| |
Ser que ama la belleza
La persona ama la belleza,
no puede vivir sin ella en algún grado. El amor humano se mueve en gran
medida por la belleza. Los animales no aman la belleza porque no la
pueden apreciar, ni la pueden crear. Lo feo repugna, lo antiestético
puede producir asco porque refleja desamor. Veamos porque es así.
El pulchrum es un trascendental del Ser.
“la belleza es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella
de la verdad y del bien y su indisociable unión”[1]
El unum es el primer transcendental en cuanto atrae lo múltiple a la
unidad. El verum es el transcendental que ama la inteligencia pues el
ser es inteligible. El bonum atrae el amor de la voluntad al ser perfecto.
El pulchrum atrae el amor de corazón. Al conectar con lo más íntimo
es lo que atrae a todo ser humano, y por ser el corazón la sede más
íntima y donde reside el amor como afecto y sentimiento más profundo
que el querer atrae con fuerza a todos. El acto de ser que constituye
la persona en el corazón, que también participa de esa belleza, y por
eso puede captarla, gozar, sentir, y, sobre todo, crearla, que es uno
de los modos más intensos modo de vivir humanamente. En un mundo sin
belleza es fácil que se dé un alejamiento del bien (recordemos que las
cosas malas muchas veces se les llama cosas feas), se llega a desear
sondear las profundidades satánicas[2],
y se hace muy difícil rezar. En cambio hay épocas durante las cuales
era natural experimentar el kalokagathon (bello y bueno), la palabra
bonito es contracción de bueno y bello en diminutivo. Von Balthasar
señala el prefacio de su gran obra Gloria que “nadie puede percibir
lo bello sin ser arrebatado, y sólo puede ser arrebatado el que lo percibe”[3].
Los trascendentales están tan unidos que el olvido de uno influye en
los demás. La Verdad es bella y la Belleza no es maquillaje sino auténtica,
original. La Bondad es hermosa, en el niño y en el mártir, en la abnegación
materna, y en la admiración al fuerte. Lo bello si no es bueno es trampa
y engaño que siempre se descubre. La santidad tiene atracción de belleza
cuando se percibe. Y eso se nota en la sencillez y en las manifestaciones
de las clásicas artes. Se trata de ir del esplendor a la raíz y de la
raíz al arrebatamiento en una espiral gozosa. .
Claudio Rodríguez expresa
poéticamente: “La belleza anterior a toda forma/ nos va haciendo a su
misma semejanza”[4];
o en otro lugar “Siempre la claridad viene del cielo;/ es un don, no
se halla entre las cosas/ sino no muy por encima y las ocupa/ haciendo
de ella vida y labor propias”[5].
Von Balthasar en cambio habla más de la forma, aunque no se pueda confundir
el lenguaje poético con el teológico. “Arrebatar y extasiar es virtud
exclusiva de lo que tiene forma; sólo a través de la forma puede verse
el relámpago de la belleza eterna. Hay momentos especiales en que la
luz se abre paso, el espíritu centellea a irradian la forma exterior
–del modo y la medida en que se realiza esto depende si se trata de
la belleza “sensible” o “espiritual”; pero, en todo caso, sin la forma
el hombre no puede ser arrebatado ni caer en éxtasis. Pues bien, el
ser arrebatado es el origen del cristianismo. Los apóstoles son arrebatados
por aquello que ven, oyen y palpan, por aquello que se revela en la
forma; Juan (sobre todo, pero también los demás) describe continuamente
cómo en el encuentro, en el diálogo, se destaca la forma de Jesús y
se dibujan sus contornos de manera inconfundible, y cómo de repente,
de un modo indescriptible, surge el rayo de lo incondicionado y derriba
al hombre, haciéndole caer postrado en adoración, transformándolo en
un creyente y seguidor de Cristo. Este “abandonarlo todo para seguirle”
sería una pusilánime huída del mundo si no se produjese con aquel entusiasmo
loco, que conoció Platón a su manera y que también conoce todo aquel
que, gustosa y despreocupadamente, está dispuesto a enloquecer por amor
a la belleza. ¿Acaso podríamos entender algo de la vida de Pablo si
no le concediéramos que, en el camino de Damasco, contempló la suprema
belleza, como la contemplaron los profetas en las visiones con las que
fueron llamados, y que por eso lo vendió todo, toda la sabiduría mundana
y divina, todo privilegio en el pueblo santo, para comprar la perla
única, realizar gozosamente su servicio como “pobre de Yavhé”? Unos
y otros, los entusiastas de la belleza natural y los extasiados por
la belleza cristiana, han de aparecer necesariamente ante el mundo como
insensatos, y el mundo intentará explicar su estado apelando a leyes
psicológicas, cuando no fisiológicas (Act 2,13). Pero ellos saben lo
que han visto, y no se preocupan lo más mínimo por lo que dicen los
hombres. Sufren por amor a ella y su com-padecer queda ampliamente compensado
por su ser enardecidos por la suprema belleza, coronada de espinas y
crucificada”[6]
Ciertamente la belleza tiene
más fuerza de transformación que la metafísica y la ética, aunque las
supone. El arte vivo no se reduce a las formas llamadas artísticas,
sino que sobre todo se da en la vida, en vidas santas, bellas, proféticas
en la sencillez. “Lo bello lleva en sí una evidencia que salta inmediatamente
a la vista”[7]. La pregunta es: “¿tenemos
una razón objetiva para limitar lo bello a la esfera de las relaciones
intramundanas entre “materia” y “forma”, entre “lo que se manifiesta
y su manifestación”, así como a los estados anímicos de la imaginación
y la sensibilidad requeridos en cualquier caso para la percepción y
la formación de tales percepciones? ¿O podemos acercarnos a lo bello
como a una de las propiedades transcendentales del ser y por consiguiente,
atribuirle la misma extensión y una forma intrínsecamente análoga a
lo uno, lo verdadero y lo bueno”[8].
