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Anexo sobre los cerebros disminuidos y las emociones[1]
Uno de los hallazgos más decisivos en la moderna neurobiología
es la constatación de que las señales evocadas en las neuronas por estímulos
externos provocan modificaciones en sus vías de transducción que llegan
a penetrar en el núcleo neuronal; de este modo, los estímulos poseen la
capacidad de desencadenar modificaciones en la expresión de los genes
de la neurona, que llegan a ser de largo alcance tanto en magnitud como
en duración. La riqueza de receptores capaces de captar esas señales externas
y la abundancia de caminos metabólicos intracelulares que se entrecruzan,
confluyen y divergen añaden un grado más de complejidad a la ya rica multiplicidad
de interacciones entre las neuronas. Cada neurona es exigida y solicitada
por múltiples interpelaciones; y no hay razón para negar la posibilidad
de que lo que de ella pueda no conseguir una determinada señal actuando
sobre un receptor determinado lo consiga otra señal más afortunada y capaz
de activar otro receptor distinto. Entendemos que la variedad de reacciones
intraneuronales en cadena que dependen de distintas proteínas conforma
una salvaguarda o garantía para que, dentro de unos límites, estímulos
de naturaleza distinta terminen por conseguir el mismo resultado o respuesta
neuronal. Las posibilidades de promover estas cadenas de reacciones son
varias. Es así como se provoca la activación de genes de acción inmediata
y de acción tardía que, en último término, van a generar dos tipos de
modificaciones permanentes en el sistema nervioso de inmensa trascendencia:
por una parte, refuerzan la transmisión en las conexiones sinápticas,
y por otra, establecen y consolidan las redes interneuronales. Tal es
la base funcional de la reconocida propiedad del sistema nervioso: su
plasticidad.
La memoria forma parte esencial de todo proceso de aprendizaje. Existen
formas muy diversas de memoria que cumplen funciones muy distintas y que,
incluso, pueden malograrse de manera independiente, Estas múltiples formas
de memoria demandan múltiples sistemas neuronales de memoria en el cerebro.
Lejos, pues, de ser un proceso focalmente localizado o cerebralmente difuso,
implica la actividad de numerosas estructuras y sistemas cerebrales. Atendiendo
a un parámetro estrictamente temporal, se puede hacer una primera distinción
entre memoria de duración breve o memoria a corto plazo, y las de duración
más prolongada o memorias a largo plazo. De forma general se puede obtener
una memoria corta con una exposición única a un estímulo, mientras que
para obtener una memoria más prolongada es necesaria generalmente la repetición
de la tarea. Sin embargo, hay ocasiones en las que un único estímulo es
capaz de generar una memoria prolongada, tanto o más que la repetición
de estímulos no significativos. Se trata, lógicamente, de estímulos altamente
relevantes para el individuo que, por tanto, podrían activar los mecanismos
celulares implicados en la generación de memorias de larga duración de
forma aguda. Existen entre ambos tipos de memoria diferencias moleculares:
para que se establezca la consolidación de la memoria a largo plazo, es
necesaria la activación de la expresión de genes. Diversos resultados
sugieren que la expresión de determinados genes es necesaria para la formación
de memorias de larga duración, y que las diferencias temporales de almacenamiento
dependen de la instauración del reforzamiento sináptico y de su patrón.
Así, lo que proporciona a la memoria su cualidad de estabilidad es el
crecimiento de nuevas conexiones sinápticas. Este crecimiento sináptico
depende de la activación de genes de respuesta inmediata, activación que
es iniciada por múltiples señales: neurotransmisores, factores de crecimiento,
etc.
Uno de los fenómenos fisiológicos mejor conocidos, ampliamente reconocido
como sustrato fisiológico de la propiedad de permanencia o de mantenimiento
de la plasticidad sináptica, es la potenciación a largo plazo o de duración
sostenida (LTP: Long Term Potentiation). Por ello se piensa que la LTP
es uno de los mecanismos que intervienen en la constitución de los procesos
de memoria, especialmente en la memoria de larga duración. Pues bien,
la LTP es claramente promovida y mantenida por estas vías de señalización
molecular, caracterizada inicialmente en el área CA1 del hipocampo; su
presencia es visible también en la amígdala y en la mayoría de las estructuras
telencefálicas. Desde el punto de vista molecular, se han definido varios
estadios en la consolidación de la memoria. En un primer estadio se produce
una LTP denominada temprana que no requiere síntesis de proteínas. Es
esta LTP tardía la que responde a la activación de los genes de acción
inmediata y tardía. Hasta tal punto estos genes son importantes en la
formación de la memoria y del desarrollo cognitivo, que su alteración
origina en los animales experimentales la pérdida de posibilidades de
memoria, y en la especie humana puede originar cuadros que cursan con
deficiencia mental. Puede haber también situaciones, sin embargo, en que
existan deficiencias cognitivas debidas a la menor capacidad para generar
mensajeros intracelulares en respuesta a determinadas y concretas señales.
