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La persona humana pasa por
la muerte. El interrogante sobre la muerte es intenso y no se puede
soslayar. Decir que la muerte es la separación del alma y el cuerpo
no basta, pues es como decir que si como me alimento y sobrevivo. La
muerte es el interrogante sobre la vida. La muerte es una herida en
lo más íntimo que lleva a pensar. La muerte es un mal de tal modo que
llega a ser una pasión involuntaria. Si no existiese la muerte alguno
dice que pocos, o ninguno, pensaría. La muerte es una herida al pensamiento.
Cuando se presenta como realidad que sucederá a uno no cabe la frialdad
del estoico. Vienen miedos, preguntas, rechazos, o si la vida es muy
santa o muy desgraciada, incluso desearla, pero no es posible quedarse
indiferente. No se puede conocer a una persona si no se conoce su respuesta
ante la muerte, o si no se ha visto como reacciona ante la muerte de
los seres queridos, o ante el anuncio de una muerte próxima. Todas las
religiones y todas las filosofías han dado respuestas. Aquí vamos a
pensar también desde la perspectiva de ese alguien que quiere vivir
eternamente y es consciente de esta forma de vivir que ahora vive pasará.
De pocas cosas puede estar seguro el ser humano, pero todos, incluso
los niños, saben que morirán seguro.
Puede servir considerar la reacción de
la mayoría de las personas ante la muerte de un ser querido. El sufrimiento
es grande y puede ser uno de los más agudos que se experimentan en esta
vida. Saber que nunca más se va a ver en esta vida al difunto querido
es doloroso. El enterramiento es una realidad que deja perplejo. Realmente
la muerte es una pena, un castigo, difícil de entender y asimilar. Decir
que: ¡es la vida!, es como no decir nada. El espectáculo del reparto
de las pertenencias del que acaba de morir -que nada material se lleva-
es, en ocasiones, macabro, y no son infrecuentes las disensiones entre
los vivos, como si ellos mismos no fuesen a pasar por el mismo trance.
El pensamiento de la propia
muerte también deja perplejo, aunque cuesta aceptar que realmente vaya
a suceder; esto es más frecuente entre los jóvenes. Si se piensa que
todo se acaba con la muerte toda actividad noble pierde el sentido.
Decir que se trabaja para el recuerdo en la historia no es más que una
frase, además pocos dejan huella visible en el mundo de los hombres.
Con nada vinimos al mundo y con nada nos marcharemos de él, salvo los
efectos en el alma de las obras buenas o malas realizadas. Pensar en
la descomposición del propio cuerpo asusta, y el envejecimiento es un
adelanto de lo que sucederá. La semilla de inmortalidad existente en
el hombre se resiste a la desaparición definitiva. La razón y la fe
se unen para hablar de una existencia en el más allá. ¿En qué consiste
esa existencia? Es lo que vamos a ver en los próximos apartados.
"Frente a la muerte, el enigma de
la condición humana alcanza su cumbre". En un sentido, la muerte
corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario
del pecado”.[1]El dato es importante,
se trata de algo que se ha introducido violentamente en este mundo de
los hombres como un desgarro.
Por otra parte, “la muerte es el final
de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el
curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos
de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de
la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el
recuerdo de nuestra mortalidad sirve también par hacernos pensar que
no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra
vida” [2].
El sentido de la vida no lo puede marcar nada efímero (dinero, placer,
honores, duración).
La Iglesia insiste en que “la muerte es
consecuencia del pecado. La muerte entró en el mundo a causa del pecado
del hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo
destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios
de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. "La
muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera
pecado"[3]
La Redención
afecta a la muerte y a su sentido en la vida de los hombres, pues “la
muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también
la muerte, propia de la condición humana”[4]“Gracias
a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo”[5].”En la muerte Dios
llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia
la muerte un deseo semejante al de San Pablo: "Deseo partir y estar
con Cristo”
[6] “La vida de los que
en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra
morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.(MR, Prefacio
de difuntos).
Por otra parte no hay dos, ni muchas vidas,
ni esa tortura de la reencarnación que lo único que podría hacer es
retrasar el problema y agravar los problemas sociales.”La muerte es
el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia
y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según
el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido
fin "el único curso de nuestra vida terrena", ya no volveremos
a otras vidas terrenas. "Está establecido que los hombres mueran
una sola vez". No hay "reencarnación" después de la muerte”[7].
Sabemos que “por la muerte, el alma se
separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible
a nuestro cuerpo transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como
Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos
en el último día”[8]
Nadie ha vencido a la muerte. Ningún médico,
ni ningún avance científico puede hacerlo. Pero Cristo venció a la muerte
y resucitó. “Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por
nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su Padre.
Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la
posibilidad de la salvación”[9]
Después de Cristo la muerte ya no es una puerta que se cierra en el
absurdo, sino
una puerta que se abre a la vida eterna.
El cristiano es realista
y optimista ante la muerte. No cierra los ojos ante la muerte, pero
sabe que Cristo la vencido, pues ha resucitado. Nadie ha vencido a la
muerte. Cristo, sí. El cristiano sabe que debe morir con Cristo, libre
de pecado y así alcanzará la vida eterna. Esa convicción le permite
decir: “Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la
muerte[10], o ¡Bienvenida
sea nuestra hermana la muerte!” [11].