Yo así lo afirmo, y conmigo los Padres de la Iglesia. “Tomemos como
ejemplo, a fin de aclarar la cuestión, un valor cuyo portador no es
una persona ni un acto personal: la belleza de un paisaje. Un valle
cerrado por paredes de roca de color claro y no muy altas, bañado por
la luz de la luna, cubierto por un cielo cuajado de estrellas titilantes
contra el cual se dibuja con toda claridad, pero sin dureza alguna,
el perfil de las rocas. Se trata de una imagen de belleza indescriptible,
clara, suave y pacífica, «indescriptible» tiene aquí un sentido estricto.
Las palabras no son más
que un intento de estimular a la fantasía para que represente una imagen
que guarde la mayor correspondencia posible con la realidad a la que
hace referencia. Pero de suyo esta belleza es algo único, poseído sólo
por este todo configurado individual. La belleza no es algo material,
si bien el todo configurado que la posee está formado por seres materiales,
y la impresión que produce el todo depende esencialmente de cualidades
de cosas: la rígida inmovilidad del muro natural da al valle el carácter
de lo protegido y seguro, los tonos luminosos de las paredes de roca
su peculiar claridad. Acabo de decir que esa belleza es clara, suave
y pacífica. Quien la acoja dentro de sí participará de esa claridad,
esa suavidad y esa paz. Entendemos ese estado del alma, sin más, como
algo espiritual”[9].
La belleza está fuera (es transcendente) y dentro (es inmanente, como
lo es Dios con el hombre). San Agustín lo expresa maravillosamente en
un texto que se ha hecho antológico: “¡Tarde te amé, Belleza, tan antigua
y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y
así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas
cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba
contigo. Reteníanme lejos de Ti aquellas cosas que, si no estuviesen
en Ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume
y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y
sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti”[10]
Captar la belleza es sintonizar con la irradiación de lo que es bello
porque es armonía perfecta que atrae el corazón. Kansdinski dice que
el color es un dardo que llega al alma. En el arte oriental ortodoxo,
tan dado a la transcendencia, se concreta estos significados .El padre
Spidlik explicó que en el icono “el color no es algo casual, sino que
tiene su propio lenguaje: el rojo es la divinidad; el azul, la humanidad;
el blanco de la luz, en la tradición oriental, nace de dentro, es la
luz espiritual que ilumina al mundo, es la luz divina que pone de manifiesto
la realidad”. En el icono no hay sombras lo que es una manera de hablar
de la luz divina en los cuerpos pintados.
En la modernidad se dan
múltiples teorías de la estética desde el hombre. Todas tienen algo
de verdadero, pero se suelen refutar una a otra por su radical ser
incompleto. Algunas llegan a realidades tan extrañas como el arte por
el arte o la espontaneidad, aunque sea desproporcionada, o inhumana.
Anteriormente Kant, en su Estética Trascendental, establecerá
la distinción entre lo bello y lo sublime, lo que va más allá de un
límite y sólo puede conseguir al genio. Schopenhauer en su pesimismo
pone el arte en la voluntad y como lo que más salva al hombre. Los románticos
hablan de tormenta y empuje del sentimiento. Poco a poco, el arte se
convierte en instrumento del poder en el Estado estético. Hegel afirma
que la reflexión y el pensamiento están por encima del arte, y el arte
ha muerto, aunque tenga una cierta misión. Para Nietzsche el arte tendrá
un carácter revelador, casi místico, explicando a Apolo como símbolo
de lo bello, y Dioniso como símbolo de lo sublime. Entre unos y otros
se puede decir que el arte se ha separado de la belleza, aunque siempre
se dan artistas que encuentran la belleza en mil formas nuevas y admirables.
Este intento de estética
desde el hombre y sin Dios tendrá frutos amargos de disolución estética
y ética; aunque en un primer momento se revista de erudición comentando
lo que han realizado los artistas pasados, pero al pasar a la generación
de nuevos artistas se descubre el vacío o los excesos para escandalizar
en groserías y roturas, que sólo escandalizarán al que quiere ser escandalizado.
