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Afectividad Normal |
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Las pasiones en Santo Tomás
En la cuestión
25 de la I-II de la Suma Teológica dice Santo Tomás algo muy indicativo
“todas las pasiones son causadas por el amor”[1]
y cita a San Agustín:”el amor, ansiando poseer el objeto amado,
es el deseo; y poseyéndolo y gozando de él es la alegría”[2].
Por eso nos vamos a detener más en este afecto, que es más espiritual
que lo que la palabra pasión podría hacer pensar. El núcleo de la
afectividad es el amor, mueve el deseo del que aún no está
unido con el amado y el gozo del que experimenta la unión. Esto
se da en lo humano y más aún en la escala mística hacia Dios en
la que se comienza por un amor que aún no posee y quiere querer,
desea desear, y así con cada grado de amor se asciende en el deseo
hasta que la unión total es el amor de comunión, como veremos más
adelante. Hablar de tristeza, de miedo, de temor,
de desespero no es lo original, sino más bien efectos del
hombre caído con un misterioso, pero real, pecado. Este pecado no
es una caída impensada, como dice Platón, sino real e histórica
como dice la Revelación.
La
persona tiene una libertad limitada, creada para amar, pero que
aún no posee la plenitud del amor. De ahí que también en el núcleo
de la persona se pueda observar una tendencia a crecer, a desarrollarse
y a eso lo llamamos esperanza. Santo Tomás da el antiguo,
y desacreditado, nombre de ira a la fuerza que lleva a superar
los obstáculos. Se puede llamar mal en el hombre histórico y prueba
en el hombre original. La esperanza es la más cercana al amor, es
casi tener ya, es fuerza para caminar, es ardor en el vivir. Si
falta todo decae. Se podría encontrar otro nombre menos ligado a
la furia que la ira y podría ser, simplemente, fuerza o valentía,
o audacia. De hecho, Santo Tomás dice que “la audacia sigue
a la esperanza de la victoria, y el temor a la desesperación de
vencer. Y la ira es consecuencia de la audacia”[3]
aunque tenga ante sus ojos sobre todo el sentido de pasión que hemos
citado anteriormente. Más adelante dirá que las pasiones positivas
(amor, deseo, gozo, esperanza) preceden a las negativas (odio, aversión,
tristeza, desesperación). Así se configuran las ocho pasiones clásicas
que como hemos visto en la práctica se entremezclan y se relacionan
con muchas derivaciones en la vida de la persona humana.
Es
muy interesante la distinción que hace en el amor como pasión al
señalar que existen diversos grados que simplifica en tres: el natural
que precede a la percepción y al entender; el sensitivo como en
los animales que participa en algo de la libertad por su cercanía
a la razón; y el amor de voluntad que procede de la aprehensión
según su libre juicio[4].
Se darán así unas diferencias de amor que el lenguaje suele confundir,
aunque, como vimos, los griegos y los místicos supieron distinguir
bien. El mismo Santo Tomás distingue entre amor y dilección, “hay
cuatro nombres de algún modo significativos de una misma realidad,
a saber: amor, dilección, caridad y amistad. (...) toda dilección
es amor, pero no todo amor es dilección que añade la elección precedente
como su nombre indica, y no se encuentra en el concupiscible (los
sentidos) sino en la voluntad y únicamente en la naturaleza racional.
La caridad, a su vez añade al amor una cierta perfección de éste,
en cuanto el objeto amado se estima en mucho, como da a entender
el nombre”[5]. Las palabras latinas
utilizadas por el Angélico son amor, dilectio, caritas y amicitia
que tiene parecidos y desemejanzas con las griegas eros, ágape,
y filia como ya vimos al hablar de la persona como ser amoroso.
Es de gran belleza la respuesta 4ª cuando dice: “algunos afirmaron
que aún en la voluntad misma la palabra amor expresa algo más divino
que la palabra dilección, porque el amor lleva algo de pasión, mientras
que la dilección presupone el juicio de la razón. Y el hombre puede
dirigirse a Dios por el amor como pasivamente atraído por Él que
cual pudiera conducirle a ello su propia razón, lo cual pertenece
al modo propio de la dilección, como queda ya dicho. Y por esto
es más divino el amor que la dilección”[6];
es decir, es más perfecto amar con corazón que querer sólo con la
voluntad, siempre que el objeto sea bueno, por supuesto. Estas dudas
en la terminología y en el contenido quedarían mejor resueltas partiendo
de que el afecto del corazón reside en la persona y redunda según
su modo de ser en el alma y en el cuerpo.
En este misma respuesta distingue entre amor de amistad cuando
se ama al otro, y el de concupiscencia cuando se quiere el bien
para sí o para el otro, siguiendo la definición de amor de Aristóteles:
Amar es querer el bien de alguien, y llega a decir que “ el
amor con que se ama a algo como un bien propio es amor absoluto
y el amor por el cual se ama algo para que redunde en bien de otro
es amor relativo”[7].
Más adelante sigue desmenuzando cada una de las pasiones propuestas
con gran agudeza, pero queda como irresuelto si son algo del espíritu
o del cuerpo o de su interrelación.
