Más
allá del bien y del mal
Una
perspectiva para comenzar el milenio
El
cardenal Sodano al comentar el tercer secreto de Fátima dice que
"la visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha
de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos y describe
el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo
del segundo milenio. Es un interminable Via crucis dirigido por
los Papas del siglo XX"
Es un siglo de tribulaciones, un tiempo de prueba especial,
en el que lo más llamativo es la lucha violenta de sistemas ateos
contra los creyentes y contra la Iglesia. Las raíces intelectuales
se pueden ver brevemente en un resumen curioso.
1517
Lutero pone sus tesis en la catedral de Witemberg, se consuma
la rebelión protestante. Europa pierde en parte a la Iglesia.
1717
junto al deísmo fundación oficial de la primera logia masónica
en Londres. Gran parte de Occidente pierde a Cristo. Dios mismo
se aleja de la vida de los hombres en una religión natural sin
vida.
1917.
Triunfo de la revolución comunista en Rusia. Gran parte de Occidente
y del mundo pierde a Dios en un ateísmo militante.
2000
o 2017 no es fácil discernir lo que pasa en la actualidad nos
falta perspectiva, pero poniéndonos no en clave profética, sino
de predicción, podemos auspiciar algo, porque las ideas tienen
vida propia y se desarrollan en hombres que a veces son lúcidos
y otras viven inconscientes de lo que hacen, dicen o piensan.
Planea el antiteísmo militante que arrasa la vida moral psíquica
y física de los hombres que pretendiendo ser superhombres pierden
la mayor dignidad.
Esto es visible en los hechos
centrales de este siglo:
Veamos el siglo XX, siglo de luces
y sombras, pero mirando la sombras es un siglo cainíta. El más
cruel de los siglos cosa más flagrante cuando se confiesa en un
orgullo extraño el más racional.
Fruto del racionalismo de Hegel y del materialismo surge
el comunismo un sistema ateo y combativo al máximo contra la religión
como el opio del pueblo. Los resultados son millones de muertos,
ataques frontales en la educación, destrucción de la moral en
muchos más, promover guerras en todo el mundo, en todos los continentes.
Se calculan 160 millones de muertes de guerra, la mayor parte
producidas por este sistema, pero además masacres de unos cien
millones y deterioro moral de muchos más. En 1989 cae el muro
de Berlín, conviene recordar que en 1984 es consagrada Rusia al
corazón inmaculado de María, el sistema se deshace como un azucarillo
con restos graves, pero menos que los anteriores.
El nazismo dura poco, pero es fuertemente
virulento en su paganismo más o menos ateo y claramente inhumano.
Lo más llamativo es el holocausto judío y también de muchísimos
sacerdotes y laicos especialmente en Polonia y avisos para el
resto del mundo. Parece inconcebible tanta crueldad, aunque en
los gulag soviéticos y cubanos no sean menores y hayan durado aún muchos años.
Los 160 millones de muertos de guerra
son un índice de la crueldad contra el hombre después de haber
negado teórica o prácticamente a Dios. Pero los 27 millones de
mártires también indican que se ha dado la mayor persecución de
la historia contra los seguidores de Cristo y contra Cristo mismo,
mucho más y más consciente que lo que ocurrió durante el imperio
romano
Cabe pensar que ya han sido superados
esos problemas y vivimos
en un reino de paz y concordia. El cardenal Ratzinger ante la
cumbre del milenio de los jefes de Estado de todos los países
del mundo que se proponen la paz avisa que es una paz que abdica
de la verdad y basada en el egoísmo no en el amor, por lo tanto
sin base sólida y frágil. Ahora el problema no se presenta tanto
como un sistema político con sus tanques y cañones, se trata de
algo más deletéreo: el nihilismo que nace hace un siglo, que parece
más difuso y minoritario, pero que ya ha alcanzado a muchos sectores
de la sociedad inconscientes de sus raíces. “FR
91b. Nuestra época ha sido calificada por ciertos pensadores como
la época de la «postmodernidad». Este término, utilizado frecuentemente
en contextos muy diferentes unos de otros, designa la aparición
de un conjunto de factores nuevos, que por su difusión y eficacia
han sido capaces de determinar cambios significativos y duraderos.