Ya que morir es cambiar de casa, nada más [12], o como recoge la
copla de Santa Teresa Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/
que muero porque no muero con la que expresa la preferencia por
la vida eterna y la pena por el alargarse el tiempo de espera para alcanzarla.
Se pueden recoger múltiples testimonios
en la conciencia cristiana semejantes a los citados, como el cuarteto
que escribía poco antes de morir, consciente de su enfermedad, Martín
Descalzo Morir es sólo morir. Morir se acaba/ Morir es una hoguera
fugitiva./Es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto
se buscaba. En definitiva la muerte no es sólo un suceso
biológico violento, sino el encuentro con Dios que sale a recibirnos.
Pero pensemos también en la muerte desde el punto
de vista de los que quieren al difunto. Siguen vivos y ven algunas de
las consecuencias de la muerte evidentemente dolorosas. Ya no se da
en el difunto ninguna manifestación de vida intelectual; el cuerpo se
descompone rápidamente y es necesario enterrar el cadáver o incinerarlo.
La experiencia del entierro es dolorosa; es un adiós también al cuerpo
a través del cual aún se recordaba al que fue vivo. ¡Cabe quedarse indiferente
ante este hecho, más aún cuando se tiene la certeza que lo mismo ocurrirá
a uno mismo!
La muerte es una pena causada por el pecado
original. Todos los hombres hemos de morir de una manera dolorosa, aunque
la fe nos muestre su lado positivo, como paso a la vida definitiva que
es la vida eterna con Dios. La muerte es una penitencia también para
los que quedan vivos.
Si seguimos la narración bíblica es posible
reconstruir los efectos del pecado original en nuestros primeros padres:
la vergüenza, el dolor en el trabajo, el dolor en el parto, la pérdida
de la visión directa de Dios, el desorden en los sentidos y en las
pasiones. Todo esto eran penas que se acumulaban penitencialmente sobre
nuestros primeros padres. Pero no tenían experiencia de la muerte. Esta
experiencia les vino de una manera especialmente dolorosa con la muerte
de Abel en manos de Caín. Debió ser un trauma duro para ellos que, además,
eran conscientes que la responsabilidad última era de ellos por su desobediencia.
El hijo muerto en brazos de la madre conmueve más aún si se piensa en
el sentimiento de culpa que debía tener. Fue una autentica penitencia
de su pecado
¿Cómo hubiera sido el paso a la vida eterna
sin el pecado original? Quizá como un sueño, un dulce tránsito como
el de María Santísima en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.
El pecado trasformó ese tránsito en una muerte penitente. Así es para
todo ser humano la muerte de los seres queridos, y por extensión toda
muerte. La muerte de los otros es un desgarro, una separación irreparable
en esta vida, es algo que duele en lo más íntimo.
Vale la pena darle un sentido penitencial
a la muerte de los demás. La pena que produce la pérdida del ser querido
puede transformarse en una auténtica oración y en un sacrificio agradable
a Dios. Una oración recia y viril para estos casos es la que recoge
Camino: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la
justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén.-Amén"[13]. Las posibles lágrimas
y el dolor se pueden convertir en sacrificios que lavan los egoísmos
y limpian los pecados de los hombres.
San Agustín y su madre Santa Mónica nos
dan un buen ejemplo de cómo convertir el dolor de una muerte en penitencia.
Así lo cuenta el mismo Agustín en sus confesiones la madre le dijo en
aquel sabroso coloquio: “Hijo, por lo que a mí toca, ninguna cosa
me deleita ya en esta vida. No sé que hago en ella ni para qué vivo,
sin tener qué esperar en este mundo. Una sola cosa por la que deseaba
detenerme un poco en esta vida era para verte cristiano
católico antes de mi muerte. Dios me lo ha concedido más
colmadamente. Después del entierro San Agustín dice reprimido
el llanto tomó Evodio el Salterio y comenzó a cantar, respondiéndole
toda la casa, el salmo 100: misericordia y justicia os cantaré, Señor.
Sufre, pero sufre con paz, porque la esperanza le conforta.
La muerte de los que nos son próximos también es un
aviso que conviene tener presente. Cada uno debe pensar que a él le
llegará ese momento y le sucederán cosas similares a las que ve en el
difunto situado delante de sus ojos.
Si se piensa en el propio
cuerpo contrastan los cuidados que se le suelen dar y la estima con
que se le mima con el miserable lugar a donde irá a parar. Mirar una
sepultura da horror, más aún si contiene restos humanos. Fray Luis de
Granada con toda la expresividad realista del barroco lo dice así: "como
ve aquel cuerpo ,a quién él solía tratar con tanto regalo, y aquel vientre,
a quien él tenía por su dios, y aquel paladar, a cuyos deleites servían
el mar y la tierra, y aquella carne para quien se tenía el oro y la
seda y se apareaba la cama grande y regalada, ha de ser echada en tan
miserable muladar y ha de ser pisada y comida de gusanos"[14].Lo
pasado no retorna, salvo la memoria recuerda perdiendo intensidad con
el tiempo y clama con dolor: no volveré nunca más.
La muerte es así. Es lo que recoge Camino Aquellos
cuadros de Valdes Leal, con tanta carroña distinguida -obispos, calatravos-
en viva podredumbre, me parece imposible que no te muevan. Pero ¿y el
gemido del duque de Gandía: no más servir a señor que se me pueda morir?
