Ser amoroso

 

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Ser amoroso

El hombre, por ser persona, es un ser amoroso. Es libre para amar, veíamos en el capítulo anterior. Sin amor su vida es una frustración, un infierno mundano o extramundano. La libertad y el amor no pueden vivir separados, se exigen mutuamente. Defendimos en su momento que el acto ser que constituye la persona humana es trinitario porque el Esse del que participa es la Trinidad misma. Dios es Amor, pero no Amor solitario, no es un Amor concéntrico, sino abierto en plenitud. Ya explicamos  algo del misterio de la Trinidad, y basta recordar que cada Persona ama según su ser personal diverso. El Padre engendra intelectualmente al Hijo, que es su Imagen, su Verbo, su Palabra, en un acto de amor paternal. El Hijo es el Amado. El Espíritu Santo es la persona Don. Como dice Ramón Llull: son Amante, Amado y Amador. A nosotros nos cuesta apreciar esta riqueza, que es coeterna y consubstancial, y que lleva una comunión tan plena que son un solo Dios: Unidad total y amorosa. Pero ahí radica la luz para entender lo que es una persona humana. El hombre es una persona que ama de un modo ternario. Las Personas divinas se diferencian por las relaciones de oposición, su característica la constituyen las relaciones subsistentes: Paternidad, Filiación,  Espiración activa. El ser personal, que es el hombre, es un ser relacional, ante Dios, ante los hombres y ante las creación entera.

Edith Stein señala que “Salir de sí mismo es de la esencia del ser espiritual”[1]. La persona humana es radicalmente relacional, con una relación de amor. Primero con Dios –distinguiendo en su amor a las Tres Personas divinas, aunque no todos lo sientan  y vean conscientemente-. Después con las demás personas con multitud de relaciones: esposos, hijos, descendientes, amigos. Luego, esa relación se abre al mundo sobre el que debe dominar, reinar por delegación,  con un verdadero amor inteligente. Entremos más en detalle en lo que es amor.

Los griegos analizaron con su característica perspicacia el amor humano distinguiendo entre eros (eros, ágape (agape) y fillein (fillein). “El amor humano puede desplegarse como eros (deseo) o como agapé (donación efusiva). El eros es un desencadenamiento sin límites hacia algo que se necesita y cuyo otorgamiento presupone, por tanto, unilatelateralidad. La donación efusiva, por el contrario, presupone cierta plenitud que se expande, haciendo desaparecer  la desigualdad con "lo otro". Eros surge “ex indigentia", de la pobreza; la agapé, “ex plenitudine” de la sobreabundancia. El eros estimula energías anhelantes; el agapé, en cambio, promueve energías desbordantes para ampliar en número de centros "donantes"”[2]. Pieper matiza los contenidos etimológicos en el ámbito precristiano de los griegos: “eros, la palabra griega aceptada por todas las lenguas europeas, tiene una significación mucho menos clara de lo que ciertos intérpretes han afirmado. No es preciso adentrarse gran cosa en los Diálogos de Platón para darse cuenta de la pluralidad de dimensiones que ofrece el área de su significación. Puede dar a entender la inclinación que se inflama ante lo corporalmente bello; la locura divina (theia mania), el impulso de meditación religiosa sobre el mundo y la existencia, el ímpetu de la ascensión hasta la contemplación de lo divinamente hermoso. A esto llama Platón "Eros". En Sófocles hay un lugar donde esta palabra quiere decir algo así como "alegría apasionada”[3]

Pero hay más, se da otro nivel del amor que es el propio de fillein, querer el bien del otro en una superación del yo aún mayor, que de un modo paradójico, le enriquece extraordinariamente. De nuevo Pieper matiza el sentido griego antiguo: “philía, a pesar de quedar restringida al traducirla por "amistad", es un vocablo que parece acentuar, lo mismo que el verbo de donde proviene, philein, el sentimiento de solidaridad, no sólo entre amigos, sino también entre casados, compatriotas y entre todas las personas de las que se predica. Cuando Antígona está pronunciando la célebre frase “no he sido hecha para odiar, sino para amar", no emplea ni el verbo eros ni el ágape, sino el verbo philein”[4] .

