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El corazón de la persona.
Toda acción de la persona está rodeada
de pasión y afecto con mayor o menor intensidad. Actuar sin pasión
es inhumano, hasta el punto que la impasibilidad total es un grave defecto
o, incluso, una enfermedad[1]. Las pasiones pueden
ser positivas o negativas según el objeto. El desorden es fácil, pues
son poco controlables por la voluntad y la inteligencia. Además del
conocimiento natural se puede afirmar la existencia de un conocer por
connaturalidad, conocemos y reconocemos mejor lo que antes conocíamos
o confluye con nuestra experiencia interior. Además existe un conocimiento
transrracional o intuitivo, se llega más intensamente y sin razonamientos
bien estructurados a conocer algo o a alguien en un solo acto, y muchas
veces más certeramente que siguiendo largos razonamientos . Hay mayor
penetración al entender cuando mueve el amor o la alegría, que cuando
faltan. El asco o la tristeza frenan la acción debilitando todas las
facultades del alma.
Von Hildebrand dice que” La existencia
de una dimensión profunda del alma que no cae bajo nuestro dominio,
como sucede con los actos volitivos, es algo característico del carácter
creado del hombre. El hombre es más grande y más profundo que las cosas
que puede controlar su voluntad libre; su ser alcanza profundidades
misteriosas que van mucho más allá de lo que él puede engendrar o crear.
Probablemente, nada expresa mejor esta realidad que la verdad de que
Dios está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Y esto se aplica
no sólo al nivel sobrenatural sino también, de modo análogo, a la esfera
natural”[2]
Esto es así porque “en la esfera moral, es la voluntad quien posee la
última palabra; aquí, lo que cuenta por encima de todo, es nuestro centro
espiritual libre. El verdadero yo lo encontramos primariamente en la
voluntad. Sin embargo, en muchos otros terrenos, es el corazón, más
que la voluntad o el intelecto, el que constituye la parte más íntima
de la persona, su núcleo, el yo real. Esto sucede así en el ámbito del
amor humano: el amor conyugal, la amistad, el amor filial y paterno.
Aquí el corazón es el verdadero “yo” no sólo porque el amor es esencialmente
una voz del corazón; lo es también en la medida en que el amor apunta
directamente al corazón del amado, quiere tocar su corazón y llenarlo
de felicidad. Sólo entonces sentirá que ha logrado llegar al verdadero
yo de su amado”[3].
Estoy de acuerdo con estas afirmaciones, añadiendo que se puede dar
una dimensión metafísica a ese yo de la intimidad.
Relatan que el que fue
Presidente del gobierno de la República francesa, Charles de Gaulle,
decía al hablar de su hija trisómica que “su alma habitaba en un cuerpo
que no había sido hecho para ella”; una forma gráfica de expresar como
un ser humano dotado de un alma inmortal, puede no obstante vivir una
vida que, en cierto sentido, está amordazada al no tener su espíritu
vehículo apropiado para expresarse en plenitud. Es bien conocido, por
otra parte, la calidad de corazón de personas con síndrome de Down,
sobre todo si se sienten aceptadas por su entorno humano.
En este trabajo defiendo que las pasiones,
mejor llamadas sentimientos o afectos, (términos que usaré casi indistintamente),
fluyen del corazón, y que éste reside más en el acto de ser de la persona,
que en la parte superior del sistema sensitivo. Toda acción del alma
y del cuerpo está influida por el corazón. “El corazón en el sentido
más amplio del término, es el centro de esta esfera. El papel determinante
que desempeña en la persona humana se nos revela claramente después
de este breve análisis de la esfera afectiva. La afectividad (con el
corazón como su centro) juega un papel específico en la constitución
de la persona como un mundo misterioso y propio, y está indisolublemente
conectado con los movimientos más existenciales de la persona y con
el yo”[4],
con la metafísica podemos justificar con fundamento esta afirmación,
y con la teología podemos adentrarnos en su intimidad.
Es bien conocido que la
Biblia usa el término “corazón” (leb) para designar lo más íntimo del
ser humano más allá aún de toda la riqueza de afectos que tiene el hombre.
