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En el paso de la buena voluntad
a la voluntad buena es necesaria la fuerza estaqble de la virtud. Pero
no es fácil dilucidar el centro de donde surge la fuerza que distingue
al hombre débil del fuerte, la del bienintencionado inoperante o la
del hombre medio que sube con decisión. Edith Stein observa que “La
conexión con el mundo espiritual y con sus fuentes de fuerza nos permite
comprender cómo hombres débiles corporalmente pueden desarrollar una
vida espiritual de gran intensidad: reciben del mundo espiritual una
y otra vez la fuerza que precisan para su vida también espiritual. Es
posible asimismo emplear en actividades corporales fuerza obtenida del
mundo espiritual, sólo que cuando la constitución corporal sea débil
ese empleo requerirá un especial consumo de fuerza”[1].
Las llamadas virtudes son la defensa de la libertad de la persona y
su fruto natural. Sin virtudes la libertad queda en deseo, o ni siquiera
llega a él. No puede amar. No puede superar las dificultades y las pruebas.
Se hace insensible a la belleza. Sin virtud es imposible la felicidad;
y el dolor, aún el pequeño, abruma. El corazón se endurece. La afectividad
enloquece. Sin virtud aparecen los vicios, pues no cabe la neutralidad
ante la llamada del placer, aunque no sea moral. Una persona sin ninguna
virtud entra en la descripción que hace Aristóteles del degenerado.
Vale la pena mirar las virtudes en su raíz
como medios par alcanzar la libertad. La libertad se conquista, dijimos
al principio, el amor también; aunque se parta de ellos como núcleo
de fuerza. Etimológicamente la palabra virtud viene del latín vis –fuerza-
que en griego se expresa como excelencia. No se puede perder
este sentido vigoroso y entendible en el mundo actual.
La persona humana necesita ser virtuosa
–tener fuerza- para poder crecer como persona. La libertad sin virtud
se queda en posibilidad o en deseo sin fruto. El amor es necesariamente
virtuoso, fuerte, prudente, sobrio, efusivo, sagaz, circunspecto, paciente,
templado, estable, fiel; o es desamor disfrazado. La palabra virtud,
como ocurre en todas las grandes palabras ha perdido su fuerza, no sólo
por llamar virtud a otras cosas, sino por utilizarla aplicándola a modos
de vivir secos, técnicos, fríos, poco atrayentes y repele a muchos,
como sería comprensible si fuese así el hombre virtuoso. Pero la virtud
es, más bien, fruto del amor y causada por él. Los que intentan crear
una moral de virtudes se ven en dificultades –aunque Santo Tomás lo
hizo- y se conforman con la ética de leyes que describe con una mentalidad
jurídica los mínimos de convivencia: Esta mentalidad jurídico moral
no sirve para mostrar las cumbres del actuar humano. Tampoco es adecuada
para describir los caminos de la experiencia mística, ni para encauzar
la santidad como si estas acciones no fuesen parte de la moral. Se limitan
así a una técnica, sin llegar a ser un arte como los es la prudencia
humana. En música se llama virtuoso al que toca maravillosamente un
instrumento –especialmente el violín, el piano, el arpa- que tienen
tantos matices. El artista es un virtuoso. El virtuoso es un artista.
Aquí está el tema: la virtud es un arte, no una técnica. Se puede tener
mucha técnica y no ser un virtuoso. Arte es la prudencia. Arte es la
templanza. Arte es la fortaleza. Arte es la justicia, lejos del positivismo
jurídico y cerca de la jurisprudencia de los jueces. Y la raíz del arte
es el amor, la verdad y la belleza. Aquí, vamos a ver, desde este punto
de vista, el ser virtuoso de la persona humana.
Es sentencia común que
sin advertencia, con incapacidad o con defectos en la voluntariedad
el acto moral es inculpable. La ignorancia invencible hace inculpable
el acto, no hay pecado desde el punto de vista moral. Pero, la persona
no mejora, no adquiere virtudes, es menos humano, menos perfecto. Una
persona que no ha aprendido a leer no tiene ninguna culpa, pero no sabe
leer, y no alcanza muchas perfecciones humanas. Así ocurre en todo arte
(pintar, cantar, recitar, etc.), y por supuesto en la moral (lealtad,
simpatía, elegancia, cortesía, fortaleza, castidad, responsabilidad,
sinceridad, sencillez, magnanimidad y todas las gracias humanas). La
actividad intelectual requiere muchas virtudes: capacidad de estudio,
cerebro no impedido, etc. Yen el caso supremo del acto libre es necesario
ser virtuoso para superar miedos, coacciones totales, engaños, afectos
desordenados etc. Veamos la virtudes gozne (cardinales) sobre las que
gira el actuar humano.
Empecemos por la más
necesaria de todas las virtudes, más necesaria que la misma fortaleza:
la prudencia. Si la prudencia es un acto de la persona debe ser un acto
de amor: “la prudencia es amor, pero no esencialmente, sino 'en cuanto
el amor mueve el acto de la prudencia'“[2] dice Santo Tomás. Y añade que “es el amor que elige sagazmente lo
que le ayuda, y se separa de lo que sería impedimento”[3].
El acto final que se realiza es un acto prudente o imprudente, mejora
a la persona o la empeora. La verdadera prudencia no es apocamiento
ni cálculo temeroso y egoísta. Más bien “es una locura, la enajenación
del amor que se expropia en beneficio del amado. Así querer ser 'razonable'
es una absoluta imprudencia”[4] dice Cardona con ímpetu poético rebelde ante la visión desalmada
de la prudencia.
