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Ser libre
La persona es libre, o no
es persona. No me refiero aquí a la inmunidad de coacción externa, a
la libertad civil, sino a la libertad interior. La libertad es una realidad
vivida y sentida de difícil explicación sin entender la participación
del acto de ser humano en el Esse divino. El triángulo libertad, verdad,
amor, se puede convertir en un círculo en que uno explica el otro en
una especie de circulo, o en un rompecabezas en el que nada encaja;
pues si se afirma uno de un modo incompleto se excluye al otro, o a
todos. Eso es lo que ha ocurrido en diversas ocasiones. Sin verdad no
hay libertad, sin libertad no hay amor, sin amor no se puede vivir en
verdad y casi ni se puede conocer la verdad, pues el conocer es algo
muy rico. Por eso, una vez más nos tenemos que remontar al conocimiento
de Dios lo más alto que nos sea posible. Dios es libre con libertad
infinita y el hombre es libre con libertad real no aparente, pero finita
y participada de la divina.
Von Balthasar recoge los
testimonios de los primeros pensadores cristianos unánimes en la defensas
de la libertad del hombre, aunque sean diversas sus explicaciones. Es
especialmente válido el testimonio de Ireneo[1],
en el que destaca un gran misterio en la relación entre la libertad
infinita y la libertad finita. “Dios lo hizo libre desde un principio,
y así como le dio la vida le dio también el dominio sobre sus actos,
para que voluntariamente se adhiriera a la voluntad de Dios, y no por
coacción del mismo Dios. Porque Dios no hace violencia, aunque su voluntad
es siempre buena para el hombre, y tiene, por tanto, un designio bueno
para cada uno”. Dios no coacciona la libertad del hombre porque “la
libertad finita debe experimentar su finitud y necesidad, debe de algún
modo medir todo el espacio de sus posibilidades, para aprender por experiencia
que sólo puede encontrar su consumación siguiendo el consejo y la inspiración
de Dios”[2],
Ireneo descubre, según von Balthasar, la libertad de Dios como generosidad
y magnanimidad al dejarlo actuar no sólo en su amor, sino acompañarlo
hasta el punto de que sus yerros se suceden al amparo del amor divino[3]
Carlos
Cardona, como filósofo y como teólogo, da un paso más y justifica la
libertad escribiendo: “Dios obra por amor, pone el amor, y quiere sólo
el amor, correspondencia, reciprocidad, amistad (...). Y de ese amor
de amistad sólo la libertad es capaz. Así al Deus caritas est del Evangelista
San Juan (1 Jn 4,8), hay que añadir: el hombre termitativa y perfectamente
hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado,
autorreducido a cosa. Pero sólo se es amor si se quiere en libertad.
De ahí que el hombre, por su operación, sea causa sui, que es la definición
aristotélica de libertad, aunque aún no bien precisada aún”[4].
Este causa sui no en el sentido que le da Spinoza. Santo Tomás usa la
noción de causa sui[5]
en el sentido de que el hombre es causa de lo que será en el devenir
del tiempo, es dueño de su ser en el futuro y en la eternidad, diríamos
hoy. Éste es el núcleo que queremos investigar y conocer: la libertad
de Dios y la libertad del hombre. Desde el punto de vista teórico se
ve que el racionalismo y el materialismo se encuentran en graves dificultades
para explicar la libertad o la niegan abiertamente. Schopenhauer afirmó
que era un “misterio” en sentido distinto de lo que en el cristianismo
se llama misterio, significando más bien que nada sabe, o que es un
problema irresuelto, también dice que es un concepto “límite”, pero
se refiere a que no se puede encerrar en un concepto. Por su parte Nicolai
Hartmann escribió: “El problema de la libertad es el más difícil de
los problemas de la Ética, es ciertamente su exemplum crucis[6]. Hegel, aunque señala
en su primera época que la libertad es una aportación cristiana característica,
acabará diciendo, en lógica continuidad con su racionalismo absoluto,
que es la ignorancia de la necesidad, y no deja ninguna libertad a Dios
en el proceso de autoconocimiento del Absoluto que necesita al mundo
para tener conciencia de sí. Spinoza le precede en esta negación de
la libertad. En los materialistas la negación de la libertad es más
total, pues la amteria actúa como un mecanismo, y los mecanismos están
determinados y no son libres. Al intentar explicar la libertad con mecanismos
materiales, aunque sean cerebrales, pues no pueden y la acaban negando.
Un materialista total como Skinner se atreve a escribir: “niego rotundamente
que exista la libertad. Debo negarla, pues de lo contrario mi programa
sería totalmente absurdo. No puede existir una ciencia que se ocupa
de algo que varía caprichosamente. Es posible que nunca podamos demostrar
que el hombre no es libre; es una suposición. Pero el éxito creciente
de una ciencia de la conducta lo hace cada vez más plausible”[7]. Ve la libertad como
un capricho, si así fuese sería comprensible reaccionar en contra, pero
es algo más serio y digno.
Estas actitudes son consecuencia de la separación de la unidad del saber.
En primer lugar se separó teología y filosofía. Luego, se redujo la
metafísica a una filosofía que sólo era una lógica mental, racionalismo
que acabará siendo explícito. Además, se desarrollará lo que se llamará
ciencia experimental, que no es más que el estudio del accidente cantidad,
muy rico, pero sólo un accidente. Más tarde, la ciencia experimental,
o su hermana pequeña la técnica, tenderán a usurpar todo el conocimiento
en una nueva reducción. Quiere explicar toda la realidad con el método
experimental, cosa evidentemente imposible y de gravísimas consecuencias,
como estamos viviendo en los últimos tiempos. En esta rotura se va dando
un desconocimiento, un olvido, y se intenta reducir toda la realidad
a la parcela que se conoce y se desmenuza como si fuese un crucigrama,
aunque al final sea sólo un artificio.
Un testimonio emotivo de esta cuestión, que no es sólo una polémica entre
intelectuales es el de Tatiana Goricheva. Después de su conversión
vive una intensa libertad interior, a pesar de la opresión comunista,
pero al visitar Occidente queda algo decepcionada por la superficialidad
que le parece percibir: “He llegado a Viena ¿Qué es lo que
he sentido aquí? ¿He vivido el sentimiento de libertad? Tampoco
en Rusia era libre. La libertad es un don de Dios. Es una obligación.
No un derecho. Tuve la sensación de vivir en un mundo de formas,
donde todo encontraba su expresión y un envoltorio elegante(...)
el exceso de cosas hermosas que a una le arrastran, si no está
bastante orientada al cielo. Aquí la tierra te puede tragar para
siempre”[8]
Quizá no caló la libertad que se da en el mundo occidental, pero
seguro que en muchos ambientes la libertad se ha quedado en frivolidad
o superficialidad, cuando no en una excusa para la carne como
dice San Pablo.
Contexto filosófico
No es raro entre los pensadores contemporáneos presentar un concepto
problemático de la libertad. Y esto cuando no es negada abiertamente.
No vamos a extendernos aquí sobre este punto. Baste con recordar
que para Spinoza, como para los marxistas posteriormente, la libertad
es “tomar conciencia de la necesidad”. En los voluntaristas la
libertad está mermada. El parecer de Schopenhauer respecto de
ella es reductivo si no negador de la misma. Sostiene que todo
hombre depende de una voluntad única y ciega de la que no podemos
saber nada porque es arbitraria y al margen del conocimiento.
Nietzsche tampoco admite la libertad, porque acepta el destino,
el eterno retorno. Ser libre para él es aceptar que todo lo que
sucede es necesario, con la necesidad del eterno retorno.
