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El hombre es una persona que convive con otros. Es
un ser social se dice habitualmente. Pero sólo desde la realidad personal
se puede justificar esa sociabilidad, que llega a necesitar el
amor para expresar su verdadero ser, no basta la justicia ni la utilidad
para establecer la sociabilidad. La misma familia es una comunidad de
personas. Las sociedades más complejas se justifican por la dignidad
de la persona. Polo llega a una afirmación de lo que es la persona diciendo
que es co-ser, co-existencia; es decir que no puede ser sin otro, o
es apertura a otro y otros. El ser relacional de la persona es defendido
claramente por Martín Buber. Y muchos son los que siguen esta estela
lógica. Cardona defiende que la persona es “alguien ante Dios”, es decir
que su relación fundamental es la relación con Dios. Pienso que se puede
añadir que la persona es “alguien con otros”, o, generosamente, “alguien
para los otros”. Su individualidad es previa, pero su realización necesita
del otro a nivel amoroso, cultural, artístico, procreador, económico
etc.
En el mundo cultural no
siempre se ha visto así. Existen sectores fuertemente individualistas
y sectores colectivistas. Vamos a analizarlos. La noción de persona
permite ver tres dimensiones en el hombre la vertical hacia Dios, la
horizontal hacia los otros, y la individual por la que el hombre nunca
queda absorbido en el conjunto, ni se reduce a la soledad narcisista.
El individualismo tiene
raíces intelectuales varias pero una muy radical es la de Max Stirner
pseudónimo de Johan Caspar Schmidt que publicó en 1844 “el único y su
propiedad” obra que en su tiempo consideraron escandalosa y desatinada
por su individualismo y anarquismo. Feuerbach le considera sorprendentemente
“el escritor más genial y libre que haya conocido”, Husserl habla de
su “fuerza seductora”, pero el público lógicamente lo rechazó. Hubo
una polémica sobre hasta qué punto Nietzsche había tomado muchas de
sus ideas de él, pues por una parte no lo cita, y, por otra, es claro
que lo conoce y sigue sus ideas. Safranski dice de él que “en la filosofía
del siglo XIX, sin duda fue Stirner un leproso el nominalista más radical
antes de Nietzsche. La radicalidad con que practicó la destrucción nominalista
ha podido engendrar hasta hoy, especialmente entre los funcionarios
de la filosofía, la impresión de un desatino, pero en su obra había
rasgos que en nada desmerecían de lo genial. Stirner es comparable a
los nominalistas medievales, que designaban los conceptos generales,
especialmente los referidos a Dios, como “soplo”, como “un nombre sin
realidad”[1]. Desaparece Dios que
está “más allá fuera de nosotros” y queda el “más allá en nosotros”,
que equivale al super yo de Freud y ataca todo tipo de sociabilidad
como creaciones mentales irreales, llegando a decir “yo no soy nada
en el sentido de vacío, sino la nada creadora, la nada de yo mismo como
creador lo creo todo”[2]. Nietzsche toma estas
ideas muy antiguas, y voluntariamente ocultas por la conciencia del
que dice que no pueden ser verdad, pero presentes en el pensamiento
nominalista destructor de la metafísica sustituyéndola por una filosofía
a lógica vacía. Dios no existe, la Humanidad, la sociedad, la nación,
la familia son sólo universales sin existencia real, flatus vocis.
Aristóteles ya había encontrado un explicación para los universales,
excepto la existencia de Dios el Ipsum Esse Subsistens, el resto son
entes de razón con fundamento en la realidad; o, con lenguaje nuestro,
son entes de razón que expresan relaciones personales reales. El fermento
corrosivo social estaba presente desde hacía cinco siglos. No era nuevo,
pero se redescubría por gente alejada de Dios y libresca. Nietzsche
sigue esta línea que llega a la crueldad y la negación del amor por
la voluntad que está más allá del bien y del mal, como ya hemos visto.