Podríamos relacionar está riqueza del amor con los trascendentales del Esse, que podemos llamar también manifestaciones ad extra de la Trinidad. El amor como admiración (eros) corresponde a la atracción que produce la belleza. Ciertamente la sensibilidad estética, física, cultural y moral cuenta mucho para poder apreciar lo bello. Cabe incluso que se diga que gusta o atrae lo apariencial o lo feo o, menos bello, pero siempre es por defecto del que es atraído. Siempre será el primer paso del amor la atracción por la belleza desde las formas más exteriores hasta las más elevadas y espirituales. El segundo paso es la donación, quizá precedida por una donación al otro (ágape), ciertamente si hay correspondencia es más fácil, pero cabe amar gratuitamente y con desinterés, o, incluso, con una cierta repugnancia. Este movimiento corresponde al trascendental del Bien. Aquí se mueve el campo moral con toda su fuerza y excelencia entrando todas las capacidades y virtudes según su orden. La persona buena cada vez tiene más atracción por el bien. La persona endurecida en el mal siente aversión al Bien y a los que viven moralmente bien. En tercer lugar viene la unión, la koinonía, la participación en la pericorésis trinitaria, el que el yo se une con el tú, sin dejar de ser un yo personal, es más, siendo más rico, porque el amado, otro yo, le llena su intimidad. A la apertura del ágape (salir de sí mismo, éxtasis) viene la recepción y plenitud del enriquecimiento de la comunión espiritual: entenderse, quererse, gozar de la alegría de ser querido y de querer, sin mentiras ni utilitarismos, ser querido por uno mismo, no por lo que se tiene,  sino por lo que se es. Y se dilata el yo personal para dar más, porque tiene mucho más riqueza y el crecimiento recíproco es exponencial. Esta manifestación del amor corresponde al trascendental unum, seguida y acompañada del verum, que en realidad, es indispensable en todos los niveles, pues evita las mentiras y los engaños, asesinos del amor. Una belleza falsa puede atraer, hasta que se quita la máscara. Un darse con motivos no rectos durará lo que dure el engaño, hasta el descubrimiento de que no se puede dar así por que se sabe utilizado, no amado. La unión lleva a superar todas las mentiras que históricamente acumula el ser humano, hasta alcanzar la verdad eterna que permite que el unum sea pleno según la Unidad divina es una porque las Tres Personas son amor pleno y verdadero con distintas personalidades.  

Vivir humanamente lleva a  “la civilización del amor”, propuesta por Pablo VI y Juan Pablo II, aunque sólo a nivel humano. A muchos hombres les parece imposible y utópica la propuesta al con escepticismo los resultados históricos, no muy alentadores. La acción de Dios puede hacer posible, real e histórica, esta civilización y cultura del amor. Pero no sin nosotros y el misterio de la libertad del hombre surge de nuevo en esta lucha que quiere ser esperanzada por un mundo mejor.

Melendo da una expresión de amor al hombre aún más hermosa y que corresponde a un grado aún más alto que el ágape de querer el bien del otros, es la filia en sentido último. Amar es “enseñar a amar al otro”[5], lo mejor que puedo dar al otro es que sea amigo, es decir, que aprenda a amar. Sólo conseguiré que sea feliz aquél a quién yo amo, si alcanzo a que aprenda a amar generosamente. Si aprende a darse en actos aparentemente poco utilitaristas, pero, de un modo sorprendente, altamente satisfactorios. Aplicando estas ideas a la educación, las leyes, los medios de comunicación, las diversiones, las cárceles, etc. Se alcanza una civilización distinta de la individualista o de la colectivista. Ciertamente este modo de vivir no existe más que en pequeños grupos, pero pueden ser el fermento de un paso adelante en la historia humana.

La reducción del amor a sólo eros,  es decir, a deseo apremiante; primero reduce el mismo eros que también es admiración. El verdadero comienzo del amor personal comienza en la admiración, no el deseo de posesión. El sólo deseo mira la propia necesidad, real o artificial, y en ese deseo, que necesita ser satisfecho pronto, ya no percibe las fases siguientes. Así engendra un empobrecimiento, un vacío por insuficiencia. El amor se ha quedado en egoísmo, y no es ni plenitud humana, ni madurez. La persona humana tiene que madurar, y madurar es aprender a amar, a dar, a darse y a dar ser.

