El
mundo sentimental. La afectividad y la pasión.
El hombre piensa, quiere y siente. Es inteligente,
tiene una voluntad libre y le influye de un modo importante el
cuerpo. Pero sería ingenuo pensar que su actuación se rige siempre
de acuerdo con la razón, o que quiere lo más adecuado en cada
momento. Existe un mundo sentimental o afectivo que marca de un
manera decisiva la conducta y la personalidad. No es lo mismo
amar apasionadamente que querer de un modo distraído o indiferente,
o quizá frío y apático, que ya ni es querer. Ante el obstáculo
se reacciona con furia como se encrespa el gato o ladra el perro
enseñando los dientes. Hay situaciones excitantes que pueden convertirse
en aburridas. Las relaciones interpersonales están marcadas por
las simpatías y antipatías y conectar con empatía con alguien
facilita la comunicación a todos los niveles, hay feeling, química
o física se dice en semi argot. La grandeza de los grandes escritores
como Shakespeare la marca la descripción de los procesos sentimentales,
y cuando aciertan pasan a ser clásicos.
No todos los sentimientos se dan en el mismo
nivel, pues caben los sentimientos contradictorios, como el amor y el odio. Unos son profundos y otros epidérmicos
como la rabieta y el capricho, se dan veleidades, enamoramientos
que duran menos que lo que dura una estación, hay enfados que
se borran enseguida y otros se recuerdan y con frialdad alcanzan
la venganza. Hay miedos que salvan del peligro y otros que hacen
caer en él. El contacto con el mundo moral es constante: envidias,
suspicacias, susceptibilidades. Cegueras y luces se alternan en
el mundo sentimental. Hay arrebatos y parálisis, gozos y rencores.
Pero no se trata de rechazar el mundo sentimental porque es difícil
de controlar, porque la apatía y frialdad es una grave enfermedad
del alma. El miedo lleva a la huida, el amor al acercamiento,
el asco al vómito, la vergüenza al ocultamiento, la alegría anima
a mantener la acción, la tristeza paraliza, la furia propende
al ataque y la defensa, la ternura a las caricias. La emoción
es parte del existir y conviene ser consciente de ella para poder
controlarla algo, sin llegar a extremos de flema o de impasibilidad
estoica, ni tampoco al descontrol del sentimental esclavo de su
sentir impredecible. Muchas veces el interior de las personas
es un volcán que bulle en agitación, o como un mar en tormenta,
en otra brilla la clama y las puestas de sol apacibles, no siempre
se puede provocar o controlar esos estados de ánimo. Hay alborotos
que desconciertan.
El sentimiento es la reacción entre consciente
e inconsciente ante lo que sucede, viene de la valoración interna
que hacemos de la realidad. Es la primera reacción de la infancia,
fundamentalmente afectiva, influye mucho en la adolescencia y
en la juventud, y es la que da la intensidad a los actos de la
madurez. ¿Por qué siento lo que siento? Influye mucho el entorno
cultural en que nos movemos, también el familiar, pero siempre
el último término está en uno mismo. No todos nos enamoramos de
la misma persona, ni reaccionamos igual ante el mismo estímulo.
Además hay grados de interioridad y de sensibilidad. Ahora se
trata de conocer ese mundo afectivo que es el punto de confluencia
de la mente y el cuerpo, del alma y los sentidos. Es tan importante
que el corazón, así podemos nombrar esta región del alma, es el
centro de la vida moral o, por lo menos donde concluyen los demás
procesos del alma y la conciencia. El hombre se compone de cabeza,
corazón y cuerpo podemos decir.
Un ejemplo es el miedo, su carencia total es
una enfermedad y lleva a caer en peligros que podían evitarse.
Hay algunos que son tímidos, miedosos, pusilánimes y otros valientes.
En la infancia se dan miedos que agiganta la imaginación, como,
por ejemplo, a la oscuridad. Se evalúa en el interior el perjuicio
y nuestra capacidad de respuesta. Algunos son innatos como el
pájaro comedor de serpientes que ante las venenosas huye, o los
hombres ante un fogonazo o la oscuridad. Otros son adquiridos
como el temor a los desconocidos, a las expresiones faciales,
a ser mirado. El miedo impulsa a la acción. Tememos morir, fracasar,
perder lo que amamos, en una palabra sufrir, aunque una fuerte
convicción puede llevar a vencer el miedo, como amar el dolor
convertido en sacrificio redentor, pero esto requiere un amor
consciente muy desarrollado.
Otro caso son los celos, se teme perder al ser
querido, pero en fondo más que amor es
posesión e inseguridad, es más cuestión de amor propio
que de amor, se parte de una experiencia y se interpreta la realidad.
