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Jesucristo revela el hombre al hombre.
Dice Dostoievski después
de su dramática conversión y habiendo captado la dureza del nihilismo:
“Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo
seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre
me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos
de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que
nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto
que Cristo. Pero, además –y lo digo con amor entusiasta –no puede haber
nada mejor. Más aún: si alguien probase que Cristo no es la verdad,
y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, prefiría quedarme
con Cristo que con la verdad”. En el otro extremo está Nietzsche que
se firma Anticristo en sus ataques al cristianismo, pero que quizá ocultamente
se pueda encontrar una admiración a Cristo capaz de sufrir todo hasta
la muerte, y lo sustituye por una voluntad de poder que dice que no
puede existir amor verdadero fuera del amor de sí mismo, se le llame
como se le llame. La historicidad de la vida de Cristo avanza ante las
críticas bienintencionadas de Bultmann, y queremos ver a Cristo como
modelo de hombre, sin las deformaciones que tenemos los demás humanos.
A comienzos del siglo XXI,
cuando la Ilustración está en sus estertores de muerte bien comprensibles
dice Juan Pablo II proponiendo una oración sencilla como el Rosario:
“A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios
de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica
del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a
primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su
vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta
es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he
hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor
hominis: « Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo Encarnado ». El Rosario ayuda a abrirse a esta
luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual « recapitula » el camino
del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen
del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter
sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad
originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro
en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en
el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende
el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su
Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado,
si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo,
se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina
el misterio del hombre”[1].
En los evangelios se recogen unas palabras
de Jesús que sorprenden: “¿quién me argüirá de pecado?”, en las que
se muestra con conciencia de que no tiene pecado, ni fallo. Si otra
persona dijese algo parecido sería fácil investigar su vida y encontrar
faltas más o menos ocultas. Todo hombre se sabe pecador, y los que lo
niegan son necios, o son mentirosos. Es más, el gran pecado es la soberbia
espiritual, enorgullecerse de la propia pretendida perfección en un
acto de vanidad muy rebuscado. Éste es el pecado raíz que atribuye Jesús
a los fariseos. Los enemigos de Jesús le acusan de casi todo (incumplir
la ley, especialmente el sábado, ser blasfemo, endemoniado, etc) pero
sus acusaciones son como actos de odio, más que búsqueda de la verdad.
Sencillamente son mentiras. Los Evangelios y la Tradición muestran a
Jesús como un hombre sin pecado, sin fallos, aunque sufre tentaciones,
angustias, dolores y muchos otros inconvenientes siendo puesto repetidamente
a prueba.
Pero el tema central es cuando le preguntan:
“Tú ¿quién eres?”(Jn 8,25), “¿Por quién te tienes Tú”(Jn 8,54). Y responde
que es “el Hijo de Dios”, no en un sentido de ser hijo de Dios como
todo hombre, sino en sentido propio y así lo entienden los judíos que
le acusan de hacerse igual a Dios. Si miramos esta afirmación sólo caben
dos soluciones o es verdad o es un loco, o es el mayor pecado que se
ha hecho. Veamos algunos textos que nos pueden aclarar este punto definitivo.
“Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico
de Salomón. Entonces le rodearon los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo
nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente”
(Jn) Jesús pone la autoridad de sus milagros y alude que no creen porque
tiene el alma manchada. A partir de aquí va a venir la revelación
principal al mostrar su relación con el Padre: “Yo y el Padre
somos uno” (Jn).
De un modo breve, y conciso,
la revelación de quién es Jesús está hecha: es el Hijo de Dios, es decir,
es Dios mismo, igual al Padre y engendrado por Él. También es el enviado
como Cristo. La Humanidad de Jesús está unida al Verbo y es ungida por
el Espíritu Santo para la gran misión de redimir a los hombres. Todas
las expectativas de los hombres quedan superadas en Jesús. Dios Padre
quiere salvar a los hombres enviando a su Hijo para que se haga hombre
y se convierta en cabeza de la nueva humanidad salvada del pecado. Se
ha alcanzado el máximo progreso en la estirpe humana. Ahora avanzar
es unirse a la perfección de Jesús creyendo en él y viviendo su vida
que llegará a los hombres por los cauces que quiera establecer.
