Perdón
            
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         Perdón

        El Año Santo está marcado por ser un año de especial perdón de Dios derramado sobre la Iglesia, y, a través de ella, en el mundo. Muchos se purificarán de las penas de los pecados de los que no hayan tenido un dolor de amor suficiente para purificar totalmente el alma. Todos los que alcancen el jubileo se confesarán, y muchos son invitados a hacer una confesión general de modo que el alma se limpie de todo el pasado menos amoroso o muy desastroso. La misericordia divina es un mar que nunca se acaba.Todos los ríos van al mar y el mar no se llena. Será también un jubileo enorme en el purgatorio por las indulgencias que llegarán a los que están purificando su amor y permitirán alcanzar la felicidad eterna en el cielo. Muchos de nuestros familiares y amigos y muchos desconocidos que rezarán por nosotros.

        1.-Conviene meditar sobre el perdón para valorarlo más, pues la Iglesia siguiendo a Jesús nos lo pone tan accesible y tan fácil que cabe darle menos valor del que tiene. Lo primero es la palabra per-don. La partícula per indica intensidad como en perfecto -hecho bien acabado- o perdurable -que dura por siempre-, y luego viene don, amor.Luego perdón es un don intenso de amor. Es una forma de amar especialmente difícil y especialmente amorosa. El cristianismo es una religión de gracia, del don. Su esencia se expresa a través del perdón. Perdonar es "dar dos veces". El perdón es un don gratuito que responde a una carencia, convierte el mal en una nueva suerte.

        El perdón convierte el mal. El olvido hace ilusoria esa pretensión. No es como si después de la culpa "nada hubiese pasado". El perdón no borra el hecho, pues ni Dios en su omnipotencia puede hacer que lo que ha sido no sea. Si se olvidara la ofensa perdería el perdón su razón de ser.

        El perdón no restablece el estado anterior. Lo roto, roto está. Pero crea algo nuevo. Estrena una nueva relación que había sido quebrada. El perdón otorga una nueva oportunidad. No admite que el mal tenga la última palabra, vence a la muerte. Da nueva vida.

        Perdonar es una forma especialmente amorosa de amar. Se ama al no amable. Amar al amigo, al bueno, al que me ama es fácil y bueno. Pero amar a quien me escupe en la cara, o al que me ofende gravemente es de una calidad divina. Dios perdona siempre, los hombres a veces, la naturaleza nunca, se suele decir. Pero, !cuánto le costó el perdón!: la sangre de su Hijo, la pasión dolorosa, la humillación hasta experimentar la muerte y casi el infierno. Todo eso lo ha hecho para perdonar. Así recupera al hombre sin desvalorizar la libertad humana. No se trata de no tener en cuenta, de decir que no pasa nada, pues sí ha pasado y mucho; sino de regenerar, e, incluso, de dar más de lo que se tenía antes del pecado. La misericordia abunda más que la justicia. No es la indulgencia ante el niño o ante el loco, sino de querer al enemigo para que deje de serlo. Hacer que sea suficiente por amor el arrepentimiento para recuperar la vida. Cuando una persona tiene un hijo de un adulterio y se arrepiente, se le perdona el pecado, pero el hijo vive y hay que hacer algo con él. Así ocurre con todos los pecados, podríamos ser rebuscados en buscar situaciones extrañas y pecaminosas, en todas sucede lo mismo siendo imposible una restitución total como si no hubiese ocurrido nada.

        En el evangelio es constante en mostrar la alegría del perdón en Dios. La mujer que encuentra la moneda perdida reúne a sus amigas y se alegra, y lo mismo el pastor que encuentra la oveja perdida, y el Padre abraza al hijo pródigo, le besa, le viste de gloria, le prepara un banquete, le da el anillo de la reconciliación. El perdón se muestra magnánimo y alegre, sin resentimiento ni rencor.  

        La civilización del amor no es algo ingenuo, como un país utópico en el que todo sean flores. Es una civilización que repara las heridas con el bálsamo del perdón. Es el único remedio a las guerras y a las ofensas históricas que pesan en los pueblos y en las personas. Es una cultura divina, difícil y sanante. Es la fuente última de la paz. Aunque a algunas faltas humanas se les deba castigar con justicia medicinal, siempre en el corazón debe existir el perdón como Dios nos perdona.

