Ser sexuado

 

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Ser sexuado

La persona humana es sexuada desde lo más íntimo del acto de ser hasta la última célula corporal, que tiene cromosomas distintos en varón y mujer. Si se estudia el ser humano escogiendo como muestras sólo mujeres o sólo varones no se puede saber lo que es el ser humano, aunque cada individuo –varón o mujer- sean personas en plenitud, tampoco se puede decir que sus características sean complementarias, pues no siempre es así. Más bien se debe atender al fenómeno humano de dar vida y del amor interpersonal que da sentido a la diferencia de género. Los estudios fenomenológicos, fisiológicos y psicológicos ayudan a describir las diferencias, pero no profundizan en la raíz que, como siempre está en el acto de ser que constituye a la persona.

La Sagrada Escritura nos da luces esenciales para captar la sexualidad: “Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada. Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre  para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.

El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”[1]

La Biblia nos habla con el oscuro y lenguaje propio de los primeros capítulos del génesis algunas grandes verdades: la igualdad esencial de hombre y mujer, la diferencia entre ambos destinada a una unión personal altísima, el sentido esponsal del cuerpo, la alegría de la visión mutua. Juan Pablo II ha dedicado extensas disertaciones sobre el sentido del cuerpo aprovechando estos textos. No es necesario repetirlos, pero son de gran utilidad para el sentido de la femineidad y la masculinidad.

Ya hemos citado la hipótesis de Jérôme Lejeune partiendo del "sueño de Adan" durante el que Dios "de la costilla que tomó del hombre hizo una mujer" en el relato del Génesis. Plantea el origen de la primera pareja humana en un mecanismo de gemelaridad monocigótica heterocariótica. Esto es, en un cigoto, con un cambio genético en algunos genes, y excepcionalmente en un conjunto de cromosomas XXY, se daría también excepcionalmente por gemelación en la primera división, con la que se inician nuevas vidas, un varón XY y una mujer XO, ambos con un mensaje genético idéntico, salvo en los cromosomas sexuales, y por primera vez genoma humano y diferente al de sus progenitores. Lejeune aporta con esta hipótesis una explicación plausible del proceso biológico, por el que surgen juntos, simultáneamente, uno y una con idénticas características genéticas pero diferente determinación sexual. La barrera reproductora habría sido, por tanto, simultánea a la concepción de los hermanos gemelos, con un genoma transformado. Si hubiera sido necesario, como lo es para cualquier especie animal, un aislamiento reproductor a través de la infertilidad de los híbridos, se habría requerido el paso de varias generaciones, para que los hombres se aislasen del resto. Este mecanismo propuesto por Lejeune, en sí mismo considerado como tal proceso biológico a secas, no es garantía total de una especiación aunque si una posibilidad. En todo caso, aunque no sea una hipótesis fácilmente verificable, indica, y esto es lo más valioso, que no es biológicamente imposible un origen monogenista de los hombres[2].

Siguiendo el camino que nos hemos trazado  queremos ir a la raíz de la sexualidad, pues mirar el cuerpo o la psicología da luces, pero no suficientes. Tratamos de entrever  el acto de ser personal de hombre y mujer siendo ese acto trinitario por participación del Esse, que es la Trinidad divina. Desde ahí nos atrevemos, no sin audacia, a lanzar una hipótesis que explica muchas cosas pues sostenemos que la femineidad realiza más el ser personal del Espíritu Santo, y que la masculinidad realiza más el ser personal del Verbo, y que masculinidad y femineidad realizan con diversas intensidades y modos la paternidad y la maternidad de Dios Padre y Madre en su amor fontal originario.

Femineidad.

Después de asentar bien la igualdad esencial de varón y mujer, sin subordinaciones, más producto de situaciones pecaminosas que de la armonía esencial, podemos pasar a lo diferencial de la mujer en sí misma. Partimos de la intuición de que en la mujer se realiza más el ser personal del Espíritu Santo. Luego es necesario para conocer a la mujer descubrir mejor quién es el Espíritu Santo. El Concilio de Constantinopla nos lo presenta como "Señor y dador de vida"[3]. El segundo aspecto del ser personal del Espíritu Santo es el de ser vínculo personal de la unidad entre el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es el vínculo de unión, la mujer también. El tercer aspecto del Espíritu Santo es el ser don de amor. Lo propio de la Tercera Persona de Dios es la apertura al otro.