Otros autores no niegan que podamos conocer la libertad; de hecho
nos sabemos libres, dicen, pero para ellos, la libertad es un
absurdo, un sin sentido.-es el caso de los existencialistas- Niegan por tanto el sentido de la
libertad. Estamos “condenados a ser libres”, , a realizar acciones
que van fraguando nuestra -añadirá Jean Paul Sartre- esencia, porque de entrada existimos pero no tenemos esencia alguna.
La libertad, es pues un peso, una condena. Pensar en ella produce
angustia. Nuestra existencia, por tanto, es absurda.
Desde la teología el mayor ataque moderno a la libertad proviene
de Lutero y el protestantismo, porque, según él, la libertad humana
es enteramente corrupta y sólo se dirige al mal. Queda pues instaurada
una concepción negativa de la libertad, entendida sólo como “liberación”
de fuerzas o condicionamientos opresores. Desde la teología contemporánea
el descrédito de la libertad lo protagoniza la llamada Teología
de la Liberación, porque no entiende la libertad en sentido positivo,
como “libertad para”, sino en sentido negativo, como “libertad
de”. La pérdida de sentido positivo en la concepción de la libertad
humana en estos movimientos teológicos es llamativa |
La libertad mirada desde el cuerpo
La ciencia experimental si se hace pasar por filosofía querrá explicar
la libertad y la voluntad como algo del cerebro y de las glándulas interiores,
pero se encuentra con problemas irresolubles como atestigua la doctora
María Gudín[9]
“Las tendencias conductistas niegan la voluntad, todo el mundo volitivo
sería consecuencia de leyes estímulo-respuesta, y en el mundo de la
neurología actual existen corrientes que niegan la existencia de una
voluntad libre e independiente de mecanismos neurológicos predeterminados.
Sin embargo, los que basándose en mecanismos neurológicos hacen un paso
del plano de la ciencia al plano de la filosofía corren un alto riesgo
de confundirse. La existencia de la voluntad no es una experiencia meramente
neurológica, sino filosófica y real”. La parte inconsciente de la actuación
humana es un tema que despierta gran interés en neurología, psiquiatría
y en general en todas las ciencias de la conducta. Por un lado, el cerebro
parece iniciar el movimiento antes de percibir que quiere hacerlo. Ese
mecanismo apunta hacia la existencia de la voluntad como realidad independiente
del conocimiento y por tanto inconsciente. Por otro lado, es verdad
que se conoce que el movimiento puede ser iniciado por estímulos no
percibidos. Ésta es la base de los mensajes subliminales y la publicidad.
Por sí mismo, un estímulo pequeño puede ser fácilmente reconocido, pero
enmascarado por un estímulo más grande que no se percibe. Los experimentos
con estimulación magnética transcortical explican que el cuerpo interviene
en las decisiones voluntarias y libres, pero no es el núcleo de la libertad,
sino su instrumento. Quiero y se activa algo en mi cerebro, luego se
mueve el órgano que quiero mover. Pretender decir que primero se da
una acción del cerebro y por eso actúo sencillamente es absurdo. Los
ejemplos son infinitos: me pongo a estudiar, o a subir un monte porque
quiero, no porque me lo indique el cerebro. Otra cosa serán los movimientos
neurovegetativos: hambre, sueño, instinto sexual, de terror o furia
y otros.
Es decir, que ocurre como con el pensar
y con el ver y el oír etc. Estudiar el componente cerebral u orgánico
es muy importante y se puede llegar muy a fondo; pero de ahí deducir
que se mueve la materia por sí misma no es cierto, ni se puede demostrar,
sencillamente porque es un acto espiritual que mueve el cuerpo de modos
que no conocemos todavía.
Una vez más la ciencia experimental encuentra
un límite para explicar la realidad humana desde lo material. No puede
superar sus límites sin acudir a otro método de pensar como es el filosófico
o el teológico. Ciertamente influye el cerebro y todo el cuerpo y el
ambiente y la educación y la cultura y todo el mundo sensible en la
actuación libre, pero una cosa es influir o necesitar, y otra que la
libertad sea algo material, es decir, no exista; sino que es algo más
interior, es espiritual, es decir, el hombre sí es libre[10].
La libertad vista desde arriba
Decíamos al principio que
sólo podremos conocer bien el ser libre del hombre si conocemos el Ser
libre de Dios. Carlos Cardona dice que “tanto desde la Revelación y
la fe, como desde la metafísica natural que llega a Dios como Acto
puro de ser, o como Ipsum Esse subsistens –Ser absoluto, simplicísimo
y en plenitud o totalidad-, la creación del universo se nos manifiesta
como un acto transcendente de derivación causal, que el Ser por esencia
obra por absoluta libertad, dando el ser en participación, y así haciendo
ser a los seres. Y como los entes –que tienen el ser participado- nada
pueden añadir al Ser por esencia, se sigue que la participación, la
posición del ser ex nihilo sui et subiecti por Dios, la creación, es
totalmente por Dios, la creación, es totalmente gratuita. Y una gratuidad
que no es arbitrio, capricho o simple azar[11] –repugnando todo
eso a la esencia divina-, no puede ser más que amor, ese amor que Santo
Tomás, siguiendo aquí a Aristóteles, define como querer el bien para
alguien: bonum velle alicui, Dios crea por amor. Todo, y sobre todo,
la libertad, se reduce a entender lo mejor posible qué es el amor. En
otro lugar dice más fuertemente: “la libertad creadora de Dios es quién
constituyó al hombre en libertad. Sólo Dios, que es Amor y Libertad,
porque es el Ser mismo, puede dar la libertad. Cuando la criatura se
la quiere dar a sí misma se ahoga en la necesidad”[12]. Son sorprendentes
algunas de las afirmaciones sobre la libertad absoluta en la que Dios
pudiese decir: “Yo soy lo que quiero ser” o “Dios se ha hecho Dios”[13]. Son soluciones absurdas
de los que siguen la línea del voluntarismo y del nominalismo de Ockam.
Más interesante es la solución
de San Gregorio Palamas aprobada por la Ortodoxia como conforme con
el misterio trinitario. “Palamas explica que Dios es todo entero esencia
y todo entero energía, imparticipable en su esencia, pero, al mismo
tiempo, participable en sus energías”. Remonta sus ideas a los Padres
más conocidos como San Cirilo y Máximo el Confesor y al mismo concilio
VI de Constantinopla (692) que reconoce en Cristo dos energías, la humana
y la divina, ésta es participada por las Tres Personas divinas. La esencia
divina es incognoscible e imparticipable, pues Dios es totalmente transcendente
al mundo. La divinización del hombre se da según la gracia, es decir,
según la energía participable que resplandece a través de la Iglesia
por el Espíritu Santo, no según la esencia que es imparticipable. Esto
se puede extender a la presencia de esa energía en la persona humana
que le hace libre. De modo, que la libertad humana, siendo participación
de la libertad divina, se puede expresar como energía para poder
amar eternamente.
Veamos la cuestión desde
otra perspectiva menos elevada. La pregunta de Heidegger: “¿Por qué
el ser y no la nada? me parece mal planteada y con respuesta pagada,
pues la pregunta es: ¿Por qué el ser y no sólo el Ser por esencia, es
decir, Dios? o, dicho de otra manera: ¿Por qué Dios crea? Y la respuesta
de fe, y también de razón es: porque Dios es Amor en plenitud, por que
Dios es infinitamente libre y bueno y quiere el bien para otros a los
que crea libres para que puedan amar eternamente.
