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La persona humana es capaz
de Dios, es decir, de ser hijo más intensamente de lo que indica el
ser creado que la hace persona llena de dignidad. Es capaz de recibir
un don gratuito que llamamos gracia que le eleva a la participar de
la divina Naturaleza, según la expresión fuerte de San Pedro ser “consortes
divinae naturae”[1].
En el interior del hombre se produce un
endiosamiento bueno. Si en el Antiguo Testamento Dios se revela
como un Dios que da, en el Nuevo Testamento se revela como un Dios que
se da. Dios comunica al hombre su misma vida.
La palabra "gracia"
es muy apropiada para expresar la nueva vida que Dios comunica al hombre,
porque significa belleza, encanto, atractivo, regalo,
e incluso elevación de una persona a la más alta condición de otra que
le presta su amistad. Todos estos significados los encontramos
en la literatura antigua y en la Biblia. La gracia es "un don
por el que Dios habita en nosotros". Siendo más precisos podemos
definir la gracia como "realidad sobrenatural que Dios concede
gratuitamente al hombre, para hacerle partícipe de su vida trinitaria,
transformando, elevando y divinizando su ser y su actividad".
La gracia en el hombre se suele llamar gracia creada, porque también
se denomina gracia increada a Dios mismo que se nos da y nos atrae hacia
sí. La gracia actúa en el alma como el conocido está presente en el
que conoce y como el amante está presente en el que ama. Veamos ahora
más explícitamente en que convierte la gracia divina al hombre: "no
habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes
habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba,
Padre! El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos
hijos de Dios , y si hijos, también herederos, herederos de Dios, coherederos
de Cristo[2]. Esa filiación divina
se suele llamar adoptiva, para distinguirla de la filiación de Jesucristo;
pero es más que un reconocimiento jurídico, porque hace al hombre partícipe
de la naturaleza divina.
“La elevación es un cierto
«introducirse» de Dios creador en el hombre creado[3]. Un introducirse que
hace al hombre partícipe de la Vida de Dios que crea. Por eso, la elevación
sobrenatural también puede explicarse como un «ser introducido» del
hombre en el misterio escondido tras el acto con el que Dios lo crea,
es decir, en la entrega del Hijo al Padre en la que es formado el hombre”[4].
El Espíritu Santo inhabita
en el alma del justo personalmente y moldea el alma para santificarla
más y más. Junto al Espíritu Santo, que es el Amor personal entre el
Padre y el Hijo, inhabita la Santísima Trinidad: "si alguno me
ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en
él haremos morada"[5]. La Redención realizada
por Cristo cambia de tal manera la situación del hombre que se puede
decir que es como una nueva creación. Se recrea un hombre nuevo. Veamos
en que consiste esta re-creación.
Adán por libre designio
amoroso de Dios había sido elevado a la condición sobrenatural de hijo
de Dios. Pero al tomar El Hijo de Dios la naturaleza humana, la elevó
más aún. El hombre nuevo es miembro de Cristo, con ello su elevación
al orden sobrenatural es superior a la de Adán. Se dice que es "hijo
en el Hijo", lo que quiere decir que la situación de la humanidad
de Cristo es superior a la de Adán, y también la de todos los que son
miembros suyos. "Esa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar
el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante
la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para
alcanzar la dignidad de hijos de Dios. Osadía ciertamente increíble,
si no estuviera basada en el decreto salvador de Dios Padre, y no hubiera
sido confirmada por la sangre de Cristo y reafirmada y hecha posible
por la acción constante del Espíritu Santo" [6]
La gracia se dirige en primer
lugar a la persona en un auténtica re-creación, cosa que quedaba un
poco ambigua anteriormente. De este modo se solucionan bastantes problemas.
Por una parte la patrística nos habla de un auténtico endiosamiento
(teiosis) muy frecuentemente. Pero no se puede decir que la gracia sea
como una forma sustancial de la persona, pues entonces se trataría de
un panteísmo o absorción de lo humano en lo divino. Todos están de acuerdo
que la gracia creada inhiere en el alma como un accidente cualidad,
con lo que se salva el problema panteísta, pero se disminuye la fuerza
de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma, es una cualidad
muy especial. Si se admite la auténtica re-creación del actus essendi
que constituye la persona se solucionan los dos problemas y se hace
más sencillo solucionar el difícil problema de auxiliis de relacionar
la gracia y la libertad.