En la cultura occidental sigue vigente este modo de hablar en lo religioso,
en lo poético y en lo coloquial, pero no así en el mundo filosófico,
quizá porque lo usaron poco los griegos, o por las diversas formas de
racionalismo que, más o menos conscientemente, desprecian esta vivencia
por lo difícil que es controlarla y porque –en una reacción ocultamente
estoica- desdice del pensador puro; como si fuese necesario negar los
afectos para conocer fríamente con su racionamiento gélido, como diría
Heidegger. Veamos un buen resumen que hace San Josemaría Escrivá acerca
del sentido de corazón en la Biblia: “Al corazón pertenecen la alegría:
que se alegre mi corazón en tu socorro[5]; el arrepentimiento:
mi corazón es como cera que se derrite dentro de mi pecho[6]; la alabanza a Dios:
de mi corazón brota un canto hermoso[7]; la decisión para
oír al Señor: está dispuesto mi corazón[8];
la vela amorosa: yo duermo, pero mi corazón vigila[9]. Y también la duda
y el temor: no se turbe vuestro corazón, creed en mí[10]. El corazón no sólo
siente; también sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón[11], y en él permanece
escrita[12].
Añade también la Escritura: de la abundancia del corazón habla la
boca[13]. El Señor echó en
cara a unos escribas: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones?[14]. Y, para resumir
todos los pecados que el hombre puede cometer, dijo: del corazón
salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones,
hurtos, falsos testimonios, blasfemias[15].
Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de
un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla
del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo
Jesucristo, se dirige toda ella —alma y cuerpo— a lo que considera su
bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón[16]”[17].
Sería amplísimo traer aquí lo mucho escrito
sobre el Corazón de Cristo en los Evangelios y los escritos cristianos.
Juan Pablo II lo expresa así: “Si el corazón humano representa un insondable
misterio que sólo Dios conoce, cuánto más insondable será el de Jesús,
en el que se mueve la misma vida del Verbo, y residen todos los tesoros
de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad”[18]. Sin embargo, en
bastantes ambientes ha existido un freno en este sentido al considerar
la facilidad con que se desordenan los afectos: “Esta manifestación
del desorden interior representa toda la espontaneidad de la vida afectiva
en cuanto desborda el dominio consciente. Como resulta experiencia común,
el ser humano tiene una sensibilidad hasta cierto punto independiente
de su espíritu. Para la escolástica, esta espontaneidad es el desorden
más claro que separa la situación del hombre ideal (en el paraíso o
en la gloria) de la situación real e histórica. En ella se expresa,
por otra parte, una experiencia de conflicto y lucha interior, de fuerzas
centrífugas y opuestas, que es universal Video meliora proboque deteriora
sequor (Ovidio). En realidad se confunde el pecado con el desorden
pecaminoso de las pasiones, pues ciertamente al pecar la acción de las
pasiones (odio, resentimiento, venganza, tristeza, amor descontrolado,
envidia etc.) es muy intenso que en la persona muy equilibrada. Pero
se suele olvidar el vivir apasionado de los santos, de los esposos,
de los sabios, y que se presenta muy vivo en muchas situaciones santas
de la vida ordinaria.
La tradición cristiana
ha vertido su experiencia sobre el desorden afectivo en el esquema de
los pecados capitales. Con este esquema se aclara con enorme sabiduría
práctica un elenco de los principales móviles desordenados de la afectividad
(soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, envidia y pereza)[19],
algunos añadían la acidia o tristeza vital, melancolía fruto de la depresión,
del agotamiento o de la tibieza espiritual. La calidad de los sentimientos
positivos ha tenido peor suerte en el terreno de los escritores espirituales
antiguos, aunque algunos abundan en la alegría y el buen humor, como
es el caso de San Josemaría.
Un autor como Unamuno dice
en la “tía Tula” que con frecuencia la cabeza no coincide con el corazón,
y que, incluso cuando coinciden, hay algo más hondo ahincado en el interior
que no está conforme y se rebela. A este fondo último afectivo vamos
a referirnos en este estudio. Es válida la consideración original de
que el fondo del individuo lo marca el corazón. “Cuando hablamos de
corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a
toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo
de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras
para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado
como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos,
de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón,
podemos decir con lenguaje nuestro”[20] dice de una manera
profunda y clara San Josemaría Escrivá, que aceptamos plenamente.
Al pasar de este modo de hablar revelado
al lenguaje filosófico se consigue mayor preciso, aunque sea menos sugerente.