Si la mujer realiza más el ser personal del Espíritu Santo podemos decir que su identidad fundamental hay que encontrarla en que es dadora de vida, vínculo personal y don. Las diversas manifestaciones fenomenológicas, como son la fisiología, la intuición, la afectividad, las tendencias y actitudes ante la vida, la sociedad, la familia podemos radicarlas en estos tres aspecto de la vida divina del Espíritu Santo.

a)dadora de vida. Muchos estudios parten de la observación de la realidad de la maternidad, al menos como posibilidad. Pero la mujer no es así porque puede ser madre, sino que puede ser madre porque es así. La corporalidad de la mujer evoca este dato central de la femineidad. La identidad de la mujer viene dada por este estar hecha para ser dadora de vida, sea cual sea su edad y realidad fecunda. Cuando se plantea la femineidad al margen de ser dadora de vida se pierde la identidad más radical. Si se actúa positivamente contra ella la degradación y la frustración están próximas.

Para ser dadora de vida la mujer está dotada de características corporales obvias, pero también toda la psique tiene características propias. Muestra de ello son dos características que están más desarrolladas en ella que en el varón: la intuición y la afectividad. Parece claro que estas dos cualidades son para cuidar de la vida. Puede que una mujer tengan poca formación o mucha, alta o baja inteligencia, pero la intuición salva las barreras para cuidar la vida especialmente en sus primeras etapas en las que la dependencia es tan grande.  La intuición va más allá que la razón, es transrracional, no irracional, nos sitúa más cerca del misterio de la vida. La experiencia interior de la intuición conoce un tiempo diferente del tiempo físico, como diría Bergson, es algo estimulante y misterioso al mismo tiempo que real. La afectividad está más desarrollada en la mujer con una finalidad principal:  satisfacer las necesidades afectivas del niño, aunque puede ser muy útil  en otras circunstancias. La riqueza de sentimientos que esto conlleva enriquece a la persona y lleva a vivir con una especial intensidad en todos los ámbitos de la vida, pero el motivo más profundo de su presencia es la necesidad de ternura que tiene la vida naciente. Con estas cualidades innatas la mujer está dotada para dar vida a la humanidad y humanidad a la vida. Los desarrollos físicos  para la donación de vida son patentes y los estudiaremos en otro lugar. Ser dadora de vida condiciona toda la femineidad.

Aquí puede estar la raíz de la pérdida de identidad de muchas mujeres al subordinar la donación de vida a otros factores como la realización de otro rol en la sociedad. Es patente que al introducirse en la vida laboral muchas mujeres destacan en ella, pero también lo es que muchas lo hacen a costa de su identidad más radical, aunque otras, con esfuerzo no pequeño, consigan compaginar los dos aspectos de maternidad y trabajo profesional. El problema no está en la mayor o menor facilidad para el orden y el aprovechamiento de tiempo, sino si la autoconciencia cultural de la mujer es la de ser dadora de vida o la de ser una triunfadora en el mundo laboral. Insensiblemente, sin hacer nada malo, se deriva culturalmente a considerar la autorrealización de la mujer en el trabajo civil como lo más importante, e, incluso, el tener hijos se lleva adelante porque son algo que agrada al propio yo, no como una donación de vida. De ahí que la frustración cuando se han adquirido un determinado estatus sean claras y las crisis personales y familiares -tan frecuentes- tengan ahí una buena parte de su explicación. Estos planteamientos se dan en colegios cristianos y no cristianos, en medios de comunicación, en la opinión pública, y, sobre todo, en la idea que muchas mujeres tienen de sí mismas. El ser maternal no excluye el trabajo asalariado, pero lo coloca en su justo término. El triunfo social tiene un valor indudable, pero no puede ser más importante que el ser madre o ser maternal. Quizá convenga recordar que la mujer no es un varón con un distinto desarrollo afectivo, sino alguien con una personalidad y una identidad propia.

