La persona humana es sexuada
desde lo más íntimo del acto de ser hasta la última célula corporal,
que tiene cromosomas distintos en varón y mujer. Si se estudia el ser
humano escogiendo como muestras sólo mujeres o sólo varones no se puede
saber lo que es el ser humano, aunque cada individuo –varón o mujer-
sean personas en plenitud, tampoco se puede decir que sus características
sean complementarias, pues no siempre es así. Más bien se debe atender
al fenómeno humano de dar vida y del amor interpersonal que da sentido
a la diferencia de género. Los estudios fenomenológicos, fisiológicos
y psicológicos ayudan a describir las diferencias, pero no profundizan
en la raíz que, como siempre está en el acto de ser que constituye a
la persona.
La Sagrada Escritura nos
da luces esenciales para captar la sexualidad: “Dijo luego Yahveh Dios:
«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.
Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las
aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba,
y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.
El hombre puso nombres a
todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo,
mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahveh Dios
hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le
quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla
que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante
el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido
tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su
mujer, y se hacen una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre
y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”[1]
La Biblia nos habla con
el oscuro y lenguaje propio de los primeros capítulos del génesis algunas
grandes verdades: la igualdad esencial de hombre y mujer, la diferencia
entre ambos destinada a una unión personal altísima, el sentido esponsal
del cuerpo, la alegría de la visión mutua. Juan Pablo II ha dedicado
extensas disertaciones sobre el sentido del cuerpo aprovechando estos
textos. No es necesario repetirlos, pero son de gran utilidad para el
sentido de la femineidad y la masculinidad.
Ya hemos citado la hipótesis de Jérôme Lejeune partiendo
del "sueño de Adan" durante el que Dios "de la costilla
que tomó del hombre hizo una mujer" en el relato del Génesis. Plantea
el origen de la primera pareja humana en un mecanismo de gemelaridad
monocigótica heterocariótica. Esto es, en un cigoto, con un cambio genético
en algunos genes, y excepcionalmente en un conjunto de cromosomas XXY,
se daría también excepcionalmente por gemelación en la primera división,
con la que se inician nuevas vidas, un varón XY y una mujer XO, ambos
con un mensaje genético idéntico, salvo en los cromosomas sexuales,
y por primera vez genoma humano y diferente al de sus progenitores.
Lejeune aporta con esta hipótesis una explicación plausible del proceso
biológico, por el que surgen juntos, simultáneamente, uno y una con
idénticas características genéticas pero diferente determinación sexual.
La barrera reproductora habría sido, por tanto, simultánea a la concepción
de los hermanos gemelos, con un genoma transformado. Si hubiera sido
necesario, como lo es para cualquier especie animal, un aislamiento
reproductor a través de la infertilidad de los híbridos, se habría requerido
el paso de varias generaciones, para que los hombres se aislasen del
resto. Este mecanismo propuesto por Lejeune, en sí mismo considerado
como tal proceso biológico a secas, no es garantía total de una especiación
aunque si una posibilidad. En todo caso, aunque no sea una hipótesis
fácilmente verificable, indica, y esto es lo más valioso, que no es
biológicamente imposible un origen monogenista de los hombres[2].
Siguiendo el camino que
nos hemos trazado queremos ir a la raíz de la sexualidad, pues mirar
el cuerpo o la psicología da luces, pero no suficientes. Tratamos de
entrever el acto de ser personal de hombre y mujer siendo ese acto
trinitario por participación del Esse, que es la Trinidad divina. Desde
ahí nos atrevemos, no sin audacia, a lanzar una hipótesis que explica
muchas cosas pues sostenemos que la femineidad realiza más el ser personal
del Espíritu Santo, y que la masculinidad realiza más el ser personal
del Verbo, y que masculinidad y femineidad realizan con diversas intensidades
y modos la paternidad y la maternidad de Dios Padre y Madre en su amor
fontal originario.
Después de asentar bien la igualdad esencial
de varón y mujer, sin subordinaciones, más producto de situaciones pecaminosas
que de la armonía esencial, podemos pasar a lo diferencial de la mujer
en sí misma. Partimos de la intuición de que en la mujer se realiza
más el ser personal del Espíritu Santo. Luego es necesario para conocer
a la mujer descubrir mejor quién es el Espíritu Santo. El Concilio de
Constantinopla nos lo presenta como "Señor y dador de vida"[3].