Sus ataques al Cristianismo por predicar el amor le llevan a decir que
son rebaño de débiles. Con el socialismo y la democracia es aún más
violento y los califica de masa. No entiende la compasión hacia el débil,
e, incluso, explica la religión como la voluntad de poder que ejerce
el débil para subyugar al fuerte, y propone la crueldad como modo de
vivencia social en el mundo –no se puede llamar sociedad- de los super
hombres. Puede parecer que estas ideas no se pueden traducir en la vida
de los hombres, pero no es así. Algunas concreciones han sido desgraciadamente
políticas como se dio en el nazismo; otras más cotidianas se encuentran
la dificultad para el compromiso, la infidelidad, la enorme extensión
de la droga, el aumento de algunas enfermedades mentales, la crueldad
de los genocidios, el aumento de las “familias” monoparentales, la indiferencia
de las empresas en el libre mercado con criterios exclusivamente economicistas,
el aumento exponencial del aborto etc. No es que quiera radicar aquí
todos los males de la sociedad actual, pero desde luego su conexión
es clara.
De otra parte están los
colectivismos. No sólo los de los llamados –sarcásticamente- socialismos
científicos, que nada tiene que ver con ninguna ciencia conocida; sino
los socialismos utópicos del siglo XIX. Igor Chafarevich, premio Lenin
de matemáticas, enjuicia los socialismos desde Platón hasta los utópicos
encontrando tres constantes en todos ellos: comunidad de bienes, comunidad
de mujeres, odio a la religión, es decir: todo es de todos, se suprime
la familia, y se esquiva o se odia la religión pues ésta respeta al
hombre concreto y sus relaciones sociales. Curiosamente los socialismos
de Owen, Fourier, Prouhdom, Nueva Armonía y tantos otros[3]
acabaron en desastre económico, con la tiranía de uno y frecuentemente
con muertes y asesinatos, incluso los mejor organizados como los kibutz
israelíes acaban casi desapareciendo o evolucionando hacia formas que
respetan algo la realidad familiar, una cierta propiedad, sin la cual
la libertad exterior es imposible, y alguna religiosidad. Las nuevas
versiones de comuna o hippys han tenido una vida lánguida y efímera.
La realidad se resiste a las ideologías.
La Iglesia no tiene ninguna
duda en cuanto a la socialidad del hombre y su fundamento personal.
Así lo enseña por ejemplo el concilio Vaticano II: “Dios,
que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres
constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos.
Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno
todo el linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26),
y todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor
mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no
puede separarse del amor del prójimo: cualquier otro precepto en esta
sentencia se resume: Amarás al prójimo como a ti mismo. El amor es el
cumplimiento de la ley (Rom 13,9-10; cf. I 10 4,20). Esta doctrina posee
hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia
mutua de los hombres y la unificación asimismo creciente del mundo.
Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros
también somos uno (In 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la
razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas
divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.
Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la
que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud
si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”[4].
La persona
humana está necesitada de los otros. Al nacer el ser humano –que es
persona desde la concepción- es claramente inmaduro. La mayoría de los
animales nace con bastante autonomía. El ser humano nace de tal modo
que no puede subsistir sin otros durante varios años, y no sólo en el
plano alimenticio, sino en el afectivo y en el cultural. Es notorio
que el hombre, ser cultural inespecializado, necesita la sociedad para
poder vivir, para utilizar el lenguaje, sin los otros llega a no poder
hablar más que con gruñidos, el acceso a la cultura le capacita para
alcanzar cumbres de progreso personal y social, pero necesita muchos
años de vivir societario, familiar y educacional. En la actualidad para
alcanzar los altos niveles de progreso cultural se suele necesitar hasta
treinta años o más de trabajo con otros bastante intenso. Ningún hombre
en la corta vida humana puede alcanzar todo el saber humano. Pero sólo
no puede nada, sencillamente nada. Se animaliza, si es que subsiste.
En la madurez no ocurre igual, pero sin los otros un
ser humano difícilmente podría sobrevivir, y por supuesto no podría
alcanzar un nivel verdaderamente humano en la cultura, en la belleza,
y, sobre todo, en el amor. La complejidad de la sociedad crece. Ya no
se trata de sobrevivir una tribu en un clima benigno, o de unas pocas
familias en uno difícil; sino de vivir miles de millones de personas
con la generación de alimentos diario que representa, también de cultura
y de vivienda. Si se cogen los análisis simplistas de Malthus no habría
comida para todos al crecer los alimentos según una progresión aritmética
y la población con otra geométrica. Pero en el ser humano no es tan
simple. Los estudios de Jules Simon, de Clarck y otros muchos llevan
a conclusiones lógicas, pero que sorprenden a los temerosos pesimistas.