[15]. Conviene reflexionar
sobre esta verdad conocida de todos, pero fácilmente escondida. Es seguro
que tanto el alma como el cuerpo recibirán un trato más adecuado.
Pensando sólo en el alma la muerte puede ser algo
gozoso o muy penoso. Si el alma está en gracia de Dios el cielo está
abierto, Dios le espera al fiel con los brazos abiertos. La muerte del
justo es encuentro amoroso con Dios. Si el alma resiste rebelde sin
querer salir del pecado mortal, la muerte es terrible. Al que muere
en pecado sólo le queda el infierno. Jesús insistió mucho en esta realidad
sin ambigüedades para que nadie se pudiera llevar a engaño. San Agustín
expresa así la clara doctrina evangélica: En vano muchísimos,
llevados de cierta compasión humana, creen que las penas del infierno
no han de ser eternas y tratan de suavizar las afirmaciones inflexibles
de la Escritura por impulso propio o inclinándose a opiniones menos
rigurosas, pues creen que han sido formuladas con el fin de atemorizar
más bien que con el de decir la verdad (...) de los condenados dijo:
Y éstos irán al suplicio eterno para que de igual modo no se crea que
ha de tener fin alguna vez la felicidad de aquellos de quienes se dijo:
Más los justos a la vida eterna [16].
Conviene no olvidar que de Dios nadie
se burla, como enseña San Pablo. El recuerdo de la muerte
es un aviso para no vivir a la ligera y limpiar el alma de todo pecado.
Ante la muerte de un ser querido el único consuelo
verdaderamente profundo es el que dio Jesús a Marta: resucitará tu
hermano. No puedes esquivar la muerte, no puedes retroceder
al tiempo pasado, pero puedes pensar en el tiempo futuro. Las almas
se reencontrarán en Dios si han sido fieles en vida y los cuerpos también,
pues resucitarán al final de los tiempos cuando Cristo venga glorioso
y desaparezca el último enemigo, que es la muerte. Consuela mirar o
pensar en el ser querido si se le supone feliz en cielo y soñar con
el momento del reencuentro definitivo. Además, los resucitados superarán
al final de los tiempos todas las lacras que arrastra la humana condición
con el envejecimiento, las mutilaciones, las enfermedades. Cada uno
adquirirá su máxima hermosura. Esta es la respuesta de la fe ante la
inquietud que nos presenta la muerte en esta vida. Respuesta llena de
esperanza, que no deja de avisar sobre la necesidad de tener el alma
bien limpia ante ese Dios Justo y amoroso que juzgará a todo hombre
según la rectitud de su conciencia.
La inmortalidad no es sólo
cuestión de fe, es también verdad alcanzada de razón. Las operaciones
de pensar y querer son propias de una substancia espiritual. El alma
tiene capacidad de operaciones separadas del cuerpo, se deduce que es
una substancia que podría subsistir por sí misma. No puede morir porque
no puede dividirse una substancia simple y espiritual.
La noción del actus essendi permite fundar adecuadamente
la inmortalidad del alma humana. El alma es sustancia en virtud del
esse que posee, y en tanto que sustancia el alma está compuesta de una
esencia que es una forma espiritual y del acto de ser que la actualiza.
El alma es forma del cuerpo y a la vez es sustancia, pero lo que hace
de ella una sustancia es el esse que ejerce. Al perderse la noción del
esse en el pensamiento moderno, se perdió también la concepción del
alma como una sustancia constituida por una forma simple y su acto de
ser.
La materia se puede destruir
porque tiene partes. Cuando éstas se separan se descompone. Veamos
un ejemplo: un triángulo material se puede descomponer en otros triángulos
o diversas formas, porque es susceptible de división. Un triángulo en
la mente no puede dividirse o deja de ser triángulo. Si esto sucede
con los conceptos, más aún con las subsistencias espirituales. La muerte
es división, separación del alma del cuerpo, éste se destruye, pero
el alma al ser una substancia indivisible no muere.
El alma es una substancia
espiritual más o menos llena de conceptos y de amores, pero es más que
una idea, es una substancia espiritual, no admite descomposición, por
ello a la evidencia de su existencia por las operaciones que posee,
se sigue que es inmortal. Esto coincide con la experiencia del hombre
que se resiste a la idea de desaparecer definitivamente con la muerte
y ser un ser absurdo. El hombre no es un ser para la muerte, o lo que
es lo mismo un ser para el absurdo o para la nausea como afirmaban los
existencialistas. El hombre ambiciona una felicidad plena que sólo le
puede ser dada por el Bien infinito que es Dios. Desea además que sea
para siempre y con la felicidad el amor, la justicia y todas las cosas
buenas. Estas experiencias corresponden al razonamiento que dice que
el alma es inmortal porque es una substancia espiritual.
Se pueden seguir otros argumentos
que en esquema son: el hombre vive para amar, este amor es imposible
que sea eterno en la vida mortal, luego debe pervivir el hombre para
poder amar y querer. Igual se puede hacer con el deseo de felicidad.
La voluntad o deseo querida y que quiere que llevan a que la felicidad
ambicionada es imposible y conformarse lleva al absurdo y cuando llegan
los dolores y la muerte al desespero o al absurdo, ambas realidades
nada felices. El alma es inmortal y ambiciona la unión con el cuerpo.
