Rostro
            
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UN ROSTRO PARA CONTEMPLAR

Dice el salmo 42 “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a Ti ¡Oh Dios! ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?

Estos deseos de ver la belleza de Dios de sentir su amor se expresan de un modo hermoso al decir el salmista que quiere ver y contemplar su rostro. El rostro es el espejo del alma, se suele decir en la sabiduría popular. Hay miradas amorosas y duras, profundas y distraídas. Los mil músculos del rostro humano expresan muchos sentimientos y estados interiores del alma, como alegría, gozo, paz, tristeza, enfado, miedo, valentía y decisión. A veces los captamos a la primera impresión, otras cuesta distinguirlos. Cuánto puede una sonrisa. Las mujeres os arregláis mucho y es bueno, varía la moda, en el siglo XIX era estar pálidas ahora colores marrones, me parece, y hay mil técnicas que pueden ser una máscara en algunos, pero que en la gente sensata es un verdadero acto de caridad. En la entrada de las casas convendría que existiese un espejo para poner buena cara al entrar. En la Escritura recoge este ver el rostro como conocer en lo posible la intimidad de Dios, del Dios vivo, veamos lo que dice Moisés después de mucho trato con Dios que le ha revelado su nombre y la ley moral y ha reafirmado su alianza con su pueblo a través suyo

Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Luego volvía Moisés al campamento, pero su ayudante, el joven Josué, hijo de Nun, no se apartaba del interior de la Tienda.

#P [12] Dijo Moisés a Yahveh: «Mira, tú me dices: Haz subir a este pueblo; pero no me has indicado a quién enviarás conmigo; a pesar de que me has dicho: "Te conozco por tu nombre", y también: "Has hallado gracia a mis ojos."

#P [13] Ahora, pues, si realmente he hallado gracia a tus ojos, hazme saber tu camino, para que yo te conozca y halle gracia a tus ojos, y mira que esta gente es tu pueblo.»

#P [14] Respondió él: «Yo mismo iré contigo y te daré descanso.»

#P [15] Contestóle: «Si no vienes tú mismo, no nos hagas partir de aquí.

#P [16] Pues ¿en qué podrá conocerse que he hallado gracia a tus ojos, yo y tu pueblo, sino en eso, en que tú marches con nosotros? Así nos distinguiremos, yo y tu pueblo, de todos los pueblos que hay sobre la tierra.»

#P [17] Respondió Yahveh a Moisés: «Haré también esto que me acabas de pedir, pues has hallado gracia a mis ojos, y yo te conozco por tu nombre.»

#P [18] Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria

#P [19] El le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia.»

#P [20] Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo

#P [21] Luego dijo Yahveh: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña.

#P [22] Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado.

#P [23] Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver

San Gregorio de Nisa comenta estas palabras diciendo que a Dios sólo se le puede conocer por el camino apofático, es decir, a través de negar lo que no es (materia, tiempo, debilidad etc se llega a vislumbrar su espíritu, eternidad, poder etc)pero el deseo de conocer más permanece, por eso se le dice más adelante

«Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis:

#P [24] Yahveh te bendiga y te guarde;

#P [25] ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio;

#P [26] Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.»

Esto se hace posible en Jesús, pues al ser Dios y Hombre verdadero, a través de su humanidad, de su rostro, se descubre la intimidad de Dios, que es Hijo, Padre y Espíritu Santo en una corriente de amor eterna. Por eso cuando Felipe le dice “muéstranos al Padre y eso nos basta” le contesta Jesús con una punta de dolor amistoso: “Felipe, tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces? El Padre y Yo somos uno”(Jn)

Alguién recogía así su querer ver el rostro de Cristo

¡Cómo te entiendo! Felipe !Cómo te entiendo!

A veces soy como tú y no le conozco.

Tú viste su Cuerpo y lo tocaste.

Yo tengo a tu Iglesia y le comulgo.

Tú oíste su voz, te llegó hondo.

Yo oigo su evangelio, que es mi vida.

Tú conociste el alma de Jesús toda perfecta,

vistes sus virtudes una a una.

Al humilde que manso da la paz,

al que clama en el Templo en fuerte ira,

al que duerme agotado en una barca,

al que abraza al niño y lo hace maestro,

al que enseña con paciencia y a mi altura.

Comiste con Él y caminaste,

navegaste en las aguas y tormentas,

viste prudencia, amor, dulzura,

viste justicia, ardor, paciencia.

Viste al Hombre en todas sus facetas,

humano, no demasiado humano, sino perfecto.

Y esa luz te ocultó otra más grande.

Él es el Hijo, uno mismo con el Padre,

Pablo lo vio directamente, vio el Espíritu

vio que Dios se expresa en Él corporalmente.

Juan vio al Verbo aún tocando con sus manos.

Ansia de Dios vivo, pero Dios se ha humanado.

Yo repito lecciones y lecciones.

En Nicea pasó esto y lo otro.

Efeso es así por San Cirilo.

Calcedonia expresa al gran León.

Lo sé, lo repito, y me lo creo,

pero aún no te conozco,

pues tengo una mirada muy pequeña.

Quiero conocer por vista,

quiero descubrir lo santo,

quiero ver su rostro a lo divino,

aunque lo humano casi ya me baste.

Ten paciencia conmigo, soy Felipe,

un pobre hombre que te sigue

y desea entrar en tu vida hasta el centro.

¡Abre tu corazón y allí descanso!

En la Novo millenio el Papa acude al mismo simbolismo conocer a Dios a través de Jesús

16. « Queremos ver a Jesús » (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo « ver ».

