Jesucristo revela el hombre al hombre

 

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Jesucristo revela el hombre al hombre.

Dice Dostoievski después de su dramática conversión y habiendo captado la dureza del nihilismo: “Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero, además –y lo digo con amor entusiasta –no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien probase que Cristo no es la verdad, y si se probase  que la verdad está fuera de Cristo, prefiría quedarme con Cristo que con la verdad”. En el otro extremo está Nietzsche que se firma Anticristo en sus ataques al cristianismo, pero que quizá ocultamente se pueda encontrar una admiración a Cristo capaz de sufrir todo hasta la muerte, y lo sustituye por una voluntad de poder que dice que no puede existir amor verdadero fuera del amor de sí mismo, se le llame como se le llame. La historicidad de la vida de Cristo avanza ante las críticas bienintencionadas de Bultmann, y queremos ver a Cristo como modelo de hombre, sin las deformaciones que tenemos los demás humanos.

A comienzos del siglo XXI, cuando la Ilustración está en sus estertores de muerte bien comprensibles dice Juan Pablo II proponiendo una oración sencilla como el Rosario: “A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: « Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado ». El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual « recapitula » el camino del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre”[1].

En los evangelios se recogen unas palabras de Jesús que sorprenden: “¿quién me argüirá de pecado?”, en las que se muestra con conciencia de que no tiene pecado, ni fallo. Si otra persona dijese algo parecido sería fácil investigar su vida y encontrar faltas más o menos ocultas. Todo hombre se sabe pecador, y los que lo niegan son necios, o son mentirosos. Es más, el gran pecado es la soberbia espiritual, enorgullecerse de la propia  pretendida perfección en un acto de vanidad muy rebuscado. Éste es el pecado raíz que atribuye Jesús a los fariseos. Los enemigos de Jesús le acusan de casi todo (incumplir la ley, especialmente  el sábado, ser blasfemo, endemoniado, etc) pero sus acusaciones son como actos de odio, más que búsqueda de la verdad. Sencillamente son mentiras. Los Evangelios y la Tradición muestran a Jesús como un hombre sin pecado, sin fallos, aunque sufre tentaciones, angustias, dolores y muchos otros inconvenientes siendo puesto repetidamente a prueba.

Pero el tema central es cuando le preguntan: “Tú ¿quién eres?”(Jn 8,25), “¿Por quién te tienes Tú”(Jn 8,54). Y responde que es “el Hijo de Dios”, no en un sentido de ser hijo de Dios como todo hombre, sino en sentido propio y así lo entienden los judíos que le acusan de hacerse igual a Dios. Si miramos esta afirmación sólo caben dos soluciones o es verdad o es un loco, o es el mayor pecado que se ha hecho. Veamos algunos textos que nos pueden aclarar este punto definitivo.

“Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico de Salomón. Entonces le rodearon los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (Jn) Jesús pone la autoridad de sus milagros y alude que no creen porque tiene el alma manchada.  A partir de aquí va a venir la revelación principal al mostrar su relación con el Padre: “Yo y el Padre somos uno” (Jn).

De un modo breve, y conciso, la revelación de quién es Jesús está hecha: es el Hijo de Dios, es decir, es Dios mismo, igual al Padre y engendrado por Él. También es el enviado como Cristo. La Humanidad de Jesús está unida al Verbo y es ungida por el Espíritu Santo para la gran misión de redimir a los hombres. Todas las expectativas de los hombres quedan superadas en Jesús. Dios Padre quiere salvar a los hombres enviando a su Hijo para que se haga hombre y se convierta en cabeza de la nueva humanidad salvada del pecado. Se ha alcanzado el máximo progreso en la estirpe humana. Ahora avanzar es unirse a la perfección de Jesús creyendo en él y viviendo su vida que llegará a los hombres por los cauces que quiera establecer.