La prudencia es un
acto necesario; si no se quiere actuar eso es ya es una decisión; aunque
sea una indecisión o una omisión. Este acto es complejo en el interior
del hombre. “Requiere memoria del pasado no innata -requiere tiempo
y experiencia-. Inteligencia del presente, la sagacidad para encontrar
lo deseado, la docilidad para pedir y recibir consejo; y facultad para
discernir los consejos buenos y malos. Incluye la previsión, la circunspección
o consideración de las circunstancias del acto en su singularidad real,
y la precaución o evitación de posibles dificultades”[5]. Esto puede ser muy rápido, pero no deja de ser complejo y rico.
“En su totalidad el acto de prudencia es insustituible, no se puede
realizar desde fuera”[6].
Hay que recordar que
el acto prudente es libre y amoroso, o será imprudente. Es una acto
personal no puede esconderse en consultorías, decisiones de psiquiatras
o de directores espirituales. Todo esto son consejos, que pueden ser
valiosísimos; pero el que decide es cada uno, y cada uno es responsable
de sus decisiones. La prudencia es “la virtud propia de nuestra libertad
en su quehacer temporal, y de su acto propio que es el amor electivo”[7]. La fuerza original está en la persona en su acto inaprensible y
participante de la plenitud del Esse. De la intimidad personal la fuerza
va a la inteligencia, a la voluntad, a la memoria y a todo el cuerpo.
Cada potencia y sentido entiende lo real, recuerda la experiencia del
pasado, ayuda a prever el futuro, o la misma eternidad. Pero el origen
de la acción prudente es el acto amoroso y deseoso de amor que emerge
de la intimidad personal
Todo
este proceso es reflexivo, pero puede ser instantáneo, y así suelen
ser la mayoría de las decisiones. En el origen la decisión siempre dirigido
a lo mejor está lo más amoroso. Se busca conseguir mayor libertad, belleza,
felicidad, plenitud. Y esta fuerza originaria influye en toda la vida
de la persona y en la cultura. De ahí la importancia de recordar que
se trata de un arte. El mejor prudente es un artista, más que un artesano,
y, por supuesto, no es un robot que aplica un algoritmo y encuentra
la solución. Aristóteles y Santo Tomás hablan una parte potencial de
la prudencia que llaman gnome por la cual si se tienen los principios
universales muy claros, de modo que cuando adviene una situación de
la que no hay experiencia, ni consejo y es necesario actuar, lo hace,
algo a ciegas, pero acertando. Este gnomo es más frecuente de lo que
parece. “La prudencia no es una técnica (recta ratio factibilium)
sino un arte (recta ratio agibilium). La verdad de los actos humanos
como tales (Aristóteles, Ethica, VI, c. 1,5)”[8].
Conviene añadir los actos
de la prudencia. El más importante es el llamado imperio, decisión.
Es frecuente que todos los humanos tengan que tomar decisiones con falta
de datos y con una cierta ambigüedad. La indecisión suele ser peor que
una decisión con pocos datos. El acto llamado imperio es el más importante,
conviene no olvidar que es un acto moral, que compromete a la persona,
no técnico o condicionado, que sería irresponsable o amoral.
El segundo es el consejo,
aquí viene todos los medios para aconsejarse, saber elegir los consultores,
consejos en cascada (quién sabe, qué sabe, qué me dice, cómo me lo dice,
qué a pasado a otros etc.). El solitario no puede elaborar toda la
ciencia de la cultura o del mundo, es más, no puede ni acceder al lenguaje.
En ésta podemos incluir la experiencia para poder decidir con una cierta
autonomía
La tercera es la circunspección.
Atender a la mayor cantidad de circunstancias que envuelven la decisión.
Aristóteles hace un compendio de nueve, pero se pueden subdividir en
muchísimas. Una misma decisión varía según algunas circunstancias. Los
ejemplos son numerosos.
Elegir por elegir es una
deficiencia de la libertad que puede originar verdaderos desastres.
Decidir por decidir igual. La pretendida libertad de la espontaneidad
en realidad es irresponsabilidad, aunque también lo puede ser pensar
tanto y tan lentamente que se falle por no llegar a tiempo. Conviene
que esté lo más claro posible lo que se quiere; a ser posible el fin
último, pero al menos otros más cercanos. “la prudencia es virtud propia
de una libertad fundada o finalizada que tiene que moverse a sí misma
a un fin que no es ella misma, y tiene que hacerlo orientándose en
circunstancias cambiantes”[9]
En el determinismo materialista
o racionalista todo está programado, como en la vida animal, por eso
lleva a la tiranía pues no se cree en la libertad y mucho menos en la
prudencia. En realidad no existe libertad sino fatalidad. Pero la indiferencia
también lleva a dejarse llevar por los fuertes que pueden ser desaprensivos.
Este modo de vivir es claramente imprudente. Queda sólo el legalismo,
fácilmente susceptible de engaños.
La justicia es una virtud que también brota
del amor verdadero, no es sólo algo legal. Como dice Cardona: “todo
este orden que la justicia establece presupone el acto primero de la
libertad, que es amor electivo. ‘El propósito de mantener la paz y la
concordia entre los hombres mediante los preceptos de la justicia será
insuficiente, si por debajo de estos preceptos no echa raíces el amor’
(Santo Tomás. S.Th. C. G. III,130), el amor electivo, el amor de benevolencia,
que consiste en querer el bien del otro, para Dios y para los demás
por Dios, que es el presupuesto mismo de la justicia: es lo primero
que hay que dar a cada uno, lo más suyo, lo que más necesita, y lo que
hace mejor al que lo da”[10].
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial,
peor aún que la horrorosa Primera, todos se asustaron, se organiza La
Organización de Naciones Unidas, se escribe en consenso la Declaración
de los Derechos Humanos en 1948, pero con un aire individualista. Posteriormente
se intenta llamar derecho a cualquier cosa: suicidarse, abortar y muchos
abusos médicos. La declaración queda en papel mojado a pesar de las
buenas intenciones por faltar fundamento ético, y por los abusos de
los hombres. Convienen plantear las cosas en su raíz personal, o se
hace imposible la justicia; y si no hay justicia, no habrá paz.
