostrar a
Jesús que es Hombre y Dios; y que Dios es Uno, Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Para explicar esto sin contradicciones irracionales, como que
uno es dos, o que uno es tres, se distingue entre substancia y persona
en un largo proceso. La fe cristiana enseña que Cristo de una Persona
divina –la del Verbo- en la que subsisten dos naturalezas, divina y
la humana. Por otra parte, Padre, Hijo y Espíritu Santo no son tres
modos de ser de Dios, sino Tres Personas distintas y tan unidas, que
son un solo y único Dios. Este es el contexto en el que la mente filosófica
de Occidente se pregunta ¿qué es persona? ¿en qué se distingue del alma,
pues claramente no es cuerpo?[2].
Cada cultura tiene sus aportaciones
características, por eso llama la atención que las culturas que no han
sido influenciadas íntimamente por el Cristianismo carezcan de la riquísima
noción de persona. Asimismo las ideologías que se han independizado
de su base cristiana a veces conservan algo de esa riqueza, otras la
han perdido casi completamente, y en otras es un término vacío en sus
aplicaciones prácticas, por ejemplo, en la ética y el derecho.
Es de gran valor la aportación
de Santo Tomás que, al entender el Ser como Acto, pues así se puede
entender mejor que el hombre –imagen de Dios- participa de ese Acto;
y de ahí viene la dignidad y la fuerza de cada persona, con un valor
por sí misma, y capaz de desplegarse en una riqueza de acciones que
impresiona[3]. Veamos algunos de
testimonios de esta riqueza.
Sellés señala que “a las personas, tanto
humanas como angélicas y divinas, les designan bien los trascendentales
personales que se convierten con la persona humana: libertad,
conocer y amor. A su vez si el amor personal es incomprensible
sin un dar, un aceptar, y un don, cualquiera de
esos términos designa la realidad personal. A las personas, humanas,
les cuadran bien estos términos clásicos: el de entendimiento agente,
descubierto por Aristóteles, el de corazón, que es Bíblico, el
de espíritu, que también lo es, y lo usan además con frecuencia
los Padres de la Iglesia, diversos autores medievales y algunos modernos
y contemporáneos; el de hijo de Dios, legado asimismo por las
Sagradas Escrituras; el propio de persona, neto hallazgo
cristiano, el de acto de ser, culmen de la filosofía medieval
del s. XIII; el de cada quién, el de núcleo personal,
el de núcleo del saber, el de núcleo del amar, el de intimidad,
el de novedad, el de irreductibilidad, el de coexistencia,
el de ser familiar, el de “además”, etc.”[4].
Amplia mirada que iremos concretando poco a poco.
Edih Stein también constata la unidad y
la complejidad del ser humano y la explica desde la persona: “ni el
hombre, ni su alma, son un mero haz de potencias separadas. Todas ellas
tienen su raíz en el alma, son ramificaciones en la que ésta se despliega.
Es más, precisamente en las relaciones existentes entre las potencias,
los hábitos y los actos es donde mejor se patentiza la unidad del alma”[5].
Esa unidad evidente tiene una unidad más profunda que ella misma que
es el acto de ser que constituye la persona. Pero vemos una inteligencia
volicional, una voluntad que sabe, un amor pensante, un querer temeroso
o valiente, una ilusión intelectual que lleva a proezas en el querer,
en el gozar de la contemplación, en la tristeza ante el mal que se
ve o se padece, etc. Edith Stein expresa esta riqueza de unidad y distinción
diciendo que “al hombre no le es posible desarrollar todas las potencias
simultáneamente y en igual medida, al igual que tampoco puede actualizarlas
todas a la vez. Cuando su entendimiento trabaja intensamente, apenas
oye o ve lo que sucede alrededor. Cuando está muy afectado emocionalmente,
no puede valerse de su entendimiento. El alma parece disponer de una
cantidad concreta de fuerza, que puede ciertamente ser empleada en diversas
direcciones, pero con la limitación de que su empleo de una de ellas
priva de su fuerza a las direcciones restantes”[6].