Es reconfortante
la respuesta del gran luchador que fue Kierkegaard, previendo los desastres
del siglo XX fruto de la unión del racionalismo y del materialismo decía: «o
Dios es el amor, y entonces la situación se hace absoluta: arriesgarlo
absolutamente todo por esta única causa, y la felicidad consiste en
no tener más que a Dios. O bien Dios no es el amor, ¿y entonces? Entonces...
mi pérdida es de tal manera infinita, que todo lo que pueda perder ya
me es infinitamente indiferente»[14].
Pobre queda la noción de
la libertad si se la define como indiferencia; o, incluso, como aquella
definición escolástica: vis electiva mediorun servata ordinem finem,
o, incluso causa sui de difícil entendimiento, como si sólo fuese un
expediente de elegir medios, aunque quede salvada por el fin que la
llama y la justifica, o como causa de su futuro. Parece conveniente
seguir otro camino. Polo, en su original antropología, dice que “al
investigar el ser personal humano se descubren otros trascendentales
(además de los clásicos), de entre los que conviene destacar la libertad”[15],
sin que se limite sólo a actos de la voluntad como dice que diría un
medieval. Este planteamiento me parece muy acertado.
Vale
la pena mirar la crítica de Heidegger a la filosofía de lo que llama
“Tiempos modernos”. No es una crítica de la metafísica del Ser de Santo
Tomás de Aquino, sino de muchos que se llamaron filósofos desdeñando
o no entendiendo la metafísica. Heidegger muestra la raíz del difícil
problema de la libertad. En su primer etapa al reducir el ser al Dasein,
es decir al renunciar a ver a Dios como el Ser por esencia llega a desligar
libertad de culpabilidad, cosa algo sospechosa. Más adelante defiende
que la libertad no es libre arbitrio, sorprendente afirmación aunque
parece referirse al capricho, y la liga al deber, más o menos como Kano.
También la separa de la espontaneidad, y afirma que se debe unir a la
trascendencia. Éste podría ser un buen punto de partida pero el conocimiento
de Dios no le parece posible, de momento. Sin embargo, dice que “la
libertad la que es el origen del principio de razón”[16] y que “la esencia
de la verdad es la libertad” (W.W. 12), o que “la libertad es lo que
deja ser al ente” (W.W.64). Luego la libertad no es un capricho para
él. Sino que ve que cada noción de libertad está anclada en la concepción
de la verdad del pensador.
En la modernidad la verdad
se reduce a certeza según Descartes con lo que la libertad será solamente
autonomía, algo subjetivo, pobre. No amor, sino dominio. Así se llegará
al relativismo y subjetivismo actuales; quizá es el larvatus prodeo
dicho enigmáticamente Descartes. En el fondo se trata de una autolatría
y la pérdida de sentido en el hombre como declara duramente Heidegger[17]. Después ante Leibnitz
y su idea de razón suficiente, tan lejana de la creación por amor, señala
que las mónadas se caracterizan por la percepción y el apetito, es decir
el deseo. De ahí nace la filosofía moderna como una filosofía del querer,
Nietzsche ya no tendrá ningún pudor en decirlo, como veremos. En Kant
se defiende el querer de la razón, y se suprime el fin en la libertad.
La razón práctica es pura voluntad, ella es su único contenido. Hegel
pone a Dios en el centro de todo, pero reduce a Dios a un Absoluto que
se desarrolla, es un dios que se hace, y la libertad una necesidad
nada más, es decir, nada más, nada de amor, aunque se hable de vida,
y, por tanto no existe la libertad verdaderamente justificada. Nietzsche
es el otro polo de la modernidad, al afirmar la voluntad de poder.
Es decir, que la quiddidad del ser es la voluntad de poder, con un
curioso remedo de la eternidad que es el eterno retorno de los mismo.
Este retorno de lo mismo viene a ser como un deseo irrefrenable de eternidad
y un querer que parece un querer lúcido enfrentado a Dios. No puede
negar a Dios con la inteligencia, sino que quita la verdad y se enfrenta
a Él con su voluntad, como una renovación de lo que pudo ser la rebelión
inicial diabólica. Ya no importa la verdad, sino la apariencia, sabiendo,
sorprendentemente para una mente ingenua, que sabe que no está en la
verdad sino en la apariencia. Así, al mismo tiempo que se defiende al
superhombre, se rebaja el hombre a infrahombre, como estamos viendo
en la realidad social de los últimos tiempos.
Después de ver los desastres
del racionalismo en el siglo XX, quedan los efectos de esta última toma
de posición reduciendo lo ultrasensible a lo sensible en una actitud
rebelde al amor gratuito. El superhombre de Nietzsche no es más que
“un César con alma de Cristo” imposible, un querido anticristo, como
se llama a sí mismo. Es el nihilismo en sentido fuerte, como el que
se planteó Dostoievski, pero éste apuesta por Cristo sin reticencias.
Heidegger dirá que se debe llegar más lejos: a un nihilismo metafísico.
Dura afirmación. Sin embargo, hay una idea de Heidegger sobre la libertad
que puede ser muy valiosa, pues ve la libertad y la verdad estrechamente
unidas. La verdad se da como un desvelamiento ocultamiento del Ser,
un acontecimiento en la historia, con lo que la libertad dependerá de
esa revelación que siempre puede crecer: “La libertad de lo que es libre
no consiste en la libertad de lo arbitrario, ni en la sumisión a simples
leyes. La libertad es lo que oculta esclareciendo, y en la claridad
de lo cual flota este velo que oculta al Ser profundo de toda verdad,
y hace aparecer el velo como lo que oculta. La libertad es el dominio
del destino, el cual, cada vez, pone en camino un desvelamiento”[18].
La idea de destino y fatum aparece veladamente, pues cuando se desvela
la verdad no cabe la oposición, ¿y cómo se reconoce? ¿no es posible
la rebelión y el pecado? Eso no lo resuelve Heidegger, sus actividades
durante el dominio del nacionalsocialismo pueden así ser bien justificadas
al decir que este sistema era un desvelamiento del Dasein.
Respecto al Ser ¿Tiene
Heidegger la influencia del Ser en Duns Scoto sobre quién hizo la tesis?¿Es
sólo el ser común a todos los entes, es decir, un ser reducido al mundo,
o se trata del Ser por esencia del cual participan todos los entes como
dice Santo Tomás? Parece que es el ser de Scoto, o aún menos, aunque
nunca llega a expresarlo con claridad. Pero une la verdad a la libertad,
como se lee en el Evangelio, y eso ya es una gran aportación. La libertad
entonces es algo que debe conquistarse en la medida que se desvela la
verdad. Por eso propone el “paso atrás” para desenredar el ovillo antimetafísico
de la modernidad, que ha olvidado el ser y ha olvidado el olvido. Es
necesaria una memoria del Ser, como propone Cardona con valentía, contra
viento y marea. Heidegger ve que el pensamiento subjetivista lleva al
caos total y al absurdo, y debe arriesgarse a un compromiso con el Ser
y para el Ser dejando al hombre en su sitio, sin falsos pedestales que
acaban hundiéndolo, como se está viendo. ¿Por qué no usar la Revelación?
