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Persona
y evolucionismo
La persona humana nace humana
y sigue siendo humana toda su vida. Ningún animal conocido a cambiado
de especie para ser persona. Los cambios que dan en la sucesión de nacimientos
si puede transmitir cambios en los individuos. En el siglo XIX causó
problemas a los creyentes el tema del evolucionismo. Hoy no es así,
pues se ha profundizado tanto en la ciencia como en la interpretación
de la Biblia. Parece claro que se dan cambios en la microevolución (pequeñas
adaptaciones transmitidas por generación) Darwin con el espíritu liberal
de la época lo atribuyó a la selección natural, Lamarck a la adaptación
al ambiente. Haeckel lo tomó como un dogma religioso materialista contra
la revelación, y con él todos los materialismos. El problema más difícil
era la macroevolución paso de una especie a otra y surgieron nuevas
teorías. Grassé cita en su voluminosa zoología montones de casos de
antiadaptación o supervivencia en medio hostil más resistente que los
mejor preparados[1].
Los cambios genéticos dan la explicación de muchos cambios en los seres
vivos y de los saltos de especie en que ya no hay posibilidad de reproducción
entre seres de distintas especies formándose como una barrera biológica
que se lo impide. El problema es puramente científico y no religioso.
Cabe que entre prejuicios
como los que señala Millán Puelles de querer convertir en hombre un
animal a toda costa. “Los actuales argumentos del «evolucionismo»
no han resucitado y confirmado las viejas opiniones. En lo que tiene
de científicamente razonable —aunque, en rigor, todavía no estrictamente
demostrado—, el evolucionismo únicamente alcanza el aspecto físico del
hombre; o sea, que aun aceptando que éste, en su dimensión animal, haya
venido de otros animales (hasta ahí hay buena lógica), sigue siendo
por completo inadmisible que el espíritu venga de donde no lo hay, y
ello por la muy obvia y fundamental razón de que nadie da lo que no
tiene. Si uno se obstina en creer que también tienen espíritu los animales
y que de éstos lo ha recibido el hombre, en buena lógica y por idéntica
vía de admisión tendrá que pensar también que los animales, a su vez,
han llegado a heredarlo de las plantas; con lo que, al cabo, tendrá
igualmente que pensar, por las mismas razones, que acaso haya su poco
de razón, y un esbozo de espíritu, hasta en las mismas piedras. Eso
no es lo que se llama ser verdaderamente consecuente, aunque para ello
sea preciso confundir el progresivo y culto evolucionismo con el animismo
fetichista de las tribus prehistóricas. Y es que como uno empiece por
solidarizarse con la parentela animal, acaba, sin remisión, por perderse
en la noche en la que todos los gatos son pardos”[2].
El evolucionismo del conjunto
de la creación no es problema grande, lo que sí es problema es el caso
del hombre. Muchos científicos cristianos aceptan y defienden la humanidad
del homo habilis hace dos millones de años, otros la del homo sapiens
y otros la del homo sapiens sapiens. Cada uno puede usar sus argumentos
y descubrimientos. La Iglesia no cuestiona la procedencia del cuerpo,
pues interpreta la arcilla en la que Dios insufla el aliento vital a
una materia preexistente, y nada más. La cuestión está en el alma humana
pues enseña que ha sido creada en cada hombre directamente por Dios[3].
Nosotros añadiríamos que el acto de ser personal también, pero la Iglesia
no se pronuncia sobre ello. Los materialistas hacen cuestión de fe decir
que las manifestaciones espirituales del hombre (pensar, amar, gozar
de la belleza etc) son fruto de la materia de la que emergen. Eso es
un dogma increíble, pero no puede ser de otra forma si se quiere ser
materialista. Aquí aceptamos un evolucionismo que acepta la creación
del alma y del ser personal directamente por Dios –cada hombre tiene
una realidad única y un origen amoroso no azaroso-. Es más podemos servirnos
del evolucionismo para demostrar la existencia de Dios Creador por la
aceleración en la aparición de formas vivas y del hombre contraria al
azar imposible. Veamos un ejemplo: Para ello conviene recordar que cabe
que algo sea posible, pero que su probabilidad sea tan baja que de hecho
sea casi imposible. Pensemos en una molécula de 10 atómos distintos.
Se pueden combinar de muchas maneras. Concretamente caben 3.628.000
modos. La posibilidad de que el encuentro y la reacción al azar de la
fórmula que se busca de 1/3.628.000; es decir. pequeñísima. Si en vez
de 10 átomos empleamos 20 las posibilidades se elevan a 2 trillones,
y la posibilidad todavía es muchísimo más pequeña.
En el caso de una molécula
de peso atómico 200 con unos 10 átomos (carbono, hidrógeno y oxigeno
por lo menos) se daría un número fantástico de combinaciones. Para conseguir
una determinada fórmula al azar se necesitarían una cantidad de átomos
casi infinita, que ocuparían un espacio mayor que el del Universo conocido.
El tiempo para que se produjese la molécula deseada sería larguísimo.
A no ser que algún científico juntase en un laboratorio esos elementos
en las debidas condiciones, lo que haría las cosas rápidas y con poca
cantidad de materia.
La composición de la materia
viva tiene una complejidad básica conocida. La forman el ADN O RNA
formados por proteínas, lípidos, fosfatos y azúcares. Su peso molecular
es elevadísimo. Además deben tener una determinada forma en el espacio
y una concreta isomería. ¿Cuanto tiempo se necesitaría para que se produjese
el DNA al azar? Casi infinito, desde luego mayor del que ha pasado según
el cuadro que vimos más arriba. ¿cuánta materia sería necesaria al azar?
Si para una molécula pequeña debía ser muchísima, ahora se necesitaría
mucho más. La probabilidad de que hubiese éxito al azar es prácticamente
cero.
Sin una intervención de
una inteligencia creadora se debe recurrir al azar para explicar la
vida y el hombre. Pensar que el azar es la causa equivale al llamado
milagro de los monos mecanógrafos, es decir que unos monos tecleando
al azar una máquina de escribir consigan escribir la Biblioteca nacional.
¿Es posible? Sí. ¿es probable? No, es decir, tan poco, que sólo pensarlo
lleva a la sonrisa.
Otro ejemplo más tomado de la historia queda claro
en el siguiente cuadro
Tiempo en millones de años fenómenos biológicos Cuanto más compleja es la vida que se origina más acelerada es su aparición
en la escena de la historia. Las diversas teorías materialistas no pueden
explicar este fenómeno. La riqueza de un ser que piensa y ama es enorme;
el hecho del pensamiento y del amor, es decir, de la vida espiritual
en los seres humanos, sólo se puede explicar por una intervención de
Dios en la historia de la aparición de la vida. Intentar explicar esa
aceleración por la unión al azar de átomos dejados sueltos en un laboratorio
no conduce a la aparición de formas cada vez más perfectas, sino al
caos o, en el mejor de los casos a algunas combinaciones casuales exitosas,
pero muy poco probables
El azar no explica la existencia de la vida y menos
de la vida inteligente. Muchos científicos llegan a ver una finalidad
en esas irrupciones de la vida a distintos niveles, como si alguna inteligencia
dirigiese ese proceso. Una manera lógica es poner las leyes naturales
a todo. Un materialista dirá que las pone la misma materia, pero esto
es absurdo, pues la materia no es inteligente. El azar equivale al llamado
"milagro de los monos mecanógrafos" que tecleando una maquina
de escribir redactan el Quijote sin faltarle una coma. ¿Es posible?
¿Es probable? Tan poco probable, que es imposible.
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