Así, por ejemplo, en el ratón con trisomía parcial del cromosoma 16, que
se utiliza como modelo experimental de síndrome de Down, que posee escasa
memoria espacial, presenta una reducción de la formación del mensajero
molecular AMPc en hipocampo y corteza cerebral en respuesta a diferentes
estímulos.
Esto significa que nos encontramos ante un modelo molecular que claramente
nos indica que señales inicialmente muy distintas, surgidas en áreas diferenciadas
y distantes del cerebro, utilizan sistemas comunes o similares de activación
que convergen en vías finales comunes. Es decir, puede ocurrir que una
determinada vía de señalización se encuentre alterada, de modo que las
señales que activen dicha vía resulten incapaces de provocar la formación
de LTP y su correspondiente expresión psicobiológica; pero, en cambio,
las otras vías de señalización pueden estar indemnes, de modo que señales
distintas desencadenen su respectiva cascada de reacciones hasta originar
la LTP deseada. Es posible también que determinadas vías de señalización
se encuentren asociadas a áreas cerebrales concretas y a procesos psicobiológicos
determinados. Por ejemplo, existen pruebas experimentales de que determinadas
formas de memoria como puede ser la espacial depende primordialmente de
la actividad del hipocampo; mientras que el aprendizaje de tareas en las
que se encuentren implicados factores emocionales depende fundamentalmente
de influencias que activan la formación de LTP en la amígdala. Por consiguiente,
puede ocurrir el fenómeno contrario: que determinados aprendizajes asociados
a hipocampo se vean comprometidos, sin que se alteren aquellos en los
que exista un componente o desencadenante emocional. De la misma manera,
en aprendizajes en los que intervengan conjuntamente procesos hipocámpicos,
amigdalares y de otras estructuras, la lesión (anatómica o bioquímica)
de una de estas estructuras puede ser compensada por la activación y funcionalidad
de las otras.
Debe hacerse una consideración adicional. El aprendizaje asociado a
situaciones de contenido emocionalmente significativo parece registrarse
en los sistemas cerebrales de memoria de una manera más constante y persistente.
Es muy posible que en su procesamiento intervengan mecanismos similares
o incluso idénticos a los que hemos descrito para la formación de memorias
estables. Esto significa que la manipulación emocional del estímulo puede
ser utilizada para provocar cambios en la plasticidad cerebral que sé
traduzcan en incrementos de las posibilidades cognitivas. Existen abundantes
datos experimentales de cómo situaciones relacionadas con el miedo o el
estrés, a través de la actividad amigdalar, son capaces de influir positivamente
sobre el aprendizaje y el almacenamiento de memoria. Es evidente que otros
estímulos emocionales, y muy en particular aquellos que muestran un alto
componente motivacional, han de actuar de modo similar sobre los mecanismos
de procesamiento y retención de la información, reforzando así su adquisición
y contribuyendo a mejorar la capacidad cognitiva.
Es también ampliamente reconocido el papel que los estados motivacionales
desempeñan en el aprendizaje de diversas: la curiosidad, el interés, o
el simple deseo de alcanzar un objetivo son factores críticos que promueven
y facilitan las conductas de aprendizaje y la retención y consolidación
de las tareas aprendidas. Efectivamente, los circuitos neuronales
involucrados en la expresión emocional mantienen clara relación con los
implicados en las conductas motivacionales; manteniendo su propia identidad,
ambos interactúan entre sí e influyen decisivamente sobre las áreas neocorticales
relacionadas con la atención, la corteza prefrontal involucrada en la
memoria a corto plazo, y demás áreas corticales y núcleos subcorticales
e hipocámpicos implicados en el desarrollo de memoria a largo plazo. Éstas
son, pues, las bases neurobiológicas que explican las experiencias cotidianas,
ampliamente conocidas, y descritas en la literatura educativa, las cuales
muestran la evidente sinergia entre actividad informativa y motivación
en los alumnos con limitaciones intelectuales.
A su vez, cada sistema emocional está dispuesto de forma jerárquica a
lo largo y ancho de todo el cerebro, en íntima interacción tanto con las
estructuras cognitivas superiores que han evolucionado mucho más tardíamente
en el desarrollo, como con estructuras fisiológicas específicas y sistemas
motores de localización más inferior. No parece exagerado afirmar que
los sistemas emocionales y motivacionales tienen la virtud de ensamblar
muchas de las actividades superiores e inferiores del cerebro, y que cada
sistema emocional interactúa además con otros sistemas emocionales próximos.
