Ser con voluntad

 

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Ser con voluntad

 

La persona humana tiene voluntad, que es mucho más que un apetito sensitivo o afectivo, o, incluso, intelectivo, o un querer irracional ciego. “la actividad de la voluntad implica el sometimiento de nuestra fuerza a una gran tensión. Lo que la voluntad logra es dar a la fuerza una determinada dirección. La voluntad aporta cuanto sea necesario para la actividad de que se trate en cada caso, y en esa misma medida retira energía de otras actividades posibles: mientras realizo ejercicios lingüísticos no puedo cultivar las matemáticas. Cuando la fuerza se ha aplicado repetidas veces del mismo modo, experimenta una formalización duradera. Queda sin más a disposición precisamente de esas actividades, y los órganos y capacidades implicados permanecerán coordinados entre sí. Ya no se precisa de otra actividad de la voluntad que de la fijación general del objetivo: por ejemplo, hablar ahora inglés durante sesenta minutos”[1] dice Edith Stein. Todos aceptan la existencia de una facultad que quiere y elige llamada voluntad. Pero, como ya dice Santo Tomás, es una facultad oscurísima para ser explicada. De una parte no es fácil explicar su coordinación con la inteligencia, pues si bien nada se quiere si no se conoce antes, el juicio depende del asentimiento de la voluntad. Después está la cuestión del amor, pues parece que pertenece más a la voluntad, pero al ser ciega no puede elegir sin ser iluminada por el entender, pero entender es distinto de amar y querer no siempre equivale a amar. Después está la polémica, siempre combatiente sobre cual de las dos facultades es superior. Ockam siguiendo a Scoto pone la voluntad por encima, pues la Omnipotencia de Dios está por encima del Bien y del Mal. La consecuencia de este voluntarismo religioso vendrá varios siglos más tarde  con la pretendida muerte de Dios en el pensamiento, que pondrá también la voluntad del hombre por encima del Bien y del Mal. Voluntarismo extrañamente intelectualista, como una voluntad lúcida. La cuestión, como siempre, necesita un planteamiento más metafísico y más teológico.

El acto de ser personal es el que da el ser al alma y a sus facultades. La luz de entender va desde el acto de ser participado del Esse hasta la Inteligencia.  El bien que reside en la persona inicia una fuerza muy intensa hacia unirse al Bien perfecto que le atrae irresistiblemente, pero no de un modo necesario, sino libre, es decir amoroso y ético. Así se produce el movimiento de la voluntad.

Ya vimos que el Logos, la Palabra del Padre, fundamenta el entender y es causa del intelecto agente, de la luz interior que lleva al hombre mucho más lejos de lo que puede dar de sí su materia; es más, ésta se reorganiza mejor ante un acto tan potente que le da vida. El Espíritu Santo explica el amar de donación, de unión, y también de admiración, con el surge el deseo y la donación como aspiración que lleva a la superación siempre insatisfecha ante lo temporal, pues busca ardientemente el amor interpersonal eterno. El Padre es el origen del acto voluntario en cuanto es el principio del movimiento ascendente hacia la unión de comunión desde las creaturas hasta la vida en Dios. En el Credo se comienza la profesión de fe diciendo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso” como atributo correspondiente especialmente al Padre. Sin esta profundización es difícil captar la voluntad, pues si bien es ciega sin la inteligencia, es necesario ver que tiene en su origen en el bien personal íntimo que irradia, y un fin el Bien infinito externo que la atrae y la perfecciona. Dado que la generación eterna del Verbo es intelectual y amorosa, se podría pensar que es más bien intelectual el origen, pero debemos contemplar los datos de la revelación para no incurrir en reduccionismos de misterio trinitario. Jesús dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 7,21)   “Mi Padre me ama porque yo hago siempre lo que quiere” (Jn 8,29 ) la voluntad paterna es amorosa y sabia pero es el origen de la obediencia del Hijo. “Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12,50); “porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió”(Jn 5, 32). En la agonía podemos escuchar su oración al Padre: “Si es posible aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt, 26,39¸ Mc 14,32). En la oración máxima enseñada a los hombres que es el Padrenuestro enseña a dirigirse al Padre diciendo “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”(Mt 6,10).