Veamos como lo expresa Fernando
Ocáriz siguiendo y superando a Santo Tomás. En primer lugar cita la
novedad en el ser que es la gracia; Santo Tomás considera con frecuencia
la elevación sobrenatural como una nueva creación o re-creación. Ya
en el comentario a las sentencias afirma una 'completa semejanza entre
creación y re-creación, basada en que por la creación Dios constituye
las cosas en su ser natural mediante una forma natural en la misma
cosa creada, y también en la elevación Dios constituye al alma en un
nuevo ser (esse gratiae) mediante una forma creada (la gracia) ((In
Sent., d.17, q. 1, a.1 ad 3) Idéntica doctrina puede encontrarse en
otros muchos lugares de las obras del Aquinate. Por ejemplo, “Dios causa
en nosotros el ser natural por creación sin que medie ninguna otra causa
eficiente, pero mediante una causa formal, pues la forma natural es
el principio del ser natural. Y de modo semejante, Dios causa en nosotros
el ser espiritual gratuito "esse spirituale gratuitum” sin que
medie ninguna otra causa eficiente, pero mediante una cierta forma creada,
que es la gracia”[7]
Siguiendo a Alejandro de
Hales habla de esta gracia creada fruto de la gracia increada como una
forma muy especial. “El paralelismo entre creación y re-creación es
individuado por santo Tomás en la correspondencia que se da en los dos
casos entre forma y esse, forma natural-esse naturae, en la creación:
gracia-esse gratiae, en la recreación”[8] y añade“la gracia
confiere al alma un modo de ser sobrenatural”[9]
con una precisión importante“pero la forma y el esse formale no son
potencia y acto respectivamente, pues este es un hecho el modo de ser
resultante de una forma determinada”[10].
Ocáriz señala que “el esse gratiae -la novedad correspondiente a la
elevación sobrenatural-, según Santo Tomás, no es un acto diverso de
la misma forma gracia, sino el modo de ser resultante de poseer la gracia.
Esta novedad de ser consiste en un modo de ser divino o deiforme; en
una vida divina que es participación de la Vida íntima de Dios Padre,
Hijo y Espíritu Santo”[11]
Ahora bien, “el que la gracia
sea un accidente muy peculiar, y el hecho mismo de la transcendencia
de lo sobrenatural sobre toda naturaleza creada y creable, lleva a
preguntarse -aunque, como acabamos de ver, Santo Tomás no lo hace- si
la re-creación comporta, además de la elevación formal de la persona,
una novedad en el mismo acto de ser, en este supuesto, la elevación
afectaría a la totalidad de la persona, desde su más íntimo constitutivo
real”[12]. Nos apuntamos a
esta afirmación, como la adecuada para la dignidad de la persona y que
señala mejor la novedad de don de Dios de sí mismo. Entre las razones
que llevan a esta afirmación, “destaca la semejanza entre el misterio
de lo sobrenatural en nosotros y el misterio de Cristo, cuya Humanidad
es, no en virtud de un proporcionado acto de ser, sino por el mismo
Esse divino. La Humanidad de Cristo se hace instrumento de la divinidad
y posee una gracia que se suele llamar gracia capital, “El mismo Cristo
es en cierto modo principio de toda gracias según su humanidad, como
Dios es principio de todo ser[13]. “Cristo tiene la
gracia capital "et de plenitudine eius nos omnes accepimus"(Jn
1,14.16)”[14].
Ocáriz, como todo aquel que se da cuenta de la grandeza del hecho de
la elevación del hombre, dice: “este hecho admirable -que la gracia
habitual llegue a cada hombre desde Cristo como comunicación de la misma
gracia que santifica en plenitud su alma human-, es un nuevo motivo
para considerar la elevación sobrenatural como nueva creación”[15]
Y añade a continuación lo que a nosotros nos interesa resaltar: “la
nueva creación es en el ser, y la re-creación es en Cristo”[16], y señala que“la
gracia capital es causa de todas las gracias, esto es posible por la
plenitud de gracia en Cristo”[17]
pues“participamos de la gracia habitual de Cristo, pero también con
Él de la naturaleza humana y -lo que es más decisivo- nuestra filiación
divina es participación -también de estructura análoga a la participación
del ser-de la Filiación divina del Verbo, es decir del mismo Verbo”[18].