La fe enseña también lo
mismo: el alma es inmortal. Ya veremos más adelante que ocurre con
el alma después de la muerte, pero bástenos ver que la razón puede demostrar
y demuestra lo que todo ser humano anhela y percibe: que no se acaba
todo con la muerte. La Iglesia afirma su origen en Dios mismo por creación
y su inmortalidad: "La Iglesia enseña que cada alma espiritual
es directamente creada por Dios -no es "producida" por los
padres-, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en
la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final"
(Catecismo 366).
Las consecuencias de estos
razonamientos son enormes. El hombre no es un ser para la muerte, abocado
a la angustia o a la trivialidad. Cada hombre es un ser para la eternidad
que vive un tiempo en la tierra como un tiempo de prueba para fijar
su libertad en el amor. La espiritualidad del alma lleva a la noción
de persona bien fundada. El hombre no es algo sino "alguien ante
Dios y para siempre". Piensa y ama porque es libre. Si fuese sólo
materia no podría ser libre, pues estaría determinado por las leyes
físicas y biológicas[17].
Si se sigue
el superficial pensamiento de Epicuro de que cuando yo vivo no es tá
la muerte y cuando está la muerte, no estoy yo, se recae en miles de
preguntas y irracionalidades, sólo el placer pasajero y la irresponsabilidad
queda resuelto, pero no la muerte de un hijo, el final de un proyecto,
de trabajo, la justicia distribuida desigualmente, el miedo que provoca
a todos, el absurdo en definitivo como lo expresa Camus especialmente
tras las penas de la II Guerra mundial y la falta de respuestas de los
intelectuales del momento llenos de irresponsabilidad, cuando no de
malicia. Lo cierto es que el hombre muere y que el hombre es un ser
para la eternidad. Esta es la realidad que marca la vida del hombre.
Aún sin fe dice Rabrindanath Tagore con esperanza: “Cuando perdemos
de vista el conjunto de la vida, la muerte representa un vacío, pero
no es más que un factor. Si miramos al microscopio un trozo de paño,
también veremos que se parece a una red de amplias mallas, y temblaremos
de frío al advertir aquellos grandes agujeros. Lo cierto es que la muerte
no es la verdad última. Nos parece negra del mismo modo que el cielo
nos parece azul; pero la muerte no ennegrece la existencia, del mismo
modo que el azul celeste no macula las alas de las aves.”[18].
Una conocida actriz, hace
no mucho tiempo, declaraba en el reportaje concedido a una revista:
“Yo soy católica, pero creo en la reencarnación. Ya averigüé que ésta
es mi tercera vida. Primero fui una princesa egipcia. Luego, una matrona
del Imperio Romano. Y ahora me reencarné en actriz”. Resulta, en verdad,
asombroso comprobar cómo cada vez es mayor el número de los que, aún
siendo católicos, aceptan la reencarnación. Una encuesta realizada en
la Argentina por la empresa Gallup reveló que el 33% de los encuestados
cree en ella. En Europa, el 40% de la población se adhiere gustoso a
esa creencia. Y en el Brasil, nada menos que el 70% de sus habitantes
son reencarnacionistas. Por su parte, el 34% de los católicos, el 29%
de los protestantes, y el 20% de los no creyentes, hoy en día la profesan.
La fe en la reencarnación, pues, constituye un fenómeno mundial. Y por
tratarse de un artículo de excelente consumo, tanto la radio como la
televisión, los diarios, las revistas, y últimamente el cine, se encargan
permanentemente de tenerlo entra sus ofertas
La reencarnación es la creencia
según la cual, al morir una persona, su alma se separa momentáneamente
del cuerpo, y después de algún tiempo toma otro cuerpo diferente para
volver a nacer en la tierra. Por lo tanto, los hombres pasarían par
muchas vidas en este mundo. ¿Y por qué el alma necesita reencarnarse?
Porque en una nueva existencia debe pagar los pecados cometidos en la
presente vida, o recoger el premio de haber tenido una conducta honesta.
El alma está, dicen, en continua evolución. Y las sucesivas reencarnaciones
le permite progresar hasta alcanzar la perfección. Entonces se convierte
en un espíritu puro, ya no necesita más reencarnaciones, y se sumerge
para siempre en el infinito de la eternidad. Esta ley ciega, que obliga
a reencarnarse en un destino inevitable, es llamada la ley del “karma”
(=acto). Para esta doctrina, el cuerpo no sería más que una túnica
caduca y descartable que el alma inmortal teje por necesidad, y que
una vez gastada deja de lado para tejer otra. Existe una forma aún más
escalofriante de reencarnacionismo, llamada “metempsicosis”, según la
cual si uno ha sido muy pecador su alma puede llegar a reencarnarse
en un animal, ¡y hasta en una planta!
Quienes creen en la reencarnación
piensan que ésta ofrece ventajas. En primer lugar, nos concede una segunda
(o tercera, o cuarta) oportunidad. Sería injusto arriesgar todo nuestro
futuro de una sola vez. Además, angustiaría tener que conformarnos con
una sola existencia, a veces mayormente triste y dolorosa. La reencarnación,
en cambio, permite empezar de nuevo. Por otra parte, el tiempo de una
sola vida humana no es suficiente para lograr la perfección necesaria.
Esta exige un largo aprendizaje, que se va adquiriendo poco a poco.
