Ser pensante
Es evidente que el hombre piensa y que es un buscador
de la verdad. En lenguaje poético, pero claro dice Antonio Machado:
“¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.”[1]
Tan intensa es la fuerza de conocer de la persona
humana, que se ha llegado a creer –no pensar- que todo en
el ser humano reside en esta operación. No es así, pero la persona
humana es un ser pensante.
Con nuestra posición
de que el acto de ser que constituye a la persona es trinitario,
vemos en la intimidad de la persona al Verbo, o en lenguaje cristianizado
helenizado al Logos[2],
y viene a la mente las grandísimas aportaciones de todo tipo hecha
por el hombre, muchas de ellas no sin iluminación divina. El primer
paso es ver qué entendemos por verdad. En una primera aproximación,
la escolástica la define como la adecuación de la mente a la cosa.
Esta afirmación respeta la realidad de la cosa, pero la verdad en
mi mente difícilmente puede agotar la verdad del ente más sencillo,
y con mucho trabajo. Descartes da un vuelco en el pensamiento al
reducir la verdad a certeza, es decir, algo subjetivo. Poco a poco
el hombre que duda metódicamente de todo, menos de él, hará malabarismos
con esa certeza independientemente de si corresponde a la realidad
o no, como le ocurrió, por ejemplo en la explicación de lo que es
un hombre, desintegrándolo en un dualismo inverosímil. El paso siguiente
será reducir la verdad a la lógica en los diversos racionalismos.
Muy inteligente, pero la verdad se ha escapado como agua por las
rendijas de una cesta de mimbre muy bien cerrada y sellada, pero
de mimbre. Las consecuencias de la verdad como certeza es el relativismo,
la verdad la marca el pensante, no la realidad. La verdad como malabarismo
lógico lleva a los totalitarismos de un signo o de otro, el pensante
debe tener el derecho supremo sobre los menores de edad, no hay
verdad superior a él. Nietzsche delata esta hipocresía oculta y
decide hacer un experimento con la verdad, vivir en una verdad aparente
que le permita desarrollar la voluntad de poder superior a toda
verdad, ahora con claridad la única verdad es la propia voluntad,
como ya se apuntaba en el nominalismo del siglo XIV. Ve que esto
será destructivo, pero no le importa; lo quiere lúcidamente, aunque
de un mundo construido sobre apariencias, aunque sobrevengan catástrofes.
La
ilustración, de cuño claramente luterano, pretende conocer sólo
por la fe y lleva sorprendentemente al racionalismo, ya que ambas
actitudes radican en el subjetivismo, pero con aires redentores.
Kant lo expone así al describirla: “La
Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad.
La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia
sin la guía de otro. Esa incapacidad es culpable porque su causa
no reside en la falta de inteligencia, sino de decisión y valor
para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere
aude! ¡Ten valor de servirte de tu propia razón! He aquí el lema
de la Ilustración”[3]. Es lógico el entusiasmo que despertó este ¡atrévete a pensar! Y
lo hicieron con una cierta ingenuidad y con un secreto orgullo sobre
sus posibilidades. Ahora, dos siglos después, se puede valorar su
imposibilidad y su fracaso. Muchos así lo detectan, “el proyecto
moderno es el intento de sacar a la razón de la fosa del nominalismo,
de superar el apagón mental del nominalismo. Todavía no se ha salido
de esa fosa” (Polo); “El término post de postmoderno
indica la despedida de la modernidad” (Vattimo). La Ilustración
es un paréntesis en la historia de Occidente, pretendió usar con
toda su potencia la razón para conocer todo, y engendró totalitarismos
y muerte, como no podía ser de otra forma. Perdido todo fundamento
del ser, razón, historia, no queda más que la fragmentación existencial,
amoral, sin principios fijos que la sustenten....la ética se transforma
en estética (microéticas)
Narciso,
enamorado de sí mismo, es el símbolo de la posmodernidad. Los modernos
se identificaron con Prometeo, el héroe que, desafiando a Zeus,
trajo a la tierra el fuego de los dioses y con él el progreso de
la humanidad. Camus, en 1942, creyó que símbolo más adecuado era
Sísifo, condenado por los dioses a rodar una roca hasta la cumbre
de una montaña desde donde caía para volverla a subir. Ahora es
Narciso que murió víctima de la pasión que le inspiró su propia
imagen reflejada en el agua y Dionisos el dios del vino, de las
orgías, de las drogas y de las fiestas.
