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La persona humana es un ser capaz de Dios y llamado
a la mística, con su asentimiento. Llamamos mística a la experiencia
directa de Dios. Puede darse con fenómenos extraordinarios o no.
Es distinguible de las experiencias místicas sin Dios, o con un
dios cuya noción en el hombre no corresponde al Dios verdadero.
También se distingue de las experiencias religiosas panteístas presentes
por ejemplo en los hinduismos, o de las falsas experiencias mágicas
que más bien son producto de la ingestión de drogas como en el vudú
y las antiguas báquicas y las religiones mistéricas. Tema amplísimo
y etnológico que no podemos tocar en este trabajo.
Aquí nos interesa la mística como don de Dios en
el alma bien dispuesta. Por parte de la persona orante se dan unas
características de apertura a Dios, de fe, de amor, de esperanza,
de presencia de los dones, de ausencia de pecado, de entrega personal.
Pero lo principal es lo que hace Dios en esa alma bien dispuesta,
aunque en ocasiones se da una experiencia de Dios que es origen
de una vida mística difícil de evaluar en su grado. Se pueden dar
muchos fenómenos extraordinarios, pocos, o ninguno. Lo esencial
de la vida mística es la transformación por la acción divina de
la persona que ama y cree, como vamos a ver según diversos místicos
que han hablado de ella. Conviene insistir que la llamada a la mística
no es algo reservado a personajes excepcionales y raros, sino a
todos, por ser personas capaces de Dios, y, de hecho, es más frecuente
de lo que se suele estimar comúnmente quedando su contabilidad en
la sabiduría de Dios. Miguel de la Fuente dice que el hombre espiritual
posee un conocimiento intuitivo y sencillo semejante al de los ángeles,
y que posee un querer afectivo. Pero siguiendo a San Buenaventura
que prima más al amor de la voluntad, a Ricardo de San Victor que
lo explica y a Santo Tomás que pone por encima el conocimiento dice
que “esto es el hombre espiritual y divino (el contemplativo
diríamos hoy): inteligencia, que es acto de entendimiento, y afecto,
que es acto de la voluntad afectiva”[1].
Es la sabiduría de los perfectos, sabiduría de Dios de la que habla
San Pablo (cfr 1 Co 2,6ss)
Los místicos han expresado en su mayoría sus experiencias
con símbolos, como la Sagrada Escritura por otra parte, y una imagen
privilegiada es de la de Matrimonio místico al modo del Cantar de
los Cantares. Santa Edith Stein así lo expresa: “"el
matrimonio místico es unión con las tres divinas personas. Mientras
Dios no toca al alma sino en medio de las tinieblas y como escondido,
ésta no puede sentir el contacto personal divino sino confusamente,
sin advertir si es una la Persona que la toca o son varias. Mas
cuando en la perfecta unión de amor el alma es introducida en la
corriente de la vida divina, ya no se puede ocultar que esa vida
es una vida tripersonal, y ella entrará en contacto experimental
con todas las tres divinas Personas" [2]
Esta inclusión en la vida divina, en “la
corriente trinitaria de amor”, en las procesiones divinas
de generación y espiración son más altas que las que ya encontramos
en el acto de ser de la persona porque se deben a una auténtica
re-creación, como vimos hablando de la gracia. El acto de ser creado
trinitario, es re-creado sin destruir su libertad creada anterior,
con correspondencia de amor a una participación más íntima en el
seno de la Trinidad. A la persona re-creada por la gracia le es
posible con nuevas gracias y dones, que acoge con docilidad, un
amor similar al del Hijo, ser más hija del Padre por el Hijo en
el Espíritu Santo, y así vivir un a modo de pericóresis en que la
unión con Dios trino es más alta sin poder llegar nunca al término
y sin fundirse con ese Dios que le quiere persona concreta individual
y amante, distinta, con sus características personales individuales
pues para eso fue creada persona por toda la eternidad. El
cardenal Ratzinger señala en un documento sobre la meditación cristiana
ante los peligros de seguir los orientalismos y las falsas místicas,
más o menos sentimentales, la experiencia cristiana en la que se
advierte cómo lo esencial es la acción de Dios en el alma a través
de la gracia, pero que no se destruye la naturaleza. Ahí se advierte
unos puntos de contacto con las religiones naturales que saben bastante
de lo que es el hombre, pero que no conocen tanto de Dios. En estos
orientalismos cabe el peligro de la anulación del yo o de no llegar
a una apertura al Dios trascendente. Pero recogen experiencias válidas
como la distinción de tres estados o vías sucesivas: Purificación/
Iluminación/ Unión.