Al crecer la población, crecen mucho más los alimentos y todo tipo de
bienes porque el hombre se las ingenia de modos sorprendentes en dificultades
reales. Se ha dicho con acierto que nacen cerebros más que bocas. El
problema del hambre no es un problema técnico, pues sobra alimento abundante
para todos los seres humanos actuales, sino que viene de otras causas,
como por ejemplo: guerras, corrupción, incultura, despotismo, comercios
injustos...
En la ancianidad el ser humano suele necesitar mucho
al otro, en el terreno sanitario, pero también en el afectivo. La duración
no marca el sentido de la vida, sino la calidad de amor dado y recibido.
La calidad de una sociedad se mide por el modo como trata a los miembros
más débiles. Aquí es conveniente tratar de la familia como el camino
mejor para ayudar a cada uno en todas las etapas de la vida.
El primer
modo de agrupación y de ser con los otros es la familia. Varón y mujer,
enamorados o no, cuando usan la función sexual engendran hijos, si no
los rechazan y los cuidan forman una agrupación mínima, que llamaremos
comunidad de personas esencial. Se intenta que muchas agrupaciones de
lo más variado adopten el nombre de familia, por lo prestigioso que
es. Así se hacen con todas las posibilidades sexuales posibles –hombre-hombre,
mujer-mujer, hombre sólo con hijos, mujer sola con hijos, hombre-mujer
con unión rescindible al propio gusto, o con papeles en el juez-. Este
desquiciamiento no es fruto de casos aislados, sino una campaña de fondo
con pocos casos relativos, pero demasiados absolutamente de modo que
bien se puede llamar escándalo en cuanto unos pocos induce a otros más
débiles a estas conductas desquiciadas.
Entendemos
por familia “ comunidad de personas de sexo diferente con un vínculo
monogámico, generadoras de hijos, fuente de derechos y obligaciones.
El vínculo nace del consentimiento de las partes y presupone la capacidad
de entender y querer en orden a los compromisos que se adquieren”. Es
la forma más depurada de “Uno con una para siempre” con procreación,
si Dios quiere. Esta unión lleva muy adecuadamente a que el recién nacido
sea hijo-persona en el sentido más íntegro, es decir, como alguien querido
por sí mismo, como persona que reafirma el vínculo de hombre y mujer
convirtiéndolos en padre y madre, ayudándoles a salir del círculo cerrado
de la pareja a la apertura amorosa que lleva un amor de eros a un amor
de ágape y, si se crece, a un amor de koinonía de unión de intimidades.
Esta familia es un lugar que no puede ser sustituido por nada, como
se ha visto en las comunas, orfanatos, etc.
El ser con otros más próximo
y natural es la familia. Todo ser humano nace de la unión sexual entre
otros dos seres humanos –hombre y mujer- de modo que los tres pasan
a ser hijo, padre o madre para siempre. Nunca dejarán esta condición
de relación real. Esta relación es tan fuerte que el hijo sin ayuda
–por su inmadurez al nacer- no puede sobrevivir sólo antes de varios
años. Las consecuencias afectivas positivas y negativas son enormes,
y hoy, que se pueden detectar mejor, se ven con más claridad. Las consecuencias
culturales, económicas, sociales y de progreso personas son claras a
todos. Todos son partidarios de la estabilidad familiar como beneficio
para el hijo y para los esposos.
Sin embargo la crisis de
la familia en Occidente es indudable, aunque se vean con insistencia
las muchas desgracias y sufrimientos que llevan consigo las desestructuraciones
familiares. Vale la pena observar la causas intelectuales para poder
aplicar un remedio. Las encontramos en lo dicho antes en dos formas
de despersonalización: el individualismo y el colectivismo. En ambas
destaca o la libertad como excusa para el egoísmo, o la falta de libertad.
Siempre se duda que la persona sea capaz de una libertad amante. El
pesimismo antropológico es patente.
Por ello
conviene recordar los temas de libertad y amor que hemos expuesto más
arriba y destacar que el matrimonio (institución para proteger la maternidad)
es indisoluble necesariamente más allá de la libertad caprichosa. Los
esposos tienen capacidad de compromiso indisoluble, también tienen derecho
a que la ley proteja el matrimonio indisoluble y no obligue a realizar
matrimonios solubles, como de hecho ocurre en la legislación civil de
Occidente. Los bienes de esa realidad son los bienes del matrimonio:
los hijos y la fidelidad. Plantearse otro tipo de ventajas distintas
a éstas no es matrimonio, sino un contrato más o menos comercial, muy
lejano del ser personal que estamos estudiando y causa un mal cierto
a los hijos, a los esposos y a toda la sociedad.
