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Para unas perspectivas materialistas
es previsible el fin de la tierra y, con ella, de la historia: aumento
de la entropía, degradación de las energías, enfriamiento del sol y
final de la vida. Todo eso si no se da antes algún fenómeno cósmico
como ser absorbidos por un agujero negro, o un cataclismo espacial.
Ello sin contar con que los hombres no utilicen la técnica para la autodestrucción
del planeta, cosa nada improbable.
Para un cristiano es distinto. En lo individual
sabe que es libre con una libertad que tiene un objetivo: amar eternamente.
La muerte viene seguida por la vida eterna. Y sabe más cosas por Revelación
que acepta con fe. Sabe que los cuerpos resucitarán en una divinización
que agrupa a la materia de un modo diverso al actual, espiritualizándola.
Sabe también que los pueblos se unirán en uno sólo en el Reino de Dios
definitivo, que es la Iglesia. Sabe que Dios ha prometido un cielo nuevo
y una nueva tierra mejores de los revelados como paraíso, aunque la
Iglesia no se sienta preparada para explicar es qué consiste esta realidad.
Sabe que Cristo será la Cabeza de la nueva Humanidad al venir como Juez
y como rey. Sabe que se dará un juicio universal y un estado de comunión
o de autoexclusión de la vida de amor con Dios. Sabe que desaparecerá
la muerte en el sentido amplio de la palabra, y que Satanás será reducido
para que no pueda tentar a los hombres. Vale la pena meditar despacio
estas cosas en todos sus aspectos para conocer mejor que es una persona
humana en el origen, en el camino y en el término.
Castelló
comenta así la Parusía: “será la venida –la manifestación– de Cristo
en su definitivo dejar de tener que ver con el pecado de los hombres,
porque la redención ya habrá sido plenamente realizada. Con su muerte,
Cristo abre los brazos a la entera humanidad dañada por el pecado; resucitado
se dirige a los que se han unido a su muerte aunque sigan siendo pecadores
y, por tanto, necesiten seguir adentrándose en la Cruz; pero en su parusía
Cristo vendrá sin tener que ver con el pecado y, por tanto, como Esposo
de la humanidad que, tras haberse incorporado plenamente a su muerte,
ha participado también de un modo completo de su resurrección.
Esto
significa que la parusía es la consumación, no tanto de la redención,
como de la glorificación del hombre redimido. La segunda venida de Cristo
no conecta tanto con su paso de la muerte a la vida, como con su ascensión
al cielo. La parusía acontecerá en la plena manifestación del eterno
adentrarse de Cristo en el Padre, llevando consigo todas las cosas.
Por tanto, acontecerá en la plenitud de su enviar el Espíritu Santo
para introducir a los hombres en su propia entrega al Padre. En este
sentido, la parusía será la venida –la manifestación– de Cristo en su
definitivo dejar de tener que ver con el pecado de los hombres, porque
la redención ya habrá sido plenamente realizada. Con su muerte, Cristo
abre los brazos a la entera humanidad dañada por el pecado; resucitado
se dirige a los que se han unido a su muerte aunque sigan siendo pecadores
y, por tanto, necesiten seguir adentrándose en la Cruz; pero en su parusía
Cristo vendrá sin tener que ver con el pecado y, por tanto, como Esposo
de la humanidad que, tras haberse incorporado plenamente a su muerte,
ha participado también de un modo completo de su resurrección.
Esto significa que la parusía
es la consumación, no tanto de la redención, como de la glorificación
del hombre redimido. La segunda venida de Cristo no conecta tanto con
su paso de la muerte a la vida, como con su ascensión al cielo. La parusía
acontecerá en la plena manifestación del eterno adentrarse de Cristo
en el Padre, llevando consigo todas las cosas. Por tanto, acontecerá
en la plenitud de su enviar el Espíritu Santo para introducir a los
hombres en su propia entrega al Padre”[1].
Toda la realidad de la persona, de la historia
y del conjunto de los pueblos, tiene un sentido escatológico. Al final
de los tiempos los justos vivirán una libertad liberada definitivamente;
el amor será pleno y purificado; la belleza consecuencia de ese amor;
la verdad lucirá sin tinieblas; la filiación divina total con alma y
cuerpo glorificados. El progreso de los pueblos definitivos. Pero conviene
considerar una a una las realidades escatológicas por la gran importancia
que tienen para cada persona y para la paz de los pueblos.
Ya hemos considerado la
muerte como aguijón que lleva a pensar en serio, para ello hemos utilizado
mucho la Revelación. Ahora vamos a seguir en lo que ocurre después de
muerte, pues el alma, tanto por la razón como por la fe, sabemos que
es inmortal. ¿Son esto utopías o deseos soñadores, o esperanzas fundadas?
Son verdades de fe y de esperanza, pero tan fundadas en la antropología
que casi son conclusiones.
La
muerte es el momento de la verdad, pero en el sentido más total. Al
separarse el alma del cuerpo, éste se descompone, vuelve a la tierra;
pero el alma pervive y se enfrenta ante la verdad de lo que ha hecho
en la vida. En ese momento ve con claridad cómo se aprovecharon los
talentos recibidos -inteligencia, familia, estudios, oportunidades,
gracias, vocación, etc.- se perciben las victorias sobre las tentaciones
y las caídas, tanto las perdonadas como las que siguen ensuciando el
alma. Se capta el verdadero amor oculto quizá por la humildad, o se
ve con claridad la fealdad de los pecados ocultos quizá a uno mismo
por la soberbia, siempre buscadora de autojustificaciones. “La
muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación
o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento
habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final
con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente
la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada
uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre
Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros
textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que
puede ser diferente para unos y para otros”
La vida eterna del cielo
Es patente que las cosas
buenas de la tierra no pueden saciar el ansia de felicidad de los hombres,
entre otras cosas porque todo lo terreno es efímero, pasa y dura poco.
Además, vemos que aún en los mejores momentos lo gozoso se mezcla con
el dolor, y la muerte vuela silenciosa sobre todo lo humano diciendo
que es efímero. ¿Será absurdo el deseo de felicidad que anida en el
corazón de todo ser humano? No lo es. La felicidad a la que aspiramos
no reside en esta tierra, sino en la vida futura donde ha desaparecido
la muerte y el dolor, y donde se puede gozar del Bien absoluto que es
el mismo Dios -Amor absoluto y meta de todas las ansias del corazón
lo conozca o no-.
La Sagrada Escritura es
muy clara sobre la salvación de los justos -los que mueren en estado
de gracia-. Ya el profeta Daniel dice que tras la muerte "Estos
(los justos), para la vida eterna: aquellos (los pecadores), para oprobio,
para eterna ignominia (Dan 12,2), pero el Nuevo Testamento es mucho
más claro en este punto pues dice que el que escucha mi palabra (de
Jesús) y cree al que me ha enviado tiene la vida eterna y no incurre
en sentencia de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida
(Jn 5,24). Veamos las características de esta vida:
1.-Vivir en intimidad con Dios. Es una unión de amor
en la que Dios nos enriquece con su propia vida "Y estaremos siempre
con el Señor" (1 Tes 4,17).
