| |
Ser amoroso
El hombre,
por ser persona, es un ser amoroso. Es libre para amar, veíamos en el
capítulo anterior. Sin amor su vida es una frustración, un infierno
mundano o extramundano. La libertad y el amor no pueden vivir separados,
se exigen mutuamente. Defendimos en su momento que el acto ser que constituye
la persona humana es trinitario porque el Esse del que participa es
la Trinidad misma. Dios es Amor, pero no Amor solitario, no es un Amor
concéntrico, sino abierto en plenitud. Ya explicamos algo del misterio
de la Trinidad, y basta recordar que cada Persona ama según su ser personal
diverso. El Padre engendra intelectualmente al Hijo, que es su Imagen,
su Verbo, su Palabra, en un acto de amor paternal. El Hijo es el Amado.
El Espíritu Santo es la persona Don. Como dice Ramón Llull: son Amante,
Amado y Amador. A nosotros nos cuesta apreciar esta riqueza, que es
coeterna y consubstancial, y que lleva una comunión tan plena que son
un solo Dios: Unidad total y amorosa. Pero ahí radica la luz para entender
lo que es una persona humana. El hombre es una persona que ama de un
modo ternario. Las Personas divinas se diferencian por las relaciones
de oposición, su característica la constituyen las relaciones subsistentes:
Paternidad, Filiación, Espiración activa. El ser personal, que es el
hombre, es un ser relacional, ante Dios, ante los hombres y ante las
creación entera.
Edith
Stein señala que “Salir de sí mismo es de la esencia del ser espiritual”[1]. La
persona humana es radicalmente relacional, con una relación de amor.
Primero con Dios –distinguiendo en su amor a las Tres Personas divinas,
aunque no todos lo sientan y vean conscientemente-. Después con las
demás personas con multitud de relaciones: esposos, hijos, descendientes,
amigos. Luego, esa relación se abre al mundo sobre el que debe dominar,
reinar por delegación, con un verdadero amor inteligente. Entremos
más en detalle en lo que es amor.
Los griegos
analizaron con su característica perspicacia el amor humano distinguiendo
entre eros (eros, ágape
(agape) y fillein (fillein). “El amor humano puede desplegarse
como eros (deseo) o como agapé (donación efusiva). El eros es un desencadenamiento
sin límites hacia algo que se necesita y cuyo otorgamiento presupone,
por tanto, unilatelateralidad. La donación efusiva, por el contrario,
presupone cierta plenitud que se expande, haciendo desaparecer la desigualdad
con "lo otro". Eros surge “ex indigentia", de la pobreza;
la agapé, “ex plenitudine” de la sobreabundancia. El eros estimula energías
anhelantes; el agapé, en cambio, promueve energías desbordantes para
ampliar en número de centros "donantes"”[2]. Pieper matiza los
contenidos etimológicos en el ámbito precristiano de los griegos: “eros,
la palabra griega aceptada por todas las lenguas europeas, tiene una
significación mucho menos clara de lo que ciertos intérpretes han afirmado.
No es preciso adentrarse gran cosa en los Diálogos de Platón para darse
cuenta de la pluralidad de dimensiones que ofrece el área de su significación.
Puede dar a entender la inclinación que se inflama ante lo corporalmente
bello; la locura divina (theia mania), el impulso de meditación religiosa
sobre el mundo y la existencia, el ímpetu de la ascensión hasta la contemplación
de lo divinamente hermoso. A esto llama Platón "Eros". En
Sófocles hay un lugar donde esta palabra quiere decir algo así como
"alegría apasionada”[3]
Pero
hay más, se da otro nivel del amor que es el propio de fillein, querer
el bien del otro en una superación del yo aún mayor, que de un modo
paradójico, le enriquece extraordinariamente. De nuevo Pieper matiza
el sentido griego antiguo: “philía, a pesar de quedar restringida al
traducirla por "amistad", es un vocablo que parece acentuar,
lo mismo que el verbo de donde proviene, philein, el sentimiento de
solidaridad, no sólo entre amigos, sino también entre casados, compatriotas
y entre todas las personas de las que se predica. Cuando Antígona está
pronunciando la célebre frase “no he sido hecha para odiar, sino para
amar", no emplea ni el verbo eros ni el ágape, sino el verbo philein”[4] .