La
posmodernidad conduce a un individualismo hedonista y narcisista,
pero con una cierta nostalgia de la verdad. En el posmodernismo,
hijo del racionalismo y del voluntarismo de Nietzsche, se vive en
un escepticismo, como suele suceder en todas las épocas de cambio
y de crisis; y más que vivir, sobrevive de los restos del naufragio
no aportando más que el carpe diem, bien lejano de los arrestos
prometeicos de los anteriores, y por supuesto de la pasión por la
verdad de los amadores de Dios y del hombre como es, no tanto como
yo quiero que sea.
Está lejos el optimismo ante el progreso
racionalista, que olvidó, o quiso olvidar algunos datos importantísimos:
“la razón conducirá a la humanidad a un continuo progreso”
(Condorcet) era el clima intelectual. Los ilustrados estaban convencidos
que las artes y las ciencias no sólo promoverían el control de las
fuerzas naturales, sino también la comprensión del mundo y del yo,
el progreso moral, la justicia en las instituciones e, incluso,
la felicidad de los seres humanos y la paz. La historia parece una
burla de esas pretensiones.
Se olvidaron de lo que puede la soberbia intelectual, que lleva a desconocer
las propias posibilidades reales, buscando caminos perdedores, en
lugar del camino que lleva a la meta. Juan Pablo II describe así
esta actitud desde el mismo origen: “debido a la desobediencia
con la cual el hombre eligió situarse en plena y absoluta autonomía
respecto a Aquel que lo había creado, quedó mermada esta facilidad
de acceso a Dios creador. El Libro del Génesis describe de modo
plástico esta condición del hombre cuando narra que Dios lo puso
en el jardín del Edén, en cuyo centro estaba situado el «árbol de
la ciencia del bien y del mal (2, 17). El símbolo es claro: el hombre
no era capaz de discernir y decidir por sí mismo lo que era bueno
y lo que era malo, sino que debía apelarse a un principio superior.
La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres
que eran soberanos y autónomos, y que podían prescindir del conocimiento
que deriva de Dios. En su desobediencia originaria ellos involucraron
a cada hombre y a cada mujer, produciendo en la razón heridas que
a partir de entonces obstaculizarían el camino hacia la plena verdad.
La capacidad humana de conocer la verdad quedó ofuscada por la aversión
hacia Aquel que es fuente y origen de la verdad. El Apóstol sigue
mostrando cómo los pensamientos de los hombres, a causa del pecado,
fueron «vanos» y los razonamientos distorsionados y orientados hacia
lo falso (cf. Rm 1, 21-22). Los ojos de la mente no eran
ya capaces de ver con claridad: progresivamente la razón se ha quedado
prisionera de sí misma. La venida de Cristo ha sido el acontecimiento
de salvación que ha redimido a la razón de su debilidad, librándola
de los cepos en los que ella misma se había encadenado”[4].
No es fácil resistir a la fuerza de estas afirmaciones, cuando ya se ha
constatado el fracaso. Ahora se trata de un auténtico y más atrevido
¡sapere aude! Más audaz que el de la Ilustración. Ya Heidegger
se pregunta al ver y criticar el fracaso de los filósofos, ante
el olvido del ser, que se trata de pensar lo pensado (por qué han
pensado así) y pensar lo que queda por pensar, estando pendientes
de la aletheia (desvelamiento) del ser, aunque ese ser se desvela
y oculta sea más bien nada, pues voluntariamente rechazaron el
ser por esencia que es Dios. Hoy podríamos decir que pensar es atreverse
a situarse ante el misterio, ante la verdad, sea como sea. Aunque
no se pueda agotar al ser, pues el conocimiento de Dios no se puede
agotar en el conocer del hombre, pero sí se pueden superar las aporías
y las trampas que se han encontrado nuestros predecesores. Atreverse
significa pensar con libertad y con humildad, aceptar todas las
consecuencias de la verdad, vivir según la verdad, ser humildes
(valientes) ante la luz que ilumina al hombre. En definitiva, saber
que se puede conocer más y mejor por vía de orante, que por
vía de autosuficiente. El orante está abierto, el autosuficiente
se cierra nada más empezar y se envanece en un autobombo con difícil
corrección. Es imposible dejar de pensar que el hombre es unitario
en su hacer y en su pensar y que la metafísica es ética desde el
principio, amor a la sabiduría más que amor a uno mismo. Despidámonos,
si fuese posible, de la inteligencia pura que todo lo puede, y tomemos
el camino de la inteligencia humilde y valiente. De hecho, sorprende
conocer la biografía de los pensadores, su entorno familiar, la
historia que les envuelve, la cultura que les presiona, quieran
o no, y ver sus producciones intelectuales, que muchas veces no
son más queuna autojustificación. También influyen las experiencias
traumáticas, y la belleza, y el afecto o el desafecto, y las virtudes
y pecados personales, ¿por qué no decirlo?