Purificación . En el cristiano es la clara
percepción del pecado y de quién es el hombre, que se realiza por
Cristo -perfecto Dios y perfecto Hombre- en la plenitud de la revelación,
que nos merece la gracia que es la que diviniza al hombre purificándolo,
iluminándolo y uniéndolo con Dios y haciéndole hijo suyo.
“es la purificación de los errores y de los pecados.
"solamente los limpios de corazón verán a Dios" (Mt 5,8),
es la superación de los instintos egoístas y de las pasiones desviadas
por el orgullo. S. Pablo le llama mortificación. Sólo esa abnegación
hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar
en la libertad del Espíritu Santo. Así llega el fiel
al vacío que Dios necesita es la renuncia al propio egoísmo, no
necesariamente la renuncia a las cosas creadas"[3].
S Agustín "abandona el mundo exterior, entra en ti mismo, pero
no te quedes en ti mismo, sino sube encima de ti mismo, porque tú
no eres Dios". Iluminación. Mediante
el amor que el Padre nos da en el Hijo y la unción que de Él recibimos
en el Espíritu Santo" el alma purificada recibe la luz de Dios.
Es un progreso en la caridad. Se comprenden interiormente los misterios
que se viven. Ninguna luz divina hace que las verdades de la fe
queden superadas.
Unión. Requiere una cierta soledad para
poder situarse en silencio delante de Dios, recogimiento. Pero la
unión es fruto de un don no de una técnica. Es frecuente que se
den tiempos de sequedad en que se tenga la sensación de vagar por
el desierto, de no "sentir" nada. Estas pruebas no se
le ahorran a ninguno que se tome en serio la oración. En estos tiempos
debe esforzarse seriamente por mantener la oración aunque le de
la sensación de estar haciendo "comedia". Ahí se ve si
realmente se busca a Dios o a uno mismo a través de una religiosidad
falsa, que en realidad es el vestido de un egoísmo disfrazado de
espiritualidad. Es necesario dejar a Dios decidir la manera en que
quiere hacernos partícipes de su amor.
Se llega así al “centro” del alma tan
citado por San Juan de la Cruz siguiendo a muchos escritores espirituales
anteriores. Por ejemplo Blosio dice intentando expresar lo casi
inexpresable: “¡Oh centro excelentísimo, donde mora la Santísima
Trinidad! ¡Oh cielo suavísimo, donde se gusta la misma eternidad!
