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Este ser personal que es
el hombre o crece o muere, no puede permanecer estático. El tiempo pasa
para el cuerpo y para el alma. Las virtudes si no se desarrollan, desaparecen
o quedan latentes. La vida de Dios en el alma también necesita crecimiento,
pero de un modo especial, pues de un lado es don de Dios, y por otro
una tarea humana. Si acentuamos la lucha ascética se incurre, si no
teóricamente, si en la práctica en una actitud pelagiana o naturalista.
Esta actitud desprecia en la moral la acción de Dios, y por ser tan
alta la meta, y estar tan herida el ser humano, se expone a caer extenuado
de tensión, o con un orgullo que impida lo mejor de la subida el amor
y la humildad. Si se acentúa la acción de Dios de modo que se desprecie
la acción humana se llega a un quietismo, que al pensar que todo lo
hace Dios, o incurre en la pasividad (contra toda lógica humana) o llega
a pecar sin sentirse responsable pues atribuye a la acción de Dios las
responsabilidad de sus actos (es lo que le ocurrió a Molinos).
Ya vimos que la gracia precede,
acompaña y lleva a la plenitud la acción humana buena. Esa gracia es
crística pues viene a través de la plenitud de gracia en la Humanidad
de Jesús. Es Gracia de Dios, a través de Jesús. El Espíritu Santo también
tiene una labor de santificación según su propia personalidad, pues
no se limita a realizar las acciones queridas por el Padre (Encarnación,
inspiración, asistencia, transubstanciación...) sino que hace actos
según su ser de Don del Padre, Don del Hijo y de Dador de Vida. Es decir
que podemos llamar a la gracia como gracia del Espíritu Santo; pero
esto se suele hacer en los dones.
En primer lugar hay que
tener en cuenta que el Espíritu Santo está ya presente en el alma en
gracia. Pero esta gracia está como un germen que debe desarrollarse.
Ahí entra la acción del Espíritu Santo con característica suavidad de
soplo que sopla cuando quiere, y quiere según los dictados de un Amor
personal que conoce al hombre concreto hasta la más íntima intimidad
podríamos decir. Tiene el alma en gracia las virtudes, pero de modo
imperfecto (puede crecer la fe, la esperanza, la caridad –que es la
más alta-, también la fortaleza, la justicia, la templanza y la prudencia).
¿Cómo? Y volvemos al dilema anterior: o gracia o libertad. La respuesta
es con las dos que son inalienables, pero ayudado el hombre con una
segunda ayuda: lo que llamamos dones.
Estos dones son influjos
en las almas en gracia, son como una mayor sensibilidad para recibir
la ayuda. El Espíritu Santo reside en el alma del justo y le da una
experiencia del Dios vivo, de ahí surge una receptividad para que la
presencia del Dios Trino en el alma despliegue más y más su acción.
Los dones son como los auriculares al medio sordo, como las gafas al
miope, como el viento que infla las velas para que la embarcación camine
más veloz.
Si la gracia la vimos como
una re-creación del acto de ser personal, una vez dada esta presencia
por inhabitación de Dios en lo íntimo de la persona, en su corazón,
allí actúa el Espíritu Santo directamente. En la medida en que la gracia
conforma y transforma al ser humano se hace más dócil a su inspiraciones.
El Espíritu Santo hace consciente al hombre de esta presencia, le da
auténtica experiencia de Dios. Ya no se trata del Dios de los filósofos,
aunque todo lo que digan sea correcto; ni del Dios enseñado por los
teólogos, aunque lleguen mucho más alto en su conocimiento. Se trata
de una experiencia viva de persona a Persona. El Espíritu manifiesta
el amor fontal del Padre y hace clamar ¡Abba! Y manifiesta al Hijo llevando
hacia la Verdad completa, y hace al hombre otro Cristo uniéndose a Él
y moldeando a cada uno según su docilidad.
