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La voluntad natural y la voluntad electiva
Una distinción es muy útil
para conocer el acto voluntario y la libertad es la voluntas ut natura
y la voluntas ut ratio, es decir la voluntad natural y la que sigue
al acto racional. “La voluntas ut ratio no es una potencia distinta
de la voluntad natural, sino su continuación”[1].
Se caracteriza, en primer lugar, por ser ilustrada con el conocimiento
de los bienes, el cual corre a cargo de la llamada razón práctica y,
en segundo lugar, por el ejercicio de actos con los que se adquieren
las virtudes activas. Una cosa es la voluntad aislada de la inteligencia,
espontánea por así decir, y otra la voluntad que sigue al razonamiento.
La voluntad natural, a pesar de ser ciega es atraída irresistiblemente
por el bien y le repugna el mal. La voluntad que sigue a la razón puede
seguir como buenas realidades moralmente malas o desviadas del Bien
absoluto. Si ha adquirido una desviación puede desviar el juicio intelectual,
pues el último acto del juicio es el asentimiento, y está en su poder
buscar las razones que más le convengan. Esto puede darse en las costumbres
viciosas sensuales, pero sobre todo en los pecados del espíritu (soberbia,
envidia, ira). De ahí la duda del juicio sobre cual de las dos facultades
es anterior o superior, la voluntad o la inteligencia. Si a esto añadimos
las heridas del pecado original, y aceptamos que la malicia de la voluntad
es más honda que la oscuridad de la inteligencia, la cuestión se complica.
En la práctica, tanto para la lucha ética, como para la ascética, como
para la educación, es necesario no reducir la educación a la información
intelectual, sino unirla a la consecución de hábitos virtuosos en la
voluntad.
Vale la pena hacer un análisis
de los actos voluntarios para conocer mejor esta facultad. Tomás de
Aquino distingue tres actos de la voluntad con respecto al fin y tres
actos con respecto a los medios. Los primeros son el velle, la
intentio y la fruitio (querer, intención y fruición).
Los segundos son la electio, el consensus y el usus
(elección, consentimiento y uso)[2].
El acto voluntario humano
empieza con la elección de los medios. El primero es el consentimiento,
pues consiente en aceptar algo como bueno en el interior del hombre.
Algo, o alguien, es deseable, amable, digno de ser querido. Este acto
voluntario es el primero de la voluntas ut ratio. Hace más referencia
a los medios que al fin[3] y se entiende como
el asentimiento de la voluntad a los medios considerados por la deliberación.
Después coloca tres virtudes
en torno a la deliberación o con el juicio práctico con que ésta termina.
Son la eubulia o buena voluntad, la synesis o sensatez
en actuar según la ley común y la gnome o acto prudencial acertado
cuando no hay ciencia, ni experiencia, ni posibilidad de consejo. La
primera perfecciona la razón práctica respecto de la deliberación, y
las otras dos al juicio práctico. El acto voluntario es complejo. Según
la filosofía tradicional, al último juicio práctico de la deliberación
sigue otro acto voluntario, que es la elección[4]. Para que
la elección no sea equivocada, conviene que sea precedida por una deliberación
larga, siempre que sea acompañada por los actos anteriormente aludidos,
que a través de la pluralidad de actos deliberativos se convierten en
virtudes. Sin embargo, la deliberación no puede prolongarse al infinito,
porque en ese caso la elección no tendría lugar. Por tanto, parece acertado
sostener que terminar la deliberación corresponde a la voluntad, según
ese acto suyo que es elegir. Con frecuencia no hay tiempo para una deliberación
larga, debido al apremio de las circunstancias. En ese caso, para disminuir
el peligro de equivocarse, debe intervenir lo que los clásicos llaman
sagacidad, que también es un acto de la razón práctica, que si se ejerce
varias veces, puede llegar a ser una virtud.
Como es claro, la elección no es un acto único, pues
el hombre ha de elegir muchas veces. Ello comporta la pluralidad de
las elecciones y, por tanto, de las deliberaciones. Pero no por ser
plurales las elecciones están aisladas. Según el planteamiento clásico,
la conexión entre las elecciones se entiende según varios criterios.