Dichosa el alma que acertare a entrar en este centro, aunque sea
después de muchos años de oración y otros ejercicios; que como allí
goza de goza de lo escondido del mismo Dios por un modo inefable
de puro espíritu, adelántase mucho en la perfección y es unida venturosamente
con el mimso Dios y hecha un espíritu con Él y sumida en el mar
profundo de su divinidad, y gozad e las dulzuras y regalos del espíritu
de Dios”[4]. Los modos de entrar
en ese centro serán tan variados como es el ser humano y según la
libertad de Dios, pues una vez más, conviene insistir que ciertamente
Dios se da al que se da, pero la contemplación no es fruto de una
técnica, sino yn don gratuito divino, así como sus frutos y sus
variadas manifestaciones San Josemaría
Escrivá en su juventud madura dice en esta misma línea: “Me
veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente
de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso...,
un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta
casa modesta, que no era precisamente un rascacielos... Mas he aquí
que a nuestro pájaro lo arrebata un águila -lo tomó equivocadamente
por una cría de su raza- y, entre sus garras poderosas, el pajarillo
sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de
los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas,
más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila,
soltando al pajarillo, le dice: anda, í vuela!... - ¡Señor, que
no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado
por los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía!, ¡que mi
vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!”[5]. Su camino espiritual será muy amplio, como recalcaba
continuamente, pero con una espiritualidad adaptada a los que viven
en medio de los ajetreos del mundo. Veamos
como muestra este camino Santa Teresa de Jesús, doctora de
la Iglesia precisamente como maestra de oración. En primer lugar
usa imágenes para darse más a entender, pues el lenguaje simbólico
es muy adecuado para describir la experiencia interior y de Dios
totalmente transcendente al ser humano, como hace, por otra parte
la Sagrada Escritura. Describe el alma como un castillo de un diamante
o un muy claro cristal. Los sentidos son la gente que en ellos vive
y las pasiones son los mayordomos. El camino de entrada es la oración.
A pie de página colocaremos algunas oraciones de este tiempo recogidas
directamente por el autor de un alma de oración en medio del mundo,
siguiendo el magisterio de San Josemaría y conociendo, como él,
algunos escritos de Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia
Primeras moradas. El alma está
en gracia, pero "tantas cosas malas de culebras y víboras y
cosas ponzoñosas rondan a su alrededor que no distingue la luz que
emana de la estancia del Rey". Sólo escapará perseverando en
la oración, en el conocimiento propio y confiando en la bondad de
Rey. Se prepara a entrar en las segundas librándose de los negocios
no indispensables a su estado[6].
Segundas moradas. El alma ya es fiel a
la oración. Dios llama dulcemente, pero es débil, tiene miedo y
frío, las tentaciones le asaltan como reptiles venenosos. Somete
su voluntad a Dios, comienza a recogerse "no a fuerza de brazos
sino con suavidad"[7].
Terceras moradas. El enemigo está en la
puerta. El alma evita el mal, le gusta oír hablar de Dios y muestra
buena disposición, pero el " amor no la transporta más allá
de la vanagloria ni de las conveniencias del interés temporal...
hay impaciencia. Desasidos del mundo, dueños de sus pasiones, dispuestos
a obedecer, preocupados por sus propias faltas y sin juzgar al prójimo
los huéspedes de las terceras moradas viven, en silencio y esperanza"[8].
Cuartas moradas. La gran aventura.
El Rey prodiga sus dones "cuando quiere y como quiere y a quien
quiere" el alma debe disponerse a recibirlos. Aquí la cosa
no está en pensar mucho, sino en amar mucho", luego vienen
las obras. Recogimiento, quietud. Luces más claras, olvido de los
yerros pasados y de lo exterior el alma no piensa más que en seguir
avanzando[9]. Quintas
moradas. El alma se desposa con el Rey... todo es amor con amor,
"se transforma como el gusano de seda cuando hila su capullo",
se pierde si se pone afición en cosa que no sea Él. Pero no todo
es deleitarse, "que el amor jamás está ocioso" y "obras
quiere el Señor”[10]. Sextas
moradas. El alma vive en estrecha intimidad con su Dios, pero
al mismo tiempo no deja de desearle... como paja que eleva el ámbar,
el Rey regala sus joyas más preciosas: conocimiento de la grandeza
de Dios, perfecto conocimiento de sí misma y humildad perfecta,
desprecio de las cosas terrenas sino es para utilizarlas en servicio
de tan gran Señor. La Esposa quisiera gritar al mundo las maravillas
de ese gran Dios de la Caballería, sin que le importe nada que se
burlen de ella, con tal que sea alabado "venga lo que viniere".