El Temor de Dios
nace de la experiencia del Dios grande, perfecto, excelso, transcendente,
superior y creador de todo, A y W. Al percibir esta grandeza y la propia finitud,
limitación y condición pecadora, es lógico experimentar temor por contraste,
que más bien es respeto cuando el alma está limpio y verdadero temor
cuando piensa sólo en Este temor se considera la primera manifestación
religiosa del hombre y en la Biblia se insiste en que es el "principio
de la sabiduría"[1]
inspirada por un incipiente amor a Dios, que hace poner cuidado en
no ofenderle. A este temor inspirado por la caridad, se le llama 'temor
filial', bien lejano del temor servil.
La experiencia de Dios tan infinito y perfecto lleva al sentimiento sobrecogedor
del tremendum en todas las religiones. En la fe cristiana, que aclara
que este Dios Todopoderoso es Padre y lleva al temor filial, como decíamos,
que está muy unido a la piedad
Cuando el alma siente este temor filial se abandona en Dios poniéndose
ciegamente en sus manos, y crece la esperanza. No confiamos en nuestros
propios méritos, sino confiamos en recibir el apoyo divino. Se teme
al pecado, pero por temor a ofender y consciente de la autoexclusión
del amor que es el infierno, por eso es una poderosa ayuda para la templanza.
Siente miedo de separarse de Dios, sin escrúpulo, sin desprecio de las
cosas pequeñas. Así al crecer el amor crece la docilidad y el alma se
libera del rígido temor y la confianza se desborda. Dios Padre y Madre.
Gime ante las imperfecciones, por eso lleva a amar más, es un alma pobre
que lo confía todo en Dios[2] Juan Pablo II expresa así lo que significa el don del
temor de Dios: "¿Pero de qué temor se trata? No ciertamente
de ese 'miedo de Dios' que impulsa a evitar pensar o acordarse de Él,
como de algo que turba e inquieta (...). Aquí se trata de algo mucho
más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre
experimenta frente a la tremenda maiestas (tremenda majestad)
de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades
(...). El creyente se presenta y se pone ante Dios con el 'espíritu
contrito' y con "el corazón humillado' (cfr Sal 50(51),19) (...).
Esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad
y de fidelidad a su ley. El Espíritu Santo asume todo este conjunto
y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no
excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas
cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con
la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna
de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Con este don, el Espíritu
Santo infunde en el alma, sobre todo, el temor filial, que es
el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios,
amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de 'permanecer' y de crecer
en la caridad (cfr Jn 15,4-7). De este santo y justo temor, conjugado
en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes
cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad,
de la mortificación de los sentidos”[3]
Don de piedad (eusebeia) La experiencia de la tremenda Majestad
de Dios (del Dios grande) lleva al temor que llega a ser filial si el
alma tienen en su interior la presencia de las Tres Personas divinas.
La experiencia de Dios como Padre lleva a la piedad en su sentido más
amplio.
La relación del hombre con Dios es de amor, pero también de justicia.
La virtud de la religión es la justicia primordial. La piedad es una
parte de la virtud de la religión por la que rendimos honor a Dios ofreciéndole
nuestra devoción, nuestra oración, nuestros ayunos, la abstinencia,
el respeto, el culto... Estos actos podrían ser hechos sólo como deberes
y fríamente. Sería un cumplimiento justo, la piedad le añade un matiz
de ternura pues tiene experiencia de que Dios Padre. Incluso puede manifestarse
como infancia espiritual como han destacado autores espirituales como
San Josemaría Escrivá y Santa Teresa del Niño Jesús
Jesucristo experimentó vivamente la piedad, pues nadie es más Hijo que
Jesucristo. Esto se ve en numerosos episodios del Evangelio. Llama la
atención el desbordamiento del ¡Si, Padre! Es la conmovedora expresión
de la relación de corazones de un hijo y su padre y en otro lugar explica
a los suyos "yo hago siempre lo que le agrada" (Jn 8,29).