Con una
antropología adecuada es posible entender la indisolubilidad natural
del matrimonio. En primer lugar está la igualdad esencial entre hombre
y mujer, aunque no se trate aquí de un contrato privado, vale la pena
tener en cuenta esa igualdad esencial. Después la consideración de la
libertad como donación, no como capricho o indiferencia.. En tercer
lugar está ver el amor verdadero como posible, sin pesimismos que llevan
a nacer mal, lo que suele salir bien. Es conveniente plantear el bien
de la fidelidad como un bien de los esposos al cual tienen derecho
Además de estas razones, que podríamos llamar “esponsales”, susceptibles
de ser muy ampliamente desarrolladas a nivel afectivo, patrimonial,
de dignidad etc, existe un factor mucho más importante: el uso de la
sexualidad lleva consigo la procreación. Y los hijos siempre serán hijos
de esos padres, independientemente de lo que digan los sistemas legales,
o las costumbres, o la estructura social. La realidad del bien de los
hijos es un beneficio para los padres, pues les lleva a vivir a un
amor abierto, evitando restringir el amor a la pareja cerrada, fácilmente
estéril y autodestructiva. Los hijos necesitan a los padres desde todos
los puntos de vista. Cerrar los ojos a esta realidad atestiguada en
la medicina, en la psiquiatría, en la educación, en el progreso etc.
es violentar la realidad con ideologías antihumanistas , que siempre
se acaban pagando con sufrimientos y abusos notables
Aún así, la familia de ámbito
occidental de fuerte sello cristiano, es decir, personalista evoluciona
pues también les influye la complejidad de la sociedad, La situación
de la familia en nuestra sociedad es extremadamente compleja, ya que
se encuentra inmersa en un tremendo campo de fuerzas que la presiona
desde múltiples direcciones y en sentidos diversos. Hasta hace poco
la sociedad se basaba en el “que se denomina habitualmente “familia
tradicional”[5],
consiste en un tipo de familia muy estable y fuerte que fue el más difundido
en Europa antes del fenómeno de la industrialización. ¿Cuáles eran las
características de este tipo de familia?
Ante todo era patriarcal
y monárquica. El padre era quien detentaba el poder que era completo
y absoluto. La familia era numerosa y extendida, es decir, era habitual
tener muchos hijos; además, las relaciones con las familias de los hijos
y de los parientes eran muy intensas y frecuentes (hasta el punto de
que, en ocasiones, podían vivir todos juntos en la gran casa familiar,
gobernada por el pater familiae). La familia tradicional, por
otro lado, estaba muy enraizada en el lugar de residencia y en la sociedad
y cumplía importantes funciones sociales:
Era una unidad de producción
económica (agrícola o artesanal) y de consumo. Familia y trabajo
estaban estrechamente unidos: se trabajaba en la familia, con las propiedades
y en los terrenos de la familia, y con los miembros de la familia. Esto
hacía que la institución fuese socialmente muy importante porque en
ella residía buena parte de la capacidad productiva de la sociedad y
de su riqueza. Tenía, además, el efecto de unir de manera muy intensa
a los miembros que la componían. Basta pensar, por ejemplo, que, a causa
de esta estructura la profesión se aprendía dentro de la propia familia,
a través del propio padre;
Era la principal transmisora
de los valores culturales y religiosos. Las personas se educaban
sólo o principalmente en la familia y también allí se transmitían los
valores culturales (lengua, costumbres, etc.) de una generación a otra.
Como además la cultura campesina tiende a ser tradicional y conservadora,
la transmisión de valores era particularmente estable y sólida.
Era el lugar de la socialización
primaria y secundaria, y de la integración social de los sujetos.
En la familia la persona aprendía y adquiría los conocimientos y las
capacidades necesarios para entrar en relación con los otros, tanto
a nivel primario como secundario”[6].