Nosotros decimos que en el acto de ser personal se da toda la riqueza
expresada en el término “corazón” de un modo vivo. Desde ese cetro personal,
que es acto y acción, influye en la inteligencia, en la voluntad, en
los sentidos, siendo como el envoltorio de todo el actuar humano. Cada
acción no puede ser indiferente, apática, impasible; y si lo pretende
o lo padece, sería gran imperfección, vida inhumana o enfermedad gravísima.
El acto de ser se nos presenta como vivo, aunque no pueda ser reducido
a una esencia, como ocurre en el alma.
Es frecuente
decir que Dios mismo, en su armonía perfecta de justicia y misericordia,
es un inmenso Corazón. La revelación de la intimidad divina es importante
para conocer ese corazón de Dios. “En la Sagrada Escritura nos encontramos
diversos textos que nos muestran a un Dios accesible a los dolores en
su relación a los hombres. "Yahvé se arrepintió de haber creado
a los hombres y le pesó en el corazón[21].
"Irritaban al Santo de Israel"[22].
"Por ellos se rebelaron e irritaron su santo espíritu"[23] Ellos "ofenden"
a Dios[24],
le "cansan"[25].
No sólo se da el amor con cólera en Dios, sino el amor con clemencia
que supera la ira en su interior: "un vuelco ha dado en Mí mi corazón,
a una han ardido mis entrañas. No ejecutaré el ardor de mi cólera, no
volveré a aniquilar a Efraím, pues soy Dios y no un hombre[26]
En el humano lenguaje bíblico se desvela la intimidad divina con unos
sentimientos que tienen un paralelo con los nuestros. Esto se ve muy
bien en Jeremías: "¿Es Efraím un hijo favorito, niño de mis delicias
para que cuantas veces hablo contra él, me vuelva a acordar de él? Por
eso mis entrañas por él se conmueven y he de tener por él piedad -oráculo
de Yahvé"[27] También es clásico
el texto de Isaías: "dice Sión: Yahvé me ha abandonado. El Señor
me ha olvidado. ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse
del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar yo no
te olvido. Míralo, en las palmas te tengo tatuada, tus muros están ante
mí perpetuamente”[28]. La ternura, la
compasión, el cariño que no olvida, que sufre ante el dolor del hombre
es mostrado por los profetas, Toda la Biblia está llena, de principio
a fin, de una especie de lamento apesadumbrado de Dios, que se expresa
en aquel grito: "¡Pueblo mío, pueblo mío...! Pueblo mío, ¿qué te
hice, en qué te molesté? Respóndeme"[29]
Pero Dios no se aflige por sí, sino por el hombre que, de esa manera
se pierde. Se aflige, pues, por puro amor”[30].
Aunque pueden interpretarse estas expresiones como antropomorfismos
para hablar de Dios. Algunas veces tienen aspecto de defecto y no se
pueden atribuir a Dios. Pero también se puede decir que reflejan a un
Dios vivo y nosotros los hombres somos reflejo e imagen de este Dios
vivo, no al revés. Lejos quedamos del Dios lejano, inmutable, frío y
poco humano, o, por lo menos, poco accesible a los humanos
Incluso
se puede hablar del dolor del Padre como dice Juan Pablo II en la encíclica
Dominum et vivificantem: "la concepción de Dios como ser
necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de Dios todo dolor
derivado de limitaciones y heridas (...) Pero a menudo el Libro Sagrado
nos habla de un Padre que siente compasión por el hombre, como compartiendo
su dolor. En definitiva, este inescrutable e indecible dolor del Padre
engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo,
para que, por medio del misterio de la piedad, en la historia del hombre
el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado. Para que prevalezca
el don (...) en la boca de Jesús Redentor, en cuya humanidad se verifica
el sufrimiento de Dios, resonará una palabra en la que se manifiesta
el amor eterno, lleno de misericordia: Siento compasión (cfr Mt 15,32;
Mc 8,2)" (n.36). El sufrimiento está unido al pecado y el Espíritu
santo lo revela: "el convencer en lo referente al pecado, ¿no deberá
revelar también el sufrimiento? ¿No deberá revelar el dolor, inconcebible
e indecible, que, como consecuencia del pecado, el Libro Sagrado parece
entrever en su visión antropomórfica en las profundidades de Dios y,
en cierto modo, en el corazón mismo de la inefable Trinidad" (n.39).