¿Por qué no aceptar un Dios Creador transcendente al cual se puede llegar
por la razón también? Quizá el motivo sea el a priori de su comienzo
de filosofar, aunque es difícil juzgar las intenciones de las personas
y su interna biografía. Difícilmente se puede aceptar que se dé en este
autor una verdadera justificación de la libertad del hombre, pues depende
del acontecimiento del Dasein solamente, no de él mismo que quiere lo
que quiere, pues posee un don realmente suyo, aunque sea donado. Por
otra parte, en el desvelamiento del Ser en la historia ve también algo
demoníaco en el camino del error junto a la historia de la verdad. Un
racionalista nunca aceptaría esta afirmación de lo diabólico o de un
verdadero pecado filosófico, podríamos decir. Pero Heidegger lo dice,
quizá sólo en plan retórico, pero también puede ser un vislumbrar algo
que no se consigue explicar, como es la realidad del error querido,
de la rebeldía lúcida, de la elección entre el hombre o Dios, en definitiva.
Más adelante
dirá Heidegger que el contenido de la verdad es la libertad, afirmación
difícil, interpretable benignamente como que la intimidad del Ser es
el Amor. Cuando ataca a los que llama metafísicos y no son más que racionalistas
o escolásticos, Heidegger dice que el Ser no se puede conceptuar pues
está más allá de lo que puede alcanzar la razón humana y esto es una
verdad que revela el esfuerzo verdaderamente metafísico del autor alemán,
aunque opinamos que se queda muy lejos del acontecimiento. En su dejar
claro que el Ser es inaprensible a la razón –un misterio diríamos los
cristianos, el Acto le llama Santo Tomás- sostiene que el contenido
de la verdad es la no-verdad, que existe un combate en el corazón de
la verdad entre lo divino y lo anti divino, entre el Ser y la Nada,
afirmaciones que tomadas literalmente son contradictorias; quizá sean
sólo alusivas o poéticas al acontecimiento del Ser en la historia, pero
que dejan ver algo pagano, probablemente gnóstico, que revelan una
pobreza en el que se considera el pastor del ser, y sabe poco de él
al no querer usar o aceptar la Revelación. Vuelvo a repetir, ¿por qué
no aceptar que es el mismo Dios quien se oculta y desvela en la historia?
Heidegger propone escuchar al ser que se desvelará. De este modo llega
a decir que “la libertad no es nunca algo puramente humano, como tampoco
algo puramente divino. Es algo menos el simple reflejo de una vecindad
de lo humano y lo divino”[19],
porque es un don del Ser. Sorprendente afirmación si no se quiere aceptar
a Dios como superior al mundo e Ipsum Esse Subsistens, pero que sería
fácil aceptar por un cristiano. Por eso Heidegger acude a místicos más
o menos panteístas como Eckart y Bhomme en lo que parece un nuevo panteísmo
o gnosticismo, que no quiere serlo y habla con expresiones que podrían
parecer de estricta espiritualidad como cuando cita a Eckart “...el
alma más fuerte y poderosa para obtener las cosas...es el alma vacía.
El alma vacía ha tomado todo. ¿Qué es el alma vacía? La que no está
atada a nada... y que totalmente sumergida por la voluntad de Dios,
ha anonadado su propia voluntad?”[20] y otros con la misma
idea de abandono o apertura a la verdad (aletheia).
Pero
en cuanto a la libertad, que es lo que nos interesa, se acaba en la
fatalidad, un destino forzado por la verdad del ser cuando se desvela
en la historia y así se llega con facilidad al totalitarismo, como de
hecho le ocurrió con la dictadura nazi, donde desarrolló un activismo
grande, no sólo pasivo, sino como rector de la Universidad de Friburgo
y en su consentimiento de expulsiones de colegas judíos. Quizá veía
un desvelarse nuevo de la verdad ante la decadencia del mundo técnico
que se reviste de democracia. Pero no es de recibo su disculpa. La libertad
individual sólo será algo menos determinada a la espera del esclarecimiento
de la verdad del ser, pero, en definitiva, no libre. La libertad para
Heidegger parece ser más bien “dejar ser” comenta Spaemann, es decir,
algo así como indiferencia, según el desvelamiento de la verdad del
ser, pero en realidad poco libre es el hombre.
En claro contraste de este
querer y no poder explicar es hermoso lo que dice Von Balhtasar sobre
la libertad: “es significativo que la idea de que Dios había creado
el mundo libremente dotándole de libertad, fue la clave de la conversión
de Chesterton y a la vez el impulso para su visión dramática de la existencia.
Después de haber estado dando vueltas a las modernas concepciones del
mundo de carácter inmanente (como materialismo, idealismo, evolucionismo)
que le hicieron oscilar alternativamente entre los extremos del optimismo
y del pesimismo, llegó la iluminación" Según la mayoría de los
filósofos, Dios esclavizó el mundo al crearlo. Según el Cristianismo
estableció, cuando lo creó, la libertad. Dios, no ha escrito tanto una
poesía como una pieza teatral: se la había imaginado perfecta, pero
tenía que dejarla necesariamente en manos de actores y directores humanos,
que desde entonces provocaron un enorme desorden" (Ortodoxia p.
132). De modo semejante Paul Claudel o Maurice Blondel describen la
constelación de fuerzas y situaciones humanas como el estado de un
drama que no tiene desenlace más que en la libertad concreta de los
hombres. Lo mismo se podría demostrar en el conjunto de la obra de Kierkegaard”[21] .
El punto de vista de Kierkegaard
Mariano Fazio nos hace un
resumen del pensamiento del danés muy interesante. Primero afirma que
el individuo es lo real frente a las abstracciones de los racionalista
de su época. “Kierkegaard fundamentará la libertad del individuo en
la omnipotencia divina, con un razonamiento de carácter exquisitamente
metafísico. En un texto del Diario de 1846 presenta una problemática
rica en historia y que es uno de los puntos clave de la teodicea: la
causalidad de Dios y el problema del mal: "toda la cuestión de
la relación entre la omnipotencia de Dios y el mal (en vez de la distinción
que Dios obra el bien y solamente permite el mal) quizás pueda resolverse
totalmente del siguiente modo: la cosa más grande que un ser puede hacer,
mucho más grande que lo que un hombre pudiera hacer por ella, es hacerla
libre. Para poder hacerlo, es precisamente necesaria la omnipotencia.
Esto parece extraño, porque la omnipotencia debería crear dependencia.
Pero si se quiere entender verdaderamente la omnipotencia, se verá que
ella comporta precisamente la determinación de poder retomarse a sí
misma en la manifestación de la omnipotencia, de manera que precisamente
por esto la cosa creada pueda, mediante la omnipotencia, ser independiente"(VII1
A 81)
Según
Fabro, la doctrina kierkegaardiana de la omnipotencia divina como causa
de la libertad creada contiene una analogía muy estrecha con la doctrina
tomista de la causalidad total de Dios de la causa creada, libertad
entendida como causa principal segunda. El texto del Diario recuerda
también a otro elemento del pensamiento del Aquinate: Dios, en cuanto
causa primera y total del ser y del actuar, no puede tener con el mundo
ni con el hombre una relación real sino sólo de razón. Kierkegaard explica
así el mismo principio: "la omnipotencia no permanece atada por
la relación con otra cosa, porque no hay nada del otro con lo que se
relaciona; se puede dar sin perder lo más mínimo de su potencia, es
decir, puede crear independencia. He aquí en lo que consiste el misterio
por el que la omnipotencia es capaz no sólo de producir lo más importante
(la totalidad del mundo visible), sino incluso lo más frágil del mundo
(es decir, una naturaleza independiente respecto a la omnipotencia)".
Y nos encaminamos hacia la conclusión de Kierkegaard: sólo la dependencia
total de Dios, fundada en la comunicación del amor de la creación, hace
posible la libertad del hombre. La omnipotencia crea de la nada: en
este sentido dependemos completamente de Dios. Pero al mismo tiempo,
creándonos de la nada, Dios omnipotente nos deja independientes y libres.