En todos los pueblos se han inventado formas
de convivencia que permitan una convivencia en paz y justicia, pero
se deterioran con facilidad. Por poner el ejemplo griego. Primero piensan
como idóneo el gobierno de uno “la monarquía”, que si es injusto degenera
en “tiranía”. Este abuso se supera con el gobierno de varios bien preparados:
“aristocracia”, su deterioro se llama “oligarquía”, que se supera, con
más o menos luchas, con el gobierno de todos: “democracia”; su deterioro
es la “demagogia”o la “anarquía”. Y, ante el caos que impide la convivencia,
vuelta a empezar con el gobierno de uno, de varios o de todos. En Occidente
se sigue, en general, un sistema que mezcla el gobierno de uno (el presidente
o rey), con el de varios (ministros, parlamentarios), con el de todos
por la aceptación mayoritaria medida de diversas formas. A esto se añade
la inteligente división de poderes: ejecutivo, legislativo, judicial,
ayudados (no siempre con verdad, con la opinión general). Aún así, no
es fácil que se pueda conseguir la justicia y el orden si no se tiene
en cuenta que la raíz del derecho social es la persona, y que la comunidad
es una comunidad de personas que pretende un bien común.
“Sólo la noción del acto personal de ser
puede fundar una verdadera justicia”[11].
Esta idea, que podía parecer algo teórica, se ha visto tristemente confirmada
con la crueldad de los sistemas del siglo XX (barbarie nazi y comunista),
unida a otras barbaries semiocultas como el desprecio del débil, del
más inocente que es el no nacido, de los ancianos y los discapacitados,
con equilibrios técnicos inhumanos, cada vez más inhumanos. “el colectivismo
y el individualismo son dos formas emparentadas en negar la persona”[12].
Para alcanzar la justicia entre los hombres
es necesario mirar el acto de ser de la persona. En cada persona existe
una capacidad de donación al otro con la intención de alcanzar una unión
perfecta. A todos se les debe amor justo, y a los que hacen mal amor
con perdón, aunque se les aplique el derecho vigente sin venganza en
el corazón. La justicia que no nace del amor, no puede ser verdadera
justicia, aunque pretenda ser muy jurídica y estricta.
Veamos el origen siguiendo
a Cardona: “El derecho presupone la propiedad que es anterior
a la justicia”[13].
Por propiedad no se entiende el derecho sobre unos bienes materiales,
sino lo que se tiene como más propio, y eso es el acto de ser, el ser
persona, el ser inteligente, el ser capaz de derechos, el ser libre
etc. “Este acto tiene que ser un acto gratuito, un acto liberal, un
acto de amor”[14]. Nadie puede exigir
que le den la vida, ni una determinada capacidad, ni nada injusto etc.
La raíz es dada por el Creador, es un don gratuito, no exigido, pero
una vez recibido es inalienable, pues “su acto de ser es dado, nuevo,
irreductible”[15]
Esa novedad de ser llega
al cuerpo y a las cosas, que más que adquisiciones son en cierta manera
dadas. En el caso de los bienes materiales la riqueza depende mucho
de la fortuna, del azar, del don, de la herencia, de la coyuntura, el
clima, las estructuras sociales, el trabajo, la educación, paz o guerra.
De esta novedad surgen los derechos humanos y las leyes, no de los caprichos
más o menos voluntaristas, de algunos hombres que se atribuyen la capacidad
de decir lo que corresponde a los demás.
Con la
visión metafísica y teológica de la persona adquiere nueva luz la clásica
definición de justicia: “ad alium suum reddere”,
(dar a cada uno lo suyo)[16], pues ya sabemos que dar es amor. El hecho de ser regido por el
derecho es para evitar los abusos. La civilización está lejana tanto
el individualismo como del colectivismo, que son debilidad para la convivencia
social. También se sabe que el “otro” no es un opuesto, sino “otro yo”,
incluso en los casos de enemistad en el que debe imperar el perdón con
justicia, y no la venganza. “Es la función de la justicia: establecer
el orden del amor en las relaciones entre el hombre y Dios y entre los
hombres”[17].
En términos más experimentales y realistas, con experiencia de jurista
y de sacerdote dice San Josemaría: “Justicia es dar a cada uno
lo suyo; pero yo añadiría que esto no basta. Por mucho que cada uno
merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de
Dios. La mejor caridad está en excederse generosamente en la justicia;
caridad que suele pasar inadvertida, pero que es fecunda en el Cielo
y en la tierra. Es una equivocación pensar que las expresiones término
medio o justo medio, como algo característico de las virtudes
morales, significan mediocridad: algo así como la mitad de lo que es
posible realizar. Ese medio entre el exceso y el defecto es una cumbre,
un punto álgido: lo mejor que la prudencia indica. Por otra parte, para
las virtudes teologales no se admiten equilibrios: no se puede creer,
esperar o amar demasiado. Y ese amor sin límites a Dios revierte sobre
quienes nos rodean, en abundancia de generosidad, de comprensión, de
caridad”[18]. Ya el derecho clásico
dice que summum ius, summa iniuria, es decir la rigidez de lo estrictamente
justo puede ser una clara injusticia. El cristianismo añade la noción
de misericordia a la justicia, “la justicia y la misericordia están
tan unidas, que mutuamente deben templarse: la justicia sin misericordia
es crueldad; y la misericordia sin justicia, disgregación”[19]. No es la debilidad
de ánimo que lleva a renunciar a la justicia; al contrario, es fuerza
para instaurarla y custodiarla. “La misericordia se identifica con la
superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la
superabundancia de la justicia”[20].