En primer lugar, con una elección se puede corregir otra, si ésta estaba
equivocada o no se ajusta a una nueva situación. En segundo lugar, como
la elección es un acto voluntario al que sigue otro llamado uso activo[5],
la nueva decisión puede ser debida al aumento del conocimiento de bienes
que proporciona el uso. Entre esos bienes descubiertos se encuentran
algunos que tienen un marcado carácter de fin, pues el uso guarda una
estrecha relación con la intentio, que es otro acto voluntario
que se refiere a fines[6]. Por tanto,
las nuevas elecciones se habrán de hacer teniendo en cuenta el incremento
del conocimiento de los bienes. Por su parte, la razón práctica articulará
su primer conocimiento de los medios con el de los fines estableciendo
entre unos y otros relaciones lógicas[7].
En tercer lugar, la pluralidad de elecciones está ordenada por la virtud
de la prudencia. A esta virtud pertenece también el acto de imperio,
con el que se pasa de la elección al uso. La coordinación prudencial
es sumamente importante, pues, sin esta virtud, la corrección de las
elecciones equivocadas no se puede mantener. También ha de tenerse en
cuenta que elegir comporta para la voluntad cierto sacrificio o constricción,
puesto que cada elección versa sobre un número reducido de medios. Por
esta razón, los hombres obligados a elegir con mucha frecuencia, como
suele acontecer a los directivos, experimentan un sentimiento de constricción,
que puede dar lugar a una situación de stress. La virtud de la
prudencia contribuye a disminuir la contrariedad que lleva consigo la
elección, hasta el punto de hacer fácil y agradable la pluralidad de
tales actos.
Tomás de Aquino sostiene
que el último acto de la voluntad es la fruición. Este acto consiste
en el descanso de la voluntad en el bien poseído[8];
por eso lo llama también quietud, delectación o gozo[9].
Con todas estas distinciones
no es posible reducir la voluntad a un solo acto, sino a varios. No
cabe considerarla aislada de toda la vida de la persona, que puede ser
virtuosa o viciosa, ni de la inteligencia, pues puede conocer bien o
mal o ignorar Tampoco del contexto humano, pues la cultura, la moda,
la familia la educación, los escándalos y los buenos ejemplos, e, incluso,
la coacción física o moral influyen mucho en el querer. Aún así, se
debe recordar el clásico aserto de que voluntas coacta voluntas est
(si hay voluntad, si se quiere, aunque existan coacciones, se es responsable
de la decisión).
Voluntad y cerebro
Hemos visto en la inteligencia
y la afectividad la importancia que tiene el cerebro en el actuar espiritual.
Para entenderlo mejor distinguíamos según un modo clásico entre pneuma,
psiqué y soma; ahora podemos precisar más en este modo de ver tan útil,
respecto a la voluntad. Lo primero que llama la atención en la voluntad
es lo muy radical que es; y, por otra parte, lo muy influenciada que
está por otras instancias como la inteligencia, la afectividad en sus
tres niveles, y por el cuerpo en general, sobre todo el cerebro. Por
ello, también le podemos aplicar la distinción de tres niveles. Voluntad
espiritual, Ve, donde nace el acto electivo, el acto realmente
moral, el movimiento del acto, hasta el punto que como dice el adagio
romano jurista voluntas coacta, voluntas est, si se quiere, aunque sea
con coacciones, se es responsable de ese querer. En segundo lugar está
la Voluntad psíquica, Vp, que podemos asimilar a los que Aristóteles
y Santo Tomás llamaban apetito concupiscible, en parte inconsciente
y parte consciente, pero que mueve muchos deseos que presionan la voluntad
espiritual. En el cerebro se pueden situar varios núcleos de actividad
concupiscible cercanos a la zona prefrontal asimilable a la antigua
cogitativa que, por fin, ha encontrado su órgano. En un tercer nivel
está la voluntad corporal, Vc, en lenguaje clásico apetito irascible,
que puede mover el cuerpo involuntariamente y dirigir muchas apetencias
y deseos que inciten a obrar a la voluntad por ejemplo, hambre, defensa,
etc.
De la buena voluntad a la voluntad buena
La voluntad se mueve irresistiblemente
atraída por el Bien. Tanto que en la elección mala busca con la inteligencia
el aspecto bueno que le conviene, pues nada es intrínsecamente malo.
