Vida mística

 

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  Anexo 3
  Anexo cerebros
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Vida mística.

La persona humana es un ser capaz de Dios y llamado a la mística, con su asentimiento. Llamamos mística a la experiencia directa de Dios. Puede darse con fenómenos extraordinarios o no. Es distinguible de las experiencias místicas sin Dios, o con un dios cuya noción en el hombre no corresponde al Dios verdadero. También se distingue de las experiencias religiosas panteístas presentes por ejemplo en los hinduismos, o de las falsas experiencias mágicas  que más bien son producto de la ingestión de drogas como en el vudú y las antiguas báquicas y las religiones mistéricas. Tema amplísimo y etnológico que no podemos tocar en este trabajo.

Aquí nos interesa la mística como don de Dios en el alma bien dispuesta. Por parte de la persona orante se dan unas características de apertura a Dios, de fe, de amor, de esperanza, de presencia de los dones, de ausencia de pecado, de entrega personal. Pero lo principal es lo que hace Dios en esa alma bien dispuesta, aunque en ocasiones se da una experiencia de Dios que es origen de una vida mística difícil de evaluar en su grado. Se pueden dar muchos fenómenos extraordinarios, pocos, o ninguno. Lo esencial de la vida mística es la transformación por la acción divina de la persona que ama y cree, como vamos a ver según diversos místicos que han hablado de ella. Conviene insistir que la llamada a la mística no es algo reservado a personajes excepcionales y raros, sino a todos, por ser personas capaces de  Dios, y, de hecho, es más frecuente de lo que se suele estimar comúnmente quedando su contabilidad en la sabiduría de Dios. Miguel de la Fuente dice que el hombre espiritual posee un conocimiento intuitivo y sencillo semejante al de los ángeles, y que posee un querer afectivo. Pero siguiendo a San Buenaventura que prima más al amor de la voluntad, a Ricardo de San Victor que lo explica y a Santo Tomás que pone por encima el conocimiento dice que “esto es el hombre espiritual y divino (el contemplativo diríamos hoy): inteligencia, que es acto de entendimiento, y afecto, que es acto de la voluntad afectiva”[1]. Es la sabiduría de los perfectos, sabiduría de Dios de la que habla San Pablo (cfr 1 Co 2,6ss)

 Los místicos han expresado en su mayoría sus experiencias con símbolos, como la Sagrada Escritura por otra parte, y una imagen privilegiada es de la de Matrimonio místico al modo del Cantar de los Cantares. Santa Edith Stein así lo expresa: “"el matrimonio místico es unión con las tres divinas personas. Mientras Dios no toca al alma sino en medio de las tinieblas y como escondido, ésta no puede sentir el contacto personal divino sino confusamente, sin advertir si es una la Persona que la toca o son varias. Mas cuando en la perfecta unión de amor el alma es introducida en la corriente de la vida divina, ya no se puede ocultar que esa vida es una vida tripersonal, y ella entrará en contacto experimental con todas las tres divinas Personas" [2]

Esta inclusión en la vida divina, en “la corriente trinitaria de amor”, en las procesiones divinas de generación y espiración son más altas que las que ya encontramos en el acto de ser de la persona porque se deben a una auténtica re-creación, como vimos hablando de la gracia. El acto de ser creado trinitario, es re-creado sin destruir su libertad creada anterior, con correspondencia de amor a una participación más íntima en el seno de la Trinidad. A la persona re-creada por la gracia le es posible con nuevas gracias y dones, que acoge con docilidad, un amor similar al del Hijo, ser más hija del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, y así vivir un a modo de pericóresis en que la unión con Dios trino es más alta sin poder llegar nunca al término y sin fundirse con ese Dios que le quiere persona concreta individual y amante, distinta, con sus características personales individuales pues para eso fue creada persona  por toda la eternidad. 

El cardenal Ratzinger señala en un documento sobre la meditación cristiana ante los peligros de seguir los orientalismos y las falsas místicas, más o menos sentimentales, la experiencia cristiana en la que se advierte cómo lo esencial es la acción de Dios en el alma a través de la gracia, pero que no se destruye la naturaleza. Ahí se advierte unos puntos de contacto con las religiones naturales que saben bastante de lo que es el hombre, pero que no conocen tanto de Dios. En estos orientalismos cabe el peligro de la anulación del yo o de no llegar a una apertura al Dios trascendente. Pero recogen experiencias válidas como la distinción de tres estados o vías sucesivas: Purificación/ Iluminación/ Unión.

Purificación . En el cristiano es la clara percepción del pecado y de quién es el hombre, que se realiza por Cristo -perfecto Dios y perfecto Hombre- en la plenitud de la revelación, que nos merece la gracia que es la que diviniza al hombre purificándolo, iluminándolo y uniéndolo con Dios y haciéndole hijo suyo.

