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Muerte
primera "El máximo enigma de la vida humana es la muerte. el hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. juzga con instinto certero cuando se reisiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y el adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano". Y añade el concilio Vaticano II como introducción a la doctrina sobre la vida futura: "toda imaginación fracasa ante la muerte". Cuando el Génesis muestra el estado de Adán y Eva antes del pecado lo describe como un tiempo de prueba, y la prueba es no comer del arbol del bien y del mal, símbolo de la moralidad, siguen siendo libres para desarrollar múltiples cualidad: dominar la tierra con el trabajo, llenar la tierra de hijos que tendrán un porvenir feliz aquí y más allá, pero si desobedecen morirán. La tentación diabólica incide en este punto negandolo: no moriréis. Niega la palabra de Dios y ofrece un porvenir inmortal lleno de sabiduría. Y desconfían de Dios, creen en la serpiente, y entra la muerte en el mundo.
Apuntes de algunos temas sobre la muerte que pueden ser desarrollados por el ponente
-Entró por el pecado en el mundo -Será el último enemigo vencido en la Parusía -Ya es vencida en la cruz por Cristo que la convierte en medio de victoria (es la redención objetiva que debe aplicarse a todos los hombres de todos los tiempos en su redención subjetiva) - es una separación violenta de alma y cuerpo. -El nihilismo es rechazable y lleva a la existencia sin sentido -inmortalidad del alma -resurrección de los cuerpos -sentido extensivo de la muerte -fluir en el tiempo de un modo irreversible. El pasado no se recupera, el futuro no ha llegado, el presente es un instante inaprensible. Al mismo tiempo el pasado nos condiciona y el futuro marca el sentido del caminar -acabamiento del tiempo para merecer y el tiempo de prueba -disolución del cuerpo: envejecimiento, enfermedad -frustación de las esperanzas exclusivamente terrenas -pecado como muerte - dolor - reencarnación es inaceptable -originalidad de cada vida -crecimiento del número de individuos -dualidad no dualismo - valor positivo del cuerpo - es fuente y justificación de injusticias sociales. -Tiempo de merecer concluye con la única vida mortal. -incertidumbre del momento de la muerte -Cristo transforma la muerte en victoria sobre el pecado
1009 La muerte
fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también
la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia
frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de
sometimiento total y libre a la voluntad del Padre.La obediencia de
Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21). El sentido de la muerte cristiana 1010 Gracias
a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para
mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es
cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con
él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está
ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto
con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia
de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo"
y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor: Para mí es mejor morir en (eis)
Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco
a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado
por nosotros. Mi parto se aproxima ...Dejadme recibir la luz pura; cuando
yo llegue allí, seré un hombre (San Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2). 1011 En la muerte
Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar
hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: "Deseo partir
y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia
muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo
de Cristo (cf. Lc 23, 46): Mi deseo terreno ha desaparecido;
... hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí
"Ven al Padre" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 7, 2). Yo quiero ver a Dios y para verlo
es necesario morir (Santa Teresa de Jesús, vida 1). Yo no muero, entro en la vida (Santa
Teresa del Niño Jesús, verba). 1012 La visión
cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado
en la liturgia de la Iglesia: La vida de los que en ti creemos,
Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.(MR, Prefacio de difuntos). 1013 La muerte
es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia
y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según
el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido
fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no
volveremos a otras vidas terrenas.
"Está establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb
9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte. 1014 La Iglesia
nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la
muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": Letanías de los
santos), a pedir a la Madre
de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte"
(Ave María), y a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa
como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías
mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si
hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación de Cristo
1, 23, 1). Y por la hermana muerte, ¡loado
mi Señor! Ningún
viviente escapa de su persecución
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios! (San
Francisco de Asís, cant.)
1020 El cristiano
que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia
El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última
vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano
moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le
da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces
con una dulce seguridad: Alma cristiana, al salir de este
mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó,
en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en
el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar
de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa,
con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles
y santos. ... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en
sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra.
Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos
los ángeles y santos. ... Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor...