Las palabras de Jesús son tan claras, que los que preguntan las entienden pero sin fe y con mala voluntad. Por eso, “los judíos cogieron de nuevo piedras para lapidarle”. El tumulto es grande, todos se agitan; Jesús insiste en la verdad de sus palabras con valentía, y “les replicó: Os he mostrado muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de estas obras queréis lapidarme? Le respondieron los judíos: No queremos lapidarte por obra buena alguna sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les contestó: ¿No está escrito en vuestra Ley: Yo dije: sois dioses? Si llamó dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar, ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo, decís vosotros que blasfema porque dije que soy Hijo de Dios?” Al no entender la santidad de la vida de Dios en el hombre, menos pueden entender la santidad de Jesús como Hijo de Dios unigénito. Por otra parte, prosigue Jesús, “si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn

Más adelante en el juicio ante Caifás se planteará la gran pregunta con la que podía librarse de a muerte o ser condenado. “Entonces el Sumo Sacerdote se levanta y de un modo solemne centra el juicio en la cuestión religiosa, que es la que les ha llevado allí, y la que no querían afrontar cara a cara, y le dice: “Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt), el “Hijo del bendito” (Mc). Se hace el silencio en la sala. Se trata de un juramento ante Dios, y de una interrogación por parte de la máxima autoridad religiosa de Israel. Puede ser indigno, pero es el representante de Dios en el pueblo. Jesús eleva su mirada, se yergue y responde: “Yo soy” (Mc), “Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mt). “Entonces el Sumo Sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Ellos respondieron: Reo es de muerte” (Mt). Ni el Sumo Sacerdote, ni ninguno de los presentes creen en Jesús como Hijo ni como Mesías. El odio ha podido más que el amor en ellos, la tiniebla ha ocultado la luz. Al condenar a Jesús como blasfemo se acusan a sí mismo como infieles a Dios”[2].

Esta afirmación rotunda con el juicio escandalizado a los que no creen se confirma en el juicio ante el Sanedrín al despuntar el alba del Viernes Santo: “Al hacerse de día se reunieron los ancianos del pueblo, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y le condujeron al Sanedrín”. La sesión evita las acusaciones sobre la destrucción del Templo y va al núcleo de la cuestión que ya Caifás ha puesto de relieve. Y le dicen: “Si tú eres el Cristo, dínoslo”. La expectación es tan grande que “entonces dijeron todos: Luego ¿tú eres el Hijo de Dios?”. Han llegado al centro de la cuestión tantas veces repetida en público. Es cosa clara que al decir Hijo de Dios no lo entienden ya como la condición de todos los hombres que son hijos de Dios, ni siquiera de una filiación extraordinaria, pero, al fin y al cabo, humana. Entienden que Cristo habla de sí mismo como el Hijo igual al Padre, uno con el Padre y, por tanto, Dios y hombre verdadero. Ésta es la cuestión central. Se trata de aceptar que Dios ha entrado en la historia para salvar a la humanidad, se trata de creer en esa locura de amor de Dios. Jesús declara solemnemente la verdad ante los sabios de Israel, ante los que tienen las llaves de la Revelación anterior de Dios que ahora llega a su punto culminante, ante los que tienen el poder religioso del Pueblo como Tribunal supremo. “Les respondió: Vosotros lo decís: yo soy” (Lc). Sus palabras vuelven a caer en la asamblea como un trueno. El nombre de Dios es utilizado por Jesús para señalarse a sí mismo.

Todos los presentes creen en Dios espíritu puro, distinto del mundo, infinito, justo, misericordioso, creador. Pero ahora se trata de aceptar que ese Dios entra en la historia con el fin de salvar a los hombres. En ese caso Jesús es el Señor de la historia, toda la humanidad ha sido regenerada y alcanza en Jesús una perfección suprema. Al que tenga fe se le abren los horizontes hasta niveles insospechados. Realmente están ante Dios con nosotros, ante Dios que salva. Éste es el significado del nombre de Jesús. Por la fe pueden entrar en esas realidades inmensas e infinitas. Se renueva la cuestión puesta a Adán y Eva: ser fiel a Dios o no serlo, y para ello superar una idea de Dios pequeña y muy inferior a la realidad. Los que creían se dan cuenta de ello, al menos de lo esencial. Pero la mayoría renovó el pecado de origen de un modo más grave aún, y “dijeron: ¡Qué necesidad tenemos ya de testimonio! Nosotros mismos lo hemos oído de su boca” (Lc). Y le condenan a muerte, aunque en realidad ellos son condenados al negar al mismo Dios que salva”[3].