Es cierto que en Dios no hay facultades como en el hombre, y que todo es unidad, pero en su misterio podemos situar en el Padre una Voluntad original que es amorosa, engendrante, de modo que la generación del Verbo sea por vía intelectual y amorosa, pero también podemos captar en la distinción real de su Persona esa Voluntad. De ahí que la voluntad humana no sea sólo una  facultad del alma que captamos por evidencia al ver que querer es distinto de entender, e incluso de amar.  La voluntad humana surge de la presencia participada de la Voluntad del Padre en el acto de ser personal que irradia su acto en el alma, en el cerebro y en todos los miembros del cuerpo ordenadamente. 

La voluntad es la potencia que es atraída por el Bien, y se mueve autónomamente hacia el Bien en general a través de los bienes próximos. Es cierto que los clásicos definen muchas veces el bien como id quod omnia appetunt, pero en su raíz la dirección es la contraria. El Bien es el transcendental del Ser que atrae a la voluntad. Todo el mundo ético es causado por esta atracción que es necesaria sólo en el sentido de que si la voluntad no alcanza el Bien transcendental del Ser (Dios bueno) se convierte en voluntad eternamente fracasada, en voluntad esclava del yo egoísta (autoexclusión infernal). Por esta razón se debe distinguir entre la actividad de la voluntad que se dirige al bien como fin, y la voluntad que se dirige a los medios que se dirigen a ese fin. La voluntad de elegir los medios marca gran parte de la actividad de la libertad. Este nivel de la libertad es imperfecto, aunque elige el camino.  Pero aún no es la libertad liberada del que ha alcanzado el fin y pasa a poder amar eternamente como un amado que pasa de novio a esposo.

La voluntad elige, pero no sola, pues en su acto intervienen la inteligencia, los afectos, el cuerpo, todo lo humano, y la gracia de Dios. Pero al ser el acto de la voluntad el último acto que decide y elige, parece que la libertad resida en ella solamente. Todo el ser humano es libre, un hombre que fuese sólo voluntad no es humano, un hombre pretendidamente racional, que fuese débil de voluntad no puede elegir lo mejor, aunque lo piense; un hombre insensible, cruel, o indiferente tampoco es libre pues puede ser monstruoso.

La libertad está abierta infinitamente, no se limita a los medios más o menos ambiguos o inexpresivos; puede alcanzar el bien infinito y con ello no deja de ser libre, porque ese Bien es vivo, es trinitario que eternamente engendra, espira, vibra, se admira ante lo bello, goza en la perfecta posesión de la eterna novedad. Es la libertad perfectamente poseída y lograda, la libertad liberada, la libertad amante, formada por la voluntad que no es sólo deseo, sino posesión –según su capacidad- del bien y con él posee la fruición del amor. A pesar de ello, Santo Tomás dice que la voluntad es algo oscuro y difícil de entender. Los problemas son palpables al final de la Ilustración con la voluntad rampante que se enseñorea sobre el amor y el saber en tiranía de consecuencias desastrosas.

Ya expusimos en su lugar, que la persona se constituye por el actus essendi que participa del Esse. Y dado que por fe conocemos que el Esse es trinitario, el acto de ser personal participa de la Trinidad y de sus actividades. Al observar la realidad del ser pensante que es el ser humano, mirábamos al Logos y la literatura que ve en Él la luz que permite entender este acto prodigioso de pensar, de entender y de poder conocer la Verdad. Ahora vemos en el Espíritu Santo la Persona Don la raíz de la voluntad, y la razón de que sea atraída por el Bien, o si se quiere, por la comunión hacia las otras dos personas divinas. “Como el Amor se asimila al Espíritu Santo, poner la voluntad por eminencia en Dios aclara el planteamiento teológico”[2] dice Polo, aquí añadimos que se refiere especialmente a Dios Padre.

La atracción que ejerce el Bien sobre la voluntad requiere que ella sea capaz de infinito, porque Dios es infinito. Esto sólo es posible si la capacidad de Dios radica en el acto de ser personal[3]. El acto de ser personal es más capaz que la sustancia por su participación directa en el Esse, es decir, en Dios, por ello es el primero en ser atraído al bien.. Y más personalmente porque este acto de ser personal participa en el ser personal del Espíritu Santo. La capacidad de bien infinito que es la voluntad se funda en su origen amoroso del Espíritu Santo.

Para que la voluntad pueda elevarse  a tener una relación transcendental con el Bien debe ser espiritual y una potencia pasiva. No genera bien, sino que lo busca libremente, pero atraída con tanta fuerza que  incluso la elección mala –el pecado- debe revestir el aspecto de bien, aunque sea aparente[4]. “La voluntad como potencia pasiva pura es previa al operar; sólo así se describe como relación trascendental”[5].