Si en Cristo la gracia le
viene a su Humanidad por su Esse personal que es el Verbo, bien se puede
afirmar que la gracia creada es una re-creación del esse personal del
ser humano. Al decir re-creación me refiero a la analogía entre creación
(ex nihilo) o del mismo Ser de Dios, si se quiere decir así. Re-creación
será una acción también ex nihilo, o mucho mejor una novedad desde el
Esse divino a través del Verbo, siendo su Humanidad con la plenitud
de gracias el instrumento, de modo que el hombre es una nueva creatura,
posee una vida nueva, la vida divina de Cristo participada.
El acto de ser personal
había sido herido en lo más íntimo, esta herida afecta a todas las potencias
humanas, como ya hemos visto. La re-creación irradiará esa elevación
y esa sanación a todas las potencias. Se ilumina la inteligencia con
diversas gracias, carismas y dones, se fortalece la voluntad de su mala
inclinación con muchas virtudes, se protegen y reconducen los afectos
desde el mismo corazón humano, y también los sentidos tienen más paz
en la medida en que son mejor dirigidos por el alma sanada. Un buen
modo de expresarlo es que enseña Juan Pablo II: “«Para salvar al hombre
Dios ha querido donarle un corazón nuevo, el corazón de Cristo, obra
maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal
de María y fue traspasado por la lanza en la cruz, transformándose así
en fuente inagotable de vida eterna»[19].
La libertad finita, que
por el pecado había pasado a ser una libertad errante, aunque no totalmente
esclava, pasa a ser humanamente una libertad amante, además divinizada
“libertad de gloria de los hijos de Dios”[20],
es decir, una libertad que actúa plenamente como humana, pero precedida,
acompañada y llevada a su plenitud con la colaboración divina. Ya no
es necesario hablar de una gracia suficiente a la que puedo rechazar
o no, pues puede llevar, sin querer, a un naturalismo más o menos pelagiano,
sino que basta considerar la re-creación de actus essendi de la persona
como nuevo, pero de tal modo que toda acción es toda de la Causa principal,
que es tan infinita y perfecta que la causa segunda –la libertad sanada-
puede tener efectos propios y divinos simultáneamente. En este punto
la metafísica se muestra como ayuda casi imprescindible, pues la filosofía
lógica solamente no consigue explicar esta situación. Aunque para todos
sea un misterio. No ver esta adecuación es como un desconocimiento
de Dios mismo que mueve lo necesario como necesario y lo libre como
libre por su perfección. Son dos amores que se juntan y el humano necesita
y desea el divino que le envuelve sin desnaturalizarlo, ni deshumanizarlo.
El hombre sigue siendo hombre, pero la expresión “hombre nuevo” cuadra
perfectamente con la nueva situación. Esta relación de libertades que
se quieren y se busca, estos dos amores que se van uniendo en la medida
en que el humano se purifica por medios divinos y humanos (la mística
y la ascética) forman una armonía que se suele llamar “don y tarea”[21]. Todo es don de Dios,
desde el inicio de la fe hasta la unión de perfecta caridad pasando
por los deseos ardientes de la esperanza y los grados de los dones,
que ya veremos, hasta llegar a lo que se llama la unión mística del
matrimonio espiritual y la transformación de las realidades creadas
en el cielo nuevo y la nueva tierra anticipados hasta que se llegue
al don total del parusía.