Las palabras de Jesús son
tan claras, que los que preguntan las entienden pero sin fe y
con mala voluntad. Por eso, “los judíos cogieron de nuevo piedras
para lapidarle”. El tumulto es grande, todos se agitan; Jesús
insiste en la verdad de sus palabras con valentía, y “les replicó:
Os he mostrado muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál
de estas obras queréis lapidarme? Le respondieron los judíos:
No queremos lapidarte por obra buena alguna sino por blasfemia;
y porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les contestó:
¿No está escrito en vuestra Ley: Yo dije: sois dioses? Si llamó
dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios, y la
Escritura no puede fallar, ¿a quien el Padre santificó y envió
al mundo, decís vosotros que blasfema porque dije que soy Hijo
de Dios?” Al no entender la santidad de la vida de Dios en el
hombre, menos pueden entender la santidad de Jesús como Hijo de
Dios unigénito. Por otra parte, prosigue Jesús, “si no hago las
obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las
obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que
el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn
Más adelante en el juicio ante Caifás se
planteará la gran pregunta con la que podía librarse de a muerte o ser
condenado. “Entonces el Sumo Sacerdote se levanta y de un modo solemne
centra el juicio en la cuestión religiosa, que es la que les ha llevado
allí, y la que no querían afrontar cara a cara, y le dice: “Te conjuro
por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt),
el “Hijo del bendito” (Mc). Se hace el silencio en la sala. Se trata
de un juramento ante Dios, y de una interrogación por parte de la máxima
autoridad religiosa de Israel. Puede ser indigno, pero es el representante
de Dios en el pueblo. Jesús eleva su mirada, se yergue y
responde: “Yo soy” (Mc), “Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante
veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre
las nubes del cielo” (Mt). “Entonces el Sumo Sacerdote se
rasgó las vestiduras diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos
ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?
Ellos respondieron: Reo es de muerte” (Mt). Ni el Sumo Sacerdote, ni
ninguno de los presentes creen en Jesús como Hijo ni como Mesías. El
odio ha podido más que el amor en ellos, la tiniebla ha ocultado la
luz. Al condenar a Jesús como blasfemo se acusan a sí mismo como infieles
a Dios”[2].
Esta afirmación rotunda
con el juicio escandalizado a los que no creen se confirma en
el juicio ante el Sanedrín al despuntar el alba del Viernes Santo:
“Al hacerse de día se reunieron los ancianos del pueblo, los príncipes
de los sacerdotes y los escribas, y le condujeron al Sanedrín”.
La sesión evita las acusaciones sobre la destrucción del Templo
y va al núcleo de la cuestión que ya Caifás ha puesto de relieve.
Y le dicen: “Si tú eres el Cristo, dínoslo”. La expectación es
tan grande que “entonces dijeron todos: Luego ¿tú eres
el Hijo de Dios?”. Han llegado al centro de la cuestión tantas
veces repetida en público. Es cosa clara que al decir Hijo de
Dios no lo entienden ya como la condición de todos los hombres
que son hijos de Dios, ni siquiera de una filiación extraordinaria,
pero, al fin y al cabo, humana. Entienden que Cristo habla de
sí mismo como el Hijo igual al Padre, uno con el Padre y, por
tanto, Dios y hombre verdadero. Ésta es la cuestión central. Se
trata de aceptar que Dios ha entrado en la historia para salvar
a la humanidad, se trata de creer en esa locura de amor de Dios.
Jesús declara solemnemente la verdad ante los sabios de Israel,
ante los que tienen las llaves de la Revelación anterior de Dios
que ahora llega a su punto culminante, ante los que tienen el
poder religioso del Pueblo como Tribunal supremo. “Les respondió:
Vosotros lo decís: yo soy” (Lc). Sus palabras vuelven a caer en
la asamblea como un trueno. El nombre de Dios es utilizado por
Jesús para señalarse a sí mismo.
Todos los presentes creen en Dios espíritu
puro, distinto del mundo, infinito, justo, misericordioso, creador.
Pero ahora se trata de aceptar que ese Dios entra en la historia con
el fin de salvar a los hombres. En ese caso Jesús es el Señor de la
historia, toda la humanidad ha sido regenerada y alcanza en Jesús una
perfección suprema. Al que tenga fe se le abren los horizontes hasta
niveles insospechados. Realmente están ante Dios con nosotros, ante
Dios que salva. Éste es el significado del nombre de Jesús. Por la fe
pueden entrar en esas realidades inmensas e infinitas. Se renueva la
cuestión puesta a Adán y Eva: ser fiel a Dios o no serlo, y para ello
superar una idea de Dios pequeña y muy inferior a la realidad. Los que
creían se dan cuenta de ello, al menos de lo esencial. Pero la mayoría
renovó el pecado de origen de un modo más grave aún, y “dijeron: ¡Qué
necesidad tenemos ya de testimonio! Nosotros mismos lo hemos oído de
su boca” (Lc). Y le condenan a muerte, aunque en realidad ellos son
condenados al negar al mismo Dios que salva”[3].