2.- Ver a Dios cara a cara. Es una visión intelectual
directa de Dios captando su verdad y su belleza en la medida en la que
cada uno sea capaz de asimilar tanta luz y esplendor. "Carísimos,
desde ahora somos hijos de Dios y todavía no se ha manifestado qué seremos:
sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a El porque le veremos
tal cual es (1 Jn 3,2). Ahora "Vemos por medio de un espejo en
enigma, más entonces conoceré plenamente, el modo que yo mismo he sido
conocido" (1 Co 13,12). Para poder soportar tanta luz recibirá
el alma de los justos una gracia especial llamada "lumen gloriae"
que le permite no ser deslumbrada o cegada por tanta luz y felicidad
muy superiores a la condición humana.
3.- Amar a Dios. Conocer es fuente de gozo, pero amar
lo es mucho más, además nace del conocimiento tan claro del Bien absoluto
que es Dios. Este amor no pasa ni decae jamás (1 Co 13,8). Ya no es
necesaria la fe sino que se ama y se es amado de un modo pleno. Cada
uno vive este amor según su capacidad el más santo ama más, pero no
existirán envidias pues el gozo llena. Cada uno tiene un contenido y
no le importa que otro tenga un contenido mayor, es más, le da alegría
la justicia tan perfecta de Dios.
4.- Gozo. Es consecuencia de todo lo anterior, pero
vale la pena recalcarlo Jesús suele repetir la fórmula: "entra
en el gozo de tu Señor" (Mt 23,21) y la de bienaventurados.
5.- Eternidad. Todo lo anterior sería imperfecto si
estuviese destinado a desaparecer o estuviese amenazado por la muerte.
"Granjeaos amigos con esas riquezas de iniquidad para que cuando
os vengan a faltar, os reciban en las moradas eternas" (Lc 16,9).
Conviene recordar que la duración en el cielo es diversa de la de la
tierra que se mide por el tiempo, allí se vive la eviternidad más parecida
a la eternidad de Dios que es la duración del ser inmutable.
A toda esta dicha se puede
añadir la gloria accidental por la que los bienaventurados conocen y
gozan en Dios de aquellas cosas buenas que les hicieron particularmente
felices en la tierra.“Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios
y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son
para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es",
cara a cara”[2]
Es famosa la definición del Papa Benedicto XII: “Definimos con la autoridad
apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de
todos los santos ... y de todos los demás fieles muertos después de
recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar
cuando murieron;... o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar,
una vez que estén purificadas después de la muerte ... aun antes de
la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión
al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y
estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con
Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte
y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia
con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura
(: DS 1000; cf. LG 49)”.
En una famosa discusión sobre el cielo entre San Buenaventura y santo
Tomás de Aquino, el primero sostenía que el cielo es la vida de amor
del bienaventurado; Tomás, en cambio, decía que la visión intelectual
es anterior pues nada se ama si no se conoce antes. En realidad, dado
que en Dios la Bondad y la Verdad se identifican se puede decir que
los santos en el cielo conociendo aman y amando conocen.
Pero una precisión antropológica nos es de gran utilidad: es necesaria
una gracia especial de Dios para poder verle llamada lumen gloriae.
Dios como realidad conocible es tan luminoso e infinito que supera la
capacidad del hombre y necesita este don. Ahora bien, este don es una
potenciación de la inteligencia, de la voluntad y del corazón para conocer,
amar y sentir el afecto del mismo Dios con más capacidad. Se ve más,
aunque no todo, se ama más, aunque puede crecer, se siente el afecto
del amor con intensidad, sin velos. El hombre alcanza plenitud que crecerá
con la unión corporal de la resurrección prometida. El panteísmo está
muy lejos, pues el hombre sigue siendo hombre, pero elevado a un nivel
casi inconcebible y, que por otra parte, responde a los deseos de todo
su ser personal
Es muy
hermosa la exposición del cielo como amor que une en una comunión perfecta.
“Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida
y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados
se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización
de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo
de dicha”[3]. Concretando más.
“Vivir en el cielo es "estar con Cristo". Los elegidos viven
"en El", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su
verdadera identidad, su propio nombre”[4]
Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto"
el cielo.
No
se puede recurrir a la imaginación ni a la experiencia para explicar
el cielo, aunque a veces se alcancen grados altísimos de felicidad en
al tierra. “Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con
todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación.
La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete
de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso:
"Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre
llegó, lo que Dios preparó para los que le aman”[5]
En el cielo no hay inactividad, sino vida intensa,
por un lado amor feliz, por otro ayudar a los que viven libremente en
esta tierra. “En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan
cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás
hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El "ellos
reinarán por los siglos de los siglos'[6]
En un lenguaje personalista
y místico dice Santa Teresa del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, llevada
por su clara percepción del amor, llega a una consideración del cielo
de gran profundidad. Tiene presentimientos en su enfermedad última:
“Si el Señor me lleva pronto consigo, le ruego a usted que siga recitando
todos los días esa misma oracioncita, porque yo tendré en el cielo los
mismos deseos que en la tierra: amar y hacer amar a Jesús”[7].
: “Siento que misión va a comenzar...Yo
pasaré mi cielo sobre la tierra hasta el fin del mundo y en tanto hubiere
almas que salvar. Cuando el ángel haya dicho: “ya no hay más tiempo”
(Apoc 10,6), entonces, sí, descansaré y podré gozar, porque el número
de los elegidos estará completo y todos habrán entrado en la alegría
y el descanso...Nuestro Señor no me daría este deseo de hacer bien sobre
la tierra después de mi muerte, si no me lo quisiera cumplir; me daría
más bien deseo de descansar en Él. ¿Qué le parece a vuestra caridad,
madrecita mía?”[8].
Es más, le molesta la idea de felicidad desconectada del amor: “Yo no
puedo pensar mucho en la dicha que me espera en el cielo. Una sola esperanza
hace latir mi corazón. El amor que recibiré y el que podré yo repartir.
Pienso en todo el bien que quisiera hacer después de mi muerte: hacer
bautizar niños pequeños, ayudar sacerdotes, a los misioneros, a toda
la Iglesia”[9]. Es fácil pensar en
su nombramiento como patrona de las misiones y, aunque pertenezca a
las revelaciones privadas, las manifestaciones de dolor en las apariciones
de la Virgen aprobadas por al Iglesia. Por eso añade: “¡Qué desgraciada
sería en el cielo, si no me fuera posible dar pequeños gustos en la
tierra a aquellos a quien amo!”[10].
Son manifestaciones de los últimos días de su vida. Y cuando su hermana
le habla de la felicidad del cielo la interrumpe de pronto: “- No es
eso lo que me atrae
“-¿Pues qué?
“-¡Ah! ¡El amor! ¡Amar y ser amada y volver a la tierra
para hacer amar el Amor!”[11].
Es indudable que no es sólo
un acto de entrega, ni un capricho, sino algo muy asimilado en la oración.
Propiamente es una inspiración del Espíritu Santo en un alma dócil que
al entregarse del todo puede captar la intimidad divina y, por tanto,
el cielo. “Yo cuento seguramente con que no he de permanecer inactiva
en el cielo. Mi deseo es continuar trabajando por la Iglesia y por las
almas. Yo se lo pido a nuestro Señor y estoy cierta de que Él me escuchará.
Si dejo ya el campo de batalla, no es por el deseo egoísta de descansar.
El pensamiento de la beatitud eterna, apenas si hace estremecer mi corazón.
