Anexo sobre Freud [1]
SIGMUND S. FREUD
(1856-1939) Y "LA RELIGIÓN, NEUROSIS COLECTIVA"
Freud comenzó el ejercicio de su profesión de
médico como neurólogo. De las experiencias de Charcot y Breuer sobre
el hipnotismo (catarsis motora) sacó la consecuencia de que muchas
enfermedades mentales no tenían un origen orgánico, sino exclusivamente
psíquico. De los casos observados por él concluyó que también la
sexualidad tenía una notable influencia. Tras la experiencia con
personas que resistían el hipnotismo, pensó que se podía aplicar
el diálogo con el paciente como una catarsis oral. Más adelante,
la elaboración de sus hipótesis sobre la sexualidad le llevaron
a separarse de Breuer, y poco a poco sus teorías fueron dejando
de ser simplemente una base para una terapéutica médica para convertirse
en una auténtica doctrina filosófica sobre el hombre y toda la actividad
humana: cultura, arte, religión, etcétera.
Aunque la mayoría de los psiquiatras actuales
no siguen su sistema terapéutico, Freud inició un nuevo modo de
enfocar las enfermedades mentales, especialmente las neurosis.
En su sistema existen tres premisas, que ni se
demuestran, ni se tolera que se discutan, y que son fundamentales
para entender su reducido humanismo:
1. Ateísmo, aceptado como principio indiscutible.
2. Valor desorbitado de la sexualidad humana.
3. Materialismo total, aplicado en este caso al hombre.
La antropología psicoanalista
El hombre, para Freud, no es libre. La libertad
es una apariencia, porque la conducta del hombre está determinada
inexorablemente por los instintos...Freud interpretará todos los
fenómenos humanos con la clave reducida del pansexualismo (todo
es sexo). Todo el mundo de los valores (verdad, justicia, amor,
etc.) queda reducido a necesidades ¡repulsivas y los mismos valores
son sólo sublimaciones, formaciones reactivas o formas de racionalización.
Freud destruye la persona en su unidad y totalidad,
reconstruyéndola con un esquema materialista, que, precisamente
por lo cerrado de su materialismo, deja muchos temas sin explicar.
Esta insuficiencia será la que llevará rápidamente a la desintegración
del freudismo como antropología del hombre, permaneciendo sólo en
pie algunas, y no todas, de sus aportaciones médicas.
El freudismo y la religión
Freud explica muchos fenómenos psíquicos recurriendo
a mitos, tomados como metáforas poéticas, que le sirven a manera
de explicaciones de esos fenómenos.
Así, para Freud, el origen de la religión estaría
en el complejo de Edipo. Este nombre proviene del sufrimiento que
le ocasiona a Edipo, en la tragedia griega del mismo nombre, el
vaticinio de que matará a su padre y se casará con su madre, cosa
que realmente llega a suceder, sin él saberlo.
Según Freud, el hombre, al sentirse incapaz de soportar su debilidad
y su abandono frente a las exigencias de la naturaleza y de la sociedad,
se refugia en una regresión infantil e inventa un Dios que le protege:
se agarra a su padre, esta vez poderoso. La religión sería, para
él, una neurosis obsesiva.
Fiel a su tiempo, Freud trata de elaborar una
psicología científico-natural: los procesos psíquicos serían estados
cuantitativamente determinados de elementos materiales ostensibles.
Se trata de una concepción mecanicista (el hombre sería una máquina).
El modelo del alma sería la propia anatomía del
sistema nervioso.
Según Freud, "el propósito vital del individuo
consiste sólo en satisfacer las necesidades que ha traído consigo".
Así, placer y "displacer" -serán los principios reguladores
de toda actividad nerviosa. Por ello, los instintos actúan siempre.
Cuando no pueden satisfacerse ni ser reprimidos, actúa un nuevo
mecanismo: la sublimación, que consiste en el proceso por el cual,
según Freud, la energía sexual o libido se transforma en actividad
"superior-, espiritual o cultural. Producto de la sublimación
son, para Freud, el arte, la moral, las creencias (religión).
La sublimación, continúa, lo que hace es transferir
al grupo los problemas del individuo; de ahí que la sociedad viva
bajo la perpetua amenaza de la neurosis colectiva.
En El porvenir de una ilusión, Freud no deja
lugar a dudas: "la religión es, sin paliativos de ningún género,
esa neurosis obsesiva de la colectividad humana".
Para el psicoanálisis, el dogma cristiano es
precisamente la cristalización del complejo básico de toda neurosis
(el de Edipo). Dios sería sólo una sublimación del padre.
Si la cultura consiste en reprimir los instintos,
la religión es un tratado del temor al padre, referido a un padre
de la colectividad.