La fe cristiana confesó
desde el principio que Jesús es Dios y Hombre verdadero. A lo largo
de los Concilios se fue aumentando la inteligencia de la fe en esta
verdad absolutamente central. En Nicea se dice que es consustancial
(de la misma naturaleza) del Padre, no inferior, como decían los arrianos.
En Éfeso que María es Madre de Dios. En Calcedonia que en Jesús se dan
dos naturalezas (ousía) subsistentes en una sola persona (hipostásis).
Es decir, que así como en un ser humano hay un cuerpo, un alma y su
acto de ser es el actus essendi participado del Esse divino, en Cristo
la Persona es el Esse, en concreto la Persona del Verbo. Esta unión
entre la divinidad y la humanidad de Jesús se realiza por acción del
Espíritu Santo con la concesión de la gracia hipostática que permite
que el Esse del Hijo pueda dar la vida al Hombre Jesús con alma como
la de todo hombre y cuerpo también igual a todo varón.
Aquí nos interesa saber
los efectos en la Humanidad de Jesús en su unión única y máxima con
la divinidad. Piensa como hombre, aunque también tiene la ciencia divina.
Quiere con voluntad humana, aunque también tiene Voluntad divina y nunca
se contradicen. Tiene afectos como los hombres y ama como Dios. Su cuerpo
es comunicación y fuente de dolores y gozos, como nosotros. Trabaja
con manos de hombre. Ora, camina, se cansa, habla. Pero, ¿qué es lo
más esencial en Él? Posee como hombre un amor que no se detiene ante
nada, ni siquiera ante la injusticia, el abandono de los suyos e interior,
el dolor hasta el extremo y la muerte convertida en sacrificio perfecto
para que los hombres alcancen la reconciliación con el Padre.
En lo íntimo su unión con
la divinidad es en la Persona divina del Verbo. Se distinguen lo humano
y lo divino, pero se comunican sus propiedades (comunicatio idiomatum,
intercambio de propiedades entre las dos naturalezas en la medida de
lo posible). Podríamos ir mirando cada una de sus facultades y observar
los efectos de esa unión hasta llegar a la Resurrección en que la materia
es divinizada (organizada de otro modo querido por Dios) y vive una
Vida para no morir transmisible a los hombres, cosa que hace la Iglesia
fundada por Él. Pero veamos su comportamiento en la vida ordinaria.
¿Qué nos enseñan los evangelios acerca de Jesús?
Contemplarlo como lo vieron
los suyos es el camino para esclarecer el misterio y el secreto de su
personalidad. La primera precisión sobre los evangelistas es que narran
la vida de Jesús sobre el conocimiento de que está resucitado y que
vive glorioso y victorioso y celestial. Este trasfondo da más brillo
y contraste a su vida humana y pobre.
En cuanto a las fechas parece que hay que retrasar
el nacimiento al año 7 anterior a nuestra era y que fue crucificado
el 7 de abril del año 30 a los 37 años. La vida pública si que consta
de tres pascuas, no tres años completos.
¿Cual debió ser su aspecto exterior? no se distinguió
en su aspecto de los judíos y rabinos de su época "era como
cualquier hombre y también sus gestos"(Fil 2,7), no vestía
llamativa y pobremente como el Bautista, que, según la costumbre de
los profetas iba ceñido con una túnica de pelos de camello. como sus
paisanos, llevaría ordinariamente en vestido de lana con un cinturón
que servía de bolsa al tiempo, un manto o túnica y sandalias. En la
Pasión llevaba una túnica sin costura y toda tejida de arriba a abajo(Jn
19,23) Según las prescripciones de la ley (Num 15,38) adornaban la parte
superior cuatro borlas de lana con borlas azules. Y siguiendo la costumbre
de su tiempo llevaría para la oración matutina filacterias atadas al
brazo y alrededor de la frente. No censuraría su uso a los fariseos
sino la motivación de falsa piedad y de ensancharlas. En sus largas
caminatas se guardaría de los ardientes rayos del sol mediante un sudario
blanco que envolvía cabeza y cuello. Por lo demás Jesús desdeñaba la
"preocupación" por el vestido, lo que no quiere decir descuido
y dejadez que son falta de virtud. Llevó la barba usual y los cabellos
cuidados recogidos en la nuca a diferencia de los nazarenos que se dejaban
hirsutas y largas guedejas. El cuidado del cuerpo lo recomienda superando
la vanidad. Así en épocas de ayuno dice unge tu cabeza y lava tu rostro,
lava los pies a sus discípulos y se lamenta de que el fariseo que le
invita a comer no le de agua para limpiarse las manos, declara su favor
por el bálsamo precioso con que la magdalena le ungió previendo su muerte.