Hace mucho tiempo que el sufrimiento se ha convertido en mi cielo en
la tierra y realmente me cuesta trabajo concebir cómo podré aclimatarme
a un país donde reina la alegría sin mezcla de ninguna tristeza. Será
menester que Jesús transforme mi alma y le dé la capacidad de gozar;
pues, en otro caso, yo no podría soportar las delicias eternas”[12].
Lo que realmente le cuesta es entender un amor egoísta, si se pudiese
dar ese disparate. E insiste en el tema: “ El pensamiento de la dicha
celeste, no sólo no me produce alegría alguna, sino que llega a veces
a preguntarme cómo me será posible ser feliz sin sufrir. Jesús cambiará,
sin duda, mi naturaleza; pues, en otro caso yo echaría de menos el sufrimiento
y el valle de lágrimas”[13]. No es el suyo un
querer sufrir por sufrir, eso no es bueno ni cristiano, sino que ha
comprendido un nivel del amor que es sufrir por amor y le parece imposible
un nivel superior, aunque lo admite. Por otra parte en los Padres y
en la Edad Media se habla en ocasiones en un cielo de transición hasta
el juicio final tras el que viene el verdadero y definitivo cielo. En
esta línea, que ella desconoce, dice a su hermana: “Jesús tendrá que
cambiar completamente mi alma, pues en otro caso yo no podría soportar
el goce eterno”[14].
La sencillez y la constancia de estas afirmaciones
revela algo muy meditado. Se puede hablar de una inspiración interior
de la doctora de la Iglesia que enseña algo sobre el más allá de gran
valor, aunque, quizá, sea para pocos. Ya no se trata de un descanso
en paz solamente, sino de un amor activo, como por otra parte en el
mundo católico se ha visto plasmado en la intercesión a los santos que
ayudan a los peregrinos de la Iglesia militante. Un aspecto rico del
amor se revela en sus palabras y en sus sentimientos firmemente insertados
en su alma.
Por otra parte tiene muy claro el sentido
de la eternidad. Lo que no es eternidad es “ilusión y sueño”[15]. Teresa quiere estar
en el cielo y en la tierra como el Verbo que viene y vuelve revelando
con hechos el amor y la desgracia del pecado. Por otra parte extiende
a todos los santos los sentimientos de compasión: “Yo creo que los bienaventurados
sienten una gran compasión de nuestras miserias. Ellos se acuerdan de
que, siendo frágiles y mortales como nosotros, cometieron las mismas
faltas, sostuvieron los mismos combates y su ternura fraternal se hace
aún más grande de lo que era sobre la tierra, y por eso no cesan de
protegernos y de rogar por nosotros”[16]. Al mismo tiempo
nuestras oraciones les aumenta la gloria accidental. “...porque me parece
que las almas bienaventuradas reciben un gran gloria de las oraciones
que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer a favor
de otras almas sufrientes”[17].
No es una visión pasiva del cielo, ni desentendimiento de los afanes
de los afanes de los que peregrinan en la tierra, sino una participación
en la actividad de Dios hacia los hombres. Vale la pena retener este
dato.
El cielo requiere amor purificado y puro, solo pueden
vivir con el Santo que es Dios los santos. Pero existen personas que
al morir ni están en pecado mortal, ni tienen el alma limpia y llena
de caridad. Es incompatible su estado con la total caridad divina, por
lo tanto no pueden vivir en Dios, necesitan purificarse. Dado que han
perdido las oportunidades de avanzar en el amor verdadero que les ha
brindado la vida con diversos medios como la penitencia voluntaria,
o con los dolores venidos y aceptados con fe. Dios les brinda la oportunidad
de purificarse en un estado que llamamos purgatorio, dado que no pueden
ya merecer. Allí tienen fe, esperanza y caridad. Conocen a Dios, saben
con certeza que alcanzarán la vida eterna, pero sufren por la evidencia
de su falta de generosidad en la vida terrena. En cierta manera es sufrimiento,
pero desde otro punto de vista es una antesala del cielo dolorosa.
Una de las realidades más ancestrales es el rezo por
los difuntos. En realidad estas oraciones, indulgencias y sufragios
sólo sirven para las almas del purgatorio y conviene ser generosos en
aplicarles la mayor cantidad de gracias posible, pues si bien es cierto
que es un consuelo el haber superado el peligro del infierno, los dolores
y sufrimientos son duros, algunos autores llegan a decir que los más
pequeños del purgatorio son mayores que todos los que se pueden pasar
en esta vida.
“Los que
mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados,
aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte
una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar
en la alegría del cielo”[18]
“La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos
que es completamente distinta del castigo de los condenados. la Escritura
(por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador. “Respecto
a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio,
existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad,
al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu
Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt
12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser
perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio
Magno, dial. 4, 39)”[19]
El infierno
El tema del infierno requiere un estudio antropológico
detenido tanto por las pasiones que levanta en torno, como por la radicalidad
de la muerte segunda, muerte constante, dolorosa, fracasada y sin morir
despareciendo. Sin embargo, la Escritura y la razón están de acuerdo
una vez más, aunque no deje de haber un cierto misterio en su existencia.
Veamos primero la razón. Es lógico que los que rechazan
a Dios estén apartados de Él. El pecado mortal, si lleva consigo rechazar
la gracia de la conversión, permanece el alma. Es dogma de fe que todo
hombre recibe la gracia suficiente para salvarse, luego el que se aparta
de Dios es porque quiere. El infierno no es un lugar más o menos imaginario,
sino el estado de los que viven apartados de Dios. Vivir separados de
Dios equivale a vivir sin amor y sin esperanza con todo el sufrimiento
que lleva consigo la desesperación y el odio o desamor. Pero además
existe un castigo de la justicia pues los pecados fueron graves injusticias
libremente advertidas y consentidas. Es comprensible un castigo, la
Escritura nos habla de fuego eterno. Pero lo más grave es la separación
del Bien que es Dios con todo el sufrimiento que ello lleva consigo.
Vivir separados de Dios equivale a vivir sin amor y sin esperanza
con todo el sufrimiento que lleva consigo la desesperación y el odio
o desamor. Pero además existe un castigo de la justicia pues los pecados
fueron graves injusticias libremente advertidas y consentidas. Es comprensible
un castigo, la Escritura nos habla de fuego eterno. Pero lo más grave
es la separación del Bien que es Dios con todo el sufrimiento que ello
lleva consigo. La eternidad de las penas del infierno corresponden a
la situación de las almas después de morir. Algunos argumentan que la
ofensa a Dios tiene un valor infinito; otros se fijan más en la obstinación
en el mal de los condenados que odian las penas pero también a Dios
y todo lo que con el tiene relación. El infierno es fruto más de una
libertad pervertida, que de una imposición aparatosa de Dios, que más
bien respeta esa libertad a la que ha intentado ayudar de mil maneras,
pero que ha encontrado el obstáculo de la obstinación. Se duda del infierno
cuando se tiene una idea superficial de Dios o una idea débil de la
libertad del hombre.
