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La persona participa de la Trinidad
Sin metafísica no hay modo
de llegar a una noción de persona que sea realmente sujeto con dignidad.
Pero sin la teología, o mejor, sin la Revelación, se desconoce la verdad
profunda de ese acto que constituye la persona, pues se desconoce su
intimidad. Hemos visto lo que dice Santo Tomás de Aquino, la explicación
de Ocáriz y Cardona siguiendo la huella de Santo Tomás, y las apasionadas
y agudas expresiones de Kierkegaard, de quién es deudor Cardona. Pues
bien, mi aportación es que se puede profundizar en el acto de ser que
constituye la persona humana a través de la Revelación.
El Dios Único –el Acto Puro de Ser, el Ipsum Esse subsistens-
se revela como una Trinidad de Personas. Por tanto, el acto de ser participado
que constituye la persona es también trinitario. La intimidad
del acto de ser humano, su unidad es trinitaria, no sólo dual. No es
tan desconocido que nada se sepa de ese acto de ser personal, pues en
su ocultamiento-desvelamiento se hace una luz nueva para conocer al
hombre.
Nos encontramos como en el mito de la caverna de Platón.
Conocemos por las sombras reflejadas por la luz exterior. Ambicionamos
conocer en toda la claridad del día. Pero una cosa nueva ocurre en la
caverna. Hay algunas aberturas en su parte superior que dejan llegar
rayos de luz del sol, que, a veces, son muy luminosos y claros. ¿Por
qué despreciarlos en una pretendida autonomía de la filosofía? Si se
acepta la luz la fe los resultados son maravillosos y explican
lo que sin ella eran sólo balbuceos.
Hablemos ahora de lo que
conocemos de la Santísima Trinidad para pasar después al hombre pues
así se explica con más profundidad y amplitud el amor en el hombre[1]. Seguiremos las descripciones de gran calado
teológico de Bruno Forte.
Dios, el Padre, es amor,
esta afirmación conduce a las profundidades divinas. En la salvación
corresponde al Padre la iniciativa del amor, su amor es un amor fontal,
una fuente que mana eternamente. El Padre es el principio, la fuente
y el origen de la vida divina. No engendrado, no creado, su innascibilidad
es no tener origen, es el principio en cuanto que es Aquel de quien
otro procede. Sólo Él puede sin motivo o causa empezar a amar (salvando
el lenguaje del tiempo para la eternidad). Dios ama desde siempre y
para siempre, comenzó a amar desde la eternidad. Nunca fallará a su
fidelidad en el amor, es una total espontaneidad, fontalidad, creatividad
inagotable del amor divino. El Padre es eterno origen del amor, Aquél
que ama en absoluta libertad, desde siempre y para siempre libre en
su amor, el eterno Amante con la gratuidad más pura del Amor
El Amor del Padre no es egoísta, sino que es generador, originante,
fecundo. Amando Dios se distingue: es Amante y Amado, Padre e Hijo.
Es el Padre por esencia, la paternidad le distingue de las otras personas.
Eternamente está engendrando por amor al Hijo de un modo tan perfecto
que el Hijo es consustancial con el Padre que le da toda su vida. El
Padre sale de sí mismo totalmente en desbordante generosidad del Primer
Amor. Más allá del Hijo el Amor que engendra al Hijo sigue procediendo
amor; amar es transcender al otro, no para amarlo menos sino para amarlo
más. El Amor del Padre, fuente del Amado, el Hijo, es también fuente
del tercero en el amor, el Espíritu. El Espíritu Santo es el éxtasis
de amor del Padre ante el Hijo y del hijo al contemplar al Padre. Es
el condilecto en el amor. Es el vínculo personal de la comunión mutua
del Padre y del Hijo. Es el don personal de su generosidad absoluta,
en Él la Trinidad se hace donante y acogedora. El Padre, Amante eterno,
es fuente del Espíritu no sólo como amor unificante, sino como amor
abierto y acogedor y espira al Espíritu como don.
Esta libertad amorosa del Padre es el origen de la creación y la razón
más profunda de la libertad de las creaturas. Su iniciativa amorosa
no cede ni ante el ingrato o el infiel[2]
El Hijo es el Amado. Jesús
nos revela la intimidad divina especialmente en la muerte y la resurrección
en la pascua. Pero fijémonos sólo en que es preexistente al mundo creado,
es el Verbo del Padre, su Palabra eterna. Lo característico suyo es
nacer de otro, ser amado, en el Hijo reside la receptividad del amor.
El Hijo es acogida pura, eterna obediencia de amor; él es el amado antes
de la creación del mundo. El eterno Amante se distingue del eterno Amado,
procediendo de él por la plenitud desbordante de su amor; el Hijo es
el otro en el amor, sin él no existiría en amor como don. El acto eterno
de la generación es el eterno nacimiento de su Hijo que no nace de la
nada, ni de una sustancia cualquiera sino del seno del Padre, es decir
de su sustancia. El Hijo es el Verbo, la Imagen transparente y radiante
de la suya. La creación e tiene en el Verbo su fundamento.