Esto significa que no hay emoción sin su trasunto mental, y que muchos
de los pensamientos evocan emociones. Más aún, las emocione colorean nuestros
pensamientos; y con frecuencia, los suscitan. Junto a ello, finalmente,
no hay emoción que no evoque una consecuencia fisiológica o conductual.
Las emociones operan de modo interactivo en muchos niveles jerárquicos
dentro del cerebro, y estos niveles, a su vez, se comunican entre sí bidireccionalmente.
Esto significa que la conciencia afectiva experimentada internamente va
a poder influir sobre la conducta de diversos modos. Esta conciencia afectiva
puede no ser decisiva para promover rápidas respuestas emocionales, pero
sí para marcar estrategias psicoconductuales a largo plazo. Por otra parte,
nuestro aparato cognitivo es capaz de modular profundamente las tendencias
emocionales. Y es que en la respuesta emocional existe un componente de
interpretación y de apreciación que es complejo, en parte rápido e inconsciente
y en parte lento y deliberado, propio de una mente humana que ha de afrontar
el cómo vérselas con situaciones emocionalmente difíciles. Posiblemente,
los mecanismos de la experiencia afectiva, de la conducta emocional y
de la conducta motivadora se encuentran intrínsecamente entrelazados en
las estructuras más antiguas del cerebro como la amígdala, o dispersamente
distribuidas por diversas áreas cerebrales. La conciencia afectiva
puede alcanzar un grado de desarrollo claramente superior al de la conciencia
estrictamente cognitiva. No pocos problemas de desarrollo que atañen
al cerebro pueden afectar estructuras de aparición más tardía, más estrictamente
neocorticales, que perturban la laminación e interfieren el cableado final
de la corteza, preservando en cambio estructuras corticales y subcorticales
de desarrollo más primitivo y suficiente para dar base estructural neural
a la conciencia afectiva.
En conclusión, nuestro planteamiento consiste en que cuando hay un déficit
cognitivo no debido a carencia constitutiva de proteínas esenciales que
intervienen en la base molecular de los procesos cognitivos, sino a limitaciones
relativas en el número de señales o en la capacidad funcional de esas
señales que pueden incidir sobre una neurona o neuronas, es posible compensar
con un tipo de señales lo que no se puede conseguir con otras. Quizá estos
mecanismos constituyen la base molecular de cómo determinadas influencias
pueden suplir las carencias de otras, de cómo unas potencian o consolidan
la eficacia de otras, y de cómo se expresa la plasticidad cerebral tanto
en términos estructurales como funcionales. En último término, se trata
de desentrañar el problema (en términos moleculares, si se nos permite)
de cómo la ejercitación o el aprovechamiento de sistemas neuronales funcionantes
puede incidir sobre otros sistemas limitados y extraer de ellos funciones
que se creían perdidas o ausentes”
Ante un mundo nuevo que no conoce, este nuevo ser humano
aprende a confiar, a sonreir, a balbucear y a querer comunicar. En los
lactantes de 4-5 meses se puede recoger muestras de observación en vídeo
de verdaderos diálogos entre la madre y su bebé, comunicación, que está
constituida por sonidos: palabras de la madre y emisiones guturales del
bebé, gestos, silencios y miradas. Así sucesivamente se va enriqueciendo
este diálogo.
El Dr. Trevarthen, tras un estudio detenido de tales
diálogos, con la ayuda de un amigo violinista y la infraestructura informática
para descomponer segundo a segundo las emisiones vocálicas, con sus propias
entonaciones y pausas de la madre con su bebé han llegado a recomponer
o recoger partituras musicales, que cualquier músico puede reconocer como
una composición musical perfecta. Lo que es capaz de hacer ese pequeño
ser humano si recibe cariño.
Al contrario si no se establece esta relación del bebé
con alguien, aunque no sea su madre, otra persona que la sustituya y se
convierta en la persona de referencia para el niño (un referente fijo,
no cambiante como el personal en turnos rotatorios de una residencia infantil)
se perderá. Perdido, desorientado, opta por desconectar de su entorno.
En los casos graves y muy precoces incluso se puede desencadenar o instaurar
un cuadro de depresión o de psicosis infantil. En los Centros de Desarrollo
Infantil y Atención Precoz, es cada vez mayor el porcentaje de niños que
acuden por retraso del lenguaje como motivo de derivación por parte de
su pediatra o de la escuela, cuya causa es un trastorno emocional condicionado
por problemas en la dinámica familiar o una situación de distocia social.
El desarrollo emocional es tan importante que estos problemas deben ser
atendidos como pre-requisito para empezar cualquier programa de estimulación
del lenguaje.
Así el niño a medida que va creciendo necesita recibir
estímulos variados y ricos que le permitan un desarrollo psíquico armónico
y equilibrado:
Para el área motriz por ejemplo le será útil tener libertad
de movimiento, que le permita adquirir el gateo y luego la marcha para
lograr un desplazamiento autónomo; otros ejercicios de psicomotricidad
que le permitan agilidad, coordinación en sus movimientos, así como una
motricidad fina adecuada que le permita iniciarse en la escritura.