La raíz de esa fuerza es el acto que las origina, el acto de ser que
constituye a la persona
Fernando Ocáriz dice a este
respecto: “supuesta la naturaleza espiritual, ¿cuál es el constitutivo
de la personalidad? De acuerdo con Santo Tomás, la respuesta es inmediata:
el acto de ser, que es la perfección última y actualidad fundante de
la naturaleza y de todas las determinaciones accidentales de la persona”[7]. No es fácil para
la mentalidad cientifista, que quiere reducir toda la realidad a números
y medidas, comprender que significa acto, pero se debe intentar. Kierkegaard
dice, en confrontación con el racionalismo, una expresión vigorosa:
“cuantas veces he escrito que Hegel, como el paganismo, en el fondo
hace de los hombres un género animal dotado de razón. Porque en un género
animal vale siempre el principio: el singular es inferior al género.
El género humano, por el contrario, tiene la característica precisamente
porque cada Singular es creado a imagen de Dios, de que el Singular
es más alto que el género”[8]
. Así es fácil que lleguen los totalitarismos, los nihilismos y que
el hombre se sienta desorientado en cuanto desconoce su identidad y
busque cien modos de explicarla con fracasos más que notables; como
detecta el posmodernismo, por ejemplo. Una leve historia[9]
nos puede servir para entender por qué se da esta pérdida. “Una vez
que Descartes decidió (porque fue una verdadera decisión arbitraria)
abandonar el ser de la experiencia, para juzgar todo según la esencia
como quiddidad y definición, no es que se distinguiera mejor -como él
afirmaba- el alma del cuerpo, la forma de la materia, sino que se hicieron
irreconciliables: o forma (res cogitans, pensamiento) o materia (res
extensa, extensión), recíprocamente excluyentes en sus respectivas nociones
abstractas, aunque reducibles lógicamente a la conciencia, como acto
o como contenido: es decir, filosofía de la inmanencia. Para hacer esto,
había que abandonar el subsistente, y -contra toda evidencia- mantenerse
en el nivel de los actos formales. Sin embargo, para mejor desembarazarse
del ser se debían abandonar también las formas substanciales y replegarse
al ámbito de los accidentes: la acción (pensar, querer), la relación
(lógica), la cantidad (la medida como ciencia). La Substancia Spinoziana,
el Yo fichtiano, el Espíritu absoluto hegeliano, la sociedad marxista,
el Ser como tiempo de Heidegger... No son más que variantes de aquella
pérdida del acto de ser y de la participación transcendental”[10].
Se puede usar la palabra
acto y la palabra ser, pero no todos la entienden igual, según se entienda
se comprenderá lo íntimo del ser humano pues lo que le constituye
como persona es el acto de ser participado del mismo Dios[11]
–Ipsum Esse Subsistens-, así será posible avanzar por esa línea que
busca conocer y conocerse. Un paso lo dan Cardona y Kiekegaard cuando
utilizando un lenguaje más accesible dicen que el hombre es “Alguien
delante de Dios”, es decir, no algo, ni sólo un individuo de un colectivo,
sino alguien, único, irrepetible, con dignidad por el sólo hecho de
existir, no tanto por sus dotes intelectuales, físicas o de cualquier
tipo, sólo por ser hombre. Decir delante de Dios indica que no se trata
de un ser aislado o autónomo, irresponsable, desgarrado, o arrojado
a la existencia, o absurdo, sino que su relación fundamental es situarse
cara a cara con Dios; o dicho de otro modo, como dos seres libres que
se piden mutuamente amor, el hombre desde el tiempo y la historia y
Dios en su eternidad. “Este hombre es hombre porque tiene la naturaleza
humana. Es este hombre porque esa naturaleza humana está individuada
en cuanto la forma substancial (el alma) informa una materia cuantitativamente
determinada y así distinta. Pero en definitiva este hombre es porque
tiene acto de ser, por el que esta naturaleza humana subsiste realmente
y es sujeto de su vida y de sus actos, y es 'alguien delante de Dios',
es persona”[12],
y es libre, capaz de amar y capaz de pecar[13].
Esta apertura vertical de la persona se extiende a los demás seres humanos
de tal modo que Polo llega a llamar a la persona co-ser, es decir, persona
que no puede ser sin el otro, que es co-existencia. Como la expresión
nos parece que podría confundir no la usaremos, pero es muy sugerente
y verdadera.
