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El ser humano no es esencialmente malo, pero tampoco totalmente bueno.
Todo hombre está inclinado al mal, y nadie puede decir que lo haya hecho
todo moralmente bien. La historia muestra que se han realizado muchas
acciones malas, incluso crueldades casi increíbles. No faltan acciones
malas en la que no falta la buena intención. ¿Cómo explicar estos hechos?
Lo más coherente es aceptar que el ser humano es un ser herido. La profundidad
de esa herida es difícil de evaluar, pero no es posible negarla desde
ningún punto de vista. El profeta Jeremías dice: “El corazón es lo más
retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce? Yo, Yahveh, exploro el
corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino”[1].
En todos los ámbitos culturales se afirma esta realidad. En el pensamiento
cristiano se oscila desde el pesimismo casi total de Lutero, hasta el
optimismo de Pelagio, pasando por una visión con tendencia a lo negativo
en San Agustín, y más atemperada del Concilio de Trento. Algunos como
Rousseau –con un cinismo sorprendente al mirar su vida privada[2]-
dicen que el hombre es naturalmente bueno, y ante la evidencia de sus
pecados, dice que es la sociedad la que hace mala al hombre. Muchos
problemas del mundo actual se deben a esta afirmación tan peregrina.
Edith Stein en su hermoso libro póstumo “la estructura de la persona
humana” escrita en los años 1932-33 dice al respecto:” la tranquila
superficie de la conciencia, o de la vida externa bien ordenada (sea
de la vida privada o pública), se ve alterada en ocasiones por extrañas
convulsiones, que no cabe derivar de las anteriores ondulaciones de
la superficie de la vida. Percibimos entonces que nos hallamos precisamente
ante una mera superficie, debajo de la cual se esconde una profundidad
y que en esta profundidad actúan oscuras fuerzas”[3]. Cita a Dostoievski
y Tolstoi como observadores del alma humana, y al psicoanálisis, aunque
éste se remita muy pobremente a los instintos.
La Revelación da una luz muy clara sobre esta realidad. La primera la
vemos en el Génesis al señalar que la causa de esta herida está en la
libertad del hombre y al pecado cometido en el origen. La consecuencias
de este pecado la narra así: “a la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas
cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido
irá tu apetencia, y él te dominará. Al hombre le dijo: Por haber escuchado
la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido
comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el
alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá,
y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el
pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres
polvo y al polvo tornarás. El hombre llamó a su mujer Eva, por ser ella
la madre de todos los vivientes. Yahveh Dios hizo para el hombre y su
mujer túnicas de piel y los vistió. Y dijo Yahveh Dios: ¡He aquí que
el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer
el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también
del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre. Y le echó Yahveh
Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido
tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén
querubines[4]. Los pecados posteriores
de los hombres agravan estos males centrados en la muerte, el dolor,
el cansancio. El libro de la Sabiduría dice que “la muerte entró por
el pecado en el mundo”[5]. San Pablo es mucho más concreto en cuanto al hombre: “Sabemos que la Ley
es espiritual; pero yo soy carnal, vendido como esclavo al pecado Porque
no logro entender lo que hago; pues lo que quiero, no lo hago; y en
cambio lo que detesto, eso hago. Y si hago precisamente lo que no quiero,
reconozco que la Ley es buena. Pues ahora no soy yo quien hace esto,
sino el pecado que habita en mí. Porque sé que en mí, es decir, en mi
carne, no habita el bien; pues querer el bien está a mi alcance, pero
ponerlo por obra, no. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal
que no quiero. Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza,
sino el pecado que habita en mí. Así pues, al querer hacer el bien encuentro
esta ley en mí: que el mal está junto a mí; pues me complazco en la
ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros
que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza a la ley del pecado
que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este
cuerpo de muerte?...Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro...
Así pues, yo mismo sirvo con él”[6].
Este grito de San Pablo ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
Es una exclamación que puede hacer cualquiera, desde las personas más
santas hasta las más pecadoras. El conocimiento de la Ley moral, la
educación a todos los niveles, intelectual, afectivo, corporal y de
voluntad, no basta para evitar conductas claramente injustas. Es más,
es frecuente que los más instruidos tengan pecados más graves que las
personas sencillas. La respuesta de la fe es que se pueden hacer muchas
cosas buenas sin la gracia de Dios –la naturaleza humana no está totalmente
corrompida-, pero no se puede cumplir toda la Ley moral sin la gracia,
por muy buena voluntad que se ponga. Todo esto sin tener en cuenta la
vida sobrenatural sólo accesible por el don de Dios, que llamamos gracia.
Claramente el hombre está herido y la respuesta revelada no se puede soslayar
para comprender el por qué de la experiencia diaria. El concilio Vaticano
II lo expresa así: “Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo,
por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó
de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su
propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron
como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir
a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina dice coincide
con la experiencia. El hombre cuando examina su corazón, comprueba su
inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden
tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer
a Dios como su principio, rompe la debida subordinación a su fin último,
y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona
como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación. Es
esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana,
la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática,
entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el
hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques
del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero
el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole
interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. 10 12,31),
que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre,
impidiéndole lograr su propia plenitud. A la luz de esta Revelación,
la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta
hallan simultáneamente su última explicación”[7].
Veamos pues en qué consiste esa mala inclinación originaria e histórica.