Más en concreto esta recreación
operada por la gracia en el acto de ser personal se realiza con el sello
indeleble del carácter. “En cada concepción se hace presente una cierta
participación en el soplo originario con el que fue creado el primer
Adán, anterior a la formación del hombre y de la mujer. El pecado original,
expresado visiblemente en la unión entre el pecado de Adán-varón y en
el pecado de Eva o en la unión de Adán y Eva al pecar, afectó al mismo
soplo, que se hace presente en cada concepción, y con el que somos constituidos
como personas. Es verdad que, siendo precisos, no fue propiamente el
acto creador de Dios lo dañado por el pecado, sino el ser-creado del
hombre –lo que se acostumbra a llamar creación pasiva–. Pero esa fractura
en el ser-creado del hombre obedece al deterioro de la presencia sacramental
del acto creador en cada concepción. Es decir, del misterio del Hijo
que crea al hombre en su acogerlo del Padre y conducirlo hacia el Padre;
y el del Padre que crea al hombre entregándoselo al Hijo y recibiéndolo
de Él”[22]
Una aportación
importante, además de la unión con Cristo en su Encarnación, es la relación
nueva con su vida, especialmente con su muerte en el Bautismo, para
resucitar con Cristo. “La redención de cada hombre debe pasar
por el encuentro con Cristo en su muerte, pues sólo en ese encuentro
puede ser redimido el pecado original como separación del Hijo en su
mismo ser-creado. Esto significa que el hombre debe ser conducido más
allá de sí mismo, y unido a Cristo en la muerte. Lo cual acontece en
la historia gracias al Bautismo”[23]. La re-creación lleva
consigo en primer lugar la muerte al pecado que es muerte del hombre
en lo más íntimo, cuyos efectos conocemos bastante.
La primera re-creación es
perdón en el hombre.“El carácter bautismal como acto re-creador es un
ofrecimiento de perdón, tanto del pecado original como de los pecados
personales cometidos antes del Bautismo. Un ofrecimiento que no desaparece.
Y cuando el hombre acoge ese acto re-creador, introduciéndose en la
muerte de Cristo para participar en su resurrección por la gracia justificante,
es propiamente re-creado. La primera justificación operada en el cristiano
por el Bautismo debería compararse, pues, con el primer y fundamental
adentrarse del cristiano en el sueño del nuevo Adán, para resurgir de
él purificado como parte de la nueva Eva, la Iglesia. Esa primera justificación
es única e irrepetible como un nuevo nacimiento”[24]
En el caso de que el bautizado
peque después del bautismo la presencia de la re-creación que se hace
presente por el carácter, que es un prenda de que se repetirá el perdón
si se está arrepentido “Los pecados personales cometidos después del
Bautismo pueden separar al bautizado de Cristo resucitado, llevándole
hacia el rechazo de la Vida que en Él se le ofrece. En cierto modo,
esto vendría a ser como un pecado de la nueva Eva surgida del costado
de Cristo. Pero no haría retornar el pecado original, puesto que el
nuevo Adán no conoce pecado. Por eso los pecados personales no devuelven
al cristiano a la situación anterior a su Bautismo. No hacen que la
nueva Eva regrese al plano anterior a su surgir del costado del nuevo
Adán. Y, por eso, no impiden que Cristo resucitado pueda salir una y
otra vez a su encuentro para unirse a ella. Pero cada nueva unión con
Cristo resucitado no puede darse sino adentrándose en la muerte de Cristo”[25].
La relación entre el acto
de ser de la persona que le hace ser alguien ante Dios, participando
en el Ser divino, se hace más intenso por la gracia que le ha recreado
como hijo, que puede ser prodigo, pero que puede ser otro Cristo en
un crecimiento en la correspondencia al don que le lleva del nacimiento
del bautismo a la perfecta caridad de la unión mística o de la visión
beatífica in patria, en la vida inmersa en Dios. Como dice Castelló
“De este modo, en el Bautismo, la gracia increada se hace para el hombre
gracia re-creadora, gracia que le justifica y santifica introduciéndolo
en el misterio pascual de Cristo. A mi entender eso sería el carácter:
el Espíritu como Don que se le otorga y se le llama a acoger al bautizado.
El carácter bautismal sería el mismo Espíritu, en cuanto derramado sobre
el bautizado como fruto del amor entre Padre y Cristo en su misterio
pascual: “fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa” (Ef
1, 13). De ahí que la Epístola a los romanos afirme: “la esperanza no
falla porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).
En definitiva, el carácter
bautismal es la gracia increada en cuanto re-creadora, en cuanto justifica
y santifica al hombre. Sería el soplo re-creador como ofrecimiento y
llamada del cristiano a introducirse en el misterio pascual como camino
hacia la gloria. Se entiende así que Santo Tomás llame al carácter “sello
de la gracia”, en cuanto destina al hombre, primero y principalmente,
al gozo de la gloria[26]”[27].