La fe cristiana confesó desde el principio que Jesús es  Dios y Hombre verdadero. A lo largo de los Concilios se fue aumentando la inteligencia de la fe en esta verdad absolutamente central. En Nicea se dice que es consustancial (de la misma naturaleza) del Padre, no inferior, como decían los arrianos. En Éfeso que María es Madre de Dios. En Calcedonia que en Jesús se dan dos naturalezas (ousía) subsistentes en una sola persona (hipostásis). Es decir, que así como en un ser humano hay un cuerpo, un alma y su acto de ser es el actus essendi participado del Esse divino, en Cristo la Persona es el Esse, en concreto la Persona del Verbo. Esta unión entre la divinidad y la humanidad de Jesús se realiza por acción del Espíritu Santo con la concesión de la gracia hipostática que permite que el Esse del Hijo pueda dar la vida al Hombre Jesús con alma como la de todo hombre y cuerpo también igual a todo varón.

Aquí nos interesa saber los efectos en la Humanidad de Jesús en su unión única y máxima con la divinidad. Piensa como hombre, aunque también tiene la ciencia divina. Quiere con voluntad humana, aunque también tiene Voluntad divina y nunca se contradicen. Tiene afectos como los hombres y ama como Dios. Su cuerpo es comunicación y fuente de dolores y gozos, como nosotros. Trabaja con manos de hombre. Ora, camina, se cansa, habla.  Pero, ¿qué es lo más esencial en Él? Posee como hombre un amor que no se detiene ante nada, ni siquiera ante la injusticia, el abandono de los suyos e interior, el dolor hasta el extremo y la muerte convertida en sacrificio perfecto para que los hombres alcancen la reconciliación con el Padre.

En lo íntimo su unión con la divinidad es en la Persona divina del Verbo. Se distinguen lo humano y lo divino, pero se comunican sus propiedades (comunicatio idiomatum, intercambio de propiedades entre las dos naturalezas en la medida de lo posible). Podríamos ir mirando cada una de sus facultades y observar los efectos de esa unión hasta llegar a la Resurrección en que la materia es divinizada (organizada de otro modo querido por Dios) y vive una Vida para no morir transmisible a los hombres, cosa que hace la Iglesia fundada por Él. Pero veamos su comportamiento en la vida ordinaria.

 

¿Qué nos enseñan los evangelios acerca de Jesús?

Contemplarlo como lo vieron los suyos es el camino para esclarecer el misterio y el secreto de su personalidad. La primera precisión sobre los evangelistas es que narran la vida de Jesús sobre el conocimiento de que está resucitado y que vive glorioso y victorioso  y celestial. Este trasfondo da más brillo y contraste a su vida humana y pobre.

En cuanto a las fechas parece que hay que retrasar el nacimiento al año 7 anterior a nuestra era y que fue crucificado el 7 de abril del año 30 a los 37 años. La vida pública si que consta de tres pascuas, no tres años completos.

¿Cual debió ser su aspecto exterior? no se distinguió en su aspecto de los judíos y rabinos de su época "era como cualquier hombre y también sus gestos"(Fil 2,7), no vestía llamativa y pobremente como el Bautista, que, según la costumbre de los profetas iba ceñido con una túnica de pelos de camello. como sus paisanos, llevaría ordinariamente en vestido de lana con un cinturón que servía de bolsa al tiempo, un manto o túnica y sandalias. En la Pasión llevaba una túnica sin costura y toda tejida de arriba a abajo(Jn 19,23) Según las prescripciones de la ley (Num 15,38) adornaban la parte superior cuatro borlas de lana con borlas azules. Y siguiendo la costumbre de su tiempo llevaría para la oración matutina filacterias atadas al brazo y alrededor de la frente. No censuraría su uso a los fariseos sino la motivación de falsa piedad y de ensancharlas. En sus largas caminatas se guardaría de los ardientes rayos del sol mediante un sudario blanco que envolvía cabeza y cuello. Por lo demás Jesús desdeñaba la "preocupación" por el vestido, lo que no quiere decir descuido y dejadez que son falta de virtud. Llevó la barba usual y los cabellos cuidados recogidos en la nuca a diferencia de los nazarenos que se dejaban hirsutas y largas guedejas. El cuidado del cuerpo lo recomienda superando la vanidad. Así en épocas de ayuno dice unge tu cabeza y lava tu rostro, lava los pies a sus discípulos y se lamenta de que el fariseo que le invita a comer no le de agua para limpiarse las manos, declara su favor por el bálsamo precioso con que la magdalena le ungió previendo su muerte.