En la explicación de la Ley el Padre aparece en todas las ocasiones.
El Verbo es el resplandor del Padre y sólo vive reflejándolo. La parábola
del hijo pródigo hace un retrato de ese Padre: un corazón lleno de compasión,
de misericordia, de infinita condescendencia. La oración del Padre nuestro
expresa esa actitud filial
El Espíritu Santo habla no de lo suyo, sino de lo de Jesús y clama en
nosotros ¡Abba,Padre! (Gal 4,6) Hacer sentir lo que siente el Hijo al
ser engendrado por el Padre, pues a esa generación hace participar la
gracia. En definitiva, se trata de poner el corazón en toda la relación
de justicia y cumplir con ternura, que se extiende a los hermanos los
hombres, que son hijos del mismo Padre[4]
Juan Pablo II también habla
de este don: "Mediante éste el Espíritu sana nuestro corazón de
todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con
los hermanos. La ternura, como actitud sinceramente filial para
con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia
pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma,
suscitan en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia,
ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha
exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para
con Dios, experimentado como Padre providente y bueno (...). La ternura,
como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta
en la mansedumbre. Con el don de piedad, el Espíritu infunde
en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos (...)
siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre. (...) El don
de piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión
y de división, como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo
alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.
Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana
que se fundamenta en la civilización del amor”[5]
Don de Fortaleza (Ischys) Es Espíritu Santo lleva a tener la experiencia
del Verbo Encarnado, que “aprendió lo que era obediencia por lo que
padeció”[6].
El Verbo vive eternamente en su felicidad amorosa con el Padre y el
Espíritu Santo. Con la Encarnación asume y experimenta la pesadez del
cuerpo, la resistencia del pecado, el dolor en todas sus formas interiores
y exteriores. Experimenta la gonía hasta la muerte y la misma muerte
pudiéndose librarse de todo esto, pero el “amor es más fuerte que la
muerte”[7] . Para poder realizar
esa obra necesita fortaleza.
El cristiano con la gracia ya es otro Cristo, pero aún debe superar
pruebas más o menos duras, pruebas de amor, pero que se manifiestan
de mil modos dolorosos, que son pruebas. El don de fortaleza lleva a
asimilar al cristiano la fortaleza de Cristo. No basta tener pensamientos
elevados y deseos fervientes: hemos de contar con una firme voluntad
al servicio de esos pensamientos y deseos.
Primero conviene hacer crecer los deseos hasta la altura de los designios
divinos. Humildad no es apocamiento, ni pusilanimidad, mediocridad sino
Magnanimidad: ambiciones grandes según el fin querido por Dios,
no por la soberbia humana. No intentar nada por miedo a ser soberbio
o vanidoso es un autoengaño para recubrir de bien la cobardía y la comodidad.
Es necesaria valentía cristiana que supera y mejora la humana
en cuanto tiene la ayuda de Dios mismo. Luego constancia. Nada exige
más esfuerzo que el ejercicio de la perseverancia. Más ingrato,
más difícil y más meritorio, aunque parezca menos es soportar:
el dolor físico, las penas del espíritu, escrúpulos, cansancio, tristeza
o angustia. La obra de la fortaleza es ayudar a llegar al final sin
flaquear. Además es necesaria la perseverancia que corona la
fortaleza. Se puede llegar hasta el martirio
"El hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente
en el campo espiritual y mora, cediendo a los impulsos de las pasiones
internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente circundante.
Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria
la virtud de la fortaleza (...). Esta virtud encuentra poco espacio
en una sociedad en la que está difundida la práctica tanto del ceder
y acomodarse como la del atropello y la dureza en las relaciones económicas,
sociales y políticas (...). Quizá nunca como hoy, la virtud de la
fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don
del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural,
que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio,
sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha
por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar
ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre
incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.
Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, 'la debilidad de la
carne' (cfr Mt 26,412; Mc 14,38), es decir, de la naturaleza humana
sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar
del Espíritu Santo el don de fortaleza para permanecer firmes y decididos
en el camino del bien" [8]
Don de Consejo (Boulé). En el centro del alma y del corazón el
Espíritu Santo transmite su vivencia de ser una persona Don o Amor.
Cuesta distinguir su personalidad del Padre –origen del amor, Eterno
amante- y del Verbo – Amado predilecto-. Lo propio es proceder del Padre
en su Amor al Hijo y del Hijo en su amor al Padre. Por eso se le llama
Don, vínculo entre el Padre y el Hijo. Pero se ver más la característica
de ser Amador en la misión que le encomienda: guiar a la Iglesia y las
almas en la historia con todas sus cariadísimas incidencias. No es lo
mismo ser santo en un claustro, que en medio de un campo de exterminio,
o en una pacífica vida de burgués. El consejo no puede ser igual para
todos. No se puede dirigir igual a los neófitos o a los niños, que los
caminan por las cumbres de la perfección, o a un Papa que a un sacristán,
a un jefe de Estado que a un ujier. El cristiano en gracia recibe la
experiencia para aprovechar mejor la presencia divina en el alma y acertar
o rectificar.
En la vida cristiana, se experimenta que las personas santas tienen una
especial intuición, inspirada por el Espíritu Santo, para discernir
lo que Dios pide, para decidir en situaciones difíciles y para aconsejar
a los demás, especialmente en su relación con Dios. a prudencia es el
centro de la vida moral natural. Por encima está la contemplación; por
debajo, al vida cotidiana; y ,en el medio, el consejo deja pasar la
luz de la contemplación sobre las normas prácticas
Este don que perfecciona la prudencia humana ayuda a tomar decisiones
con energía, aumenta la experiencia, aunque no la tenga humanamente,
como puede ser dirigir a almas que van más adelantadas que el director
espiritual; y da luce spara valorar las circunstancias tan cambiantes
que lo que puede ser una buena decisión en tiempo de paz, es muy mala
en tiempo de guerra. Vemos su actuación en los evangelistas, y los autores
sagrados es la inspiración. En el magisterio la asistencia, en el fiel
corriente se adapta a sus circunstancias reales moviendo a la audacia
de la santidad (parresía)
La justicia sin prudencia puede causar desastres, pues no tendría aplicación
templada, dura o fuerte. Templanza con prudencia evita las ocasiones
y el secreto orgullo espiritual. Fortaleza con prudencia lleva a huir
o dar la cara según convenga a fines más altos. Nunca es fácil decidir,
más aún si nadie aconseja, y es frecuente que se den situaciones donde
no hay experiencia ninguna. Nunca faltará el consejo del Espíritu Santo
en el alma que escucha, más difícil es en las almas locuaces cuya oración
en más monólogo o elucubración mental que verdadero diálogo o escucha
orante[9]
También
sobre el Consejo habla el Romano Pontífice: "Se da al cristiano
para iluminar la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone.
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado (...) por
una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores (...).
Se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos
que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado
por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.
En este empeño de recuperación moral (...), el Espíritu Santo sale al
encuentro (...) mediante el don de consejo, con el cual enriquece
y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde
dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se
trata de opciones importantes (...). El don de consejo actúa
como un soplo nuevo sobre la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito,
lo que corresponde, lo que conviene más al alma (cfr San Buenaventura,
De septem donis, VII,5). La conciencia se convierte entonces en
el 'ojo sano' del que habla el Evangelio (Mt 6,22) (...). El cristiano,
ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores
evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña
(cfr Mt 5-7)" [10]
Tras sanar e iluminar lo
humano desde lo más íntimo con su presencia, comienza la acción del
Espíritu Santo para ayudar a vivir en la vida divina superior a todo
lo humano. Con su ayuda la fe pasa a ver destellos; la esperanza a descanso
y confianza totales; el amor humano santificado a amar con el Amor de
Dios en el propio corazón humano. Veamos los tres principales dones
del Espíritu Santo
Don de Ciencia (Gnosis). La tradición cristiana comentando este
don, sitúa aquí esa especial intuición que tienen los hombres de Dios,
que saben ordenar las cosas creadas, según el querer divino. La Creación
es un gran misterio. ¿Por qué la creación y no sólo Dios? ¿Qué añade
la creación a la perfección de Dios? La primera reacción es decir que
nada. Pero crear un mundo en que existen seres que puedan amar sí es
algo querido por Dios, aunque no necesariamente, por supuesto, pues
la lógica del amor es distinta de la necesidad y la lógica estricta.