Yo lo he intentado con los libros sobre los personajes secundarios del evangelio primero, después con los apóstoles, luego una vida de Cristo que está en camino, después, si puedo será intentar meterme en la autoconciencia de Jesús y de ahí llegar a la intimidad del Dios vivo, de Dios uno y Trino

 ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor.

Como dice el beato Josemaría

“Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con El, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con El nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo [Cfr. Rom XIII, 14.]. Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo.

            En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos [Cfr. Phil III, 20.]. Ruego al Señor que nos decidamos a alimentar en nuestras almas la única

ambición noble, la única que merece la pena: ir junto a Jesucristo, como fueron su Madre Bendita y el Santo Patriarca, con ansia, con abnegación, sin descuidar nada. Participaremos en la dicha de la divina amistad -en un recogimiento interior, compatible con nuestros deberes profesionales y con los de ciudadano-, y le agradeceremos la delicadeza y la claridad con que El nos enseña a cumplir la Voluntad del Padre Nuestro que habita en los cielos.

Un camino práctico es leer los evangelios conocer la vida de Cristo con todo detalle

El testimonio de los Evangelios

17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo ».8 Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1).

Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible.9

18. En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años transcurridos por él en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de « hijo del carpintero » (Mt 13,55) y también como « carpintero », en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16).

Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el « Hijo amado » (cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por él (cf. Mc 3,13-19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf. Lc 8,2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras.

La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de él reciben el don del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a « todas las gentes » (Mt 28,19).

Vidas de Cristo, comentarios a los evangelios desde la propia experiencia interior y reflexiva iluminada por la fe.

El camino de la fe

19. « Los discípulos se alegraron de ver al Señor » (Jn 20,20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles « las manos y el costado » (ibíd.). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24,13-35). El apóstol Tomás creyó únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn 20,24-29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la « gente » que es él, recibiendo como respuesta: « Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas » (Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los « suyos »: « Y vosotros ¿quién decís que soy yo? » (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16,16).

20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: « No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos » (16,17). La expresión « carne y sangre » evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús « estaba orando a solas » (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: « Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1,14).

La profundidad del misterio

21. ¡La Palabra y la carne, la gloria divina y su morada entre los hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades está la identidad de Cristo, según la formulación clásica del Concilio de Calcedonia (a. 451): « Una persona en dos naturalezas ». La persona es aquélla, y sólo aquélla, la Palabra eterna, el hijo del Padre. Sus dos naturalezas, sin confusión alguna, pero sin separación alguna posible, son la divina y la humana.10

Somos conscientes de los límites de nuestros conceptos y palabras. La fórmula, aunque siempre humana, está sin embargo expresada cuidadosamente en su contenido doctrinal y nos permite asomarnos, en cierto modo, a la profundidad del misterio. Ciertamente, ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Como el apóstol Tomás, la Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: « Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado » (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡« Señor mío y Dios mío »! (Jn 20,28).

22. « La Palabra se hizo carne » (Jn 1,14). Esta espléndida presentación joánica del misterio de Cristo está confirmada por todo el Nuevo Testamento. En este sentido se sitúa también el apóstol Pablo cuando afirma que el Hijo de Dios nació de la estirpe de David « según la carne » (Rm 1,3; cf. 9,5). Si hoy, con el racionalismo que reina en gran parte de la cultura contemporánea, es sobre todo la fe en la divinidad de Cristo lo que constituye un problema, en otros contextos históricos y culturales hubo más bien la tendencia a rebajar o desconocer el aspecto histórico concreto de la humanidad de Jesús. Pero para la fe de la Iglesia es esencial e irrenunciable afirmar que realmente la Palabra « se hizo carne » y asumió todas las características del ser humano, excepto el pecado (cf. Hb 4,15). En esta perspectiva, la Encarnación es verdaderamente una kenosis, un "despojarse", por parte del Hijo de Dios, de la gloria que tiene desde la eternidad (cf. Flp 2,6-8; 1 P 3,18)”.

¿Cómo conseguir esa intimidad con Jesús, cómo conocerle? A través de la oración pues Él viene a nuestro encuentro si le buscamos

Hacia la santidad.            “ Me gusta recordar a este propósito la escena de la conversación de Cristo con los discípulos de Emaús. Jesús camina junto a aquellos dos hombres, que han perdido casi toda esperanza, de modo que la vida comienza a parecerles sin sentido. Comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en El.

            Cuando, al llegar a aquella aldea, Jesús hace ademán de seguir adelante, los dos discípulos le detienen, y casi le fuerzan a quedarse con ellos. Le reconocen luego al partir el pan: El Señor, exclaman, ha estado con nosotros. Entonces se dijeron uno a otro: ¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino, y nos explicaba las Escrituras? [Lc XXIV, 32.]. Cada cristiano debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciben el bonus odor Christi [Cfr. 2 Cor II, 15.], el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro. #p106.H

Hacia la santidad    “Nace una sed de Dios, una ansia de comprender sus lágrimas; de ver su

sonrisa, su rostro... Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! [Ps XLI, 2.]. Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente [Cfr. Ecclo XXVI, 15.].

#p 311.

Con esta entrega, el celo apostólico se enciende, aumenta cada día -pegando

esta ansia a los otros-, porque el bien es difusivo. No es posible que nuestra pobre naturaleza, tan cerca de Dios, no arda en hambres de sembrar en el mundo entero la alegría y la paz, de regar todo con las aguas redentoras que brotan del Costado abierto de Cristo [Cfr. Ioh XIX, 34.], de empezar y acabar todas las tareas por Amor.

Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino [Ioh XIV, 6.]. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él”