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Anexo 2. Preeminencia de la virtud de la
piedad
“La
piedad es una parte de la justicia, pero no tanto una parte deficiente
e incompleta, como se ha podido entender, sino más bien la primera y más
exigible devolución de lo que el hombre ha recibido. La piedad es la respuesta
a la deuda originaria y principal que todo hombre encuentra al conocerse
a sí mismo, y al conocer su papel en el mundo.
“A
nadie le extrañará mucho que los antiguos hablen aquí, -sigue diciendo
Pieper- en primer término, de la relación del hombre con Dios (...). En
ella se realiza el paradigma de una deuda que, por principio, no puede
satisfacerse (...). A todo lo que al hombre pertenece por naturaleza precede
un don, y esa donación no puede ser devuelta ni ‘restituida’ (...). Pues
bien, ese regalo (la nuda existencia, el donum creationis) nunca
lo podremos, por principio, restituir (...). La justicia, en el caso de
la relación del hombre con Dios, no tiene nada que hacer (...). Sólo cuando,
en razón de su relación con Dios, el hombre cobre conciencia y ‘obre en
consecuencia’ de su irreparable desproporción, que consiste en la existencia
de una deuda, de un debitum que, por naturaleza, no puede ser cancelado,
sólo entonces, y en razón de esto, se entenderá la estructura interna
del acto religioso (adoración, entrega, oblación), y sólo entonces, sobre
todo, será realizable”[1]. Es así como se salda
esa diferencia de la que hablaba Aristóteles al tratar de lo justo, y
de la que se hace eco Santo Tomás.
El
hombre es capaz de captar el infinito, la desproporción de su deuda, y
ese reconocimiento le lleva, mediante la veneración, a saltar de algún
modo por encima de lo humano. Es lo que veíamos en Grecia, y sobre todo
en Roma, culturas en las que la piedad, el culto a los dioses en el seno
de la Ciudad y del Imperio, la veneración a los padres y a la patria,
tenían mucho de sentimiento religioso.
Y
sigue Pieper: “También en la relación entre hombres se da algo así (...).
Tampoco puedo decir a mi madre, por ejemplo, en ningún momento: ‘Estamos
en paz’. A la madre, a los padres o a los que hagan sus veces tampoco
puede devolverse ni pagarse lo que es suyo. Puesto que tampoco aquí la
justicia es procedente, entra aquí en su lugar, si se procede rectamente,
como sustitutivo y expediente, una actitud distinta. Los antiguos la llamaron
pietas, de la que la palabra ‘piedad’ no es una traducción precisa.
Lo importante es que se entienda qué quiere decirse con pietas:
quiere decirse el reconocimiento internamente realizado, e incluso exteriorizado,
del hecho de estar en deuda con determinadas personas, a las que es imposible
resarcir. Ahora bien, creo que se puede aventurar la afirmación de que,
hoy en día, no es posible encontrarse el concepto pietas en la
mentalidad humana vigente y que el intento de rehabilitar esta virtud
ha de anclarse en profundos supuestos. La pietas sólo puede desplegarse
como un elemento de la vida social, por ejemplo, si recobra su puesto
propio en la región desolada de la ‘autoridad’. Cualquiera sabe que con
esto se ha citado una misión casi irrealizable”[2]. Pero nos está permitido
soñar con lo que se llegaría a ser la sociedad en la que esta virtud ocupase
de nuevo, al menos, el papel que ocupó en la Antigüedad.
Todo
esto no contradice, sino que aclara y pone en su lugar, el pensamiento
de Santo Tomás, siempre que se respete el principio de que la justicia
se da entre personas, únicas capaces de ostentar derechos: personas entre
las que encontramos a Dios, a los demás hombres, y también a nosotros
mismos. Lo aclararemos con un texto del propio Santo Tomás muy significativo,
en el que, rompiendo el esquema expositivo académico, pone la virtud de
la piedad en el mismo origen y culmen de la justicia del hombre que se
siente deudor en su propia naturaleza: “Lo que especializa a una virtud
es considerar a un objeto desde un punto de vista especial. En general,
la justicia consiste en pagar una deuda a otro. Pagar una deuda especial
a una persona determinada será, por tanto, objeto de una virtud
especial. Ahora bien, el hombre es deudor muy principalmente hacia lo
que es, respecto de él, principio de ser y de gobierno. Este principio
es el que considera la piedad, por el hecho de que ésta rinde culto y
deberes a los padres, a la patria y a los que les están unidos”[3].
Volviendo
brevemente a la Antigüedad, vemos que la designación de la piedad como
una virtud propiamente dicha apareció en el lenguaje corriente sólo después
de un largo proceso de reflexión. Para el ciudadano griego y romano, la
piedad era más bien el origen o el resumen de las virtudes. En el caso
de muchos filósofos hemos encontrado la incertidumbre sobre el lugar
que se le ha de asignar en el sistema de virtudes. Muchas veces, de hecho,
está situada fuera de esa tabla, como por encima. A menudo, más que insertarse
en el esquema de las cuatro virtudes cardinales -bastante común a muchos
pensadores, como hemos ido viendo- como una parte de la justicia, es entendida
como la primera exigencia de la justicia, como el dar lo que es debido
a Dios, tanto en el orden interior como en el social; y el dar también
lo que es debido a aquellos de los que somos principalmente deudores,
por nuestro propio origen y desarrollo como hombres. En este sentido se
puede considerar la virtud de la piedad como la más alta que se da en
la vida del hombre, manifestación y expresión de esas cuatro virtudes
capitales, y que nos acerca de un modo directo, tanto a nuestro origen
y fin, como a los medios que nos llevan a reconocer el uno y perseguir
el otro[4].
Según
esto, y después de analizar los conceptos de naturaleza humana, su conexión
con la virtud, y el papel de las virtudes en los distintos sistemas que
están en la base de nuestra tradición cultural, podemos terminar afirmando
lo siguiente. En primer lugar, que la caridad, la justicia y la prudencia
pueden ser consideradas como virtudes generales, aspectos formales
de la esencia de virtud, presentes por tanto en todo acto de virtud y
en toda manifestación concreta de cualquier virtud particular. De este
modo, todo acto virtuoso busca el bien propio de la obra en sí y en el
contexto de la actuación (prudencia), el bien –común- de los hombres y
de uno mismo (justicia), y el bien último de todo ser: la gloria de Dios
(caridad). En segundo lugar, que la piedad, entendida como una parte primera
y principal de la justicia (dar a cada uno lo que le corresponde), está
en la cumbre del sistema de virtudes humanas: es el primer y más originario
deber de todo hombre ante lo que ha recibido por naturaleza. Y, en tercer
lugar, que en la virtud de la piedad se manifiestan, de manera sublime,
los tres aspectos de la virtud en sí misma considerada. La piedad, si
es virtud, es un acto primario y máximamente debido de prudencia, de justicia
y de caridad.
(José Antonio Senovilla La virtud de la piedad según
santo Tomás de Aquino 2202)
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