Dios crea un mundo en que en una armonía llena de belleza hay una escala
que va desde los ángeles y los hombres –seres libres- hasta la materia
muda. Algunos ángeles fueron rebeldes al amor y se autoexcluyeron de
esa armonía en pecado que rechaza el perdón de un modo realmente sorprendente
en que la voluntad se coloca sobre la inteligencia; el orgullo sobre
la ciencia. El hombre es seducido y cae en pecado redimible y toda la
creación material fue maldita por su culpa, aunque conservando gran
parte de su belleza.
El Espíritu Santo lleva a percibir la Creación desde la intimidad de
Dios. El Padre es el origen amoroso y todopoderoso del acto creador
mirando al Hijo quiere un mundo de hijos que puedan amar como ese Hijo.
El Hijo quiere lo que quiere el Padre y es el modelo de la creación.
El Espíritu Santo realiza ese querer como un éxtasis creador.
El justo experimenta algo de ese gozo creador. Algo saben los artistas
de lo que vale una chispa creadora. Y viene el amor admirado. Pero la
creación es limitada y, además fue deformada por el pecado, afeada.
Algunos místicos hablan de sí mismos como ser nada[11],
sabiendo bien que son algo, y que son portadores de la vida divina en
su alma en gracia, pero sus fuertes expresiones están ahí como una luz
en alma cristalina que ve cosas imposibles al lógico de la pequeña razón
creada. Algunos pensadores son seducidos por la limitación de los seres
y llegan a nihilismos y comprensibles logomaquias sobre la nada difíciles
de creer por uno mismo, pero algo perciben. Por otra parte ¿vale la
pena algo por conquistar el mundo? Realmente las quejas del Qohelet
son comprensibles, todo son vanidad de vanidades.
"Gracias a él se nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas
en su relación con el Creador". El hombre moderno que, debido al
desarrollo de las ciencias y su poder, tiene "la tentación de tener
una visión naturalista del mundo" y absolutizar las cosas de la
tierra, con las riquezas y el poder. El don de la ciencia "le ayuda
a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador.
gracias a ella -como escribe Santo Tomás-, el hombre no estima las criaturas
más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia
vida (cfr S. Th. II-II, q. 9, a. 4). Así logra descubrir el sentido
teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas
y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito
que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este
descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias (...).
El hombre iluminado por el don de la ciencia descubre al mismo tiempo
la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su
intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir cuando, al pecar,
hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir
con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor ímpetu a Aquel
que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito
que le acosa" [12]
Entendimiento o inteligencia (Synesis). Hemos visto que
el Espíritu santo reside en el alma como en un templo y va moldeando
el alma humana del creyente desde el interior de su intimidad. La inteligencia
es muy importante, es intus legere, leer dentro, darse cuenta, comprender,
ir al fondo en la medida de lo posible. . El Espíritu escruta "las
profundidades de Dios"[13]
dice San Palabra inspirado por el mismo Espíritu Santo. Ël ve lo íntimo
del Padre y de su Verbo y lo puede comunicar. Nosotros no podríamos
soportar toda la luz repentinamente, necesitamos educarnos poco a poco,
aunque también se den saltos. El Espíritu Santo comunica una participación
de su inteligencia. No revela nada nuevo, sino que hace brillar con
luz nueva todo lo ya se cree por la fe. Introduce en las verdades divinas,
pero Dios es inefable, siempre más, misterio. Nuestra mirada queda
ciega si mira la luz del sol directamente. ¿Cómo expresar lo inexpresable?