En la actualidad, muy por encima de todas
las uniones de hecho y agrupaciones de tendencia permisiva, sigue siendo
la familia como realidad predominante, pero más reducida a padres e
hijos y muy pocos parientes más, con el añadido de igualdad casi total
entre hombre y mujer y trabajo de ambos fuera del hogar. “La familia
tradicional tan fuerte y sólida fue, sin embargo, desplazada y modificada
por un conjunto de cambios sociales y culturales muy relevantes: la
urbanización, la industrialización, el desarrollo del capitalismo, etc.[7]
dando lugar a otro modelo de familia distinto pero compatible con los
rasgos del modelo familiar occidental. A este nuevo modelo de familia
se le suele denominar familia moderna o nuclear y se puede describir
del siguiente modo: está compuesta por los padres con algunos hijos
y quizá algún familiar, los cuales crean un ambiente privado -fuertemente
separado tanto de la sociedad como del trabajo del padre- en el que
se concede una importancia nueva y relevante a las relaciones interpersonales,
tanto entre la pareja como entre los padres y los hijos. Cambia parcialmente
el papel de la mujer, que adquiere una mayor igualdad con el hombre,
pero al mismo tiempo se produce una división muy precisa de los roles
familiares: al hombre le corresponden los papeles sociales y productivos
fuera del hogar y a la mujer los afectivos y privados en su interior[8].
Los efectos psicológicos, sociales y afectivos están por ver. Desde
luego uno de los efectos es que cuando uno de los padres falla, es dificilísimo
arreglar las cosas; mientras que en la familia tradicional existían
múltiples relaciones que hacían de parachoque, amortiguando los efectos
nocivos de una enfermedad, una ruina o una infidelidad.
Cuando se potencia la dignidad de la persona
en la teoría y en la práctica sea cual sea el tipo de familia se refuerzan
mutuamente. Sin embargo, si se olvida que cada persona es un ser herido
se harán novelas felices, pero se descuidarán las soluciones prácticas
para ayudar a cada uno y a todos en esta realidad tan humana y que lleva
a la felicidad tan directamente, pero que cuando es herida por el pecado
o la desgracia lleva a los dolores más íntimos y profundos. Además conviene
tener en cuenta las estructuras de pecado que pueden dañar esta comunidad
esencial. Aunque haciendo referencia a realidades no familiares es famoso
el exabrupto cínico de Sartre “el infierno son los otros”. No podía
ser de otro modo en un existencialismo individualista y nihilista a
la vez. Por eso es conveniente recordar lo enseñado por el concilio
Vaticano II “La índole social del
hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento
de la propia sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio,
el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser
la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta
necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre
sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de
la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida
social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para
responder a su vocación. De los vínculos sociales que son necesarios
para el cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad política,
responden más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros, proceden
más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por varias causas,
se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias;
de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de derecho
público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre
de socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo,
muchas ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona
humana y para garantizar sus derechos. Mas si la persona humana, en
lo tocante al cumplimiento de su vocación, incluida la religiosa, recibe
mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar que
las circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa desde
su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal.
Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad
social proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras
económicas, políticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia
y del egoísmo humanos, que trastornan también el ambiente social. Y
cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del pecado,
el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos
estímulos para el pecado, los cuales sólo pueden vencerse con denodado
esfuerzo ayudado por la gracia”[9].
La familia –ni siquiera la tradicional- se basta a sí misma. A lo largo
de la historia se han conocido muchos modos de agruparse los seres humanos:
clanes, tribus, naciones, estados. Existe una tendencia fuerte a la
unidad cada vez mayor que podemos llamar imperios, aunque nunca se ha
llegado al imperio mundial. Y, a la vez, una fuerte tendencia a la tribu
o al clan. Pueden coexistir estas dos tendencia bien coordinadas. Lo
peligroso de la primera es anular las diferencias y resolverse en algún
modo de totalitarismo que coarte o suprima la libertad personal en aras
de bienes mucho menores. A su vez lo pequeño lleva a que el individuo
se sienta en sus propias raíces a gusto. El cosmopolitismo nunca ha
sido fenómeno de masas, ni siquiera en tiempos pretendidamente globalizadores
e interculturales. El peligro es el exclusivismo, más o menos combativo,
por motivos de agravios históricos, económicos, racistas o ideológicos.
Conviene recordar que la civilización del amor sólo es posible en la
medida en que se hace realidad el perdón. Sin embargo, el perdón es
una de las novedades cristianas por excelencia y una de las grandes
misiones de la Iglesia en el mundo.
La tendencia a la unión de todos los pueblos se encuentra muy clara en la
Revelación como don de Dios en la Segunda Venida de Cristo –Parusía-.