“es la purificación de los errores y de los pecados. "solamente los limpios de corazón verán a Dios" (Mt 5,8), es la superación de los instintos egoístas y de las pasiones desviadas por el orgullo. S. Pablo le llama mortificación. Sólo esa abnegación hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar en la libertad del Espíritu Santo. Así llega el

fiel al vacío que Dios necesita es la renuncia al propio egoísmo, no necesariamente la renuncia a las cosas creadas"[3]. S Agustín "abandona el mundo exterior, entra en ti mismo, pero no te quedes en ti mismo, sino sube encima de ti mismo, porque tú no eres Dios".

Iluminación. Mediante el amor que el Padre nos da en el Hijo y la unción que de Él recibimos en el Espíritu Santo" el alma purificada recibe la luz de Dios. Es un progreso en la caridad. Se comprenden interiormente los misterios que se viven. Ninguna luz divina hace que las verdades de la fe queden superadas.

Unión. Requiere una cierta soledad para poder situarse en silencio delante de Dios, recogimiento. Pero la unión es fruto de un don no de una técnica. Es frecuente que se den tiempos de sequedad en que se tenga la sensación de vagar por el desierto, de no "sentir" nada. Estas pruebas no se le ahorran a ninguno que se tome en serio la oración. En estos tiempos debe esforzarse seriamente por mantener la oración aunque le de la sensación de estar haciendo "comedia". Ahí se ve si realmente se busca a Dios o a uno mismo a través de una religiosidad falsa, que en realidad es el vestido de un egoísmo disfrazado de espiritualidad. Es necesario dejar a Dios decidir la manera en que quiere hacernos partícipes de su amor.

Se llega así al “centro” del alma tan citado por San Juan de la Cruz siguiendo a muchos escritores espirituales anteriores. Por ejemplo Blosio dice intentando expresar lo casi inexpresable: “¡Oh centro excelentísimo, donde mora la Santísima Trinidad! ¡Oh cielo suavísimo, donde se gusta la misma eternidad! Dichosa el alma que acertare a entrar en este centro, aunque sea después de muchos años de oración y otros ejercicios; que como allí goza de goza de lo escondido del mismo Dios por un modo inefable de puro espíritu, adelántase mucho en la perfección y es unida venturosamente con el mimso Dios y hecha un espíritu con Él y sumida en el mar profundo de su divinidad, y gozad e las dulzuras y regalos del espíritu de Dios”[4]. Los modos de entrar en ese centro serán tan variados como es el ser humano y según la libertad de Dios, pues una vez más, conviene insistir que ciertamente Dios se da al que se da, pero la contemplación no es fruto de una técnica, sino yn don gratuito divino, así como sus frutos y sus variadas manifestaciones

 San Josemaría Escrivá en su juventud madura dice en esta misma línea:  “Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso..., un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos... Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila -lo tomó equivocadamente por una cría de su raza- y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, í vuela!... - ¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!”[5]. Su camino espiritual será muy amplio, como recalcaba continuamente, pero con una espiritualidad adaptada a los que viven en medio de los ajetreos del mundo.

Veamos como muestra este camino Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia precisamente como maestra de oración. En primer lugar usa imágenes para darse más a entender, pues el lenguaje simbólico es  muy adecuado para describir la experiencia interior y de Dios totalmente transcendente al ser humano, como hace, por otra parte la Sagrada Escritura. Describe el alma como un castillo de un diamante o un muy claro cristal. Los sentidos son la gente que en ellos vive y las pasiones son los mayordomos. El camino de entrada es la oración. A pie de página colocaremos algunas oraciones de este tiempo recogidas directamente por el autor de un alma de oración en medio del mundo, siguiendo el magisterio de San Josemaría y conociendo, como él, algunos escritos de Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia

Primeras moradas. El alma está en gracia, pero "tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas ponzoñosas rondan a su alrededor que no distingue la luz que emana de la estancia del Rey". Sólo escapará perseverando en la oración, en el conocimiento propio y confiando en la bondad de Rey. Se prepara a entrar en las segundas librándose de los negocios no indispensables a su estado[6].

Segundas moradas.  El alma ya es fiel a la oración. Dios llama dulcemente, pero es débil, tiene miedo y frío, las tentaciones le asaltan como reptiles venenosos. Somete su voluntad a Dios, comienza a recogerse "no a fuerza de brazos sino con suavidad"[7].

Terceras moradas. El enemigo está en la puerta. El alma evita el mal, le gusta oír hablar de Dios y muestra buena disposición, pero el " amor no la transporta más allá de la vanagloria ni de las conveniencias del interés temporal... hay impaciencia. Desasidos del mundo, dueños de sus pasiones, dispuestos a obedecer, preocupados por sus propias faltas y sin juzgar al prójimo los huéspedes de las terceras moradas viven, en silencio y esperanza"[8].