El segundo aspecto del ser personal del Espíritu Santo es el de ser
vínculo personal de la unidad entre el Padre y el Hijo. El Espíritu
Santo es el vínculo de unión, la mujer también. El tercer aspecto del
Espíritu Santo es el ser don de amor. Lo propio de la Tercera Persona
de Dios es la apertura al otro.
Si la mujer realiza más
el ser personal del Espíritu Santo podemos decir que su identidad fundamental
hay que encontrarla en que es dadora de vida, vínculo personal
y don. Las diversas manifestaciones fenomenológicas, como son
la fisiología, la intuición, la afectividad, las tendencias y actitudes
ante la vida, la sociedad, la familia podemos radicarlas en estos tres
aspecto de la vida divina del Espíritu Santo.
a)dadora de vida. Muchos estudios parten de
la observación de la realidad de la maternidad, al menos como posibilidad.
Pero la mujer no es así porque puede ser madre, sino que puede ser madre
porque es así. La corporalidad de la mujer evoca este dato central de
la femineidad. La identidad de la mujer viene dada por este estar hecha
para ser dadora de vida, sea cual sea su edad y realidad fecunda. Cuando
se plantea la femineidad al margen de ser dadora de vida se pierde la
identidad más radical. Si se actúa positivamente contra ella la degradación
y la frustración están próximas.
Para ser dadora de vida la mujer está dotada
de características corporales obvias, pero también toda la psique tiene
características propias. Muestra de ello son dos características que
están más desarrolladas en ella que en el varón: la intuición y la afectividad.
Parece claro que estas dos cualidades son para cuidar de la vida. Puede
que una mujer tengan poca formación o mucha, alta o baja inteligencia,
pero la intuición salva las barreras para cuidar la vida especialmente
en sus primeras etapas en las que la dependencia es tan grande. La
intuición va más allá que la razón, es transrracional, no irracional,
nos sitúa más cerca del misterio de la vida. La experiencia interior
de la intuición conoce un tiempo diferente del tiempo físico, como diría
Bergson, es algo estimulante y misterioso al mismo tiempo que real.
La afectividad está más desarrollada en la mujer con una finalidad principal:
satisfacer las necesidades afectivas del niño, aunque puede ser muy
útil en otras circunstancias. La riqueza de sentimientos que esto conlleva
enriquece a la persona y lleva a vivir con una especial intensidad en
todos los ámbitos de la vida, pero el motivo más profundo de su presencia
es la necesidad de ternura que tiene la vida naciente. Con estas cualidades
innatas la mujer está dotada para dar vida a la humanidad y humanidad
a la vida. Los desarrollos físicos para la donación de vida son patentes
y los estudiaremos en otro lugar. Ser dadora de vida condiciona toda
la femineidad.
Aquí puede estar la raíz de la pérdida
de identidad de muchas mujeres al subordinar la donación de vida a otros
factores como la realización de otro rol en la sociedad. Es patente
que al introducirse en la vida laboral muchas mujeres destacan en ella,
pero también lo es que muchas lo hacen a costa de su identidad más radical,
aunque otras, con esfuerzo no pequeño, consigan compaginar los dos aspectos
de maternidad y trabajo profesional. El problema no está en la mayor
o menor facilidad para el orden y el aprovechamiento de tiempo, sino
si la autoconciencia cultural de la mujer es la de ser dadora de vida
o la de ser una triunfadora en el mundo laboral. Insensiblemente, sin
hacer nada malo, se deriva culturalmente a considerar la autorrealización
de la mujer en el trabajo civil como lo más importante, e, incluso,
el tener hijos se lleva adelante porque son algo que agrada al propio
yo, no como una donación de vida. De ahí que la frustración cuando se
han adquirido un determinado estatus sean claras y las crisis personales
y familiares -tan frecuentes- tengan ahí una buena parte de su explicación.