Podríamos
relacionar está riqueza del amor con los trascendentales del Esse, que
podemos llamar también manifestaciones ad extra de la Trinidad. El amor
como admiración (eros) corresponde a la atracción que produce la belleza.
Ciertamente la sensibilidad estética, física, cultural y moral cuenta
mucho para poder apreciar lo bello. Cabe incluso que se diga que gusta
o atrae lo apariencial o lo feo o, menos bello, pero siempre es por
defecto del que es atraído. Siempre será el primer paso del amor la
atracción por la belleza desde las formas más exteriores hasta las más
elevadas y espirituales. El segundo paso es la donación, quizá precedida
por una donación al otro (ágape), ciertamente si hay correspondencia
es más fácil, pero cabe amar gratuitamente y con desinterés, o, incluso,
con una cierta repugnancia. Este movimiento corresponde al trascendental
del Bien. Aquí se mueve el campo moral con toda su fuerza y excelencia
entrando todas las capacidades y virtudes según su orden. La persona
buena cada vez tiene más atracción por el bien. La persona endurecida
en el mal siente aversión al Bien y a los que viven moralmente bien.
En tercer lugar viene la unión, la koinonía, la participación en la
pericorésis trinitaria, el que el yo se une con el tú, sin dejar de
ser un yo personal, es más, siendo más rico, porque el amado, otro yo,
le llena su intimidad. A la apertura del ágape (salir de sí mismo, éxtasis)
viene la recepción y plenitud del enriquecimiento de la comunión espiritual:
entenderse, quererse, gozar de la alegría de ser querido y de querer,
sin mentiras ni utilitarismos, ser querido por uno mismo, no por lo
que se tiene, sino por lo que se es. Y se dilata el yo personal para
dar más, porque tiene mucho más riqueza y el crecimiento recíproco es
exponencial. Esta manifestación del amor corresponde al trascendental
unum, seguida y acompañada del verum, que en realidad, es indispensable
en todos los niveles, pues evita las mentiras y los engaños, asesinos
del amor. Una belleza falsa puede atraer, hasta que se quita la máscara.
Un darse con motivos no rectos durará lo que dure el engaño, hasta el
descubrimiento de que no se puede dar así por que se sabe utilizado,
no amado. La unión lleva a superar todas las mentiras que históricamente
acumula el ser humano, hasta alcanzar la verdad eterna que permite que
el unum sea pleno según la Unidad divina es una porque las Tres Personas
son amor pleno y verdadero con distintas personalidades.
Vivir
humanamente lleva a “la civilización del amor”, propuesta por Pablo
VI y Juan Pablo II, aunque sólo a nivel humano. A muchos hombres les
parece imposible y utópica la propuesta al con escepticismo los resultados
históricos, no muy alentadores. La acción de Dios puede hacer posible,
real e histórica, esta civilización y cultura del amor. Pero no sin
nosotros y el misterio de la libertad del hombre surge de nuevo en esta
lucha que quiere ser esperanzada por un mundo mejor.
Melendo
da una expresión de amor al hombre aún más hermosa y que corresponde
a un grado aún más alto que el ágape de querer el bien del otros, es
la filia en sentido último. Amar es “enseñar a amar al otro”[5], lo mejor que puedo dar al otro es
que sea amigo, es decir, que aprenda a amar. Sólo conseguiré que sea
feliz aquél a quién yo amo, si alcanzo a que aprenda a amar generosamente.
Si aprende a darse en actos aparentemente poco utilitaristas, pero,
de un modo sorprendente, altamente satisfactorios. Aplicando estas ideas
a la educación, las leyes, los medios de comunicación, las diversiones,
las cárceles, etc. Se alcanza una civilización distinta de la individualista
o de la colectivista. Ciertamente este modo de vivir no existe más que
en pequeños grupos, pero pueden ser el fermento de un paso adelante
en la historia humana.
La reducción
del amor a sólo eros, es decir, a deseo apremiante; primero reduce
el mismo eros que también es admiración. El verdadero comienzo del amor
personal comienza en la admiración, no el deseo de posesión. El sólo
deseo mira la propia necesidad, real o artificial, y en ese deseo, que
necesita ser satisfecho pronto, ya no percibe las fases siguientes.