"Ya no tiene temor al infierno, no te importan penas ni gloria,
porque su único negocio es amar "el alma y el espíritu son
una misma cosa, como lo es el Sol y sus rayos"[11].
Séptimas moradas. El alma está en Dios y
Dios en el alma. Como si el agua del cielo cae en el río o en la
fuente ya no se puede apartar cual es el agua del río y cual es
del cielo. Como dos ventanas por donde entrase gran luz, aunque
estén divididas se hace todo una luz. Las palabras del Señor tienen
fuerza de actos. El gusano convertido en mariposa ha acabado ya
sus transformaciones. Tiene como fin esencial la Acción. Las fuerzas
de la Esposa se redoblan "y no para gozar, sino para servir"
en adelante son inseparables Marta y María[12].
Es conocida la ofrenda al amor misericordioso de
Santa Teresa de Lisieux. Veamos algo semejante en un alma del siglo
XXI, Royo Marín llama a este ofrecimiento “acto de amor puro”.
“Cedo a las almas del purgatorio y a las almas de la Iglesia
militante, por amor a Dios y a mis hermanos, depositándolo en manos
de la Santísima Virgen maría, todo el valor satisfactorio de mis
buenas obras y todos los sufragios que reciba después de mi muerte,
en cuanto pueda yo disponer libremente de ellos y sea del agrado
de Dios”
Y añade: “Señor mío y Dios mío: mi alma anhela
cada vez más, cada día que pasa más desea estar en Ti para siempre.
Hace un tiempo atrás deseaba el Cielo, pero a la vez, imaginármelo
me causaba un estado de inquietud, tal vez, porque es propio de
la condición de la criatura tener cierto temor a lo desconocido.
Hoy pensar en estar en el cielo sólo me causa paz y alegría. Es
porque me Eres ya tan conocido, Señor, (en la medida que Tú me lo
concedes) que sólo ansío que llegue el momento de estar contigo
para siempre.
Me das tanto, Dios mío, que soy toda tuya, y te
ofrezco hoy, “alargar la espera del día en que pueda gozarte
ya por completo y para siempre”.
Lo hago por agradarte, me privo (si Tú aceptas
este ofrecimiento) de gozarte (cuando me corresponda, si Tú me lo
concedes, la perseverancia final). Deseo agradarte, sé que te agrado
más y te doy más gloria siendo caritativa con mis hermanos. No
renuncio a Ti ¿cómo podría hacerlo? Si no hay Vida ni Eternidad
sin Ti, y te amo tanto, Dios mío.
Te ofrezco alargar la espera de gozarte eternamente,
me cuesta muchísimo (Tú lo sabes) hacerte este ofrecimiento. Algo
me consuela el pensar que en el Purgatorio, que es la antesala del
Cielo, tal vez perciba tu amor (aunque con enormes sufrimientos)
como lo percibo ahora, pues esta fuerza que ahora tengo para ofrecerte
este acto de caridad procede se cómo percibo tu amor en mí; procede
de Ti. Amor mutuo, pero desproporcionado, Tú me das tanto amor y
yo criatura tuya, te correspondo como buenamente puedo. Amén
Veamos esas transformaciones
en la Homilía hacia la santidad: “Empezamos con oraciones vocales
.... se va hacia Dios, como el hierro atraído por el imán. Se comienza
a amar a Jesús de forma más eficaz, con un dulce sobresalto”[13]. (...)“Nos libramos de la esclavitud....se
acepta la necesidad de trabajar en este mundo, durante muchos años
.... de gastarnos, (comienzan las primeras purificaciones exteriores):
mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones
tortuosas”[14].
(...) “seguir a Cristo ese es el secreto...se refleja el Señor
en nuestra conducta: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle”[15]. (...) “Pero no olvidéis
que estar con Jesús es seguramente toparse con su cruz. Cuando nos
abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que
saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las burlas,
por dentro y por fuera: porque quiere conformamos a su imagen y
semejanza, y tolera que nos llamen locos y que nos tomen por necios.