Su figura corporal debió
ser simpática y hasta fascinadora. No poseemos ninguna descripción de
su tiempo, sólo que había crecido en su niñez en gracia ante Dios y
los hombres. Es trasladable lo que decía sobre la luz interior que se
transparenta en lo externo "tu ojo es la luz de tu cuerpo y si
aquel está sano, todo tu cuerpo estará iluminado".
Su figura debió tener algo
radiante que atraía a toda persona de sentimientos delicados, especialmente
los niños. La exclamación admirativa que un día brotó de una mujer del
pueblo es muy significativa "bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te amamantaron" (Lc 11,27).
De modo particular debió
impresionar su mirada capaz de inflamar las almas y de hacer sentir
los reproches más emocionantes. Marcos usa mucho la expresión “Y mirándoles,
dijo” (Mc 3,5,34; 5,32; 8,33; 10,21; 20,27) En sus ojos había algo dominante
y arrollador.
A este aspecto se añade
el de su salud y energía, en suma, un equilibrio perfecto: capacidad
emprendedora, resistencia a la fatiga. El contraste con Mahoma enfermo
y de un sistema nervioso en desequilibrio o de Buda psíquicamente deshecho
y agotado cuando se retiró del mundo es notable. En Jesús no hay ni
la menor alusión a enfermedad alguna.
Su cuerpo parece especialmente
resiste a la fatiga. Ora muy de mañana, muy de madrugada, y muchas noches
las pasa en vela en oración. Incluso respecto a la naturaleza su salud
se manifiesta en la radiante alegría especialmente ante montes y lagos.
Las caminatas recorren toda Judea, Samaria, Galilea aún hasta la región
de Tiro y Sidón. El hambre y la sed debieron ser frecuentes compañeros
de viaje, recomienda: no llevéis nada para el viaje, ni bastón ni alforjas
y tampoco pan y dinero. Su última subida de Jericó a Jerusalén debió
ser una proeza. Bajo un sol ardiente, por caminos sin sombra y atravesando
montes rocosos y solitarios, realizó el viaje en seis horas, debiendo
superar una altura de más de mil metros. Es asombroso que a su llegada
no se sintiera fatigado. Aquella misma tarde cenó con Lázaro y sus hermanas
(Jn 12,2).
Pasó la mayor parte de su
vida al aire libre, en medio de la naturaleza expuesto a la intemperie,
Le son familiares los lirios del campo y las aves del cielo. Su vida
errante, llena de trabajo y penurias, manifiesta un cuerpo robusto.
Marcos advierto que no tenía tiempo para comer(Mc 3,20; 6,31) Hasta
muy entrada la noche no acudían a él los enfermos (Mc3,8) y también
los fariseos, saduceos y enemigos llenos de malicia. Debe afrontar largas
y penosas discusiones, luchas peligrosas en tensión continua. Las explicaciones
a los discípulos eran prolijas, con la pesada carga que le imponían
aquellos espíritus poco despiertos y llenos de preocupaciones mezquinas.
Un temperamento enfermo o simplemente delicado no hubiera podido resistir.
Jamás perdió la serenidad. Continuó durmiendo tranquilamente duramente
la tempestad.
¿Y su alma? Sus parientes
no le entienden y se quedan perplejos ante El o le llaman loco y afirmaban
que había perdido el juicio (Mc 3,21). Los fariseos y sus enemigos pensaban
que un espíritu maligno obraba en Él (Mt 12,24). La superioridad que
se manifiesta en Jesús no admite otra explicación si no se está dispuesto
a aceptar quién es en realidad.
Los evangelistas nos hablan con toda claridad. Si algo
les llamó la atención en el modo de ser de Jesús, fue la lucidez extraordinaria
de su juicio y la inquebrantable firmeza de su voluntad. Advierten un
hombre de carácter, apuntando inflexiblemente hacia su fin, para realizar
la voluntad de su Padre, hasta el último extremo, hasta derramar su
sangre
Las repetidas expresiones
“Yo he venido, Yo no he venido” traducen perfectamente ese sí y ese
no consciente e inquebrantable. Yo no he venido a traer la paz, sino
la guerra (Mt 10,34) No he venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores(Mt 9,13) El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido,
sino para servir y a dar su vida en rescate de muchos(Mt 30,28; Mc 10,45)
No he venido a destruir la ley ni los profetas, sino a completarlos
(Mt 5,77) Yo he venido a traer fuego a la tierra. ¿y qué quiero sino
que arda? (Lc 12,49).