La Iglesia es consciente de su elevada misión. “la Iglesia es en Cristo
como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios
y de la unidad de todo el género humano”[10]. De ningún modo quiere decir esta unión que se
trate de un imperio mundial, sino de un verdadero Reino de Dios, es
decir que la Iglesia es el instrumento de Dios para que los hombre sean
hermanos de un solo Padre que los une al Hijo Unigénito hecho hombre
en Cristo. Esta unida parece imposible a los hombres que se enzarzan
en divisiones continuas, en odios seculares, en guerras imposibles de
detener por medios humanos. Pero sí la realiza el Espíritu Santo que
es el gran Don del Padre y del Hijo a los hombres para que sean unidos
por el Vínculo de amor con que los une el Espíritu Santo. La unión no
será política, ni homogeneizadora, sino de una fraternidad que se hace
realidad en el tiempo de la Iglesia en actos de amor inducidos por el
Espíritu de amor a los hombre que quieran. “Así, pues ora y trabaja
a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore
al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en
Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre
universal”[11].
Para que una sociedad sea humana, debe
sustentarse en una antropología lo más adecuada posible y la antropología
que estamos mostrando lo es en un sentido muy pleno. Veamos un cuadro
que nos puede servir para recordar algo de lo dicho:
El amor
del hombre es un amor ternario, a imagen del amor divino. No es un amor
egoísta que usa al otro, cosa evidente, pues eso no es amor. Pero tampoco
es un amor dual pues se empobrecería en poco tiempo, es necesaria una
renovación que sólo puede venir de un tercero en el amor. En la Trinidad
esa novedad la da con fuerza el Espíritu Santo, vínculo y don. En la
familia, los hijos. Relaciones ternarias. Puede ser útil un esquema
necesariamente incompleto, pero pedagógico de lo dicho sobre la persona
y Dios para entender también la vida social.
Figura 12
| Trinidad |
Relaciones subsistente |
Griegos |
Ramón Llull |
Dinámica |
Actuación |
Facultad |
| Padre |
Paternidad |
Agape |
Amante |
Activo |
Dar ser |
voluntad |
| Hijo |
Filiación |
Filia |
Amado |
Pasivo |
Darse |
inteligencia |
| E. Santo |
Espiración |
Koinonía |
Amador |
Activo/pasivo |
Dar |
corazón |
Es una
aproximación –no exacta, ni mucho menos- pero válida para expresar el
misterio del hombre y la sociedad desde el origen que es Dios. Pero
más en concreto veamos las condiciones de la sociedad personal.
Libre. Es ineludible e inalienable y ahí radican los derechos humanos considerados
de una manera personalista, no individualista ni colectivista.
Amorosa. La meta es la civilización del amor. Para ello se requiere una consideración
renovada de las leyes que pasaron históricamente de ordenación de la
razón al positivismo jurídico, es decir al fruto natural del racionalismo
que es el voluntarismo y de ahí a la promoción de muchas leyes que en
realidad no lo son sino que son sanciones coactivas o indicativas del
permisivismo moral. Volver a la sabiduría en su sentido más pleno y
con un sentido de la verdad que obliga a los gobernantes y a los legisladores
en conciencia. Con atención a los débiles y con un sistema penal basado
en la regeneración moral y la asistencia sanitaria, no sólo en la vindicación.
Se evitaría el capricho como amor, el escándalo como libertad de expresión
con prioridades claras en la política común.
Amante de la belleza. Elevación de la fiesta como aglutinante
de la comunidad. Fomentar la unidad del saber (reunir el trivium y el
quadrivium)
Radicada en la búsqueda
de la Verdad, que la que ha hecho grandes a los pueblos y lejanos
a las tiranías. Educación libre más allá de la instrucción o de la indoctrinación
ideológica.
Con corazón, no con
sentimentalismo, evitando las crueldades típicas de los sistemas individualistas
y colectivistas. Las personas son más importantes que las cosas, y un
subnormal profundo vale más que todo el oro del mundo lujoso, por ejemplo
podían ser concreciones de esta ideas. Superando estructuras de pecados
producidas por el ser herido y pecador que es el hombre. Para ello se
requiere valentía, fortaleza y capacidad de perdón. Solidaria, intercultural,
abierta en los grupos sociales. Reequilibrio constante.
Puede ser útil de los modos
organizativos señalados por los griegos, en continua evolución.
Monarquía –gobierno de uno, siempre se acaba
así.----deterioro tiranías; se supera con
Aristocracia- gobierno de los más preparados-----
deterioro oligarquía; se supera con
Democracia- gobierno de todos----- deterioro:
demagogia, anarquía: se superan con la vuelta a iniciar el ciclo
con una monarquía que impone orden.