Es la hora de mortificación pasiva ( ... ) Así esculpe el Señor
las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad
y gozo”[16].
(...)“Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas,
encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría
abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril,
se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue
el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino [Ioh
XIV, 6.]. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos
refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá
la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina,
y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro
de él [Ioh XIV, 23.]. (...)El corazón necesita, entonces, distinguir
y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un
descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural,
como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia.
Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el
Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito
vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las
virtudes sobrenaturales! Hemos corrido como el ciervo, que ansía
las fuentes de las aguas [Ps XLI, 2.]; con sed, rota la boca, con
sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas,
a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de
frescas linfas que saltan hasta la vida eterna [Cfr. Ioh IV, 14.].
Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el
entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe
otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también
mirada amorosamente por Dios, a todas horas. (...)No me refiero
a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos
ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo,
sin extravagancias[17],
nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría.
¡Qué serenidad, qué paz entonces, metidos en la senda estrecha que
conduce a la vida! [Mt VII, 14.]”.
“¿Ascética? ¿Mística? no me preocupa. Sea
lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios.
Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe
y hechos de fe: hechos, porque el Señor -lo has comprobado desde
el principio, y te lo subrayé a su tiempo- es cada día más exigente.
Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos
cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual
-son infinitas-, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera
hayan caído en la cuenta. Una oración y una conducta que no nos
apartan de nuestras actividades ordinarias, que en medio de
ese afán noblemente terreno nos conducen al Señor. Al elevar todo
ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado
tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto
tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo
lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores. Así actúa
Nuestro Dios. Cuando aquel hijo regresa, después de haber gastado
su dinero viviendo mal, después -sobre todo- de haberse olvidado
de su padre, el padre dice: presto, traed aquí el vestido más precioso,
y ponédselo, colocadle un anillo en el dedo; calzadle las sandalias
y tomad un ternero cebado, matadlo y comamos y celebremos un banquete
[Lc XV, 22-23.]. Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a El con arrepentimiento,
saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza.
¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada
día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras
acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en
su misericordia? Sólo por volver a El su hijo, después de traicionarle,
prepara una fiesta: ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado
quedarnos a su lado? “
“Lejos de nuestra conducta, por tanto, el
recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones
que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan
sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un
registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar
el ejemplo de Cristo, y nuestra fe cristiana no se cambia como un
vestido: puede debilitarse o robustecerse o perderse. Con esta vida
sobrenatural, la fe se vigoriza, y el alma se aterra al considerar
la miserable desnudez humana, sin lo divino. Y perdona, y agradece:
Dios mío, si contemplo mi pobre vida, no encuentro ningún motivo
de vanidad y, menos, de soberbia: sólo encuentro abundantes razones
para vivir siempre humilde y compungido. Sé bien que el mejor señorío
es servir. “(..) Me alzaré y rodearé la ciudad: por las
calles y las plazas buscaré al que amo [Cant III, 2.]... Y no sólo
la ciudad: correré de una parte a otra del mundo -por todas las
naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas para alcanzar
la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que
no me son estorbo; que son -al contrario- vereda y motivo para amar
más y más, y más y más unirme a Dios. Y cuando nos acecha -violenta-
la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la
tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista
en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con El estoy
en el tiempo de la adversidad [Ps XC, 15.]. ¿Qué vale, Jesús, ante
tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué vale, ante
tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que
has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el
mío, se llenan de una santa avidez, confesándole -con obras- que
morimos de Amor [Cfr. Cant V, 8.]. “ “ Nace
una sed de Dios, una ansia de comprender sus lágrimas; de ver su
sonrisa, su rostro... Considero que el mejor modo de expresarlo
es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las
fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! [Ps XLI,
2.]. Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el
cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente
[Cfr. Ecclo XXVI, 15.]. Con esta entrega, el celo apostólico se
enciende, aumenta cada día -pegando
esta ansia a los otros-, porque el bien es difusivo.