Cuartas moradas. La gran aventura. El Rey prodiga sus dones "cuando quiere y como quiere y a quien quiere" el alma debe disponerse a recibirlos. Aquí la cosa no está en pensar mucho, sino en amar mucho", luego vienen las obras. Recogimiento, quietud. Luces más claras, olvido de los yerros pasados y de lo exterior el alma no piensa más que en seguir avanzando[9].

Quintas moradas. El alma se desposa con el Rey... todo es amor con amor, "se transforma como el gusano de seda cuando hila su capullo", se pierde si se pone afición en cosa que no sea Él. Pero no todo es deleitarse, "que el amor jamás está ocioso" y "obras quiere el Señor”[10].

Sextas moradas. El alma vive en estrecha intimidad con su Dios, pero al mismo tiempo no deja de desearle... como paja que eleva el ámbar, el Rey regala sus joyas más preciosas: conocimiento de la grandeza de Dios, perfecto conocimiento de sí misma y humildad perfecta, desprecio de las cosas terrenas sino es para utilizarlas en servicio de tan gran Señor. La Esposa quisiera gritar al mundo las maravillas de ese gran Dios de la Caballería, sin que le importe nada que se burlen de ella, con tal que sea alabado "venga lo que viniere". "Ya no tiene temor al infierno, no te importan penas ni gloria, porque su único negocio es amar "el alma y el espíritu son una misma cosa, como lo es el Sol y sus rayos"[11].

Séptimas moradas. El alma está en Dios y Dios en el alma. Como si el agua del cielo cae en el río o en la fuente ya no se puede apartar cual es el agua del río y cual es del cielo. Como dos ventanas por donde entrase gran luz, aunque estén divididas se hace todo una luz. Las palabras del Señor tienen fuerza de actos. El gusano convertido en mariposa ha acabado ya sus transformaciones. Tiene como fin esencial la Acción. Las fuerzas de la Esposa se redoblan "y no para gozar, sino para servir" en adelante son inseparables Marta y María[12].

Es conocida la ofrenda al amor misericordioso de Santa Teresa de Lisieux. Veamos algo semejante en un alma del siglo XXI, Royo Marín llama a este ofrecimiento “acto de amor puro”. “Cedo a las almas del purgatorio y a las almas de la Iglesia militante, por amor a Dios y a mis hermanos, depositándolo en manos de la Santísima Virgen maría, todo el valor satisfactorio  de mis buenas obras y todos los sufragios que reciba después de mi muerte, en cuanto pueda yo disponer libremente de ellos y sea del agrado de Dios”

Y añade: “Señor mío y Dios mío: mi alma anhela cada vez más, cada día que pasa más desea estar en Ti para siempre. Hace un tiempo atrás deseaba el Cielo, pero a la vez, imaginármelo me causaba un estado de inquietud, tal vez, porque es propio de la condición de la criatura tener cierto temor a lo desconocido. Hoy pensar en estar   en el cielo sólo me causa paz y alegría. Es porque me Eres ya tan conocido, Señor, (en la medida que Tú me lo concedes) que sólo ansío que llegue el momento de estar contigo para siempre.

Me das tanto, Dios mío, que soy toda tuya, y te ofrezco hoy, “alargar la espera del día en que pueda gozarte ya por completo y para siempre”.

Lo hago por agradarte, me privo (si Tú aceptas este ofrecimiento) de gozarte (cuando me corresponda, si Tú me lo concedes, la perseverancia final). Deseo agradarte, sé que te agrado más y  te doy más gloria siendo caritativa con mis hermanos. No renuncio a Ti ¿cómo podría hacerlo? Si no hay Vida ni Eternidad sin Ti, y te amo tanto, Dios mío.

Te ofrezco alargar la espera de gozarte eternamente, me cuesta muchísimo (Tú lo sabes) hacerte este ofrecimiento. Algo me consuela el pensar que en el Purgatorio, que es la antesala del Cielo, tal vez perciba tu amor (aunque con enormes sufrimientos) como lo percibo ahora, pues esta fuerza que ahora tengo para ofrecerte este acto de caridad procede se cómo percibo tu amor en mí; procede de Ti. Amor mutuo, pero desproporcionado, Tú me das tanto amor y yo criatura tuya, te correspondo como buenamente puedo. Amén 

Veamos esas transformaciones en la Homilía hacia la santidad: “Empezamos con oraciones vocales .... se va hacia Dios, como el hierro atraído por el imán. Se comienza a amar a Jesús de forma más eficaz, con un dulce sobresalto”[13]. (...)“Nos libramos de la esclavitud....se acepta la necesidad de trabajar en este mundo, durante muchos años .... de gastarnos, (comienzan las primeras purificaciones exteriores): mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones tortuosas”[14]. (...) “seguir a Cristo ese es el secreto...se refleja el Señor en nuestra conducta: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle”[15]. (...) “Pero no olvidéis que estar con Jesús es seguramente toparse con su cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformamos a su imagen y semejanza, y tolera que nos llamen locos y que nos tomen por necios. Es la hora de mortificación pasiva ( ... ) Así esculpe el Señor las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad y gozo”[16].  (...)“Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino [Ioh XIV, 6.]. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él [Ioh XIV, 23.].  (...)El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!  Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas [Ps XLI, 2.]; con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna [Cfr. Ioh IV, 14.]. Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas. (...)No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias[17], nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría. ¡Qué serenidad, qué paz entonces, metidos en la senda estrecha que conduce a la vida! [Mt VII, 14.]”.