¿Hasta que punto
está deteriorada la naturaleza humana? Vale la pena ver históricamente
algunas respuestas de pensadores cristianos. San Agustín se fija en
el peso de la carne: de la debilidad y de la concupiscencia (la sensualidad
en general). El hombre está bajo la esclavitud del pecado. “El pecado
original, se manifiesta en dos graves deficiencias morales: la ignorancia
y la debilidad”. Sin embargo, San Agustín considera que la naturaleza
no está destruida, y que los paganos son capaces de algún bien. "Como
la imagen de Dios en el alma humana no está tan destruida por los afectos
terrenos de manera que no le queden algunos rasgos, con razón se puede
conceder que, en su misma vida pagana, pueden cumplir algo de la ley
(...) No está completamente borrado lo que, cuando fueron creados, estaba
impreso allí por la imagen de Dios”[8]. Aunque piensa que
estas obras no sirven de cara a la salvación eterna.
Lutero lleva
al extremo los puntos de vista de San Agustín, y cree que la libertad
está corrompida por el pecado original. Esta corrupción se manifiesta,
sobre todo, en la concupiscencia. Según Lutero, el hombre, con sus fuerzas,
no puede más que querer el mal. Fundamentalmente maneja dos argumentos.
En primer lugar, todo lo que el hombre hace es pecado, porque está contaminado
o por la concupiscencia o por la soberbia. "Después del pecado,
el libre arbitrio no es más que un nombre"; "Si creemos que
el pecado original ha corrompido nuestra naturaleza hasta tal punto
que incluso los que cuentan con la ayuda del Espíritu Santo, experimentan
enormes dificultades para obrar el bien, es evidente que quienes no
poseen ese Espíritu no son capaces de inclinarse al bien, sino que únicamente
pueden querer el mal"[9]. Lutero, influido
por su formación nominalista, y quizá el gnosticismo egipcio y el de
la cábala, añade otro argumento: si confesamos que Dios sabe todo lo
que va a pasar, no puede haber verdadera libertad en el hombre. El querer
divino, fijado desde siempre, impone necesidad a los actos humanos:
no hay libertad. El pesimismo de la posición de Lutero es evidente.
Calvino tiene una idea semejante pero le añade algo terrible: la predestinación.
Por el eterno designio de Dios, las acciones de los predestinados son
siempre buenas, las de los demás permanecen siempre infectadas de pecado.
Santo Tomás es más objetivo y observa que
la naturaleza humana ha sido dañada, como si estuviera enferma. En el
ámbito natural, la naturaleza mantiene sus capacidades, aunque deterioradas.
Es capaz de hacer el bien, pero no todo el bien que antes podía El
hombre resulta capaz de conocer sin necesidad de la gracia, porque el
pecado no altera directamente la capacidad de conocer en cuanto tal.
Pero, indirectamente, se produce un deterioro del conocimiento. El hombre
es naturalmente capaz de alcanzar el conocimiento de la existencia de
Dios y de los principios morales. Pero cuando se desciendo a lo moral
más concreto yerra con facilidad. En toda persona está grabada la ley
moral. Esto da un conocimiento natural de la ley moral. Pero en la práctica
es frecuente el error, pues el pecado introduce un oscurecimiento; por
ello existe una necesidad moral de la revelación, para que "todos,
fácilmente, con firme certeza y sin mezcla de error” puedan conocer
la verdad que lleva ala vida eterna, o superen la no culpabilidad de
la ignorancia invencible, que no mejora al hombre, aunque tampoco sea
culpable.
Pienso
que la herida está, sobre todo, en la voluntad herida de malicia. Esta
lacra es más profunda que la ignorancia, como lo es el orgullo y la
soberbia. Bien harían los educadores en tenerlo en cuenta. A esto le
podemos añadir un desorden en el terreno afectivo tan evidente, que
se suele hablar de las pasiones como si estuviesen totalmente corrompidas,
cosa que no es cierta.
El hombre
herido experimenta dos amores, como dice bellamente San Agustín en el
célebre comienzo de la Ciudad de Dios, "Dos amores hicieron dos
ciudades: la terrena, el amor propio hasta el desprecio de Dios; en
cambio, la celeste, el amor de Dios hasta el desprecio propio"[10].
El pecado personal agrava
las heridas. La hondura de la herida y la importancia de conocer la
verdad de uno mismo es necesaria para una lucha realista. Kierkegaard
. señala que muchos tiene más miedo a la verdad que a la muerte, quizá
por temor a enfrentarse ante su miseria y su nada, o por aferrarse a
una idea de sí mismo que les complace, aunque sea falsa; o, simplemente,
porque no puede soportarla evidencia de la propia limitación o la miseria.
Como vimos más arriba, San Juan señala
las tres heridas del pecado original en la naturaleza de todo diciendo:
“todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia
de los ojos y la arrogancia de los bienes terrenos”[11].
Estas tres heridas afectan a la intimidad de la persona, y, derivadamente
de ella, a la inteligencia, la voluntad, los sentimientos y el cuerpo.
Afectan, a través de la acción humana, a las culturas, conservándose
y transmitiéndose deformaciones que llegan a la memoria histórica de
la persona y a su personalidad. A ello se puede añadir las heridas causadas
por los propios pecados, especialmente los vicios, que conforman de
manera importante el actuar.
San Josemaría Escrivá describe así esas
tres concupiscencias o heridas en lo íntimo de la persona humana: “Los
enemigos del hombre, que son los enemigos de su santidad, intentan impedir
esa vida nueva, ese revestirse con el espíritu de Cristo. No encuentro
otra enumeración mejor de los obstáculos a la fidelidad cristiana que
la que nos trae San Juan: concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum
et superbia vitæ[12]; todo lo que hay
en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos
y soberbia de la vida. La concupiscencia de la carne no
es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general, ni la apetencia
sexual, que debe ser ordenada y no es mala de suyo, porque es una noble
realidad humana santificable. Ved que, por eso, nunca hablo de impureza,
sino de pureza, ya que a todos alcanzan las palabras de Cristo: bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios[13].
Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio;
otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente
al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores
del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente
a otros. (…) El otro enemigo, escribe San Juan, es la concupiscencia
de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino
lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas
terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir
las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión
de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes
materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos
rodea —los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo—
sólo con visión humana. Los ojos del alma se embotan; la razón se cree
autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación
sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro
Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente.
Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el
centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses[14] y, al llenarse
de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. La existencia
nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del
tercer enemigo, de la superbia vitæ. No se trata sólo de pensamientos
efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No
nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos
los descaminos”[15].
A pesar de lo profundas que pueden ser las heridas
de los pecados, el balance es optimista, pues el hombre no está esencialmente
corrompido, siempre es capaz de bien, capaz de amar, capaz de conocer,
de aspirar a mejorar, de ser alegre. Además para un cristiano se amplía
el optimismo pues el hombre ha sido recreado desde lo más íntimo y la
presencia de Dios en él –la gracia- lo renueva, lo recrea, le da nueva
vida.
Dentro de estas heridas
conviene atender a las que afectan a la rectitud de intención y la afectividad
humanas. No existe acto humano que no esté marcado por la afectividad.
El corazón marca la intimidad
de la intimidad y lleva a amar apasionadamente, a tener horror al pecado
a batallar por la propia vida y por la de los demás con ardor, a trabajar
con ilusión aunque tarde en llegar la respuesta a los esfuerzos etc.
Pero existen desórdenes muy difíciles de comprender en el campo afectivo.
Uno de ellos es el resentimiento. En un sentido primero el resentimiento
sería el sentir afectivamente algo pasado que se recuerda. Pero desde
Nietzsche ha pasado a ser un término técnico de la moral.
Nietzsche
considera que el resentimiento es una especial hipocresía por la que
el débil impone al fuerte el mal llamado amor para dominarle: “la impotencia
se convierte en bondad, la inferioridad temerosa en humildad; la sumisión
a los odiados en obediencia, la mansedumbre del débil, la cobardía misma,
su inevitable necesidad de aguardar, reciben aquí el nombre de Paciencia;
dícese también de la virtud el no poder vengarse y se le llama no querer
vengarse, quizá incluso perdonar”[16]
. El paso siguiente de esta crítica es considerar el amor propio y la
crueldad como principio de la moral.
Max
Scheler respondió con profundidad a estas críticas llegando como dice
José María Vega a atribuir al resentimiento todo el proceso de la modernidad.
Georges
Steiner, en otro contexto, decía también que la Ilustración no era más
que un intento de decir que el hombre era inocente; y no estaba de acuerdo
pues somos culpables. Se puede comparar su afirmación con la opuesta
del también judío Spinoza: “el arrepentimiento no es una virtud, o sea,
no nace de la razón; el que se arrepiente de lo que ha hecho es dos
veces miserable e impotente”. Así se puede justificar cualquier barbarie
con el escudo de la razón, la suya naturalmente. Revisemos el proceso
que sigue Max Scheler de un valor casi inigualable en cuanto a conocer
los fondos oscuros del corazón humano.
En
primer lugar describe, más que define, el resentimiento como una intoxicación
psíquica con causas y consecuencias bien definidas, “surge al reprimir
sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos los cuales
son en sí normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana como
son la venganza, el odio, la maldad, la envidia, la ojeriza y la perfidia”[17] . Suele surgir de
la venganza, pero sin un contraataque directo, sino refrenando los sentimientos,
debido a la constatación de un “acusado sentimiento de impotencia”[18].
En este estadio sentimental se dan una serie de grados desde el rencor
hasta la envidia, la ojeriza y la perfidia antes de llegar al resentimiento
propiamente dicho. Bien sabido es que estos sentimientos perversos desaparecen
con el perdón verdadero, o luchando por conseguir la meta que se pretende.
Pero el resentimiento es distinto porque en él “se da una conciencia
más acusada de impotencia que refrena la acción o la expresión”[19]; por eso la venganza
no pasa a la acción, sino a la sed de venganza y llega a ser como un
deber buscando ocasiones de satisfacerla, con una susceptibilidad extrema,
que cuanto más reprimida está adopta expresiones imaginarias y falsas
con tendencia a la detracción del que es odiado[20].
Un
factor importante para que exista el resentimiento es que dé una cierta
igualdad entre ofendido y ofensor. Se puede comprobar que no se daba
en el mundo de amos y esclavos, ni en el de castas, ni entre amos y
siervos en otros tiempos. “Las grandes pretensiones internas, pero reprimidas;
un gran orgullo, unido a una posición social inferior, son circunstancias
singularmente favorables para que se despierte el sentimiento de venganza”[21].
Si el agravio se hace permanente la explosión, o la inversión social,
puede ser extrema. Una manifestación es la “crítica resentida”[22] en la que ningún
remedio produce satisfacción al real, o imaginariamente, ofendido; es
más, las soluciones producen mayor descontento, pues se encuentra un
amargo gozo en la tristeza resentida convertida en fin. Esto es muy
visible en la política de partidos.
La
envidia resentida no lleva al esfuerzo superador de alcanzar lo que
otro tiene, sino que se recrea en su impotencia y odia al poseedor,
aunque éste ni se entere de lo que sucede en el resentido. La sensación
de impotencia es la que lleva de la envidia a la envidia resentida,
que son diferentes.. Esta envidia resentida es temible, pues lleva al
odio. Es el caso clásico de Judas y Cristo en el que la traición al
amigo y a la vocación llega a formas extremas. El reproche llega a la
misma persona por ser lo que es, sin mover un dedo por intentar conseguir
lo que tiene, como es el caso de la santidad. Jesús avisa a los suyos
y les dice: “os odiarán sin motivo”, es decir, sin más motivo que el
resentimiento impotente y odiador. “En estas clases de envidia es donde
se presenta el fenómeno de la desvalorización de los valores positivos
que promovieron la envidia”[23]
Manifestaciones laterales
de esta actitud son en nuestra época la mentalidad de “record” y el
de todo vale para conseguir un objetivo, caiga quien caiga. “la soberbia
violenta la memoria, la oscurece, el hecho se esfuma, o se embellece,
y se encuentra una justificación para cubrir de bondad el mal cometido,
que no se está dispuesto a rectificar; se acumulan argumentos, razones
que van ahogando la voz de la conciencia, cada vez más débil más confusa.