La libertad del hombre no es omnipotente, es una libertad
creada, finita, no indiferente, pero que puede oscilar entre el mal
y el bien. De hecho el error y la ignorancia disminuyen o anulan la
malicia y la responsabilidad. Pero no se puede decir que todo acto malo
–pecado- sea un error o responda a una ignorancia inculpable. Cabe la
elección libre y lúcida contra Dios. El peor de los pecados es mostrado
en los libros de moral como el odio a Dios, que parece algo imposible:
odiar la Belleza perfecta, la Verdad, la Bondad. Pero es posible para
la voluntad creada un acto de rebeldía –malicia- lúcido, un antiDios
consciente, un querer alcanzar la Belleza, la Verdad, no el Amor, sin
Dios y contra Dios, es el orgullo total, difícil de entender para la
mayoría que se mueve en horizontes de menor malicia. Pero todo pecado
tiene una malicia en el sujeto, un endurecimiento, un orgullo, una soberbia,
una obstinación y se constituye en libertad falsificada
Veamos resumidas algunas cosas dichas sobre el infierno
en la Sagrada Escritura:
-“Así será la consumación del mundo: saldrán los ángeles
y separarán los malos de en medio de los justos” (Mt 13,49).
-“Y cuando venga el hijo del Hombre en su gloria, y
todos los ángeles con El, entonces se sentará en el trono de su gloria
y serán congregadas todas las gentes, y las separará unas de otras,
como el pastor separa a las ovejas de los cabritos, y colocará la ovejas
a su derecha y los cabritos a su izquierda” (Mt 25,31ss)
-La separación de los malos supone la exclusión absoluta
de la vida eterna. entonces dirá a los de la izquierda: “Apartaos de
mí, malditos” (Mt 25, 41)
-“Y entonces les declaré: Nunca jamás os conocí; apartaos
de mí, los que obráis la iniquidad” (Mt 7,23)
-“Quien cree en el Hijo posee la vida eterna; más el
que niega su fe en el Hijo, no gozará de a vida, sino que la ira de
Dios pesa sobre él” (Jn 3,36)
-“Porque os digo que ninguno de aquellos que habían
sido convidados ha de probar mi cena” (Lc 24,14).
-¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el
reino de Dios? (Gal 5,19-21; Ef 5,5).
-Existirá una condena sensible representada por el
fuego:
-“Si tu ojo derecho te es ocasión de tropiezo, arráncalo
y échalo lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno sólo de
tus miembros y que no sea echado todo tu cuerpo en la gehena. Y si tu
mano derecha te sirve de tropiezo, córtala y échala lejos de ti, porque
más te conviene que perezca uno sólo de tus miembros y que no se vaya
todo tu cuerpo a la gehena” (Mt 5,29 ss; Mc 9, 43 ss)
-“Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, los cuales
recogerán de su reino todos los escándalos y todos los que obran iniquidad
y los arrojarán al horno del fuego; allí será el llanto y rechinar de
dientes” (Mt 13,41 ss)
“Apartaos de mí, malditos al fuego eterno” (Mt 25,41).
-Las penas del infierno duran toda la eternidad.
“Y el humo de su tormento sube por los siglos de los
siglos” ( Ap 14,11)
La Iglesia en su magisterio dice al respecto: “Salvo
que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero
no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro
prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la
muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que
ningún asesino tiene vida eterna permanente en él". Nuestro Señor
nos advierte que estaremos separados de El si no omitimos socorrer las
necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos.
Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso
de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra
propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de
la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa
con la palabra "infierno”[20]“Jesús
habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que
nunca se apaga" reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan
creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el
cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles
que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al
horno ardiendo", y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos
de Mí malditos al fuego eterno”[21]
“La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad.
Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a
los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las
penas del infierno, "el fuego eterno". La pena principal del
infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado
y a las que aspira”[22]
Una manera de plantear antropológicamente
el infierno es la consideración de que es un autocastigo, una autoexclusión,
el acto de una libertad real querida por el hombre con sus sombras y
excusas o su endurecimiento querido. Vale la pena estudiar esta autoexclusión,
que es la que utiliza Juan Pablo II en su predicación de la vida eterna
en clave personalista.
En los
hombres la libertad es un riesgo, pues podemos usarla mal y pecar; esos
pecados pueden conducir al infierno si son graves o al purgatorio si
son leves. Pero existe el Cielo como premio conseguido por el buen uso
de la libertad que responde de un modo positivo a la gracia de Dios.
Si no hubiese Cielo o Infierno toda conducta sería equivalente. La libertad
sería una libertad sin consecuencias. Hagas lo que hagas da igual porque
el destino es el mismo, es igual amar que odiar, robar que trabajar,
ser generoso o egoísta y eso no es lógico ni coherente. Dios toma en
serio al hombre, y no quiere quitarle su libertad. Existe un riesgo,
pero con hombres libres el universo es eternamente más hermoso, porque
los hombres pueden amar libremente. No somos ni máquinas, ni animales,
sino seres libres con todas las consecuencias que esto lleva consigo.
Pero
veamos la libertad en el interior del hombre. Sabemos que la ignorancia
invencible es inculpable y aunque se realicen acciones malignas el que
está en esa situación no peca, pero tampoco mejora como hombre, e incluso
puede deteriorarse gravemente. Por ejemplo un niño es inducido a consumir
droga y se vuelve adicto a esos estupefacientes que sigue consumiendo,
pues no puede dejarlos. No parece culpable de este consumo, pero los
efectos en el cerebro, en la conducta y en toda la vida están ahí, aunque
sea moralmente inculpable.
El pecado
es un alejamiento libre de Dios con efectos reales. Veamos cuales son
estos.
frustración.
La pérdida de Dios es, en sí, causa de gran sufrimiento, porque el hombre
está hecho a imagen de Dios, no puede no querer ser feliz. La experiencia
infernal le lleva a percibir la gran pérdida. Esa privación da dolor,
tormento, angustia, que sin otra tortura lleva a una pena y confusión
enorme. El infierno es una frustración permanente.
Desesperación.
“Perdete voi che entrate ogni speranza” escribía Dante en la Divina
comedia. Imposibilidad de alcanzar el objetivo, sin distracción, ni
evasión, sin dormir, sin suicidio, sin amor, sin esperanza
Soledad.
El pecado es un intento de desplazar a Dios, su resultado es el aislamiento
del que quiere colocarse en el lugar de Dios. No hay comunión entre
los condenados, pues todos coinciden en la rebelión, no hay caridad
entre ellos, se odian, no pueden dialogar, ese odio hace crecer el tormento.
Estos
podrían ser algunos de los efectos de el aislamiento del que se elige
a sí mismo con obstinación cerrando la puerta a la apertura en que consiste
el amor.
¿Y la justicia? Basta una mirada
superficial al do para comprobar la multitud de injusticias que quedan
impunes en esta tierra. Esto contrasta más aún con la vida dura de muchos
inocentes o de los males que padecen algunos por culpa de otros. ¿Pensar
que la suerte de todos será igual después de esta vida es algo que irrita
porque es injusto? Dios es el único Justo con plenitud, El juzgará a
cada hombre con todos los agravantes y excusas posibles, aunque atempere
su justicia con la misericordia, será verdadera justicia basada en
la verdad plena. Si en esta vida la justicia es una aspiración siempre
imposible de llenar, en la otra vida será plena y total. Es muy posible
que muchas de las violencias de nuestros tiempos tengan un fundamento
no pequeño en la pérdida del sentido de un Dios absolutamente justo
que dará a cada uno según sus obras. Muchos se comportarían con menos
violencia y desvergüenza si fuesen conscientes del castigo que corresponde
a la injusticia y el escándalo. Otros muchos se alegrarán con el premio
justo que Dios se reserva para los hombres de buena voluntad. “Cuando
se choca con la amarga injusticia de esta vida, ¡cómo se goza el alma
recta, al pensar en la Justicia eterna de su Dios eterno!” [23] .