Es más, para dejarnos en libertad es necesario provenir de la nada:
si fuésemos algo delante de Dios se establecería una relación entre
dos cosas finitas. En esta dialéctica del límite es imposible el don
completo y totalmente desinteresado de la libertad: "por eso un
hombre no puede nunca hacer totalmente libre a otro hombre; quien tiene
el poder, no está por eso ligado y siempre tendrá, por tanto, una relación
falsa con aquel a quien quiere hacer libre (...) Por eso, si el hombre
gozase de la mínima consistencia autónoma delante de Dios (como pura
materia), Dios no lo podría hacer libre. La creación de la nada exige
a su vez que el Omnipotente pueda crear seres libres. A quien yo debo
absolutamente todo, mientras conserva absolutamente todo en el ser,
me ha creado independiente". El individuo que se sabe completamente
dependiente de la potencia que lo ha creado, ése es verdaderamente libre.
Una libertad que no se fundamente en Dios es una pseudo libertad: en
realidad es una libertad alienada, porque el individuo que no es alguien
delante de Dios, no posee un yo y vive fuera de sí[22].
Después de estas admirables
ideas llenas de vida, voy a añadir mi pensamiento sobre la libertad
humana. Pienso que para entender la libertad es necesario conocer mejor
a Dios, y a Dios se llega como orante pues requiere humildad intelectual
ante el escándalo del acontecimiento de la Revelación (Bienaventurado
el que nos se escandalice de Mí). Orante que pide y acepta la Palabra
que desvela la intimidad divina que es Amor vivo, intimidad en la que
da “una corriente trinitaria de Amor”, dirá San Josemaría, y con ella
lo qué es el hombre y el mundo. Un exodus reditus de Dios al mundo y
hacia el hombre dirá Bruno Forte. Pero para entender eso es necesaria
la humildad, además de la escucha, la memoria y la búsqueda. La respuesta
a estos interrogantes está en el conocimiento que se tenga de Dios.
Y, dentro de este conocimiento intuir lo que significa Amor, Agapé,
amor de benevolencia, amor gratuito, comunión, tan lejos de los malos
usos que se hacen de esta palabra. La libertad de Dios hay que entenderla
como Amor que se despliega infinitamente, y no sólo desde su Omnipotencia,
que podría llevar al capricho que describen los nominalistas diciendo
que Dios puede todo incluso decidir más allá del principio de no contradicción,
sino verla como Acto en la simplicidad divina. Libertad como Acto significa
Acción plena, Vida totalmente poseída y activa, riqueza en la verdad
e inteligibilidad, en la eternidad de esa Vida simultánea perfectamente
poseída, bondad gozosa, belleza plena.
La libertad infinita de Dios
Es significativo que los
que se mueven en el pensamiento panteísta (religioso, cultural o filosófico)
no pueden explicar la libertad, o la niegan expresamente como hace Spinoza.
Entre los que aceptan la unidad de Dios es más fácilmente aceptable,
pero no es infrecuente que o no conozcan la dignidad de la persona,
o la libertad quede en muy segundo lugar y mal explicada. La revelación
cristiana permite adentrarnos más en la verdad, pues al mostrar la Trinidad
de Personas en el Dios único hace posible conocer mejor la intimidad
de esa libertad. El Padre es perfectamente Padre y engendra libremente
un Hijo eternamente por amor y conocimiento. Se da libre y eternamente,
y tan plenamente que da toda su vida con amor fontal total por el que
el Hijo es consustancial con Él. El Padre Amante y el hijo Amado se
aman perfectamente y de ese amor total se espira eternamente el Tercero
en el Amor, que es el Espíritu Santo, Don del Padre principalmente y
Don del Hijo, Don de Dios a Dios. Persona que es vínculo de unión entre
el Padre y el Hijo. La libertad en Dios es donación total y eterna,
Vida en el sentido más pleno, sin necesidad externa, pero con impulso
irrefrenable de generosidad: ahí está el misterio. El Espíritu Santo
es la Persona Don en su procedencia y en su actuación intratrinitaria
eterna y que abre el mundo divino al mundo humano, creando y entrando
en la historia de la creación según su libertad amorosa.
La creación será un acto
libre perfecto y, por tanto, un acto de amor, que siempre es apertura.
El Padre crea como Principio sin Principio teniendo al Hijo como modelo
y el Espíritu realiza esa creación enviado por el Padre en misión creadora
pues el motivo es un amor que quiere seres que puedan disfrutar del
amor eternamente.
El sentido de libertad humana
–limitada, pero grandiosa- es amar eternamente, es una participación
en la libertad infinita de Dios. San Josemaría dice al respecto: “la libertad adquiere su auténtico sentido cuando
se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en
buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres”[23]. La libertad es algo que se tiene, pero, sirve
para crecer y es algo que se conquista. El hombre al nacer, nace libre,
y al madurar conquista la verdad que le hace libre; al amar vive la
libertad suprema que es darse al tú. Esa Verdad, por otra parte, le
es dada también, no es sólo una conquista, sobre todo en Cristo que
es la Verdad encarnada. Cuando el Tú es Dios, el hombre alcanza la plenitud
de su libertad. Como dice el beato Ramón Llull. “dime esclavo, ¿qué
es el amor? Amor es aquello que hace esclavos a los libres, y libres
a los esclavos”[24].
Esto nos conduce inevitablemente
a preguntarnos por el concepto de libertad que triunfa en Europa. La
“idea europea de libertad”, como diría Hegel, es una libertad entendida
fundamentalmente como autonomía, ya vimos como Heidegger situaba esta
idea en Descartes y Leibnitz . Pero la autonomía es más cerrarse que
abrirse; independencia o autoposesión más que apertura y donación.
Es más liberarse de algo o de alguien, “libertad de” que apertura creativa:
“libertad para” coger las riendas de mi vida y conducirla hacia algo
que valga la pena. La libertad interesa porque
hay algo más allá de la libertad misma que la supera y marca su sentido:
el bien, todo aquello que, por ser bueno, merece la pena que nos comprometamos.
Así, entendemos que la libertad de una persona se mide por la calidad
de sus vínculos: es más libre quien dispone de sí mismo de una manera
más intensa. Quien no se siente tan dueño de sí mismo como para decidir
darse del todo porque le da la gana, en el fondo no es muy libre: está
encadenado a lo pasajero, a lo trivial, al instante presente. Libertad
y compromiso no se oponen, sino que se potencian.
Bien lejos está la libertad amante de la libertad como indiferencia que
escoge caprichosamente, Cornelio Fabro descubre con inteligencia esta
falacia: “la libertad no se fundamenta en que la voluntad posea la facultad
de permanecer indiferente ante los bienes que se le ofrecen. La voluntad
se interesa por todos estos bienes que se le aparecen como tales, porque
tiene el sentido natural del bien; pero permanece libre a causa de su
secreto deseo de un bien que sobrepasa todo lo que es parcial y limitado.
Es libre, no porque pueda permanecer siempre insensible, sino porque,
pudiendo ser movida por todos los bienes, puede pasar por encima de
ellos gracias a la atracción de un bien superior.
