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Ser feliz
La persona humana quiere
y puede ser feliz. San Agustín decía que cualquier hombre al preguntarle
si quería ser feliz, inmediatamente respondía que sí. También son conocidas
las respuestas de los griegos para ser feliz, y van desde el epicureísmo
con su hedonismo moderado, hasta la mística dionisíaca con el placer
desenfrenado, sin importar nada de nada. La mayoría, sin embargo, pretende
una moderación. Éticas más depuradas como la de Aristóteles unen la
felicidad al bien. Platón muestra una vía de progresión y superación
hasta llegar a la contemplación de la Verdad y del Bien que llena de
felicidad, como ya había adelantado Sócrates.
En nuestros tiempos no hay
diferencias sustanciales. Sin embargo conviene que empecemos diciendo
que la felicidad no es el fin del hombre, sencillamente porque es una
consecuencia del fin, que es amar eternamente. Aldous Huxley en su “Mundo
feliz”, tecnológicamente perfecto, muestra lo profundamente infeliz
que puede ser el hombre en la sociedad tecnológica, aunque no se prive
de ningún capricho, ni progreso para satisfacer su ego y su sensualidad.
Describe ironías desesperanzadas, que a él mismo le llevaron al suicidio
años después. Todo lo que no es amor verdadero acaba en insatisfacción
y frustración; aunque, si se consigue algo de placer pueda reaccionarse
con risas y desprecios, pero el placer siempre es efímero. La felicidad
pide duración, pide que desaparezca la amenaza de acabarse y desaparecer
o morir, que de momento, es el signo de lo terreno[1].
San Agustín lo dice en palabras inmortales: “nos hiciste, Señor, para
Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”[2]. Santo Tomás siguiendo
la estela de Aristóteles, pero con un conocimiento de Dios muchísimo
más profundo, analiza lo que puede hacer feliz al hombre de un modo
riguroso y llega a que sólo se encuentra en el Bien absoluto que es
Dios[3].
Sin embargo, es patente que en nuestros
tiempos se entrecruzan continuamente dos corrientes, una pesimista y
otras que no podemos llamar optimistas, sino desencantadas, que quiere
disfrutar ahora y rápido en lo que sea. Equivale al suplicio de Tántalo,
el hijo de Zeus, que incurrió en un acto de locura al ofrecer en un
banquete la carne guisada de su hijo, Pélope. Tántalo es castigado en
lo más profundo del reino del Hades, está condenado a sufrir terrible
hambre y sed, encadenado bajo árboles frutales y junto a un río. Pero
los árboles crecen cuando él estira sus manos hacia ellos y el río desaparece
cuando se agacha a beber. Algo así ocurre en las propuestas de felicidad
imposible de los materialismos, o de las éticas sin Dios, ambas actitudes
tienen la misma raíz de desconocimiento de lo que es la persona humana.
La corriente pesimista la
encabeza Martín Lutero. Es conocido el origen de su, llamémosle, iluminación
de la torre el año 1514, cuando atormentado por tentaciones y pecados
“descubre” que no puede evitar el pecado porque es “simul iustus et
pecator”, es decir, que haga lo que haga está empecatado y se puede
salvar porque la gracia de Cristo es un recubrimiento externo, jurídico,
que le hace no imputable ante Dios el pecado. Esta visión negativa del
hombre, aparte de la cuestión de lo que es la gracia, que ya veremos,
lleva a un pesimismo antropológico de gran influencia, y a unas reacciones
fuertes en direcciones contrarias. El pesimismo religioso –el hombre
es pecador siempre- lleva al puritanismo, a vivir con temor, y con una
rigidez, que no halla en el encuentro sacramental la paz y la alegría.
Es notorio que los países occidentales más influidos por esta concepción
sean más tristes que los católicos. Trento afirma que el hombre está
herido, pero no radicalmente empecatado. De ahí surge un optimismo antropológico,
además de optimismo por la acción sanante de la gracia. Este fundamento
lleva a una alegría de fondo, aunque la vida sea dura. Hay que añadir,
que el calvinismo es aún más rígido y pesimista que el luteranismo con
su horrible idea de la predestinación al cielo o al infierno, idea blasfema
de Dios, que crea espíritus angustiados. Es lógico, que una reacción
a esta visión del hombre que lleva al puritanismo, cargado muchas veces
de hipocresía, sea un descaro libertino y burlón. Por otra parte, los
libertinos descubren, antes o después, que el placer, la desvergüenza,
la droga etc. esconden una amargura profunda, y cuando llegan los problemas,
o los dolores, inevitables en la vida, no saben que hacer. Aparte de
que la recompensa del egoísta es siempre la soledad, totalmente lo contrario
de lo que sucede al que sabe amar, que da la sensación de ser feliz
sin serlo, como describe maravillosamente Dostoievski en “el Idiota”.