Estos planteamientos se dan en colegios cristianos y no cristianos,
en medios de comunicación, en la opinión pública, y, sobre todo, en
la idea que muchas mujeres tienen de sí mismas. El ser maternal no excluye
el trabajo asalariado, pero lo coloca en su justo término. El triunfo
social tiene un valor indudable, pero no puede ser más importante que
el ser madre o ser maternal. Quizá convenga recordar que la mujer no
es un varón con un distinto desarrollo afectivo, sino alguien con una
personalidad y una identidad propia.
La maternidad en la mujer no se reduce
al hecho de dar la vida física, sino que abarca toda su vida: el trabajo
profesional, y su puesto en la sociedad. Dar vida, protegerla, custodiar
lo esencial frente a las aventuras idealistas. Aquí conviene hacer referencia
a la mentalidad anticonceptiva y antinatalista como un fruto que daña
a la mujer en su ser más íntimo. El engaño es no ser ni madre ni virgen,
y al buscar un disfrute del cuerpo cada vez más esquivo, se consigue
, cual nueva Eva, la frustración de la represión de la maternidad generosa
que deja heridas profundas en el alma
b) Vínculo personal El siguiente
factor de la femineidad viene muy seguido al primero. La mujer está
especialmente dotada para la unión de personas y para las relaciones
personales. En la familia es especialmente importante el papel de la
mujer uniendo a los diversos individuos que la forman, es lo que se
llama "sacar la familia adelante". Ser el eje de la familia
es una tarea importante, pero extensible a las demás actividades sociales,
laborales y políticas. Es conocida aquella respuesta de André Frossard
cuando le preguntaron unos estudiantes ¿para qué vivo? y respondió que
era una típica pregunta machista pues una mujer preguntaría más bien
¿para quién vivo?. El egoísmo frusta a cualquier persona, pero más aún
a la mujer. Si el papel de dadora de vida se ve muy claro en la mujer-niña
que no ha conocido deformaciones culturales, el papel de vínculo personal
se advierte mejor en la mujer-anciana en que su vida son los demás más
claramente, salvando los defectos humanos que en nadie faltan.
De ahí que la amistad sea tan importante
para la mujer y florezcan entre ellas con abundancia los fenómenos de
solidaridad. Edith Stein se pregunta si hay algunas profesiones más
adecuadas para la mujer y responde afirmativamente[4].
Nosotros podemos decir que toda profesión y actividad está al alcance
de la mujer, pero que algunas le son más adecuadas y entre ellas las
que hacen referencia a la relación personal.
En la vida matrimonial es patente la importancia
de este factor. Es conocido el análisis de Wojtila[5] en los tres niveles
de la persona: el corporal, el afectivo o sentimental y el de intimidad.
La plenitud de la persona se da en la comunión interpersonal de intimidad,
pero esto es más intenso en la mujer, que siente más su falta. Es un
error machista la elaboración cultural que pretende que la meta de la
sexualidad femenina está en el placer sexual corporal. No se puede desestimar
su valor, pero, como todo lo físico, es efímero y deja una frustración
si falta la afectividad y, sobre todo, si falta el amor de apertura
de intimidad. La decepciones en este terreno también son graves y una
auténtica bomba de relojería. Es significativo como la mentalidad anticonceptiva
es más machista que feminista y haga más daño a la mujer que al varón.
Una consecuencia de este amor fecundo es
la especial destinación de la mujer a la educación de los hijos. Dar
la vida no se limita al acto de dar a luz, sino que se prolonga toda
la vida, especialmente en la primera etapa en que la dependencia del
hijo es casi total para sobrevivir y para situarse en un mundo que con
frecuencia es difícil y exige muchas destrezas, y, sobre todo, para
desarrollar la libertad que haga posible amar con un amor que puede
y debe ser eterno
No sería comprensible hablar de la femineidad
y dejar de mencionar la belleza. Los canones de belleza en la mujer
son cambiantes según la comprensión cultural y antropológica de cada
momento, pero es visible la tendencia en la mujer a ser atractiva. Es
cierto que se pueden dar deformaciones de vanidad, egocentrismo y frivolidad.
Pero no es menos cierto que si una mujer descuida la atención por ser
atractiva revela un deterioro de su interioridad, además de su aspecto
externo. Esto es así porque la tendencia a ser atractiva se funda primordialmente
en el papel de dadora de vida. El varón buscará a la mujer, y la mujer
atraerá al varón. Es posible que decaiga esa atracción en provocación,
pero eso no es más que una consecuencia del pecado, no algo original.