Su figura corporal debió ser simpática y hasta fascinadora. No poseemos ninguna descripción de su tiempo, sólo que había crecido en su niñez en gracia ante Dios y los hombres. Es trasladable lo que decía sobre la luz interior que se transparenta en lo externo "tu ojo es la luz de tu cuerpo y si aquel está sano, todo tu cuerpo estará iluminado".

Su figura debió tener algo radiante que atraía a toda persona de sentimientos delicados, especialmente los niños. La exclamación admirativa que un día brotó de una mujer del pueblo es muy significativa "bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron" (Lc 11,27).

De modo particular debió impresionar su mirada capaz de inflamar las almas y de hacer sentir los reproches más emocionantes. Marcos usa mucho la expresión  “Y mirándoles, dijo” (Mc 3,5,34; 5,32; 8,33; 10,21; 20,27) En sus ojos había algo dominante y arrollador.

A este aspecto se añade el de su salud y energía, en suma, un equilibrio perfecto: capacidad emprendedora, resistencia a la fatiga. El contraste con Mahoma enfermo y de un sistema nervioso en desequilibrio o de Buda psíquicamente deshecho y agotado cuando se retiró del mundo es notable. En Jesús no hay ni la menor alusión a enfermedad alguna.

Su cuerpo parece especialmente resiste a la fatiga. Ora muy de mañana, muy de madrugada, y muchas noches las pasa en vela en oración. Incluso respecto a la naturaleza su salud se manifiesta en la radiante alegría especialmente ante montes y lagos. Las caminatas recorren toda Judea, Samaria, Galilea  aún hasta la región de Tiro y Sidón. El hambre y la sed debieron ser frecuentes compañeros de viaje, recomienda:  no llevéis nada para el viaje, ni bastón ni alforjas y tampoco pan y dinero. Su última subida de Jericó a Jerusalén debió ser una proeza. Bajo un sol ardiente, por caminos sin sombra y atravesando montes rocosos y solitarios, realizó el viaje en seis horas, debiendo superar una altura de más de mil metros. Es asombroso que a su llegada no se sintiera fatigado. Aquella misma tarde cenó con Lázaro y sus hermanas (Jn 12,2).

Pasó la mayor parte de su vida al aire libre, en medio de la naturaleza  expuesto a la intemperie, Le son familiares los lirios del campo y las aves del cielo. Su vida errante, llena de trabajo y penurias, manifiesta un cuerpo robusto. Marcos advierto que no tenía tiempo para comer(Mc 3,20; 6,31) Hasta muy entrada la noche no acudían a él los enfermos (Mc3,8) y también los fariseos, saduceos y enemigos llenos de malicia. Debe afrontar largas y penosas discusiones, luchas peligrosas en tensión continua. Las explicaciones a los discípulos eran prolijas, con la pesada carga que le imponían aquellos espíritus poco despiertos y llenos de preocupaciones mezquinas. Un temperamento enfermo o simplemente delicado no hubiera podido resistir. Jamás perdió la serenidad. Continuó durmiendo tranquilamente duramente la tempestad.

¿Y su alma?  Sus parientes  no le entienden y se quedan perplejos ante El o le llaman loco y afirmaban que había perdido el juicio (Mc 3,21). Los fariseos y sus enemigos pensaban que un espíritu maligno obraba en Él (Mt 12,24). La superioridad que se manifiesta en Jesús no admite otra explicación si no se está dispuesto a aceptar quién es en realidad.

Los evangelistas nos hablan con toda claridad. Si algo les llamó la atención en el modo de ser de Jesús, fue la lucidez extraordinaria de su juicio y la inquebrantable firmeza de su voluntad. Advierten un hombre de carácter, apuntando inflexiblemente hacia su fin, para realizar la voluntad de su Padre, hasta el último extremo, hasta derramar su sangre

Las repetidas expresiones “Yo he venido, Yo no he venido” traducen perfectamente ese sí y ese no consciente e inquebrantable. Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra (Mt 10,34) No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores(Mt 9,13) El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida en rescate de muchos(Mt 30,28; Mc 10,45) No he venido a destruir la ley ni los profetas, sino a completarlos (Mt 5,77) Yo he venido a traer fuego a la tierra. ¿y qué quiero sino que arda? (Lc 12,49).