En Occidente se utiliza
un sistema mezcla de Monarquía (presidente), aristocracia (ministros,
senadores, parlamentarios) y democracia (aceptación de la mayoría del
pueblo)
Un añadido excelente y difícil
en la práctica es la división de los poderes ejecutivos, legislativos
y judiciales. Se puede añadir la libertad de expresión llamada cuarto
poder, pero que con facilidad es medio de manipulación en un sentido
o en otro.
Edith Stein cita varios
ejemplos para resumir esta pertenencia sin que se incurra en las deformaciones
racistas o excluyentes.
a) La comunidad popular
puede descansar en la comunidad de sangre, pero no la presupone necesariamente.
Es decir, no es preciso que cuantos pertenezcan a una comunidad popular
sean del mismo linaje. Puede suceder que la comunidad popular surgida
de diversos pueblos se convierta por mezcla de sangres en una nueva
comunidad de sangre, pero también es posible que distintos pueblos pasen
a formar una comunidad popular sin mezcla de sangres (las tribus alemanas,
los distintos pueblos de Rusia).
b) La comunidad de sangre
no es suficiente como fundamento de una comunidad popular, sino que
a ella debe añadirse una comunidad espiritual.
c) El pueblo y el Estado
no son la misma cosa. Por regla general, un pueblo crece hasta convertirse
en una organización estatal, es decir, entre sus funciones espirituales
se cuenta la de darse una forma estatal. Pero también puede suceder
que un pueblo desaparezca sin haber llegado a organizarse en un Estado.
Por otra parte, un pueblo puede sobrevivir a su Estado. Es asimismo
posible que la fundación del Estado preceda al surgimiento de un pueblo
y constituya su base, como fue el caso en Norteamérica. (El caso excepcional
de la fundación racional de un Estado siguiendo el modelo del “contrato
social” de Rousseau).
Estamos ante un pueblo cuando
estamos ante una vida en común que cuando menos aspira a abarcar todas
las funciones vitales del hombre. y cuando éste es el caso, estamos
también ante el modo de ser propio de un pueblo o el carácter de un
pueblo) que se expresa en todo el estilo de vida del mismo. Se trata
por un lado del carácter de todo el pueblo, que se muestra en su conducta
externa e interna. Autoconciencia tranquila a la par que orgullosa,
serena valoración de otros, una política internacional sin miramientos:
éstas son a nuestros ojos otras tantas características del pueblo inglés.
Un sentimiento nacional apasionado y en constante tensión, y una valoración
ideológica de sí misma y de su misión en el mundo, parecen ser características
de Francia.
Con el carácter del pueblo
guarda una relación muy estrecha, sin que por ello se identifique con
él, el tipo del pueblo, es decir, el tipo del inglés o del francés como
tales. A este tipo se añaden otros que están en correspondencia con
el respectivo carácter como miembro del todo del pueblo. El dirigente
del pueblo, el representante del mismo, el ciudadano medio, el proletario
son tipos distintos dentro del todo, y presentan además en Alemania,
en Francia, etc., características diferentes[12].
Los orígenes son muy importantes
en un pueblo, pero mucho más su historia y su cultura, además de tener
algunos proyectos comunes. Cuando un pueblo de desmoraliza se disgrega
en banderías o individualismos insolidarios. En la formación de esta
cultura tiene importancia decisiva la vida religiosa, no es lo mismo
adorar a un Dios justiciero y lejano, que muchos dioses caprichosos,
que pensar que las plantas tiene demonios que te pueden atacar, que
creer que Dios es Padre que quiere a sus hijos libres y con la obligación
de amarse. Al darse en la religión respuesta a las cuestiones más esenciales,
es lógico que el carácter de pueblo más esencial dependa de las convicciones
religiosas. Otros motivos: agravios de otros pueblos, lengua, clima,
gobernantes honestos o corruptos son importantes, pero secundarios respecto
a lo más fundamental.
Juan Pablo II insiste entre
la paz pública y la moral en diversos niveles, cuando se olvida se llega
a grandes abusos como se ha visto en el siglo XX de poco profundidad
antropológica.