La maternidad en la mujer no se reduce al hecho de dar la vida física, sino que abarca toda su vida: el trabajo profesional, y su puesto en la sociedad. Dar vida, protegerla, custodiar lo esencial frente a las aventuras idealistas. Aquí conviene hacer referencia a la mentalidad anticonceptiva y antinatalista como un fruto que daña a la mujer en su ser más íntimo. El engaño es no ser ni madre ni virgen, y al buscar un disfrute del cuerpo cada vez más esquivo, se consigue , cual nueva Eva, la frustración de la represión de la maternidad generosa que deja heridas profundas en el alma

b) Vínculo personal El siguiente factor de la femineidad viene muy seguido al primero. La mujer está especialmente dotada para la unión de personas y para las relaciones personales. En la familia es especialmente importante el papel de la mujer uniendo a los diversos individuos que la forman, es lo que se llama "sacar la familia adelante". Ser el eje de la familia es una tarea importante, pero extensible a las demás actividades sociales, laborales y políticas. Es conocida aquella respuesta de André Frossard cuando le preguntaron unos estudiantes ¿para qué vivo? y respondió que era una típica pregunta machista pues una mujer preguntaría más bien ¿para quién vivo?. El egoísmo frusta a cualquier persona, pero más aún a la mujer. Si el papel de dadora de vida se ve muy claro en la mujer-niña que no ha conocido deformaciones culturales, el papel de vínculo personal se advierte mejor en la mujer-anciana en que su vida son los demás más claramente, salvando los defectos humanos que en nadie faltan.

De ahí que la amistad sea tan importante para la mujer y florezcan entre ellas con abundancia los fenómenos de solidaridad. Edith Stein se pregunta si hay algunas profesiones más adecuadas para la mujer y responde afirmativamente[4]. Nosotros podemos decir que toda profesión y actividad está al alcance de la mujer, pero que algunas le son más adecuadas y entre ellas las que hacen referencia a la relación personal.

En la vida matrimonial es patente la importancia de este factor. Es conocido el análisis de Wojtila[5] en los tres niveles de la persona: el corporal, el afectivo o sentimental y el de intimidad. La plenitud de la persona se da en la comunión interpersonal de intimidad, pero esto es más intenso en la mujer, que siente más su falta. Es un error machista la elaboración cultural que pretende que la meta de la sexualidad femenina está en el placer sexual corporal. No se puede desestimar su valor, pero, como todo lo físico, es efímero y deja una frustración si falta la afectividad y, sobre todo, si falta el amor de apertura de intimidad. La decepciones en este terreno también son graves y una auténtica bomba de relojería. Es significativo como la mentalidad anticonceptiva es más machista que feminista y haga más daño a la mujer que al varón.

Una consecuencia de este amor fecundo es la especial destinación de la mujer a la educación de los hijos. Dar la vida no se limita al acto de dar a luz, sino que se prolonga toda la vida, especialmente en la primera etapa en que la dependencia del hijo es casi total para sobrevivir y para situarse en un mundo que con frecuencia es difícil y exige muchas destrezas, y, sobre todo, para desarrollar la libertad que haga posible amar con un amor que puede y debe ser eterno

No sería comprensible hablar de la femineidad y dejar de mencionar la belleza. Los canones de belleza en la mujer son cambiantes según la comprensión cultural y antropológica de cada momento, pero es visible la tendencia en la mujer a ser atractiva. Es cierto que se pueden dar deformaciones de vanidad, egocentrismo y frivolidad. Pero no es menos cierto que si una mujer descuida la atención por ser atractiva revela un deterioro de su interioridad, además de su aspecto externo. Esto es así porque la tendencia a ser atractiva se funda primordialmente en el papel de dadora de vida. El varón buscará a la mujer, y la mujer atraerá al varón. Es posible que decaiga esa atracción en provocación, pero eso no es más que una consecuencia del pecado, no algo original. El pudor es una defensa de la intimidad para no ser considerado como objeto, pero también es una manifestación de la atracción para el amor interpersonal y para alcanzar el papel de madre en la vida. Una consecuencia no pequeña es la sensación de seguridad que experimenta la mujer cuando se agrada a ella misma, es un aspecto derivado de la función primaria de atraer para la vida y para el amor interpersonal en el matrimonio

Resumen de estos análisis es captar la identidad de la mujer como dadora de vida, vínculo personal y don. Las carencias en estos aspectos de vida o, simplemente el dejarlos en segundo término, lleva a la frustración profunda por descolocación esencial presionada por valores desordenados de su lugar natural

Masculinidad.