Aquí incide una palabra revelada que brilla
como un relámpago en el cielo nublado, o borrascoso, del pensamiento.
Cristo dice: “Yo soy la Verdad”. No dice: “ahí
está la verdad” o “así aprenderéis la verdad”,
sino que Él es la Verdad. La Verdad es una Persona que dice de sí
mismo que es el Hijo de Dios, igual a Dios Padre; el Padre y Él
son uno, el que le ha visto a Él ha visto al Padre, en Él se expresa
la plenitud de la divinidad corporalmente. No se puede reducir la
Verdad a un concepto humano, la verdad es una persona, pero no una
persona humana, sino la persona divina del Verbo, el Logos. De ahí,
que nunca se pueda agotar la verdad al contemplar y estudiar la
Verdad pues es infinita, como Dios es infinito. Es misterio que
cuanto más se conoce, más posibilidades se abren en el conocimiento,
es real con la realidad originaria y originante, es Luz de Luz.
Es el Esse que se manifiesta y se oculta al mismo tiempo. Esta revelación
se da en la historia con la Encarnación y se debe recibir con pasión
y atención. Como el famoso sero amavi te de San Agustín en su búsqueda
de la verdad: “¡tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva,
tarde te amé, estabas dentro de mí y te buscaba fuera en las cosas
que son hermosas que hiciste (...) Estabas conmigo y yo no estaba”[5],
aunque aquí se refiera a la presencia de Dios en su interior, más
que a la Revelación, que usará ampliamente, pero su interior es
ya una revelación de Dios, pues Dios (el Esse está participado en
mi esse) lo reconozco porque es intimior intimo meo , es decir como
orante, abierto a la luz, que no es algo pasivo, pero si humilde
y audaz, abierto siempre a la novedad, no a eternos retornos de
lo mismo, que nada aportan, sino a la apertura al infinito, a la
verdad que se identifica con el amor. Desde el Silencio el Padre
emite su Palabra que llega a al historia y vuelve al Silencio después
de haber resonado en los oídos de los hombres que pueden desentrañarla
en gran medida. San Pablo enseña la grandeza de la Verdad como misterio
que es revelada al hombre en un plan eterno y amoroso de Dios: “enseñamos
la sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, que Dios predestinó,
antes de los siglos, para nuestra gloria. Sabiduría que ninguno
de los príncipes de este mundo ha conocido, porque, de haberla conocido,
nunca habrían crucificado al Señor de la gloria; sino que, según
está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del
hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman. A nosotros
en cambio, Dios nos lo reveló por medio del Espíritu, porque el
Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios”[6]. Pienso que por ahí deben andar
los nuevos tiempos para superar las crisis del siglo XX.
No se puede entender al hombre sin verlo
como ser pensante. El hombre se reconoce cuando conoce. Toma conciencia
de sí al reflexionar sobre el conocimiento que puede tener de las
cosas exteriores. Percibe la realidad por los sentidos, agrupa las
percepciones en la imaginación y lo entiende con la luz interior
del intelecto agente. Al conocer que conoce, se conoce a sí mismo,
es la reflexión sobre sí mismo que sigue a la abstracción inteligente.