Si la voluntad es pasiva y la libertad es capacidad de moverse por sí mismo hacia un fin, no podemos centrar la libertad sólo en la voluntad, como ya vimos, pues es ciega o pasiva. La libertad radica en la persona, en ese alguien íntimo que constituye el “yo” y hace querer o no querer a la voluntad, que es necesariamente movida al bien. El modo puede ser a través de la inteligencia –el intelecto agente la mueve- y el bien conocido lo quiere. Así se entiende el nihil volitum nisi praecognitum. Aunque podemos admitir un influjo directo en la voluntad, un ámbito de libertad en ella, pues puede oponerse al bien conocido, es más puede llevar a justificar un malquerer a la inteligencia, o mejor a la razón, e incluso puede querer mal lúcidamente, como se da en el peor de los pecados posibles como es el odio a Dios, dificilísimo de entender. Este proceso radica en el juicio, que no se detiene hasta que la voluntad decide. Las encontradas posiciones sobre la prevalencia de la inteligencia o la voluntad en el hombre conviene retrotraerlas a al origen principial de la persona, pues así se entienden muchas cosas.

La historia es rica en posiciones cuando se ha intentado conocer la voluntad humana observando sólo al hombre. Es necesario observar su motor externo que es el Bien absoluto, y su origen personal interno que es el acto de ser participado de ese Bien. El Bien absoluto y el bien personal se buscan en un encuentro entre la libertad infinita y la libertad finita que llamamos comunión en el bien amoroso.   Veamos, por ejemplo, la historia, existen “pluralidad de versiones de la voluntad que aparecen en la historia de la filosofía. En los griegos comporta siempre carencia o falta de perfección, y es un tema secundario; por tanto, pertenece al ser temporal, pero no a la eternidad. Desde el cristianismo, la voluntad empieza a reclamar mayor atención; hay que poner la voluntad en Dios. Ello incita a una nueva interpretación: la voluntad puede ser plenaria. Ahora bien, de la plenitud de la voluntad deriva la discusión en torno a su eventual prioridad respecto del intelecto. El voluntarismo moderno, que parte de Ockham, muestra una deriva negativa y crítica que arruina el carácter plenario de la voluntad, y tergiversa la intelección reduciéndola a representación. De esta manera no se logra una versión de la voluntad legítima y superior a la griega. Así, en Schopenhauer, que le concede una importancia que los griegos le negaron, lo primario como voluntad se resuelve en dolor”[6].

Si la voluntad se coloca sobre el intelecto, aunque sea para primar el amor (franciscanismo) o la omnipotencia de Dios (Scoto y Ockam) el desarrollo normal de esta idea es conducir primero al irracionalismo (la voluntad es ciega), y, después, al nihilismo como sucede en Nietzsche en su voluntad de poder que se elige a sí mismo con una verdad que se sabe aparente. Incluso en Kant se separa la razón pura y la razón práctica quedando la moral desligada del fundamento y al albur de la voluntad, como de hecho ha ocurrido[7].

El mundo cultural de principios del tercer milenio se resiente de la influencia del voluntarismo del siglo XIV hasta hoy. Pensamos que ésta es la raíz de los relativismos y de los totalitarismos que asedian al hombre de la ilustración. No olvidemos que la palabra moderno es la que se utilizaba para designar a los nominalistas del siglo XIV. No es casualidad la frecuencia  de su uso actual.  El exponente más lúcido es Nietzsche que “identifica la voluntad con la vida y la entiende como superación —voluntad de poder—. Sin embargo, a fin de cuentas, la voluntad de poder no es lo primario, sino que por ser tributaria del tiempo, se resuelve en la idea del eterno retorno (saberlo hace llorar a la vida, como aparece en “Así habló Zaratustra”). La idea del eterno retorno de lo mismo (que para Schopenhauer sería el tedio) en Nietzsche es la renuncia al origen. Así está formulado: Dios ha muerto; en rigor, lo que ha muerto es el carácter de hijo. El eterno retorno excluye la filiación. De esta manera Nietzsche se libera del pesimismo de Schopenhauer, el cual obedece al valor primario de la voluntad. En cambio, la voluntad de poder, como transformación inserta en el eterno retorno de lo mismo, es finita, la desaparición de la razón suficiente, de la misma noción de principio. También aquí nos encontramos con un planteamiento incorrecto. La comprensión de que la voluntad no es lo primero, no autoriza a prescindir de esta cuestión ontológica. En Schopenhauer el tedio es la aparición del sinsentido, y el dolor el sinsentido sufrido. Por su parte, el eterno retorno es la anulación del origen. Nietzsche recuerda a Schopenhauer cuando dice: ¡profundo es el sufrimiento, pero más el placer! Para que el placer se implante en el dolor hace falta el eterno retorno, en que navega la barca de oro de Dionisos, el juego, el definitivo no consumarse de la niñez sin padre”[8]. Sorprende a una mente cristiana estas afirmaciones, pues sabemos que somos hijos de un buen Padre que nos quiere libres y amorosos, llenos de bien, de eternidad, de novedad continua, no siempre en lo mismo. La realidad del Padre es que es realmente Padre: respetuoso con la dignidad del hijo, solícito ante su debilidad, ejemplo de vivir lleno de esperanza, aliento de la voluntad humana en su camino de los bienes limitados hacia el bien pleno, y así vivir de amor total en la sorprendente novedad continua de la Trinidad. Intentamos lo que dice Polo: “se han de sacar a relucir las implicaciones que comporta la tesis según la cual Dios es amor, y completar con ellas la interpretación griega de la voluntad. Los filósofos voluntaristas modernos han procedido de otro modo: al conceder una prioridad absoluta a la voluntad, la aíslan. Ello constituye un error que se refleja en los resultados”[9].


