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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

1. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA

  La predicación del Reino de Dios
  La fundación de la Iglesia
       La elección de los Doce
      La promesa hecha a Pedro
      La víspera de la Pasión
  Pentecostés
  Características de la Iglesia
       Los proyectos redentores de Dios
       Estructura de la Iglesia
       Misión y funciones de la Iglesia
       Fuera de la Iglesia no hay salvación
       La Iglesia en su fase terrestre
  La historia de la Iglesia
  Crónica de cuatro décadas
       Los primeros tiempos en Jerusalén
       Persecución, primera dispersión y nueva persecución
       La actividad de San Pablo
       La persecución en Roma





LA PREDICACION DEL REINO DE DIOS

La predicación de Juan Bautista intentaba preparar a sus oyentes para la llegada inminente del "Reino de Dios", expresión que en la mayoría de los casos se podría traducir más exactamente como "reinado de Dios": la instauración de un reino en que Dios será perfectamente reconocido como rey.

El reinado iba a llegar, pero no a establecerse enteramente y de una sola vez. A darlo a conocer dedicó Jesús de Nazaret una parte considerable de sus palabras y de sus acciones. Se trataba de un reinado ya presente (Mc. 1, 14; Mt. 11, 12-13), pero aún no totalmente efectivo, puesto que era también un reinado futuro pero que se está ya desarrollando (Mt. 13, 24-50) Se presentaba, pues, como una realidad que iría creciendo a partir de una semilla hasta completarse totalmente en la segunda venida de Cristo (Mt. 25, 31-46)

Este reinado era de hecho supratemporal (Mt. 6, 10) Era también supranacional (Mt. 3, 9; Lc. 9, 25-27) Si en su inicio se anunciaba exclusivamente a los judíos (Mt. 15, 24), a quienes se había prometido desde antiguo, tanto el anuncio como la realidad anunciada estaba destinada a todos los hombres que quisieran oír y acogerlo (Mt. 26, 28; Mc. 13, 10)

Jesús era el encargado de iniciar este reinado. Dios Padre le había encomendado que realizara esta misión: tanto la palabra hebrea "mesias" como la griega "cristo" significan precisamente "ungido". Por otra parte, el Mesías, ya en el Antiguo Testamento, es un pastor; el rebaño confiado a él, el pueblo mesiánico o Pueblo de Dios, es a la vez el beneficiario de su misión y su colaborador en ella.

Este Pueblo de Dios, que en el Antiguo Testamento era el pueblo de Israel, después de la venida de Cristo será la Iglesia. La palabra iglesia deriva del término ekklesia, con el que los griegos nombraban las asambleas del pueblo reunidas para escuchar a los magistrados y tomar decisiones; venía pues a designar al conjunto del pueblo, organizado y que debe actuar. Se utilizó en las versiones griegas de la Biblia para traducir la palabra hebrea gahal, usada en numerosas ocasiones para señalar el Pueblo de Dios con esta misma connotación activa.

El nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, se componía en su origen de personas elegidas por Jesús y contaba con un germen de organización puesto también por Cristo, quien se encargaría de que fuera creciendo en determinada dirección y llegaría a darle unas directrices fundamentales que habría que respetar en su organización cuando, a lo largo de la historia, las necesidades la hicieran cada vez más compleja. También por esto se dice que la Iglesia fue fundada por Cristo. Pero la razón última es más profunda e interior: La Iglesia es el "cuerpo místico" de Cristo y continuadora hasta el fin de los tiempos de su misión, aplicando la redención que Él nos consiguió, y haciéndolo a través de su participación en la función profético, sacerdotal y pastoral de Cristo.


LA FUNDACION DE LA IGLESIA

En la constitución de este nuevo Pueblo de Dios por Cristo se pueden distinguir varias etapas, pues no tuvo lugar de una sola vez.

Así, durante la vida de Jesús se podrían elegir tres momentos especialmente significativos, que se dirigen de modo directo a establecer la estructura jerárquica del nuevo Pueblo de Dios, e indirectamente a todo ese pueblo, a quien esta jerarquía está destinada a servir.