Si no se es valiente para reconocer el mal y rectificar, con la ayuda
de Dios, se dará un proceso de racionalización y autojustificación más
o menos así:
1º Primero es el estudio sociológico. Ante
la insistencia del propio error se observa a los demás, y se dice que
lo hacen muchos.
2º Se añade después que
esa conducta es incurable o inevitable. Hay que tomar las cosas como
son, no cargar a la conciencia con el pecado.
3º El tercer paso es convencerse
de que esos actos son convenientes, o, incluso necesarios. Es más, son
una liberación, una catarsis, frente a una moral anticuada.
4º El punto culminante
es convencerse que los buenos son malos y los malos buenos, pero con
convencimiento casi inconsciente. Por tanto, proclamemos una moral nueva,
la nueva liberación. Lo que hago no sólo no es pecado, sino que es
bueno. Los malos son los que viven moralmente. Destruyámosles con la
lengua o con el fuego. Se convierten en heraldos de una ‘moral nueva’[24]. Así lo explica Celaya
con multitud de citas de Santo Tomás , San Bernardo y otros; aunque
centrándose más en la relación inteligencia y voluntad, en la que la
malicia querida lleva a la deformación del juicio prudente y a la construcción
de un sistema moral. El resentido sigue con el error, y, además, bendecido.
Aunque le dé un sentido contrario el operar del resentido es el que
señala Nietzsche: “mi memoria me dice que yo he hecho esto/ mi orgullo
me dice que no puedo haberlo hecho/ calla la memoria y se da la razón
al orgullo”.
Scheler mirando el fondo
afectivo del resentido tiene otra perspectiva para constatar el cambio
de moral, y señala que es un engaño valorativo de sí mismo y de los
demás el que lleva a la inversión del orden moral. Existen muchos tipos
de personajes impotentes y débiles que pueden servir de ejemplo, pero
uno sirve a nuestro propósito bastante bien, es el del ‘apóstata’, afín
al ‘renegado’cuya vida no se nutre de la nueva fe, sino del odio a los
que sustentan la que antes poseía deseando su muerte y el infierno.
Scheler dice que se llega casi inconscientemente al “falseamiento de
la moral”, pues si fuese muy consciente sería insoportable la vida.
“La estructura formal en la expresión del resentimiento siempre es la
misma: se afirma, se pondera, se alaba algo: A, no por su íntima calidad,
sino por la intención –que no es verbalmente expresada- de negar, de
desvalorar, de censurar otra cosa, B. A es ‘esgrimido’ contra B”[25]
Un dato empírico de este
resentimiento es que tiene efectos corporales. “Las sensaciones viscerales
internas que colaboran en todo afecto adquieren preponderancia sobre
la sensación de los movimientos expresivos externos, mediante la represión
de la expresión periférica; y, como todas ellas son desagradables y
hasta dolorosas, el sentimiento del cuerpo en su conjunto resulta algo
acusadamente negativo. El hombre ya no vive ‘a gusto’ en la ‘caja’ de
su cuerpo, y llega entonces a esa actitud penosa que consiste en distanciarse
y objetivarse a sí mismo. Ésta ha sida tantas veces la vivencia inicial
de donde han partido las metafísicas dualistas (como la de los neoplatónicos,
la de Descartes, etc.”[26]; los gnósticos de
todos los estilos antiguos y modernos también tienen esta experiencia).
Y se llega a un “odio de sí mismo”, “tormento de sí mismo”, “sed de
venganza contra sí mismo” de funestas consecuencias, tanto en el terreno
religioso, como en el sociológico, el político o el psíquico, como dice
Guyau, citado por Scheler, es el caso de un salvaje, ha quien ha sido
vedada la venganza de sangre, se ‘consume’, se va debilitando y muere[27].
El falseamiento de la moral
no es siempre un acto consciente, como sería la vida moral de un cínico,
pues es imposible vivir en continua contradicción. Sino la exteriorización
de una percepción averiada de la realidad desde el resentimiento, más
o menos querido, y se falsea la imagen del mundo. En el conflicto entre
el apetito y la impotencia surge el odio, la sed de venganza hasta que
se alcanza la perfección de ella que es estar tranquilo en su miseria.
Es la “obra suprema” del resentimiento[28],
la “sublime venganza” le llama Nietzsche. “Es sublime porque los impulsos
de odio y venganza contra los hombres fuertes, sanos, ricos, hermosos
etc., desaparecen completamente, y la persona resentida escapa, gracias
al resentimiento, al tormento interior de estas pasiones. Ahora, tras
la inversión del sentimiento y la difusión del juicio correspondiente
en el grupo -, esos hombres fuertes etc., ya no son dignos de envidia,
dignos de odio, dignos de venganza, sino que, al contrario, son dignos
de lástima, dignos de compasión, pues participan en esos ‘males’. Sentimientos
de dulzura, de compasión y de lástima son los que producen ahora su
presencia”[29]. Hoy día es muy visible
esta actitud en el mundo homosexual convertido en lobby activo, especialmente
en los medios de comunicación. El resentido ya no lucha contra personas
concretas que le humillan por su impotencia, aunque sea inconscientemente,
sino que lucha contra los valores mismos, aunque en el fondo no se lo
acabe de creer, pero grita fuerte para que se oiga poco la voz de la
conciencia. Y como, además, no es una valoración consciente, sino elaborada
en el fondo de la impotencia, no hay una mentira consciente, que haría
imposible la alegría y la liberación de eliminar los valores que no
se pueden vivir, sino que es “una mendacidad orgánica”[30]
; “sobre lo así ‘falsificado’ se apoya luego el juicio de valor, el
cual es, por su parte, enteramente ‘verdadero’, totalmente ‘veraz’ y
‘honrado’, ya que se ajusta con exactitud al valor sentido. Pero este
valor es de hecho ilusorio”[31]
dice con justicia y una cierta carga irónica Max Scheler.