El pudor es una defensa de la intimidad para no ser considerado como
objeto, pero también es una manifestación de la atracción para el amor
interpersonal y para alcanzar el papel de madre en la vida. Una consecuencia
no pequeña es la sensación de seguridad que experimenta la mujer cuando
se agrada a ella misma, es un aspecto derivado de la función primaria
de atraer para la vida y para el amor interpersonal en el matrimonio
Resumen de estos análisis es
captar la identidad de la mujer como dadora de vida, vínculo personal
y don. Las carencias en estos aspectos de vida o, simplemente el dejarlos
en segundo término, lleva a la frustración profunda por descolocación
esencial presionada por valores desordenados de su lugar natural
Pocos son los estudios realizados
sobre la masculinidad, quizá por estimar que durante siglos la preeminencia
social del varón ha sido grande, llegando incluso a diversas formas
de abuso sobre la mujer. Esta carencia no nos libera de llegar a la
última raíz de esta manifestación tan importante del ser humano claramente
diversa de la de la mujer, aunque igual en lo esencial.
Si tomamos la perspectiva desde arriba,
desde la misma intimidad de Dios uno en esencia y Trino en personas,
afirmamos que la masculinidad realiza más el ser personal del Verbo.
Veamos pues lo que caracteriza al Verbo es la Imagen perfectísima del
Padre, es la Palabra, el Verbo, la Verdad. La relación respecto a la
creación es importante en nuestra consideración y seguimos la doctrina
de San Pablo: "El es la imagen del Dios invisible, el primogénito
de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas, las
visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, los
principados o las potestades. Todo ha sido creado por él y para él"
(Col 1,15-16). En lenguaje aristotélico tomista es la causa ejemplar
y final de la creación. Cuando el Padre quiere la creación en su amor
fontal, toma al Hijo como modelo de un mundo de hijos con diversos modos
de participación, los hombres en un lugar destacado por su espiritualidad
y su libertad ante todo..
a) El trabajo creador. El Verbo
es la Palabra, el Logos, la Verdad. Amor, pero expresado en relación
muy directa del conocimiento. La generación del Hijo es por vía de conocimiento,
auque sea un acto de amor. Tanto varón y mujer son hijos en el Hijo.
Pero con diferencias de misión como distintos son el Hijo y el Espíritu
Santo. Ya vimos lo característico del Espíritu santo y de la femineidad.
Veamos ahora lo específico de la masculinidad como modo de manifestarse
el ser humano.
La masculinidad tiene mayor facilidad para
buscar la verdad a través de los razonamientos abstractos, esto favorece
la tendencia al idealismo, la elaboración de las grandes síntesis y
sistemas. Por otra parte la relación con el mundo exterior es muy fuerte
con una clara tendencia dominarlo, cosa que realiza a través del trabajo,
lo que hoy en la desarrollada sociedad llamamos trabajo profesional,
de tal modo que los éxitos y los fracasos influyen de modo muy importante
en los varones así como la carencia de un trabajo satisfactorio. Esta
tendencia a dominar la creación se favorece con la capacidad de iniciativa
asumiendo una serie de riesgos que sería fatales para una mentalidad
más conservadora, pero que frecuentemente dan buenos resultados. El
varón se siente frecuentemente motor del progreso. Otra característica
del varón muy unida a las anteriores es una desarrollada fuerza física
y anímica que facilita las tareas anteriores
b)protección de la vida a través de
la femineidad. La masculinidad es una variante humana orientada
a servir a la femineidad. El varón se cuida de la vida naciente siendo
apoyo de la mujer, que en el caso de la maternidad se encuentra fuertemente
absorbida por engendrar la vida y educar al nuevo hombre. Sin la nueva
vida poco sentido tienen tanto la femineidad como la masculinidad. Por
eso el cuidado de la vida da sentido a ambas, pero no del mismo modo
como se ve en la fisiológico, en lo afectivo y en el planteamiento de
la vida. Plantear masculinidad y femineidad como exclusivamente complementarios,
en cortos fines mutuos, lleva al extraño fenómeno de la pareja cerrada,
fuente de egoísmos y de frustraciones más o menos soterradas. Hombre
y mujer pueden formar una pareja satisfactoria a condición de que sea
abierta a la vida, fecunda, generosa, amorosa, cada cual a su modo
Objeciones. Se puede decir a lo anterior
que el varón también es dador de vida, vínculo personal, y ser
capaz del don hasta el heroísmo. A su vez la mujer está dotada
para la abstracción, para el trabajo creador fuera del ámbito
de la familia y de engendrar vida educando a los hijos, tiene
capacidad de iniciativa y de entusiasmo en todos los sectores
de la vida en el mundo, sin faltarle la fuerza física y anímica
suficiente para vivir bien el enfrentamiento con el mundo. Pero
aún así varón y mujer no son iguales más que en lo esencial. La
diversidad viene dada por la intensidad en que se dan las características
que hemos visto y que se remontan a la más intensa realización
del ser personal del Espíritu Santo en la mujer, y del ser personal
del Verbo en el varón. Aún así queda un paso ulterior a dar en
este sentido.