Pero, ¿de dónde surge esa luz del intelecto agente? De la Inteligencia
como potencia del alma desde luego, pero también de la anamnésis,
de lo que se puede llamar la memoria transcendental del ser, de
la memoria del Ser de donde procede, de la memoria de Dios que es
Luz de Luz. No es, como dice Platón, que las almas sean preeexistentes
al mundo, sino que en la participación de ser del hombre se da una
presencia del Ser infinito, de la Verdad en él. Esta Luz inteligente
reside, antes que en la inteligencia, en el acto de ser personal,
lo más íntimo y divino de la persona, como ya hemos visto. De modo
que se puede decir que el Logos, presente en el interior de la persona
humana por participación, da luz para entender la verdad como manifestación
de la realidad, y, en definitiva, como entes creados por el Logos
como causa ejemplar. Es claramente perceptible en el hombre la capacidad
de razonar lógicamente, pero antes del razonamiento está la simple
aprehensión y ésta no se puede entender sin una luz interior que
se suele llamar intelecto agente. ¿De dónde viene esta luz? Los
intentos de explicarlos por reducción a la materia son un fracaso
constante, con promesas de un futuro que nunca llega, porque no
puede llegar. Esta luz viene de lo íntimo de la persona que participa
en el Logos. Así es más inteligible explicar este ver en la intuición,
captar lo escondido, saber lo que no se sabe, llegar sin haber empezado
a caminar.
El
postmodernismo quizá intuye algo de esto, al intentar escapar de
la modernidad. Encierra un factor positivo que es la nostalgia del
Otro, del Padre matado por la Ilustración, y la Palabra -el Logos-
nos dice que somos un mundo de hijos que pueden caminar en el progreso,
pero con humildad, escuchando más que hablando. Cuando se habla
de verdad, el occidental tiende a pensar en ella como adecuación
de la mente a la realidad en el caso de los realistas, o que es
algo de la mente en los racionalistas. El Antiguo Testamento es
más rico en este sentido, pues uno de los términos preferidos para
decir verdad, especialmente en Dios se identifica con fidelidad
es emeth, verdad y fidelidad al tiempo, es como ser auténtico, veraz.
Otra palabra hebrea es ´emen, que es verdad y creer aproximadamente,
o verdad revelada, para los judíos la verdad revelada en la Ley
de Moisés, para Juan claramente la Verdad revelada por Cristo.
La palabra derivada 'amen ha
permanecido intocable dentro del uso litúrgico, y "no se
ha traducido ‑dice San Agustín‑ para que se le guarde
con cierto respeto bajo el velo del misterio. No para tenerla encerrada,
sino para que no pierda su mérito al ser explicada"[7]
Maravilla lingüística que no conviene perder para
enriquecer con matices la realidad inteligible en todo y en el interior
del hombre. Lo que quiere decir
es que una visión correcta del mundo no es posible más que sobre
la base de la fidelidad interpersonal, la verdad no se puede aislar
de la veracidad, como se ve un muchas lenguas (veritas, verax),
conocer no es sólo una baza de la razón, sino que requiere la fe
en otro –los anteriores, los que han avanzado más o el mismo
Dios-[8].
La suprema forma de
garantía de la verdad es la divina, que no puede ni engañarse ni
engañarnos, como dice con acierto el Concilio Vaticano I. Pero a
nivel humano, es tan cierto que el hombre es un ser cultural, que
en el caso de los niños lobo, por retraso en el acceso a la cultura
humana, no llegan ni a acceder al lenguaje, forma primera cultural,
sólo gruñen. Lo mismo se puede decir de los homínidos ante-humanos
que tiene grandes semejanzas corporales con los hombres, pero no
piensan. El intento de enseñar palabras o frases a un chimpancé
es un esfuerzo fracasado, y digno de mejor causa.
La Iglesia ha hablado
mucho sobre esta capacidad pensante del hombre: "La santa Iglesia,
nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas
las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural
de la razón humana a partir de las cosas creadas" (Cc. Vaticano
I: DS 3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6),. “El hombre:
Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien
moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración
al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia
de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual.