Otro ejemplo de afecto herido
es la transición del amor al odio, o la mezcla de amor - odio
de reacciones encontradas y aparentemente contradictorias. Puede darse
cuando se ama a alguien y la persona amada no corresponde, o no está
a la altura. Se puede acabar odiando al ser amado. Esta reacción puede
cambiar en cuestión de minutos de modo casi inexplicable. La razón es
claramente un amor que no lo es, pues no ama el bien del otro, sino
las repercusiones en uno mismo de un modo exaltado. Lo mismo ocurre
con los celos como describe con crudeza Shakespeare especialmente
en Otelo.
El miedo es positivo en
cuanto a no exponerse a peligros innecesarios. El exceso de miedo lleva
a conductas paralizantes, a dificultar el pensamiento, por supuesto
la necesaria decisión, a agigantar en la imaginación los problemas y
a repercusiones en el cuerpo como temblores, sudores, encanecimiento,
caída del cabello y otras muchas.
La esperanza lleva
a la euforia y hace vibrar el corazón actuando con diligencia. La desesperación
anula la alegría, quita fuerzas que se tienen, entenebrece la imaginación
y la inteligencia, llena de pesimismo y puede llevar al odio a Dios
y al mundo, o al suicidio corporal o espiritual.
La fuerza del espíritu
combativo ante los obstáculos lleva a crecerse, a combatir con valentía,
a la heroicidad. El exceso de ira lleva a la brutalidad, a la desproporción
en la defensa, a la ceguera en la batalla, al odio, a decir cosas no
aceptadas en la tranquilidad, a violencia irracional etc. La falta de
ira suficiente lleva a la pusilanimidad, a la cobardía, a ceder en los
derechos propios o de los próximos, a renegar de la fe, a mentir, a
ceder en lo que no se puede ceder.
La alegría es la
condición de todos los actos humanos, corporales y espirituales, buenos,
verdaderos y bellos. La tristeza es pantanosa, frena, es similar a la
desesperación, no trae nunca nada bueno cuando no es el fruto de la
reacción ante una desgracia real.
Los maestros espirituales son auténticos artistas
en la descripción de los estados del alma, así como de pasiones y sentimientos
encontrados. Basta leer a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa para
sorprenderse de su conocimiento del ser humano. Todos los santos escritores
y la mayoría de los libros de espiritualidad son ricos en las desconcertantes
actividades del interior humano. Baste como muestra una citada seleccionada
de San Josemaría, maestro de la santidad en medio del mundo: “Cuando
el orgullo se adueña del alma, no es extraño que detrás, como en una
reata, vengan todos los vicios: la avaricia, las intemperancias, la
envidia, la injusticia. El soberbio intenta inútilmente quitar de su
solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse
él, que actúa con entrañas de crueldad”[32].
¿Cómo no ver la propuesta de la voluntad de poder de Nietzsche que ante
la compasión que confunde con voluntad de poder del débil que quiere
poner sobre el fuerte y que exige una acción de crueldad. Los campos
nazis y soviéticos son una prueba de esta intuición. “Oímos hablar
de soberbia, y quizá nos imaginamos una conducta despótica, avasalladora:
grandes ruidos de voces que aclaman y el triunfador que pasa, como un
emperador romano, debajo de los altos arcos, con ademán de inclinar
la cabeza, porque teme que su frente gloriosa toque el blanco mármol.
Seamos realistas: esa soberbia sólo cabe en una loca fantasía. Hemos
de luchar contra otras formas más sutiles, más frecuentes: el orgullo
de preferir la propia excelencia a la del prójimo; la vanidad en las
conversaciones, en los pensamientos y en los gestos; una susceptibilidad
casi enfermiza, que se siente ofendida ante palabras y acciones que
no significan en modo alguno un agravio”[33].
La susceptibilidad es la defensa del inseguro, del orgulloso que se
siente ofendido y tiene respuestas desproporcionadas, mientras que el
humilde ante las ofensas no pierde la paz.
Sigue más adelante San Josemaría
hablando de los que tiranizan por la queja y la debilidad, los víctimas-verdugo.
“Todo esto sí que puede ser, que es, una tentación corriente.
El hombre se considera, a sí mismo, como el sol y el centro de los que
están a su alrededor. Todo debe girar en torno a él. Y no raramente
recurre, con su afán morboso, hasta la simulación del dolor, de la tristeza
y de la enfermedad: para que los demás lo cuiden y lo mimen”[34]. Y señala con fuerza
la herida profunda que es el hombre el orgullo que rompe el equilibrio
afectivo, racional y amoroso. “La mayor parte de los conflictos, que
se plantean en la vida interior de muchas gentes, los fabrica la imaginación:
que si han dicho, que si pensarán, que si me consideran... Y esa pobre
alma sufre, por su triste fatuidad, con sospechas que no son reales.
En esa aventura desgraciada, su amargura es continua y procura producir
desasosiego en los demás: porque no sabe ser humilde, porque no ha aprendido
a olvidarse de sí misma para darse, generosamente, al servicio de los
otros por amor de Dios”[35].