Las palabras grandes se desgastan por el mal uso y pierden su sentido
propio, o simplemente no se conocen. Así ocurre con el término amor,
libertad, persona y tantos otros.
La fe es conocer con certeza, pero se necesita atravesar la corteza de
las palabras y los hechos que usa la revelación en la historia para
llegar hasta la médula. El don de entendimiento tiene esta función:
es el sentido de lo divino. Este don remedia la frialdad, la desatención
y la escasa profundidad de nuestra fe, por ejemplo introduciendo en
la vida íntima de la Trinidad o en saber qué es un hombre; es como una
intuición que revela lo que se creía y no se entendía demasiado bien.
Siempre se puede progresar por que los misterios al abrir una puerta
se entra en una habitación donde hay más puertas que puedes ascender
indefinidamente hasta el infinito. El progreso es real y sin fin. Es
un conocimiento en espiral como descorrer el velo de la fe para poder
ver momentáneamente a Dios casi directamente, como se hará en el cielo
aunque se necesite el lumen gloriae para aún así ver y gozar. Lleva
a una fe iluminada desde dentro, no sólo por el estudio, sino por la
enseñanza del Maestro interior ante el discípulo que quiere aprender
de un modo orante, humilde y pensante[14]
En su predicación dice Juan Pablo
II "La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio;
sin embargo, es también búsqueda con el deseo de conocer
más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior
nos viene del Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente
este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad
divina (...). Mediante este don el Espíritu Santo, que 'escruta
las profundidades de Dios' (1 Cor 2,10), comunica al creyente una
chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa
percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la
experiencia de los discípulos de Emaús, que (...) se decían: '¿no
ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el caminos,
explicándonos las Escrituras?' (Lc 24,32). Esta inteligencia sobrenatural
se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad:
a los Pastores, que (...), gracias a la 'unción' del Espíritu
(1 Jn 2,20.27), poseen un especial 'sentido de fe' (sensus fidei)
que les guía en las opciones concretas. Efectivamente, la luz del
Espíritu Santo, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las
cosas divinas, hace también más límpida y penetrante la mirada sobre
las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos
de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre la dimensión
no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida
la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente
el tiempo presente y el futuro: “¡signos de los tiempos,
signos de Dios!”[15]
Don de Sabiduría (Sophía). En el interior del alma en gracia
reside el Espíritu Santo y transmite su ser personal, su vivencia podríamos
decir con palabras inadecuadas. Transmite que es Amor personal, que
procede del amor original del Eterno Amante que es el Padre y que también
procede del Verbo Amado. Estos amores de la procesión de la generación
del Hijo llevan a la procesión coeterna de amor de la que Él procede.
Lo característico suyo es Dar, ser Don de Vida y en la intimidad de
Dios ser Vínculo entre el Padre y el Hijo en una perfecta comunión (koinonía)
que necesariamente es un solo Dios, pero en una unión viva de amor entre
Tres personas que se aman.
El amor humano tiene muchos grados, como hemos visto. Es admiración,
deseo, deseo de tener deseos, querer, querer querer, querer el bien
del otro, dar, darse, unión afectiva y unitiva en un solo espíritu.
Pero aunque se alcance el más alto grado, purificado incluso, es infinitamente
distante del Amor de Dios. Eso es lo que hace el don del Espíritu Santo,
comunicar el Amor divino. Amar con el Amor de Dios, aunque no cese ni
desaparezca el amor humano, que es purificado aún más y elevado adonde
no podía llegar él solo. Amar con el Corazón de Cristo, amar con el
Amor del Corazón de Dios. Esa es la principal donación del Dador de
vida, porque la vida o es amor o no es vida.
La palabra sabiduría viene en latín de sapere, que significa saborear.