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El Concilio Vaticano II,
como señala Ocáriz, también enseña el valor de la persona de un modo
muy rico y expresivo muy atento a esta apertura a Dios y al tú de los
demás seres humanos: “desde una base metafísica, la consideración de
la persona se abre a otras perspectivas: en particular a las perspectivas
fenomenológico-psicológicas, que capta el carácter personal del hombre
en que éste es un yo abierto a un tú; un yo que alcanza su máxima expresión
y grandeza en la relación de conocimiento y amor con el Tú divino: "La
más alta razón de la dignidad humana está en la vocación del hombre
a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento el hombre está invitado
a un diálogo con Dios, pues no existe sino porque, creado por el amor
de Dios, también gracias al amor de Dios, también gracias al amor sigue
existiendo; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente
ese amor y se entrega a su Creador"(GS 19)”[14].
Esta
noción de persona lleva a una actitud valiente y esperanzada ante la
vida que no se agota en realidades efímeras, sino en una relación personal
y eterna con el mismo Dios, “'Ser uno mismo delante de Dios' es asumir
plenamente la propia condición metafísica, y es la raíz de la vida moral.
Éste es el origen y la fuente de toda originalidad. El que ha osado
esto es que tiene propiedad, es decir, ha logrado saber lo que Dios
le había dado y cree absolutamente y por eso mismo, en el carácter propio
e cada uno. En efecto, el carácter propio no es mío, sino que es don
de Dios, con el que concede el ser. Ésta es la insondable fuente de
bondad en la bondad de Dios: que Él, el Omnipotente, da ese modo que
el que recibe obtiene propiedad"[15]
Lejos están estas afirmaciones del subjetivismo y del racionalismo,
también escolástico. “El formalismo escolástico perdió el acto de ser
(esse ut actus) al identificarlo con la existencia, que es un resultado
y no un componente metafísico”[16]. Conviene saborear
la riqueza de estas nociones y comprenderlas para así poder llegar alto,
pero con buen fundamento; pues pueden usarse las palabras y, al no entender
el contenido, cuando se sacan consecuencias se revela la no intelección..
No sin motivo se ha repetido que los personalismos del siglo XX han
sido muy ricos y fructuosos en sus análisis sobre el hombre, pero que
les faltaba un fundamento metafísico. Veamos el resumen que hace Cardona:
“El origen de toda moralidad está en comprenderse como 'alguien delante
de Dios', y a partir de ahí ajustar sus actos según el amoroso querer
de Dios, tal como viene expresado por el ser de todo lo que es y el
dinamismo de toda naturaleza real, que señala su propio fin como 'ley
natural'. Moralidad metafísica y personal, que está en las antípodas
del abstracto moralismo juridicista y también de la caótica e irracional
'moral de situación' (aquí nosotros podríamos añadir los proporcionalismos,
los utilitarismos, los consecuencialismos de variados tipoy la inmoralidad
de los espirituales libertinos de los nuevos y antiguos gnosticismos).
La persona debe actuar según su ser. Si su ser personal viene dado por
ese acto de amorosa relación personal con Dios, en un acto de amistad.
El acto de la persona humana es verdaderamente un acto personal cuando
es radicalmente un acto de Amor a Dios, al Amor que desde toda la eternidad
y hacia toda la eternidad lo requiere. Cuando ese acto se haga total,
explícito y definitivo, eterno, el hombre habrá alcanzado su fin. La
persona estará cumplida, en Dios, como 'alguien delante de Dios y para
siempre'”[17]
La persona humana
es lo radical. Sus rasgos radicales no se reducen a lo propio
de la naturaleza humana
. La persona es alguien, el ser irrepetible e irreductible
a la humanidad, a lo común de los demás hombres. Es de la naturaleza
humana la corporeidad, la razón, la voluntad, pero no la persona.
Los griegos desconocieron este hallazgo, pero los modernos lo olvidaron.
No así los cristianos. Temáticamente la recuperación del hallazgo data
de hace poco.
En la filosofía moderna
se habla de yo o de sujeto, pero aquello que conciben
como lo distintivo de él no es lo radical de la persona. En efecto,
se habla de racionalidad, conciencia, conjunto de fenómenos
psíquicos, subsistencia, totalidad substancial, independencia,
fundamento, "en sí", "para sí",
etc., pero ninguno de esos rasgos es un radical como la persona.
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