No es posible que nuestra pobre naturaleza, tan cerca de Dios, no
arda en hambres de sembrar en el mundo entero la alegría y la paz,
de regar todo con las aguas redentoras que brotan del Costado abierto
de Cristo [Cfr. Ioh XIX, 34.], de empezar y acabar todas las tareas
por Amor. (...)Os hablaba antes de dolores, de sufrimientos, de
lágrimas. Y no me
contradigo si afirmo que, para un discípulo que
busque amorosamente al Maestro, es muy distinto el sabor de las
tristezas, de las penas, de las aflicciones: desaparecen en cuanto
se acepta de veras la Voluntad de Dios, en cuanto se cumplen con
gusto sus designios, como hijos fieles, aunque los nervios den la
impresión de romperse y el suplicio parezca insoportable”.
“Me interesa confirmar de nuevo que no
me refiero a un modo extraordinario de vivir cristianamente.
Que cada uno de nosotros medite en lo que Dios ha realizado por
él, y en cómo ha correspondido. Si somos valientes en este examen
personal, percibiremos lo que todavía nos falta. Ayer me conmovía,
oyendo de un catecúmeno japonés que enseñaba el catecismo a otros,
que aún no conocían a Cristo. Y me avergonzaba. Necesitamos más
fe, ¡más fe!: y, con la fe, la contemplación”.
“Repasad con calma aquella divina advertencia,
que llena el alma de inquietud y, al mismo tiempo, le trae sabores
de panal y de miel: redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es
tu [Is XLIII, 1.]; te he redimido y te he llamado por tu nombre:
¡eres mío! No robemos a Dios lo que es suyo. Un Dios que nos ha
amado hasta el punto de morir por nosotros, que nos ha escogido
desde toda la eternidad, antes de la creación del mundo, para que
seamos santos en su presencia [Cfr. Eph I, 4.]: y que continuamente
nos brinda ocasiones de purificación y de entrega. Por si aún tuviésemos
alguna duda, recibimos otra prueba de sus labios: no me habéis elegido
vosotros, sino que os he elegido yo, para que vayáis lejos, y deis
fruto; y permanezca abundante ese fruto de vuestro trabajo de almas
contemplativas [Cfr. Ioh XV, 16.]”.
Antes y después de las elevaciones vienen“Tiempos
de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas
que procuramos esconder .... Descubrir una a una las llagas de Cristo”[18].
(...)“No se acallan definitivamente las pasiones, tentaciones...”[19](...)“Imaginamos
que el Señor no nos escucha, que nadamos engañados, que sólo se
oye el monólogo de nuestra voz. Es la hora de clamar: acuérdate
de tus promesas. Y vienen Visitaciones que siempre nos dejan algo
suyo... se asienta con más firmeza en nuestro espíritu la alegría
y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos”[20].
(...)"Oración que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla
ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la
amistad con Aquel que afirmó Yo soy el Camino. El corazón necesita
distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún
modo es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural,
como los de una criaturita que va abriendo lo ojos a la existencia.
Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el
Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito
vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las
virtudes sobrenaturales!”[21]
(...)“No se discurre, se mira. Y el alma rompe a cantar un
cantar nuevo”[22]. (...)“No
nos aparta de nuestras ocupaciones ordinarias .... diviniza el mundo”[23]. (...)“Hijo
pródigo .... Sólo por volver a ver a su hijo prepara una fiesta:
¿qué nos otorgará si siempre hemos procurado estar a su lado?”[24] (...)“Buscar de nuevo a
Dios, para amar más y más, y más y más unirme a Dios. ¿Dónde? lo
descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo. Nace
una sed de Dios, un ansia de comprender sus lágrimas; de ver su
sonrisa, su rostro...Y el alma avanza metida en Dios, endiosada:
se ha hecho el cristiano viajero sediento que abre su boca a las
aguas en la fuente”[25].(...)“El celo apostólico
se enciende, aumenta cada día porque el bien es difusivo. Se cumplen
con gusto sus designios”[26].