Por eso afirma Santo Tomás que “entre todas las virtudes que se refieren
al prójimo, la principal es la misericordia”[21]
El ser
relacional del hombre queda dignificado, también cuando hay errores
y problemas y se restablece el orden lejos de conflictos guerreros.
“Este orden divino del derecho lo hace ontológico e irrevocable”[22],
de manera que "el cometer una injusticia sobre mi persona le reporta
más perjuicio al responsable del acto que a mí mismo, a pesar de ser
yo su víctima"[23]. Es preferible sufrir una injusticia que cometerla decían los griegos.
Al sufrirla te hacen un mal, al hacerla te haces mala persona (ladrón,
homicida blasfemo) y esto es claramente peor.
Con esta
perspectiva “Aún el acto más íntimo y privado compromete por eso el
bien común”[24]. Bien común es más que utilidad general, es más que lo legal,
es parte del bien de justicia”
¿Hasta
dónde se puede soportar la dificultad y el dolor? Hasta dónde llegue
la fuerza del amor personal. El amor a un universal abstracto, como
la Humanidad o el Progreso, difícilmente moverá al esfuerzo-. Suelen
existir motivos personales escondidos tras las grandes palabras, o será
una bandera para arrastrar ingenuos, que tarde o temprano se darán cuenta
que son palabras vacías e impersonales. El amor a la patria mueve a
muchos. El amor a la familia mueve a la mayoría. El amor al hijo que
se está ahogando mueve a casi todos hasta dar la propia vida, cosa vista
muchas veces.
Es frecuente
ver grandes esfuerzos, que parecen fortaleza, por motivos débiles. Por
ejemplo, el deporte se hacen esfuerzos hasta la extenuación poniendo
en peligro la vida. Es frecuente, que estos mismos, tan entrenados físicamente,
ante una dificultad real sean flojos. El fair play, descrito de manera
magistral por Huizinga en su libro homo ludens, es casi inexistente
en una sociedad superficial. En cambio, se ve muchas veces en acciones
con poca resonancia mediática amores, que revelan a personas con una
motivación “más fuertes que la muerte”[25]. Sin esa motivación el ser humano se torna débil, delicuescente,
o violento en su debilidad.
Él amor
lleva a ser verdaderamente fuerte, pase lo que pase, sin cobardía, sin
temor, con valentía, con paciencia, con arrojo. Es cierto que los niños
son débiles de voluntad, y que hay enfermedades que llevan a eso. La
fuerza de voluntad viene de la fuerza del amor personal. El paso a
la corporalidad puede necesitar de adiestramiento, pero es frecuente
que hombres hercúleos se deshagan cuando no ven salida, o si son flojos
de mente; y que otros normales o débiles se crezcan no sólo con el ánimo
sino también con el aguante, que puede parecer sobrehumano, porque tiene
motivos que les dan fuerzas interiores quizá ocultas.
Veamos
algunas expresiones de lo que es verdadera fortaleza humana de una persona
que sabe que su interior es amoroso:
“-la
fortaleza asume la muerte, y aún la infelicidad definitiva, sin romanticismo,
sin sentimiento deleitable alguno. Está sostenida por el amor electivo,
por la voluntad de una integridad más profunda -la unión de amistad
con Dios, origen amoroso de mi ser- y de que nadie -sólo yo mismo y
libremente- me puede arrebatar el amor.
-El fuerte
no sufre por sufrir, no es masoquista.
-El
fuerte ama la vida, la integridad, la salud, el éxito, la felicidad,
pero no como bienes absolutos, y además sabe que el que de ese modo
"ama su vida, la perderá" (Mt 10,39)
-El fuerte
es magnánimo, pero no presuntuoso ni ambicioso; no trata propiamente
de ser fuerte, sino de ser bueno, de amar, y la prudencia le obliga
a ser fuerte....es amor lúcido
-Es fuerte
no es temerario, tiene miedo, pero no se deja vencer por él, cuando
el amor le impone arrostrarlo
-El fuerte
no es tímido ni pusilánime, porque le sostiene la justicia y la verdadera
prudencia
-El fuerte
ataca, pero sobre todo resiste activamente; no es resignada y malhumorada
pasividad, ni insensibilidad.
-El fuerte
es paciente: sabe sufrir, sin capitular hasta la muerte
-El fuerte
ataca, pero sobre todo resiste activamente; no es resignada y malhumorada
pasividad, ni insensibilidad.
-El fuerte
es paciente: sabe sufrir, sin capitular hasta la muerte
-La paciencia
es virtud cuando supera la tristeza de manera que no decaiga el amor
electivo por la presencia de la pena
-La fortaleza
se hace oración, diálogo suplicante de amor”[26].
La fortaleza
supone que existen dificultades. Ya vimos que la pasión de la ira lleva
a afrontar las contrariedades, aunque es fácil que se exceda. Si queremos
que la lucha contra el adversario sea proporcionada se debe seguir el
orden de dentro a afuera. Primero el núcleo de la personalidad. En este
acto de ser la participación en el amor trinitario, creador y fiel,
a pesar de los desprecios de los hombres. La fuerza del amor marcará
la medida de la fortaleza. Después las pasiones entran todas en juego:
alegría, esperanza, temor, gozo, ira y se da un color al amor poniendo
en juego el alma y el cuerpo. La inteligencia calibra el valor de la
prueba: el enemigo, la atracción del pecado, el engaño del seductor,
las astucias de los malos, el atractivo de lo mundano que pretende ser
absoluto en su ser efímero. Luego el querer de la voluntad se mueve
y mueve todas las potencias a la acción, a gusto o a disgusto. La prudencia
empuja a la valentía o a la paciencia, al atacar o defender. La decisión
es básica. Y luego cuando la prueba es difícil: querer querer[27]. En el doble sentido de fuerza de voluntad que se redobla y amor
sin gratificación inmediata, sino futura, quizá con dolor intenso presente
y temores reales. “el fuerte no obra propiamente por ser fuerte sino
por amor a Dios y a los demás por Dios”[28] . Por otra parte conviene señalar que “la fortaleza es menos noble
que la prudencia y la justicia, pero lo es más que la templanza, en
cuanto que el miedo grave aparta más del bien que el deseo de placer”[29]
El contraste
con la fortaleza propia de la ilustración es notable, pues “la ilustración
lleva a una fortaleza sin aceptación del dolor y como simple arrogancia
y voluntad de poder”[30]. Nietzsche llega a proponer la crueldad como modo de vida del que
aspira a la voluntad de poder y no quiere debilitarse por la compasión.