La gracia como re-creación
en el acto de ser constituyente de la persona humana lleva a una conclusión
reconfortante: Dios y el hombre entran en una nueva relación personal
espiritual. Lo propio de una relación de amor entre personas es la comunión
de amor, de tal modo que el tú y el yo están en cierta manera uno en
el otro. En el caso del hombre en gracia se da como una inmersión en
la pericóresis divina, en los tres Tú divinos, el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Dios inhabita en la persona de una manera nueva, en
una creación gratuita de amor de donación desproporcionado y elevante.
Pensamos que esta unión
se realiza, también en sus comienzos con un orden. El ser humano recibe
la gracia del Hijo en cuanto hombre y a través de esa gracia crística,
se hace presente el Verbo, de modo que el que era hijo por creación
se hace hijo en el Hijo por re-creación. Es un amado en el Amado engendrado
por el Padre a esa nueva vida que da al Hijo en su Humanidad unida
en su filiación única al Verbo. La relación con el Padre es similar
a la del Hijo unigénito con el Padre, una generación que no es eterna
sino que se inicia en la fe y se perfecciona por la vida santa (don
y tarea). De esta manera la expresión de filiación adoptiva sirve para
distinguirla de la Filiación del Verbo, pero es más que algo externo
y jurídico, es generación a una nueva vida, con consecuencias importantes
para el modo de comportarse y conocer a Dios. El Espíritu Santo es el
tercero en el amor, el don de Dios a Dios y a través de Cristo el don
de Dios Padre y Dios Hijo al creyente. El Espíritu hace lo suyo propio
que es ser dador de vida y educador de la libertad en esa nueva vida.
De este modo la gracia también se llama gracia del Espíritu Santo. La
función de maestro en la vida libre del cristiano la realiza con una
adaptación a las circunstancias de cada uno. No trata las almas en serie,
ni distraídamente. Cada uno tiene su don, cada hijo es único en cuanto
a su generación y educación, y la meta es ser “otro Cristo” identificado
a Cristo-hombre tanto en su actuación redentora –especialmente en la
Cruz y al Resurrección- como en su unión al Verbo, su obediencia al
Padre y su docilidad al Paráclito caminando hacia la Verdad completa
y a la liberación del pecado para poder amar con el Corazón de Cristo,
y amar con un nivel muy superior al humano –sin dejar de ser humano-
pues llega a amar con el amor mismo de Dios.
La gracia introduce, de algún modo, en
las procesiones y en las misiones divinas. Introduce en la generación
del Hijo haciendo al hombre hijo amado de modo similar a como el Hijo
Unigénito es el Amado, con ello va la asimilación a la Verdad del Logos.
Introduce en la procesión de la espiración del Espíritu Santo por el
Padre y el Hijo, de modo que el Espíritu es el que lleva a clamar ¡Abba!
al nuevo hijo en un clamor de amor encendido en la medida en que supera
las cadenas del pecado. Mueve al nuevo hijo de Dios como movió al Hijo
de Dios, que es Jesús, llevándolo al desierto de la oración y la purificación,
a predicar la buena nueva, a exultar al ver expulsado a Satanás, y a
aceptar y querer la Cruz por amor y obediencia. Por fin, le da todo
tipo de dones, a modo del don de lenguas, que lleva a la unión entre
los hermanos, y a vivir la Iglesia como Cuerpo de Cristo trabajando
en la nueva Pentecostés histórica de unir a todos los pueblos en uno
en el Pueblo de Dios que ha concluido su carrera histórica en la Segunda
Venida de Cristo para el Reino de Dios prometido
Por fin, lo incorpora a
la misión del Hijo y del Espíritu Santo siendo apóstol que lleva a todo
el mundo la buena nueva de la salvación. En concreto, participa en la
transformación de la creación con el trabajo siguiendo el querer original
del Padre a quién se le apropia la obra de la Creación. Participa en
la misión del Hijo colaborando como corredentor en las mil formas de
apostolado por el derecho y el deber que le ha conferido el Bautismo.
Participa en la misión del Espíritu Santo a través de la vida de oración,
que debe ser mística y ascética al tiempo, porque es don de Dios y de
ese núcleo de unión con las tres Personas divinas con la riqueza que
confiere al hombre esa unión dignifica el trabajo “convirtiendo el trabajo
en oración”[28]
y siendo el apostolado “una superabundancia de la vida para adentro”[29]. En una palabra vive
una auténtica unidad de vida al modo como las Tres personas son un solo
y único Dios
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