En el fondo amoroso o desengañado es dónde se puede actuar, no
en la eclosión de algo no querido, pero inevitable con ese planteamiento
de la vida.
Así con otros sentimientos se da un hecho real,
unos deseos tenaces, unas creencias no sólo religiosas y una idea
de sí mismo, Éste es el coktail que se agita y del cual brota
la respuesta. Si no pasan cosas el mundo afectivo se agosta, se
seca por inactividad, cuando surge el deseo, que va antes y después
del sentimiento, surge el afecto: ser querido, querer etc.
Veamos la envidia, un diccionario antiguo la
define como un dolor, concebido en el pecho, del bien y de la
prosperidad ajena, es ver con malos ojos lo bueno en otros: llora
cuando los demás ríen, ríe cuando los demás lloran. Caín envidia
a Abel porque él es malo y su hermano es bueno, satanás envidia
al hombre y le tienta, los fariseos envidian a Jesús. San Gregorio
dice que la envidia nace de la vanagloria y de ella aborta el
odio, la murmuración, la detracción, la alegría en la adversidad
del prójimo y la aflicción ante su prosperidad. Y lo ve como un
vicio capital muy unido a los otros. Luis Vives dice que la envidia
es un encogimiento del espíritu a causa del bien ajeno; en este
encogimiento existe una laceración de dolor, por donde la envidia
es parte de la tristeza” Es hija de la soberbia y de la pequeñez,
nadie que confía en su valía envidia los bienes de otro, menos
aún si tiene una verdadera humildad para valorarse a sí mismo
y a los demás con verdadero amor. La envidia está muy relacionada
con los celos, aunque estos añaden un rival y pueden ser delirantes,
la envidia es fría. El envidioso vigila las venturas del envidiado,
rebaja sus méritos, o los ensalza desmesuradamente. El envidioso
quiere ser preferido. El niño a su hermanito, o el compañero de
estudios, o el amigo triunfador, o la amiga guapa con marido estupendo,
o el mediocre aborrece al santo, Judas a Jesús, el pecador no
puede soportar la santidad que le produce repugnancia. El envidioso
necesita la aprobación de los demás, no es autosuficiente, en
el fondo de la envidia hay un deseo.
Veamos el deseo, la paralización del deseo es
la desidia, de ahí que para salir de la tibieza un camino sea
tener deseos de tener deseos. La pereza lleva a la tristeza, al
desánimo, a la desgana, a la pusilanimidad, al malhumor, a la
queja. El exceso del deseo lleva al ansia, a la voracidad, a la
impaciencia y al temor a perder lo que se desea ardientemente
. El deseo no lleva a la acción, pero es la antesala del querer,
que sí es activo. No es positivo ser pobre de deseos, aunque quepa
el desequilibrio, pues es el pulso de la vitalidad de cada alma.
El estilo de los deseos muestra la personalidad.
Algunos son extravertidos: sociables, necesitan compañía, les
cuesta leer y estudiar, impulsivos, descuidados, indolentes, optimistas,
ríen y pasan fácilmente a ser agresivos, pierden pronto la calma.
Tienen sentimientos vivos no controlados. Otros son más negativos,
preocupados, con frecuentes cambios de humor, con tendencias agresivas,
no les resulta fácil vivir.
La educación no se reduce a los contenidos intelectuales,
sino que es una educación del deseo y de ese temperamento base
frente a la vida. Hay personas incapaces de dominar un deseo,
y otras, en cambio, incapaces de desear nada. En ambos casos se
producen dramáticos estados sentimentales. Conviene tener ambiciones,
pero con la guía del amor y de la humildad. Ambición de verdad,
de belleza, de eternidad, y también de cosas que sólo son medios
como el dinero, el éxito, la posición social, etc. Hay una cultura
del deseo (lo contrario del budismo que lleva a la indiferencia)
que conduce a la insatisfacción perpetua; y una correcta infinitud
del deseo que es la insaciable sed de Dios. La Inteligencia es
la que prolonga los deseos en proyectos y en hombre forja su personalidad
en sus proyectos, no es algo que sólo depende de las circunstancias
exteriores y el azar. Influye el cerebro y sus redes neuronales,
pero es por la continua interacción entre espíritu y cuerpo.