Se llega a algo inhumano por el rechazo del amor y de Dios en el centro
de la persona que hace ser amoroso[31].
La conciencia
de la propia fragilidad, también en los más fuertes, lleva de la mano
a recurrir a la ayuda divina, como ya veremos. “la paciencia es virtud
cuando supera la tristeza de manera que no decaiga el amor electivo
por la presencia de la pena. La fortaleza se hace oración, diálogo suplicante
de amor”[32]
El ser
humano es corporal, se relaciona con el mundo, y, en parte, también
con Dios, a través del cuerpo. Necesita comer y beber, o muere. Se reproduce
con actos vitales del cuerpo. No es un ángel. El cuerpo no es un añadido
maquinista o animal e irresponsable con vida propia distinta del espíritu,
como decía Descartes. Toda acción corporal influye, en diversos grados,
hasta lo más espiritual. Aunque surja de lo más íntimo usar bien o mal
el cuerpo. De eso trata la templanza, que como indica su nombre, templa,
modera el placer propio de toda acción natural. Sin este placer la vida
se haría durísima, comer o beber un áspero quehacer; procrear un acto
heroico. Dios es sabio al crear, pero el ser humano está herido, es
bueno el placer unido a la acción natural, pero debe moderarse y ahí
viene la templanza unida a la justicia, la fortaleza y la prudencia.
Pero
mirando al centro de la templanza y la castidad encontramos la humildad:
“la parte más importante de la virtud cardinal de la templanza la cumple
esa parte potencial suya que es la humildad, que no tanto modera los
actos externos, sino principalmente 'la elección interior del alma'[33]
, por eso modera el amor de sí, impidiendo la soberbia, que es el pecado
más grave”[34]. En muchos ambientes se quiere alcanzar la moderación –sin la cual
hay muchos dolores como indigestiones, borracheras, angustias etc.-
al no pensar en el centro se convierte la ética en dietética. Con grandes
esfuerzos para metas con valores ínfimos o alterados claramente. La
raíz es superar el egoísmo personal, el desamor que se convierte en
egoísmo de cuerpo y puede llegar a convertir la conducta corporal en
la propia de un animal. Por ejemplo, los abusos en el comer están en
la cantidad, pero también en la avidez y en la exquisitez de la que
no se puede, o no se quiere, prescindir. Esto lleva a un descontrol
de los sentidos, de los instintos que hacen ciega el alma por gulas,
bebidas, drogas o impurezas. Así es la realidad: egoísmos corporales
que convierten el cuerpo espiritual en cuerpo animal como dice San Pablo[35].
Al perder
el sentido de la humildad y del amor personal, se pierde el sentido
del cuerpo y de sus actividades. “En la modernidad , templanza ha venido
a ser simple equilibrio, evitación de excesos, y además frecuentemente
reducido a los excesos del comer y el beber: es decir, ha acabado siendo
un concepto sanitario”[36].
La moderación
en estos temas tiene unos efectos enormemente agradables y satisfactorios:
“En la ética clásica, templar es moderar, en el sentido de dar modo,
orden, proporción, armonía y así belleza. Es una ordenación al amor
libre. Por eso su primer efecto es la paz, la quies animi, el aquietamiento
y la paz del alma, consiguiente al orden del buen amor”[37].
La paz
interior es compatible con tormentas exteriores; mientras que los destemplados
que abusan del cuerpo es fácil que incurran en inquietudes, malhumor
cuando las cosas no salen a su gusto, cosa que suele ser frecuente;
o cuando las enfermedades del cuerpo y del alma acechan junto a la muerte
–herida en el pensamiento- se desesperan. En el caso sexual, “sin procreación
no habría sexo, ni apetencia sexual, y la vehemencia del placer ha llevado
a formas ingeniosas de procurarse el placer evitando el fin”[38].
Conviene
ir a la raíz de la sobriedad y la castidad. “El principio ordenador
radical es el amor electivo a Dios sobre todas las cosas y con todo
el corazón. Y ese amor está como herido: es la experiencia íntima y
universal de la presencia del pecado original en nosotros. Por eso en
la condición presente, la templanza es una virtud que hay que adquirir
con esfuerzo, y no algo dado con la naturaleza”[39]. De ahí la ingenuidad de pensar que la educación lo soluciona todo,
pues si se entiende por ella mera instrucción intelectual, o, peor aún,
extraer la espontaneidad de lo que lleva dentro el educando.
La gula
afecta a uno mismo y ocasionalmente a otros, pero la castidad suele
afectar a otros:”la castidad no se puede recluir en ámbito individual,
hace referencia a otros y debe ser regida también por la justicia”[40].
El acto amoroso personal hace referencia al tú con el que relaciona,
a darse y dar ser siempre, si no tiene carencias personales; pero en
caso sexual este dar ser es físico hay un tercero en el amor, una nueva
vida, un hijo, si no hay trampas en la relación. “la castidad se ordena
a dar vida y darla bien. Contra todo maniqueísmo hay que decir que el
sexo es bueno...pero dentro de un orden”[41]. Y este orden es la donación de vida en la procreación, es decir,
una participación corporal en el poder creador del Esse, de Dios Uno
y Trino en el hombre. “el lujurioso no se da; al contrario absorbe,
es radicalmente egoísta (el adulterio más aún que en el pecado solitario)
Un corazón impuro es un corazón desamorado, enamorado de sí mismo”[42].