“¿Ascética? ¿Mística? no me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor -lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo- es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual -son infinitas-, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta. Una oración y una conducta que no nos apartan de nuestras actividades ordinarias, que en medio de ese afán noblemente terreno nos conducen al Señor. Al elevar todo ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores. Así actúa Nuestro Dios. Cuando aquel hijo regresa, después de haber gastado su dinero viviendo mal, después -sobre todo- de haberse olvidado de su padre, el padre dice: presto, traed aquí el vestido más precioso, y ponédselo, colocadle un anillo en el dedo; calzadle las sandalias y tomad un ternero cebado, matadlo y comamos y celebremos un banquete [Lc XV, 22-23.]. Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a El con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia? Sólo por volver a El su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta: ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado? “

“Lejos de nuestra conducta, por tanto, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo, y nuestra fe cristiana no se cambia como un vestido: puede debilitarse o robustecerse o perderse. Con esta vida sobrenatural, la fe se vigoriza, y el alma se aterra al considerar la miserable desnudez humana, sin lo divino. Y perdona, y agradece: Dios mío, si contemplo mi pobre vida, no encuentro ningún motivo de vanidad y, menos, de soberbia: sólo encuentro abundantes razones para vivir siempre humilde y compungido. Sé bien que el mejor señorío es servir. “(..)      Me alzaré y rodearé la ciudad: por las calles y las plazas buscaré al que amo [Cant III, 2.]... Y no sólo la ciudad: correré de una parte a otra del mundo -por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas ­para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son -al contrario- vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios. Y cuando nos acecha -violenta- la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con El estoy en el tiempo de la adversidad [Ps XC, 15.]. ¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el mío, se llenan de una santa avidez, confesándole -con obras- que morimos de Amor [Cfr. Cant V, 8.]. “

“ Nace una sed de Dios, una ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro... Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! [Ps XLI, 2.]. Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente [Cfr. Ecclo XXVI, 15.]. Con esta entrega, el celo apostólico se enciende, aumenta cada día -pegando

esta ansia a los otros-, porque el bien es difusivo. No es posible que nuestra pobre naturaleza, tan cerca de Dios, no arda en hambres de sembrar en el mundo entero la alegría y la paz, de regar todo con las aguas redentoras que brotan del Costado abierto de Cristo [Cfr. Ioh XIX, 34.], de empezar y acabar todas las tareas por Amor.  (...)Os hablaba antes de dolores, de sufrimientos, de lágrimas. Y no me

contradigo si afirmo que, para un discípulo que busque amorosamente al Maestro, es muy distinto el sabor de las tristezas, de las penas, de las aflicciones: desaparecen en cuanto se acepta de veras la Voluntad de Dios, en cuanto se cumplen con gusto sus designios, como hijos fieles, aunque los nervios den la impresión de romperse y el suplicio parezca insoportable”.

Me interesa confirmar de nuevo que no me refiero a un modo extraordinario de vivir cristianamente. Que cada uno de nosotros medite en lo que Dios ha realizado por él, y en cómo ha correspondido. Si somos valientes en este examen personal, percibiremos lo que todavía nos falta. Ayer me conmovía, oyendo de un catecúmeno japonés que enseñaba el catecismo a otros, que aún no conocían a Cristo. Y me avergonzaba. Necesitamos más fe, ¡más fe!: y, con la fe, la contemplación”.

“Repasad con calma aquella divina advertencia, que llena el alma de inquietud y, al mismo tiempo, le trae sabores de panal y de miel: redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es tu [Is XLIII, 1.]; te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡eres mío! No robemos a Dios lo que es suyo. Un Dios que nos ha amado hasta el punto de morir por nosotros, que nos ha escogido desde toda la eternidad, antes de la creación del mundo, para que seamos santos en su presencia [Cfr. Eph I, 4.]: y que continuamente nos brinda ocasiones de purificación y de entrega.  Por si aún tuviésemos alguna duda, recibimos otra prueba de sus labios: no me habéis elegido vosotros, sino que os he elegido yo, para que vayáis lejos, y deis fruto; y permanezca abundante ese fruto de vuestro trabajo de almas contemplativas [Cfr. Ioh XV, 16.]”.