El ágape es más rico, pues es dar o, incluso, darse, pero desconoce que el amado también necesita ser amante, que también puede,  y necesita, dar y darse. Está en el buen camino, hacer crecer a la persona que ama, pero también es insuficiente. En ámbito griego tiene sentido, pero los cristianos lo amplían: “Agape, como sustantivo adquirió carta de naturaleza en griego bíblico allí se toma en sentido absoluto como en 1Jn 4,18: "en el amor no hay temor, porque el amor perfecto desecha el temor". En el amor ¿a quién? Habría que preguntar. ¿O quizá quiere decir en el amor de quién?, del otro como amante. Amar también es dejarse amar por quién es digno, sin ello se daría un orgullo oculto”[6].

Philein es más rico que ágape y eros, pero no bastan para mostrar la riqueza del amor humano. ¿Qué falta pues? Recordar que el acto de ser que constituye a la persona es participación del Esse divino, y el Esse  – Dios - es “una corriente trinitaria de amor”[7] vive una koinonía, comunión plena y total hasta el Uno perfecto que es el Dios único. La maravillosa idea de pericoresis pericoresis nos lleva vislumbrar lo que es  el Amor en su realidad plena de unión y comunión.

Es  de gran importancia lo que los teólogos griegos llaman pericorésis y los latinos circumincessio. La podemos expresar como comunión perfecta. Cada Persona divina está totalmente en las otras dos en un acto de amor tan perfecto y unitivo, que integran eternamente un solo Dios único, valga la redundancia. Un Dios que es Uno, pero no solitario. Más que decir que Dios Uno también es Trino, es mejor decir que Dios Trinidad tiene que ser Uno por la unión de amor perfecta entre los Tres. Un Dios en que su gozo eterno es amar perfectamente –dar, darse y dar ser-. El Padre como Padre –amor originario, fontal, engendrador, Amante-; El Hijo como Hijo –Amado, Verbo, Palabra, Modelo, Logos del Padre-; El Espíritu Santo como Don del Padre principalmente y Don del Hijo – Vínculo, Don, Dador de Vida, Dedo del Eterno Padre, Condilecto, Tercero en el Amor, Amador-. Así se abre a los ojos un misterio que nunca se acaba, ni puede ser agotado, pero en el que lo que se conoce es altamente enriquecedor para conocer al hombre como persona,  y también a toda la Creación.  

Con esta luz volvemos al hombre y le vemos amoroso, capaz de amar y ser amado por Dios en una comunión inefable. Ésta es la gran aspiración humana inserta en su persona creada, no sólo en su alma o en su cuerpo. Sólo los espíritus pueden estar uno en el otro. “Yo en ti, y tú en mí”. Sin perder la propia identidad, se alcanza la perfección del amor. Me enriquezco contigo y me doy a ti.

En las relaciones humanas se advierte esa tendencia, casi necesidad de unión y comunión. Se ve en la familia, en la unión sexual no egoísta, en la amistad, en el fin de los pueblos, que es la amistad entre los hombres. Los logros económicos son loables, pero insuficientes. El fin de un pueblo no es el producto nacional bruto, sino que los miembros de ese pueblo sean amigos o, más aún, hermanos, es decir, que se amen. Un cristiano añadirá que el fin de un pueblo es la comunión de sus miembros, formar una comunidad de personas amantes cohesionada por Dios. El fin de la comunidad humana es que todos los pueblos formen un solo pueblo, el de los hijos de Dios. De hecho, la esperanza cristiana habla que en la segunda venida de Cristo se dará esa unión de todos con Dios y entre los hombres ya purificados de sus egoísmos y odios.

En la relación con Dios la revelación nos dice que “Dios nos amó primero”[8], sin necesidad, sin indigencia, sin egoísmo, adelantándose a la donación humana; es más, haciéndola posible. Da el ser, da el alma, da la vida, da el cuerpo, da la tierra, el cosmos, da la recreación, que es la gracia, da la revelación que guía, se da a sí mismo en locura de amor. “El acto efusivo por antonomasia es la encarnación del Verbo”[9]. Toda la vida del Hijo hecho Hombre, del Verbo encarnado, del Logos en el ser humano es amor, donación y, sobre todo, efusión de dar ser, hasta llegar a la divinización del hombre (teiósis teiosis), que, sin perder su identidad de persona humana, se endiosa con un endiosamiento humilde, porque al ser verdad, no enorgullece, sino que llena de agradecimiento filial. La persona ha alcanzado su plenitud, como don y como tarea libre, tiene vida eterna. Ama, es amado y vive en comunión incorporado a las procesiones divinas y a las riquezas de los humanos que han sabido amar. Plenitud que llegará al colmo con la divinización del cuerpo humano y de la tierra en el final de la historia, que no es término, sino consumación. Se realiza así la Recapitulación de todo en Cristo, que como Hombre, es Cabeza de toda la humanidad y de toda la Creación[10].