Veamos otro sentimiento, antes de entrar en el
amor que es el sentimiento predilecto de todos, la ira. Es frecuente
que cuando se desencadena lleve a la ceguera de la mente. El que
ha perdido la razón por el enfado o la violencia se avergüenza
de la pérdida de la razón. Pero la ira tiene mucho de positivo,
es la reacción ante una agresión, evaluada en la conciencia. Sin
esta pasión no se pueden superar los obstáculos siendo vencidos
por la escasa fuerza y lucha ante la ofensa. Puede desencadenarse
rápidamente, y si es desproporcionada se siente enfado como estado de ánimo. Sus consecuencia son el despecho
y la indignación. El despecho suele ser humillación vengativa,
la indignación puede ser santa si el objeto es indigno como la
violación o el robo.
La furia es la manifestación de la ira, de la
frustración o de la agresión. El alcohol predispone a la furia,
y también el cansancio. Influyen los ruidos fuertes, las prisas,
las situaciones repetitivas, estas situaciones se suman y puede
que se esté furioso sin saber por qué, la gota que colma el vaso.
Hay personalidades propensas a la ira, es el
temperamento colérico, otros son más apacibles, pero todos necesitan
superar los obstáculos sin desproporción. En todos hay que distinguir
el temperamento del carácter que sobre la base temperamental se
ha ido forjando con decisiones que forjan unos hábitos de conducta.
En la ira entran los cuatro componentes del balance sentimental:
la situación real, los deseos que son interrumpidos y las creencias
(los hábitos educativos, las normas sociales). Influye mucho la
idea que el sujeto tiene de sí mismo. Hay culturas agresivas y
culturas dialogantes. En el animal la furia siempre le reporta
beneficios. En el hombre es necesario coraje para sobrevivir y
para superar las contrariedades de la vida, sean extremas o no.
Pero como no vivimos en la selva, la desproporción de la ira puede
desestabilizar al hombre y la convivencia.
Hemos visto algunos sentimientos, es el momento
de hacer un tabla de situaciones anímicas que podemos encuadrar
en afectos o emociones. Cada uno requeriría su estudio, pero todos
marcan en modo de vivir y de responder a los retos de la vida.
1.- Más cercanos a la biología: intranquilidad/intranquilidad;
exaltación/depresión; alerta/reposo; ánimo/desánimo, impulso a
la actividad/cansancio; esfuerzo/relajación. Son muy amplios e
influyen en otros sentimientos como la alegría o la tristeza.
2.-reacción ante lo nuevo. Interés/sorpresa,
admiración/respeto. El interés se puede derivar en curiosidad
desasosegada, la admiración lo mismo en fascinación
3.-reacción ante la falta de interés: aburrimiento
o vacío de sensaciones que es como un cierto horror y muerte lenta.
4.- experiencia de algo como placentero, favorable
y útil: es la atracción, acompaña y delata nuestras metas
5.- experiencia de algo como desagradable y doloroso:
es la aversión, interviene en la formación del odio y el asco
6.- experiencia de éxito: la alegría, incita
al mantenimiento de la acción.
7.- experiencia de que las expectativas no se
van a cumplir: frustración, tristeza, falta de autoestima.
8.- experiencia de que algo amenaza: miedo protege
del dolor, la vida, la autoestima.
9.- experiencia de que algo obstaculiza nuestros
fines: resignación, impotencia, furia. Aceptar, incapacidad, remoción
del obstáculo los distinguen.
10.- experiencia de que alguien impide, obstaculiza
o imposibilita nuestros fines: odio, envidia
11.- experiencia de que alguien facilita nuestros
fines por el hecho de existir. Amor sentimiento complejo porque
integra muchas cosas es la gran síntesis afectiva.
12.- experiencia de la desaparición de un mal:
alivio.
13.- experiencia de la incapacidad para prevenir
o controlar mi situación: indefensión, inseguridad, impotencia.
14.- experiencia de inseguridad ante el futuro:
angustia que puede tener componentes fisiológicos, desesperanza.
15.- experiencia de la seguridad, fe en una salida:
esperanza
16.- experiencia de sentirse juzgado mal: vergüenza
temor a perder el respeto o el afecto de otro.
17.- experiencia de sentirse responsable de un
acto malo: culpa, quizá sea vergüenza internalizada, le corresponde
remordimiento, pena, arrepentimiento, contrición
18.- experiencia de ser juzgado bien por otros
o uno mismo: orgullo
19.- experiencia de sucesos ocurridos a otro:
congratulación, o sin palabra española cuando es algo malo, tristeza
si es bueno: envidia, si es malo: compasión.