Entendemos por sentimiento
de culpa al malestar y sufrimiento interior que experimenta la conciencia
ante la realización de determinados actos morales. También se le llama
remordimiento por el efecto que tiene en el corazón y la conciencia
el acto malo o perverso. El arrepentimiento y la sinceridad son medio
habitual de liberación de ese sufrimiento. Pero, no es infrecuente que
no se acepte la verdad, o que se quiera justificar de mil modos para
llegar a una tregua interior, que pretende ser paz, pero nunca lo consigue.
Lo cierto es que pocos resisten la verdad interior maligna que les horroriza.
En la modernidad se dan diversos modos de arrancar el sentimiento de
culpa, para defender que el hombre es inocente haya hecho lo que haya
hecho.
Una de estas justificaciones
es la de Nietzsche que atribuye toda la responsabilidad de los actos
a la naturaleza y la vida, ya que realmente no se es libre. “El hombre
mismo que actúa, está en verdad poseído de la ilusión del libre arbitrio;
si por un momento se detuviese la rueda del mundo y hubiese una inteligencia
calculadora omnisciente para aprovechar esta pausa, podríamos continuar
calculando el porvenir de cada ser hasta los tiempos más remotos y marcar
cada uno de los puntos por donde pasaría esta rueda en lo sucesivo”[36]. Su idea de eternidad
y de Dios es realmente débil y pobre al modo del destino griego.
Como dice Pifarré[37]sobre Nietzsche. En
primer lugar está la noción de libertad que debe ser suprimida para
suprimir toda moral y con ella todo pecado, de modo que el inocente,
haga lo que haga, no tenga remordimiento. “En Humano, demasiado Humano,
escribirá: ‘Nadie es responsable de sus actos, nadie es responsable
de su ser. Esta proposición es tan clara como la luz del sol, y, sin
embargo, todo hombre prefiere en ese caso volver a las tinieblas del
error, por temor a las consecuencias”[38]. Con estos planteamientos,
nada de extraño tiene que el pensador alemán considere que la “voluntad
libre” es un invento metafísico pertrechado para debilitar los instintos
humanos y desconfiar de sus posibilidades vitales en su innata y natural
expansividad: “El concepto de voluntad libre, dirá en Ecce Homo,
se ha inventado para extraviar a los instintos, para convertir en una
segunda naturaleza la desconfianza frente a éstos”[39].
De ahí al amor al destino, a lo que ocurre fatalmente sin ninguna responsabilidad
“De la necesidad absoluta de todo acontecer natural, sin ningún fin
previo ni razón hacia la que intencionalmente se dirija, surgirá la
interpretación nietzscheana de la total “inocencia” del universo, una
interpretación que influirá decisivamente en el pensamiento de Freud.
Nietzsche considerará que esta adjetivación es una de las más idóneas
que se le pueden aplicar, puesto que en la inmensidad del cosmos no
existe ninguna malicia moral, y nada de lo existente en el universo
se le puede atribuir culpa ninguna. En cualquier caso, deberá “culparse”
por su falta de inocencia y por una intencionada “mala fe”, a los defensores
de la moral, pues ignoran o desprecian la implacable realidad de la
inocencia de la naturaleza y de la irrealidad de la culpa. De esta incólume
inocencia del universo, fundada en la absoluta determinación del acontecer
temporal, deducirá Nietzsche la irrealidad de los sentimientos de culpa
y pecado, negando en consecuencia, la libre voluntad de la persona y
la responsabilidad de sus actos morales”[40].
Todos
vivirán sin esa mordedura, y acaba acusando a los moralistas, a los
sacerdotes y a la sociedad, de que hayan introducido la culpa. Cosa
algo absurda, pues tampoco serían libres y actuarían fatalmente, pero
dejémoslo. Nietzsche expresa su deseo de que no hubiera ningún equívoco
respecto a su enfrentamiento intelectual, claro y agresivo, en contra
de los sentimientos de culpa y castigo que se han inyectado en la cultura
occidental: “Mi lucha va contra el sentimiento de culpa y la mezcla
del concepto de castigo en el mundo físico y metafísico, así como a
la psicología y a la interpretación de la historia”[41] En este orden de
cuestiones, Freud se desenvolverá en la línea de los planteamientos
nietzscheanos, pues también considerará que están fuera de lugar la
exigencia de unas normas y mandamientos de procedencia judeo - cristiana,
en un universo inocente de culpa. Éste código de leyes morales impuestas
coactivamente desde instancias exteriores, con el propósito de regir
las costumbres de la colectividad social, lo expresará con el término
de “super-yo”. Éste será el celoso y severo guardián de las normas morales,
y a modo de un dique de contención, intentará impedir que los deseos
conscientes del “yo”, provenientes de los ocultas tendencias del “ello”,
como zona del subsconsciente [42], se manifiesten de
forma natural y espontánea. Según el psiquiatra vienés, el sentimiento
de culpabilidad se incuba en la conciencia del “yo”, debido al conflicto
que se produce entre sus naturales deseos instintivos y las normas impositivas
y represoras del super-yo”: “El sentimiento de culpabilidad, afirma
en El Malestar de la Cultura, es la percepción que tiene el “yo”
de la vigilancia que se le impone, es su apreciación de las tensiones
entre sus propias tendencias y las exigencias del “super-yo””[43].
Esquema sencillito y falso de arriba abajo, que tanto daño ha hecho
a muchos arrojándolos al desenfreno sin liberarles del sentimiento de
culpa, pues al no tener la salida natural del arrepentimiento, saldrá
por otras válvulas. Estos escapes inconscientes son muchos desequilibrios
mentales, crueldad, egoísmo, privación de la capacidad de amar etc.