Pocos son los estudios realizados sobre la masculinidad, quizá por estimar que durante siglos la preeminencia social del varón ha sido grande, llegando incluso a diversas formas de abuso sobre la mujer. Esta carencia no nos libera de llegar a la última raíz de esta manifestación tan importante del ser humano claramente diversa de la de la mujer, aunque igual en lo esencial.

Si tomamos la perspectiva desde arriba, desde la misma intimidad de Dios uno en esencia y Trino en personas, afirmamos que la masculinidad realiza más el ser personal del Verbo. Veamos pues lo que caracteriza al Verbo es la Imagen perfectísima del Padre, es la Palabra, el Verbo, la Verdad. La relación respecto a la creación es importante en nuestra consideración y seguimos la doctrina de San Pablo: "El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas,  las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por él y para él" (Col 1,15-16). En lenguaje aristotélico tomista es la causa ejemplar y final de la creación. Cuando el Padre quiere la creación en su amor fontal, toma al Hijo como modelo de un mundo de hijos con diversos modos de participación, los hombres en un lugar destacado por su espiritualidad y su libertad ante todo..

a) El trabajo creador. El Verbo es la Palabra, el Logos, la Verdad. Amor, pero expresado en relación muy directa del conocimiento. La generación del Hijo es por vía de conocimiento, auque sea un acto de amor. Tanto varón y mujer son hijos en el Hijo. Pero con diferencias de misión como distintos son el Hijo y el Espíritu Santo. Ya vimos lo característico del Espíritu santo y de la femineidad. Veamos ahora lo específico de la masculinidad como modo de manifestarse el ser humano.

La masculinidad tiene mayor facilidad para buscar la verdad a través de los razonamientos abstractos, esto favorece la tendencia al idealismo, la elaboración de las grandes síntesis y sistemas. Por otra parte la relación con el mundo exterior es muy fuerte con una clara tendencia dominarlo, cosa que realiza a través del trabajo, lo que hoy en la desarrollada sociedad llamamos trabajo profesional, de tal modo que los éxitos y los fracasos influyen de modo muy importante en los varones así como la carencia de un trabajo satisfactorio. Esta tendencia a dominar la creación se favorece con  la capacidad de iniciativa asumiendo una serie de riesgos que sería fatales para una mentalidad más conservadora, pero que frecuentemente dan buenos resultados. El varón se siente frecuentemente motor del progreso. Otra característica del varón muy unida a las anteriores es una desarrollada fuerza física y anímica que facilita las tareas anteriores

b)protección de la vida a través de la femineidad. La masculinidad es una variante humana orientada a servir a la femineidad. El varón se cuida de la vida naciente siendo apoyo de la mujer, que en el caso de la maternidad se encuentra fuertemente absorbida por engendrar la vida y educar al nuevo hombre. Sin la nueva vida poco sentido tienen tanto la femineidad como la masculinidad. Por eso el cuidado de la vida da sentido a ambas, pero no del mismo modo como se ve en la fisiológico, en lo afectivo y en el planteamiento de la vida. Plantear masculinidad y femineidad como exclusivamente complementarios,  en cortos fines mutuos, lleva al extraño fenómeno de la pareja cerrada, fuente de egoísmos y de frustraciones más o menos soterradas. Hombre y mujer pueden formar una pareja satisfactoria a condición de que sea abierta a la vida, fecunda, generosa, amorosa, cada cual a su modo