La elección de los Doce

Ya al principio de su predicación, Jesús eligió a doce discípulos, a quienes llamó apóstoles ("enviados" y "representantes"); le seguían a todas partes, escuchándole y ejecutando sus encargos (Mt. 10, 2-4) El número doce tiene también un significado simbólico: Jesús quería que fueran los mismos que las doce tribus de Israel; de hecho, la primera preocupación de la comunidad cristiana a la muerte de Judas fue substituirlo por otro que hubiera seguido a Jesús desde el principio y que pudiera dar testimonio de los hechos y dichos de Jesús así como de su resurrección (Act. 1, 15-26) Los Apóstoles actuarán en nombre de Jesús y, después de Pentecostés, bajo la dirección del Espíritu Santo (Mc. 16, 17; Act. 1, 8); quien los recibe o rechaza, recibe o rechaza a Cristo (Mt. 10, 40) Hasta tal punto su misión es una extensión de la de Jesús, que cuando les mandó ir y bautizar a todas las gentes, hace preceder este mandato de la afirmación de que a Él, a Cristo, le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra y presenta el mandato como una consecuencia de este hecho (Mt. 28, 18-20)

La promesa hecha a Pedro

En el norte de Palestina, cerca de Cesarea de Filipo, después de un breve diálogo introductorio, le dijo Jesús a Simón, aprovechando un juego de palabras que permitía el nombre de Pedro, que El mismo le había impuesto con anterioridad (Jn. 1, 42): "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desataras en la tierra será desatado en los cielos" (Mt. 16, 18-19) El papel especial que le correspondería en el seno del colegio de los Doce sería el de confirmar en la fe a sus hermanos (Lc. 22, 31-32) Más tarde, después de la Resurrección y a continuación de una triple promesa de amor y fidelidad por parte de Pedro, Jesús le invistió con los poderes correspondientes para poder realizar esta función (Jn. 21, 15-17)

La víspera de la Pasión

La última cena, realizada en el contexto de la cena de la pascua judía, es una anticipación mística de la Pasión de Jesús y el acto de institución del rito sacrificio que será la Santa Misa. Tenemos cuatro relatos de la instituci6n de la Eucaristía (Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-24; Lc. 22, 15-20; 1 Cor. 1 1, 23-25) A ella asistieron únicamente los Doce, y a ellos se confirió el poder necesario para poder realizar el rito en que se renueva sin derramamiento de sangre la Pasión y Muerte de Cristo; es decir, se les confirió el sacerdocio ministerial que ellos a su vez comunicarían más adelante a sus auxiliares y sucesores.


PENTECOSTES

Después de la vida terrena de Cristo hay otros momentos importantes en la fundación de la Iglesia. Así, su Resurrección, que es inseparable de la Pasión y Muerte de Cristo. La Pascua cristiana está formada por el conjunto de estos tres momentos, junto con la Ascensión del Señor a los cielos, que es como el complemento lógico de su Resurrección. Con la Resurrección quedan confirmadas de una manera excelente las enseñanzas de Jesús ante la mirada atónita de los Apóstoles.

Cronológicamente, el último acto constitutivo de la Iglesia es, sin embargo, Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles que, según les había prometido Jesús, les había de enseñar interiormente a entender muchas de las cosas que antes habían visto y oído pero captado sólo a medias su sentido.


CARACTERISTICAS DE LA IGLESIA

Aunque tenga que ser de una manera muy sucinta, conviene hacer ahora un breve esquema de lo que la posterior explicitación de la Revelación por el Magisterio y la teología nos dan a conocer sobre la naturaleza de la Iglesia. Para este resumen nos basamos en la constitución dogmática Lumen gentium, promulgada por el Concilio Vaticano II, que contiene abundantes referencias al Magisterio anterior.

Los proyectos redentores de Dios

Después del pecado original de Adán y Eva, Dios decidió arbitrar un medio especialmente idóneo para su perdón. Este medio sería la Encarnación de su Hijo, que ofrecería su Pasión y Muerte en satisfacción por aquel pecado y por todos los subsiguientes.

Para preparar más de cerca la Encarnación, pasados muchos milenios, Dios eligió un grupo humano, el pueblo de Israel, con quien estableció una Alianza y en cuyo seno debería nacer el Mesías redentor. Llegada "la plenitud de los tiempos", este pueblo de Dios, que se apoyaba en una raza y en una cultura, dejaría su lugar al definitivo Pueblo de Dios, la Iglesia, basada en unos lazos puramente espirituales.