San Juan de la Cruz, por vía de experiencia y de arte que no quiere
ser espectáculo, habla mucho de la hermosura -un centenar de
veces en sus escritos-, sabe bien que la hermosura es un trascendental
del Ser, pero lo personaliza en Cristo, que es la hermosura del Padre
(Cántico 36 y 37). Nadie llega al Padre sino a través de la hermosura
del Hijo. De Él la reciben las demás criaturas. “La palabra condescendencia
divina expresa la bajada de Dios hasta tomar la naturaleza humana y
la pedagogía divina: llevar al hombre al modo de hombre, respetando
su naturaleza y su libertad, incluso cuando el hombre obra de modo dañoso.
Para hacerlo suavemente, Dios comienza de los sentidos y va así llevando
al alma al modo de ella hasta la sabiduría espiritual, que no cae en
sentido. Avanza de grado en grado partiendo de las cosas exteriores,
palpables y acomodadas al sentido. Así trae al hombre a la perfección
del amor, que es unirlo, juntarlo, igualarlo y asimilarlo a la cosa
amada”[11].
En la situación del hombre
histórico el arte es en gran parte dramático, no trágico al modo fatal
de los griegos. La literatura lo refleja en multitud de ocasiones, pero
también todas las artes. Es el drama entre la libertad infinita y una
libertad auténtica, pero finita, la del hombre. “El arte contemporáneo
se ha rebelado ciertamente contra una noción romántica, idealista de
la belleza. Hoy un pintor contemporáneo se ofendería si uno dijera que
su obra es bella. Al mismo tiempo el arte contemporáneo está promoviendo,
poco a poco, una visión renovada de la belleza. Con fatiga y a través
de muchas trampas. Una de éstas es el psicologismo estético: bello es
lo que me hace estar bien en mis sentidos. Pavel Florensky dice que
la verdad revelada es el amor y el amor realizado es la belleza. La
belleza es, pues, el mundo de la comunión donde las realidades se reclaman
recíprocamente y mediante una se abre la otra. Pero la comunión se realiza
mediante el sacrificio. El verdadero sacrificio sólo es posible como
un acto de renuncia libre a causa de un amor fuerte. Esto es la Pascua.
La Pascua es el amor de Dios vivido en la historia y esto es un drama.
La belleza verdadera no es cosmética ni romanticismo ni idealismo, sino
un drama de la unificación del mundo. El principio de la belleza es,
pues, la atracción, la fascinación, no la demostración, no una argumentación
aplastante. Para la evangelización del mundo contemporáneo me parece
muy importante el principio estético de la Iglesia, es decir, la vida
de la Iglesia como la fascinación que atrae, que conmueve a causa del
estilo de la vida. Esto crea en torno a la Iglesia una sana simpatía
y no temores, miedos y conflictos. Así se afirma el principio de la
libre adhesión”[12].
El Padre Rupnik artista y teólogo nos cuenta sus experiencias:
“Yo pertenecía al arte contemporáneo, primero abstracto, luego de la
transvanguardia, y creo que conozco el espíritu de estas corrientes
desde dentro. Pero tanto mi encuentro con mi padre espiritual, el padre
Spidlik, como el estudio del padre de la poesía simbolista rusa, Ivanov,
como el encuentro con el arte paleocristiano han hecho que me diera
cada vez más cuenta de que el arte es un servicio y que el artista no
puede simplemente expresarse a sí mismo. Comenzó en mí una necesidad
de descubrir el arte como servicio a la sabiduría de la vida, por tanto,
el arte como comunicación de esos misterios de la vida que ayudan a
vivir de modo que nuestra vida no se volatilice, sino que permanezca.
Durante una Pascua, hace años, tuve una visión clara de que el principio
creativo es la caridad. Y de que, por tanto, debo tener en cuenta a
los otros. No afirmar mi voluntad, sino tratar de liberar en el mundo
la voluntad del Creador que ya está en todo lo que existe. Cuanto más
percibía mi vocación de artista como ascesis, como monaquismo, más se
reconocía la gente en mi arte, más fuerte era su adhesión. Yo ayunaba,
renunciando a algunos matices y detalles míos, a la exhuberancia en
el lenguaje. La gente me hablaba de la fuerza, de la energía de la luz,
del aspecto solar de mi arte. Estoy aprendiendo cada vez más a no imponer
mi visión, sino a descubrirla en el mundo, en los otros, en la historia.
La drama de la modernidad está en la ausencia de la inteligencia contemplativa”[13].
¿Cómo llegar a contruir nuevas iglesias bellas? “
Venciendo el manierismo repetitivo, la tentación de las modas, liberándose
de los miedos y de los prejuicios y también de las categorías de un
arte que se expone en galerías. No pensando que cualquier arte puesto
en las iglesias se convierte automáticamente en arte sacro. El arte,
el gran arte, como dice Ivanov, nace de la vida, confluye en la vida.