Objeciones. Se puede decir a lo anterior que el varón también es dador de vida, vínculo personal, y ser capaz del don hasta el heroísmo. A su vez la mujer está dotada para la abstracción, para el trabajo creador fuera del ámbito de la familia y de engendrar vida educando a los hijos, tiene capacidad de iniciativa y de entusiasmo en todos los sectores de la vida en el mundo, sin faltarle la fuerza física y anímica suficiente para vivir bien el enfrentamiento con el mundo. Pero aún así varón y mujer no son iguales más que en lo esencial. La diversidad viene dada por la intensidad en que se dan las características que hemos visto y que se remontan a la más intensa realización del ser personal del Espíritu Santo en la mujer, y del ser personal del Verbo en el varón. Aún así queda un paso ulterior a dar en este sentido.

Paternidad y maternidad. Hombre y mujer tienen también una especial relación con Dios Padre. La maternidad y la paternidad participan de la paternidad maternidad de Dios Padre. De Dios Padre brota el amor originario, el Padre es el eterno origen del amor. La generación eterna manifiesta la desbordante generosidad del Primer Amor. En la perfecta libertad del amor él es el Padre de todo y de todos. Su amor fontal es libre y liberador,  da gratuitamente.

La paternidad y la maternidad reflejan el ser paternal de Dios que cuida de todos y hace llover sobre buenos y malos y tiene en cuenta hasta los cabellos de la cabeza y valora a cada hombre más que los pajarillos del campo. Cada hombre es valorado por sí mismo, no sólo por sus éxitos. La Providencia paternal y maternal de Dios alcanza a todos y cada uno de los hombres, y uno de los cauces para cuidar del hombre es la paternidad y la maternidad humanas que participan en el ser personal de Dios Padre.

El pecado distorsiona la realidad original.

La realidad histórica del ser hombre y ser mujer está marcada por el pecado. Desconocer este hecho llevaría a no poder reconocer la realidad original. El espejo primero donde se refleja la imagen y semejanza de Dios está distorsionado, algo roto, aunque no del todo. Sólo Cristo es el Hombre perfecto que revela al hombre como es su situación y su ser[6]. Veamos algunas de estas distorsiones en la femineidad y la masculinidad para no confundirlas con lo original y menos con lo sobrenatural, sino como algo a superar.

La mujer es dadora de vida, especialmente en la maternidad, pero en toda su actividad humana. El pecado lleva a que el egoísmo y la soberbia cieguen las fuentes de la vida y de la donación. Una manifestación clara es la anticoncepción.  La voluntad amorosa da y se da. La voluntad maliciosa se resiste y manipula la acción natural para separar lo placentero de lo fecundo. Los efectos en la mujer es un agostamiento de la espiritualidad y un endurecimiento del carácter. Hombre y mujer ya no engendran hijos de Dios, sino hijos para sí, o ensimismamientos estériles. La anticoncepción mata a la madre y al padre, y con ello frustra una faceta esencial de la persona. Por ello se puede decir que la mentalidad fértil es profética porque defiende a la persona de las tinieblas de los egoísmos. Para esta deformación pecaminosa el otro se trasforma en un objeto a utilizar, y al perder el aspecto personal, que es el más unitivo, el objeto deja de ser valioso y acaba molestando.

El varón frustra su papel respecto a la vida y de ayudarla a través de la mujer, con lo que la pareja cerrada y egoísta se hace muy poco capaz de amor verdadero y gratuito.

Una consecuencia de esta mentalidad es la dificultad de la comunidad de personas entre hombre y mujer, que se ven más como cómplices que como compañeros y amigos; ya no se ve al tú como otro yo que me perfecciona. De ahí es fácil que crezca otro enemigo siempre presente: cambiar el intercambio de la comunión por la posesión y el dominio. Surgen de ahí las luchas por dominar que tan crueles heridas han dejado en la historia y en la plaga de las separaciones que encuentran en este defecto gran parte de  su explicación. Pero el problema no está sólo en la pareja, sino que pasa a las relaciones padres e hijos, al trabajo profesional, a los logros sociales. Se pierde el ideal de servicio, del amar gratuito, que se tilda de locura o de utopía irrealizable.