Las edades del amor personal

La persona  es amorosa en diverso modo en sus etapas de crecimiento en el tiempo, no sólo en general como acabamos de ver. Los primeros años de la vida se manifiestan primero en una indigencia total, que poco se hace autónoma, pero muy poco. Se necesita alimento, cobijo, y afecto, manifestado en caricias, palabras, ternura. El niño ama dejándose amar. El suyo es un amor egocéntrico, no egoísta. Su mundo está centrado en su cuerpo primero, y después mucho en su yo. Necesita ser querido con una urgencia clamorosa incluso en los lloros y exigencias. Necesita, poco a poco, ser educado para que aprenda a amar, pues podría estancarse toda la vida en la etapa egocéntrica. El hermanito es deseado como un compañero de juegos, pero se convierte con facilidad en un competidor, y sobrevienen los celos. Su superación es bien conocida, pero necesaria y difícil.

En las etapas de adolescencia y primera juventud, no fácilmente distinguibles, el cambio es sustancial. En la antigüedad las madres serían hoy simplemente adolescentes irresponsables, y muchos que se llaman jóvenes inmaduros podrían ser abuelos, haber guerreado, creado cosas y llevar muchas lunas de trabajo y aventuras, no sólo la dispersión de la diversión obligatoria del fin de semana agotador del individualismo infantilizante. En esta etapa juvenil  se aprecia el descubrimiento de los otros, del tú, de los amigos. Se agrupan para sentirse seguros, visten casi igual, tienen los mismos gustos, las mismas histerias. Necesitan ser aprobados por el grupo. Aman más abiertamente, prescindo aquí de los casos aberrantes o desviados, pero necesitan ser aceptados, no pueden vivir sin grupo, el aislamiento puede ser dañino en esta etapa, también la elección de los amigos tiene consecuencias. El amor aún es muy imperfecto e inmaduro. Amar es menos egocéntrico, pero casi consiste en ser aceptado por el grupo.

Aunque la madurez es un término demasiado elástico, se puede decir que llega un momento en que el amor pasa a estar más pendiente del tú que del yo. Se quiere el bien del otro. Los que han crecido sin llegar a este modo de amar, fácilmente se separan, se odian o llegan a extrañas mezclas de amor y odio, pues el odio que surge del amor, más o menos despechado, puede ser terrible. Los resentimientos del que no sabe amar puede llevar a diversos sufrimientos o malísimas decisiones.

En el grado más alto, y dando vida a los amores humanos, está el amor de Dios y a Dios. Si realmente reside en el corazón hace suave el amor humano llegando a algo que los no creyentes, o mal creyentes, dicen que es imposible: el amor a los enemigos. En un mundo histórico, en el que continuamente hay ofensas y agravios, se necesita esta forma de amar que se llama perdón. La misma palabra perdón está constituida  por la partícula “per” que indica intensidad en la acción o pasión y el término “don” que es la forma privilegiada de expresar el amor. Perdonar es una forma especialmente intensa de amar, porque se ama a quien ha ofendido, quizá gravemente. Se ama a quien no se lo merece. Amo a quién no me ama. No quiere decir que no se deba aplicar la justicia al injusto agresor, sino que se debe hacer sin odio, sin venganza agria, se le debe amar siempre, aunque se le aplique un castigo que sea corrección necesaria en previsión de males mayores para él o para otros.