        2.- La purificación de la memoria. Un aspecto subjetivo del perdón es la purificación de la memoria. La memoria marca la personalidad de los individuos y de los pueblos y sus culturas. Un amnésico pierde totalmente su personalidad, no sabe su nombre, olvida la escritura, todo lo aprendido, y todo lo vivido. Cada día es como comenzar a aprender de nuevo sin posibilidad de retener lo aprendido. Es una desestructuración de la personalidad que en este caso sería total. En los casos normales la personalidad actual depende de los factores del pasado en gran manera: aciertos o lagunas en la educación; pecados y virtudes; manera de ser de los padres, abuelos, bisabuelos, y generaciones por los siglos. También influye el entorno social próximo y menos próximo, la cultura cercana y lejana; las guerras y las paces; el desarrollo; la pobreza o la riqueza; la asimilación de la fe o la barbarie. Cada cual es hijo de sus decisiones anteriores y de la historia de su pueblo y de la Iglesia.

        3. Otro aspecto importante de la memoria es la anamnesis. Frecuentemente se invocan los dos estratos de la conciencia en sinderesis y constientia. La sindéresis es el hábito que indica los primeros principios del bien y del mal, pero tiene menos matices que la noción de anamnesis. San Pablo hablando de ella dice:"en verdad, cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley, cumplen los preceptos de la Ley, ellos con esto muestran que los preceptos de la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia" (Rom 2,14-15). La misma idea dice con energía San Basilio: "el amor a Dios no descansa en una disciplina impuesta sobre nosotros desde fuera, sino que está infundida constitutivamente en nuestra razón como una capacidad y una necesidad" y se convierte en la "chispa de amor divino albergado en nosotros". Es decir, que en lo más profundo se da un recuerdo primordial de lo bueno y lo verdadero (Ratzinger) por decirlo al modo platónico y agustiniano que distingue en el hombre memoria, entendimiento y voluntad. Esa memoria trascendental es la anamnesis. En terminos tomistas se puede decir que el acto de ser del hombre recuerda en su participación del ser por esencia el bien y la verdad de la cual procede y es creado.

        Pero se puede distinguir más aún al observar la anamnesis del Creador y la de la fe. La anamnesis del Creador muestra el bien y el mal en su origen, los mandamientos revelados concuerdan con ella y son como una ayuda al recuerdo tras la oscuridad y el olvido que alcanzan lo más íntimo del ser humano. La anamnesis de la fe es el recuerdo del nuevo yo infundido por la nueva vida de Cristo que llega por la gracia a lo más hondo del alma, es un obsequio de Cristo al alma que la purifica de la oscuridad natural y la infranatural. Ambos recuerdos dialogan en el exterior y en interior llevando a avanzar hacia la luz misma de Dios en la visión.

        El pecado lleva al olvido del ser y al olvido de haber olvidado como dice Heidegger, con ello el bien se difumina y, dado que conocer es reconocer, no se reconoce la magnitud del mal, ni la dulzura del bien -no saben lo que hacen- y con ello se incurre, al menos, en el pecado material que, aunque sea en la ignorancia invenciblemente errónea, impide el desarrollo de la humanización, aunque no sea punible. De ahí la importancia de recuperar la memoria del ser, que en su aspecto moral es la del bien, y derivadamente del mal cometido. Es necesaria una purificación de la memoria trascendental o anamnesis para superar las contradicciones internas fuente de desequilibrios de todo tipo, y de futuros yerros.