En el ambiente católico se dio una corriente
semejante a la de Lutero, llamada jansenismo. Jansenio, y muchos católicos
rectos en su actuar, reaccionan ante los libertinos, que llenaban los
ambientes intelectuales y de alta sociedad de aquella época en que empieza
el enciclopedismo, y, con una interpretación de San Agustín desafortunada,
ven pecado en todas partes. Distinguen entre la concupiscencia de lo
terreno, que siempre es mala; y el deseo de Dios, que es bueno. De
este modo, incluso entre los no jansenistas, se da un ambiente de severidad
y rigidez semejante al del puritanismo. Se pierden las alegrías humanas,
de las que se desconfía (lo que me gusta o es pecado o engorda, se dirá
con broma que refleja que no se sabe lo que es el amor). El equilibrio
es difícil, y las reacciones de muchos que quieren ser felices en el
placer llevan al ambiente hedonista en muchos lugares. Se hace necesario
el equilibrio intelectual, que sea capaz de llegar a la cultura y a
las masas desconcertadas ante las solicitaciones que les llegan por
todas partes.
En ambientes no cristianos, que conozco
menos, la situación es mucho menos halagüeña. Los animistas se mueven
en el temor, y la hechicería hace estragos, como se puede observar en
el vudú y otras supersticiones. En los lugares donde hay castas y la
sorprendente creencia de la reencarnación, se deja a multitudes en la
indigencia, pues algo habrán hecho en su vida interior. La meta del
budismo es la indiferencia, tan lejana al amor. Y los panteísmos, la
gran tentación del hombre- el materialismo es un panteísmo al revés-
es fundirse en un todo, que más bien es nada. El confucianismo en su
sentido del deber y del honor tiende también a formas de puritanismo
con sus ventajas y desventajas. El irracionalismo, tipo New Age, oscila
entre el desenfreno, el suicidio o el amor a la muerte.
Los nihilismos heideggerianos
y sartrianos asumen las angustia y el vivir para la muerte como desaparición,
lo que no es nada feliz. El nihilismo regocijante del posmodernismo
da pie a una nueva forma de los libertinos. Y la mística dionisíaca
propugnada amargamente por Nietzsche es también ambivalente. Su vivir
alegre es efímero con una máscara de fiesta, que esconde inquietud y
saberse derrotado antes de empezar; por ello intentan no pensar más
que en un “ahora” que, continuamente, está pasando dejando ruinas alrededor.
La droga sería su fruto necesario, si no es por una agradecida incoherencia
intelectual.
Los problemas, se quiera o no, se repiten, y cuando
no se tiene una idea cabal del hombre como persona, se entran en callejones
sin salida. Si, además, la noción de Dios es deformada se hace necesaria
una regeneración intelectual por la vía del hombre como orante que busca
con sinceridad. La esperanza sólo es posible con Dios que llama al hombre
a su intimidad y su vida. La confianza en el placer, honor, fama etc
como fuentes de felicidad es volátil, ya que contiene nada más nada,
por lo tanto, poner en ellas todo el deseo aleja de la felicidad.
La alegría es conmoción del corazón, gozo en la contemplación,
emoción ante la belleza, éxtasis, que, en sus muy diversos grados, permite
salir del pozo del yo cerrado del egocentrismo, para paladear el amor
de dar, de darse, de dar ser, de vivir en kairós que es preludio de
la eternidad como perfecta vida plenamente poseída. ¿Es el cielo? No,
ciertamente. Pero lo anuncia. Además, se hace compatible con el dolor
en la situación terrena, no se trata de la salud, siempre precaria,
sino de superar lo más adverso en su realidad, como veremos en el ser
doliente.
La tristeza es pantanosa,
oscurece el alma, paraliza, lleva a decisiones de huída o de ira, es
amarga. Cierto que existe una tristeza positiva al ver o padecer el
mal objetivo, pero ésta es una tristeza amorosa, un dolor de amor, que
es como una perfección, una compasión de padecer con quién se ama y
sufre. En el fondo, no hay amargura, sino paz en una paradoja de verificable
en la experiencia de muchos.