Es una profundización en el Corazón de Dios que resulta difícil para
la mentalidad griega y para el dios de los filósofos, que no llegan
más allá de la inmutabilidad de Dios; pero que desconocen que se trata
de un Dios vivo real, y que todo lo que tiene el hombre es participación
de Él, pues es imagen y semejanza de Dios.
San Josemaría dice que “
Cristo nos quiere con el cariño inagotable que cabe
en su Corazón de Dios” [31]
y que el diálogo con Dios se hace, sobre todo, a este nivel, “oración
mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón”[32].
En una unidad humana que no distingue demasiado entre sentimientos y
querer. La expresión “de corazón a corazón” incluye voluntad, inteligencia
y sentimientos, unidos e iterrelacionados en la intimidad de la persona
y que irradian su modo de ser en todo el actuar humano. Es poco correcto
decir que existen dos amores el sobrenatural y el humano, o el afectivo
y el de la voluntad, pues equivale a romper la unidad humana. “Hemos
de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres,
a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros
amigos o amigas: no tenemos otro corazón”[33]. San Josemaría señala
la unidad de la persona y del querer y amar humano evitando un dualismo
que separe lo espiritual y lo humano, que se perfeccionan y ayudan mutuamente.
Desde lo sobrenatural se perfecciona lo humano, sin que deje de ser
humano. Lo humano ayuda a percibir y vivir mejor las gracias recibidas
de lo alto.
El hombre posee inteligencia
emocional, no fría y glacial. No es sólo un intelecto, ni sólo voluntad.
Puede estudiar con pasión lo que ama, y descuidar sus deberes porque
le producen aburrimiento. El hombre es inteligencia, voluntad, afectividad
y cuerpo. Todo confluye en eso que hemos venido a llamar en diversas
culturas: el corazón. Conozco porque amo; como dice el Concilio Vaticano
II: “ En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer,
y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón,
advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el
mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita
por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana
y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo
más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas
con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”[34].
Von Hildebrand; al constatar los recelos de muchos contra el corazón por
sus sensaciones engañosas, dice que “al afirmar esto (la importancia
del corazón) no pretendemos contradecir la profunda afirmación de Pascal:
"El corazón tiene sus razones que la razón no conoce", al
decir esto entiende por corazón una forma especial de conocimiento intuitivo
que puede superar al razonamiento estrictamente lógico, sin dejar de
usarlo. Hay, en efecto, situaciones en las que podemos decir "siento
que no es correcto", aunque somos incapaces de demostrarlo lógicamente”[35]. El hombre piensa, quiere y siente. Es inteligente,
tiene una voluntad libre y le influye de un modo importante el cuerpo.
Pero sería ingenuo pensar que su actuación se rige siempre de acuerdo
con la razón, o que quiere lo más adecuado en cada momento. Existe un
mundo sentimental o afectivo que marca de una manera decisiva la conducta
y la personalidad. No es lo mismo amar apasionadamente que querer de
un modo distraído o indiferente, o quizá frío y apático, que ya ni es
querer. Ante el obstáculo se puede reaccionar con furia, como se encrespa
el gato o ladra el perro enseñando los dientes. Hay situaciones excitantes
que pueden convertirse en aburridas. Las relaciones interpersonales
están marcadas por simpatías y antipatías, conectar con empatía con
alguien facilita la comunicación a todos los niveles, hay feeling, química
o física, se dice hoy en semi argot. La grandeza de los grandes escritores,
como Shakespeare y Dostoievski, la marca la descripción de los procesos
sentimentales, y, cuando aciertan, pasan a ser clásicos.
Seguiremos la clasificación de sentimientos
y pasiones realizada por Santo Tomás de Aquino, que toma, a su vez de
Aristóteles con sentido cristiano; pero se pueden hacer muchas clasificaciones.
El acto de ser que constituye la persona tiene un corazón
vivo, en el sentido en que lo hemos mostrado en Dios, pues de Dios participa.