Antes y después de las elevaciones vienen“Tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder .... Descubrir una a una las llagas de Cristo”[18]. (...)“No se acallan definitivamente las pasiones, tentaciones...”[19](...)“Imaginamos que el Señor no nos escucha, que nadamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Es la hora de clamar: acuérdate de tus promesas. Y vienen Visitaciones que siempre nos dejan algo suyo... se asienta con más firmeza en nuestro espíritu la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos”[20]. (...)"Oración que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó Yo soy el Camino. El corazón necesita distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturita que va abriendo lo ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!”[21] (...)“No se discurre, se mira. Y el alma rompe a cantar un cantar nuevo”[22]. (...)“No nos aparta de nuestras ocupaciones ordinarias .... diviniza el mundo”[23]. (...)“Hijo pródigo .... Sólo por volver a ver a su hijo prepara una fiesta: ¿qué nos otorgará si siempre hemos procurado estar a su lado?”[24] (...)“Buscar de nuevo a Dios, para amar más y más, y más y más unirme a Dios. ¿Dónde? lo descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo. Nace una sed de Dios, un ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro...Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento que abre su boca a las aguas en la fuente”[25].(...)“El celo apostólico se enciende, aumenta cada día porque el bien es difusivo. Se cumplen con gusto sus designios”[26]. (...)“El peligro es la rutina, imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario! Emaús es el mundo entero porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra acudir a los Ángeles y a Santa María como al principio”[27].

Es estos textos serán comentados por muchos autores como paradigmáticos de la vida de oración contemplativa en medio de la vida ordinaria para todos los fieles; también se puede ver lo autobiográfico de la experiencia del santo que no sólo muestra un camino, sino que lo camina abriendo sendas nuevas y antiguas. Es fácil encontrar indicios dela experiencia experimental de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús que conocía bien, pero expresados con una originalidad contundente. San Josemaría describe una vida contemplativa en alto vuelo llevado por Dios, y descendiendo continuamente a la vida ordinaria, donde se dan esas acciones de Dios en el alma bien dispuesta. 

Es significativo que Juan Pablo II  afirme del Rosario que  es una oración contemplativa – cuando es una oración eminentemente vocal y repetitiva rezada por muchísimos fieles que no tiene ninguna conciencia de estar en oración contemplativa-. Recordemos que en la tradición orante de la Iglesia de un modo pedagógico, pero excesivamente simple y algo pelagiano se indica una gradación que va de la Lectio divina que se ha de elevar a la meditatio, a la oratio y finalmente a la propia contemplatio. Llamar contemplación a una oración vocal es devolver a Dios lo que es de Dios, y colocar al hombre en su sitio. La contemplación, y el mismo inicio de la oración, es acción de Dios en el alma, que actúa como quiere, dónde quiere y cuando quiere. La misma Santa Teresa duda en el camino de perfección cuando dice que no todos están llamados a la contemplación y les basta la oración vocal y la lectura meditada, pero al mismo tiempo dice que esas almas pueden estar más cerca de Dios que las que tiene alta oración, con fenómenos extraordinarios podríamos decir. Queda pues la cuestión siempre debatida de qué es propiamente contemplación, pero también que es posible la contemplación en la vida ordinaria sin necesidad de experimentar algo extraordinario –que se puede dar y se da interior y exteriormente- y sin que se de la tentación de ponerse como meta la contemplación, o una curiosa idea de contemplación, en lugar del amor a Dios y la entrega total de fe y amor, que es la esencial de la vida mística

Otra aportación importante para comprender mejor la vida mística es la señalada por Santa Edith Stein: "San Juan de la Cruz lo expresa bien claramente cuando dice que el alma puede dar a Dios más  de lo que ella posee y es en sí; que da a Dios el mismo Dios en Dios[28]. Estamos, por consiguiente, aquí en presencia de algo que difiere fundamentalmente de la unión por gracia; porque estamos ante la más profunda inmersión del alma en la esencia divina, que la deja como divinizada; una unión e identificación de dos personas que no anula su independencia, sino que precisamente la supone; una compenetración sólo superada y aventajada por la circuminsesión de las divinas personas, que es su prototipo. Esta es la unión, que San Juan de la Cruz ha tenido siempre presente como meta final a la que quiere conducir en sus libros" [29].

Esta unión en la que el alma llena de Dios da más de lo que posee es muy interesante, porque señala la vida mística como don gratuito en el que el alma es elevada, recreada y puede dar Dios a Dios, amar con el Amor de Dios introducido en el propio amor, tener el corazón de Cristo en lugar del propio corazón, ser otro Cristo, o el mismo Cristo

 


[1] Miguel de la Fuente. Las tres vidas del hombre. BAC 2002, p.234

[2] Santa Edith Stein. La ciencia de la Cruz. (222-223).