Pifarré señala que “para
Freud, es tan evidente que el condicional antecedente del sentimiento
de culpabilidad se puede formar en base a la represión de los impulsos
biológicos, que no tiene inconveniente en formularlo como un postulado
proposicional: “Cabría formular la siguiente proposición: cuando un
impulso instintual sufre la represión, sus elementos libidinales se
convierten en síntomas y sus componentes agresivos en sentimiento de
culpabilidad”[44] . Y lo único que queda reprimido
es la verdad moral y la religión interior como señalaba Frankl, discípulo
disidente de Freud.
Nietzsche llega a decir con rabia mal escondida “El
remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra, una estupidez”[45]. Así lo vivieron
los campos de exterminio sin aceptar responsabilidad de su crueldad.
Terrible sería el mundo si todos los ladrones y asesinos se creyesen
este exabrupto. El remordimiento de conciencia supone para el pensador
alemán, una de las más graves “fracturas” existenciales que sufre la
conciencia, respecto al paganismo de la antigüedad, en aquellos añorados
tiempos en que el desconocimiento de esta “mordedura” permitía una mejor
armonía y relajamiento de los espíritus, exteriorizada mediante la colectiva
e inconsciente felicidad de sus sentimientos: “Esta es la lucha contra
el paganismo, el remordimiento de conciencia como medio para destruir
la armonía de las almas”[46].
Pifarré destaca la positiva
llamada a la salud corporal y espiritual del sentimiento de culpa, pues
avisa de eso, de una culpa, de una herida en el alma propia y de otros.
“El arrepentimiento (o el remordimiento) por ser una privilegiada asunción
de nuestras propias responsabilidades, promueve un estado de la conciencia
que, al margen de la conflictividad y el dolor interior que produce,
a consecuencia del amor a la persona a la que se ha ofendido o perjudicado,
nos lleva a aceptar sin falsas excusas nuestras propios defectos y errores,
siendo por esta circunstancia, un idóneo factor para el desarrollo armónico
de la personalidad de forma madura y equilibrada. Así se alcanza una
madurez que capacita para diagnosticar objetivamente, sin falsos escrúpulos
y sin desvincularse del “principio de realidad del ser”, la correcta
valoración moral de las acciones libres, determinando lo que “son” y
lo que “valen” en relación con lo que “deberían ser” y “valer” éticamente
consideradas, basados en el criterio de referencia que proporcionan
los universales y permanentes valores diamantes de su fundamentación
natural”[47].
Por otra parte “. Esta actitud interior, supone el mejor antídoto para
evitar la atonía existencial y el envejecimiento del espíritu, y la
posibilidad de alejarse de la concepción hostil y fatalista de un cosmos
cerrado a cualquier dimensión espiritual y trascendente de la persona”[48] “Tanto Nietzsche
como Freud anuncian con énfasis la aparición de los nuevos médicos de
la salud del cuerpo y de la mente, que sustituirán a los viejos sacerdotes
del espíritu. ¿Pero que le quedará al hombre después de haber sido curado
de las cargas de sus responsabilidades, de su sentimiento de culpabilidad,
de su sentido del perdón, de sus complejos y prejuicios, y retorne a
su primigenia inocencia? Nietzsche nos responderá con uno de sus martillazos,
al afirmar que después de la curación “das Nicht in ewig”, la nada para
siempre. Choza comentará al respecto: “Para Nietzsche la verdad es la
nada y el conocimiento de ella salva porque es conocimiento de que no
hay “nada” respecto de lo cual el hombre tenga que ser salvado. Entonces,
si no hay nada de que ser salvado, lo único de lo que no puede ser salvado
el hombre es de la nada”[49]. Queda así patente
el desalentador resultado de pretender una inocencia inculpable. Al
no reconocer la libertad para amar, ni el pecado, con el consiguiente
sentimiento de culpa, sólo queda el imposible “nada para siempre”.
Entre
los estados de ánimo tiene una gran relevancia el aburrimiento.
Se suele combatir con activismo, no parar, pero cuando se para en el
paraíso veleidoso se experimenta un vacío interior cargado de frustración,
sin saber como salir de ese empobrecimiento interior. Pascal define
la necesidad de divertirse como pobreza íntima (les divertissement es
más rico, pues es dispersión en lo externo).Lo contrario es la conversión,
o exaltación de la alegría amorosa podríamos decir, en la cual nunca
se da aburrimiento porque todo es nuevo cada día.
Kierkegaard describe con
maestría esta situación anímica como fruto de la superficialidad. “El esteta no es dueño de sí mismo: vive siempre
fuera de sí mismo, en la superficie. Por eso, su actuar está siempre
y sobre todo condicionado por el estado de ánimo, que sólo es
un síntoma superficial de una causa más profunda. La falta de profundidad,
de autoconciencia de poseer un yo, hace que el esteta se identifique
con su estado de ánimo. Pero los estados de ánimo varían, como varía
continuamente la superficie. El esteta vive en el momento concreto,
en el instante presente. Estado de ánimo, instante fugaz: esta es la
vida del esteta. Por este motivo, nunca podrá comprometerse con algo
serio, con algo que sea definitivo. No se abrirá a los demás: vivirá
encerrado en su identificación con su manifestación. Será un espectador
del mundo, porque no puede actuar fuera de su estado de ánimo. Por tanto,
el esteta está al margen de los demás, se separa del resto, pero también
se separa de sí mismo: el esteticismo es también encerramiento, hermetismo,
egoísmo. El esteta se deja llevar, deja que la vida transcurra fácilmente
sin intentar tomar las riendas de su propia existencia personal. Identificado
con su estado de ánimo mudable, está imposibilitado para el amor, porque
se encuentra atrapado, no en sí mismo, sino en la superficie de sí mismo.