Así engendra un empobrecimiento, un vacío por insuficiencia. El amor
se ha quedado en egoísmo, y no es ni plenitud humana, ni madurez. La
persona humana tiene que madurar, y madurar es aprender a amar, a dar,
a darse y a dar ser.
El ágape
es más rico, pues es dar o, incluso, darse, pero desconoce que el amado
también necesita ser amante, que también puede, y necesita, dar y darse.
Está en el buen camino, hacer crecer a la persona que ama, pero también
es insuficiente. En ámbito griego tiene sentido, pero los cristianos
lo amplían: “Agape, como sustantivo adquirió carta de naturaleza en
griego bíblico allí se toma en sentido absoluto como en 1Jn 4,18: "en
el amor no hay temor, porque el amor perfecto desecha el temor".
En el amor ¿a quién? Habría que preguntar. ¿O quizá quiere decir en
el amor de quién?, del otro como amante. Amar también es dejarse amar
por quién es digno, sin ello se daría un orgullo oculto”[6].
Philein
es más rico que ágape y eros, pero no bastan para mostrar la riqueza
del amor humano. ¿Qué falta pues? Recordar que el acto de ser que constituye
a la persona es participación del Esse divino, y el Esse – Dios - es
“una corriente trinitaria de amor”[7]
vive una koinonía, comunión plena y total hasta el Uno perfecto que
es el Dios único. La maravillosa idea de pericoresis
pericoresis nos lleva vislumbrar lo que es el Amor en su realidad
plena de unión y comunión.
Es de gran importancia lo que los teólogos
griegos llaman pericorésis y los latinos circumincessio. La podemos
expresar como comunión perfecta. Cada Persona divina está totalmente
en las otras dos en un acto de amor tan perfecto y unitivo, que integran
eternamente un solo Dios único, valga la redundancia. Un Dios que es
Uno, pero no solitario. Más que decir que Dios Uno también es Trino,
es mejor decir que Dios Trinidad tiene que ser Uno por la unión de amor
perfecta entre los Tres. Un Dios en que su gozo eterno es amar perfectamente
–dar, darse y dar ser-. El Padre como Padre –amor originario, fontal,
engendrador, Amante-; El Hijo como Hijo –Amado, Verbo, Palabra, Modelo,
Logos del Padre-; El Espíritu Santo como Don del Padre principalmente
y Don del Hijo – Vínculo, Don, Dador de Vida, Dedo del Eterno Padre,
Condilecto, Tercero en el Amor, Amador-. Así se abre a los ojos un misterio
que nunca se acaba, ni puede ser agotado, pero en el que lo que se conoce
es altamente enriquecedor para conocer al hombre como persona, y también
a toda la Creación.
Con esta
luz volvemos al hombre y le vemos amoroso, capaz de amar y ser amado
por Dios en una comunión inefable. Ésta es la gran aspiración humana
inserta en su persona creada, no sólo en su alma o en su cuerpo. Sólo
los espíritus pueden estar uno en el otro. “Yo en ti, y tú en mí”. Sin
perder la propia identidad, se alcanza la perfección del amor. Me enriquezco
contigo y me doy a ti.
En las
relaciones humanas se advierte esa tendencia, casi necesidad de unión
y comunión. Se ve en la familia, en la unión sexual no egoísta, en la
amistad, en el fin de los pueblos, que es la amistad entre los hombres.
Los logros económicos son loables, pero insuficientes. El fin de un
pueblo no es el producto nacional bruto, sino que los miembros de ese
pueblo sean amigos o, más aún, hermanos, es decir, que se amen. Un cristiano
añadirá que el fin de un pueblo es la comunión de sus miembros, formar
una comunidad de personas amantes cohesionada por Dios. El fin de la
comunidad humana es que todos los pueblos formen un solo pueblo, el
de los hijos de Dios. De hecho, la esperanza cristiana habla que en
la segunda venida de Cristo se dará esa unión de todos con Dios y entre
los hombres ya purificados de sus egoísmos y odios.
En la
relación con Dios la revelación nos dice que “Dios nos amó primero”[8], sin necesidad, sin
indigencia, sin egoísmo, adelantándose a la donación humana; es más,
haciéndola posible. Da el ser, da el alma, da la vida, da el cuerpo,
da la tierra, el cosmos, da la recreación, que es la gracia, da la revelación
que guía, se da a sí mismo en locura de amor. “El acto efusivo por antonomasia
es la encarnación del Verbo”[9].