No es aceptable el dualismo en sus múltiples variantes, aunque algunas
acciones malas si sean intrínsecamente malas por estar objetivamente
desviadas de la dirección al Bien y no pueden ser corregidas ni por
la intención, ni por las circunstancias. El inicio del movimiento voluntario
es la buena voluntad (buscar el bien). Después la voluntad se mueve
en el amplio campo ético, que son caminos que conducen al Bien en sí.
En este caminar ético la voluntad elige libremente. Colaboran la inteligencia,
la afectividad, los hábitos, el cuerpo, la meta es alcanzar un estado
de paz en la voluntad, que podemos llamar a la voluntad buena, esta
quietud no es muerte, sino descanso en el Bien. La inteligencia se
enriquece con el pacífico descanso y contemplación de la Verdad, pasando
de la búsqueda a la contemplación, el corazón goza en el éxtasis de
ver, tener, contemplar, sentir, la Belleza. El ser humano ama con todas
sus potencias. Esta es la meta. El camino es áspero. Platón lo describe
como una ascensión desde la miseria hasta la contemplación por la teoría.
Aristóteles lo ve en el desarrollo virtuoso en un equilibrio que observa
la realidad humana con enorme agudeza. Los eudemonistas se quedan en
una ética de una imposible búsqueda de la felicidad en realidades más
bien sensuales. Los cínicos en provocar a lo bienpensantes, gozo pequeño.
Los escépticos viven en casi muerte, diciendo que no se sabe nada, cosa
que es imposible intelectualmente. Los utilitaristas disfrazan el egoísmo
en su visión miope del hombre, y están detrás de los que inventan morales
a la medida que se rompen en cuanto los demás les aplican su modo egoísta
de actuar. La recta razón marca el sentido ético y la Revelación muestra
lo más esencial de ese camino para que todos y sin error pueden alcanzar
la meta. La gracia es la ayuda divina al hombre infeliz que sólo no
puede alcanzar la meta deseada y posible.
Hay un dato que no conviene
olvidar: la voluntad está herida en el origen. Es frecuente que se dé
por supuesta la buena voluntad de todo humano, pero la realidad es que
está sujeta a errores y presiones desde el inicio. Existe una mala voluntad
inicial. La perversión no es total, pero sin esta experiencia, muy clara
en las primeras etapas del desarrollo, es imposible explicar la conducta
antiética en la mayoría de los casos. La oscuridad de la inteligencia,
el desorden en sentidos y afectos explica mucho, pero no todo. La voluntad
herida explica la rebelión absurda, la elección contra razón, el odio,
la ausencia de perdón, la desviación al vicio, la insuficiencia de la
educación que sólo se dirige a la inteligencia, la tozudez ante lo evidente,
la crueldad, las acciones antinaturales y bestiales. Es necesario en
la educación tener en cuenta este factor para no caer en angelismos,
ni en diabolismos. El hombre no es ni ángel ni diablo, es un buen sujeto
herido en lo más hondo, que necesita cura adecuada. Curiosamente el
pesimismo de que s imposible alcanzar la meta ha llevado a libertinajes
que han degradado a muchos hombres.
La Revelación da una luz
consoladora ante esta experiencia señalando que Dios tiene misericordia
del hombre, cura esas heridas, hace más buena la buena-mala voluntad
haciéndola capaz de enderezarse hasta el heroísmo en el mundo real.
Trento recogiendo la oración de San Agustín dice: “Haz lo que puedas,
pide lo que no puedas y Dios hará que puedas”. La gracia opera una auténtica
regeneración del hombre en todos sus niveles. No somos inocentes, pero
tampoco somos tan culpables que el pecado ya no sea imputable por imposibilidad
de ser buenos. La Salvación es posible[10].
La ley nueva
La Ley de Cristo no es sólo
un conjunto de nuevo reglamentos o sabios consejos similares a los antiguos,
algo más perfeccionados. Aunque da un rico cuerpo de doctrina moral
se trata de algo más. Se trata de un don nuevo, que hace posible vivir
moralmente. Se trata de la gracia que lleva a que la buena voluntad
lo sea realmente, y que en el camino azaroso y arriesgado de la libertad
–con los peligros de mundo, demonio y carne- pueda alcanzar el Bien
Absoluto que le lleva al Amor, al descanso, a la Belleza y a la Verdad
que libera. Lleva a la libertad de gloria de los hijos de Dios. Ya estudiaremos
la acción de la gracia más adelante
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