Sabe lo que quiere desde
el principio. A los doce años dice a sus padres que le encuentran en
el Templo ¿No sabíais que debe emplearme en las cosas de mi Padre (Lc
2,49) Las tres tentaciones del desierto son una victoria sobre la posibilidad
egoísta de utilizar su poder para la glorificación personal y no cumplir
la voluntad del Padre. Sus mismos discípulos intentan alejarle del cumplimiento
de su misión. Primero sus parientes, luego su elegido Pedro que le ama
pero no le entiende, y después de la multiplicación de los panes que
muchos le abandonaron criticándole "Muchos discípulos se separaron
definitivamente de Él en esta ocasión" (Jn 6,66). No por ello dejó
Jesús de seguir su camino, decidido a seguir su camino si fuese necesario
"¿Y vosotros, también queréis iros?"
Jamás se le ve vacilar,
ni en sus palabras, ni en su obrar. Pide a sus discípulos una voluntad
firme de ese calibre "Quien pone la mano en le arado y mira atrás
no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9,62). Está muy lejos de Él
la precipitación y más aún la indecisión, las claudicaciones y las salidas
de compromiso. Todo su ser son un sí o no. Sólo Él puede afirmar con
toda verdad que vuestra palabra sea sí, sí, no, no. Lo demás es un mal
(Mt 5,37).
Todo su ser y toda su vida
son unidad, firmeza, luz y pura verdad. Producía tal impresión de sinceridad
y energía, que sus mismos enemigos no podían sustraerse a ella "Maestro,
sabemos que eres veraz y no temes a nadie" (Mc 12,14). Lo contrario
de la hipocresía de sepulcros blanqueados de los fariseos. Su muerte
es fruto de ese contraste de fidelidad al padre y doblez de sus enemigos.
Su carácter es la encarnación
del heroísmo, por ello el joven rico que guarda los mandamientos no
puede, o no quiere, seguirle; el verdadero discípulo debe odiar a su
padre madre, hermanos y aún a su propia vida si quiere seguirle, aunque
odiar signifique poner en segundo término es muy fuerte el modo de decir
mismo.
Tiene la fuerza del jefe que al decir a Simón y
Andrés que le sigan, éstos dejan todas las cosas y a su padre con
los jornaleros. Arroja a los mercaderes del Templo sin que nadie
pueda resistirle. Sus mismos discípulos aún conviviendo con Él y
siendo llamados amigos tienen un respeto que marca una distancia
que los separa de Él. le seguían con miedo y se espantaban (Mc 10,32).
No era uno de tantos, ni como los dirigentes, doctores de la ley
y fariseos o autoridades políticas. Tenía consigo todo el poder
y esta impresión de superioridad, de omnipotencia, que dimana su
persona era tal, que para explicarla, la multitud buscaba las comparaciones
con el Bautista, Elías o Jeremías o alguno de los profetas. Esto
aunque se manifestase de un modo habitual humilde y manso.
La vida interior de Jesús.
La oración de Jesús se realiza
muchas veces ante todo el mundo o ante los suyos en voz alta, pero busca
el silencio y el recogimiento cosa que en su vida pública sólo puede
conseguir durante la noche mientras los demás duermen. Se puede decir
que necesita la oración más que nosotros, no porque necesite pedir algo
que no esté a su alcance sino porque busca el trato íntimo y sin distracciones
con el Padre.
Su fuerza interior aparece
en ocasiones de una manera fuerte con el ardor de una pasión santa,
así dice a Satanás en su tercera tentación ¡retírate de mi vista, Satanás!
palabras similares a las que dice a Pedro que intenta disuadirle de
la Pasión dolorosa (Mt 4,10; Mt 14,23) Fuera de mi vista inicuos, nunca
os he conocido dirá el día del juicio a los que mueren sin la gracia
de Dios. Esta fuerza refulge y retumba en la parábola de la cizaña El
Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, que reunirán a todos los malvados
y seductores del Reino y los echarán al horno del fuego; allí será el
llanto y el crujir de dientes (Mt 13,41) Análogamente en la parábola
de la red Los ángeles vendrán y separarán a los malos de los buenos
y los echarán al horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de
dientes (Mt 13,49).