Esta Iglesia es descrita en la Sagrada Escritura como aprisco y rebaño, como campo y viña del Señor, como edificio y templo de Dios, como ciudad santa y Jerusalén celestial, como madre nuestra y esposa del Cordero de Dios que es Cristo, de quien constituye su "cuerpo místico"

Estructura de la Iglesia

La Iglesia es una sociedad jerárquica y visible, y al mismo tiempo una realidad espiritual e invisible.

La Iglesia es una (única e indivisa), santa (pues lo es su fundador, su finalidad y los medios que utiliza para alcanzarla, aunque sus miembros sean pecadores), católica (universal) y apostólica (esto es, está confiada a la dirección de los Apóstoles y sus sucesores) Estas cuatro características se denominan "notas de la Iglesia", y a ellas se añade a veces una quinta característica, la de "romana-, para significar que su unidad visible y funcional es inseparable de la comunión con el Romano Pontífice, el Papa, que es el Obispo de Roma y, en calidad de tal, el sucesor de San Pedro.

Misión y funciones de la Iglesia

Esta Iglesia participa de las funciones de Cristo: sacerdotal (de mediación entre Dios y el hombre), profético (de magisterio o enseñanza) y pastoral (de gobierno como pastor)

Estas funciones, comunes a todos los cristianos o "fieles", se reparten entre los que forman la jerarquía y aquellos que no pertenecen a ella (que, en general, reciben el nombre de laicos) de un modo que no es distinto sólo en grado sino también en esencia. Así, sólo los fieles que han recibido el sacerdocio ministerial ofrecen el Santo Sacrificio de la Misa y administran la mayoría de los sacramentos, proponen con autenticidad la palabra de Dios y dirigen la comunidad.

Sin embargo, la misión de todos los fieles, pertenecientes o no a la jerarquía, es radicalmente la misma y es una prolongación de la de Cristo, a quien han sido incorporados por el Bautismo: continuar y aplicar la obra redentora de Cristo. Tanto unos como otros están llamados a la santidad, es decir, a la perfecta realización personal en sus vidas del ideal cristiano de acuerdo con sus circunstancias personales.

Pero, dentro de esta misión, la jerarquía tiene una especial función, que es de servicio a todos los fieles. La función especial de los laicos es de por sí la ordenación hacia Dios de las realidades y las estructuras temporales, procurado a través de su natural inserción en la sociedad civil.

Fuera de la Iglesia no hay salvación

Pertenecer a esta Iglesia es necesario para la salvación; pero se puede pertenecer de más de una manera, de forma que, en algunos casos especiales, una persona de buena voluntad pero con una ignorancia prácticamente insuperable de la obligación que tiene de incorporarse a ella por el Bautismo, puede sin embargo formar parte de la Iglesia aun sin saberlo.

La Iglesia en su fase terrestre

La Iglesia sólo logrará su perfecta plenitud en el cielo. Entre tanto, la parte de ella que está en la tierra (pues no dejan de formar parte de la Iglesia los bienaventurados que ya están en el cielo ni las almas detenidas temporalmente en el Purgatorio) está en camino, peregrinando hacia la patria celestial, y no puede por tanto pretender instalarse en esta tierra como en su lugar definitivo. Está también en lucha continua contra las imperfecciones y defectos que acosan a sus miembros, es decir, con el pecado. De ahí que reciba el nombre de "Iglesia peregrinante" o de "Iglesia militante".


LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Pero la Iglesia, finalmente constituida en Pentecostés, ni es ya totalmente el Reino de Dios ni es tampoco una realidad cerrada y terminada como Iglesia. Sigue siendo el germen del Reino de Dios, y, en su crecimiento, tanto en el número de las personas que lo forman como dentro de cada persona, se ha de ir desarrollando hasta que alcance su plena forma en el mundo futuro, después de la segunda venida de Cristo (que recibe el nombre de "parusía", es decir, manifestación) (LG, 5)

También como Pueblo de Dios está sujeta a muchas vicisitudes. En lo esencial, la Iglesia está ya completa: la forman todos los bautizados, dirigidos por los sucesores de los Doce y de Pedro, que son los obispos y el Papa. Pero su camino en el mundo, la peregrinación de este Pueblo de Dios hacia el Reino de los Cielos ya anunciado, guarda analogías con la marcha de los israelitas durante cuarenta años por el desierto hacia la Tierra Prometida. Por esto es un Pueblo de Dios que peregrina, y por esto no puede tampoco considerarse nunca instalado en ningún momento de la historia del devenir humano.