Ni los mejores hombres se encuentran, al momento de morir, en tal estado
de perfección. La reencarnación, en cambio, permite alcanzar esa perfección
en otros cuerpos. Finalmente, la reencarnación ayuda a explicar ciertos
hechos incomprensibles, como por ejemplo que algunas personas sean más
inteligentes que otras, que el dolor esté tan desigualmente repartido
entre los hombres, las simpatías o antipatías entre las personas, que
algunos matrimonios sean desdichados, o la muerte precoz de los niños.
Todo esto se entiende mejor si ellos están pagando deudas o cosechando
méritos de vidas anteriores.
Las más antiguas civilizaciones
que existieron, como la sumeria, egipcia, china y persa, no conocieron
la reencarnación. El enorme esfuerzo que dedicaron a la edificación
de pirámides, tumbas y demás construcciones funerarias, demuestra que
creían en una sola existencia terrestre. Si hubieran pensado que el
difunto volvería a reencarnarse en otro, no habrían hecho el colosal
derroche de templos y otros objetos decorativos con que lo preparaban
para su vida en el más allá. La primera vez que aparece la idea de la
reencarnación es en la India, en el siglo VII a.C. Aquellos hombres
primitivos, muy ligados aún a la mentalidad agrícola, veían que todas
las cosas en la naturaleza, luego de cumplir su ciclo, retornaban. Así,
el sol salía par la mañana, se ponía en la tarde, y luego volvía a salir.
La luna llena decrecía, pero regresaba siempre a su plena redondez.
Las estrellas repetían las mismas fases y etapas cada año. Las estaciones
del verano y el invierno se iban y volvían puntualmente. Los campos,
las flores, las inundaciones, todo tenía un movimiento circular, de
eterno retorno. La vida entera parecía hecha de ciclos que se repetían
eternamente. Esta constatación llevó a pensar que también el hombre,
al morir, debía otra vez regresar a la tierra. Pero como veían que el
cuerpo del difundo se descomponía, imaginaron que era el alma la que
volvía a tomar un nuevo cuerpo para seguir viviendo. Con el tiempo,
aprovecharon esta creencia para aclarar también ciertas cuestiones vitales
(como las desigualdades humanas, antes mencionadas), que de otro modo
les resultaban inexplicables para la incipiente y precaria mentalidad
de aquella época.
Cuando apareció el Budismo
en la India, en el siglo V a.C., adoptó la creencia en la reencarnación.
Y por él se extendió en la China, Japón, el Tíbet, y más tarde en Grecia
y Roma. Y así, penetró también en otras religiones, que la asumieron
entre los elementos básicos de su fe.
La Biblia y la reencarnación
En la Biblia se rechaza de plano reencarnación, es
más da la sensación de que ni se quiere tratar demasiado el tema como
si considerase demasiado absurdo. Por ejemplo, el Salmo 39, que es una
meditación sobre la brevedad de la vida, dice: “Señor, no me mires con
enojo, para que pueda alegrarme, antes de que me vaya y ya no exista
más” (v.14). También el pobre Job, en medio de su terrible enfermedad,
le suplica a Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: “Apártate
de mí. Así podré sonreír un poco, antes de que me vaya para no volver,
a la región de las tinieblas y de las sombras” (10,21.22). Y un libro
más moderno, el de la Sabiduría, enseña : “El hombre, en su maldad,
puede quitar la vida, es cierto; pero no puede hacer volver al espíritu
que se fue, ni liberar el alma arrebatada por la muerte’’ (16,14). La
creencia de que nacemos una sola vez, aparece igualmente en dos episodios
de la vida del rey David. El primero, cuando una mujer, en una audiencia
concedida, le hace reflexionar: “Todos tenemos que morir, y seremos
como agua derramada que ya no puede recogerse” (2 Sm 14,14). El segundo,
cuando al morir el hijo del monarca exclama: “Mientras el niño vivía,
yo ayunaba y lloraba. Pero ahora que está muerto ¿para qué voy a ayunar?
¿Acaso podré hacerlo volver? Yo iré hacia él, pero él no volverá hacia
mí” (2 Sm 12,22.23). Vemos, entonces, que en el Antiguo Testamento,
y aún cuando no se conocía la idea de la resurrección, ya se sabía al
menos que de la muerte no se vuelve nunca más a la tierra.
En el libro de Daniel un ángel revela que: “La multitud
de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna,
y otros para la vergüenza y el horror eterno” (12,2). Por lo tanto,
queda claro que el paso que sigue inmediatamente a la muerte es la Vida
Eterna, la cual será dichosa para los buenos y dolorosa para los pecadores.
Pero será eterna. La segunda vez que la encontramos, es en un relato
en el que el rey Antíoco IV de Siria tortura a siete hermanos judíos
para obligarlos a abandonar su fe. Mientras moría el segundo, dijo al
rey: “Tú nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros
nos resucitará a una vida eterna” (2 Mac 7,9). Y al morir el séptimo
exclamó: “Mis hermanos, después de haber soportado una corta pena, gozan
ahora de la vida eterna” (2 Mac 7,36).