Asimismo terminan airadamente
las parábolas de las 10 vírgenes, de los talentos, de las ovejas y de
los cabritos(Mt 25,1ss 25,14ss; 25.33ss) En la parábola del siervo despiadado
el Señor "lleno de cólera" entrega a la justicia al siervo
sin entrañas hasta que pague enteramente su deuda, igualmente en la
parábola del invitado no engalanado en el festín manda" "atadlo
de pies y manos, tomadle y echadle fuera. allí será el llanto y el crujir
de dientes" (Mt 22,13) en la parábola de dos administradores llega
inopinadamente el Señor y manda descuartizar al siervo infiel y darle
el merecido de los traidores (Lc 12,46).
En estas palabras hay una
vida fuerte lejana a un blando sentimentalismo. Similares son las palabras
dirigidas a los fariseos ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!
porque exprimís las casas de las viudas y por pretexto hacéis larga
oración; por eso llevaréis juicio más grave...Guías ciegos que coláis
el mosquito y os tragáis el camello... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas, porque limpiáis lo que está fuera de la copa y del plato,
más interiormente estáis llenos de robo y de inmundicia" (Mt 23,14,24,25)
No es posible figurarse a Jesús en estas ocasiones más que con ojos
llameantes y rostro encendido. Igual que cuando arroja a los mercaderes
del Templo, o cuando maldice la higuera símbolo del pueblo infiel a
las llamadas divinas. La fuerza y la iras de Jesús contrastan más aún
con la dulzura habitual y manifiestan el amor a la verdad y la justicia,
por encima de cualquier debilidad humana. Es la ira de Dios que se demuestra
tantas veces en el AT, así llamará a los fariseos raza de víboras, y
a Herodes le llama zorro.
Cuando se trata de dar testimonio
de la verdad, desconoce el miedo y la vacilación. Un carácter luchador
que en medio de la lucha no pierde la serenidad
Llama la atención su clarividencia viril, su impresionante
lealtad, su sinceridad austera y, en una palabra, el carácter heroico
de su personalidad.
Esta fuerza y verdad es
lo que atraen a los discípulos, su pureza interior, su sinceridad se
revelan en su palabra cuando dice si tu ojo te escandaliza, arráncalo
(Mt 18,9) el que pierde su alma, la gana (Mt 10,29) Nadie puede servir
a dos señores (Lc 16,13).
¿Cómo se condujo Jesús con los hombres y las cosas
de su tiempo?.No se da en Él una tendencia ser soñador, sino fuertemente
racional, cosa que se hace patente en las discusiones con sus enemigos
que preparan cuestiones difíciles y capciosas. Sus respuestas son tan
claras y contundentes que tienen que retirarse confundidos.
Desbroza la religión de
los añadidos humanos llevándola hasta sus mismas raíces que están en
el interior del corazón humano. sus parábolas hacen revivir ante nosotros
a los labradores, pescadores, al traficante de perlas preciosas, al
mayoral, al mercader, al jornalero, al constructor y al hortelano, abarcando
desde la dueña de la casa y la pobre viuda hasta el juez, el general
del ejercito y el mismo rey. Tienen sus parábolas tal riqueza de matices
describiendo la vida ordinaria que llegan tanto al intelectual como
al hombre iletrado. Jesús busca ilustrar las mentes de los que le escuchan
para renovarlos por dentro apartando las tinieblas del error o de la
ignorancia.
Junto a esto destaca en
la teoría y en la práctica su mandato nuevo que manifiesta en la Ultima
Cena y en toda su vida amad a vuestros enemigos, haced bien a los que
os aborrecen (Lc 6,27; Mt 5,44). Su amor a los hombres no le impide
ver sus defectos, es más los enuncia, pero ese amor le lleva a que desaparezcan
esos pecados. Es lo que llamamos comprensión. Conoce toda la fragilidad
y toda la flaqueza y aplica los remedios en su mejor modo: suave o fuerte
según la necesidad.
La compasión es uno de sus
rasgos más incomparables, en su sentido más hondo padecer con otro.
No se contenta con examinar la miseria humana , la toma sobre sí, paga
por las deudas de los demás.
Llama hermanos a los más
insignificantes, se adapta a las costumbres de todos mientras no ofendan
a Dios. Su unión con los pobres y los oprimidos es patente. Demuestra
con obras que no ha venido a ser servido sino a servir. Quiere ser
pobre con los pobres, despreciado con los despreciados, tentado con
los tentados, crucificado con los que sufren y mueren.
Los evangelistas lo advierten
continuamente Tenía compasión del pueblo (Mc 8,2;Mt 9,36;14,14; 15,32;
Lc 7,13) tenía compasión de ellos porque eran ovejas sin pastor(Mc 6,34).