Pero el Padre no es el Hijo, el Amante no es el Amado, sin esa alteridad
sería Dios soledad absoluta, egocentrismo infinito. Dios es dar en el
Padre y también receptividad, dejarse amar eternamente. Al crear el
amor se hace vulnerable al pecado. corre el riesgo de la libertad. El
dolor divino es perfección del amor como se ve en Jesús, pero es desde
la intimidad divina
El Padre y el Hijo espiran
al Espíritu Santo que procede de los dos, porque su distinción ha quedado
asumida en una unidad más alta del amor que procede del Padre y que,
descansando en el Hijo, vuelve a su origen sin origen. El Espíritu Santo
es el vínculo personal de comunión distinto del uno y del otro. El amor
divino es oblativo, apertura plena. El Espíritu realiza la verdad del
amor divino, demostrando cómo el verdadero amor no es nunca cerrazón
o posesividad, sino apertura, don, salida del círculo de los dos. En
Él se da la apertura de lo que es divino a lo que no es divino. Es también
el éxtasis de Dios hacia su otro: la criatura. En el Espíritu el Amante
y el Amado se abren a la creación y a la salvación
El Espíritu es aquél que
abre el mundo de Dios al mundo de los hombres. El Espíritu recibe del
Padre principalmente y del Hijo, en cuanto que el Hijo es dado
por el Padre ser el vínculo de unidad del Padre y del Hijo es el tercero
en el amor, aquel a quien el Padre ama por el Hijo, más allá y por medio
del Amado, siendo por eso mismo personalmente el don del amor, el éxtasis
del Amante y del Amado, su apertura, el termino de su entrega, otro
respecto a los dos. Es el amor que desborda del Padre y se derrama en
el Hijo, que al recibirlo es uno con el Padre, porque dado por él, el
Espíritu es amor que se distingue del eterno Amante; otro respecto del
Hijo. La suya es la relación de las relaciones garantiza la distinción
y constituye la unidad del ser divino como aquel acontecimiento que
es el amor mismo
Dios Padre derrama su Espíritu sobre su Hijo que a su vez lo entrega
al Padre en el momento de la cruz y una vez que ha recibido en plenitud
en la hora nueva de la pascua y lo da a toda carne. El Espíritu es aquel
por quien se consuma la comunicación de Dios. Es sobreabundancia del
amor divino, plenitud desbordante, éxtasis de Dios, Dios como pura excedencia,
Dios como emanación de amor y de gracia[3].
La persona humana participa del acto de ser divino.
Esta participación pasa por la relación subsistente que es el Hijo.
El Hijo, que es el Verbo, es la imagen con la que el Padre ha hecho
hombres a su imagen y semejanza. A través del Hijo el hombre participa
en las Tres Personas. Participa en el amor fontal de Dios Padre, amor
de donación, amor generante, gratuito. Participa en la libertad creadora
del Padre. El ansia de verdad, conocer y reconocer la realidad
es fruto de la presencia del Verbo, que es Luz de Luz, que ilumina
y da al hombre la apertura a la verdad con el acto sorprendente de intus
legere (leer dentro) comprendiendo y haciendo propio el objeto conocido.
La apertura mental al infinito y la insaciabilidad con el solo mundo
es mucho más clara, aunque tiene límites, pero puede conocer como un
orante abierto a la luz interna y externa de la Luz plena. El hombre,
de un modo similar al Espíritu Santo, es amoroso, don con voluntad original
humana buena ansía el bien; es también capaz del don de unión, del don
creador respecto al mundo y al prójimo, teniendo a Dios como meta última
que le permite salir de círculo cerrado del amor a sí mismo, causa del
pecado. La Voluntad original en el Padre, es la fuente de su querer
voluntario con todo el movimiento ético hacia el Bien. El corazón forma
también parte de ese acto de ser que es la persona, así se explica mejor
la parte afectiva humana, no sólo animal. El corazón lo vemos como el
centro del acto de ser de la persona. Del acto de ser de la persona,
que da el ser al alma, el corazón pasa a ser el centro del alma, aunque
no lo más superior.
La gracia se puede explicar
mejor como una recreación de ese acto de ser que constituye a la persona.
La unión interpersonal de amor y gratuita del alma con Dios, le viene
por la estructura trinitaria participada de la Santísima Trinidad.
En los próximos temas vamos a desarrollar esta riquísima noción (no
sólo idea, sino misterio) de la persona humana, con esta base podremos
comprobar su fuerza y su vigor para comprender mejor el misterio del
hombre.
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