Así, el término se ha empleado primero a propósito de fenómenos
de orden estético, social y tecnológico. Sucesivamente ha pasado
al ámbito filosófico, quedando caracterizado no obstante por una
cierta ambigüedad, tanto porque el juicio sobre lo que se llama
«postmoderno» es unas veces positivo y otras negativo, como porque
falta consenso sobre el delicado problema de la delimitación de
las diferentes épocas históricas. Sin embargo, no hay duda de
que las corrientes de pensamiento relacionadas con la postmodernidad
merecen una adecuada atención. En efecto, según algunas de ellas
el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre
debería ya aprender a vivir en una perspectiva de carencia
total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz.
Muchos autores, en su crítica demoledora de toda certeza e ignorando
las distinciones necesarias, contestan incluso la certeza de la
fe.
Se ha dado el paso. En el siglo
XIV, los llamados entonces modernos, se reduce la metafísica a
lógica, y se da un desarrollo de la ciencia experimental que en
manos de bárbaros será destructiva y en manos de los hombres éticos
puede construir mejor la civilización del amor. En el racionalismo
se pierde el ser, se reduce la verdad a certeza, se construyen
sistemas mentales ajenos, más o menos, a la realidad. Los frutos
de esos racionalismos son los ateísmos del siglo XX y la impotencia
para plantearse la conquista de la verdad en la posmodernidad.
Pero el paso siguiente es el nihilismo.
FR 91c. Este nihilismo encuentra
una cierta confirmación en la terrible experiencia del mal que
ha marcado nuestra época. Ante esta experiencia dramática, el
optimismo racionalista que veía en la historia el avance victorioso
de la razón, fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse
en pie, hasta el punto de que una de las mayores amenazas en este
fin de siglo es la tentación de la desesperación.
La raíz del nihilismo no es tanto la comparación del ser y de la nada,
pues la nada es privación de ser. En vez de preguntarse ¿por qué
el mundo y no la nada? es más correcto decir ¿por qué el mundo
y no sólo el ser por esencia, es decir, Dios? Es una inversión
consciente y lúcida del ser por la nada, de Dios por el hombre,
reduciendo al hombre a voluntad de poder, al superhombre que ha
superado a los últimos hombres.
¿Cuál es la raíz? Se trata de algo nuevo: el antiteismo que se manifiesta
principalmente en el relativismo moral de difícil diagnóstico
teórico. Parece imposible e inconcebible, pero ahí está. Nietzsche
es su portavoz. En 1889 dice en frase fuerte que no es retórica
ni poesía: “ un día mi nombre irá unido a algo formidable: el
recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la tierra...Yo
no soy un hombre, soy dinamita...me rebelo como jamás nadie se
ha rebelado...yo soy también un hombre de la fatalidad. Pues cuando
la verdad entre en lucha con la mentira milenaria, habrá convulsiones
como jamás las hubo, convulsión de temblores de tierra, desplazamiento
de montañas y valles como jamás se han soñado. El concepto de
política se diluirá en una lucha de espíritus. Todas la formas
de poder de la vieja sociedad habrán saltado por los aires porque
todas están basadas en la mentira. Habrá guerras como jamás las
hubo sobre la tierra. Solamente después de mí habrá en el mundo
una gran política”. La gran mentira, para él, es el amor a Dios
y a los demás, especialmente en Cristo que ama en la cruz como
hombre y como Dios con un amor más fuerte que la muerte. Su verdad,
luego dice que no tiene la verdad y lo sabe, es un orgullo que
es un correlato humano del orgullo y odio luciferino a Dios
mismo intentando ser como Dios en su más honda raíz. Para ello
desenmascara a los filósofos de los últimos siglos señalando su
secreto, quizá inconsciente, que en sus filosofías sólo buscan
ese desbancar a Dios, ahora él lo hace consciente y lúcidamente.