Toda la vida del Hijo hecho Hombre, del Verbo encarnado, del Logos en
el ser humano es amor, donación y, sobre todo, efusión de dar ser, hasta
llegar a la divinización del hombre (teiósis
teiosis), que, sin perder su identidad de persona humana, se
endiosa con un endiosamiento humilde, porque al ser verdad, no enorgullece,
sino que llena de agradecimiento filial. La persona ha alcanzado su
plenitud, como don y como tarea libre, tiene vida eterna. Ama, es amado
y vive en comunión incorporado a las procesiones divinas y a las riquezas
de los humanos que han sabido amar. Plenitud que llegará al colmo con
la divinización del cuerpo humano y de la tierra en el final de la historia,
que no es término, sino consumación. Se realiza así la Recapitulación
de todo en Cristo, que como Hombre, es Cabeza de toda la humanidad y
de toda la Creación[10].
Las edades del amor personal
La persona
es amorosa en diverso modo en sus etapas de crecimiento en el tiempo,
no sólo en general como acabamos de ver. Los primeros años de la vida
se manifiestan primero en una indigencia total, que poco se hace autónoma,
pero muy poco. Se necesita alimento, cobijo, y afecto, manifestado en
caricias, palabras, ternura. El niño ama dejándose amar. El suyo es
un amor egocéntrico, no egoísta. Su mundo está centrado en su cuerpo
primero, y después mucho en su yo. Necesita ser querido con una urgencia
clamorosa incluso en los lloros y exigencias. Necesita, poco a poco,
ser educado para que aprenda a amar, pues podría estancarse toda la
vida en la etapa egocéntrica. El hermanito es deseado como un compañero
de juegos, pero se convierte con facilidad en un competidor, y sobrevienen
los celos. Su superación es bien conocida, pero necesaria y difícil.
En las etapas de adolescencia y primera juventud,
no fácilmente distinguibles, el cambio es sustancial. En la antigüedad
las madres serían hoy simplemente adolescentes irresponsables, y muchos
que se llaman jóvenes inmaduros podrían ser abuelos, haber guerreado,
creado cosas y llevar muchas lunas de trabajo y aventuras, no sólo la
dispersión de la diversión obligatoria del fin de semana agotador del
individualismo infantilizante. En esta etapa juvenil se aprecia el
descubrimiento de los otros, del tú, de los amigos. Se agrupan para
sentirse seguros, visten casi igual, tienen los mismos gustos, las mismas
histerias. Necesitan ser aprobados por el grupo. Aman más abiertamente,
prescindo aquí de los casos aberrantes o desviados, pero necesitan ser
aceptados, no pueden vivir sin grupo, el aislamiento puede ser dañino
en esta etapa, también la elección de los amigos tiene consecuencias.
El amor aún es muy imperfecto e inmaduro. Amar es menos egocéntrico,
pero casi consiste en ser aceptado por el grupo.
Aunque
la madurez es un término demasiado elástico, se puede decir que llega
un momento en que el amor pasa a estar más pendiente del tú que del
yo. Se quiere el bien del otro. Los que han crecido sin llegar a este
modo de amar, fácilmente se separan, se odian o llegan a extrañas mezclas
de amor y odio, pues el odio que surge del amor, más o menos despechado,
puede ser terrible. Los resentimientos del que no sabe amar puede llevar
a diversos sufrimientos o malísimas decisiones.
En el grado más alto, y dando vida a los amores
humanos, está el amor de Dios y a Dios. Si realmente reside en el corazón
hace suave el amor humano llegando a algo que los no creyentes, o mal
creyentes, dicen que es imposible: el amor a los enemigos. En un mundo
histórico, en el que continuamente hay ofensas y agravios, se necesita
esta forma de amar que se llama perdón. La misma palabra perdón está
constituida por la partícula “per” que indica intensidad en la acción
o pasión y el término “don” que es la forma privilegiada de expresar
el amor. Perdonar es una forma especialmente intensa de amar, porque
se ama a quien ha ofendido, quizá gravemente. Se ama a quien no se lo
merece. Amo a quién no me ama. No quiere decir que no se deba aplicar
la justicia al injusto agresor, sino que se debe hacer sin odio, sin
venganza agria, se le debe amar siempre, aunque se le aplique un castigo
que sea corrección necesaria en previsión de males mayores para él o
para otros.