¿Y
la misericordia? No se opone a la justicia ya que ambas se basan en
el Amor de Dios. La misericordia se manifiesta en la multitud de ayudas
que el hombre recibe en esta vida. Basta mirar el Sacrificio de Cristo
en la Cruz para comprobar hasta donde puede llegar la misericordia divina;
si a ello sumamos las muchas gracias que todo hombre recibe y la gracia
suficiente para salvarse, que es como una gracia especial para que nadie
pueda decir que él no ha tenido las oportunidades suficientes para salvarse,
nos encontramos con un derroche de misericordia que equilibra lo que
exige la justicia. Incluso es posible pensar que el mismo infierno está
atemperado por la misericordia divina dentro de su eterno sufrimiento,
pues podía ser peor por la malicia que lleva consigo el pecado y la
resistencia a la gracia redentora que Dios ofrece con amor liberal.
La eternidad de las penas del infierno corresponde a la situación de las
almas después de morir. Algunos argumentan que la ofensa a Dios tiene
un valor infinito; otros se fijan más en la obstinación en el mal de
los condenados que odian las penas pero también a Dios y todo lo que
con el tiene relación. El infierno es fruto más de una libertad pervertida,
que de una imposición aparatosa de Dios, que más bien respeta esa libertad
a la que ha intentado ayudar de mil maneras, pero que ha encontrado
el obstáculo de la obstinación. Se duda del infierno cuando se tiene
una idea superficial de Dios o una idea débil de la libertad del hombre.
El Catecismo de la Iglesia católica lo enseña en clave personalista de
autoexclusión. “Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar
unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra
El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no
ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un
asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en
él". Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si
no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños
que son sus hermanos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni
acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados
de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado
de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados
es lo que se designa con la palabra "infierno””[24]. Y añade con fuerza:
“Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego
que nunca se apaga" reservado a los que, hasta el fin de su vida
rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma
y el cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus
ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán
al horno ardiendo", y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos
de Mí malditos al fuego eterno!”[25].
Y añade sin reticencias: “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia
del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de
pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la
muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fueg[26]o
eterno". La pena principal del infierno consiste en la separación
eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la
felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”
Conviene pensar
en qué consiste este “estado de autoexclusión”, es decir, no un acto
de venganza divina ante una ofensa considerada infinita en su misterio
de iniquidad. Vale la pena hacer un estudio de esta explicación y su
validez, puesto que la oposición es frontal en muchos campos, también
dentro de los católicos, sin descuidar explicaciones como la reencarnación
que considera demasiado breve una vida para establecer definitivamente
una eternidad. Orígenes se encuentra entre los primeros en esta línea
con su apokatastasis o restauración final de todo, también de los condenados.
En la actualidad son muchos, incluidos personajes apasionadamente cristianos
como Papini o Berdiaeff que siguen la misma línea. Las explicaciones
materialistas tienen menos valor, pues llegan a negar la misma libertad
y la inmortalidad del alma con lo que se resuelve el problema por ausencia,
pero al mismo tiempo niegan las características más humanas y llevan
a la pérdida de sentido más plena. Para los racionalistas ocurre algo
parecido, aunque se puede aceptar de un modo exigido por la moral, que
debe tener premio o castigo.
Las explicaciones antiguas
insistían en la justicia de Dios que no puede ser burlada, con dificultad
salvaban la misericordia ante castigo tan tremendo. Pero, aunque no
se dijese de este modo, ponían en entredicho la paternidad de Dios Padre
y el valor universal de la salvación realizada por Cristo en la Cruz.
Era algo legal, y poco humano, desproporcionado en cierta manera.
El Dr. Manyá, insigne teólogo
en lengua catalana, se dirige en primer lugar a su maestro Santo Tomás
con libertad y ve que para él el infierno eterno no es un castigo iracundo
y justiciero por parte de Dios. “Es una situación que el hombre crea
y mantiene con plena luz y libertad: un destino horrible, ciertamente,
pero que sólo se hace real e irrevocable cuando la libertad ya no quiere
–ni puede, por culpa propia- retractar la voluntad pecadora: cuando
el orgullo, un orgullo satánico, ya no le permite implorar el perdón
de Dios misericordioso, siempre atento con cariño a otorgarlo generosamente
al que lo implora con espíritu de humildad y de penitencia”[27].
El infierno es fruto más de una libertad pervertida, que de una imposición
aparatosa de Dios, que más bien respeta esa libertad a la que ha intentado
ayudar de mil maneras, pero que ha encontrado el obstáculo de la obstinación[28].
Pero demos un paso más para intentar entender
mejor la eternidad de las penas del infierno. Un argumento que ha recibido
fuertes críticas, pero que se ha utilizado a menudo, es el de la infinidad
de la malicia del pecado del cual se deduce la duración eterna de la
pena. “La malicia del pecado mortal –se dice- es infinita, pues una
ofensa irrogada a la dignidad infinita de Dios; merece, pues, un castigo
infinito. Pero como el ser creado, por su limitación esencial, no es
susceptible de una pena infinita, la duración penal va supliendo progresivamente,
sin llenarlo nunca del todo, el defecto de adecuación en intensidad
con la infinita pena merecida”[29]. Así lo expone Manyá
y prontamente ve las dificultades de esta argumentación. La primera
es que se debe distinguir entre un infinito actual y otro potencial.
La malicia del pecado no puede alcanzar un grado de infinito actual,
sí en cambio es infinito potencial, pues la magnitud de la ofensa se
mide por la dignidad del ofendido, en este caso por la perfección infinita
de Dios, que es inconmesurable.
Ahora bien, la conciencia de pecado y de
la dignidad de Dios en el pecador no es tan viva y profunda habitualmente-
más bien al contrario. Con lo que habría que adecuar la pena a la percepción
de la culpa por parte del pecador y la pena eterna parece un castigo
enorme si se intenta explicar de esta manera[30].
Conviene buscar otro tipo de argumentos si no se quiere llegar a argumentos
como que el infierno no existe o que sí existe, pero está vacío, contrarios
a las manifestaciones de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
Una explicación es la de la obstinación
del pecador. Para Santo Tomás este es el punto de vista obligado en
cuanto a justificar la pena eterna: “No sería perpetua la pena de las
almas condenadas, si pudiesen retractarse, pues desde que tuviesen buena
voluntad, sería inicuo castigarlas eternamente”[31],
en este punto se repite mucho el doctor Angélico basta leer en la Summa
contra gentes el libro III, cap 156, n.5 en que no sólo afirma sino
que razona su afirmación.
En muchos teólogos y Padres se dan afirmaciones
de este tipo como San Juan Damasceno: “Después de la muerte no hay lugar
para la conversión y la penitencia. No porque Dios rechace la penitencia,
pues no puede negar a sí mismo la misericordia; pero es condición propia
del alma que no pueda convertirse”[32].