Las hondas del amor

Otro punto de vista de este tema oceánico lo da Maurice Blondel[11] cuando habla de la volonté voulante ( lo que quiero y deseo en el fondo) y la volonté volue (lo que de hecho he querido) ve un contraste entre ellas si se oponen, que lleva a una insatisfacción de no saber querer o amar, diríamos nosotros, de un amor fracasado, o que tiene buscar cotas más altas para alcanzar la plenitud que le dejan en inquietud como repetidamente se cita de San Agustín[12]. Este proceso de alcanzar los deseos profundos a través de un querer que crece lo establece en nueve ondas que no excluyen la anterior, pero que la superan en un amor más alto y más perfecto.     

a)     Amor a la naturaleza. Es positivo, pero claramente insuficiente al hombre. Es interesante observar cómo en el mundo antiguo, no hace mucho, menos de un siglo desde luego, la naturaleza no humanizada o cultivada, se le llama salvaje, porque es agresiva al hombre que debe superar esa situación inhóspita. En la sociedad urbanita, o de macrociudades, se anhela ese mundo; eso sí, con algunas, si no todas, las ventajas de la tecnología. Es un factor positivo evitar los abusos de una sociedad industrializada y sin conciencia en la que sólo cuenta los intereses económicos; pero el buen salvaje es más estético que real, y en la práctica fuente de muy poco amor.

b) La vida interior del hombre, en general, es la segunda onda. El hombre es un microcosmos, supera al hombre salvaje y puede tener un mundo interior rico en sabiduría. Es un segundo nivel de amor aún muy egocéntrico.

c) El amor a los otros es la tercera onda, mucho más rica como hemos visto antes, pero poco personalizada, podemos llamarla filantrópica en general, pero la Humanidad es un universal abstracto, que no existe. Sólo existen las personas concretas.

d) El amor familiar es mucho más rico y personal. La ligazón de una familia es el amor, lazo no sustituible por nada, como se intentó en los kibbutz, o en diversos intentos colectivistas siempre fracasados. En la familia se quiere a sus miembros por sí mismos, porque están ahí, no por sus cualidades o méritos. Es el mejor recurso en las limitaciones de la infancia, la adolescencia y la vejez; así como en los problemas económicos y emocionales. Aunque siempre hay defectos, y no sacia plenamente al ser humano.

e) La vida comunitaria. La familia no puede solucionar todos los problemas humanos, salvo en caso de vida semisalvaje o de supervivencia. Son convenientes, o necesarios, escuelas a distintos niveles, arte, industrias, y diversas formas de organización que eviten la disgregación y alcancen un bien común imposible de alcanzar por una persona aislada, o una sola familia, o clan. El amor llega a más personas. Sin un mínimo grado de amor la sociedad se disgrega. Los intentos de aglutinar la sociedad por interés, o por la fuerza, se han mostrado una y otra vez imposibles y contraproducentes.

f) Una comunidad universal. Parece imposible, pues cuando se llega a grandes agrupaciones, como los imperios, éstos suelen luchar entre sí. Las globalizaciones por técnicas de comunicación han dejado casi intactas las diferencias culturales y las luchas pueden ser peores. El peligro de una tiranía mundial es una llamada  de atención de muchos. Aún así, el amor a todos los hombres, de todos los pueblos y culturas es un desideratum. Este amor fraternal universal es deseable, pero la historia no ha mostrado hasta ahora ningún caso donde se halla dado. Cristo promete al final de los tiempos una unión de todos los pueblos en uno, para ello hace falta un amor muy grande y una ayuda de Dios.

g) Amor a los valores morales. Hasta los delincuentes necesitan un mínimo moral para no ser infieles inmediatamente y perder sus planes perversos. Paz, amor, justicia, libertad son los grandes ideales de todo hombre. Sin ellos todo reino o imperio es una tiranía que lleva a las personas a perder su dignidad humana. Si se dan, el amor es más grande, pues ama a los hombres, aislados o asociados, no sólo por ser humanos, o vecinos, o compatriotas, o colegas, sino por ser buenos, por ser amables, por ser generosos, justos, solidarios etc. El amor se hace más intenso al amar lo que es bueno.

h) Amor que supera los límites de espacio y tiempo. Es conocida la influencia de la historia en los hombres pues influye en su manera de pensar y sentir, y para recordar rencores y venganzas. Sólo el amor puede purificar la memoria histórica en actos de petición y donación de perdón continuamente renovados. Sin el perdón se hace imposible la paz. Pienso que, sin la creencia en un Dios misericordioso en su justicia, es imposible alcanzar estas cotas de amor que alcanza el perdón histórico. De hecho, muy pocos se atreven a hacerlo, y, posiblemente, ni lo entiendan.

i) Amor religioso. Es el único que puede alcanzar dos dimensiones de amor indispensables: ser infinito y eterno. Ya hemos visto algo de él, y veremos mucho más cuando estudiemos la vida mística como camino y elevación al amor perfecto.

