Anexo 2

 

  Conócete a ti mismo
  Dignidad de ser persona
  La persona participa de la Trinidad
  Ser libre
  Ser amoroso
  Ser pensante
  El corazón de la persona
  Afectividad Normal
  Afectividad
  Afectividad completa
  Ser que ama la belleza
  Ser con voluntad
  Voluntad
  Ser feliz
  Ser sufriente
  Ser herido
  Ser virtuoso
  Ser corporal
  Ser sexuado
  Ser con otros
  Ser amistoso
  Ser que muere
  Ser histórico
  Persona y evolucionismo
  Jesucristo revela el hombre al hombre
  Ser hijo de Dios
  Vida mística
  Los dones
  Consumación
  Anexo 1
  Anexo 2
  Anexo 3
  Anexo cerebros
  Anexo Freud
  Anexo 5
   
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Anexo 2. Preeminencia de la virtud de la piedad

“La piedad es una parte de la justicia, pero no tanto una parte deficiente e incompleta, como se ha podido entender, sino más bien la primera y más exigible devolución de lo que el hombre ha recibido. La piedad es la respuesta a la deuda originaria y principal que todo hombre encuentra al conocerse a sí mismo, y al conocer su papel en el mundo.

“A nadie le extrañará mucho que los antiguos hablen aquí, -sigue diciendo Pieper- en primer término, de la relación del hombre con Dios (...). En ella se realiza el paradigma de una deuda que, por principio, no puede satisfacerse (...). A todo lo que al hombre pertenece por naturaleza precede un don, y esa donación no puede ser devuelta ni ‘restituida’ (...). Pues bien, ese regalo (la nuda existencia, el donum creationis) nunca lo podremos, por principio, restituir (...). La justicia, en el caso de la relación del hombre con Dios, no tiene nada que hacer (...). Sólo cuando, en razón de su relación con Dios, el hombre cobre conciencia y ‘obre en consecuencia’ de su irreparable desproporción, que consiste en la existencia de una deuda, de un debitum que, por naturaleza, no puede ser cancelado, sólo entonces, y en razón de esto, se entenderá la estructura interna del acto religioso (adoración, entrega, oblación), y sólo entonces, sobre todo, será realizable”[1]. Es así como se salda esa diferencia de la que hablaba Aristóteles al tratar de lo justo, y de la que se hace eco Santo Tomás.

El hombre es capaz de captar el infinito, la desproporción de su deuda, y ese reconocimiento le lleva, mediante la veneración, a saltar de algún modo por encima de lo humano. Es lo que veíamos en Grecia, y sobre todo en Roma, culturas en las que la piedad, el culto a los dioses en el seno de la Ciudad y del Imperio, la veneración a los padres y a la patria, tenían mucho de sentimiento religioso.

Y sigue Pieper: “También en la relación entre hombres se da algo así (...). Tampoco puedo decir a mi madre, por ejemplo, en ningún momento: ‘Estamos en paz’. A la madre, a los padres o a los que hagan sus veces tampoco puede devolverse ni pagarse lo que es suyo. Puesto que tampoco aquí la justicia es procedente, entra aquí en su lugar, si se procede rectamente, como sustitutivo y expediente, una actitud distinta. Los antiguos la llamaron pietas, de la que la palabra ‘piedad’ no es una traducción precisa. Lo importante es que se entienda qué quiere decirse con pietas: quiere decirse el reconocimiento internamente realizado, e incluso exteriorizado, del hecho de estar en deuda con determinadas personas, a las que es imposible resarcir. Ahora bien, creo que se puede aventurar la afirmación de que, hoy en día, no es posible encontrarse el concepto pietas en la mentalidad humana vigente y que el intento de rehabilitar esta virtud ha de anclarse en profundos supuestos. La pietas sólo puede desplegarse como un elemento de la vida social, por ejemplo, si recobra su puesto propio en la región desolada de la ‘autoridad’. Cualquiera sabe que con esto se ha citado una misión casi irrealizable”[2]. Pero nos está permitido soñar con lo que se llegaría a ser la sociedad en la que esta virtud ocupase de nuevo, al menos, el papel que ocupó en la Antigüedad.