La alegría es fruto de amar
y ser amado. Surge de la contemplación de la verdad. Necesita el acompañamiento
del cuerpo, aunque no siempre. Es dilatación del alma, es esponjamiento
ante la sinceridad. Es necesario vivir en alegría, pero es un fruto
y una conquista del hombre verdaderamente libre. Al elevar el alma a
Dios comprende la realidad y asume la dificultad, también cuando es
dolorosa. La superación de las heridas del alma -resentimientos, rencores,
inquietud corporal, torpeza de la mente, ociosidad – lleva a la paz
y la alegría. Esta superación lleva a una esperanza que hace vibrar
el alma. Produce libertad interior y afán de superación. Esta curación
ayuda a subir de nivel la calidad del amor que espera más amor.
Las alegrías humanas terrenas
pueden ser “vanidad de vanidades”, según el Eclesiastés, en una mirada
a la vida que parece a primera vista egoísta y pobre, pero que deja
en evidencia los engaños de las falsas felicidades.
“¡Vanidad de vanidades!
-dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!
¿Qué saca el hombre de
toda la fatiga con que se afana bajo el sol?
Una generación va, otra
generación viene; pero la tierra para siempre permanece.
Sale el sol y el sol se
pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir.
Sopla hacia el sur el
viento y gira hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve
el viento a girar.
Todos los ríos van al mar
y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a
fluir.
Todas las cosas dan fastidio.
Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír.
Lo que fue, eso será; lo
que se hizo, ese se hará. Nada nuevo hay bajo el sol”[4].
Tras de este
análisis semiescéptico y realista del vivir en la tierra, mira las cosas
que hacen felices a los hombres, o al menos se lo prometen, y llega
a la misma conclusión:
“He aplicado mi corazón
a conocer la sabiduría, y también a conocer la locura y la necedad,
he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos,
pues donde abunda sabiduría,
abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor.
Hablé en mi corazón: ¡Adelante!
¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también
esto es vanidad.
A la risa la llamé: ¡Locura!;
y del placer dije: ¿Para qué vale?
Traté de regalar mi cuerpo
con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme
a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos,
lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.
Emprendí mis grandes obras;
me construí palacios, me planté viñas;
me hice huertos y jardines,
y los planté de toda clase de árboles frutales.
Me construí albercas con
aguas para regar la frondosa plantación.
Tuve siervos y esclavas:
poseí servidumbre, así como ganados, vacas y ovejas, en mayor cantidad
que ninguno de mis predecesores en Jerusalén.
Atesoré también plata y
oro, tributos de reyes y de provincias. Me procuré cantores y cantoras,
toda clase de lujos humanos, coperos y reposteros.
Seguí engrandeciéndome
más que cualquiera de mis predecesores en Jerusalén, y mi sabiduría
se mantenía.
De cuanto me pedían mis
ojos, nada les negué ni rehusé a mi corazón ninguna alegría; toda vez
que mi corazón se solazaba de todas mis fatigas, y esto me compensaba
de todas mis fatigas.
Consideré entonces todas
las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo
es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el
sol”[5].
Sólo le falta
citar a los millonarios, que se gastan muchísimo dinero en ir unas horas
o días en una nave espacial, o algún otro capricho, y narraría la historia
de nuestros días. Eso sí, no cita la droga, que es placer rápido y degeneración
segura, quizá porque lo ve demasiado necio, o porque bastante tiene
la mayoría con sobrevivir en una vida austera.
Por fin, da
un consejo de sencillez: “Pues todos sus días son dolor, y su oficio,
penar; y ni aun de noche su corazón descansa. También esto es vanidad.
No hay mayor felicidad
para el hombre que comer y beber, y disfrutar en medio de sus fatigas.
Yo veo que también esto viene de la mano de Dios, pues quien come y
quien bebe, lo tiene de Dios. Porque a quien le agrada, da Él sabiduría,
ciencia y alegría; mas al pecador, da la tarea de amontonar y atesorar
para dejárselo a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y atrapar
vientos”[6].
También
el Eclesiástico en la misma época hace mención a este modo de vivir
una vida feliz y dice el Sirácida: “El corazón del hombre modela su
rostro tanto hacia el bien como hacia el mal. E insiste “signo de un
corazón dichoso es un rostro alegre
El corazón alegre mejora la salud; el espíritu abatido
seca los huesos”[7]
Y con buen
humor y sabiduría, que podríamos llamar popular, dice: “No entregues
tu alma a la tristeza, ni te atormentes a ti mismo con tus cavilaciones.
La alegría de corazón es la vida del hombre, el regocijo del varón,
prolongación de sus días. Engaña tu alma y consuela tu corazón, echa
lejos de ti la tristeza; que la tristeza perdió a muchos, y no hay en
ella utilidad. Envidia y malhumor los días acortan, las preocupaciones
traen la vejez antes de tiempo. Un corazón radiante viene bien en las
comidas, se preocupa de lo que come”[8].