[3] Sobre la meditación cristiana. n.18

[4] Blosio, Intit. Spirit., c. 11 citado en Miguel de la Fuente. Las tres vidas del hombre. BAC 2002, p.267

[5] San  Josemaría Escrivá. Forja. Ed Rialp, n.39

[6] A continuación recojo diversas oraciones escritas en nuestro tiempo y recogidas queriendo que sean anónimas. No se puede decir que se adapten exactamente a las moradas de Santa Teresa, pero sí que son un ejemplo de la acción en las almas que bien se puede llamar contemplación en la vida ordinaria.
Abril 99  Señor ahora que te he encontrado, ayúdame a aumentar en mi fe en Ti, para que así nunca más te vuelva a perder.
Señor mío Jesucristo, ahora reflexiono y me pregunto: ¿Cómo es que estoy abatida y deprimida? ¿Es que no confío suficientemente en Ti? Perdóname y ayúdame a comprender que Tú eres el consuelo y la esperanza de quienes te buscan. Sé que siempre estás atento y dispuesto a escucharme, que nuca me dices “Ahora no puedo” ¿Por qué soy tan desagradecida, y yo te lo digo tantas veces? Perdóname Señor.
Me pregunto cada día si soy suficiente buena madre. Tú lo sabes todo, envíame tu Espíritu Santo para que abra mi entendimiento y sepa ver mejor los buenos ejemplos que nos dejó tu Madre.

[7] Febrero 99 Pocos días después de mi confesión general, pedí al Señor que me ayudase y me guiase. Me pareció entonces que me cogía de la mano y me llevaba con Él por todo Jerusalén, y estaba a su lado cuando hablaba y cuando hacía los milagros. Y así han pasado unos días, hasta que el otro día, fue como si el Señor me dijese: ”tienes que aprender a caminar aquí en la tierra conmigo, pero también con una Madre, que es mi Iglesia que al igual que Yo te guiará pues sigue mis preceptos y está asistida por Mí hasta el final de los tiempos.
Marzo 99 Dame ánimos Señor para no dejar de buscarte, Tú eres el Bien verdadero, el único Bien Verdadero, mi alma desea gozarte. Yo te busco en cada instante Señor, pero Tú también me buscas a mí. Me buscas cuando te me das en la Sagrada Comunión, y así sin casi yo darme cuenta, con toda sutileza, con toda suavidad, me llevas contigo a estar cada día un poquito más cerca de Dios Padre.
Deseo buscarte, deseo encontrarte en cada instante, encontrarte en el prójimo, encontrarte en el sufrimiento, encontrarte en la alegría, encontrarte en el silencio de mi alma, encontrarte en el perdón, encontrarte en la justicia. Encontrarte aún sin haberte perdido. Te encuentro en cada instante porque te busco también en cada instante y así será más difícil perderte. Te amo Señor.

[8] Dios mío y Señor, que nunca yo te falte, no quiero que por algo que yo haga o piense, Tú tengas que sufrir (no deseo hacerte sufrir). Si los que te amamos fuésemos conscientes de que al pecar sufres, creo que sería imposible pecar, pero Tú nos dices: que el espíritu está pronto, pero la carne es débil, y temo pecar, entonces veo que además de la oración y la mortificación que con tu ayuda me harán más fuerte para no caer en la tentación, necesito que me hables más, mucho más del cielo, porque así, aunque sea por alcanzarlo, no me aparte ni un momento de Ti..
Luego me haces ver que para mí el cielo eres Tú, Trinidad Beatísima y dejo de pensar en el cielo que ni tan siquiera sé si tiene paisaje.
Y deseo estar en tu gloria, mirarte a los ojos y que me envuelva tu Amor, es entonces cuando te pido que me hables de tu Amor y me hablas de tu Hijo, tu gran Amor, y es tu Hijo el que me habla de la Cruz, y es verdad, el Cielo es la Cruz de Cristo y la Cruz de Cristo es el cielo.
Es la Cruz de Cristo la que tengo que mirar cuando surge la tentación.
Es la Cruz de Cristo que me dará claridad cuando todo sea oscuridad.
Es sólo en la Cruz de Cristo que encontraré la felicidad