Sabe lo que quiere desde el principio. A los doce años dice  a sus padres que le encuentran en el Templo ¿No sabíais que debe emplearme en las cosas de mi Padre (Lc 2,49) Las tres tentaciones del desierto son una victoria sobre la posibilidad egoísta de utilizar su poder para la glorificación personal y no cumplir la voluntad del Padre. Sus mismos discípulos intentan alejarle del cumplimiento de su misión. Primero sus parientes, luego su elegido Pedro que le ama pero no le entiende, y después de la multiplicación de los panes que muchos le abandonaron criticándole "Muchos discípulos se separaron definitivamente de Él en esta ocasión" (Jn 6,66). No por ello dejó Jesús de seguir su camino, decidido a seguir su camino si fuese necesario "¿Y vosotros, también queréis iros?"

Jamás se le ve vacilar, ni en sus palabras, ni en su obrar. Pide a sus discípulos una voluntad firme de ese calibre "Quien pone la mano en le arado y mira atrás no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9,62). Está muy lejos de Él la precipitación y más aún la indecisión, las claudicaciones y las salidas de compromiso. Todo su ser son un  sí o no. Sólo Él puede afirmar con toda verdad que vuestra palabra sea sí, sí, no, no. Lo demás es un mal (Mt 5,37).

Todo su ser y toda su vida son unidad, firmeza, luz y pura verdad. Producía tal impresión de sinceridad y energía, que sus mismos enemigos no podían sustraerse a ella "Maestro, sabemos que eres veraz y no temes a nadie" (Mc 12,14). Lo contrario de la hipocresía de sepulcros blanqueados de los fariseos. Su muerte es fruto de ese contraste de fidelidad al padre y doblez de sus enemigos.

Su carácter es la encarnación del heroísmo, por ello el joven rico que guarda los mandamientos no puede, o no quiere, seguirle; el verdadero discípulo debe  odiar a su padre madre, hermanos y aún a su propia vida si quiere seguirle, aunque odiar signifique poner en segundo término es muy fuerte el modo de decir mismo.

Tiene la fuerza del jefe que al decir a Simón y Andrés que le sigan, éstos dejan todas las cosas y a su padre con los jornaleros. Arroja a los mercaderes del Templo sin que nadie pueda resistirle. Sus mismos discípulos aún conviviendo con Él y siendo llamados amigos tienen un respeto  que marca una distancia que los separa de Él. le seguían con miedo y se espantaban (Mc 10,32). No era uno de tantos, ni como los dirigentes, doctores de la ley y fariseos o autoridades políticas. Tenía consigo todo el poder y esta impresión de superioridad, de omnipotencia, que dimana su persona era tal, que para explicarla, la multitud buscaba las  comparaciones con el Bautista, Elías o Jeremías o alguno de los profetas. Esto aunque se manifestase de un modo habitual humilde y manso.

 La vida interior de Jesús.

La oración de Jesús se realiza muchas veces ante todo el mundo o ante los suyos en voz alta, pero busca el silencio y el recogimiento cosa que en su vida pública sólo puede conseguir durante la noche mientras los demás duermen. Se puede decir que necesita la oración más que nosotros, no porque necesite pedir algo que no esté a su alcance sino porque busca el trato íntimo y sin distracciones con el Padre.

Su fuerza interior aparece en ocasiones de una manera fuerte con el ardor de una pasión santa, así dice a Satanás en su tercera tentación ¡retírate de mi vista, Satanás! palabras similares a las que dice a Pedro que intenta disuadirle de la Pasión dolorosa (Mt 4,10; Mt 14,23) Fuera de mi vista inicuos, nunca os he conocido dirá el día del juicio a los que mueren sin la gracia de Dios. Esta fuerza refulge y retumba en la parábola de la cizaña El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, que reunirán a todos los malvados y seductores del Reino y los echarán al horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes (Mt 13,41) Análogamente en la parábola de la red Los ángeles vendrán y separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes (Mt 13,49).

Asimismo terminan airadamente las parábolas de las 10 vírgenes, de los talentos, de las ovejas y de los cabritos(Mt 25,1ss 25,14ss; 25.33ss) En la parábola del siervo despiadado el Señor "lleno de cólera" entrega a la justicia al siervo sin entrañas hasta que pague enteramente su deuda, igualmente en la parábola del invitado no engalanado en el festín manda" "atadlo de pies y manos, tomadle y echadle fuera. allí será el llanto y el crujir de dientes" (Mt 22,13) en la parábola de dos administradores llega inopinadamente el Señor y manda descuartizar al siervo infiel y darle el merecido de los traidores (Lc 12,46).