Para lograr un desarrollo cognitivo les servirán todas
las ocasiones que le obligan a realizar razonamientos, pruebas, comprobaciones,
etc.
Ambiente y oportunidades
para elegir y empezar el ejercicio de la libertad con responsabilidad.
Ejercicio de la voluntad para acabar las cosas o actividades
que emprende, bien motivado, a través del juego y aprovechando los momentos
óptimos se puede cultivar las distintas virtudes que contribuirá a que
siga creciendo alegre y seguro.
Respeto y manifestaciones de cariño que favorezcan la
autoestima en el niño, que le permitirá gozar de sus éxitos y no desmontarse
ante los fracasos.
En la vida diaria vemos como algunas madres fallan en
este aspecto del desarrollo emocional de sus hijos: si ella no está atenta
a lo que el niño va manifestando: querer comer solito, querer ayudar en
alguna tarea doméstica sencilla como intentar limpiar los cristales con
un trapo o fregar el suelo… optan por imponerle: Un NO rotundo o una frase
¿de qué vas tú? ¡ya no puedo más contigo! Una primera experiencia aplastante
para este niño que quería colaborar, ser útil a su familia, queda desconcertado.
Consecuencia: aumenta la tozudez y las rabietas. La relación entre madre
e hijo se empieza a romper.
Si la madre emocionalmente se encuentra frágil, se siente
agotada físicamente o no recibe el soporte afectivo de su pareja, cada
vez más se va deteriorando la situación: el niño puede seguir 2 tipos
de evolución: hacia la inhibición, inseguridad y ansiedad o hacia una
conducta inquieta, desafiante, con marcado oposicionismo. Si el niño es
de temperamento tranquilo se tornará tímido e inseguro. Si es de temperamento
activo el niño cambia constantemente de actividad, no llega a disfrutar
con nada y según la tolerancia del entorno será considerado problemático,
sin serlo. Tozudo, no tolera la frustración, también inseguro, puede empezar
a tener cada vez más y más problemas de conducta.
Si el padre es capaz de mostrar afecto, con manifestaciones
de mucho cariño que devuelva a la madre cierta estabilidad, el niño puede
seguir un desarrollo emocional normal, tras recuperar la seguridad. El
diálogo en la familia juega un papel importante, ya que el niño puede
expresar sus temores y miedos y con una explicación sencilla y coherente
por parte del padre desaparecerán los síntomas de ansiedad y tristeza
o agresividad que habían empezado a aparecer.
Lo ideal es que ambos padres sean maduros y equilibrados
emocionalmente, cuando llegan a la edad propia de ser padres y optan libremente
por formar una nueva familia. Si uno de ellos tiene problemas emocionales
o inmadurez en otras áreas de su personalidad, se crea una atmósfera tensa,
que suele poner nervioso al niño. Si ambos son inmaduros emocionalmente,
el ambiente es de caos para el niño y él a su vez manifestará sus carencias
en su vida adulta.
Ser maduro emocionalmente no sólo se manifiesta en estar
alegres cuando las cosas están controladas y van bien, sino también en
la respuesta personal ante las dificultades, enfermedades y contrariedades
que aparecen siempre en la vida de los miembros de una familia: tolerancia
y comprensión ante conductas inquietas de los niños cuando es la etapa
de ser inquietos, respuesta amable ante una pregunta impertinente de un
niño de 4 años, un no firme y coherente en el momento oportuno. Todo contribuye
a la formación armónica de la personalidades de los menores de 6 años
y al enriquecimiento mutuo de todos los demás miembros de la familia.
Se va moldeando el carácter, se va aprendiendo a quererse mutuamente,
a expresar ese cariño con hechos concretos, muchas veces a costa de renuncias
personales o trabajos abnegados. La forma cómo los padres afrontan los
éxitos y los fracasos, va influyendo en los hijos. Se ve esto cuando a
estos hijos ya mayores les toca formar su respectiva familia, repiten
muchas veces patrones de conducta vividos en su infancia.
En el ejercicio de su papel los padres deben contar con
el ingrediente importante del amor, con manifestaciones explícitas de
cariño; así como deben establecer algunas normas de disciplina y orden
que favorezca en cada hijo según su edad el hábito de servicio, a través
de tareas compartidas, con el fin de lograr un ambiente de armonía y bienestar
en la propia familia. La familia es la primera escuela donde el niño aprende
lo que ve y lo que oye y los padres los primeros maestros, de valores
que quieren inculcar, de ideales que desean transmitir y gestos que sin
proponerse sus hijos copian. De padres generosos, hijos abnegados. De
padres egoístas, hijos aún más egoístas”.
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