Si la envidia se adelanta al servir se pierde el optimismo de la mirada limpia. Los demás son escalones, no personas, hermanos, hijos, otro Cristo. Mientras que la mentalidad sanada y cristiana entiende la locura de la entrega sin condiciones, y el que pierde su vida la encuentra, y no sólo en lo más espiritual, sino incluso en forma de felicidad y plenitud, de esa que el mundo no puede dar.

El pecado  torna el dominio del mundo exterior en una carrera por la competitividad. Lo importante no es amar y conocer la verdad, sino el éxito, y sus pequeños derivados de confort. Y la vida laboral pierde sentido, mucho más si es necesario el sacrificio. Es una carrera a ninguna parte. En esta lucha la competitividad hiere más profundamente a la mujer. Si entra en esta lógica puede vencer en las luchas, pero a costa de perder lo gratuito, encerrándose en un ritmo de vida que la deja interiormente seca, arisca y frustrada. Y el mundo queda huérfano de servidores, desmadrado, desbrujulado también en lo humano.

Lo mismo podemos observar en la lujuria que ciega los ojos del alma y convierte al hombre y la mujer en el hombre animal de que habla San Pablo[7]. La castidad en cambio es fuente de amor limpio  y de plenitud humana es afirmación gozosa del amor[8]. Sin ella la vida matrimonial se empequeñece y ensucia. Pero fuera de ella las degradaciones son degradación humana como se ve en la promiscuidad, en la prostitución y en la homosexualidad práctica. La falta de castidad hace imposible el amor verdadero.

La lógica del pecado es la del egoísmo y del orgullo. La lógica cristiana es la del amor y la entrega. La primera deshumaniza, la segunda sana las tendencias heridas. La realidad cristiana es que es posible superar el pecado y alcanzar altas cotas de perfección y santidad, tanto en el hombre como en la mujer, cada uno a su modo. No se puede aceptar como natural lo que no es más que una consecuencia del pecado que hiere la condición femenina o masculina del ser humano. De ahí la importancia de volver a las fuentes de la creación remontándose al ser divino, Uno y Trino en personas

Si se observan las concreciones culturales a través de las cuales se percibe lo femenino y lo masculino es posible observar como la mayoría defienden la condición de la maternidad, pero es frecuente también que introduzcan a la mujer en una cierta subordinación. Un planteamiento más cristiano lleva a buscar la armonía de una igualdad diferente y consciente del valor de las diferencias. Pero es posible observar también la influencia de la cultura materialista que rechaza el papel de madre y busca una equiparación al varón como fórmula de autorrealización. Pienso que esta solución lleva a frustraciones mayores aún que la de las culturas primitivas por un análisis simplista de la realidad de hombre y mujer. 

El contraste entre estas apreciaciones positivas de la diversidad sexual personal son bien distintas a las que proceden de otras culturas, como por ejemplo, el mito griego de Pandora contado por Hesíodo. La creación de Pandora, la primera mujer, castigo impuesto por Zeus a los hombres beneficiados por el robo del fuego por Prometeo. Pandora está llena de atractivo externo para los hombres, pero su voluble interior está lleno de falsedades, palabras de engaño y un voluble carácter. Es la Eva griega que lleva como regalo de bodas con el débil Epimeteo, hermano de Prometeo, una jarra o caja, ella la abre por curiosidad y de ella salen multitud de males para los hombres y sólo queda en su interior la esperanza. En su regreso se convierte en salvadora, según la versión de Goethe. La noción de mujer que muestra el mito es claramente vejatorio e ignorante de la verdadera personalidad femenina en un mundo de hombres y para hombres[9].


[1] Gen 19-24

[2] López Moratalla. Origen monogenista del hombre y unidad del género humano. Arvo. Net. Dic 2002

[3]Credo

[4]Edith Stein La mujer. Ed Palabra

[5]Karol Wojtila. Amor y responsabilidad.

[6]

[7] 1 Co 2,14

[8]Beato Josemaría Escrivá.  Amigos de Dios.  Ed Rialp. n 175-190

[9] Carlos García Gual. Diccionario de mitos. Ed Planeta 1997 p. 258 y ss