En estas palabras hay una vida fuerte lejana a un blando sentimentalismo. Similares son las palabras dirigidas a los fariseos ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque exprimís las casas de las viudas y por pretexto hacéis larga oración; por eso llevaréis juicio más grave...Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque limpiáis lo que está fuera de la copa y del plato, más interiormente estáis llenos de robo y de inmundicia" (Mt 23,14,24,25) No es posible figurarse a Jesús en estas ocasiones más que con ojos llameantes y rostro encendido. Igual que cuando arroja a los mercaderes del Templo, o cuando maldice la higuera símbolo del pueblo infiel a las llamadas divinas. La fuerza y la iras de Jesús contrastan más aún con la dulzura habitual y manifiestan el amor a la verdad y la justicia, por encima de cualquier debilidad humana. Es la ira de Dios que se demuestra tantas veces en el AT, así llamará a los fariseos raza de víboras, y a Herodes le llama zorro.

Cuando se trata de dar testimonio de la verdad, desconoce el miedo y la vacilación. Un carácter luchador que en medio de la lucha no pierde la serenidad

Llama la atención su clarividencia viril, su impresionante lealtad, su sinceridad austera y, en una palabra, el carácter heroico de su personalidad.

Esta fuerza y verdad es lo que atraen a los discípulos, su pureza interior, su sinceridad se revelan en su palabra cuando dice si tu ojo te escandaliza, arráncalo (Mt 18,9) el que pierde su alma, la gana (Mt 10,29) Nadie puede servir a dos señores (Lc 16,13).

¿Cómo se condujo Jesús con los hombres y las cosas de su tiempo?.No se da en Él una tendencia ser soñador, sino fuertemente racional, cosa que se hace patente en las discusiones con sus enemigos que preparan cuestiones difíciles y capciosas. Sus respuestas son tan claras y contundentes que tienen que retirarse confundidos.

Desbroza la religión de los añadidos humanos llevándola hasta sus mismas raíces que están en el interior del corazón humano. sus parábolas hacen revivir ante nosotros a los labradores, pescadores, al traficante de perlas preciosas, al mayoral, al mercader, al jornalero, al constructor y al hortelano, abarcando desde la dueña de la casa y la pobre viuda hasta el juez, el general del ejercito y el mismo rey. Tienen sus parábolas tal riqueza de matices describiendo la vida ordinaria que llegan tanto al intelectual como al hombre iletrado. Jesús busca ilustrar las mentes de los que le escuchan para renovarlos por dentro apartando las tinieblas del error o de la ignorancia.

Junto a esto destaca en la teoría y en la práctica su  mandato nuevo que manifiesta en la Ultima Cena y en toda su vida amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen (Lc 6,27; Mt 5,44). Su amor a los hombres no le impide ver sus defectos, es más los enuncia, pero ese amor le lleva a que desaparezcan esos pecados. Es lo que llamamos comprensión. Conoce toda la fragilidad y toda la flaqueza y aplica los remedios en su mejor modo: suave o fuerte según la necesidad.

La compasión es uno de sus rasgos más incomparables, en su sentido más hondo padecer con otro. No se contenta con examinar la miseria humana , la toma sobre sí, paga por las deudas de los demás.

Llama hermanos a los más insignificantes, se adapta a las costumbres de todos mientras no ofendan a Dios. Su unión con los pobres y los oprimidos es patente. Demuestra con obras que no ha venido a ser servido sino a servir.  Quiere ser pobre con los pobres, despreciado con los despreciados, tentado con los tentados, crucificado con los que sufren y mueren.

Los evangelistas lo advierten continuamente Tenía compasión del pueblo (Mc 8,2;Mt 9,36;14,14; 15,32; Lc 7,13) tenía compasión de ellos porque eran ovejas sin pastor(Mc 6,34). Hay ocasiones en que su corazón parece tan sensible y dulce como pueda serlo el de una madre con su hijo enfermo, por ejemplo al salir de sus labios las parábolas del hijo pródigo, de la moneda perdida, del buen pastor y del buen samaritano.