No podrá ni siquiera escoger: delante de él se abren diversas posibilidades,
pero al encontrarse instalado en la superficialidad de la vida, no encuentra
razones de peso que le muevan a escoger una cosa u otra. La superficialidad
es negación de libertad y, por tanto, indecisión. El hecho de no encontrar
un motivo válido para tomar decisiones lleva al aburrimiento: todo da
lo mismo. El esteta terminará por aburrirse. Pero como el aburrimiento
no es un estado de ánimo agradable, el esteta buscará un remedio para
combatirlo: la diversión. Divertirse es no sujetarse a un orden establecido,
a unas normas, es no comprometerse, no comportarse con lealtad con nada
ni nadie. Divertirse significa arbitrariedad: una vida sin peso, sin
un plan establecido, haciendo todo aquello que a uno le apetece en cada
instante, movido por el estado de ánimo”[50]. Vida de saraos dirá
en otro lugar.
Kierkegaard distingue varias clases de tipos superficiales
fáciles al aburrimiento: los sensuales o borrachos; el hombre
de negocios, sin tiempo para pensar cuestiones esenciales; el
artista, que es exquisito, pero sólo para alcanzar placeres raros
y exclusivos; y el engreído sabihondo que basa su yo en la erudición,
pero que sólo usa el saber para envanecerse sin que afecte a su
vida privada un compromiso de amor de dar, de darse, de dar ser-.
Son formas de lo que llamamos frivolidad. Este estado de ánimo
fluctuante lleva a la desesperación, el no ver salida, el empobrecimiento
de amor verdadero. Se salva el aburrimiento no en la multiplicación
de dispersión, sino en superar la desesperación con un nivel ético,
dice Kierkegaard, buscando una superación en un ejercicio libre
y laborioso como el trabajo y otros ideales. Pero la superación
debe llegar al nivel más elevado o profundo, según se quiera llamar,
porque se experimenta que no se puede alcanzar ese nivel de perfección
del ideal ético y vuelve una nueva desesperación, que sólo se
salva al captar que se necesita el auxilio divino. Esto requiere
llegar a vivir verdaderamente de fe. Por una parte llegar al fondo
de los propios pensamientos con sinceridad salvaje; y, por otra
parte, entregarse absolutamente al Absoluto. No es resignarse
a necesitar ayuda, sino en dar verdaderamente el salto
que va de lo razonable a lo pleno que sobrepasa todo límite, abierto
al misterio, al intercambio personal, abierto al infinito y a
la eternidad. “Con la fe no pierdo nada, lo tengo todo”[51] . La fe es una
pasión: el movimiento de la infinitud. Este vivir no es
pasividad aburrimiento, ni empobrecimiento activista, sino pasión
comprometida. Esto ciertamente no es aburrido, ni veleidoso.
Es un hecho que la vergüenza
se da en los seres humanos. Esta realidad la podemos calificar de
positiva o de negativa según las perspectivas. Es positiva cuando se
trata de una defensa de la propia intimidad ante la mirada indiscreta,
o ante el injusto agresor. También lo es como una defensa del descontrol
interior. Es negativa en cuanto conduce a timideces, miedos o dificultades
de manifestarse a quién tiene derecho a conocer el alma o el cuerpo.
En ambos casos no parece posible, ni fácil, que se dé la desnudez original
de alma y cuerpo
Juan Pablo II en sus catequesis sobre el capítulo 2 del Génesis en que
se narra la creación del hombre y la mujer con más detalle antropológico
destaca que antes del pecado original estaban desnudos y no se avergonzaban,
mientras que después del pecado se avergüenzan ante Dios y entre sí,
quizá no sólo su diferente condición sexual. “¿Qué es la vergüenza y
cómo explicar su esencia en el estado de inocencia originaria, en la
profundidad misma del misterio de la creación del hombre como varón
y mujer?. De los análisis contemporáneos de la vergüenza y en particular
del pudor sexual se deduce la complejidad de esta experiencia fundamental,
en la cual el hombre se expresa como persona según la estructura que
le es propia. En la experiencia del pudor, el ser humano experimenta
el temor con relación al «segundo yo» (así, p. e., la mujer frente al
hombre), y esto es substancialmente temor por el propio «yo». Con el
pudor, el ser humano manifiesta, casi «instintivamente», la necesidad
de la afirmación y de la aceptación de este «yo» de acuerdo a su justo
valor. La experimenta, a la vez, tanto dentro de sí mismo como hacia
fuera, respecto del «otro». Se puede, por tanto, decir que el pudor
es una experiencia compleja, en el sentido que, como alejando a un ser
humano de otro (la mujer del hombre), busca a la vez su acercamiento
personal, creándole una base y un nivel adecuado. Las palabras de Gen
2, 25 «no sentían vergüenza», no expresan carencia, sino, al contrario,
que sirven para indicar una particular plenitud de conciencia y de experiencia,
sobre todo la plenitud de comprensión del significado del cuerpo, ligada
al hecho de que «estaban desnudos». Que el texto citado deba ser comprendido
de este modo lo testifica la continuación de la narración yahvista,
en la cual la aparición de la vergüenza y, en particular, del pudor
sexual está ligada a la perdida de la plenitud originaria. Por tanto,
presuponiendo la experiencia del pudor como experiencia «de confín»,
debemos preguntarnos a que plenitud de conciencia y de experiencia,
y particularmente a que plenitud de comprensión del significado del
cuerpo corresponde el significado de la desnudez originaria, de la que
habla Gen 2, 25” [52]
La pérdida del sentido del pudor en algunos
ambientes tiene un doble significado. Por una parte una pérdida previa
del sentido de persona, con una justificación del desorden moral. Por
otra parte una reacción en que el pudor tampoco es una expresión de
la mejor interioridad personal, sino una fuente de engaños para parecer
lo que no se es. El punto de sinceridad y defensa de uno mismo y del
injusto agresor nos parece más adecuado de esta necesidad para el mundo
humano de la vergüenza y el pudor
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