No se refiere a la indiferencia sin pasiones del estoico, o insensibilidad
ante el bien o el mal. La libertad que se pretende definir por la indiferencia
acaba, poco a poco, por no interesarse más que por la propia afirmación
ante el mundo, y por negar hasta la posibilidad del amor y de todo interés
espontáneo por cualquier cosa distinta de sí, ya que la indiferencia
es el verdadero contrario del amor. En cambio la libertad fundada sobre
el sentido natural del bien se afirma desde el inicio como poder de
amar, y pone el amor de amistad, que es el amor propiamente dicho, como
hecho primigenio, un acto directo y primario que manifiesta su auténtica
naturaleza”[25]
Se trata, pues de distinguir dos aspectos de la libertad[26]. La libertad de que consiste en liberarse
de las esclavitudes de la ignorancia, la debilidad, los vicios, el pecado
en todas sus formas y las opresiones de otros; y la libertad para,
es decir la libertad como meta del actuar humano, que al ser más plenamente
hombre, más virtuoso, no sólo más sabio, es más perfecto, más pleno,
más logrado. Por la gracia esta libertad humana alcanza cumbres asombrosas:
“la libertad de gloria de los hijos de Dios”[27], que lleva a amar con el amor de Dios en la propia
alma[28] y responde a todos los deseos del corazón humano[29], de un modo eterno de vida vivida en plenitud que
no pasa.
“Dónde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad”[30] dice San Pablo. Jesucristo aclara este camino:
“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”[31], y seguidamente añade “Yo soy la verdad”[32]. Vale la pena recordar que el sentido de verdad
en San Juan es muy rico como indica el profesor García Moreno: “Desde esta perspectiva creemos que
hay que entender la frase "la verdad os liberará". En efecto,
el hombre está liberado cuando hace lo que debe y porque quiere. Y
eso sólo es posible cuando, en primer lugar, conoce a través de la verdad
lo que es realmente correcto. En segundo lugar, el hombre actúa con
plena y auténtica libertad cuando al contemplar la verdad la admira
y la quiere, obra por amor, movido por la fuerza interior de la fidelidad
a un querer, bajo el impulso de la lealtad a un sincero amor. Por tanto,
el actuar impulsado por la fuerza de una fidelidad inquebrantable es
lo que, en definitiva, libera al hombre. La verdad es entonces un
dinamismo interior, ‘una fuerza activa: libera del pecado, orienta
e impele la conducta, hace amar’[33]. Es preciso recordar que el concepto de verdad es
en San Juan polivalente y que una interpretación exclusivista no es
la más adecuada. El sentido, dentro de la gama que la verdad puede tener,
ha de ser dado por el contexto. Así, unas veces la verdad equivaldrá
a la realidad, a lo que ciertamente es. Otras hará referencia al contenido
de la Revelación, a ese designio salvador del que Cristo es testigo
y encarnación. Por último, la verdad puede equivaler a fidelidad,
a un amor siempre fiel. Con San Agustín podemos afirmar que "actuando
con amor actuamos con espíritu de libertad, mientras que quien actúa
con miedo lo hace con espíritu de siervo"[34]”[35].
Lo que parece claro es que en la medida que se conquista la verdad, en cualquiera
de sus sentidos, mental, moral, revelado, se es más libre. El error
y la apariencia no pueden liberar, menos aún la mentira consciente.
Nietzsche hace el primer intento lúcido de vivir en la apariencia, y
tiene muchos seguidores a principios del siglo XXI, pero los frutos
amargos ya se ven: desamor, infidelidad, frustraciones de todo tipo,
violencia y crueldad.
La conquista de la verdad nunca se acaba, pues la verdad es Cristo como
Dios, es decir, es infinita, inabarcable para las posibilidades humanas,
lo que da la posibilidad al hombre de crecer siempre en continuo progreso,
aunque sea laborioso. El santo está satisfecho, pero siempre quiere
y puede más. El cielo es libertad que nunca se acaba ni se detiene.
Todos los focos de verdad deben ser aprovechados: la razón, la fe, los
dones del Espíritu Santo. Aunque la visión beatífica en el cielo sea
mayor de todo lo posible pensado, en expresión de San Pablo es “ver
a Dios cara a cara no como en un espejo”. “El Amor de Dios marca el
camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos
a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados
de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a
preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad -tesoro
incalculable, perla maravillosa que sería triste arrojar a las bestias
(cfr. Mt VII, 6)- se emplea entera en aprender a hacer el bien (cfr.
Is I, 17)”[36]. Y añade
con fuerza San Josemaría Escrivá: “el sentido de la libertad es el
amor.
San Agustín enseña aquel famoso aforismo: “Ama y haz lo que quieras”[37] pues la “libertad es caridad”[38], y Santo Tomás apostilla que “la perfecta caridad
proviene de la libertad”[39] la raíz de esta relación está en la insuprimible
relación de la libertad al bien, que sólo en el amor alcanza su plena
realización[40]. No es la libertad indiferencia hacia todos los
bienes, o todas las posibilidades, sino que se realiza al alcanzar el
bien, el amor, la perfección, si no es así se esclaviza. “Donde no hay
amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio
de la propia libertad: allí -no obstante las apariencias- todo es coacción.
El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las
circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada,
las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el
pecado”[41]. Como dice Fernando Ocáriz: siguiendo a Santo Tomás
de Aquino: “Es necesario recuperar el amor no sólo para la libertad,
sino también para la ley (...) se entiende así la afirmación de Santo
Tomás: " quanto aliquis plus habet de caritate, plus habet de libertate"
(In III Sent,, d.29, q. Ún., a.8, qla. 3 s.c.)”[42].
Es necesario observar cómo ejerce la libertad Cristo
en cuanto hombre. Es una libertad humana perfecta, pero finita. Ayudada
por todo tipo de gracias, pero no una libertad aparente. Conocemos la
dificultad de los teólogos de la escuela de Alejandría para aceptar
la doble voluntad de Cristo, como si por ser dos voluntades libres pudiesen
oponerse, y surgirá después de Calcedonia la herejía monoteleta, que
suprime la voluntad humana en Jesús, con lo que desaparece la libertad
humana, el amor humano y lo esencial humano. Sin voluntad humana Cristo
es un mero instrumento silencioso. Esto procede de mirar más al hombre
histórico que al Cristo real. En el hombre cabe oposición por su imperfección.
Pero la esencia de la libertad no es el capricho de la oposición, o
la capacidad de rebeldía. Estas actitudes deshumanizan, como deshumaniza
el pecado y el error. La esencial de la libertad es amar, también cuando
la elección es difícil, tentada en proporción a la propia naturaleza.
Cristo sufre en la tentación del desierto, pero libremente elige la
voluntad del Padre; sufre la tentación bienintencionada de los discípulos
y la rechaza con la misma fortaleza que si fuese diabólica (quizá lo
era, sin que ellos fuesen conscientes); sufre la agonía de Getsemaní,
y su voluntad humana se adhiere a la voluntad del Padre, y lo mismo
en la Cruz, donde no hay ni un ápice de rebeldía, de no querer la voluntad
amorosa del Padre. La libertad de Cristo antes de la resurrección es
amor humano perfecto, es libre, es demostración de la libertad humana,
es obediencia y amor. Es cumbre lejana al capricho, la indiferencia
o la voluntad de poder frente a Dios, perfección de amor, que o es
libre o no es amor.
Otra perspectiva de la libertad
Después de esta larga exposición de la libertad
vista desde arriba, veamos otra perspectiva desde el mismo hombre. Si
miramos sólo el cuerpo humano, no hay libertad. Los sentidos están determinados
por el objeto. El ojo ve, quiera o no; el oído, oye; el tacto, siente,
a no ser que estén enfermos, no se quiera mirar, oír, o tocar. Los instintos
de propagar la especie, de sobrevivir, de placer y de asco llevan a
un cierto movimiento, que no es libre sino sólo instintivo, como los
animales. Los afectos son más elevados, pero son poco libres. El amor
sentimental es fluido, aunque hermoso, pero fácilmente erróneo; el odio
igual; la tristeza aleja del mal o paraliza, la ira es necesaria para
superar obstáculos, pero puede acabar en furia y ceguera, y así todos
los afectos, necesitan de la dirección de las potencias del alma: inteligencia
y voluntad.