Dios respeta la justicia, y también la
libertad humana. ¿Basta un pecado para ir al infierno? Si el pecado
es firme frente a Dios, se puede decir que sí, aunque no se puede olvidar
la paciencia de Dios que deja tiempos de conversión para poder dar su
misericordia al pecador arrepentido y, por tanto, no obstinado. “Dios
no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”[33].
Esto nos lleva al tema de la libertad humana
y su fundamentación. Es conocida la pérdida del sentido de la libertad
en los diversos racionalismos y en las filosofías de la inmanencia.
En cambio es más satisfactorio lo que dice Cardona: “Dios obra por amor,
pone el amor, y quiere sólo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad.
Y de ese amor de amistad sólo la libertad es capaz. Así el Deus caritas
est del Evangelista San Juan (1 Jn 4,8), hay que añadir: el hombre,
terminativa y perfecto hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre,
es hombre frustrado, autorreducido a cosa. Pero sólo se es amor si se
quiere, si se quiere en libertad. De ahí que el hombre, por su operación,
sea causa sui, que es la definición aristotélica de libertad, aunque
allí no bien precisada aún”[34].
Kiekegaard sostiene que la existencia de seres libres, de los hombres,
postula necesariamente la existencia de Dios. Sólo la Omnipotencia puede
producir seres libres[35].
Pero la libertad del hombre no es omnipotente, es una libertad creada,
finita, no indiferente, pero que puede oscilar entre el mal y el bien.
De hecho el error y la ignorancia disminuyen o anulan la malicia y la
responsabilidad. Pero no se puede decir que todo acto malo –pecado-
sea un error o responda a una ignorancia inculpable. Cabe la elección
libre y lúcida contra Dios. El peor de los pecados es mostrado en los
libros de moral como el odio a Dios, que parece algo imposible: odiar
la Belleza perfecta, la Verdad, la Bondad. Pero es posible para la voluntad
creada un acto de rebeldía –malicia- lúcido, un antiDios consciente,
un querer alcanzar la Belleza, la Verdad, no el Amor sin Dios y contra
Dios, es el orgullo total, difícil de entender para la mayoría que
se mueve en horizontes de menor malicia. Pero todo pecado tiene una
malicia en el sujeto, un endurecimiento, un orgullo, una soberbia, una
obstinación y se constituye en libertad falsificada[36]
que debe recuperarse en la libertad amante, es decir, en la libertad
liberada de las mentiras y de los pecados; “entonces su corazón es libre,
y para siempre. Libre del otro señor usurpador y violento; libre
de su orgullo y de sus pasiones, n 8,44)[37],
libre del pecado, y libre del Homicida, del Maligno, del Padre de la
mentira. Después, una vez superadas las cadenas, viene la gran meta
de la libertad conquistada al alcanzar el objetivo del amor eterno en
el cielo, “Volé tan alto tan alto, que le di a la caza alcance”[38],
y con la gracia adquiere “la libertad de gloria de los hijos de Dios”[39] .
Los prejuicios racionalistas, con su libertad
de indiferencia, y los materialistas, con su negación de la libertad,
han llevado a muchos a perder el sentido fuerte de la misma libertad.
El hombre es libre porque es persona, y su personalidad le viene en
su última raíz del acto de ser que participa del Esse divino y con él
de su libertad, el gran don humano. Son insuficientes las explicaciones
que analizan la voluntad y la inteligencia o el mismo corazón. Todo
influye y tiene su valor, incluso el ambiente social y el cuerpo, pero
la libertad es lo más íntimo, fuerte y decisivo de la persona, y, a
su vez, el sentido de la libertad es amar eternamente. Si fracasa en
ese uso libre de la libertad eso es el infierno. Veámoslo con más detalle.
¿De dónde viene la obstinación de los condenados?
En ella no interviene Dios, sería algo blasfemo. Santo Tomás admite
que la falta de gracia puede admitirse como razón inmediata de la obstinación,
pero añade inmediatamente que esta falta no es la razón última, sino
que se funda en la mala voluntad del pecador[40].
El Dr. Manyá explica así ese proceso de malicia libre que lleva a la
obstinación: “La causa suprema de la obstinación de los condenados es
necesario buscarla, según la doctrina tomista, en el mismo proceso de
la libertad, en su dependencia de la vida intelectiva, en los raíles
más profundos de nuestro psiquismo. Las relaciones entre la vida afectiva
y la vida intelectual son un misterio, o más bien una complicación,
tan sutil, que en cada caso concreto nos es imposible fijarnos en todos
los elementos y todas las interferencias mutuas. Es, sin embargo, indiscutible,
al margen de la controversia psicológica, que en el proceso de la libertad
un cambio de elección por parte de la voluntad libre presupone un cambio
de panorama intelectual. La voluntad eligió un pecado porque en el último
juicio práctico se encontró un bien apreciable. Cabe una retractación
cuando se ven las cosas de otra manera”[41].
Miremos ahora a los ángeles.
Algunos pecaron y otros fueron fieles. Los que pecaron se obstinan siendo
éste un fenómeno natural en el proceso de su libertad, al menos en cuanto
se refiere a su fin supremo, tienen un psiquismo en el que no es posible
la penitencia, la retractación[42].
Esto se puede atribuir a la lucidez con que juzgan y entienden y, a
pesar de todo, quieren más su voluntad que la de Dios, su belleza que
la de Dios. Si fuese poco lúcido sería posible dar explicaciones, nuevas
facetas, pero se da cuenta con gran perfección de que se enfrenta a
Dios y, a pesar de eso, peca; a pesar de que ve su fracaso, quiere el
enfrentamiento, se prefiere a sí mismo, en actitud difícil de entender,
pero real. Así se nos muestra el orgullo en estado prácticamente puro,
en engreimiento total que en ningún momento quiere rectificar. “La libertad
del ángel pecador pudo operar en el primer momento de su existencia
enturbiando y falsificando con orgullo las deliberaciones de la voluntad;
después, ésta quedó definitivamente ligada por el orgullo inamovible”[43].
En el hombre se da en tono
menor ese mismo proceso, pero cuando el alma se separa del cuerpo sus
condiciones psíquicas son como las del ángel. Esto encaja con el sentido
intencional del pecado mortal que tiende a ser irretractable, pues si
no, no se hubiera hecho. Pero al considerar un fin superior se ven las
cosas de otro modo y cabe la retractación[44].
Caben otras explicaciones de la autoexclusión además de la que nos brinda
el Dr. Manyá, quizá el oscuro tema de la voluntad nos descubra que ahí
está la causa más profunda de la malicia que lleva a la inteligencia
a preferir el bien y la belleza propio por encima del Bien y la Belleza
de Dios.
Pero aún podemos ir más
lejos. La intimidad de la persona la constituye un acto vivo que da
el ser a la voluntad, la inteligencia, los afectos, al cuerpo. ¿Estará
ahí la raíz del desequilibrio en cuanto al separarse de Dios se nubla
todo lo humano? No sabemos llegar más lejos pero la eternidad del pecado
conduce a buscar respuestas sobre qué es el hombre en realidad, no es
un juego intelectual el que nos mueve.
En resumen la autoexclusión
de la vida en Dios constituye el infierno. Conviene superar las ideas
malignas y poco cristianas de Dios como justiciero, cruel e inmisericorde.
Dios es Amor y el hombre es capaz de amor, ahí está el problema. Conviene
recuperar la grandeza de la libertad, aunque mal usada con malicia y
orgullo pueda llevar al desastre de la pena eterna.