        4.-Reviste gran importancia la conciencia del pecado, que siempre es algo pasado, que influye en el presente y el futuro. Si se reconoce como tal y viene el arrepentimiento incluye un propósito de nunca más repetirlo. Si no lo hay se produce un sentimento de culpa que lleva al resentimiento con su doble cara de soberbia de no querer reconocerlo como pecado y llamarlo virtud, cuando no lo es, o amargar el ánimo del que se siente esclavo de una acción que pesa como una losa que no se puede apartar de la propia vida, ni de la memoria. Si se trata de un vicio: mentira, impureza, avaricia, orgullo, envidia etc marca una acentuación de la tendencia a repetir el pasado marcando el presente y el futuro de un modo decisivo. Es conocida la fuerza de la sinceridad como catarsis que lleva a una liberación psicológica de lo mal realizado, pero es insuficiente. El perdón de Dios sí llega al fondo, limpia, sana, reconstruye, regenera. Da la vuelta a lo pasado para mejorar en el camino de la humildad y el agradecimiento. De ahí que sea una fuente de liberación. Es más que una situación de que no ha pasado nada, a otra de saberse querido a pesar de no ser amable por el pecado, es una situación de reconciliación a nivel de un amor difícil y, por eso, más amoroso.

        5.-En la Iglesia la historia es la memoria de santos y pecadores. La Iglesia tiene una santidad original y constitutiva que es la presencia de Cristo y el Espíritu Santo en su estructura social y sacramental. Pero es santa con pecadores y, por tanto, siempre necesitada de purificación. La historia de los santos -canonizados u ocultos a los ojos de los hombres- la hacen, también como institución humana, la más santa de todas las organizaciones que han poblado el mundo. Pero la misma organización de la Iglesia incluye sacramentos del perdón y sacramentos para fortalecer la debilidad humana, asimismo hay leyes penales porque se prevén situaciones de pecado y de error, así como tribunales para solucionar conflictos. No hay ingenuidad en la Iglesia terrestre que prepara la Iglesia gloriosa de la Parusía o del cielo. No es fácil el discernimiento de lo que han sido pecados personales o de instituciones en cada momento histórico -sólo Dios juzga-, pero sí se puede evaluar el actuar objetivo a la luz del Evangelio, y decir si se ha acertado o no. Si hay aceptación de algo erróneo -que quizá no lo fue en la conciencia de los que hicieron ese acto- ese defecto de memoria influye en el presente y puede llevar a nuevas actuaciones desviadas del Evangelio.

        La petición de perdón facilita la misión evangelizadora, pues evita las críticas de que se considere positivo y se justifique algo que no tiene justificación a luz del Evangelio. Por otra parte facilita y es una llamada de atención a estar atentos al espíritu del tiempo y saber distinguir el trigo de la cizaña en la filosofía, la política, las costumbres, las modas, en definitiva. Es el espíritu de discernimiento no demasiado frecuente ya que es habitual que cada época tenga errores propios distintos de la siguiente. La verdad siempre libera y se da una concordancia en el corazón de los hombres de buena voluntad que siempre se dan en todo lugar.

        La dinámica es perdonar y pedir perdón. Pedir perdón a Dios y, entre nosotros, perdonarnos mutuamente. Así lo ha hecho la Iglesia tanto en actuaciones históricas pasadas como en el presente. Es una purificación de la memoria, para que no justifiquemos lo injustificable y con ello podamos incurrir en igual falta. No es juzgar sobre la conciencia de los que hicieron aquellos actos que tienen muchas justificaciones de legítima defensa, de mentalidad histórica generalizada, como en las Cruzadas o la Inquisición o en la responsabilidad de la existencia de ateos por mi forma lánguida y tibia de vivir la fe y el amor cristiano. Pero el hecho en sí no es correcto según el evangelio. Se podría sumar todos los pecados de los hombres en veinte siglos de cristianismo. Las faltas de correspondencia a la propia vocación, las omisiones, la pereza, la injusticia, las mentiras, las impurezas, las violencias. El mundo sería mucho más perfecto si los cristianos hubiesemos correspondido a nuestra vocación como lo han hecho los santos canonizados y el mundo sería muy distinto. Pero ha habido mucho mal en todos los niveles: clero, religiosos y fieles. Nuestros también. Por esos pecados se han heredado estructuras indignas, estructuras de pecado que han hecho difícil cumplir la voluntad de Dios, pensemos en los escándalos. Cualquier libro de historia puede mostrar el rastro de pecado.