La inteligencia es necesaria para la libertad, pues
no se quiere nada si no se conoce antes, pero el juicio intelectivo
sólo se detiene cuando quiere la voluntad. Es claro que cuando algo
repugna a la voluntad, o simplemente le disgusta, aunque sea bueno y
verdadero, se buscan razones para no detener el juicio y hacer teorías
que hagan aceptable lo que se desea con más o menos libertad o libertinaje.
El ignorante no es libre. El engañado tampoco, aunque el engaño sea
elaborado por uno mismo. El vicioso no quiere escuchar la verdad. El
sólo conocimiento de la verdad no basta. Tiene que ser un conocimiento
pleno que llegue a la voluntad para de verdad ser libre. Decir que la
inteligencia es libre porque está abierta al infinito no me parece solución
suficiente, primero porque el infinito no es conocido, segundo porque
sólo llegaría a una libertad de indiferencia ante las muchas posibilidades.
No me parece que la libertad se pueda explicar sólo así.
Decir que la voluntad está abierta al infinito y que elige los medios, también
deja insatisfecho, aunque sea verdadero, pues no parece llegar a la
fuerza de la libertad. La voluntad sola es ciega, este es el problema.
La voluntad quiere y debe ser dirigida por el amor bueno. La voluntad
es la penúltima raíz de la libertad. La voluntad es atraída por el bien,
pero de un modo no determinado y necesario como ocurre a los sentidos,
pues cabe tender a una bondad falsificada que esclaviza, o cabe tener
malicia, cosa que algunos querrán negar, y además cabe el autoengaño.
Esa bondad y malicia le viene de ella misma, y de que el bien final
se le manifiesta a través de bienes particulares que pueden ser engañosos,
por ser también finitos. De una parte la inteligencia le informa, pero
la decisión, aún siendo libre ya, tiene una raíz más honda, pues la
voluntad es ciega, y necesita ser guiada por el conocimiento propio.
Sin humildad, que es “vivir en verdad”, como dice Santa Teresa de Jesús,
se llena de orgullo y puede alcanzar la libertad falsa de la voluntad
de poder o de la fuerza. La voluntad sola, al ser ciega, no puede ser
la última raíz de la libertad. Es necesaria, pero no es lo último. La
inteligencia necesita y ayuda a la libertad, pero tampoco es lo último.
Luego, ¿qué es lo último?
Lo último en la libertad es el acto de ser personal[43]. Flaco servicio hacen al hombre los que ponen la
persona en la autoconciencia del individuo, entonces el embrión no sería
persona y el aborto sería moralmente aceptable, aunque existan otras
razones para oponerse a él; además Cristo no sería Dios, y así mil errores
importantes como que los locos poca persona serían etc. La persona está
en el acto de ser recibido de Dios como don principal suyo. Este acto
de ser es el que da una vida nueva al alma humana y, por ella, al cuerpo,
que así es cuerpo espiritual, como dice San Pablo.
La persona humana como acto de ser participa del
Ser por Esencia, que es Dios. Por ello se puede decir que Dios es más
íntimo a nosotros que nosotros mismos (el intimior intimo meo de San
Agustín) sin caer en el panteísmo, pues por medio está la riquísima
idea platónica de la participación, tan aprovechada por Santo Tomás
de Aquino. Pero Dios es libertad, Dios es Amor. En la participación
es esa libertad, y en ese amor, reside la fuerza de la persona humana.
“’Ser uno mismo delante de Dios’ es asumir plenamente la propia condición
metafísica, y es la raíz de la vida moral. ‘Este es el origen y la fuente
de toda originalidad. El que ha osado esto es que tiene propiedad, es
decir, ha logrado saber lo que Dios le había dado y cree, absolutamente
y por eso mismo, en el carácter propio de cada uno. En efecto, el carácter
propio no es mío, sino es un don de Dios, con que concede el ser. Esta
es la insondable fuente de bondad en la bondad de Dios: que Él, el Omnipotente,
da de modo que el que recibe obtiene propiedad’(S.Kierkegaard, los actos
del amor, trad it Rusconi, milán 1983, p. 459)”[44]. Maravillosas palabras que se pueden perder si
se intenta seguir las abstracciones de los racionalistas, también los
escolásticos. La metafísica es útil para todo, podemos decir parafraseando
las palabras de San Pablo sobre la piedad, pero entenderla no es de
todos, y reducirla a abstracciones vacías es lo que se ha hecho siglo
tras siglo. Veamos lo que dice Cardona, que sí ha entendido la metafísica
y con ella la persona humana: “Es la propiedad privada de su acto de
ser lo que constituye propiamente a la persona, y la diferencia de cualquier
otra parte del universo. Esta propiedad comporta su propia y personal
relación a Dios, predicación predicamental –como ya hemos dicho, accidental-,
que sigue al acto de ser, a la efectiva creación de cada hombre, de
cada persona, señalándole ya para toda la eternidad como alguien
delante de Dios y para siempre, indicando así su fin en la unión
personal y amorosa con Él, que es su destino eterno y el sentido exacto
de su historia personal en la tierra y en el tiempo”[45], y añadiría de la eternidad, pues es para siempre.
De ahí que sea tan importante conocer a Dios para
poder conocer al hombre, como hemos repetido muchas veces. En concreto,
respecto a la libertad. Dios es libre, porque es Amor y porque es Vida.
La libertad divina como acto puro es el fundamento de la libertad creada
que participa de ese Acto, y por ello es libre, creativa, ambiciosa,
ascendente, fuerte, irrenunciable, insatisfecha con todo lo que sea
caduco, porque aspira al amor eterno, a la comunión con Dios mismo,
a participar en la corriente trinitaria de amor de las Tres Personas
divinas que se aman y se dan libremente por toda la eternidad en un
ahora perpetuo. El hombre es alguien, irrepetible, único, con una sola
vida para vivir, que comienza, pero no termina. Ante Dios quiere decir
que, aunque sea necesario vivir en sociedad y la cultura lo determine
en buena parte, lo esencial es la actitud que tome “a solas con Dios”
interrogado por el que todo lo sabe, pero con mirada paternal, exigente,
y tan amorosa que ayuda con gracias que llegan antes de ser pedidas,
y, por supuesto siempre que se las pide, es más, que perdona cuando
el hombre pierde la libertad amante cambiándola por la libertad errante
del pecado. Dios que está en la intimidad del hombre, en el sagrario
de su conciencia, hablando, suavemente, o a voces, pero siempre con
silbos amorosos. La respuesta la marca la responsabilidad, que hace
esposo de la acción libremente elegida. Y ¿qué pide Dios? pide, mendiga,
amor sincero, amor gratuito que haya superado las mil máscaras del amor
propio. ¿Hasta dónde? Siempre hay un más arriba, el límite es amar como
Cristo amó y ama. Además, para siempre. Algo imposible para los que
quieren reducir el hombre a lo caduco. Y la muerte pasa de castigo a
puerta abierta a la eternidad en perfecta posesión de la belleza, de
la vida, del amor que sólo Dios puede dar, pues se da Él mismo. El mismo
infierno es una autoexclusión del amor divino, que rechaza, en la obstinación
del pecado, la gracia para salvarse, es decir, es fruto de la libertad
humana, de cerrarse libremente al amor total. La libertad del pecador
es realmente libertad, aunque se puedan encontrar mil excusas al pecado.