Dice Nietzsche: “Hombres superiores, ese Dios ha sido vuestro
mayor peligro. No habéis resucitado sino desde que yace en la
tumba. Sólo ahora llega el gran mediodía, en el presente el hombre
superior se convierte en dueño. Sólo ahora la montaña del porvenir
humano va a dar a luz, ¡Dios ha muerto!, ahora queremos que viva
el superhombre” Son palabras fuertes y conscientes. A cien años
vista vemos las consecuencias en el mundo de los hombres. Ya en
su juventud compara la moral socrática y apolínea basada en la
razón con la dionisíaca de desbordamiento de lo inconsciente:
beber, drogas, orgía sexual como un trasporte místico; y apuesta
por la segunda. En otro lugar dice que se trata de “Dionisos contra
el crucificado”, el egoísmo de lo oscuro contra el amor total.
En su raíz está una colocación de la voluntad y de una lúcida
irracionalidad por encima de la verdad y de la inteligencia, y
por supuesto de la fe en Dios que ilumina al hombre para que alcance
océanos de verdad y de amor. Se repite el pecado luciferino en
clave humana. Rebeldía lúcida ante Dios al que no se puede negar
porque es absurdo el ateísmo (un cambio de un absoluto por otro,
el materialista dándole a la materia propiedades divinas: eternidad,
necesidad, inteligencia, perfección, belleza) y eso no es así,
es el panteísmo al revés. Ahora es el anti Dios consciente el
que recibe un amargo gozo, una euforia orgullosa, al pretender
que Dios ha muerto en la conciencia de los hombres, de esa rebelión
por el engreimiento del orgullo que ha llegado al colmo, ya no
es un egoísmo más o menos burgués, sino el puro pecado del espíritu.
El yo frente a Dios, pretender su belleza, su perfección, frente
a Dios. Pero para alcanzar esa meta tiene que matar a Dios, no
en sí mismo, cosa imposible, sino matarlo en la conciencia de
los hombres, más allá de lo intentado por el racionalismo. “El
hombre superior se distingue del inferior por su intrepidez y
el desafío que lanza al infortunio. Es un síntoma empiezan a prevalecer
criterios eudemonísticos (cansancio fisiológico, atrofia de la
voluntad) (...) La fuerza pletórica ansía crear, sufrir y sucumbir;
no quiere saber nada con la mezquina bienaventuranza cristiana
y los ademanes hieráticos”; detrás de estas palabras apasionadas
se esconde el intento de hacer una verdad coherente contra la
verdad que está en Dios y en su moral. “Para que pueda vivir el
hombre, ha de morir Dios. Si vive Dios, ha de morir el hombre”
afirma esta mentira soberbia descomunal, pero lo afirma lúcidamente
de ahí el mal que puede hacer a los que no estén prevenidos y
con armas para responder. NIETZSCHE con su carácter destructor
y nihilista es un testigo de excepción de la crisis espiritual
del siglo XIX que alcanza en su estertor de lleno a nuestro tiempo.
La manifestación diaria es la inversión y la crítica de todos
los valores para colocarse como ser supremo de la antimoral: el
ser como Dios suceda lo que suceda, aunque sea una destrucción
del hombre y la verdad. Se intenta la muerte del padre para tener
su herencia, como se ve, por ejemplo, también en las fantasías
sexuales de Freud, discípulo de Nietzsche.
Vale la pena citar algunas de las frases de Nietzsche que desvelan esta
opción que intenta ser coherente en su negación de Dios. Escribe
en 1881 “lo que nuestra posición actual en relación con la filosofía
tiene de nuevo es la convicción que no tenía aún ninguna época
precedente: a saber, que nosotros no tenemos la verdad. Todos
los hombres anteriores tenían la verdad, incluso los escépticos
“ y en Zaratrustra añade “nosotros hacemos una experiencia con
la verdad ¡Quizá la humanidad va a perecer! ¡Pues sea!”. Puede
sorprender que se pueda vivir si se está seguro que no se tiene
la verdad, pero desvela con lucidez que lo único que le interesa
es la voluntad, la elección libre del propio yo que pretende ser
como Dios, pero sin Dios y contra Dios. Es terrible ver que la
humanidad puede perecer y se decide, ¡pues sea!. Heidegger comentando
lo que puede suceder dice en 1962 “solo un dios puede salvarnos”.