Lucas pone en boca de Cristo la parábola del rico Epulón
(Lc 16,19.31), en la que se cuenta cómo al morir un pobre mendigo llamado
Lázaro los ángeles lo llevaron inmediatamente al cielo. Por aquellos
días murió también un hombre rico e insensible, y fue llevado al infierno
para ser atormentado por el fuego de las llamas. No dijo Jesús que a
este hombre rico le correspondiera reencarnarse para purgar sus numerosos
pecados en la tierra. Al contrario, la parábola explica que por haber
utilizado injustamente los muchos bienes que había recibido en la tierra,
debía “ahora” (es decir, en el más allá, en la vida eterna, y no en
la tierra) pagar sus culpas (v.25). El rico, desesperado, suplica que
le permitan a Lázaro volver a la tierra (o sea, que se reencarne) porque
tiene cinco hermanos tan pecadores como él, a fin de advertirles lo
que les espera si no cambian de vida (v.27.28). Pero le contestan que
no es posible, porque entre este mundo y el otro hay un abismo que nadie
puede atravesar (v.26). La angustia del rico condenado le viene, justamente,
al confirmar que sus hermanos también tienen una sola vida para vivir,
una única posibilidad, una única oportunidad para darle sentido a la
existencia. Cuando Jesús moría en la cruz, cuenta el Evangelio que
uno de los ladrones crucificado a su lado le pidió: “Jesús, acuérdate
de mí cuando vayas a tu reino”. Si Jesús hubiera admitido la posibilidad
de la reencarnación, tendría que haberle dicho: “Ten paciencia, tus
crímenes son muchos; debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte
completamente”. Pero su respuesta fue: “Te aseguro que hoy estarás conmigo
en el Paraíso” (Lc 23,43). Si “hoy” iba a estar en el Paraíso, es porque
nunca más podía volver a nacer en este mundo.
San Pablo también rechaza
la reencarnación. En efecto, al escribir a los filipenses les dice:
“Me siento apremiado por los dos lados. Por una parte, quisiera morir
para estar ya con Cristo. Pero por otra, es más necesario para ustedes
que yo me quede aún en este mundo” (1,23.24). Si hubiera creído posible
la reencarnación, inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que
volvería a encontrarse con la frustración de una nueva vida terrenal.
Explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte, les
dice: “En la resurrección de los muertos, se entierra un cuerpo corruptible
y resucita uno incorruptible, se entierra un cuerpo humillado y resucita
uno glorioso, se entierra un cuerpo débil y resucita uno fuerte, se
entierra un cuerpo material y resucita uno espiritual (1 Cor 15,42.44).
La afirmación bíblica más contundente y lapidaria de que la reencarnación
es insostenible, la trae la carta a los Hebreos: “Está establecido que
los hombres mueren una sola vez, y después viene el juicio” (9,27).
La creencia reencarnacionista es claramente
dualista. El cuerpo no entra apenas en la responsabilidad moral, tampoco
el entorno social. Lo importante es el espíritu pensado como un algo
que pervive sin ser capaz de explicar qué es. Desde luego no se trata
de un alma como principio de vida, o de substancia, ni de un acto de
ser que da el ser al alma y el cuerpo, sino el yo interno indefinido
y vago con un deseo de pervivencia evidente que se resiste ante la muerte.
Queda borrada la unicidad del hombre, su dualidad en la unidad, la intervención
de todo el ser humano en el acto moral, la intervención del cuerpo en
la vida espiritual, especialmente el cerebro, la minusvaloración del
cuerpo, la resignación moral ante los males sociales etc. Cuestiones
todas que hemos estudiado en diversos lugares.
Por otra parte una observación algo humorística
nos lleva a pensar en el número de personas que viven hoy en el mundo,
cuantas han vivido en toda la historia y cuantas vivían, digamos hace
varios milenios. Hoy unos siete mil millones, incalculables los miles
de millones en la historia, hace varios milenios muy pocos, la Biblia
afirma el monogenismo. La pregunta es tan pocos espíritus o egos antiguos
pueden dar vida a tantos cuerpos o seres humanos actuales.
Es cierto
que en la actualidad pensadores hindúes intentan reducir la reencarnación
a elevaciones del grado de conciencia.“La reencarnación, –tal como se
entiende actualmente en el sentido de un retorno de las almas individuales
a otros cuerpos aquí en la tierra- no es una doctrina india ortodoxa,
sino tan solo una creencia popular.” A.K. Coomaraswamy.- Gradation,
Evolution and Reincarnation. Y como dice René Guénon “Es
curioso observar que este término de ‘reencarnación’ se ha introducido
en las traducciones de textos orientales solamente a partir de su propagación
por el espiritismo y el teosofismo.”[19].
Es decir de religiosidades occidentales irracionalistas. Según cita
Whitall N. Perry
‘No hay ninguna esencia particular que se reencarne’, dice el Milinda
Pana; y en el Satapatha Brâhmana dice que los muertos han partido ‘de
una vez por todas’”[20]. Si a esto le añadimos
la indiferencia ante lo racional del espíritu hindú, queda una creencia
que como único valor tiene el de aceptar la existencia del espíritu,
el de la necesidad de una purificación por los pecados, y la creencia
en la inmortalidad que no se sabe defender racionalmente, pero que no
se puede dejar de ver su fuerza en el hombre.
La pobreza de las soluciones
ante el enigma de la muerte cuando se plantea desde fuera de la fe es
impresionante. Veamos algunas que ni explican el por qué ni el para
qué en malabarismos lingüísticos de graves consecuencias en los ingenuos
que se los crean.
a) Epicuro.
“La muerte es algo que no nos afecta, porque mientras
vivimos no hay muerte; y cuando la muerte está ahí, no estamos nosotros.
Por consiguiente, la muerte es algo que no tiene nada que ver ni con
los vivos ni con los muertos”. (Carta a Menecio)
Merece ser contestado. Así lo han hecho varios.