Aunque los caminos reales del ser humano son impredecibles, por la misma esencia de la libertad. Se observa una gradación de crecimiento en el amor de menos a más, que puede ser un buen acceso al amor total. Pero no deja de ser frecuente que sea el camino inverso el recorrido. Por amor a Dios se ama a la Comunidad universal, al propio pueblo, la propia familia, a uno mismo sin orgullo, y a la naturaleza vestida de la hermosura del Creador

Como dice Polo: “el cristiano ha de amar a los demás porque y como Dios le ha amado antes. El amor divino hacia los hombres se plantea en términos de donación. Dios sería “otro” inasequible para mí, si sólo Dios pudiera dar, y yo no, es decir: si Dios se limitase a colmar el deseo humano. Al contrario: la gracia divina desvanece la incapacidad del hombre otorgándole la disposición de obrar: Domine, quid vis faciam? Dios despierta en el cristiano la ágape como correspondencia media por Él. Por eso, creación y elevación están en la misma línea”[13]

Ya estudiaremos la recreación de la persona por la gracia que lleva a amar con amor divino, pero ahora nos interesa profundizar en el amor personal humano, amor de creatura libre. Dios está presente en el acto de ser personal por la presencia participada de su vida trinitaria, de su corriente de amor. Pero Él “nos amó primero”[14], es decir, no nos ama porque existamos, porque seamos buenos, porque seamos sus hijos, por amarle mucho. Motivos todos de amor divino, desde luego. Nos ama antes de que podamos amarle, antes –si se puede hablar así de la eternidad- de la propia existencia. De ahí que la petición “dame el amor con que quieres que te ame” de los místicos, sea realidad nuclear. El ser personal es amado en su mismo acto creado, amado pasivo primero, por eso es hijo. Luego vendrá la correspondencia del hijo con el Padre, y simultáneamente el don del Espíritu que hace posible el amor de un modo proporcionado, da vida y da amor, da saber amar a quién no se le resiste en la gran prueba humana, amar como Dios ama, o dejarse llevar por el amor propio que lleva al orgullo que puede ser luciferino –rebeldía lúcida- o amortiguado por engaños, asechanzas o ignorancias de personas en vía de frustración.

En definitiva, se trata de señalar con fuerza, que en su núcleo personal, el hombre es un ser amoroso. Puede amar como padre – a imagen del Padre- con una amor amante- ; puede amar como hijo –como el Amado- dejándose querer; y puede amar con un amor de dar y unir -como el Espíritu Don y Vínculo-. Los grados y la perfección dependerán de la libertad. Ya veremos como por la gracia y los dones se pueden alcanzar dimensiones de perfección que se suelen llamar santidad o vida heroica.

El magisterio de la Iglesia insiste tanto en este tema que sería extensísimo citar todo lo que enseña ciñámonos sólo a un punto del Catecismo: “De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador" (GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad: ¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13)”[15]

 


[1] Edith Stein La estructura de la persona humana. Ed Monte Carmelo, p. 82
[2] LeonardoPolo. La persona humana  y su crecimiento 2ª edición 1999. Eunsa Pamplona p.114
[3] Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. Ed Rialp Madrid1976. p. 429
[4] Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. Ed Rialp. Madrid 1976. p. 428
[5] Tomás Melendo  La dignidad del hombre.  Ed Palabra 1992 p.34
[6] Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. Ed Rialp. Madrid1976. p. 429
[7] San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. Ed Rialp Madrid n. 85
[8] 1 Jn 4,   15
[9] Leonardo Polo. La persona humana  y su crecimiento. Eunsa 1999 2ª edición. p. 115
[10] Col 1,18
[11] Maurice Blondel L’Action. 1966
[12] San Agustín. Confesiones, I,1 “Fecisti nos ad Te, et inquietum est cor nostrum donec requiscat in Te”
[13] Leonardo Polo. La persona y su crecimiento. Ed Eunsa. 2ª ed 1999, p. 114
[14] 1 Jn 4,19
[15] Catecismo de la Iglesia católica n.356