        Pidamos perdón a Dios por todo ello, y así, además, pedimos que no incurramos en nuevos ,o viejos, errores y pecados. Si no somos fieles a la vocación cristiana se seguirán muchos males a los que vengan después. Si dejamos que nos invada el odio, la venganza, la violencia, la desidia, la lujuria, la cobardía en denunciar ante los poderosos del momento los escándalos, el miedo a ser generosos, las mentiras, la baba de las difamaciones y murmuraciones, no defender al débil, al niño, al ignorante, al pobre. Las desobediencias como negar la confesión individual al fiel que tiene derecho, las sentencias de nulidad contra la verdad de Dios. Los robos de cuello blanco. Y también las faltas de oración, de buena educación, de buen ejemplo, como si hubiese miedo a ser cristiano en público. Hay que pedir perdón a Dios de todo esto y mucho más que puede venir a nuestro pensamiento.

        En lo personal es recomendable una confesión individual y general. Purificar nuestro pasado desde la infancia, la juventud, la madurez. De las épocas de turbulencia y de las calmadas más proclives a las omisiones y la dejadez. Se trata de recuperar la inocencia del niño, pero con experiencia del que sabe que es digno de ser castigado, pero que, a pesar de los pesares, es considerado como un rey, como hijo del rey. Para ello es necesario un examen valiente, pues a veces no reconocemos nuestra miseria en algunos pecados concretos. Luego alcanzar en arrepentimiento perfecto fruto del dolor de amor, más que del temor al justo castigo del infierno o de la justicia humana. Tener en cuenta los pecados que hemos influído en otros, a peccatis alienis munda me domine. Y también de los ocultos, pues todos se descubrirá en el último día, también los fraudes de ley. Los pecados de la carne y los del espíritu, los internos y los externos. los individuales y los sociales. Y todo esto bañarlo del perdón divino que regenera.

        Sólo la verdad libera, sólo la misericordia tiene el poder de lavar. Donde abundó el delito sobreabundó la gracia .

VIEJO Y NIÑO

Nacer viejo y morir niño

raro camino,

dulce crecer.

 

Viejo con la edad de Adán.

Viejo con los años de cada pecado,

arrugado, resabiado, escéptico, feo.

 

Pero al crecer al revés

se alisa la piel de la sensibilidad,

la humildad se hace alegre,

se adquiere la vida de la eternidad.

 

Así el hombrón-niño

ya no vive el pasado,

sino el tierno ahora de nacer por morir.

 

        Este es el camino de aprender a querer, aprendiendo a ser perdonado porque duelen las faltas y pecados con un verdadero dolor de amor. de esta manera se refleja el rostro de Cristo en la vida de los cristianos sin deformaciones, y se hace atractivo a los hombres de buena voluntad el mensaje cristiano.

        la purificación de la memoria es "un acto de coraje y humildad en el reconocimiento de las deficiencias realizadas por cuantos han llevado y llevan el nombre de cristianos y se basa sobre la convicción de que por aquel vínculo que, en el Cuerpo místico, nos une los unos a los otros, todos nosotros llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido, aún no teniendo responsabilidad personal y sin pretender sustituir el juicio de Dios' (IM 11)

Forja 11. ¡Qué deuda la tuya con tu Padre—Dios! —Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios... *    —Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes?

Forja 115. Con serenidad, sin escrúpulos, has de pensar en tu vida, y pedir perdón, y hacer el propósito firme, concreto y bien determinado, de mejorar en este punto y en aquel otro: en ese detalle que te cuesta, y en aquél que habitualmente no cumples como debes, y lo sabes.

Forja 189. La humildad lleva, a cada alma, a no desanimarse ante los propios yerros. *    —La verdadera humildad lleva... ¡a pedir perdón!

Surco 45. Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca —así dices— de tu vida ante "un hombre". *     —¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante "ese hombre" ungido —otro Cristo, ¡el mismo Cristo!—, que te da la absolución, el perdón de Dios.

Surco 805. Perdonar. ¡Perdonar con toda el alma y sin resquicio de rencor! Actitud siempre grande y fecunda. *       —Ese fue el gesto de Cristo al ser enclavado en la cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen", y de ahí vino tu salvación y la mía.