Según Freud, la religión es un producto secundario,
por tanto algo falso, inauténtico, ilusorio. Lo real y auténtico
será lo primitivo, que coincide con lo instintivo.
La actitud de Freud respecto a la religión fue
siempre negativa, aunque con atenuaciones al final de su vida.
La raíz del rechazo de la religión por parte
de Freud está, sobre todo, en su materialismo. Para él, en definitiva
sólo existe lo material y todo se explica por ciencias de la materia,
incluida la psicología.
Por otro lado, su desconocimiento del hecho religioso
le lleva a caricaturizarlo de modo que se adapte a sus hipótesis,
que ha convertido en dogmas.
El Magisterio de la Iglesia ha puesto en guardia
contra algunos elementos esenciales del psicoanálisis ortodoxo (cfr.
Pío XII, Discursos, 14-X-52; 2-X-53; 13-1V-53; 10-1V-58). Especialmente
se censura el recurso a la sexualidad como explicación única de
todos los fenómenos humanos y la eliminación de la libertad y la
responsabilidad moral.
El psicoanálisis posterior a Freud está dispuesto
a aceptar cualquier religión humanística frente a las religiones
dogmáticas, cuyo origen y desarrollo patológicos, según ellos, ya
había pretendido demostrar Freud.
Ciertamente, la psicología contemporánea debe
muchos de sus progresos a la ciencia fundada por S. Freud. Y la
medicina le debe una de las evoluciones más importantes de su historia
moderna, aunque se debe rechazar la fundamentación científica de
no pocas afirmaciones y descartar totalmente las indebidas generalizaciones
teóricas de carácter psicológico y filosófico (cfr. J. B. Torelló,
Psicoanálisis y confesión, pp. 66-67).
Revisionismo freudiano: E. Fromm y H. Marcuse
Con el paso del tiempo, las evidentes limitaciones
del sistema inducen a sus propios seguidores a revisarlo. Una de
las críticas revisionistas que han gozado de mayor aceptación es
la que hace E. Fromm en su libro El arte de amar, donde, sin renunciar
a un planteamiento a la vez marxista y freudiano, pretende dar un
sentido espiritualista a la felicidad.
Tomando la expresión del Éxodo 3, 8: La tierra
prometida que mana leche y miel, dice Fromm que para ser feliz no
basta con la leche, es decir, todo aquello que se necesita para
cubrir las necesidades más perentorias de la existencia, sino que
es necesaria también la miel, símbolo de la dulzura y felicidad
de la vida. Así habla del carácter engañoso de la unión exclusivamente
sexual; pues aunque se tenga la ilusión de que los dos son uno,
si no hay amor -unión espiritual-, la unión física de dos extraños
los hace todavía más extraños. Aunque en su sistema Fromm deja abierto
espacio a las religiones, sin embargo, su concepto de la religión
es falso, ya que la concibe meramente como un sistema humano de
pensamiento y acción que es compartido por un determinado grupo
social, es decir, como un simple fenómeno cultural.
Frente al revisionismo de Fromm, se alza el de
M. Marcuse, que alcanzó notoriedad hacia el final de la pasada década
de los sesenta. En su obra Eros y civilización, propugna una total
liberación sexual y niega cualquier principio trascendente que pueda
fundamentar las manifestaciones espirituales de la vida humana -el
amor entre ellas y el fin que le es propio.
Todo en Marcuse se reduce a la satisfacción de
necesidades animales. Para Marcuse, "las nociones freudianas
de felicidad y libertad son eminentemente críticas, en cuanto que
son materialistas y protestan contra la espiritualización del deseo";
por eso no es concebible que pueda haber un amor espiritual: la
única forma de amor es la sexual, y solamente con la completa libertad
sexual podrá el hombre ser feliz. Así queda reducido el hombre a
su pura animalidad. De todas maneras, ante la perspectiva que ofrece
esta plena libertad, que sugiere una sociedad de maníacos sexuales,
Marcuse se apresura a decir que esta libertad conseguiría transformar
la misma libido.
"El proceso hasta ahora esbozado no implica
una liberación, sino una sexualidad de la libido: de la sexualidad
genital a una erotización de la entera personalidad; se trata de
una expansión, que de una explosión de la libido lo que significa
una ampliación cuantitativa y cualitativa de la sexualidad."
La civilización con que Marcuse sueña es una
civilización absolutamente erotizada en que no tiene cabida ningún
atisbo de amor espiritual.
El intento de Marcuse carece de interés científico,
pero muestra muy bien las consecuencias lógicas del materialismo
marxista y freudiano cuando concibe al hombre como un simple momento
del materialismo dialéctico para satisfacer las necesidades materiales.
En consecuencia, Marcuse, siguiendo a Freud, se propone conseguir
que el hombre despliegue su animalidad sin ningún freno, como expresión
de la liberación humana y como meta suprema de la vida
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