Ciertamente sólo Dios puede salvar al hombre que está consumando
en la historia el peor de los pecados: el orgullo diabólico en
los hombres. Ya no se trata de pecados de sensualidad, de ira,
de avaricia, de envidia, aunque no faltan y se exaltan, sino de
la traslación al hombre del pecado de origen de los ángeles infieles.
Ha descubierto que la inteligencia sigue al querer y quiere enfrentarse
al mismo Dios, y para afirmarse a sí mismo frente a Dios planifica
una inversión de la moral. Fuera el amor, la compasión, la humildad;
los llama moral de esclavos cuando son la mayor expresión de libertad.
Desenmascara a los pensadores anteriores. Ya los nominalistas
pierden el ser en el siglo XIV y muestran una idea de Dios caprichoso
que puede mandar lo contradictorio y lo malo si quiere. Descartes,
también sin el ser y lejos de Dios casi desconocido, reduce la
verdad a certeza porque la raíz de su pensamiento es querer dudar,
los racionalistas dirán que Dios no es nada sin el mundo y reducen
el ser divino a la razón en un vértigo de cambios que o son panteístas
o son ateos como desvelarán sus discípulos; pero ahora se llega
al fondo: a la voluntad como orgullo recreado, es la rebeldía
lúcida que, sabe que fracasará, pero persevera con una extraña
euforia que sólo tiene su explicación en el pecado de Lucifer.
Todos somos espectadores de una rebeldía
que ha llegado a las masas en todos los mandamientos: Falta de
fe, desamor, despiadados, poco cumplidores de la fiesta, abundancia
de supersticiones, adivinación, espiritismos, cultos satánicos,
destrucción de la familia, del matrimonio en espiral de difícil
solución, incapacidad para el amor, cinismo,
ataques a la vida: drogas, aborto, eutanasia. Sexualidad
alocada, aumento de la homosexualidad, aberraciones, impudor público,
robos, injusticias, corazón cerrado a problemas que tienen solución
como el hambre y la miseria en el mundo, mentiras, manipulación
de la verdad. No se trata de las debilidades humanas de siempre,
sino de una inversión lúcida que se disfraza de un gesto como
cansino de indeferentismo ético: se quita a Dios como fundamento
de la moral y se pone el yo; ese es el cambio que explica la clave
de la cuestión. Con ello aparece un individualismo cerrado, lejano
de aquel del siglo XIX con errores, pero aún con restos de cristianismo.
Ahora se utiliza la técnica al servicio de la voluntad de poder,
es la nueva cara del saber es poder, y se busca, pase lo que pase,
el dominio, aunque sea a costa de eliminar el amor, que es generosidad,
apertura del yo al tú, desear el bien del otro, comunión de personas,
cielo aquí y más allá. Podemos ver sus manifestaciones en el exceso
de trabajo; en la dificultad, si no imposibilidad, para amar;
en el cinismo; en la frialdad de la amoralidad. Es algo más que
la fragilidad del hombre. Es una voluntad que se pone por encima
de la verdad y la inteligencia, y se rebela ciega y lúcida al
tiempo. Se quiere a sí misma como ser supremo y se rebela contra
Dios y su ley de amor que considera moral de esclavos. Los frutos
son desesperanza, individualismo, insolidaridad, aislamiento,
endurecimiento, ataque a la religión, burla y blasfemia contra
el mismo Dios. ¿Cómo realizarlo? con la técnica utilizada al servicio
de la propia voluntad después de haber desenmascarado a sus predecesores
que se presentaban como racionales y racionalistas y, en el fondo,
sólo buscaban esa afirmación del propio yo frente a Dios que les
pide abrirse a la verdad y al amor.