La sabiduría es un conocimiento sabroso mucho más intenso que el conocer
intelectual y que tiene la penetración y la connaturalidad que da el
amor. En los hombres santos observamos una connaturalidad con los misterios
de la fe, que aman y saborean. Ese conocimiento proporciona una alta
perspectiva para contemplar toda la realidad, y como un instinto para
ver las cosas en relación a Dios. Aquí se da la más alta contemplación
con efectos externos o no, pues esto depende del querer de Dios y se
han dado todo tipo de casos en la vida de la Iglesia, y la mayoría solo
Dios los conoce. Se le llama sabiduría pues es un saber mucho más alto
que el intelectual o el saber lógico. Ya el conocimiento poético y el
estético llevan más lejos que la lógica, pues el amor directo es el
máximo conocimiento, el que transforma las vidas.”Los actos de Fe, Esperanza
y Amor son válvulas por donde se expansiona el fuego de las almas que
viven vida de Dios”[16]
El que ama a Dios, pero se da cuenta de la desproporción de su Amor con
el de Dios le abruma algo su pequeñez. Ahora puede amar de una manera
proporcionada, pues el Amor de Dios es la fuente de su propio amor.
Ya es amor extasiado ante la belleza[17].
Hay felicidad y generosidad. Desparece el miedo[18]. En el dolor hay
paz. En la amargura paciencia y esperanza y se ve más claro aún que
con el don de entendimiento, aunque estén tan unidos. Es la oración
de unión, más allá de la quietud de los dones anteriores. Y todo esto
sin ser una vía extraordinaria. Se unen el querer de la voluntad, la
luz del entender, el sentir del sentimiento en la realidad de la vida
dura o fácil, lo que Dios quiera. Como hizo Jesús en su vida mortal.
Se vive, más intensamente como hijos de Dios, como amados dignos de
ser amados, predilectos por su correspondencia plena y con posibilidades
de crecer[19]
Juan Pablo II también trata este don en
sus catequesis breves de los mediodías: "El primero y mayor de
tales dones es la sabiduría, que es luz recibida de lo alto:
una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que
es propio de Dios (...). Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento
nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al
cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo con las cosas divina
y prueba gusto en ellas. Santo Tomás habla precisamente de 'un
cierto sabor de Dios' (S. Th. II-II, q. 45, a.2, ad 1), por lo
que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas
de Dios, sino el que las experimenta y las vive. Además, el conocimiento
sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas
según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este don,
el cristiano sabe ver interiormente las realidades de este mundo: nadie
mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación,
mirándolos con los mismos ojos de Dios (...). Gracias a este don toda
la vida del cristiano, con sus aspiraciones sus proyectos, sus realizaciones,
llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con
la luz que 'viene de lo alto'”[20]
San Pablo cita una serie en la epístola a los gálatas: “En cambio, los
frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad,
bondad, fe, mansedumbre, continencia”[21].
En la venida visible del Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés
se notaron varios de ellos: entusiasmo, valentía, fe arrolladora, frutos
apostólicos, don de lenguas símbolo de la dispersión producida por el
pecado de Babel.
En la vida ordinaria el que destaca, muchas veces citado en estas páginas
es la caridad, pero muy unido al gozo y la paz, es decir con un aspecto
esperanzado y atractivo, de hecho, un comentario al ver la vida ordinaria
de los primeros era “mirad como se aman”[22].
Los demás son manifestaciones muy necesarias siempre, pero más en tiempos
paganos: fortaleza en diversas formas y castidad expresiones de fe y
caridad especialmente queridas por el Espíritu Santo
El contraste
con la vida no espiritual es notable “manifiestas son las obras de la
carne, que son: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería,
enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, discusiones, divisiones, envidias,
embriagueces, orgías, y cosas semejantes. Sobre las cuales os prevengo,
como ya dije, que los que hacen tales cosas no heredarán el Reino de
Dios”[23].
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