La desgracia que le conmueve es la de los enfermos y , sobre todo, la de los pecadores. No puede decir "no" cuando clama el dolor. ni cuando lo pide una mujer pagana, ni aunque parezca que no cumple el precepto del sábado, ni por miedo a que se escandalicen los piadosos por estar con publicanos y pecadores. Ni siquiera las torturas de la agonía le impiden decir al ladrón arrepentido hoy estarás conmigo en el paraíso(Lc 23,43).

Su amor a los hombres no tolera excepción alguna, y no tiene el menor matiz de preferencia para una clase determinada. Admite a los ricos, aunque les avise que su situación es más difícil que la de los pobres para alcanzar el Reino de los cielos, así ocurre con simón el fariseo, con Nicodemo, con José de Arimatea, con Juana mujer de Cusa, Susana y otras muchas "que le servían de sus haciendas" ((Lc 8,3). Los apóstoles no parecen pertenecer a las clases más bajas, sino a la clase media, como el mismo Jesús. La pobreza le conmueve por el sufrimiento que experimentan los que se encuentran en esa condición, y por el peligro de que pierdan la paciencia y se rebelen contra Dios. Peligro mayor en los ricos que en la abundancia pueden olvidarse de Dios.

El amor a los desgraciados es una necesidad íntima, un irreprimible movimiento interior, es la manifestación de la misericordia divina. El hecho de estar en contacto con las alturas divinas no le impide hacerse cargo de las necesidades pequeñas y cotidianas.

¿Y la alegría? Jesús se abre al regocijo humano. Incluso le critican por su naturalidad, come en cualquier casa, va a la fiesta de bodas, no deja ayunar a los discípulos mientras el esposo esté con ellos. Manifiesta su amor de predilección con uno de ellos que en la última cena recuesta su cabeza sobre su pecho. Su contemplación de la naturaleza es poética evoca los lirios, los arbustos, la higuera, las viñas, los pájaros y raposas y la tempestad amenazadora.

¿Quién es este Jesús? ¿No parece que su humanidad se mueve en direcciones opuestas, por una parte hacia lo alto lo celestial, y por otra, a lo de abajo, a lo humano? La solución no se encuentra sólo en lo humano, se debe buscar también lo divino. Es perfecto Dios y perfecto hombre igual en todo a nosotros excepto el pecado. Igual en los sentidos externos e internos, en las emociones, en los sentimientos, en la voluntad, en la inteligencia, pero perfecto y unido a la divinidad de tal modo que sus acciones son acciones son humanas y divinas. Este es Jesús. Cada gesto expresa la plenitud de la divinidad corporalmente, pera también expresa lo que es un hombre sin la deformación del pecado. Cuando los hombres decimos que algo es humano, muchas veces indicamos acciones pecaminosas. Jesús nos muestra lo que es genuinamente humano sin faltas ni recortes.

Jesús tiene sentimientos como todos los humanos. Llora, ríe, siente alegría y gozo, temor, ira, cansancio, entusiasmo, angustia y amor. Tan es así que nos dice que le imitemos en ser mansos y humildes de corazón como Él; y San Pablo pone la meta del cristiano en tener los mismos sentimientos que Cristo tenía en su Corazón, que viene a ser la intimidad más profunda de su humanidad, como el punto de unión de los corporal y lo espiritual según el modo de expresarse de los hebreos y de casi todas las culturas.

En resumen, podemos recurrir  a otro testimonio de Jesús sobre sí mismo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, el Camino indica la Humanidad que hemos observado anteriormente y la Verdad y la Vida son dos atributos divinos que le llenan también humanamente y son la meta del que cree

En lo humano Jesús es el Modelo que revela lo que es el ser humano. Pero también en su humanidad se da la mayor presencia de la divinidad. Primero la realidad de su ser que es el Verbo que se expresa corporalmente en Él y le comunica su saber, su querer, su vivir en la medida en que lo humano creado puede recibir lo divino, de modo que Jesús como Hombre no es Hijo adoptivo, sino Hijo natural del Padre y según su Humanidad es Rey de toda la creación salvada y Cabeza de la nueva recreación de la Humanidad salvada. El Padre actúa continuamente en su alma con esa fuerza del amor que manda pidiendo el sacrificio perfecto que será la justicia unida a la misericordia. Jesús siente tanto la unión con el Padre que llega a llamar “hijitos” a los discípulos en una asimilación del modo paternal del Padre que le llama “el Amado” y nos ama a todos los hombres mirándole a Él, el Hombre perfecto, el libremente obediente por amor. El Espíritu Santo actúa con total libertad en su alma que responde con total docilidad. Le lleva al desierto a sufrir tentaciones reales en la confrontación con Satanás; le llena de entusiasmo  cuando le ve caer como una rayo al ser expulsado de muchos por la acción de los discípulos; y, por fin, le acompaña en la Cruz desde donde Jesús lo devuelve al Padre para enviarlo junto al Padre a los hombres a través de los Apóstoles cuando resucita.