Paternidad y maternidad.
Hombre y mujer tienen también una especial relación con Dios Padre.
La maternidad y la paternidad participan de la paternidad maternidad
de Dios Padre. De Dios Padre brota el amor originario, el Padre es el
eterno origen del amor. La generación eterna manifiesta la desbordante
generosidad del Primer Amor. En la perfecta libertad del amor él es
el Padre de todo y de todos. Su amor fontal es libre y liberador, da
gratuitamente.
La paternidad y la maternidad reflejan
el ser paternal de Dios que cuida de todos y hace llover sobre buenos
y malos y tiene en cuenta hasta los cabellos de la cabeza y valora a
cada hombre más que los pajarillos del campo. Cada hombre es valorado
por sí mismo, no sólo por sus éxitos. La Providencia paternal y maternal
de Dios alcanza a todos y cada uno de los hombres, y uno de los cauces
para cuidar del hombre es la paternidad y la maternidad humanas que
participan en el ser personal de Dios Padre.
El pecado distorsiona la realidad original.
La realidad histórica del ser hombre y
ser mujer está marcada por el pecado. Desconocer este hecho llevaría
a no poder reconocer la realidad original. El espejo primero donde se
refleja la imagen y semejanza de Dios está distorsionado, algo roto,
aunque no del todo. Sólo Cristo es el Hombre perfecto que revela al
hombre como es su situación y su ser[6]. Veamos algunas de
estas distorsiones en la femineidad y la masculinidad para no confundirlas
con lo original y menos con lo sobrenatural, sino como algo a superar.
La mujer es dadora de vida, especialmente
en la maternidad, pero en toda su actividad humana. El pecado lleva
a que el egoísmo y la soberbia cieguen las fuentes de la vida y de la
donación. Una manifestación clara es la anticoncepción. La voluntad
amorosa da y se da. La voluntad maliciosa se resiste y manipula la acción
natural para separar lo placentero de lo fecundo. Los efectos en la
mujer es un agostamiento de la espiritualidad y un endurecimiento del
carácter. Hombre y mujer ya no engendran hijos de Dios, sino hijos para
sí, o ensimismamientos estériles. La anticoncepción mata a la madre
y al padre, y con ello frustra una faceta esencial de la persona. Por
ello se puede decir que la mentalidad fértil es profética porque defiende
a la persona de las tinieblas de los egoísmos. Para esta deformación
pecaminosa el otro se trasforma en un objeto a utilizar, y al perder
el aspecto personal, que es el más unitivo, el objeto deja de ser valioso
y acaba molestando.
El varón frustra su papel respecto a la
vida y de ayudarla a través de la mujer, con lo que la pareja cerrada
y egoísta se hace muy poco capaz de amor verdadero y gratuito.