Hay ocasiones en que su corazón parece tan sensible y dulce como pueda
serlo el de una madre con su hijo enfermo, por ejemplo al salir de sus
labios las parábolas del hijo pródigo, de la moneda perdida, del buen
pastor y del buen samaritano.
La desgracia que le conmueve
es la de los enfermos y , sobre todo, la de los pecadores. No puede
decir "no" cuando clama el dolor. ni cuando lo pide una mujer
pagana, ni aunque parezca que no cumple el precepto del sábado, ni por
miedo a que se escandalicen los piadosos por estar con publicanos y
pecadores. Ni siquiera las torturas de la agonía le impiden decir al
ladrón arrepentido hoy estarás conmigo en el paraíso(Lc 23,43).
Su amor a los hombres no
tolera excepción alguna, y no tiene el menor matiz de preferencia para
una clase determinada. Admite a los ricos, aunque les avise que su situación
es más difícil que la de los pobres para alcanzar el Reino de los cielos,
así ocurre con simón el fariseo, con Nicodemo, con José de Arimatea,
con Juana mujer de Cusa, Susana y otras muchas "que le servían
de sus haciendas" ((Lc 8,3). Los apóstoles no parecen pertenecer
a las clases más bajas, sino a la clase media, como el mismo Jesús.
La pobreza le conmueve por el sufrimiento que experimentan los que se
encuentran en esa condición, y por el peligro de que pierdan la paciencia
y se rebelen contra Dios. Peligro mayor en los ricos que en la abundancia
pueden olvidarse de Dios.
El amor a los desgraciados
es una necesidad íntima, un irreprimible movimiento interior, es la
manifestación de la misericordia divina. El hecho de estar en contacto
con las alturas divinas no le impide hacerse cargo de las necesidades
pequeñas y cotidianas.
¿Y la alegría? Jesús se
abre al regocijo humano. Incluso le critican por su naturalidad, come
en cualquier casa, va a la fiesta de bodas, no deja ayunar a los discípulos
mientras el esposo esté con ellos. Manifiesta su amor de predilección
con uno de ellos que en la última cena recuesta su cabeza sobre su pecho.
Su contemplación de la naturaleza es poética evoca los lirios, los arbustos,
la higuera, las viñas, los pájaros y raposas y la tempestad amenazadora.
¿Quién es este Jesús? ¿No
parece que su humanidad se mueve en direcciones opuestas, por una parte
hacia lo alto lo celestial, y por otra, a lo de abajo, a lo humano?
La solución no se encuentra sólo en lo humano, se debe buscar también
lo divino. Es perfecto Dios y perfecto hombre igual en todo a nosotros
excepto el pecado. Igual en los sentidos externos e internos, en las
emociones, en los sentimientos, en la voluntad, en la inteligencia,
pero perfecto y unido a la divinidad de tal modo que sus acciones son
acciones son humanas y divinas. Este es Jesús. Cada gesto expresa la
plenitud de la divinidad corporalmente, pera también expresa lo que
es un hombre sin la deformación del pecado. Cuando los hombres decimos
que algo es humano, muchas veces indicamos acciones pecaminosas. Jesús
nos muestra lo que es genuinamente humano sin faltas ni recortes.
Jesús tiene sentimientos
como todos los humanos. Llora, ríe, siente alegría y gozo, temor, ira,
cansancio, entusiasmo, angustia y amor. Tan es así que nos dice que
le imitemos en ser mansos y humildes de corazón como Él; y San Pablo
pone la meta del cristiano en tener los mismos sentimientos que Cristo
tenía en su Corazón, que viene a ser la intimidad más profunda de su
humanidad, como el punto de unión de los corporal y lo espiritual según
el modo de expresarse de los hebreos y de casi todas las culturas.
En resumen, podemos recurrir
a otro testimonio de Jesús sobre sí mismo. “Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida”, el Camino indica la Humanidad que hemos observado anteriormente
y la Verdad y la Vida son dos atributos divinos que le llenan también
humanamente y son la meta del que cree
En lo humano Jesús es el
Modelo que revela lo que es el ser humano. Pero también en su humanidad
se da la mayor presencia de la divinidad. Primero la realidad de su
ser que es el Verbo que se expresa corporalmente en Él y le comunica
su saber, su querer, su vivir en la medida en que lo humano creado puede
recibir lo divino, de modo que Jesús como Hombre no es Hijo adoptivo,
sino Hijo natural del Padre y según su Humanidad es Rey de toda la creación
salvada y Cabeza de la nueva recreación de la Humanidad salvada. El
Padre actúa continuamente en su alma con esa fuerza del amor que manda
pidiendo el sacrificio perfecto que será la justicia unida a la misericordia.