En la medida en que es más lúcido es más responsable. Sin esa libertad,
la vida humana sería una gran trivialidad, algo sin sustancia, un videojuego,
un film al modo de Matrix en realidades virtuales superpuestas. Y eso
no es así. Como dice Fabro: “existir significa ser para llegar a ser
uno mismo ante Dios en Cristo. La libertad nos es dada para que el hombre
se forme a sí mismo según la forma de su finalidad; la forma de su finalidad
es la elección de su último fin, y el último fin es Dios: no el Dios
abstracto de los filósofos (el Dios de Aristóteles, el Dios de Platón,
el Dios de Epicuro) sino el Dios de Cristo, porque es un hecho histórico
que el Verbo se ha hecho carne”[46]
Una visión positiva de la libertad, basada en la
fe, la ve como don de Dios que nace en el Amor divino y a él lleva en
un acto de libertad amante bien lejano de la libertad errante, que da
el fruto amargo del pecado. En el fondo nos dice que el perfectamente
libre es el santo, el que ama con el amor divino en su persona humana
y de ahí en su alma y su cuerpo. Esto tiene repercusiones prácticas
claras en lo individual y lo social.
Queda entonces la libertad de pecar. ¿Es real? Sin
libertad no se puede pecar. La moralidad incluye la santidad y el pecado,
pero exige que el hombre sea libre Es bien conocida la respuesta de
Santo Tomás cuando dice que elegir el mal es signo de libertad, pero
que en realidad es falta de libertad. En la línea de lo que acabamos
de decir, podemos distinguir entre la libertad de Dios, que es perfecta
y siempre es donación y amor. La libertad del santo que es donación
lograda con esfuerzo y lucha ayudado por la gracia, que permite la novedosa
libertad de gloria de los hijos de Dios anunciada por San Pablo. Y la
libertad del pecador. En este caso también es el amor el que mueve al
hombre, pero en lugar del amor gratuito, o el Amor de Dios, amor que
libera y lleva a la libertad amante, se da un amor propio, un egoísmo,
una malicia verdadera, que puede existir porque la libertad del hombre
es una libertad finita, no infinita, y nace de un querer contra Dios,
o al margen de Dios. En este caso se alcanza una libertad errante, libertad
encadenada, libertad esclava, que puede llegar a la muerte segunda de
la condenación eterna –autoexclusión del amor de Dios- endurecimiento
que rechaza la gracia de la conversión. Por contraste se advierte aquí
el poder de la libertad también cuando yerra. No se puede dejar de pensar
en lo que describen Heidegger y Kierkegaard, aunque en distinto sentido,
al hablar de lo demoníaco. Cerrarse en lo natural solamente sería naturalismo,
que desconoce la totalidad, y con ello la realidad. La fuerza oscura
–dentro y fuera del hombre existe- y, aunque no se pueda llegar al dualismo
gnóstico, es comprensible que alguna solución se quiera dar al tema
evidente del mal –misterio de los misterios- si se desconoce la revelación.
El ángel caído existe y tiene un radio de acción en la historia difícil
de detectar, pero real.
La libertad humana y angélica de pecar encierra
un gran misterio, pues se trata de un auténtico desamor, rebeldía más
o menos lúcida, que puede llegar al odio a Dios. Si la raíz de
la libertad buena es el amor que le lleva a ser una libertad conquistada,
plena, elevadora, aunque no fácil. La libertad errante del pecado, deshumaniza
y se explica por la finitud de la libertad que unida a la aspiración
de infinitud quiere alcanzar la plenitud no como orante, como un don
pedido como hijo, sino por sus propias fuerzas consideradas como autosuficientes
y rebeldes al don paterno, o más bien, intentar ser como Dios, según
nos dice el relato genesíaco respecto al hombre tentado; pero que sería
mucho más grave en el pecado de los ángeles rebeldes. El pecado esclaviza,
unas veces a la mente, otras la voluntad, o las pasiones, o los sentidos,
y degrada la persona en su intimidad, la hace mala. Conviene decir con
claridad que el pecado no es un error, o una necesidad venida del cuerpo
o de la sociedad. La Ilustración nos ha engañado, decía Steiner en el
Congreso de la Sorbonne sobre los 2000 años de cristianismo; y añadía
que durante doscientos años han afirmado que el hombre es bueno, y no
es verdad –decía con pasión- nos han quitado el pecado original, pero
no somos inocentes. Es posible que su reflexión –casi ex abrupto-se
debiese a los frutos amargos de los totalitarismos del siglo breve –1914
a 1989- engendrados por las ideologías ilustradas, frutos amargos de
los racionalismos. Más moderadamente, y con la experiencia de la Iglesia
como experta en humanidad podemos decir que el pecado es un acto libre
y real, un desamor, una ofensa a Dios, una impiedad en el sentido fuerte
de asebeia. Afirmar otra cosa es una ingenuidad, o un intento de justificación
personal, o una insuficiencia intelectual por perder el fundamento,
como hemos intentado demostrar aquí.
San Josemaría destaca el
misterio lleno de luz de la libertad “nunca podremos acabar de entender
esa libertad de Jesucristo, inmensa —infinita— como su amor. Pero el
tesoro preciosísimo de su generoso holocausto nos debe mover a pensar:
¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz
de seguir tus pasos, pero también de ofenderte? Llegamos así a calibrar
el recto uso de la libertad si se dispone hacia el bien; y su equivocada
orientación, cuando con esa facultad el hombre se olvida, se aparta
del Amor de los amores”[47].
La libertad lograda es libertad amante, y el pecado es fruto del desamor
orgulloso. Pero profundizando, en la misma línea de Heidegger que debió
tomarlo del evangelio, más o menos consciente, señala san Josemaría
lo que Cristo enseña y revela: veritas liberabit vos[48];
“la verdad os hará libres. ¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma
en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la
alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus
criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto
de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan
gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de
eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No
lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más
íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de
los que aman al Señor por encima de todas las cosas”[49].
Como dice Edith Stein “¿Qué
quiere decir que el hombre es responsable de sí mismo? Quiere decir
que de él depende lo que él es, y que se le exige hacer de sí mismo
algo concreto: puede y debe formarse a sí mismo. ¿Qué quieren decir
ese «él» y ese «sí mismo», ese «puede» y ese «debe», y ese «formarse»?
Él es alguien que dice de sí mismo yo. Eso no puede hacerlo un animal.
Cuando miro a un animal a los ojos, hay en ellos algo que me mira a
mí. Miro dentro de un interior, dentro de un alma que nota mi mirada
y mi presencia. Pero se trata de un alma muda y prisionera: prisionera
en sí misma, incapaz de ir detrás de sí y de captarse a sí misma, incapaz
de salir de sí y acercarse a mí.
Cuando miro a un hombre
a los ojos, su mirada me responde. Me deja penetrar en su interior,
o bien me rechaza. Es señor de su alma, y puede abrir y cerrar sus puertas.
Puede salir de sí mismo y entrar en las cosas. Cuando dos hombres se
miran, están frente afrente un yo y otro yo. Puede tratarse de un encuentro
a la puerta o de un encuentro en el interior. Si se trata de un encuentro
en el interior, el otro yo es un tú. La mirada del hombre habla. Un
yo dueño de sí mismo y despierto me mira desde esos ojos. Solemos decir
también: una persona libre y espiritual. Ser persona quiere decir ser
libre y espiritual. Que el hombre es persona: esto es lo que lo distingue
de todos los seres de la naturaleza”[50].
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