La necesidad
de recordar la unidad de las virtudes en este campo es grande, pues
con frecuencia se dice que una persona puede ser honrada en lo público
aunque sea un desarreglado en lo privado. Pero la realidad no es así,
todo comunica en el hombre. El desamor, el orgullo y los vicios ciegan
la inteligencia y debilitan la voluntad. Las pasiones se revuelven hasta
llegar a tener horror y asco a lo honrado y a lo honesto. La ira se
exalta cuando le quieren ayudar a salir de su situación. El amor a cosas
degradadas se hace vicio. En definitiva, “El amor no es primariamente
una forma de relacionarse con los demás, sino una forma de relacionarnos
con Dios. Y lo mismo sucede con la humildad, que es como su reverso,
y que ha de ser la actitud profunda y radical del espíritu. La falta
de templanza en esa zona, el apetito desordenado de sí, lleva a la desesperación,
al vacío total de la creatura sin Dios, y a la frustración definitiva.
La templanza es así pureza de corazón, transparencia, plena capacidad
para el amor electivo, y es libertad”[43].
Es imposible que el hombre abarque todos los conocimientos
y todas las habilidades sólo, sin ayuda de otros. Más aún, si comienza
desde el principio. La base cultural está ahí para el niño y para la
persona madura. La educación se basa en una transmisión de saberes en
el sentido amplio de sabiduría. “El hombre no ha sido creado
para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde
con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso
en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la
formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente,
cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican
que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por
medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita
que, tras este paso, las mismas verdades sean «recuperadas» sobre la
base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento
sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente
creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación
personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los
innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida
moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones
que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan
en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir
los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado
los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre,
ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.
Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas.
En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el
conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de
conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia
lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta
más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque
incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades
cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras
personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.
Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal
no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se
pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella
es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección
del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto
de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega
y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre
encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento
por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en
relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que
el otro le manifiesta.
En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo
por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras
personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad
misma. La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida
a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente
más significativos y expresivos”[44].
A esta actitud necesaria la llamamos fe y necesita convertirse
en virtud lo que consigue, sobre todo con el ejercicio de la prudencia
(dejarse enseñar), de la justicia (fiarse de los amigos) de la fortaleza
(voluntad de usar la recta razón) templanza (que el espíritu guíe al
cuerpo y no al revés).
Ahora bien, en Occidente se ha dado un paréntesis de
unos dos siglos (llamado modernidad) en que se creía que era el tiempo
de la luz de la ilustración, de la razón que todo lo puede. Y algo sí
pudo, pero sus desastres fueron notorios desde el alejamiento de Dios,
o la muerte de Dios, hasta la muerte del hombre que dejan de ser hermanos.
En este momento histórico en esta parte de la cultura emerge la posmodernidad
o tardomodernidad que critica el racionalismo con un cierto escepticismo
de su orgulloso y fracasado avance. Es el momento de aprovechar lo válido
de esa etapa y aprovechar lo que se había despreciado. Entre ello la
fe humana y la fe divina.
Ante la creencia modernista en la identidad, se puede
avanzar en la línea de la alteridad. Existen otros, y, sobre todo, Otro,
que me puede hacer avanzar por caminos mejores y menos perdedores. Superados
los filósofos de la sospecha y los autosuficientes que decían que sabían
todo y sólo daban sistemas e ideologías, es el momento de situarse ante
el misterio que supera al hombre, ante la Verdad que se oculta y se
revela para escuchar con confianza, sin prejuicios culturales, y abrirse
a la Palabra que habla desde el Misterio. Este Misterio habla y se oculta,
da luz y deja puertas abiertas a saber más. Nunca se acaba y permite
un progreso humilde y verdadero. La actitud mental de fe es humana y
necesita virtud. Primero estar abierto al amor al Otro. Después humildad
para vivir en verdad. También confianza, entrega, saber laborioso y
orante son las nuevas reglas del saber sabio, no perezoso que vive el
sapere aude en un sentido nuevo mucho más audaz que el de la modernidad,
pues acepta las heridas y la infinitud de lo real, y no se conforma
con reduccionismos que muestran mala voluntad, o ingenuidad.
La esperanza nace del ser personal que se sabe amante,
pensante, libre, y aspira a la plenitud del amor con el Amado, a la
Belleza perfecta, a la Verdad que sacia, al Bien que premia con felicidad,
a la libertad como descanso en la paz de dar ser eternamente. Sin esperanza,
el ser humano no puede vivir pues incurre en la negra desesperanza,
que es muerte anticipada, si no cercana. El desánimo entristece, quita
vitalidad, energía, aspiraciones, languidece.
La esperanza es certeza,
alegría en el camino, fuerza para seguir hasta la muerte, alegría que
espera aún más gozo, optimismo real, no de rebajas, lazarillo de la
fe, anhelo enamorado. Es tener ya, aunque no todo, es mirar todo de
otro modo, es calor en el alma, es fuerza en los pies, es vivir anhelante
y encendido, es algo de cielo aquí en la tierra.
En la esperanza radica el verdadero progreso
del hombre, que no se rinde. El optimismo no es dulzón y políticamente
vendible, sino enraizado en el acto de ser de la persona que se sabe
llamada por Alguien que la ama y la ayuda en los retos del vivir.