La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible
a la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener
origen más que en Dios”[9]. Es
decir, que el pensar es irreductible a la sola materia como lo es
el amor y la voluntad y la libertad
Mente y cerebro
En el anexo 1 se puede
ver los estudios del Doctor Muntané Sanchez sobre el cerebro nuestro
intento ver la interacción entre la mente y el cerebro, o dicho
de otro modo entre pensar y sentir.
En la actualidad pocos
tienen una visión global del funcionamiento del cerebro, y los intentos
de explicar todo cosecha sólo éxitos parciales e innumerables fracasos,
posponiendo al futuro que se descubrirá lo que ellos no pueden descubrir.
El buen quehacer de Aristóteles distinguió cuatro causas: eficiente,
formal, material y final. Si se intenta reducir el conocimiento
del efecto, por ejemplo, pensar o querer sólo con la causa material
sería como explicar la pintura por la constitución de la mano o
del pincel, o como dice con crudeza el premio Nobel John Eccles:
”el «emergentismo» no explica nada. No es más que un nombre
sin contenido real, una etiqueta. Además, si lo que se pretende
es decir que las características específicamente humanas surgen
de la materia por «emergencia», se trata de un materialismo reduccionista
pseudocientífico e inaceptable: la ciencia no proporciona ninguna
base para esa doctrina”. Parece algo abstracta esta afirmación,
pero luego añade con fuerza: “El materialismo es una superstición”.
Por eso, Popper ha dicho que Freud ha sido uno de los personajes
que más daño ha hecho a la humanidad en el último siglo y tuvo ocasión
de comprobar que el método de Freud no es científico, pues trabajó
hace muchos años en Viena en una clínica donde se aplicaba ese método.
El materialismo, si se lleva a sus últimas consecuencias, niega
las experiencias más importantes de la vida humana: «nuestro mundo»
personal seria imposible". Esto sólo para la relación mente
cerebro, pero, además, en el hombre hay más realidades que la de
pensar. “Los sentimientos, las emociones, la percepción de la belleza,
la creatividad, el amor, la amistad, los valores morales, los pensamientos,
las intenciones... Todo «nuestro mundo», en definitiva. Y todo ello
se relaciona con la voluntad; es aquí donde cae por su base el materialismo,
pues no explica el hecho de que yo quiera hacer algo y lo haga”[10].
Sin embargo el tema de estudio es el de la conexión mente-cerebro,
o alma-cuerpo afinando más a nivel del mismo cerebro. De esta manera
se matizará mejor la unidad sustancial del ser humano, pero también
distinguiendo lo que es corporal y lo que es espiritual, sin confundirlos.
Estoe s de gran importancia en la medicina, y en la educación[11].
El cerebro es el instrumento de la mente espiritual que lo usa,
aunque le influye mucho su normalidad o enfermedad
Hablando
desde la ciencia, pero sin espíritu reduccionista, dice María Gudín:
“El cerebro no es una caja oscura en la que entran
determinados datos sensoriales y salen transformados en datos de
conducta, sino que es un órgano activo con capacidad de cambio interno
y dúctil a la voluntad del sujeto. Por tanto, la plasticidad neural
en el ser humano es fundamental a la hora de las diferencias que
condicionan y determinan el aprendizaje. Cabría preguntarse si esta
capacidad es únicamente dependiente de la materialidad genética
de cada ser humano. Para ello habría que estudiar seres humanos
equivalentes desde el punto de vista genético. Es experiencia común
que las capacidades que los gemelos desarrollan no son idénticas.
La diferenciación va ligada al desarrollo de diversas funciones
en el cerebro. Por ejemplo, un gemelo puede dominar un idioma y
el otro no, o desarrollar una fobia y el otro no. Es decir, las
redes neuronales desarrollan conexiones diversas según la decisión
personal de cada sujeto. De ahí la enorme dignidad que radica en
la persona humana, un ser que elige su destino, sin que esté determinado
por condicionamientos genéticos o biológicos. Especie capaz de cambiar
el propio sustrato neural de su pensamiento”[12].
Por lo tanto es de gran importancia el estudio de la parte material
del conocimiento humano. Por así decir, en que punto se acaba la
percepción y se desencadena el conocer o el querer, junto al afecto
siempre presente. En el siguiente cuadro exponemos esta secuencia
desde el núcleo de la intimidad al alma y al cuerpo, pasando por
el cerebro, hasta la cosa conocida.
 |
El intelecto agente.