Este sentir, que es sentimiento y que da el aire al vivir, llega a la
inteligencia como potencia del alma, a la voluntad en este mismo sentido,
al cuerpo y a todo lo que siente. Por eso el hombre no sólo es ser pensante,
es amante de la verdad. Además, no sólo es bueno o malo, sino que es
apasionadamente bueno o malo No es sólo ser amoroso, sino que su ser
es amar, su ambición amar apasionadamente, y su gran frustración es
el desamor, el pecado, la frialdad y la indiferencia.. La represión
del afecto lleva a conductas desordenadas. La hipertrofia del sentimiento
en sentimentalismo sólo es producto de la falta del uso de la razón
orientada por el amor producida por la herida del pecado. En un artículo
titulado “la era de la angustia” dice un periodista[36]
que este estado de angustia en muchos sectores del mundo occidental
“se ha convertido en una epidemia imparable que aparece estrechamente
enraizada en nuestro propio estilo de vida. Los síntomas son tan perceptibles
en la actualidad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte
que los trastornos emocionales, la angustia o la depresión se convertirán
en un futuro cercano en la segunda causa de la morbilidad, sólo superada
por las enfermedades cardiovasculares. En España ahora, un 10% de la
población está afectada. Es decir, casi cuatro millones de personas.
Y lo más preocupante es que este “cáncer del alma” da la sensación de
que crece en paralelo a la expansión de los modernos estilos de vida”.
El diagnóstico puede ser difícil, o más bien complejo, pero indudablemente
tiene que ver con la respuesta afectiva a unos planteamientos algo inhumanos,
además de las características corporales y psíquicas que entran en la
estadísticas. Pero el problema es el crecimiento[37].
Dice la doctora Lopez
Moratalla que “el desarrollo de la neurociencia actual permite saber
que existe una amplia interacción entre lo cognitivo y lo emocional,
y al mismo tiempo mantiene la distinción entre los procesos afectivos
y cognitivos. En cada persona, y formando parte de la vida diaria,
existe un diverso nivel de modulación e influencia entre ambos; existe,
de hecho, diferencias en el predominio de uno y otro. En términos anatómicos
y bioquímicos parece que el flujo ascendente de lo afectivo sobre lo
cognitivo, lo que explica el hecho de que las emociones y los afectos
influyan poderosamente sobre las decisiones; e incluso puede explicar
que resulte más fácil recordar los acontecimientos que estuvieron acompañados
de fuertes emociones que conseguir volver a revivir y sentir emociones
con sólo recordarlas. Pero al mismo tiempo, el grado de corticalización
de nuestro cerebro permite ejercer un control decisivo sobre nuestras
emociones y sobre su expresión. Como decíamos más arriba, la influencia
afectiva y emocional puede jugar un papel determinante en el aprendizaje,
desarrollo y consolidación de las capacidades disminuidas en personas
con minusvalía cerebral. Si las emociones llegan a suscitar actividades
cognitivas y mentales que de otro modo quedarían olvidadas, y esto es
válido para cualquier cerebro, tiene particular trascendencia en situaciones
en que la capacidad cognitiva se encuentra alterada, ya que las aferencias
emocionales y motivacionales llegan a suplir carencias de estímulos
de otro carácter”[38]. Es la parte corporal
cerebral de las emociones que es muy importante. Pocas veces es la causa
del actuar humano, y casi siempre es el efecto del actuar de la afectividad
de la intimidad que llega al cuerpo.
Se puede decir que todo
educador, y todo el que intente hacer antropología en cualquier
nivel, tiene que afrontar que el ser humano tiene corazón –afectividad,
sentimientos, pasiones-. Más adelante estudiaremos de donde viene
la facilidad para desordenarse, de momento sigamos a Santo Tomás[39];
muy influido por los griegos en su estudio de las pasiones, quizá
por ello las sitúa más hacia la parte sensible del ser humano,
en las pasiones. También distingue las básicas y sus contrarias.
De ahí pienso que proviene la confusión sobre la afectividad,
los sentimientos y las pasiones. Pienso que al situar el corazón
en el núcleo de la personalidad no se puede decir que existan
afectos o sentimientos negativos. Sin embargo, la experiencia
nos muestra estos contrarios continuamente y cómo enturbian la
vida de los hombres, tanto por ser muchas veces inesperados y
cambiantes, como por llegar a oscurecer la razón y la voluntad.
Esto se explica porque la persona está herida, pero en su origen
no es así. Por ello miraremos primero el corazón en su origen
y luego los desordenes que se dan en el hombre histórico.
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