En
el caso del hombre histórico, el que existe realmente, con heridas
interiores al nacer, encontramos que la persona tiene un fondo último
que llamamos “corazón” con los afectos positivos: amor,
gozo, esperanza. Es frecuente en literatura y costumbres de todas
las culturas que exista una tendencia a reprimir estos sentimientos
o afectos, pues muchas veces se ha confundido amor con desorden
sexual, gozo con placer descontrolado y esperanza cono presunción
y desinterés. Pero los desórdenes reales no nos pueden llevar a
dejar de apreciar lo positivo y descubrir otras heridas de esa actitud
represiva, que no sabe ser armoniosa, amando lo positivo y dominando
lo negativo. La persona, por ser persona –Alguien ante Dios
y para siempre- necesita amar con el sentimiento y no sólo como
un acto de voluntad-. Necesita gozo –en la total tristeza
y aburrimiento se empequeñece y desaparecen muchas de las fuerzas
humanas-. Necesita deseo y esperanza, y valentía, variante de mejor
nombre que la ira, –pues sin esperanza no se vive y el ser
humano debe ambicionar siempre más verdad, más belleza, más honor,
más vida mística y eternidad-.
Por otra
parte, debemos considerar como también situadas en el corazón, pero
a otro nivel más externo las pasiones, sentimientos o afectos contrarios:
el odio, la tristeza, la desesperación. Son positivos al entrar
en contacto con objetos negativos –males, privación de bienes-
y aquí entran varias distinciones. La tristeza es positiva si es
la reacción ante un mal –un pecado, hambre, muerte, dolor
no aceptado etc-, pero es negativa cuando se da ante un bien que
se capta por malicia como mal –p.e. rezar, estudiar, ser casto
etc-. El odio tiene la misma doble versión. Odio es positivo si
es reacción a lo malo – pecado, miseria, guerra, etc- y negativo
si aborrece lo bueno percibido culpablemente como malo –los
buenos, los triunfadores etc-. La desesperación no tiene nunca versión
positiva y tendríamos que separarla de los demás, pues una persona
sana mentalmente nunca debería caer en la desesperación, primero
porque ningún mal es superior al bien eterno y segundo porque ese
Alguien con quien tengo una relación necesaria, indestructible,
transcendente, es Dios mismo, que es Padre y omnipotente. Pero de
hecho, ocurre.
La mezcla de afectos
En la unidad
de la persona se da una mezcla de afectos. Es conocido el amor-odio,
un afecto complejo en que se puede odiar a quién más se quiere o
se ha querido, porque no responde como se espera, o no corresponde
a ese amor. También están íntimamente relacionados la esperanza
y el amor. La esperanza es ya casi amor aún no poseído. En la vida
espiritual, y también en la humana, es muy importante el deseo.
En cierto modo se encienden hogueras de amor que no defraudan en
lo espiritual, acaso sí en lo humano, y siempre en el pecado. La
ira es la defensa del amor. Esta fuerza en la lucha puede ser enorme
si el amor es grande, como en la defensa de los hijos o de la fe.
El odio también puede producir ira negativa, pero con la diferencia
que lleva consigo amargura es sus triunfos destructivos, como es
el caso de las seducciones diabólicas. El gozo es efecto del amor.
La alegría más que un fin es una consecuencia. Esto es evidente
en la alegría, que puede ser espiritual o sensible llamada entonces
placer, es efímera y puede ser insaciable, con la propina de tristeza
cuando no se posee lo deseado. La tristeza amorosa tiene un raro
proceso de paz interior, aunque se sufra, porque el amor es la causa
profunda de la paz. La alegría egoísta lleva al vacío y a la desazón,
aunque se quiera ocultar. El aparente gozo o placer desenfrenado
lleva al decaimiento físico y anímico y al vaciamiento moral, porque
es desamorado. El amor es fuerte, paciente, no se irrita, no piensa
mal, jamás decae, aunque esto pueda parecer impensable en un sentimiento
del hombre histórico, esto es así porque las emociones y sentimientos
sin estabilidad –virtud- son demasiado fluidas, pero la estabilidad
es posible, aunque laboriosa.[8]
Otro capítulo
es estudiar la influencia de los sentimientos afectos o pasiones
con el cuerpo, pues, a veces mueven al alma, quizá involuntariamente,
por ejemplo, al oír una música, al ver un espectáculo, al sentir
hambre etc. Otras veces las pasiones llegan desde el cuerpo al alma:
euforia, ánimo, o temblor, frío, encanecimiento del cabello, etc.
Los fisiólogos y los neurólogos pueden decir algo a éste respecto
en las conexiones cerebrales, en la corteza del cerebro, en las
hormonas etc., que intentaremos observar más detenidamente al tratar
de la persona como ser que tiene cuerpo. Pero sería un error reducir
el contenido del afecto a esta dimensión corporal, que es importante,
pero secundaria.
Otra faceta
es la educación, pues es necesario tener en cuenta lo positivo del
mundo afectivo, y, luego, tener un orden de lo más interno a lo
más externo sin simplificaciones. Primero el amor espiritual, luego
la verdad como necesidad del ser pensante, saber captar y crear
belleza; alcanzar la unidad con Dios, con los demás seres humanos,
con el cosmos, en uno mismo. Luego el alma y sus potencias: inteligencia
y voluntad, que cada una requiere un tratamiento distinto, aunque
sea inseparable. Después el mundo afectivo interior positivo; después
el negativo en el alma, luego en el cuerpo. Con la mayor amplitud
posible, y sin demasiado esquematismo, pues ya la intuición –como
suele suceder en las madres y los buenos maestros- llega donde no
alcanza la racionalización.
El corazón
humano necesita más atención en la medicina, en la educación, en
las diversiones. No para manipular a la persona, sino para poder
alcanzar con más incisividad el equilibrio personal, más salud física,
mejores relaciones interpersonales, trato con Dios más íntimo y
lleno de afectos. El camino debe llevar a una superación de la frialdad
del racionalismo y de la culturilla divulgativa científico-técnica.
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