Todos establecen la felicidad como una
consecuencia del buen vivir moral y avisan de los engaños de la vida
inmoral. Pero podemos ir más lejos. Es cierto que los sentidos pueden
dar un cierto grado de felicidad en tanto proporcionan placeres moderados.
Cuando hay exceso de luz, de gusto, de tacto, de olor, de sonido producen
dolor. El placer de los sentidos es corto y volátil. Muchas veces se
busca y no se encuentra, o se escapa como el gorrión en la mano. La
imaginación y la memoria pueden proporcionar también un cierto grado
de felicidad, pero muy unido a los placeres físicos, con el inconveniente
de que son más irreales, aunque sean muy fantásticos. La contemplación
intelectual de la verdad proporciona verdadero gozo, más que placer,
ahí sitúa Platón el ascenso a que conduce su ética liberándose de los
engaños del cuerpo; pero ese gozo es ideal, no real; y nunca se puede
abarcar toda la verdad, además de ser un camino costoso. Saber algunas
cosas en esta tierra produce dolor y pena. La voluntad es atraída por
el bien y goza más intensamente que la inteligencia porque lo posee,
más que mirarlo o contemplarlo, además se hace buena al querer con un
acto que ya es amor más que teoría.
Pero la raíz de la felicidad está en la
intimidad del ser humano. El acto de ser que constituye la persona es
la fuente del amor verdadero y el principal receptor. Se ama a alguien,
no a su cuerpo, o su inteligencia, o su dinero. En un primer momento
la felicidad brota del interior, de saberse vivo, de dar, de darse y
dar ser como hemos dicho varias veces. Y eso es compatible con contrariedades
externas. Amar hace feliz, aunque no haya correspondencia, como puede
ser el amor a un subnormal profundo, o a un moribundo, o a un niño,
o a la madre anciana. Pero más aún si es correspondido. Saberse amado,
no como un objeto de uso, hace feliz, permite la compenetración, el
regalo mutuo, la comunión de personas, la amistad en sus mil formas.
El goce supremo va más allá aún: se trata
que el amor comience en quién tiene más capacidad de dar y de darse
y cada uno corresponda en la medida de sus posibilidades. Evidentemente
estamos hablando de Dios, que en su Trinidad es Amante, Amado y Amador,
y ama de una única y triple manera incondicionalmente, aunque el hombre
se pueda cerrar a este amor. La vida feliz ya no es sólo una vida correcta
y honesta, atemperada y sensata solamente, que lo es, ciertamente. Es
mucho más, es beber en la fuente de la alegría sin restos de amor propio
que pueden envenenar cualquier amor humano. La felicidad requiere humildad,
como requiere amor. Requiere la presencia de la felicidad divina en
el alma libre que la acoge y la irradia en todas las potencias humanas
desde las más espirituales hasta las más sensibles; y en ese gozo laborioso
y gracioso también irradia a los demás, que si no envidian –al modo
de Judas a Jesús- se sentirán movidos a corresponder en una espiral
de donaciones y de alegría honda.
El amor de Dios es muy distinto
del humano en cuanto hace arder la esperanza, da gozo, pues se sabe
que se gozará más y más, y para siempre hasta el colmo de la propia
posibilidad, y de una manera interpersonal amplísima. El amor humano,
el generoso, está amenazado continuamente (vejez, achaques, falta de
medios económicos, traiciones, locuras, y, sobre todo, la muerte que
es el gran dolor de los enamorados). La esperanza de felicidad lleva
a la escatología sin la cual no se puede entender al ser humano. Dios
promete al hombre que libremente quiera, alcanzar el amor y la felicidad
eternos, la resurrección de la carne, la supresión de la muerte y con
ella del mal en los nuevos cielos y la nueva tierra en su Segunda venida
gloriosa. Así, aún en lo efímero y en la constatación de la persistente
maldad en el mundo, pervive una esperanza que hace feliz en una realidad
que tiene su garantía en Dios, no en ilusiones como una y otra vez prometen
las ideologías.
La felicidad es un regalo que viene muchas
veces cuando no es buscado, y que se debe tomar como se coge un pajarillo
entre las manos, ni demasiado fuerte, pues muere, ni demasiado flojo,
pues huye. Es un don de Dios al alma preparada. El obseso de la felicidad
es como el que busca separarse de su sombra, nunca lo consigue. La felicidad
es un fruto y una promesa. La felicidad tiene niveles que van desde
lo más íntimo hasta lo más corporal. La felicidad en la vida mortal
siempre pide más, porque es insaciable y sólo puede alcanzar su plenitud
en la posesión de la comunión con Dios en la vida eterna.
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