Un artista con una fuerte vida de comunidad en la Iglesia, una fuerte
vida espiritual, pero que está adentrado bien en el gusto del lenguaje
del arte contemporáneo, será capaz de crear un arte fuerte en el que
vibrará la vida. Precisamente porque no lo creará en el laboratorio,
solo, como un caprichpsicológico, o como una compensación económica,
sino que lo creará dentro de un tejido de relaciones verdaderas de la
vida. Las grandes épocas del pasado nos enseñan que las iglesias se
pueden construir sólo juntos con otros. Hay que promover poco a poco
este principio eclesial en las construcciones de las iglesias. En caso
contrario continuaremos teniendo iglesias que desde el exterior son
construcciones interesantes, se parecen a todo menos a una iglesia,
y por dentro tendremos un espacio incómodo para lo que debería ser la
función litúrgica y las paredes, las vidrieras tendrán aquí y allá alguna
decoración más bien anémica, sosa o un puñetazo en el estómago de un
arte violento transportado directamente desde la galería a la liturgia.
Me parece que el problema toca la fe. La liturgia es el acto más libre
y gratuito de nuestro reconocimiento del Señor, el celebrar al Señor,
celebrar la salvación propia. Si no hay fe la liturgia es la primera
que advierte la crisis porque no se ve su sentido y se empieza a subrayar
la dimensión social de la liturgia. Lo mismo sucede con el espacio litúrgico.
Las iglesias bellas son necesarias pero nacerán donde la iglesia es
viva, donde hay comunidad eclesial, donde hay belleza que es la unidad.
La iglesia construida debe expresar esta unidad y por eso será bella
y siempre será expresión de los grandes sacrificios de los creyentes
pero también de grandes sacrificios de arquitectos y artistas”[14].
En ocasiones, los hombres
se sienten como hipnotizados por feísmos, crueldades, groserías, mal
gusto. No es que estas cosas o acciones sean atractivas, sino que el
interior de la persona está corrompida, o artistas técnicamente hábiles
han deformado algunas formas de expresión positivas para engañar con
máscaras el verdadero rostro de fealdad que no es algo en sí, sino una
privación de belleza, quizá por maldad[15]. Por ejemplo mientras
se escenifica una relación incestuosa llena de sentimiento acompañarla
de una música melodiosa y agradable, no avisadora de estropicios y maldades,
así actúa algún músico amoral como Wagner en alguna ocasión. Sin saberlo
es el Dionisos de Nietzsche el inspirador de su llamado arte. Dionisos
será la divinidad que significará para Nietzsche, el ardor vital, la
exaltada pasión, el arrebatador éxtasis y la placentera voluptuosidad.
Cuando Nietzsche vislumbra por primera vez, hacia 1871, su concepción
dionisíaca del arte y de la vida, descubre en sus contenidos simbólicos,
la verdadera concepción para interpretar la vida como voluntad de afirmación,
como poder de crecimiento, a través de ese dios, que en la época de
los romanos se le identificará con Baco, el dios del vino y la vid,
el dios del desatado frenesí y del más exaltado delirio místico. En
la significación simbólica de los misterios dionisíacos, como ya hicieron
los griegos presocráticos. Como señala Pifarré: “Nietzsche dice que“El
hombre dionisíaco no sólo se complace con el espectáculo de lo terrible,
del lujo de la destrucción. La maldad, la locura, la fealdad le parecen
admisibles por aquella superabundancia que es capaz de trocar un desierto
en fértil comarca" (Gaya ciencia). Algunos años más tarde, volverá
a justificar Nietzsche, la licitud amoral del arte dionisíaco, que le
permite enaltecer estéticamente cualquier aspecto de la realidad, por
perversa y absurda que sea, siempre que se inspire bajo sus cánones
artísticos: "El dios dionisíaco, el más pletórico de vida, puede
permitirse hasta la acción más pavorosa y cualquier lujo de destrucción
y negación; en él, lo malo, absurdo y feo aparece en cierto modo lícito".
En La Voluntad de Poder, vuelve a reflexionar sobre la asunción
del espíritu dionisíaco, de todo lo que es hermoso y terrible, para
destilarlo en sus insondables entrañas y convertirlo en fecunda pasión
de inspiración creativa: "Con la palabra dionisíaco se expresa
un impulso hacia la unidad, la gran comunidad panteísta del gozar y
del sufrir, que aprueba y santifica hasta las más terribles y enigmáticas
propiedades de la vida; la eterna voluntad de creación, de fecundidad,
de retorno, el sentimiento de la única necesidad del crear y destruir"
“[16]. También en el mundo
consumista se dan estas actitudes: “la belleza desinteresada, sin la
cual no sabía entenderse a sí mismo el mundo antiguo, pero que se ha
desprendido sigilosamente y de puntillas del mundo moderno de los intereses,
abandonándolo a su avidez y a su tristeza”[17]
Lejos de ese arte destructivo,
debemos distinguir entre la percepción de la belleza y su irradiación.