”Contrastando la visión de quienes pensaban en la política como un ámbito
desvinculado de la moral y sujeto al solo criterio del interés, Juan
XXIII, a través de la Encíclica «Pacem in terris», presentó una imagen
más verdadera de la realidad humana e indicó el camino hacia un futuro
mejor para todos. Precisamente porque las personas son creadas con la
capacidad de tomar opciones morales, ninguna actividad humana está fuera
del ámbito de los valores éticos. La política es una actividad humana;
por tanto, está sometida también al juicio moral. Esto es también válido
para la política internacional. El Papa escribió: «La misma ley natural
que rige las relaciones de convivencia entre los ciudadanos debe regular
también las relaciones mutuas entre las comunidades políticas» («Pacem
in terris», III: l.c., 279). Cuantos creen que la vida pública internacional
se desarrolla de algún modo fuera del ámbito del juicio moral, no tienen
más que reflexionar sobre el impacto de los movimientos por los derechos
humanos en las políticas nacionales e internacionales del siglo XX,
recientemente concluido. Estas perspectivas, que anticipó la enseñanza
de la Encíclica, contrastan claramente con la pretensión de que las
políticas internacionales se sitúen en una especie de «zona franca»
en la que la ley moral no tendría ninguna fuerza.
Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten
cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar
el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar
verdaderamente hacia la paz. Hace falta partir de esta verdad. Ésta
es siempre más liberadora que cualquier forma de propaganda, especialmente
cuando dicha propaganda sirviera para disimular intenciones inconfesables.
Hay una relación inseparable entre el compromiso por la
paz y el respeto de la verdad. La honestidad en dar informaciones, la
imparcialidad de los sistemas jurídicos y la transparencia de los procedimientos
democráticos dan a los ciudadanos el sentido de seguridad, la disponibilidad
para resolver las controversias con medios pacíficos y la voluntad de
acuerdo leal y constructivo que constituyen las verdaderas premisas
de una paz duradera. Los encuentros políticos a nivel nacional e internacional
sólo sirven a la causa de la paz si los compromisos tomados en común
son respetados después por cada parte. En caso contrario, estos encuentros
corren el riesgo de ser irrelevantes e inútiles, y su resultado es que
la gente se siente tentada a creer cada vez menos en la utilidad del
diálogo y, en cambio, a confiar en el uso de la fuerza como camino para
solucionar las controversias. Las repercusiones negativas, que tienen
los compromisos adquiridos y luego no respetados sobre el proceso de
paz, deben inducir a los Jefes de Estado y de Gobierno a ponderar todas
sus decisiones con gran sentido de responsabilidad.
«Pacta sunt servanda», dice el antiguo adagio. Si han
de respetarse todos los compromisos asumidos, debe ponerse especial
atención en cumplir los compromisos asumidos para con los pobres.
En efecto, sería particularmente frustrante para los mismos no cumplir
las promesas consideradas por ellos como de interés vital. Con esta
perspectiva, el no cumplir los compromisos con las naciones en vías
de desarrollo constituye una seria cuestión moral y pone aún más
de relieve la injusticia de las desigualdades existentes en el mundo.
El sufrimiento causado por la pobreza se ve agudizado dramáticamente
cuando falta la confianza. El resultado final es el desmoronamiento
de toda esperanza. La existencia de confianza en las relaciones
internacionales es un capital social de valor fundamental.
Si se examinan los problemas profundamente, se debe reconocer que
la paz no es tanto cuestión de estructuras, como de personas. Estructuras
y procedimientos de paz --jurídicos, políticos y económicos-- son
ciertamente necesarios y afortunadamente se dan a menudo. Sin embargo,
no son sino el fruto de la sensatez y de la experiencia acumulada
a lo largo de la historia a través de innumerables gestos de paz,
llevados a cabo por hombres y mujeres que han sabido esperar sin
desanimarse nunca. Gestos de paz se dan en la vida de personas que
cultivan en su propio ánimo constantes actitudes de paz. Son obra
de la mente y del corazón de quienes «trabajan por la paz» (Mt 5,
9). Gestos de paz son posibles cuando la gente aprecia plenamente
la dimensión comunitaria de la vida, que les hace percibir el significado
y las consecuencias que ciertos acontecimientos tienen sobre su
propia comunidad y sobre el mundo en general. Gestos de paz crean
una tradición y una cultura de paz.
La religión tiene un papel vital para suscitar gestos de paz y consolidar
condiciones de paz. Este papel lo puede desempeñar tanto más eficazmente
cuanto más decididamente se concentra en lo que la caracteriza:
la apertura a Dios, la enseñanza de una fraternidad universal y
la promoción de una cultura de solidaridad” [13].
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