“El sentido del movimiento del pensamiento de EPICURO
está claro: actuando por medio de un artificio dialéctico, se debe evitar
el encuentro del yo y la muerte, se debe hacer patente que ella no se
encuentra en la existencia del hombre. Aparentemente, permanece así
el yo sustraído al ataque de la muerte, pues la muerte pierde de esta
manera su poder. Pero sólo en la conciencia se puede evitar este encuentro
por medio de semejante artilugio del pensamiento, no en la realidad”.[21]
b) Panteísmo hindú.
Von Gebsattel lo trata hablando del aspecto impersonal
de la muerte:
“La enseñanza india del dharma suministra, como
se ha dicho, sólo un aspecto de la muerte, y, efectivamente, se nos
aparece aquí la muerte como una potencia absolutamente impersonal y
consecuentemente extraña. Se prescinde de su relación con el hombre;
partiendo de este poder impersonal y presentada así, no puede llegar
a ser ni «mi muerte» ni «tu muerte». Dharma es el morir del animal
—la muerte del árbol, la muerte del hombre—“.[22]
c) Naturalistas modernos.
“Si revisamos los escritos de naturalistas modernos,
pienso en ROUX, WEISSMAN, HIRSCH, DORN, RUSSELL y otros; todas las declaraciones
procedentes de estos ambientes están prisioneras del aspecto impersonal
de la muerte. De la muerte se dice que es ‘la extinción del sistema
individual’ o ‘la suspensión irreversible del proceso vital, sobre todo
del metabolismo’.”[23]
. En definitiva se trata de distinguir los estados
que suelen pasar los enfermos terminales, dando al mismo tiempo experiencias
propias de cuidados paliativos. Veamos estos pasos:
a)primera
fase: negación y aislamiento. Es como un amortiguador ante una situación
inesperada a la que seguirá una aceptación parcial, aunque hay muchas
variaciones y extremos, el cuidador debe escuchar y tener paciencia[24].
b)Segunda
fase: ira. Es la fase de no querer aceptar la realidad con un ¿por qué
yo? Puede llegar a la desesperación y expresiones feroces. Es conveniente
que salga al exterior esa ira como válvula de escape de la gran tensión.
En los terminales se puede unir frustración, resentimiento y miedo.
Son momentos difíciles[25].
c)tercera
fase: el pacto. Es como un regateo del paciente en el que parece tranquilo,
empieza a afrontar la realidad, pero como intentando retrasar los hechos,
peor es cuando pasa la fecha del vencimiento[26].
d)Cuarta
fase: depresión. El enfermo necesita tiempo para estar a solas consigo,
ya no puede negar la enfermedad y hay una sensación de pérdida (trabajo,
familia, una parte del cuerpo, etc.). Más que una depresión reactiva
es una depresión preparatoria pues tiene como causa pérdidas inminentes.
Los asistentes sociales y los capellanes son de gran ayuda en esta fase,
no se trata tanto de animarle a que mire el lado alegre de la vida y
de su familia, se trata de tener muchas comunicaciones verbales. Es
beneficiosa para que el paciente muera en la fase de aceptación y paz[27].
e)Quinta
fase: aceptación. Si ha podido expresar sus sentimientos anteriores
puede entrar en la verdadera aceptación. Duerme mucho más, actuación
que no es propiamente resignación, sino no querer luchar mucho más.
No es que sea una fase feliz, pero hay como un descanso final antes
del viaje, las comunicaciones son más mudas que orales: gestos, roces.
Es momento de ayudar a la familia a ser posible con una ayuda espiritual.
Para el paciente es como una silenciosa espera. La paz puede ser consoladora,
pero con la aceptación llega el desprendimiento, el apartarse de los
demás. El enfermo para aceptar la muerte debe ser indiferente a la vida
terrena. El pensamiento de la vida eterna es consolador para el creyente[28].
f)
El enfermo inconsciente o pre-coma. Es un anuncio de que el
final está cerca, conviene tratar los síntomas más molestos y continuar
con el contacto corporal y las palabras al oído con una cierta frecuencia.
No pueden hablar, pero pueden escuchar. Es conveniente evitar conversaciones
ante el enfermo y tratarle como si pudiera escuchar aunque no lo parezca[29].
El
momento de la muerte.
Separación
del alma y cuerpo, paralización de las funciones corporales son respuestas
que resultan suficientes, pero poco precisas. No pequeño problema es
el diagnóstico de la muerte como tres encefalogramas planos a lo largo
de 24 horas. Todos coinciden en que no siempre son suficientes, pero
no es ahora nuestra cuestión.
a)Últimamente
se ha estudiado un fenómeno que tiene interés para cuidar a los enfermos
terminales, aunque propiamente no se puede hablar de muerte, sino de
un estado premortal con signos que ordinariamente parecen muerte, pero
no lo son, veamos lo que dice Kubbler-Ross: “Después de haber pasado
por una transición visual muy bella, digamos una especie de túnel, nos
acercamos a una fuente luminosa que muchos de nuestros enfermos han
descrito y que a mí me fue dado conocer. Pude vivir la experiencia más
maravillosa e inolvidable, lo que se llama la conciencia cósmica. En
presencia de esa luz, que la mayoría de los iniciados en nuestra cultura
occidental llaman Cristo, Dios, Amor o simplemente Luz estamos envueltos
en un amor total e incondicional de comprensión y de compasión”. Son
bastantes las experiencias constatadas sobre este fenómeno. Estas apreciaciones
sirven para mejorar el cuidado los moribundos y un modo de superar
las justificaciones a la eutanasia. Sin embargo, conviene precisar diversas
cosas. Las reanimaciones duran entre segundos –ver la película de la
propia vida- y unos veinte minutos, más o menos. Lo que nos lleva a
considerar propiamente que no se ha llegado al estado final de muerte.