La percepción depende de la sensibilidad, la educación, la vida moral,
es decir, del estado subjetivo del individuo y de su entorno cultural.
Pero la percepción no marca la belleza y la hermosura, puede ser su
altavoz o puede destrozarla. La belleza no existe en sí misma más que
como una irradiación del Ser perfecto, que pasando ante las cosas vestidas
las dejó de su hermosura[18]. Pasar de las cosas
bellas a la Belleza original es tarea humana en proceso de dignificación.
No se puede reducir el progreso hacia el amor unitivo a la vida moral
irrenunciable, sino que conviene añadir la estética que lleva a la ética
y a la unificación amante. La experiencia histórica muestra que no basta
la intención para ser artista o para gustar de la Belleza. Las grandes
Obras de arte son de raíz religiosa que permite experiencias casi directas
con el origen de lo bello en mil formas humanas. Dámaso Alonso lo expresa
así: “Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza.
Llegará a lo mínimo, a las delicias sutiles, hasta el juego, acaso.
Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante
del misterio, llegará incluso a la blasfemia. No importa. Si trata de
reflejar el mundo, imita la creadora actividad. Cuando lo canta con
humilde asombro, bendice la mano del Padre. Si se revuelve, iracunda,
reconoce la opresión de la poderosa presencia. Si se vierte hacia las
grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, a la puerta llama.
Así va la poesía de todos los tiempos a la busca de Dios”[19]. Si esto ocurre en
la duda y en la búsqueda, el esplendor del encuentro, la posesión, de
la intimidad que se desvela y se oculta en su infinita belleza llega
a expresiones insuperables como las de San Juan de la Cruz
Existe la belleza moral,
la atracción de la sencillez, de la heroicidad, de la fuerza interior,
de la inteligencia que ve y sirve, de ocultarse y desaparecer, para
que las obras buenas sean vistas sólo ante Dios lejos de vacías honras.
Y están las clásicas artes (música, escultura, pintura, arquitectura,
poesía, literatura, teatro, cine que es una forma muy artificiosa de
teatro). Entre ellas destaca la música que a través del sentido externo
más perfecto –el oído- llega al interior al hombre con una hondura que
puede estremecerle de emoción, de entusiasmo, de tristeza, de gozo,
tocando al ser humano en lo más íntimo. Esto quizá sea así por la estructura
matemática de la creación. La armonía tiene una razón matemática como
la cuaterna armónica y otras combinaciones, más o menos intuitivas o
pensadas, en el artista. Llama la atención que el mundo es un cosmos,
no un caos, es algo ordenado hasta su más íntima estructura. Dios es
sabio, no caprichoso. Así podemos admirar la belleza de los fractales,
la sorpresa de los hologramas, algunos números que se repiten y sin
ellos no se puede explicar el mundo material, como la constante de Planck,
el número e, pi. Lo más íntimo de la materia no es algo que se ve y
se toca, ni siquiera con instrumentos, sino algo que se explica con
matemáticas y queda en su incógnito ser real. Pascal consigue dominar
con las probabilidades un poco el caos, Prigogine y otros dominan más
lo que se llamaba caos a otro nivel. La matemática, aunque no sea ciencia
exacta, pues necesita hipótesis axiomáticas como el teorema de Goddel,
permite llegar a honduras de intimidad material. También llega a honduras
psicológicas que son la base de la buena música. Dios mismo no es matemática,
pero su belleza no es caótica ni arbitraria, es lógica, es inteligentísima,
sabia en todos los modos como podemos captarla; y, desde luego, es matemática.
Pretender oponer la belleza armónica a la fuerza interna –Apolo y Dionisos-
es un acto voluntario lejano a la realidad humana.
Sirva el ejemplo de Antonio
Gaudí –el arquitecto de Dios en proceso de beatificación cristiano-
quiere volver a lo original, pero no en sentido de ser distinto de todos,
cueste lo que cueste, para tener fama, eso no le importa nada. Ni en
el sentido de escandalizar al pequeño burgués, ni mucho menos para enriquecerse
o ser famoso. Quiere volver al origen y lo encuentra en la creación,
en la naturaleza, en la Creación conocida como creyente. El arte en
Occidente está lleno de racionalización en todas sus formas –es el genio
de la cultura grecolatina- y un oriental encuentra dificultad para entenderla.
En cambio –aparte de las medidas de marketing- conecta indudablemente
con el arte de Gaudí, porque viven en una cultura menos racionalizada,
sólo copian la técnica de Occidente como algo útil; pero la cultura
de lo bello en el origen natural les llena de vibraciones interiores.