Las hondas del amor
Otro
punto de vista de este tema oceánico lo da Maurice Blondel[11] cuando habla de
la volonté voulante ( lo que quiero y deseo en el fondo) y la volonté
volue (lo que de hecho he querido) ve un contraste entre ellas si se
oponen, que lleva a una insatisfacción de no saber querer o amar, diríamos
nosotros, de un amor fracasado, o que tiene buscar cotas más altas para
alcanzar la plenitud que le dejan en inquietud como repetidamente se
cita de San Agustín[12]. Este proceso de
alcanzar los deseos profundos a través de un querer que crece lo establece
en nueve ondas que no excluyen la anterior, pero que la superan en un
amor más alto y más perfecto.
a) Amor a la naturaleza. Es positivo, pero
claramente insuficiente al hombre. Es interesante observar cómo en el
mundo antiguo, no hace mucho, menos de un siglo desde luego, la naturaleza
no humanizada o cultivada, se le llama salvaje, porque es agresiva al
hombre que debe superar esa situación inhóspita. En la sociedad urbanita,
o de macrociudades, se anhela ese mundo; eso sí, con algunas, si no
todas, las ventajas de la tecnología. Es un factor positivo evitar los
abusos de una sociedad industrializada y sin conciencia en la que sólo
cuenta los intereses económicos; pero el buen salvaje es más estético
que real, y en la práctica fuente de muy poco amor.
b) La vida interior
del hombre, en general, es la segunda onda. El hombre es un microcosmos,
supera al hombre salvaje y puede tener un mundo interior rico en sabiduría.
Es un segundo nivel de amor aún muy egocéntrico.
c) El amor a los
otros es la tercera onda, mucho más rica como hemos visto antes, pero
poco personalizada, podemos llamarla filantrópica en general, pero la
Humanidad es un universal abstracto, que no existe. Sólo existen las
personas concretas.
d) El amor familiar
es mucho más rico y personal. La ligazón de una familia es el amor,
lazo no sustituible por nada, como se intentó en los kibbutz, o en diversos
intentos colectivistas siempre fracasados. En la familia se quiere a
sus miembros por sí mismos, porque están ahí, no por sus cualidades
o méritos. Es el mejor recurso en las limitaciones de la infancia, la
adolescencia y la vejez; así como en los problemas económicos y emocionales.
Aunque siempre hay defectos, y no sacia plenamente al ser humano.
e) La vida comunitaria.
La familia no puede solucionar todos los problemas humanos, salvo en
caso de vida semisalvaje o de supervivencia. Son convenientes, o necesarios,
escuelas a distintos niveles, arte, industrias, y diversas formas de
organización que eviten la disgregación y alcancen un bien común imposible
de alcanzar por una persona aislada, o una sola familia, o clan. El
amor llega a más personas. Sin un mínimo grado de amor la sociedad se
disgrega. Los intentos de aglutinar la sociedad por interés, o por la
fuerza, se han mostrado una y otra vez imposibles y contraproducentes.
f) Una comunidad
universal. Parece imposible, pues cuando se llega a grandes agrupaciones,
como los imperios, éstos suelen luchar entre sí. Las globalizaciones
por técnicas de comunicación han dejado casi intactas las diferencias
culturales y las luchas pueden ser peores. El peligro de una tiranía
mundial es una llamada de atención de muchos. Aún así, el amor a todos
los hombres, de todos los pueblos y culturas es un desideratum. Este
amor fraternal universal es deseable, pero la historia no ha mostrado
hasta ahora ningún caso donde se halla dado. Cristo promete al final
de los tiempos una unión de todos los pueblos en uno, para ello hace
falta un amor muy grande y una ayuda de Dios.
g) Amor
a los valores morales. Hasta los delincuentes necesitan un mínimo moral
para no ser infieles inmediatamente y perder sus planes perversos. Paz,
amor, justicia, libertad son los grandes ideales de todo hombre. Sin
ellos todo reino o imperio es una tiranía que lleva a las personas a
perder su dignidad humana. Si se dan, el amor es más grande, pues ama
a los hombres, aislados o asociados, no sólo por ser humanos, o vecinos,
o compatriotas, o colegas, sino por ser buenos, por ser amables, por
ser generosos, justos, solidarios etc. El amor se hace más intenso al
amar lo que es bueno.