(...)“El peligro es la rutina, imaginar que en esto, en lo
de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!
Emaús es el mundo entero porque el Señor ha abierto los caminos
divinos de la tierra acudir a los Ángeles y a Santa María como al
principio”[27].
Es estos textos serán comentados por muchos autores
como paradigmáticos de la vida de oración contemplativa en medio
de la vida ordinaria para todos los fieles; también se puede ver
lo autobiográfico de la experiencia del santo que no sólo muestra
un camino, sino que lo camina abriendo sendas nuevas y antiguas.
Es fácil encontrar indicios dela experiencia experimental de San
Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús que conocía bien, pero expresados
con una originalidad contundente. San Josemaría describe una vida
contemplativa en alto vuelo llevado por Dios, y descendiendo continuamente
a la vida ordinaria, donde se dan esas acciones de Dios en el alma
bien dispuesta.
Es significativo que Juan Pablo II afirme del
Rosario que es una oración contemplativa – cuando es una
oración eminentemente vocal y repetitiva rezada por muchísimos fieles
que no tiene ninguna conciencia de estar en oración contemplativa-.
Recordemos que en la tradición orante de la Iglesia de un modo pedagógico,
pero excesivamente simple y algo pelagiano se indica una gradación
que va de la Lectio divina que se ha de elevar a la meditatio,
a la oratio y finalmente a la propia contemplatio. Llamar
contemplación a una oración vocal es devolver a Dios lo que es de
Dios, y colocar al hombre en su sitio. La contemplación, y el mismo
inicio de la oración, es acción de Dios en el alma, que actúa como
quiere, dónde quiere y cuando quiere. La misma Santa Teresa duda
en el camino de perfección cuando dice que no todos están llamados
a la contemplación y les basta la oración vocal y la lectura meditada,
pero al mismo tiempo dice que esas almas pueden estar más cerca
de Dios que las que tiene alta oración, con fenómenos extraordinarios
podríamos decir. Queda pues la cuestión siempre debatida de qué
es propiamente contemplación, pero también que es posible la contemplación
en la vida ordinaria sin necesidad de experimentar algo extraordinario
–que se puede dar y se da interior y exteriormente- y sin
que se de la tentación de ponerse como meta la contemplación, o
una curiosa idea de contemplación, en lugar del amor a Dios y la
entrega total de fe y amor, que es la esencial de la vida mística
Otra aportación importante para comprender mejor
la vida mística es la señalada por Santa Edith Stein: "San
Juan de la Cruz lo expresa bien claramente cuando dice que el alma
puede dar a Dios más de lo que ella posee y es en sí; que
da a Dios el mismo Dios en Dios[28].
Estamos, por consiguiente, aquí en presencia de algo que difiere
fundamentalmente de la unión por gracia; porque estamos ante la
más profunda inmersión del alma en la esencia divina, que la deja
como divinizada; una unión e identificación de dos personas que
no anula su independencia, sino que precisamente la supone; una
compenetración sólo superada y aventajada por la circuminsesión
de las divinas personas, que es su prototipo. Esta es la unión,
que San Juan de la Cruz ha tenido siempre presente como meta final
a la que quiere conducir en sus libros" [29].
Esta unión en la que el alma llena de Dios da más
de lo que posee es muy interesante, porque señala la vida mística
como don gratuito en el que el alma es elevada, recreada y puede
dar Dios a Dios, amar con el Amor de Dios introducido en el propio
amor, tener el corazón de Cristo en lugar del propio corazón, ser
otro Cristo, o el mismo Cristo
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