Hay circuitos de sentimientos que se superponen,
influye mucho la propia biografía y temperamento, padres, educación,
experiencias fuertes. Se pueden reducir a algunos nucleares: amor,
odio, esperanza, ira, temor, alegría, gozo. Pero cada uno tiene
un esquema sentimental, pensemos en la misma palabra sentimental
que es sentir y mental; el
carácter es nuestro estilo de sentir, la personalidad nuestro
estilo de actuar. Por ejemplo de la avaricia surge la traición,
el fraude, la mentira, el perjurio, la inquietud y la dureza de
corazón. La madre de la envidia es la soberbia y sus hijas el
odio, la murmuración, la detracción, el gozo en lo adverso y la
aflicción en lo próspero. En los depresivos aumentan los sentimientos
negativos sea cual sea la causa.
La memoria afectiva es importante. El odio y
el amor hacen indelebles los recuerdos. La indiferencia y la apatía
llevan al olvido por desatención. Somos memoria, que es lo que
marca nuestra personalidad. En ese núcleo se configuran las creencias,
no sólo las religiosas, también otras como el concepto de uno
mismo, la sensación de ser querido o no, la relación con la patria
y mil más. De ahí surgirán las expectativas de vida y las costumbres.
Muchas enfermedades depresivas se originan por creencias falsas
y conviene mejorar el conocimiento propio superando las distorsiones
de la realidad objetiva y positiva como el perfeccionismo, el
desaliento, los complejos etc.
Hay personas muy constantes en los sentimientos:
optimismo, valentía o timidez; otras son superficiales y veleidosas
dependiendo mucho de los estados de ánimo, del cuerpo y de las
circunstancias. En estos casos es clara la influencia de la parte
superior del alma: inteligencia y voluntad y también del cuerpo.
De ahí que la educación de la afectividad se pueda realizar a
través de la conciencia mental al elaborar las creencias y de
los hábitos de conducta
que permiten superar mejor los altibajos. Pensemos, por ejemplo,
en la conciencia de ser hijo de Dios y de saberse siempre amado,
o de tener el sentido del dolor bien resuelto; como opuesto el
duro materialismo lleva a la pérdida del sentido de la vida. Por
otra parte más que voluntades fuertes o débiles existen voluntades
empeñadas o no empeñadas, como es el caso de los enamorados, o,
incluso el de los drogadictos.
Las creencias son el ingrediente básico de las
propensiones afectivas. Como se ve en las tendencias a los diversos
tipos de música; los nacionalismos suelen ser belicosos y destapan
sentimientos fuertes más bien agresivos. El pudor varía con las
culturas, pero es común a todos, más en los sentimientos en el
varón que le resulta difícil manifestarse y calla hosco cuando
están en situación de stress, y más en el cuerpo en la mujer.
En ambos es una defensa de la propia personalidad para no ser
res nullius, es la protección de la vida noble ante la vida vulgar.
La vergüenza es un sentimiento más universal, es el temor al desorden
interior, que es difícilmente controlable. Respecto a los demás
afecta mucho al yo como es el caso de las burlas. Ahí influye
mucho la idea que se tiene de uno mismo. Esto se nota mucho en
el ánimo o el desánimo de los deportistas y de los jóvenes que
desarrollan más o menos energía ante el aliento que reciben de
fuera. En definitiva los sentimientos son el balance de cómo van
las cosas. Las motivaciones pueden ser orgullo, pero si son amorosas
no cabe decaimiento. Los afectos están muy unidos a la fortaleza:
firmeza y generosidad o su ausencia. El automenosprecio, o falsa
humildad, es rasgo esencial de depresión o de girar demasiado
los pensamientos sobre uno mismo.
La inteligencia está muy unida al mundo afectivo, si algo interesa
se pone mucha atención, si hay furia no se puede pensar, es necesaria
la calma. Y al revés un recto uso de la razón lleva a superar
desequilibrios afectivos. De ahí la importancia de conocerse bien,
y saberse aceptar con las limitaciones que uno tenga o de la distorsiones
de la realidad más o menos reconocidas: belleza, capacidad intelectual,
carencia de medios económicos o culturales, experiencias que han
marcado el pasado etc. Ante una situación respondemos afectivamente
según captamos nuestra historia. Groucho Marx: bromeaba “ no me
gustaría pertenecer a un club que admita tipos como yo” (buen
humor).
Ahora podemos entrar en el sentimiento cumbre:
el amor, un auténtico laberinto dentro del laberinto sentimental.
Es el más alto porque es el que más entra en la intimidad que
es donde se da el culmen de la comunión entre personas de la amistad
o del matrimonio, cuando se da la unión de intimidad como fruto
de la entrega de dos yo al tú que pasa a ser otro yo es el cielo
en la tierra. De hecho el cielo es la comunión íntima con Dios
eternamente y perfecta, purificada de los egoísmos y del amor
propio.