En primer lugar conviene
estudiar bien que se ha dicho sobre el conocer desde el punto de
vista filosófico y espiritual. Impresionan las descripciones de
Platón al describir cómo se conoce, y quizá más aún, por su realismo,
las de Aristóteles y Santo Tomás. Las extensiones de Polo y García
Cuadrado son de gran valor. Se pueden resumir en que una luz interior
ilumina una imagen (se puede precisar más lo que es la percepción
completa) y se conoce, se entiende, se ve, se piensa. ¿De donde
viene esta luz? de la inteligencia, que es una potencia del alma
espiritual. Pero se puede ir más a la raíz, y llegar al acto de
ser que constituye la persona. La persona participa de la Inteligencia
divina, del Verbo de Dios que es engendrado como Palabra en un acto
amoroso de Inteligencia infinita que abarca todo lo inteligible,
todos los posibles, diríamos en términos antiguos. Así el conocer
llega a ser luz que ilumina lo exterior y con ello conoce. Pero
también es luz eterna participada que reconoce lo que, en cierto
sentido, está en su interior sin ser fruto de su subjetividad, sino
de la presencia del Esse en el acto de ser personal. Así se puede
explicar, con prudencia, que conocer sea reconocer, y, en cierta
manera “recordar” anamnésis (anamnesis) al modo como lo explica San Agustín.
Como decían los antiguos catecismos: “el hombre se compone
de memoria, entendimiento y voluntad”
El hombre es un ser
pensante, porque es persona. Ese poder procede de lo más íntimo,
y de ahí ilumina su alma (en la facultad de la inteligencia), su
cuerpo (cerebro, sentidos internos y externos). Y el mundo se le
hace claro y luminoso, lo entiende, porque es inteligible, no cerrado
y caótico. Y puede conocerse a sí mismo, gran tarea, siguiendo el
necesario y antiguo “conócete a ti mismo” en la reflexión,
que podemos llamar autoconciencia. Además, puede conocer a Dios,
la Verdad plena y total por diversos caminos. Como es corporal
conoce a través de los sentidos; también por la razón, sin olvidar
la memoria y la inteligencia del Ser y la iluminación mística, tantas
veces experimentada por los seres humanos en la cumbre de su ser
personal.
El ser humano es, desde
su origen, un ser pensante, un ser abierto a la Luz de la Verdad.
Puede entender, leer dentro de la realidad. Pero sobre todo puede
conocer a Dios por la razón, por la fe y por los dones. Es un ser
abierto a la luz. Este pensamiento no es algo que surja del interior
en un despliegue de lo que ya tiene dentro, sino que es un reconocer
y un descubrir. Reconocer porque el Logos-La Verdad- habita en un
cierto grado en su interior más íntimo, es una luz interna en el
hombre. Y descubrir porque conoce realidades distintas a sí mismo:
el mundo creado y Dios en su infinitud inagotable.
El conocimiento sapiencial
llega más allá que el lógico, que tiende a cerrarse en ideologías,
llega a estar unido al amor y a la experiencia viva divina y humana.
Ser pensante y ser amoroso se exigen mutuamente, como también el
ser abierto a la belleza.
La reacción comprensible ante el racionalismo –que
reduce todo a la lógica- y el materialismo –que reduce todo
a la materia- sería defender el irracionalismo. Esto es lo que ha
hecho la gnosis antigua en oriente y en el seno del cristianismo
que la rechazó, y que se ha reproducido siglo tras siglo con diversos
nombres. En la actualidad se advierte en el conglomerado de la New
Age, pero el fondo es un intento consciente de conocimiento irracional
por muy diversos caminos (espiritismos, magias, sentimentalismos
religiosos, pseudocientifismos, etc). Esto no es aceptable ni para
una mente cristiana, ni para una mente natural. De todos modos no
se puede dejar de lado el conocimiento por connnaturalidad, ni
que la intuición y la afectividad lleven a conocer realidades existentes,
como vamos a ver a continuación.