Así se ve en el ikebana, en las formas chinas, hasta en la escritura,
incluso en la música que suele ser monótona, como suele ser lo natural,
casi siempre, y la lengua es tonal, para sorpresa de un occidental,
mientras que en África, el swahili también lo es Los mismos rusos punto
de unión entre ambos mundos tiene como medio privilegiado de expresión
la literatura, no la filosofía. El arte es necesario en el hombre porque
en el acto de ser personal está el pulchrum participado de la Belleza
divina que asombra y entusiasma en el sentido griego de la palabra:
“estar lleno de Dios” ante la irradiación del Pulchrum divino bien humanizado..
Algunos escultores, como Chillida y Oteiza han afrontado
desde su obra artística las posibilidades de expresar en materiales
diversos y resistentes con vaciamiento de la piedra, el alabastro
y otros la relación de Dios con la materia y del encuentro que el
hombre anhela con Él a través de esta como don del Creador. Eduardo
Chillida, por ejemplo ha realizado esculturas suspendidas que en
algunos casos intentan manifestar que el mundo material es don de
Dios. Jorge Oteiza ha intentado unir las formas del arte primitivo
con la experiencia cristiana. En ambos casos, y cada uno desde su
estilo y concepción artísticas propias han dotado a la materia de
la escultura de espacios interiores[20],
aportando así sus propios proyectos al arte y al culto cristianos.
Es proverbial la fuerza expresiva de Oteiza cuando escribe sobre
el arte religioso[21]. Recordemos que
Guardini relacionó la imagen de culto con los períodos primitivos,
tendencia que se comprueba en muchos artistas del siglo XX[22]. En el caso de Oteiza, su inspiración se remonta
al arte religioso prehistórico
Existen creaciones como
el famoso “Blanco sobre blanco” que conduce a la transcendencia más
allá del realismo demasiado explícito. El románico también tiene una
influencia neoplatónica de evocar al Dios que está más allá, con los
juegos de luces, las pinturas semi simbólicas, los olores, las músicas.
El arte oriental cristiano es riquísimo en este aspecto. Otros como
el Barroco se recrean en lo plástico, de tal manera explícito que hasta
se sale de su marco natural. Se ve todo, pero aún así, muestra lo que
no se ve en rostros, colores, formas hiperrealistas.
La poesía es privilegiada
artísticamente como expresión del Logos y de la experiencia interior
a través de metáforas, ritmos, rimas y expresiones sugerentes. Es creativa,
aunque admita poco la mediocridad. Los grandes poetas forman el alma
de los pueblos a través de la primera elaboración humana, que es el
lenguaje. La novela encuentra matices de la persona más ricos que la
realidad de la mayoría de las personas que viven en mundos interiores
o exteriores mediocres y sin brillo. El teatro debería ser educador
por el mismo motivo, aunque sea utilizada la técnica, no la belleza,
ni el arte, para embrutecer a muchos que quieren ser embrutecidos en
una vida de evasión en mundos artificiales tan lejanos a su pobreza
interior. Esto ocurre con más fuerza aún en el cine –verdadero séptimo
arte- que utilizado por artistas que, si saben ver genialmente la belleza,
pueden alcanzar cotas mayores que otras artes al aunar todos los sentidos
externos e internos, el pensamiento, el querer y el afecto. Los muchos
escándalos producidos no desdicen de lo que afirmo, aunque revelan enfermedades
del hombre sin recursos críticos por pequeñez de su desarrollo humano.
Stefan Zweig narran así
el misterio del artista: “entre los numerosos enigmas del mundo, el
más profundo e inexpugnable sigue siendo el misterio de la creación.
En este ámbito la naturaleza no se deja subyugar: jamás revelará ese
ingenio supremo que da origen al mundo, que permite que nazca una flor,
una poesía o un hombre. Despiadada e indiferente ha corrido el velo.
Ni siquiera el poeta, ni el músico, podrán explicar el instante de
su inspiración. Una vez concluida la creación, el artista ignora por
completo su origen, desarrollo y evolución. Nunca, o casi nunca, es
capaz de explicar cómo las palabras, al elevar su sentido, se han unido
en una estrofa, como unos sonidos aislados han engendrado melodías que
luego resuenan durante siglos. Lo único que puede brindarnos una idea
de ese proceso incomprensible de creación son las páginas manuscritas,
sobre todo las no destinadas a la imprenta, los primeros borradores
aún inciertos y sembrados de correcciones a partir de las cuales se
va cristalizando poco a poco la futura forma definitiva”[23].
En cuanto a la reacción del artista es muy claro lo que dice, aunque
aplique a la ciega naturaleza una luz que no posee, ni mucho menos,
sino que está en lo íntimo de la persona. Un animal nunca canta, ni
hace poesías, ni pinta, ni realiza ninguna creación; el canto del ruiseñor
es repetitivo y fruto del instinto aunque suene agradable al oído humano.
La creatividad es una irradiación del Creador en el hombre que puede
ser sensible a ella.
Ernestina de Champourcin expresa así la
realidad poética a petición de sus editores: “¡Poetas amigos, ayudadme!
¿escribimos en realidad para algo, para alguien? Me pongo a pensar,
hago examen de conciencia y llega a una conclusión que me resulta tristísima.