La esperanza es distinta de la espera,
porque la espera es pasiva. La esperanza es activa y esta actividad
se manifiesta en el deseo. El deseo es llamado de muchas maneras en
las religiones, las filosofías y la sabiduría popular: nostalgia, memoria
del ser, paraíso perdido. En definitiva, se trata de la acción del acto
personal que es activo y tiende con fuerza real al Acto puro. La persona
humana desea a las personas divinas de las que naturalmente ya tiene
algo de su vida, y de modos conscientes o inconscientes, como expresaba
Blondel en la volonté volue et la volonté voulant, lo que se quiere
en la práctica y lo que se quiere de verdad, aunque no se sepa muy conscientemente,
suele haber una diferencia. Ya veremos como las Tres Personas divinas
actúan con el don de gracia en esta ascensión del deseo hasta la posesión.
Ahora lo observamos como una realidad ineludible, que puede falsearse
en el triste “comamos y bebamos que mañana moriremos”, o en el escéptico
carpe diem que es burlado por lo efímero que dice cada día: ya ha pasado,
y ¿ahora qué? ¿la muerte? La ontología de la persona no permite este
desespero nihilista, clama con optimismo: podemos vivir en la esperanza.
Bien distinto es este planteamiento del heideggeriano que tanto ha influido
en nuestro tiempo al de cir que “en la angustia se le manifiesta al
hombre lo que es su existencia Tan pronto se plantea la pregunta se
le ofrece la respuesta, pues el ser resulta patente para quien se decide
a querer verlo. El hecho al que el hombre trata de hurtarse es que está
"arrojado" a la existencia para vivir su vida. A su existencia
pertenecen posibilidades que tiene que aceptar libremente, entre las
que se tiene que decidir. El punto más extremo al que se encamina, y
que pertenece irremisiblemente a la existencia humana, es la muerte:
su vida está signada con la muerte. El hombre viene de la nada ya ella
se dirige, sin poder detenerse. Quien quiera vivir en la verdad, debe
soportar mirar cara a cara a la nada, sin huir de ella hacia el autoolvido
u otras formas de engañosa seguridad. La vida profunda es para Heidegger
una vida según el espíritu. El hombre es libre, en el sentido de que
puede y debe decidirse por un verdadero ser. Pero no le ha sido señalado
ningún otro fin que ser él mismo y perseverar en la nada de su ser”[45].
Realmente se diga lo que se diga es la desesperanza más o menos disfrazada
Hemos visto el amor en el origen y en el término, sus
grados humanos, también el sentimiento amoroso y el amor del cuerpo;
veremos sus grados místicos. Ahora corresponde observar el amor como
virtud, como fuerza estable. Amor que se aprende, y se aprende a amar
amando. El modo de amar es la fidelidad constante a la verdad, a la
belleza, al bien, al otro, hasta que se haga realidad que se alcance
que “el yo y el tú se funden, sin dejar de ser yo y tú”. Ya veremos
como se produce en las distintas formas de amistad, pero es necesario
no confundir el amor como sentimiento, como querer, como querer querer,
como comunión, como admiración, como dar, como darse, como dar ser.
Para aprender es necesario matar el egoísmo, descubrir el tú.
Por ejemplo, en la vida económica el liberalismo ideológico
pretende que la mano invisible de los intereses particulares consigue
bienestar para todos. Pero si se aplicase sin las correcciones del derecho,
de las instituciones, de los controles legales, de la experiencia de
los contratos etc. se acabaría la fuerza de la competencia que genera
progreso pues, como ya ha sucedido bastantes veces, el fuerte aplasta
al débil; surgen monopolios encubiertos, o no; aranceles que empobrecen
a los débiles en el comercio, precios abusivos para los que no tienen
quién les defienda; apropiación de cerebros a los países pobres, etc.
El Estado sin justicia es un gran latrocinio decía San Agustín. En lenguaje
de hoy podemos decir que el liberalismo económico sin un estado de derecho
y una sanidad moral en la sociedad civil es una mafia en el peor de
los sentidos. La civilización del amor no es un sentimiento bondadoso
y utópico, es una cultura del hombre como persona, no sólo como individuo,
y mucho menos como unidad del colectivo donde aún se aísla más al hombre
como individuo indefenso totalmente, ante los que dicen que le representan,
y, en realidad le aplastan y le roban, sino le matan.
Otro ejemplo es la familia, dificilísima empresa económica,
educativa, sanitaria, lúdica, afectiva etc. Sin aprender a amar en el
descubrimiento del otro como ser sexuado distinto, como niño, como hermano,
como padre, madre y otros familiares no se crece en el amor. Las mayores
satisfacciones se dan en la familia, y también los dolores son intensos
y las heridas más profundas. De ahí la importancia de aprender a querer
no sólo por la propia satisfacción, que se da, sino por los otros en
amor abierto, donde cada uno es querido por estar ahí, más que por sus
méritos. La experiencia de la mejora de todos los miembros de la familia
cuando se da alguien con discapacidad mental o física, y lo aceptan,
superando comodidades egoístas es gratificante y puede sorprender a
los poco avisados; pero el amor sincero tiene estas sorpresas.
“Ni el hombre ni su alma son un mero haz de potencias
separadas. Todas ellas tienen su raíz en el alma, son ramificaciones
en la que ésta se despliega. Es más, precisamente en las relaciones
existentes entre las potencias, los hábitos y los actos es donde mejor
se patentiza la unidad del alma. Al hombre no le es posible desarrollar
todas sus potencias simultáneamente y en igual medida, al igual que
tampoco puede actualizarlas todas a la vez. Cuando su entendimiento
trabaja intensamente, apenas oye o ve lo que sucede a su alrededor.
Cuando está muy afectado emocionalmente, no puede valerse de su entendimiento.