h) Amor que supera los límites
de espacio y tiempo. Es conocida la influencia de la historia en los
hombres pues influye en su manera de pensar y sentir, y para recordar
rencores y venganzas. Sólo el amor puede purificar la memoria histórica
en actos de petición y donación de perdón continuamente renovados. Sin
el perdón se hace imposible la paz. Pienso que, sin la creencia en un
Dios misericordioso en su justicia, es imposible alcanzar estas cotas
de amor que alcanza el perdón histórico. De hecho, muy pocos se atreven
a hacerlo, y, posiblemente, ni lo entiendan.
i) Amor religioso. Es el
único que puede alcanzar dos dimensiones de amor indispensables: ser
infinito y eterno. Ya hemos visto algo de él, y veremos mucho más cuando
estudiemos la vida mística como camino y elevación al amor perfecto.
Aunque los caminos reales
del ser humano son impredecibles, por la misma esencia de la libertad.
Se observa una gradación de crecimiento en el amor de menos a más, que
puede ser un buen acceso al amor total. Pero no deja de ser frecuente
que sea el camino inverso el recorrido. Por amor a Dios se ama a la
Comunidad universal, al propio pueblo, la propia familia, a uno mismo
sin orgullo, y a la naturaleza vestida de la hermosura del Creador
Como dice Polo:
“el cristiano ha de amar a los demás porque y como Dios le ha amado
antes. El amor divino hacia los hombres se plantea en términos de donación.
Dios sería “otro” inasequible para mí, si sólo Dios pudiera dar, y yo
no, es decir: si Dios se limitase a colmar el deseo humano. Al contrario:
la gracia divina desvanece la incapacidad del hombre otorgándole la
disposición de obrar: Domine, quid vis faciam? Dios despierta en el
cristiano la ágape como correspondencia media por Él. Por eso, creación
y elevación están en la misma línea”[13]
Ya estudiaremos
la recreación de la persona por la gracia que lleva a amar con amor
divino, pero ahora nos interesa profundizar en el amor personal humano,
amor de creatura libre. Dios está presente en el acto de ser personal
por la presencia participada de su vida trinitaria, de su corriente
de amor. Pero Él “nos amó primero”[14],
es decir, no nos ama porque existamos, porque seamos buenos, porque
seamos sus hijos, por amarle mucho. Motivos todos de amor divino, desde
luego. Nos ama antes de que podamos amarle, antes –si se puede hablar
así de la eternidad- de la propia existencia. De ahí que la petición
“dame el amor con que quieres que te ame” de los místicos, sea realidad
nuclear. El ser personal es amado en su mismo acto creado, amado pasivo
primero, por eso es hijo. Luego vendrá la correspondencia del hijo con
el Padre, y simultáneamente el don del Espíritu que hace posible el
amor de un modo proporcionado, da vida y da amor, da saber amar a quién
no se le resiste en la gran prueba humana, amar como Dios ama, o dejarse
llevar por el amor propio que lleva al orgullo que puede ser luciferino
–rebeldía lúcida- o amortiguado por engaños, asechanzas o ignorancias
de personas en vía de frustración.
En definitiva,
se trata de señalar con fuerza, que en su núcleo personal, el hombre
es un ser amoroso. Puede amar como padre – a imagen del Padre- con una
amor amante- ; puede amar como hijo –como el Amado- dejándose querer;
y puede amar con un amor de dar y unir -como el Espíritu Don y Vínculo-.
Los grados y la perfección dependerán de la libertad. Ya veremos como
por la gracia y los dones se pueden alcanzar dimensiones de perfección
que se suelen llamar santidad o vida heroica.
El
magisterio de la Iglesia insiste tanto en este tema que sería extensísimo
citar todo lo que enseña ciñámonos sólo a un punto del Catecismo: “De todas las criaturas
visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador"
(GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha
amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar,
por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha
sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad: ¿Qué cosa,
o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante
dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el
que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de
amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de
gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13)”[15]
|
|