Todo esto no contradice, sino que aclara y pone en su lugar, el pensamiento de Santo Tomás, siempre que se respete el principio de que la justicia se da entre personas, únicas capaces de ostentar derechos: personas entre las que encontramos a Dios, a los demás hombres, y también a nosotros mismos. Lo aclararemos con un texto del propio Santo Tomás muy significativo, en el que, rompiendo el esquema expositivo académico, pone la virtud de la piedad en el mismo origen y culmen de la justicia del hombre que se siente deudor en su propia naturaleza: “Lo que especializa a una virtud es considerar a un objeto desde un punto de vista especial. En general, la justicia consiste en pagar una deuda a otro. Pagar una deuda especial a una persona determinada será, por tanto, objeto de una virtud especial. Ahora bien, el hombre es deudor muy principalmente hacia lo que es, respecto de él, principio de ser y de gobierno. Este principio es el que considera la piedad, por el hecho de que ésta rinde culto y deberes a los padres, a la patria y a los que les están unidos”[3].

Volviendo brevemente a la Antigüedad, vemos que la designación de la piedad como una virtud propiamente dicha apareció en el lenguaje corriente sólo después de un largo proceso de reflexión. Para el ciudadano griego y romano, la piedad era más bien el origen o el resumen de las virtudes. En el caso de muchos  filósofos hemos encontrado la incertidumbre sobre el lugar que se le ha de asignar en el sistema de virtudes. Muchas veces, de hecho, está situada fuera de esa tabla, como por encima. A menudo, más que insertarse en el esquema de las cuatro virtudes cardinales -bastante común a muchos pensadores, como hemos ido viendo- como una parte de la justicia, es entendida como la primera exigencia de la justicia, como el dar lo que es debido a Dios, tanto en el orden interior como en el social; y el dar también lo que es debido a aquellos de los que somos principalmente deudores, por nuestro propio origen y desarrollo como hombres. En este sentido se puede considerar la virtud  de la piedad como la más alta que se da en la vida del hombre, manifestación y expresión de esas cuatro virtudes capitales, y que nos acerca de un modo directo, tanto a nuestro origen y fin, como a los medios que nos llevan a reconocer el uno y perseguir el otro[4].

Según esto, y después de analizar los conceptos de naturaleza humana, su conexión con la virtud, y el papel de las virtudes en los distintos sistemas que están en la base de nuestra tradición cultural, podemos terminar afirmando lo siguiente. En primer lugar, que la caridad, la justicia y la prudencia pueden ser consideradas como virtudes generales, aspectos formales de la esencia de virtud, presentes por tanto en todo acto de virtud y en toda manifestación concreta de cualquier virtud particular. De este modo, todo acto virtuoso busca el bien propio de la obra en sí y en el contexto de la actuación (prudencia), el bien –común- de los hombres y de uno mismo (justicia), y el bien último de todo ser: la gloria de Dios (caridad). En segundo lugar, que la piedad, entendida como una parte primera y principal de la justicia (dar a cada uno lo que le corresponde), está en la cumbre del sistema de virtudes humanas: es el primer y más originario deber de todo hombre ante lo que ha recibido por naturaleza. Y, en tercer lugar, que en la virtud de la piedad se manifiestan, de manera sublime, los tres aspectos de la virtud en sí misma considerada. La piedad, si es virtud, es un acto primario y máximamente debido de prudencia, de justicia y de caridad.

(José Antonio Senovilla La virtud de la piedad según santo Tomás de Aquino 2202)



[1] Ibidem, pp. 199-200.

[2] Ibidem, pp. 200-201.

[3] Summa Theologiae II-II, q. 101, a. 1, ad. 1.

[4] Esta misma idea viene recogida en Dictionnarie de Spiritualité (XII, 2), p. 1703.