El amor como sentimiento reúne a casi todos los
demás sentimientos, por eso es complejo. Con él aparece la alegría
y la tristeza, la esperanza y la desilusión, la tranquilidad y
la intranquilidad, la atracción y el miedo, la exaltación, el
esfuerzo y el interés. Es tan fuerte el enamoramiento primero,
no sólo en la juventud, que sus síntomas se asemejan a una locura
que hace gozar y sufrir al tiempo. Todo se enfoca de otra manera,
lo que está fuera del amor se desdibuja, la memoria actúa con
fuerza, se recuerda todo, hay vibración. En un primer paso se
da una tendencia a la posesión, porque el amor es aún inmaduro,
hay mucho de satisfacción del propio yo, la propia alteración
está muy presente. Por eso puede desaparecer con extraña facilidad
si no se ha pasado al amor como donación, al descubrimiento del
tú, al entendimiento de intimidad, a la verdadera amistad que
conduce a la contemplación, a la admiración, al deseo, a servir,
no sólo a gozar. Por eso algún ateo como Sartre dice que el amor
es imposible.
El amor tiene una biografía: infantil, claramente
egocéntrica, adolescente, con el descubrimiento de la amistad
y del tú aunque se mimetice con el grupo (todos y, sobre todo
todas, visten igual), maduro del que es modelo sacar a los hijos
adelante cueste lo que cueste, y santo que eleva la maduración
humana en una perfección en el amor como entrega y comunión. En
un progresivo desarrollo desde el egocentrismo al amor purificado,
“nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”,
“que os améis como yo os he amado” dice Jesús perfecto Hombre.
La incapacidad o la insuficiencia de amor lleva a crisis profundas.
Amar es querer el bien del otro, amar es enseñar a amar al otro.
La vida es un proceso de superación del yo inmaduro, de egoísmos
conscientes o no.
En este proceso de crecimiento del amor sentimental
al amor de intimidad hay crisis, por ejemplo la mezcla de amor
y odio, se acaba odiando a quien más se amó, porque no está alguno
de los dos a la altura, o le ha decepcionado, o no se sabe querer
como el otro quiere, o no alcanzar a comunicarse. El odio que
nace del amor es el peor de todo porque sabe encontrar los puntos
débiles. No hay peor cuña que la del mismo
palo. Pero la meta es el amor gratuito en la intención,
que es el más gratificante en la práctica.
La correspondencia es importante, pero no necesaria.
Sentirse amado da seguridad, pero se puede amar sin ser amado.
Cada cual ama según lo que es, amar como ama Dios es la meta,
Cristo enseña a amar amando. Antes enseñaba a amar, decía un sacerdote
que pasó de escritor y profesor a cuidador de enfermos mentales,
ahora amo.
Si se queda sólo en el sentimiento se puede producir
la carcoma del aburrimiento, y la pereza que es falta de amor
diligente, hay que cuidar que no se dé la tibieza o la acidia.
Para ello es conveniente que las raíces del amor sean hondas,
y eso es querer querer, renovar el fuego como entrega, pasar a
la parte superior del alma
Si quieres conocer a una persona no le preguntes
lo que piensa, pregúntale lo que ama. El amor es lo único que
se puede mandar y engloba y da color a toda la vida afectiva y
sentimental sustrato de la superior del alma y que marca la personalidad
Todo el mundo sentimental tiene gran importancia
en las decisiones morales. Los tratados clásicos dicen que si
la pasión o sentimiento es anterior al hecho (culpable o meritorio)
se disminuye la culpabilidad o puede llegar a anularse la voluntariedad,
como ocurre en el caso del miedo. Si se provoca la pasión o sentimiento,
piénsese en la envidia o la furia, se agrava la culpabilidad del
pecado. En el caso de acciones buenas en ambos casos se mejora
el mérito pues se vive la acción positiva o santa con una intensidad
desconocida para el mediocre o para el apático. Es bueno y positivo
los sentimientos en las acciones santas. El criterio está en la
voluntad o la razón que pueden dirigir gran parte de ese vivir,
como es el caso de la música o los cantos en la liturgia, o en
la exaltación de las pasiones que produce el teatro y el cine
o un espectáculo en vivo.
La educación de la afectividad vendrá dada por
un orden prudente del mundo superior (inteligencia y voluntad)
por una sinceridad de la memoria que reconstruye con sinceridad
el pasado asumiendo errores y éxitos, limitaciones y posibilidades.
Después por una conducta con hábitos que no estén al albur del
capricho y la veleidad: orden, control de cada uno de los sentidos,
fortaleza, templanza en el comer, en el beber, en la vida sexual,
siendo estos hechos los que condicionan más fuertemente el mundo
emocional.