[9] El Espíritu Santo me ha hecho ver que se comunica constantemente con nosotros; Él es una corriente continua. Él está fuera y dentro de nosotros.
Nuestros sentidos; vista, olfato, tacto, gusto, oído, los sonidos que podemos emitir para comunicarnos unos con los otros, (comunicación verbal), la inteligencia, sensaciones, estados de ánimo y demás percepciones de nuestro cuerpo, sirven para comunicarnos (además de verbalmente) las creaturas creadas entre sí, y también con el resto de la creación.
Para comunicarnos con Dios, también nos sirven, pero no son imprescindibles, si una persona está afectada por un estado de coma profundo, no se puede comunicar con sus semejantes, pero no pierde la comunicación con Dios, porque esta comunicación del hombre, de su alma, con Dios su Creador no la puede cortar nada ni nadie, ni tan siquiera el poder del Maligno. El demonio lo único que hace es interferir a nivel de conciencia.
Si un hombre acepta esta comunicación con Dios desde su conciencia, desde su libertad, aunque entre en coma profundo o algo similar su alma continúa comunicándose con Dios.
Si un hombre rechaza conscientemente y libremente la comunicación que constantemente se está produciendo entre Dios y su alma, por muy despiertos que tenga los sentidos al rechazar esta comunicación, no puede percibir que Dios se está comunicando con él.
El alma es como una cuartilla en blanco en la que si el hombre con su libertad acepta la comunicación con Dios, se va imprimiendo en ella lo que Dios la quiere comunicar. Si el hombre con su libertad rechaza esta comunicación de Dios a su alma, no quedará nada impreso de la comunicación de Dios con el alma. Si esta cuartilla en blanco que es el alma no tiene nada impreso cuando se separe del cuerpo ya nada se podrá imprimir jamás en ella y quedará separada para siempre de Dios.
El demonio el único poder que tiene cuando el alma está aún en el cuerpo es el de interferir a nivel de libertad para que no se pueda imprimir lo que Dios comunica al alma, pero no puede cortar la comunicación entre Dios y el alma.
El hombre que no haya rechazado conscientemente la comunicación con Dios, cuando su alma se separe de su cuerpo será como una cuartilla más o menos llena de lo que Dios ha impreso  en ella, y ya nunca se podrá borrar quedando para toda la eternidad en Dios.
El purgatorio es para las cuartillas (almas) que aunque tienen impresiones de Dios en ellas, no tienen estas impresiones la suficiente nitidez (tal vez por culpa de la calidad de la cuartilla) y necesitan tiempo para que los rasgos impresos por Dios sean nítidos completamente.
Tal vez el pecado mortal no logre que Dios no imprima nada en el alma, pero con el pecado mortal se oscurece tanto la cuartilla (el alma) que aunque Dios imprima sus rasgos en ella no se pueden ver y es como si no existiesen. Es como escribir con tinta negra en una cuartilla de color negro.
El sacramento de la Penitencia aclara el alma y pueden entonces verse lo que Dios había impreso en ella.>
Sólo Dios puede leer y así juzgar si en el alma hay rasgos o no de Él.
Nadie más que Dios puede leer un alma para poder juzgarla.

[10] Entrega total a Dios en la vida ordinaria
Tu Espíritu, Padre, es Quién puso este deseo ardiente en mi alma. Dije hace más de un año: “El deseo ya nació, -no hay secretos para Dios-, pero por obediencia sólo será un deseo ardiente que guardaré en el corazón”.
Y lo he guardado en el Corazón que hoy tengo (que es mitad del de tu Hijo, mi Señor Jesucristo y mitad del de tu Hija, mi Madre, la siempre Virgen María), hasta que, por fin, me has dicho: “Ya te he puesto alas, ya puedes volar”
Me has dado oído abierto,. entonces digo: “Heme aquí que vengo ¡Oh Dios mío! Para hacer tu Voluntad”. (salmo 39)
Tu Voluntad es ésta: Que me ofrezca en sacrificio por tus “sacerdotes”, uniendo mi sacrificio  al sacrificio de tu Hijo, mi Señor Jesucristo, “completando en mi carne lo que falta a sus sufrimientos por su cuerpo, que es la Iglesia” Col 1,24.
Te ruego Padre que me ayudes a perseverar en la prueba, confío en que así lo harás. “porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Que no he recibido   el espíritu de siervo para recaer en el temor, antes he recibido el espíritu de adopción por el que clamo: ¡Abba! ¡Padre! El Espíritu da testimonio a mi espíritu de que soy hija de Dios, y si hija, también coheredera de Cristo, supuesto  que padezca con Él para ser con Él glorificada” (Rom 8,14-17)
Deposito esta ofrenda en manos de mi Madre, tu Hija, la siempre Virgen María, y en las de mi Padre y Señor aquí en la Tierra, el glorioso San José, su castísimo esposo, para que te la hagan llegar y la custodien.
Santa Edith Stein expresa así su entrega total antes de acudir al campo de concentración y rechazando previamente la huida a lugar seguro: "Desde ahora acepto con alegría, y con absoluta sumisión a su santa voluntad, la muerte que Dios ha preparado para mí. Pido al Señor que acepte mi vida y también mi muerte en honor y gloria suyas; por todas las intenciones del Sagrado Corazón de Jesús y de María; por la Santa Iglesia y especialmente, por el mantenimiento, santificación y perfección de nuestra Santa Orden, en particular los conventos Carmelitas de Colonia y Echt; en expiación por la falta de fe del pueblo judío y para que el Señor sea acogido por los suyos; para que venga a nosotros su Reino de Gloria, por la salvación de Alemania y por la paz en el mundo. Finalmente, por todos mis seres queridos, vivos y muertos, y todos aquellos que Dios me dio. Que ninguno de ellos tome el camino de la perdición" (Recogido en el Proceso Ordinario de la Causa de Beatificación de la Sierva de Dios Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein),  51 a, 5-6; versión castellana en Los caminos del silencio interior, cit., p 189).