La praxis pastoral secular acepta impartir la unción de los enfermos
una o dos horas después del momento cuando habitualmente una persona
se considera muerta; se venía a decir que mientras tenga algo de calor
el cuerpo se le puede ungir. Y, de hecho, médicamente la muerte corporal
sólo es cierta cuando se da la descomposición de órganos vitales. Lo
experimentado por estos doctores citados lo podemos considerar como
fases de la muerte cuando exteriormente, o con la medicina actual, se
considera muerto a un paciente.
Otra
cosa es qué se entiende por más allá de la muerte, pues queda impreciso
en estas experiencias, llenas de optimismo. La luz tiene que venirnos
de la Revelación, ya que las posibilidades de experimentación son nulas,
y las de seguir un razonamiento dependen en gran manera de la antropología
subyacente. Ciertamente el alma vive de un modo inmortal, esta verdad
es de razón y de fe. Es una evidencia la descomposición del cuerpo y
la existencia dolorosa en la fase terrenal. Es de fe que la muerte entra
por el pecado en el mundo como una no vida contraria al diseño original
divino y afecta de distintos modos al alma, al cuerpo, al morir, y a
toda la creación en diverso grado. Es de fe que las almas al morir están
ante Dios y que tienen una suerte diversa según el estado de su conciencia.
Lo mostrado por estos doctores de una parte desdramatiza el hecho de
la muerte, especialmente para los creyentes, aunque si se ha puesto
toda la esperanza en el vivir terreno permanece el sinsentido de pérdida
total. Pero tiene el inconveniente de dar un paso que les resulta indebido,
como es la reducción del más allá a una situación llamémosle de cielo
para todos, lo que anula la responsabilidad humana y la libertad, así
como la justicia divina siempre unida a su misericordia. De todos modos
vale la pena tener muy en cuenta lo que digan estas experiencias, salvando
que se pueda deber a alucinaciones, cosa no probada, en personas que
realmente no han llegado al estado de muerte.
Pienso
que estos estudios tienen un gran valor en cuanto a los cuidados de
los enfermos terminales y como respuesta a la eutanasia. Por otra parte
destacan el componente espiritual del ser humano. También comunican
una esperanza. Pero no pueden ir más allá y solamente la revelación
es capaz de desvelarnos la situación de las almas y los cuerpos en la
escatología intermedia, en el premio o castigo (autoexclusión) después
del juicio particular y en la resurrección de la carne donde se dará
una espiritualización de la materia.
Cristo
crucificado es Sacerdote y Víctima del Sacrificio perfecto y redentor,
pero también es revelación del modo de morir. Muere con consciencia
total de que la muerte está próxima y se une el máximo dolor en el alma
y en el cuerpo. Estas tres características hacen especialmente luminoso
su modo de reaccionar ante los acontecimientos de aquellas tres horas
tremendas.
Las siete
palabras revelan el contenido de sus pensamientos y de su corazón. En
las tres primeras se muestra olvidado de su dolor. Primero perdona a
los que le crucifican materialmente, a los causantes y a todos los pecadores
con una disculpa que revela caridad: “perdónales porque no saben lo
que hacen”. Después se vuelve al ladrón arrepentido y le trata con misericordia,
con comprensión, con aliento. Otro modo de caridad: “hoy estarás conmigo
en el paraíso”. Al mismo tiempo que le da el perdón que convierte la
pena desesperada en penitencia purificadora, revela la existencia del
cielo o paraíso para los perdonados por la misericordia divina y que
será una comunión: estar con Él, y, por tanto, en la corriente de amor
trinitaria. La tercera palabra es darnos a su Madre y cuidar de ella.
“aquí tienes a tu Madre” y “Mujer, aquí tienes a tu hijo”, es la caridad
de dar un don precioso a los hombres, más que buscar un consuelo, y
es el amor de cuidar a la Madre por parte del que mejor la puede cuidar
y entender, como ocupando su puesto material en la tierra.
La cuarta
y la quinta palabra revelan, junto a las tinieblas que llenaron el mediodía
de un abril de plenilunio, un intenso dolor: lo terrible de la muerte.
Se manifiesta el abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
es el fondo en el que se encuentra sólo ante el terrible enigma del
pecado –misterio de iniquidad y separación de Dios-, pero lo supera
sin caer en la desesperación. La palabra “tengo sed” revela el sufrimiento
corporal que busca y acepta un consuelo, pequeño y grande al tiempo.
Las dos
últimas palabras son de paz. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
y “todo está consumado”. Es un mirar la misión recibida y mostrar al
Padre la fidelidad a ella y el abandono total en sus manos. Incluso
el gran grito en el momento de morir muestra la libertad ante el momento
de morir como un acto de entrega en lo más arduo: dar la vida en el
sentido literal y físico, a lo que el Padre responderá con la donación
de la nueva vida del Resucitado, vida para no morir ni padecer a la
que ha sido elevada la humanidad de Jesús y con ella la de todos los
estén unidos a Él.
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