Quizá una de las manifestaciones más
graves es la del cambio de concepción de la mujer. Muchas ven
su autorrealización lejana de la maternidad y en roles externos
de competitividad. Los hijos se ven más como algo que se desea
para uno mismo que como fruto de un amor excedente. Las frustraciones
de ese planteamiento están a la vista con la frecuencia de las
roturas matrimoniales, por la mentalidad anticonceptiva que hace
imposible el amor más allá del amor propio y del individualismo.
Las consecuencias en los hijos son una autentica bomba de relojería.
Soluciones las hay. No sólo porque
coexiste numerosa una buena masa de cristianos conscientes y por
la fuerza cultural del cristianismo que ha fecundado la cultura
grecolatina principalmente, sino porque hay vitalidad para respuestas
nuevas ante retos ya antiguos pero distintos de los de hace pocos
años, bastante resueltos en todos los niveles. El problema sería
no ser conscientes de dónde está el problema y no sólo no tener
soluciones, sino no tener siquiera el diagnóstico, salvo la conciencia
de un vago relativismo que no se sabe de donde se nutre intelectualmente.
Hay soluciones, Dios salva al hombre de todas las épocas y en
la revelación hay respuestas. Cristo es el Hombre en el cual podemos
conocer lo que es y puede llegar a conseguir un hombre lejos de
la rebeldía estéril. Las puertas del infierno no prevalecerán
creemos con fe. Fe en Cristo y que su mensaje tiene soluciones
para todo. Fe que lleva al amor verdadero, al amor de Cristo que
obedece al Padre en la cruz en una liberación del pecado y el
egoísmo nunca experimentadas. Cristo revela al hombre el hombre.
Él ama y obedece al Padre incluso, y, sobre todo, en la cruz,
en la humillación, en la muerte. Revela que el hombre puede amar
con un amor excedente que no sea egoísmo disfrazado incluso de
espiritualidad. Podemos amar como Él con la ayuda de la gracia,
no sólo como una lucha titánica sino como una lucha humilde oracional,
amorosa, heroica en aceptar la ayuda misericordiosa de Dios. Volver
de nuevo a la teología que puede fecundar a la filosofía y al
pensamiento, a la moral y a la convivencia. Reunir lo elaborado
paso a paso durante siglos.
Han pasado los ateísmos, que parecían
imparables; han caído sus imperios, y todos los enemigos de la
Iglesia pasan; ahora ocurrirá de nuevo. Pero debemos unirnos a
la fe de una manera más firme.
El primer paso es recuperar o mejorar
la idea de Dios. No basta decir la palabra Dios, para conocerlo.
Es claro el decaimiento que representa el nominalismo padre de
la cultura ajena a Dios, pues para ellos Dios es lejano, arbitrario,
injusto en el fondo, al cual hay que rendir obediencia, no se
sabe por qué. Es comprensible que ante esa idea de Dios surjan
movimientos de rebeldía o desesperación en muchos. Otros reducen
la idea de Dios a algo vacío, extraño al mundo, o parte de él.
Se comprende también la reacción atea ante ese Dios que no es
Dios. La solución es recuperar la noción de Dios como el Ser por
esencia, que por eso es amor, es decir, donación total de sí que
se concreta en la riqueza de amor interpersonal de las Tres personas
divinas en una comunión entre las Tres que alcanza la unidad total
de un solo Dios. Un Dios que Crea por amor, teniendo el Padre
como modelo al Hijo, origina un mundo de hijos por la acción del
divinizador que es el Espíritu Santo. Un Dios que ante el abuso
de la libertad, que es el pecado, reacciona con la sobreabundancia
de amor de la redención misericordiosa, en la que el Hijo se hace
hombre para que los hombres lleguen a ser hijos de Dios y compra
su salvación con la locura de amor del sacrificio de la Cruz,
enviando al Espíritu Santo para que renueve la faz de la tierra,
siempre respetando la libertad de los hombres. A un Dios así se
le puede amar, y de hecho, es lo que nos pide para nuestro bien.