No es para nada, y lo que es peor, para nadie ¿Es posible tanto vacío?
Pero de repente mi admirado Juan Ramón viene en mi ayuda. Él sabe muy
bien que el poeta escribe para sí, porque le sale y a fin de cuentas
porque Dios quiere. De lo contrario, ¿quién nos regala al final de la
poema, cuando lo leemos por primera vez, esa inefable sorpresa, ese
delicioso escalofrío y esa estremecida pregunta?: ¿yo he escrito esto?
Yo sólo puedo decir que un buen día tras un batiburrillo de lecturas,
sale, brota, un verso. De momento parece una línea. Después se le bautiza
con el nombre de verso y luego un oscuro impulso nos impulsa a continuarla.
Más tarde, alguien nos habla de oficio, de la necesidad de leer algo
más, o nos pregunta sobre qué escribimos. Por último un indiscreto dice:
¿De qué va su libro? “No va de nada, va de poesía”. Eso es lo que siento
eso es lo que siento cuando me hablan de poética y me piden definiciones”[24].
La Trinidad y la belleza
El fondo trinitario de la
persona lleva más lejos. De un lado cada persona posee algo de la emoción
del eterno engendrar un Hijo perfecto igual al Padre. De otro en su
interior participa de ese Hijo, que es el Modelo y ejemplo de la Creación
ad extra en su plenitud de Verdad y Belleza. En tercer lugar está en
la intimidad en el hombre del algo del éxtasis del Espíritu ante la
generación del Hijo por el Padre. Esta intimidad eterna se puede expresar
con todos los saberes humanos, pero quizá las palabras que la exprese
mejor sea emoción, entusiasmo, éxtasis, porque se conjugan con
perfección los trascendentales del Ser que son también las grandes aspiraciones
humanas: Amor, Verdad, Unidad, Bondad, Belleza. “¡Naturalmente, instintivamente,
el hombre tiende a evocar a Dios cuando la belleza inesperada o intensa
le arranca del embotamiento cotidiano! "¡Dios mío! Cuánta belleza...",
exclama el poeta (Castro Alves, Sub tegmine fagi) y con él -consciente
o inconscientemente- todos los artistas han vibrado y creado. En
la tradición occidental ya Píndaro, en su grandioso "Himno a Zeus"
había revelado que la belleza artística, las musas, son el remedio que
Zeus concedió para superar el embotamiento del hombre, olvidado del
origen divino del mundo e inmerso en su visión rutinaria. Las relaciones
entre Dios, la belleza y el arte han sido recientemente (1999) retomadas
por Juan Pablo II en su "Carta a los Artistas" califica la
obra de arte de "epifanía", manifestación, por la belleza,
de Dios. Empieza hablando de la creación artística -y no se trata de
arte sacro- como participación de lo divino: "(vosotros, artistas),
atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las
palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de
vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel
misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas,
ha querido en cierto modo asociaros".
Y después de evocar un sugestivo hecho de la lengua polaca: " La
página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo
ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre artífice
se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone en evidencia
en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico entre las palabras
stwóeca (creador) y twórcam (artífice)", concluye: "Dios ha
llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice.
En la «creación artística » el hombre se revela más que nunca « imagen
de Dios » y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda
« materia » de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio
creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable
condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría
trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora. Obviamente,
es una participación que deja intacta la distancia infinita entre el
Creador y la criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: «
El arte creador, que el alma tiene la suerte de alojar, no se identifica
con aquel arte por esencia que es Dios, sino que es solamente una comunicación
y una participación del mismo».
Participación, que es asimismo participación en el bien y en el ser.
En ese sentido, Juan Pablo II establece también la proximidad entre
bondad y belleza: "Al notar que lo que había creado era bueno,
Dios vio también que era bello. La relación entre bueno y bello suscita
sugestivas reflexiones. La belleza es en un cierto sentido la expresión
visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la
belleza. Lo habían comprendido acertadamente los griegos que, uniendo
los dos conceptos, acuñaron una palabra que comprende a ambos: «kalokagathia
», es decir « belleza-bondad ». A este respecto escribe Platón: « La
potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello»".
Lejos están estas afirmaciones de lo que dice Nietzsche “El arte sumergido
en la inspiración dionisíaca, adquiere la categoría suprema del conocimiento
y el rango superior de la existencia, puesto que el arte es la verdad
misma de las cosas, en cuanto que por su divinidad es superior a la
misma verdad. Esta es la inquietante tesis que aparece en El Crepúsculo
de los Ídolos: "Algo más fuerte que el pesimismo, más divino
que la verdad: esto es, el Arte... el arte tiene más valor que la verdad",
o más aún “"El arte es la auténtica misión de la vida, el arte
es la actividad metafísica de la vida"”[25].
Realmente es una destrucción.