[1] Edith Stein La estructura de la persona humana. Ed Monte Carmelo. p. 89

[2]Leonardo Polo cuaderno 50 anuario filosófico. Sobre la voluntad

[3] Un pensador cristiano, como Tomás de Aquino, ha de admitir que también la voluntad tiene que estar abierta al infinito; pero entonces tampoco limitarse a asentarla en la sustancia, que es ontológicamente finita. Sólo Dios es ontológicamente infinito, pero el hombre ha de tener capacidades infinitas, porque en otro caso no sería capax Dei. El principio de dichas capacidades es el esse y no la sustancia.  Polo.

[4] La razón de que la voluntad sea una potencia natural reside en que el bien es un trascendental. Es imposible que una potencia natural tenga que ver con un trascendental si no es una potencia pasiva pura, es decir, una relación trascendental. A su vez, la razón de que la voluntad sea elevada al nivel del espíritu estriba en que sólo de ese modo el bien trascendental se incorpora, completándolo, a un trascendental propio de la persona, que es el amar. Como la persona humana es creada, para que el amar personal adquiera carácter donal, se precisa su conexión con el bien, a través de los actos voluntarios, que por eso se dicen constituidos. Adviértase que los actos voluntarios sólo pueden decirse constituidos si la voluntad es una pura potencia pasiva. Pero, a su vez, dicha constitución es imprescindible para que el amar personal sea donalmente completado. Polo o.c.

[5] Polo o.c.

[6] Polo o.c.

[7]  La voluntad es un tema oscuro, poco tratado por los griegos. A la vez, al poner la voluntad en primer término, aparecen versiones insuficientes de ella. El recabamiento de la voluntad propuesto por el cristianismo no ha sido seguido por una comprensión suficiente: al colocarla en primer término, se ha seguido entendiéndola mal. Entre otras cosas, porque entonces la inteligencia no es capaz de versar sobre la voluntad, y ésta se hace irracional. Si la voluntad es irracional en principio, todo se tiñe de negatividad.
Por eso, no es extraño que el voluntarismo pueda corresponderse con el nihilismo, como ocurre en el curioso planteamiento de Schopenhauer. Habría que ver si no ocurre también en Kant, porque en él también hay una separación entre la razón pura y la razón práctica, cuya temática sería la voluntad. Kant habla de voluntad pura, autónoma y libre con sentido real y positivo. Es la ratio essendi cuya ratio cognoscendi es el imperativo categórico; sin embargo, el imperativo categórico carece de contenido. Kant propone varias fórmulas de él, cuyo valor es aparente por expresar una elevación fija. Si la voluntad es autónoma, su norma es no reba-jarse, mantenerse incontaminada en su propio nivel. Pero ya hemos averiguado, al menos, que la perfección de la voluntad humana no reside en ella misma, sino en trascenderse, en ir más allá de sí: no basta colocarla por encima de lo empírico, porque de esa manera no se eleva sobre sí. La inspiración cristiana, que invita a profundizar en la voluntad, no está bien servida por la filosofía posterior que, o bien la ha aislado temáticamente de la intelección, o la ha confundido con ella. La disputa en torno a la primacía de una u otra no ha acertado a hacerlas compatibles, por enfocar la cuestión de la prioridad de un modo unívoco” Polo o.c.

[8] Polo o.c.

[9] Polo o.c.