Volviendo a las causas
podemos decir que la causa eficiente del conocer es el acto de ser
que constituye a la persona. La causa formal la inteligencia como
potencia del alma que recibe la luz de su intimidad e ilumina y
hace accionar todo el conocimiento, incluido la acción cerebral
y la de los sentidos. La causa material es el cuerpo y principalmente
el cerebro, la causa final es conocer como es conocido por el mismo
Dios según su propio ser personal y natural.
Precisión sobre la inteligencia artificial
Muchas confusiones se suelen dar por
falta de distinción mental o por imprecisión en el lenguaje. Al
hablar de inteligencia artificial se hace referencia a ordenadores
construidos aproximadamente al modo como se organizan las redes
neuronales. Es evidente que los ordenadores clásicos no piensan,
aunque hacen operaciones de cálculo muy complejas y muy rápidamente.
En los nuevos se puede dar un salto en el tipo de operación como
reconocimiento de letras e, incluso de palabras, con métodos probabilísticos.
Pero la diferencia con la inteligencia propiamente dicha sigue siendo
no sólo de grado, sino de estado. Se puede entender por inteligencia
espiritual la captación de conceptos generales, la creación de conceptos
radicalmente nuevos, pero, sobre todo, está en algo que no puede
hacer el cerebro: la inteligencia del Ser sin conceptos, que los
antiguos llamaban tercer grado de abstracción, pero que más que
abstracción se asimila más al ver. Se puede explicar más esta idea
de inteligencia (intus legere) en un tratado de filosofía del conocimiento,
y, por supuesto, ayudará las descripciones de la experiencia de
los místicos.
Podemos resumir estos tres modos de
inteligencia en
Inteligencia espiritual Ie.
Inteligencia psíquica Ip
Inteligencia corporal Ic
Las actuaciones se pueden describir según el cuadro
y las funciones propias de cada una se siguen estudiando, pero sin
esta distinción se darán confusiones con facilidad
De la percepción al pensamiento
Volvemos de nuevo al trabajo de un
especialista médico: el doctor Muntané que señala que el problema
de cómo se relaciona el cerebro y la mente no es nuevo y han habido
pensadores que lo han abordado intentando dar una respuesta adecuada.
René Descartes (1596-1650) defendía que los procesos mentales y
los procesos corporales son totalmente diferentes y que podían haber
situaciones en las que existía colaboración entre la mente y el
cuerpo, como en las sensaciones, sentimientos o el conocimiento
de los cuerpos. Descartes solucionó la relación entre mente y cuerpo,
considerando la radical oposición entre las propiedades de ambas
realidades, diciendo que la mente (alma) aunque es incorporal interactúa
con el cuerpo a través de la glándula pineal. Esto dio lugar al
denominado dualismo interaccionista.
Karl Popper (1902-1994)
en el libro The self and its brain. An argument for interactionism
(1977), puso de relieve la importancia de la relación entre el cerebro
y la mente con la teoría de los “tres mundos”: el mundo
1 de las entidades físicas, el mundo 2 de los fenómenos mentales
y el mundo 3 de los productos de la mente humana. Karl Popper defiende
entonces tres tipos de realidades: 1º las realidades corporales,
2º las realidades mentales que interactúan con los cuerpos y 3º
las realidades producidas por la mente humana, sean corporales como
las obras de arte o incorporales como problemas o teorías. Mediante
la teoría de los tres mundos Popper argumenta que si los objetos
del mundo 3 pueden actuar sobre los del mundo 1, esto sólo es posible
a través del mundo 2 de los procesos mentales y por lo tanto existen
estados mentales que pueden interactuar con nuestro cerebro. Popper
afirma que la existencia de la mente es irreductible a los objetos
físicos del mundo 1. Otro aspecto a considerar en el pensamiento
de Karl Popper es la emergencia del “yo” y su relación
con el cuerpo. En su obra Knowledge and the body-mind problem
(1994) Popper dice que la emergencia del “yo” y su relación
con el cuerpo es debida a que el “yo” es creador del
lenguaje objetivo y estaría anclado en el mundo 3. Según Popper
el “yo” interactúa con el cerebro en el centro del habla
y es el programador activo del cerebro y el ejecutante cuyo instrumento
es el propio cerebro. En definitiva Karl Popper utiliza un concepto
dualista en la explicación mente-cerebro.