[11] 15 Noviembre de 2001
Hoy en la Sta Misa Dios me ha hecho ver que nada más le puedo pedir para mí, me lo ha dado todo, no es que me crea perfecta, al contrario, veo cada vez mejor mis miserias y mis limitaciones, pero ya cada vez menos me quitan la paz interior.
Me da paz el pensar en todo lo que Dios me da, y no me quita la paz pensar que si algo de lo que el mundo dice que es malo me pueda sobrevenir, por un momento se me encoge mi corazón humano, pero sólo por un momento, por la primera impresión, tan difícil de contener.
Antes no me sucedía así, me apesadumbraba el pensar en la absoluta pobreza, en la enfermedad, en minusvalías físicas o en cualquier forma de infelicidad o de cualquier forma de infelicidad para el hombre. Hasta hace poco me quitaba la paz pensar si era demonio o no todo lo que mi espíritu experimentaba, me quitaba también a paz pensar que si me quedaba sin todo lo que me rodea, me diese cuenta de que costaba encontrar a Dios, por haberlo buscado donde no estaba o confundido con lo que no era.
Pero ahora Dios me da la paz y la seguridad de que sólo le busco a Él y no sé (Él si lo sabe) que más me puede dar, hace que me sienta completa, curada, todas las heridas cicatrizadas, me hace saber que todo está en su sitio, saber también que camino por el camino que conduce a Él, tan amada por su misericordia que parece que de un momento a otro me va a requerir a su Presencia, y me siento preparada, llena de Él, por eso hoy le digo.
Que nada pido para mí, todo lo que me falte Él lo sabe, yo no, sé que me lo dará.
Sólo sirvo para amar a Dios, no encuentro otra utilidad en mi vida más importante que la de amarle a Él, y por Él a mis hermanos.
Amén

[12]
Trinidad Beatísima, Eterno y Único Bien de mi alma. Llénala de tu Luz, penétrala, traspásala, pacifica sus potencias.
¡Oh Misterio incomensurable, que mi amo reclama! Quédate siempre en mi alma, ¡pastoréala, rodéala, envuélvela, átala, abrázala!
Tú, sublime Misterio, que has dado conocimiento a mi alma de tu existencia, de tus deseos de darte a las almas, de sumergirlas en las profundidades de tu Amor, ahogando en él todo lo que ellas hay que no es conforme a Ti.
Tú me vas consumiendo más y más en Ti, y voy poco a poco desapareciendo.
Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, Misterio Trinitario que el alma al contemplarlo en la medida de sus posibilidades, las que Tú concedes, puede conocer por qué, para qué y para Quién fue creada, y así participa mi alma del éxtasis de tu Divino Amor.
No le es posible a mi alma contemplarte sin apreciar cómo tu Amor Trinitario se derrama en ella, la elevas hasta lo infinito y dejando lo finito la introduces en tu adorable Misterio.
Liberas a las almas. Pueden levantar el vuelo porque gusanos eran que han sufrido una metamorfosis de tu Amor, y ya transformados por tu Misericordia en mariposas vuelan, y con suave vuelo en Ti se posan, en Ti s esconden, en Ti reposan. ¡Trinidad Beatísima, Cazadora eres de estas almas mariposas! Almas que en la tierra no encuentran ya consuelo las tienes entre profundidades y cumbres, entre quietud y movimiento hacia Ti, entre lo finito que ellas palpan y lo infinito que Tú penetras y te penetran; entre la vida que es para ellas muerte y la muerte que es ya su Vida; entre el existir sin existir, así las tienes, así las quieres, así se abandonan en Ti, así te adoran, así te aman.
Mi amadísima Trinidad, Fuente de paz del alma, cuando, como en estos días ya pasados, vuelvas hacer que mi alma sufra terribles tentaciones de purificación, porque Tú la quieres hacer cada vez más Tuya, la quieres absolutamente Tuya, y que se dé por completo al prójimo por tu amor, recordaré (si tú me lo concedes) estos momentos en que me haces recobrar el aliento, y aunque sufra mi alma  en la purificación, tendrá la paz y esperanza de que por tu infinita Misericordia te vuelvas a acordar de ella para elevarla de nuevo por las altas cumbres de tu Divino Amor.  Amén

[13]  San Josemaría Escrivá Amigos de Dios. Homilía  Hacia la santidad, n 296

[14] ibid. n 297

[15] ibid, n 298

[16] ibid. n 301

[17] el subrayado es nuestro

[18] ibid. n. 302,

[19] ibid. n.303

[20] ibid. n 304

[21] ibid. n. 306

[22] ibid. n. 307

[23] ibid. n. 308,

[24] ibid. n. 309

[25] ibid. n. 310,

[26] ibid. n. 311

[27] ibid. n. 313

[28] San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3, v. 5 y 6.

[29] Santa Edith Stein La ciencia de la Cruz. (PP. 222-223).