El alma parece disponer de una cantidad concreta de fuerza, que puede
ciertamente ser empleada en diversas direcciones, pero con la limitación
de que su empleo en una de ellas priva de fuerza a las direcciones restantes
(en los organismos se aprecian fenómenos enteramente análogos). A ello
se debe que en cada momento concreto el hombre sólo pueda actualizar
muy poco de lo que él es potencialmente, y que no todas sus potencias,
ni mucho menos, puedan llegar a convertirse en hábitos. Muchas de las
capacidades del hombre quedarán sin realizar a lo largo de toda su vida.
Así contemplado, el hombre se revela como un organismo
de estructura muy compleja: como un todo vital unitario en continuo
proceso de hacerse y deshacerse. La del hombre es una unidad corporal-anímica
que va tomando una figura corporal cada vez más diferenciada y de funciones
cada vez más variadas, a la par que simultáneamente se expresa en un
carácter anímico más rico y firmemente establecido. Tanto la conformación
anímica como la corporal se desarrollan en continua actividad, que es
el resultado de la actualización de ciertas capacidades, y a la vez
decide cuáles de las diferentes posibilidades prefiguradas en el ser
del hombre se harán realidad”[46]
.Hemos visto cómo la vida del hombre se hace humana al
desarrollarse las virtudes. Conviene destacar que estas virtudes ya
mencionadas, y otras subdivisiones que podríamos hacer (lealtad, sinceridad,
sencillez, veracidad, eutrapelia etc) están unidas en la unidad de la
persona. Es más, si una falla repercute en todas. Esto es muy notorio
en la prudencia, también en la justicia y la fortaleza de un modo que
podríamos decir obvio. Pero a algunos no parece que sea así en la templanza.
Comer y beber en exceso, así como las drogas es evidente que afectan
al juicio, y puede causar graves daños a los que conviven con el que
abusa. Pero cuando llega el terreno sexual se apela a la privacidad,
declarando contra toda evidencia que no afecta la vida privada a la
vida pública, y eso es claramente incorrecto. En el adulterio, la infidelidad
o el abandono con respecto al cónyuge hay consecuencias en lo dinerario,
pero más aún en lo afectivo y educativo, se acepte o no, se finja o
no, pues se ha herido el amor, y mucho más afecta a los hijos. En los
casos de hijos de múltiples parejas llega la situación a ser una tragicomedia
de resultados amargos. Pero también en la vida profesional o política,
que parecen más lejanas, por ejemplo ¿cómo va a ser fiel a la empresa
el que es infiel a su esposa? Pero, sobre todo, hay que atender a la
herida íntima personal en el ser necesariamente amoroso que queda vulnerado
afectando a la inteligencia y a la voluntad, como al mundo afectivo
que se nublan con nubes egoístas más o menos justificadas. Así la prudencia
se hace difícil aunque se intente reducirla de arte a técnica, pero
no lo es. La experiencia histórica es elocuente, y no lo sabemos todo.
Como
dice Senovilla, “Aristóteles hereda de Platón la unidad esencial entre
todas las virtudes en el hombre bueno. “Todas las virtudes están
en armonía con cada una de las demás y la armonía del carácter individual
se reproduce en la del Estado. La guerra civil es el peor de los males.
Para Aristóteles, como para Platón, la vida buena para el hombre
es en sí misma simple y unitaria, por integración de una jerarquía de
bienes”[47]. Esto lo ha explicado
recientemente Alejandro Llano: “La virtud aislada sólo puede ser aparente,
porque su real ejercicio implica la puesta en práctica de las restantes
virtudes. La persona que no es sobria tendría grandes dificultades para
ser valiente. Porque el ejercicio de la fortaleza implica afrontar la
dificultad y renunciar al placer. Y eso sólo lo puede hacer alguien
que sea templado. Por otra parte, el que no es valiente difícilmente
será justo, pues la promoción de la justicia suele llevar consigo enfrentarse
a otras personas que defienden sus propios intereses, ante las que el
cobarde retrocede y acaba por preferir la injusticia al conflicto (...).
Tal conexión de las excelencias se establece sobre todo a través de
la prudencia. Aquí la retroalimentación es evidente. Para ejercer cualquier
otra virtud, necesito ser prudente, porque –de lo contrario- puedo hacer
cosas en sí mismas excelentes, pero fuera de lugar y de hora, inoportunas,
con lo cual dejan ya de ser excelentes. Pero la fórmula simétrica también
es cierta. Para ser prudente, me resulta imprescindible ser justo, templado,
valiente”[48].
Por
otra parte, el modo en que Aristóteles trata las virtudes recoge también
el influjo de la actitud estética del griego al considerar la conducta
humana, manifiesta en el propio concepto de virtud como areté.
Esto aparece con gran claridad al tratar de diversas virtudes, como
por ejemplo la magnanimidad. Como ya avanzamos, Aristóteles supone un
enorme adelanto en el tratamiento de las virtudes: sus planteamientos
son expresiones de buen sentido y moderación. Pero era también un hombre
de su tiempo: como diría MacIntyre, él también era heredero y expresión
de una tradición. Su concepción de las virtudes está, hasta cierto punto,
determinada por el gusto griego contemporáneo: la idea de un hombre
que exija de los demás que le honren en razón de su virtud es algo que
nos repugna, pero en el contexto se deduce del héroe homérico que anhela
los honores debidos a su areté. Su opinión de que el hombre magnánimo
se avergonzará de recibir beneficios y de ponerse de este modo en la
posición de un inferior, mientras que procurará pagar los beneficios
recibidos con otros mayores a fin de hacer de su amigo su deudor, podrá
estar de acuerdo con la mentalidad griega, pero difícilmente será aceptable
por todos. También las descripciones que hace Aristóteles del hombre
magnánimo como de lento andar, de hablar con voz grave y de conversación
parsimoniosa, nos parece ahora más bien una cuestión de gusto estético”[49].
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