John Eccles, Premio Nobel de Fisiología y Medicina
en 1963, colaboró con Popper en la elaboración del libro anteriormente
mencionado The self and its brain. An argument for interaccionism.
Eccles también sostiene un dualismo interaccionista suponiendo que
el “yo” actúa sobre el cerebro en unas agrupaciones
neuronales ubicadas en el hemisferio cerebral dominante pero relacionadas
con las demás estructuras cerebrales: la mente recogería e integraría
las señales emitidas por el cerebro, y a su vez la mente actuaría
sobre estos grupos neuronales y, a través de ellos, sobre los demás.
Estos grupos de neuronas o módulos serían el puente que comunicaría,
en ambos sentidos, el mundo 1 y el mundo 2 de los que hablaba Popper.
Teniendo en cuenta la definición de campo de influencia
mutua espíritu-neural, la actividad mental tiene su origen genuino
en el alma humana dado que se reconocen aspectos de inmaterialidad,
sin embargo aunque los procesos mentales tengan su génesis inicial
en el espíritu, el cerebro participa necesariamente en el resultado
de lo que es la mente en la persona humana. Entonces la mente es
una realidad en la que intervienen por una parte el espíritu, en
donde tiene lugar el inicio, y por otra parte neuronas específicas
de la corteza cerebral que formando una unidad funcional biunívoca
dan lugar a este fenómeno, es decir, la UFBEN es el fundamento a
partir del cual surge la mente. Por lo tanto para el desarrollo
de los procesos mentales (y cognitivos) de la persona humana es
necesario el concurso espíritu-neural ya que ambos aspectos forman
una sola naturaleza.
Esta unidad evocada por tantos, incluida la Biblia,
fácilmente se pierde en dualismos inconscientes. Es de gran interés
los estudios que nos vayan aclarando la interacción de espíritu
y materia. Pero sería un intento equivocado intentar explicar un
pensamiento sólo con el elemento material, o sólo como si fuese
un acto espiritual independiente del cuerpo. En una aproximación,
podemos decir que el hombre conoce casi siempre por los sentidos,
el dato llega a los sentidos y se agrupa en el cerebro, unas veces
con intervención del querer y pensar humano, y otros no. Una vez
elaborada la imagen, la inteligencia abstrae la idea de contenida
es esa imagen. Después, puede pasar ese conocer al cerebro, para
que se perfeccione la acción cerebral y de los sentidos; o puede
elaborar racionicios lógicos e inmateriales. Esa acción tiene mucha
interacción con el cerebro, pero es superior a él, pues el cerebro
sólo no podría ni iniciarla. En tercer lugar, viene el entender
propiamente dicho, se capta no sólo la esencia de la cosa conocida
y se alcanza la inteligencia del ser, que es “ver”,
“entender” mucho más que razonar. Esta inteligencia
“leer dentro” influye en el raciocinio y en el cerebro
de una manera decisiva como luz interior que hace comprender desde
el interior lo que se ha percibido.
La meta de ese entender es alcanzar
la máxima inteligibilidad: conocer a Dios mismo -la Verdad, el Logos,
la Luz-. Este conocer puede ser siempre creciente pues la infinitud
de Dios es inagotable para la mente de cualquier ser creado. Pera
aceptamos que existen iluminaciones directas a nivel de inteligencia
–fe y dones- y a nivel del núcleo personal luz sobre luz,
luz más intensa para ver lo que se comprendía antes de otro modo.
Para entender esto conviene estudiar el conocimiento místico, que
recogemos al final de este trabajo y el conocimiento sapiencia,
que se suele llamar sentido común. También sirve observar los distintos
modos de captar un objeto, por ejemplo un niño, por un lobo, una
vaca, una hormiga, un virus, otro niño, un hombre sin estudios,
su madre, un sabio, un santo, un santo sabio. Es el mismo niño pero
la inteligencia de qué y quién es será muy diversa en cada caso;
por supuesto que el conocimiento del mismo niño por parte de Dios
también es más completo, profundo e íntimo. En resumen, la meta
de del conocer es conocer como somos conocidos por Dios, lo que
nos lleva a no cejar en el esfuerzo que nunca será completo, sino
que siempre puede progresar.