La vida de Jesús es plenamente humana y plenamente divina. Como hombre tiene una vida trinitaria desde lo más íntimo hasta lo más externo siendo perfecto hombre capaz de Dios; de modo que el máximo progreso posible para los demás hombres sea Él mismo. Jesús es el Camino para ser hombre que ama y es amado por Dios

Imitación de Cristo

Sirva un texto de Kierkegaard entre los muchos que muestran el camino de la imitación o seguimiento de Cristo para mostrar la radicalidad de esta postura. “Cristo ha venido al mundo con el propósito de ser el «Modelo» a imitar. Esta voluntad de Cristo está incluida en la voluntad más general de salvar al mundo. Los hombres se salvan siguiendo las huellas de Cristo, la «impronta» que Él ha querido imprimir. Imitarlo significa que nuestra vida debe tener una semejanza con la suya”La actitud del imitador es distinta de la del admirador: «Un imitador es o aspira a ser lo que admira; un admirador en cambio permanece personalmente fuera: en modo conciente o inconsciente él evita ver que aquel objeto contiene, por lo que a él respecta, la exigencia de ser o al menos de aspirar a ser lo que él admira». Anticlimacus pone un ejemplo muy claro de un admirador: el joven rico (Mt 19, 22), que admiraba a Cristo pero que no se decidió a seguirle e imitarle. El test para saber si uno es cristiano es precisamente la imitación de Cristo. ¿Qué nos ha dejado el Modelo? Cristo nace en la humildad, vive pobre, abandonado, despreciado y humillado. Nuestra existencia terrena es un examen sobre la imitación del modelo. «Ser hombre, vivir en este mundo, significa ser puesto a prueba, y la vida es un examen».
Pero el imitador, aunque tenga la condición dada por el Maestro, sigue siendo un pecador. La puerta de entrada al cristianismo es la conciencia del pecado. Delante de Dios no podemos esconder nuestros pecados. El verdadero cristiano, cuanto más se siente a sí mismo como pecador, tanto más desea ardientemente al Salvador. El verdadero cristiano, en cuanto discípulo de Cristo, es aquel que se transforma en un penitente que desea infinitamente a Dios. El penitente debe vivir con severidad, porque «no hay para nosotros más que una salvación: el cristianismo. También para el cristianismo no hay más que una salvación: la severidad. No nos podemos salvar con la blandura». La severidad cristiana es vivir con Cristo, en cuanto Él es la Verdad y la Vida. «Ser imitador de Cristo significa que tu vida presenta una semejanza con la suya, toda la semejanza que puede tener una vida humana».
El cristianismo no es una doctrina para enseñar o aprender: es una Verdad que se hace Vida. No es la certeza objetiva de la especulación, sino la subjetivización en la propia existencia personal de una Vida que es una Persona: la de Cristo.
Si el cristiano vive en el abajamiento, imitando a Cristo, con Cristo será elevado. En la última parte, Anticlimacus presenta un tercer texto de la Escritura: «Y Yo, cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12, 32). Este texto, según el seudónimo, es denso de significados. Manifiesta la trascendencia de la Redención de Cristo, su juicio de condena de la historia universal, sin posibilidad de apelación, el triunfo del Humilde y de todos los secuaces que han imitado a Cristo en el dolor y en el sufrimiento. Esta tercera parte podría definirse, como lo hace Fabro, como una soteriología existencial, donde se contraponen el sofista y el creyente, el admirador y el imitador, la Iglesia Triunfante de la Cristiandad -el orden establecido- y la Iglesia Militante de los sufrientes y perseguidos.

 


[1] Juan Pablo II. Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae 16 Oct 2002

[2] Enrique Cases. Tres años con Jesús. EIUNSA Madrid, 2002, pp 250-256

[3] Ibid. p.