Jesús siente tanto la unión con el Padre que llega a llamar “hijitos”
a los discípulos en una asimilación del modo paternal del Padre que
le llama “el Amado” y nos ama a todos los hombres mirándole a Él, el
Hombre perfecto, el libremente obediente por amor. El Espíritu Santo
actúa con total libertad en su alma que responde con total docilidad.
Le lleva al desierto a sufrir tentaciones reales en la confrontación
con Satanás; le llena de entusiasmo cuando le ve caer como una rayo
al ser expulsado de muchos por la acción de los discípulos; y, por fin,
le acompaña en la Cruz desde donde Jesús lo devuelve al Padre para enviarlo
junto al Padre a los hombres a través de los Apóstoles cuando resucita.
La vida de Jesús es plenamente humana y
plenamente divina. Como hombre tiene una vida trinitaria desde lo más
íntimo hasta lo más externo siendo perfecto hombre capaz de Dios; de
modo que el máximo progreso posible para los demás hombres sea Él mismo.
Jesús es el Camino para ser hombre que ama y es amado por Dios
Imitación de Cristo
Sirva un texto de Kierkegaard entre los muchos que
muestran el camino de la imitación o seguimiento de Cristo para mostrar
la radicalidad de esta postura. “Cristo ha venido al mundo con el propósito
de ser el «Modelo» a imitar. Esta voluntad de Cristo está incluida en
la voluntad más general de salvar al mundo. Los hombres se salvan siguiendo
las huellas de Cristo, la «impronta» que Él ha querido imprimir. Imitarlo
significa que nuestra vida debe tener una semejanza con la suya”La actitud
del imitador es distinta de la del admirador: «Un imitador es o aspira
a ser lo que admira; un admirador en cambio permanece personalmente
fuera: en modo conciente o inconsciente él evita ver que aquel objeto
contiene, por lo que a él respecta, la exigencia de ser o al menos de
aspirar a ser lo que él admira». Anticlimacus pone un ejemplo muy claro
de un admirador: el joven rico (Mt 19, 22), que admiraba a Cristo pero
que no se decidió a seguirle e imitarle. El test para saber si uno es
cristiano es precisamente la imitación de Cristo. ¿Qué nos ha dejado
el Modelo? Cristo nace en la humildad, vive pobre, abandonado, despreciado
y humillado. Nuestra existencia terrena es un examen sobre la imitación
del modelo. «Ser hombre, vivir en este mundo, significa ser puesto a
prueba, y la vida es un examen».
Pero el imitador, aunque tenga la condición dada por el Maestro, sigue
siendo un pecador. La puerta de entrada al cristianismo es la conciencia
del pecado. Delante de Dios no podemos esconder nuestros pecados. El
verdadero cristiano, cuanto más se siente a sí mismo como pecador, tanto
más desea ardientemente al Salvador. El verdadero cristiano, en cuanto
discípulo de Cristo, es aquel que se transforma en un penitente que
desea infinitamente a Dios. El penitente debe vivir con severidad, porque
«no hay para nosotros más que una salvación: el cristianismo. También
para el cristianismo no hay más que una salvación: la severidad. No
nos podemos salvar con la blandura». La severidad cristiana es vivir
con Cristo, en cuanto Él es la Verdad y la Vida. «Ser imitador de Cristo
significa que tu vida presenta una semejanza con la suya, toda la semejanza
que puede tener una vida humana».
El cristianismo no es una doctrina para enseñar o aprender: es una Verdad
que se hace Vida. No es la certeza objetiva de la especulación, sino
la subjetivización en la propia existencia personal de una Vida que
es una Persona: la de Cristo.
Si el cristiano vive en el abajamiento, imitando a Cristo, con Cristo
será elevado. En la última parte, Anticlimacus presenta un tercer texto
de la Escritura: «Y Yo, cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré
a todos hacia Mí» (Jn 12, 32). Este texto, según el seudónimo, es denso
de significados. Manifiesta la trascendencia de la Redención de Cristo,
su juicio de condena de la historia universal, sin posibilidad de apelación,
el triunfo del Humilde y de todos los secuaces que han imitado a Cristo
en el dolor y en el sufrimiento. Esta tercera parte podría definirse,
como lo hace Fabro, como una soteriología existencial, donde
se contraponen el sofista y el creyente, el admirador y el imitador,
la Iglesia Triunfante de la Cristiandad -el orden establecido- y la
Iglesia Militante de los sufrientes y perseguidos.
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