Después viene la renovación de la fe, más allá de un alambique
mental, cerrado a lo más importante que es la apertura a la luz
divina que ilumina al hombre más allá de sus posibilidades naturales.
Fe viva como don de Dios que
se acepta de una manera total y coherente especialmente en el
primer mandamiento del amor, que es lo más puesto a prueba. En
la práctica una vida de oración contemplativa; y en nuestro tiempo
se da una movilización de cristianos llamados a la santidad en
medio del mundo
Fe doctrinal. Fe de niños y
doctrina de teólogos. Hay respuestas para todos los interrogantes,
pero al mismo tiempo conviene desplegar todo lo que está implícito
en el mensaje revelado. Formarnos mejor, leer. Volver a las fuentes
y fecundar con sus aguas tierras nuevas sin complejos. Seguir
el magisterio de la Iglesia. Biblia. Recuperar la metafísica y
las preguntas esenciales. Superando el nihilismo(FR 90 91) y la
pérdida del sentido de la vida (FR 33,81)
La vida tiene sentido, significado,
luz, esperanza. Juan Pablo II dice al respecto “FR 33a. Se puede ver así que los términos del problema van completándose
progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca la verdad.
Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades
parciales, factuales o científicas; no busca sólo el verdadero
bien para cada una de sus decisiones. Su búsqueda tiende hacia
una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida;
por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no
es en el absoluto”
“FR 81a. Se ha de tener presente
que uno de los elementos más importantes de nuestra condición
actual es la «crisis del sentido». Los puntos de vista, a menudo
de carácter científico, sobre la vida y sobre el mundo se han
multiplicado de tal forma que podemos constatar como se produce
el fenómeno de la fragmentariedad del saber. Precisamente esto
hace difícil y a menudo vana la búsqueda de un sentido. Y, lo
que es aún más dramático, en medio de esta baraúnda de datos y
de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama
misma de la existencia, muchos se preguntan si todavía tiene sentido
plantearse la cuestión del sentido. La pluralidad de las teorías
que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de
interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar
esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo
y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo.
FR 81b. La consecuencia de esto es que
a menudo el espíritu humano está sujeto a una forma de pensamiento
ambiguo, que lo lleva a encerrarse todavía más en sí mismo, dentro
de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia
a lo trascendente. Una filosofía carente de la cuestión sobre
el sentido de la existencia incurriría en el grave peligro de
degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin ninguna
auténtica pasión por la búsqueda de la verdad.
Y, todo ello, con la ambición humilde
del que sabe que como orante puede alcanzar océanos de verdad,
como dice Juan Pablo II en la Fides et ratio, superar los cepos
que los hombres nos hemos fabricado y, al perder la llave, no
sabemos como liberarnos de sus ataduras.
Tras la fe, la esperanza como seguridad de la gran meta
que se puede alcanzar, lejos de los pesimismos que ensombrecen
el caminar de los hombres, más allá de las decepciones históricas
abiertos al futuro, y, sobre todo, a la vida eterna.
Se trata de vivir, de verdad, la caridad, no como unas limosnas dadas
distraídamente, sino amor excedente, benevolente, generoso que
sabe concretarse en una civilización del amor. Un amor que sabe
hacerse cultura y fecundar a todos los hombres, las instituciones,
la familia, el trabajo, el arte, la ciencia y todas las creaciones
humanas. Base de toda la moralidad, sin Dios, sin su amor y sin
el nuestro, la vida moral se seca o se convierte en obsesión del
que quiere alcanzar de un modo imposible y obsesivo la felicidad,
que se le escapa siempre de las manos, porque sólo se encuentra
en el vivir amoroso y entregado a Dios y a los demás.
Ciertamente las crisis del mundo
son crisis de santos, como señala con acierto iluminado por la
fe el beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Y ser santos conscientes
de la batalla que se ha planteado por el nihilismo y puede dejar
innumerables víctimas si no somos capaces de desenmascararla y
luchar donde verdaderamente están los problemas.