Juan Pablo II después de relacionar Bien y Belleza inseparablemente
añade " Queridos artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos,
interiores y exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante,
en toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel «soplo»
con el que el Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra
de la creación. Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan
el universo, el soplo divino del Espíritu creador se encuentra con el
genio del hombre, impulsando su capacidad creativa. Lo alcanza con una
especie de iluminación interior, que une al mismo tiempo la tendencia
al bien y a lo bello, despertando en él las energías de la mente y del
corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle forma en
la obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien de manera análoga,
de « momentos de gracia », porque el ser humano es capaz de tener una
cierta experiencia del Absoluto que le transciende".[26] Aquí se ve la tendencia
hacia arriba que el Arte puede ejercer en el hombre, contraria a la
tendencia hacia abajo, siempre posible y defendida por el arte dionisíaco,
si se le pudiese llamar arte por utilizar sus técnicas, no su espíritu
Al hombre artista
se le llama creador. Pero en realidad la belleza es original en Dios
–único Creador- y participada en el hombre –concreador-. Surge la belleza
del hombre en cuanto es persona y “alguien ante Dios”, alguien que en
su interior tiene la presencia trinitaria de Dios y sabe encontrar el
modo de expresarlo exteriormente. Por ello la belleza es creación y
admiración. Dios es la Belleza. El artista –todo hombre en cierto modo
lo es- la descubre y la expresa, pero el encuentro con la belleza despierta
la admiración, el asombro, el éxtasis, el gozo, el amor. Lo sublime
no es ya fruto humano del genio, sino descubrimiento, unión del reflejo
divino que el hombre es capaz de captar o expresar elevándose. Lejos
está la Belleza de la Técnica, pues es Arte. Es doloroso oír que una
novela, una película que reflejan un mundo sórdido se la alabe diciendo
que está técnicamente bien hecha. Conviene desenmascarar mucho engaño
y bombo mutuo, cuando no miradas demasiado impresionables o desgastadas.
El cardenal Ratzinger constata
que «hoy día el mensaje de la belleza es puesto en duda por el poder
de la mentira, que se sirve de varios estratagemas. Uno de estos es
el de promover una belleza que no despierta la nostalgia de lo inefable,
sino que más bien promueve la voluntad de posesión. ¿Quién no reconocería,
por ejemplo, en la publicidad esas imágenes que con extraordinaria habilidad
están pensadas para tentar irresistiblemente al hombre a apropiarse
de algo y a buscar la satisfacción del momento?». Ratzinger constata
que el arte cristiano se encuentra hoy entre dos fuegos: «debe oponerse
al culto de lo feo, según el cual toda belleza es un engaño, y tiene
que enfrentarse a la belleza mendaz que hace al hombre más pequeño».
Según Dostoievski proclama «la belleza nos salvará» refiriéndose a
la belleza redentora de Jesucristo.
Esta afirmación de la belleza de Cristo va más allá
de una imagen ideal adaptada al ideal platónico o renacentista,
sino que va al corazón del arte no celestial, sino en el mundo histórico
que vivimos. «Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente
en las semblanzas de Cristo crucificado como "amor hasta el
final" sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza,
pero en el Cristo que sufre aprende también que la belleza de la
verdad comprende la ofensa, el dolor, y el oscuro misterio de la
muerte». De este modo, sabe que la belleza «sólo puede ser encontrada
en la aceptación del dolor y no en ignorarlo». «En todas las atrocidades
de la historia --escribe el cardenal--, un concepto meramente armonioso
de la belleza no es suficiente». «De hecho, en la pasión de Cristo
la estética griega --tan digna de admiración-- es superada --aclara--.
Desde entonces, la experiencia de la belleza ha recibido una nueva
profundidad y un nuevo realismo. Quien es la belleza misma se ha
dejado golpear el rostro, escupir a la cara, coronar de espinas
--la Sábana Santa de Turín puede hacernos imaginar todo esto de
manera impactante--», constata. Pero precisamente en este rostro
tan desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor
que llega "hasta el final" y que se revela más fuerte
que la mentira y la violencia. Tenemos que aprender a verlo --concluye
Ratzinger--, si somos golpeados por el dardo de su paradójica belleza,
entonces le conoceremos verdaderamente»[27].
Vale la pena citar las obras de arte reconocidas por todos para
ver la gran influencia entre religión y belleza: Dante, San Juan
de la Cruz, Dostoievski, Murillo, el Greco, Calderón de la Barca,
Shakespeare, Manzoni, Bach, Palestrina, Vivaldi y muchísimos miles
más. Bien se puede decir que un pueblo vale lo que vale su arte,
y su arte vale lo que sea su experiencia del Dios vivo, y que una
persona se dignifica en la medida en que vive la vida como belleza.
Como dice Cano “Sólo la Belleza puede apartar las tinieblas
de nuestro espíritu y darnos una fuente infinita de bebida inmortal,
un maná que baja del cielo. El don de la belleza es dulce y divino
trastorna al hombre como a San .Juan de la Cruz le trastornaba Dios
en el éxtasis místico”.
|
|