(OEx. "Commendatio animae"). I EL JUICIO PARTICULAR A la tarde te examinarán en el amor
(San Juan de la Cruz, dichos 64). II EL CIELO 1023 Los que
mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados,
viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque
lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13,
12; Ap 22, 4): Definimos con la autoridad apostólica:
que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos
... y de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo
de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;...
o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén
purificadas después de la muerte ... aun antes de la reasunción de sus
cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador,
Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en
el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en
la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro
Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva
y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII: DS
1000; cf. LG 49). 1024 Esta vida
perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor
con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados
se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización
de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo
de dicha. 1025 Vivir en
el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1
Ts 4,17). Los elegidos viven "en El", aún más, tienen allí,
o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf.
Ap 2, 17): Pues la vida es estar con Cristo;
donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio,
Luc. 10,121). 1026 Por su muerte
y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La
vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos
de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación
celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles
a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los
que están perfectamente incorporados a El. 1027 Estes misterio
de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo
sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla
de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino,
casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio,
ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó
para los que le aman" (1 Co 2, 9). 1028 A causa
de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando
El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y
le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria
celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica": ¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!:
Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías
de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu
Dios, ...gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y
de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada (San
Cipriano, ep. 56,10,1). 1029 En la gloria
del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad
de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya
reinan con Cristo; con El "ellos reinarán por los siglos de los
siglos' (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23). III LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO 1030 Los que
mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados,
aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte
una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar
en la alegría del cielo. 1031 La Iglesia
llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente
distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina
de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia
(cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia,
haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1
Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador: Respecto a ciertas faltas ligeras,
es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador,
según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha
pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será
perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase
podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo,
pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39). 1032 Esta enseñanza
se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la
que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer
este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran
liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos,
la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios
en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para
que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.
La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras
de penitencia en favor de los difuntos: Llevémosles socorros y hagamos su
conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio
de su Padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras
ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos,
pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan
Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41, 5). IV EL INFIERNO 1033 Salvo que
elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no
podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro
prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la
muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que
ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15).
Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si no omitimos
socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que
son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar
arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer
separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este
estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los
bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno". 1034 Jesús habla
con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca
se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los
que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se
puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia
en términos graves que "enviará a sus ángeles que recogerán a todos
los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo"
(Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de
Mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41). 1035 La enseñanza
de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las
almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los
infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas
del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801;
858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste
en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre
la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. 1036 Las afirmaciones
de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno
son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar
de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo
tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la
puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que
lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué
estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos
son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) : Como no sabemos ni el día ni la
hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente
en vela. Así, terminada la única carrera
que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en
la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos
malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde
`habrá llanto y rechinar de dientes' (LG 48). 1037 Dios no
predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso
suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal),
y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las
plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia
de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen
a la conversión" (2 P 3, 9): Acepta, Señor, en tu bondad, esta
ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz
nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus
elegidos (MR Canon Romano 88) V EL JUICIO FINAL 1038 La resurrección
de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch
24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos
los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el
bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la
condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su
gloria acompañado de todos sus ángeles,... Serán congregadas delante
de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como
el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha,
y las cabras a su izquierda... E irán estos a un castigo eterno, y los
justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46). 1039 Frente a
Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la
verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio
final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya
hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena: Todo el mal que hacen los malos
se registra - y ellos no lo saben. El día en que "Dios no se callará"
(Sal 50, 3) ... Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado
sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza,
gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis
miembros tenían hambre. Si hubierais dado
a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando
coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros
para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado
nada en sus manos, no poseéis nada en Mí" (San Agustín, serm. 18,
4, 4). 1040 El Juicio
final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el
día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento.
Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra
definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último
de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación,
y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá
conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará
que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por
sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6). 1041 El mensaje
del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres
todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co
6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del
Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" (Tt 2,
13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en
sus santos y admirado en todos los que hayan creído" (2 Ts 1, 10).
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