Veamos algunos textos bíblicos
sobre la realidad última de los pecadores obstinados. Isaías dice: “verán
los cadáveres de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano no morirá
nunca y cuyo fuego no se apagará, y serán horror a toda carne” . Daniel
lo dice más claro aún: “las muchedumbres de los que se duermen en el
polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para
eterna vergüenza y confusión[45].
Lo mismo enseña el libro de la Sabiduría [46]
y Ezequiel nos habla de la terrible condición de los muertos en pecado.
El salmo16 dice “no abandonarás ni alma en el seol, ni permitirás que
tu fiel vea la fosa”
[47], el salmo 49 insiste
lo mismo al igual que el salmo 73.
Jesús clama con el modo
de los profetas cuando avisa: “arrepentíos, porque ha llegado el reino
de los cielos (...) haced frutos de penitencia(...) ya está aplicada
el hacha a la raíz de los árboles: todo árbol que no de fruto va a ser
cortado y arrojado al fuego[48]. Cuando habló del
del día de Yavé, o de su segunda venida, llamada parusía, muestra un
auténtico Juicio final donde los malos oirán la siguiente maldición
de condenación: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado
para el diablo y sus ángeles, mientras que los justos oirán: Venid,
benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo[49].
Jesús habla de perdón a
personas libres y responsables no calla la existencia de un fuego eterno
y de un gusano que no muere: “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo,
pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder
el alma y el cuerpo en el infierno[50]
. Y añadía: El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de
su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán
en el horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. entonces
los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre[51],
y mostrando el ejemplo de la red barredera decía: así será el fin del
mundo, saldrán los ángeles y separaran a los malos de entre los justos
y los arrojarán al horno del fuego, allí será el llanto y el rechinar
de dientes.
La
realidad de la muerte segunda, peor que la muerte primera, pues es la
condenación eterna, lleva a su última radicalidad lo que es el hombre
como hemos repetido en casi todos los apartados. San Agustín decía a
este respecto: “los que no pertenecen a esta Ciudad de Dios, tendrán
por lote una miseria eterna, por otro nombre muerte segunda, porque
ni el alma ni el cuerpo viven: el alma porque estará separada de su
vida, que es Dios, y el cuerpo, porque no podrá terminar con la muerte.
En la otra vida subsiste el dolor y no falta ni el uno ni la otra para
que la pena dure siempre” [52]. Bien lejos del nihilismo
y de la inocencia del que no es libre y todo ocurre según el destino
fatal. Pero volvamos al hombre
La eternidad del más allá humano
Ya vimos en el hombre histórico
el difícil tema del tiempo y la historia. Pienso que el más allá nos
lleva a una mirada menos ingenua de la eternidad. El tiempo viene marcado
por una sucesión de instantes rapidísimos a través de los cuales el
hombre permanece y se transforma en actos libres que le forman o le
deforman. Todo está en movimiento mientras hay tiempo. Pero con la muerte
cesa el tiempo para el hombre. Hemos visto que la nada no es solución.
La eternidad de Dios es una vida perfecta, actividad plena que sin cambiar
evolutivamente o perfectivamente, siempre es nueva. El hombre, tras
la muerte, ni vive un tiempo sucesivo infinito, ni vive una vida eterna
según la vive Dios. Se habla de eviternidad, término aplicado a los
ángeles en su duración. Podemos entender su duración como lejana al
tiempo, luego no sucesiva, estancada en su endurecimiento u obstinación;
o firme en su amor confirmado. Su actividad no es cara al futuro con
ofrendas de novedad, sino que es actividad interna, íntima, casi continuo
presente. Quizá así se pueda explicar la sorprendente y real actividad
de los demonios en la historia en posesiones y seducciones, como si
estar en el tiempo les sustrajese del ensimismamiento rabioso de la
cerrazón en el odio y la frustración. En el caso del condenado en el
infierno, se puede decir que no hay futuro, sino el presente amargo
responsable, encerrado, odioso y odiante, soledad no rechazada. El salvado
vive la apertura de su amor en donación y aceptación de la apertura
de la Trinidad que se le da en sus peculiares personalidades de Amante,
Amado y Éxtasis de amor y en su continua novedad. Esa misma apertura
lleva a la apertura a los demás hermanos que aumentan su gozo, y a una
actuación gratificante en los que batallan en el tiempo con las batallas
que ellos ya vivieron en la única trayectoria histórica del hombre preludio
de la actividad eterna que es la propia del espíritu.
Hemos visto en los apartados
anteriores la situación del alma espiritual después de la muerte, queda
observar el cuerpo. La mirada es desoladora. En el cuerpo vivo el todo
es mayor que la parte, pero al desaparecer la forma que aglutina y da
vida, cada parte sigue su propio ser: materia orgánica, materia inorgánica,
o, en casos extremos, fundirse en gases sin posible punto de identificación
con el yo que le hizo hombre. En los casos en el que el cuerpo no se
corrompe, sean motivos naturales o sobrenaturales, la impresión en los
demás humanos es de espanto, o más bien, asco y temor, desde luego,
deseos de alejarse. Es comprensible la reacción dualista que reduce
al hombre a espíritu o alma al contemplar tal ruina que no tiene nada
en ella que le permita recuperarse, no se trata de una enfermedad, sino
de una descomposición, una verdadera muerte, no vida. Como las evidencias
de la inmortalidad son tantas, tanto a nivel intuitivo como a nivel
racional, es fácil decir que el hombre es sólo espíritu encadenado en
carne que le abofetea continuamente y le lleva a muchos comportamientos
animales o irracionales como poco.
Santo Tomás frente a la corriente poderosa
platónica defiende que el alma separada aspira a la unión con el cuerpo,
que está incompleta sin él, que es una situación forzada de insatisfacción
dentro de la perfección espiritual alcanzada en el caso de los salvados.
El alma humana no es un ángel que se ha liberado de la cárcel del cuerpo.
Es posible que le influya la fe que muestra a Cristo resucitado y la
declaración de que todos resucitaremos en la segunda venida de Cristo
Rey. Pero también es fruto de la observación desapasionada de la realidad
del hombre como persona. Aristóteles ante la descomposición de la muerte
dice que al separarse la forma de la materia, la forma desaparece como
ocurre a las almas de los animales o de las plantas, de un modo semejante
a la descomposición del cuerpo. Platón coloca al alma en su lugar preexistente
de cayó en el bajo mundo material. Los modernos no van mucho más lejos
de estos esquemas insolubles sin fe. Realmente las posibilidades no
son demasiadas, aunque añadamos el sorprendente delirio de la reencarnación
En la primera
predicación cristiana ocupa prácticamente el primer lugar. El Kerigma
es ante todo la predicación de la resurrección de Jesús y la de todos
los hombres. Todo y con la sorpresa y el rechazo de muchos. Durante
la predicación de Pablo en el Areópago ateniense le escuchan muchos
con interés pero “cuando oyeron «resurrección de los muertos», unos
se reían y otros decían: Te escucharemos sobre esto en otra ocasión”[53].Durante su defensa ante Agripa y Festo
cuando habló de la resurrección de Jesús “dijo Festo en alta voz: Estás
loco, Pablo; las muchas letras te han hecho perder el juicio. Pablo
contestó: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras
de verdad y de sensatez”[54].