Una consecuencia de esta mentalidad es
la dificultad de la comunidad de personas entre hombre y mujer, que
se ven más como cómplices que como compañeros y amigos; ya no se ve
al tú como otro yo que me perfecciona. De ahí es fácil que crezca otro
enemigo siempre presente: cambiar el intercambio de la comunión por
la posesión y el dominio. Surgen de ahí las luchas por dominar que tan
crueles heridas han dejado en la historia y en la plaga de las separaciones
que encuentran en este defecto gran parte de su explicación. Pero el
problema no está sólo en la pareja, sino que pasa a las relaciones padres
e hijos, al trabajo profesional, a los logros sociales. Se pierde el
ideal de servicio, del amar gratuito, que se tilda de locura o de utopía
irrealizable.
Si la envidia se adelanta al servir se
pierde el optimismo de la mirada limpia. Los demás son escalones, no
personas, hermanos, hijos, otro Cristo. Mientras que la mentalidad sanada
y cristiana entiende la locura de la entrega sin condiciones, y el que
pierde su vida la encuentra, y no sólo en lo más espiritual, sino incluso
en forma de felicidad y plenitud, de esa que el mundo no puede dar.
El pecado torna el dominio del mundo exterior
en una carrera por la competitividad. Lo importante no es amar y conocer
la verdad, sino el éxito, y sus pequeños derivados de confort. Y la
vida laboral pierde sentido, mucho más si es necesario el sacrificio.
Es una carrera a ninguna parte. En esta lucha la competitividad hiere
más profundamente a la mujer. Si entra en esta lógica puede vencer en
las luchas, pero a costa de perder lo gratuito, encerrándose en un ritmo
de vida que la deja interiormente seca, arisca y frustrada. Y el mundo
queda huérfano de servidores, desmadrado, desbrujulado también en lo
humano.
Lo mismo podemos observar en la lujuria
que ciega los ojos del alma y convierte al hombre y la mujer en el hombre
animal de que habla San Pablo[7].
La castidad en cambio es fuente de amor limpio y de plenitud humana
es afirmación gozosa del amor[8].
Sin ella la vida matrimonial se empequeñece y ensucia. Pero fuera de
ella las degradaciones son degradación humana como se ve en la promiscuidad,
en la prostitución y en la homosexualidad práctica. La falta de castidad
hace imposible el amor verdadero.
La lógica del pecado es la del egoísmo
y del orgullo. La lógica cristiana es la del amor y la entrega. La primera
deshumaniza, la segunda sana las tendencias heridas. La realidad cristiana
es que es posible superar el pecado y alcanzar altas cotas de perfección
y santidad, tanto en el hombre como en la mujer, cada uno a su modo.
No se puede aceptar como natural lo que no es más que una consecuencia
del pecado que hiere la condición femenina o masculina del ser humano.
De ahí la importancia de volver a las fuentes de la creación remontándose
al ser divino, Uno y Trino en personas
Si se observan las concreciones culturales
a través de las cuales se percibe lo femenino y lo masculino es posible
observar como la mayoría defienden la condición de la maternidad, pero
es frecuente también que introduzcan a la mujer en una cierta subordinación.
Un planteamiento más cristiano lleva a buscar la armonía de una igualdad
diferente y consciente del valor de las diferencias. Pero es posible
observar también la influencia de la cultura materialista que rechaza
el papel de madre y busca una equiparación al varón como fórmula de
autorrealización. Pienso que esta solución lleva a frustraciones mayores
aún que la de las culturas primitivas por un análisis simplista de la
realidad de hombre y mujer.
El contraste entre estas
apreciaciones positivas de la diversidad sexual personal son bien distintas
a las que proceden de otras culturas, como por ejemplo, el mito griego
de Pandora contado por Hesíodo. La creación de Pandora, la primera mujer,
castigo impuesto por Zeus a los hombres beneficiados por el robo del
fuego por Prometeo. Pandora está llena de atractivo externo para los
hombres, pero su voluble interior está lleno de falsedades, palabras
de engaño y un voluble carácter. Es la Eva griega que lleva como regalo
de bodas con el débil Epimeteo, hermano de Prometeo, una jarra o caja,
ella la abre por curiosidad y de ella salen multitud de males para los
hombres y sólo queda en su interior la esperanza. En su regreso se convierte
en salvadora, según la versión de Goethe. La noción de mujer que muestra
el mito es claramente vejatorio e ignorante de la verdadera personalidad
femenina en un mundo de hombres y para hombres[9].