Se entiende que San Pablo escriba a los recientes cristianos de Corinto
que encontrarían las mismas reacciones y les reafirme diciendo:” Pero
dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a
la vida? Necio. Lo que tú siembras no revive si antes no muere; y lo
que siembras nos es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano,
de trigo por ejemplo, o de alguna otra cosa. Dios, en cambio, le da
un cuerpo según su voluntad, a cada semilla su propio cuerpo. No toda
carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de
las bestias, otra la de las aves, otra la de los peces. (...) Así será
en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita
en incorrupción; se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra
en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita
un cuerpo espiritual. Porque si hay un cuerpo natural, también lo hay
espiritual”[55]. Esta es la clave de la revelación basada en el poder
de Dios y en el hecho de lo que realmente le sucede al cuerpo de Jesús
resucitado. Es un auténtico “cuerpo espiritual”.
Observando
los Evangelios Se puede constatar que el cuerpo de Jesús es su cuerpo
con características nuevas propias de la vida nueva recibida en su alma
humana: vida para no morir. Es impasible y conserva las heridas sin
dolor. Atraviesa puertas cerradas, aparece y desaparece, come y bebe,
se le puede tocar, a veces no le reconocen, rebosa de alegría, no le
inquieta que les cueste creer, y, al cabo de cuarenta largos días, asciende
al cielo físico ante la vista de más de quinientas personas no todas
con el mismo nivel de fe. Estas propiedades del cuerpo glorioso de Cristo
se suelen resumir en cuatro: claridad, agilidad, impasibilidad y sutileza
como reflejo de la espiritualización, inmortalidad e incorruptibilidad.
La divinización
del ser humano unido a Cristo alcanza no sólo al alma sino también al
cuerpo. La novedad cristiana de la resurrección de la carne, o la recuperación
del cuerpo es algo sin fisuras y lleno de luces para un conocimiento
del hombre. La materia es dignificada. Es renovada, es glorificada en
los salvados, es divinizada. Veamos este hecho más detenidamente.
El alma dignifica al cuerpo. Es notorio
en el rostro, pero en todo el cuerpo, como hacia notar Mons. Leonard
incluso en la relación sexual entre hombre y mujer se hace cara a cara,
mientras que en los animales es por la espalda, como mostrando que la
relación es más que un acto común a todo ser animal, sino que es una
relación entre personas. Las diferencias entre las caras de los animales
con los hombres son enormes, piénsese en la mirada de una vaca, de un
borrego, de un pez, o de los simios en gestos siempre agresivos. El
rostro humano, no es sólo soporte físico de diversos órganos (ojos,
boca etc.) manifiesta y revela una persona, está iluminado por una luz
interior, aunque en ocasiones pueda estar semiapagada. Pero hay más,
se puede distinguir entre el rostro de los locos del frenopático y las
personas normales. A niveles de media es diverso el rostro de las personas
analfabetas, o que han vivido en un medio hostil de supervivencia, que
los que se mueven es un ambiente intelectual o estéticamente exquisito,
aunque el valor moral sea muchas inverso. Siempre a nivel de medios,
y salvando las individualidades, se puede distinguir un poco la vida
moral con expresiones que podemos llamar angélicas en sus nueve niveles
de ángeles reflejando la dulzura del Querubín, el encendimiento del
Serafín, la fuerza de Tronos, Dominaciones y Potestades, la valentía
del arcángel y la inocencia del custodio, si estuviese en nuestra mano
hacer estas distinciones, y todo a pesar de que caben engaños, máscaras
y maquillajes. También se puede distinguir el rostro diabólico del odio
y de la envidia, la flacidez de la gula, el brillo bizco del avaro,
la molicie del perezoso, el encendimiento de la ira.
En el cuerpo resucitado se refleja el alma
gloriosa que lo hace “cuerpo espiritual” como dice San Pablo. Fernando
Ocáriz extrae consecuencias muy importante para el vivir cotidiano de
esta realidad de fe. Dice que la revelación histórica de la Trinidad
se realizó de modo eminente en la Cruz y resurrección de Jesucristo”[56]. En el máximo dolor
se deja ver el amor del que podría no sufrir. El Hijo ama como hombre
y cono Verbo. También se revela que Dios es Amor que prefiere compadecer
y perdonar sin dejar de cumplir toda justicia que manifestarse en todo
su poder para castigar al culpable. El fruto de la redención es el Espíritu
santo como don que santifica a los hombres haciéndolos hijos de Dios.
Pero, además, “la revelación cósmica de la Trinidad se realiza en Cristo
glorioso y, al final de la historia el mundo glorificado y recapitulado
en Él”[57] . Ya Pedro, Juan
y Santiago pudieron contemplar la claridad del Cuerpo de Cristo en la
Transfiguración, pero” desconocemos totalmente su constitutivo o estructuración
material”[58].
Eso lo podremos conocer en su momento, lo que tiene interés es que “siendo
la glorificación del Cuerpo de Cristo la redundancia en la materia de
la gloria de su espíritu, y consistiendo esta gloria en la consumación
de la divinización o edificación del alma, ¿qué puede significar deificación
de la materia?”[59]. Y contesta diciendo
que “aparte de las manifestaciones sensibles que pudiera tener la edificación
del cuerpo, y a las que parece referirse exclusivamente el término claridad.
(...) Aunque el cuerpo glorioso no deje de ser material significa que
esta ‘totalmente sujeto al espíritu’ (Santo Tomás Suma contra gentiles
IV, c. 86)”[60].
Las consecuencias están en lo que San Josemaría se atreve a llamar materialismo
cristiano. Veamos toda la cita cuando habla de este tema: “El auténtico
sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó
siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser
juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo
cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados
al espíritu”[61].
Este materialismo cristiano nace de la
revelación de que Dios creó todo bueno, y del hecho de que el Verbo
se hizo carne, y se completa con la resurrección de la carne. Se superan
así los espiritualismos dualistas. La revalorización de la materia se
realiza diariamente con el trabajo humano que adquiere una nueva dimensión.
Un famoso texto de San Josemaría muestra
la dignidad del trabajo con acentos sorprendentes. “El trabajo acompaña
inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen
el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de
la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que
son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención.
Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo:
quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que
el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir
a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando
unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio
de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión
de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los
demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio
de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso
de toda la Humanidad.
Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se
amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora
de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread
y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces
del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre
la tierra[62]. Porque, además,
al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad
redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive,
sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”[63].
Veamos estas
consideraciones teológicas en la vida ordinaria. En un monte existen
rocas. Al extraer esta roca con una operación no difícil, pero nada
espontánea se extrae el metal, por ejemplo hierro. Después se le mezcla
con carbón y se le calienta y se convierte en acero, flexible, maleable,
duro. Con el acero se hacen piezas, que serán utilizadas según unos
planos y unos hallazgos humanos en variadísimas máquinas (automóvil,
avión, reloj, ordenadores, etc). La materia se ha ido dignificando (espiritualizando)
en cada paso en la medida en que el trabajo humano le aplica el espíritu
a la materia. De un modo similar la espiritualización se realiza como
acción de Dios que la diviniza o en el cuerpo humano resucitado, o en
la nueva tierra y los nuevos cielos profetizados. Esta es la consumación
del cosmos: un don de Dios, pero también un logro humano
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