La historia de la Iglesia es la historia de las fidelidades e infidelidades de los hombres que la componen, que son todos los cristianos; la historia de su docilidad o resistencia a los soplos del Espíritu que la vivifica. Por eso es una historia incomprensible si se olvidan sus características sobrenaturales, que son esenciales; también lo sería si se olvidara la dimensión humana de la Iglesia, pero ya se comprende que este peligro es ciertamente remoto.

Y, sin embargo, la dimensión exacta de la respuesta interior de los cristianos al Espíritu de Dios es difícilmente cognoscible. De ahí que el aspecto más importante de la historia de la Iglesia se nos escapa. De todas formas, algo se puede deducir de los comportamientos externos que son consecuencia de aquellas actitudes interiores: "por sus frutos los conoceréis... ". Pero aun aquí nos encontramos con otra dificultad, y es que por su propia naturaleza, estos innumerables rasgos del comportamiento humano de millones de hombres y mujeres ni son posibles de abarcar en un momento dado ni suelen dejar rastros documentales para épocas futuras. De todo lo cual se podría concluir que es sólo posible una historia muy externa, que atendería a aspectos organizativos, de creencias, ritos y semejantes. A pesar de todo, estos pocos aspectos externos que se pueden historiar son suficientemente significativos para que no resulten en absoluto despreciables y para que nos puedan informar de muchos otros que transcienden la anécdota. Y, sin olvidar que lo más profundo se nos escapa, nos permiten hacer una verdadera historia de la Iglesia.


CRONICA DE CUATRO DECADAS

De los sucesos ocurridos después de Pentecostés y hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 por las tropas de Tito, el futuro emperador, estamos muy bien informados, especialmente a través del libro de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas de San Pablo.

Los primeros tiempos en Jerusalén

Según los cálculos más probables, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús tuvieron lugar en el mes de abril del año 30 de nuestra era. A los cincuenta días del Domingo de Resurrección, en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo era comunicado en forma de lenguas de fuego a los Apóstoles y a la Virgen Santísima. El subsiguiente discurso de Pedro a la multitud lo escucharon judíos y simpatizantes procedentes de numerosos y lejanos lugares por donde estaban dispersos entonces (Act. 2, 5-11), pero el libro de los Hechos nos informa de momento sólo de los cristianos de Jerusalén, unos de lengua y cultura aramea y helenizados otros. Con una pincelada un tanto ideal, nos describe San Lucas esta primera comunidad, que "tenía un corazón y un alma sola y ninguno tenía por propia cosa alguna, sino que todo lo tenían en común,, (Act. 4, 32): sin embargo, no faltaban las dificultades, incluidas algunas de orden material que fueron la ocasión de que se instituyera el orden de los diáconos (Act. 6, 1-7)

Persecución, primera dispersión y nueva persecución

Pronto comenzaron también las persecuciones por parte de las autoridades religiosas de los judíos (Act. 5, 17-42); el primero de los mártires fue San Esteban (Act. 6, 8-60), y, excepto los Apóstoles, todos los cristianos huyeron de Jerusalén y se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría (Act. 8, l) Todo esto ocurría hacia los años 34-36.

Así comenzó la dispersión. Muy pronto, a la universalidad geográfica de los cristianos, simbolizada claramente por los oyentes de San Pedro el día de Pentecostés, se uniría la constatación de la universalidad étnica, con la precisión de que no hacía falta que los paganos se hicieran judíos antes de recibir el Bautismo o de que vivieran como tales, aunque estos últimos extremos costó que se impusieran (Act. 10; 11 y 15) San Pablo tuvo un papel relevante en que se reconociera que la Ley judía no obligaba a los cristianos, interviniendo en una reunión de los Apóstoles que así lo decidió (el llamado Concilio de Jerusalén, del año 49) No faltaron dificultades, pues la comunidad de Jerusalén estaba fuertemente apegada a las antiguas observancias judías.

La predicación fuera de Jerusalén comenzó en Samaria (Act. 8, 4), alcanzó ocasionalmente a algunos personajes de tierras lejanas (Act. 8, 26-34) y se extendió pronto hacia Damasco (Act. 9) y, con motivo de la persecución en que murió San Esteban, a Fenicia, Chipre y Antioquía, donde recibieron por primera vez el nombre de cristianos los discípulos de Cristo (Act. 11, 19) Antioquía era a la sazón una de las grandes ciudades del imperio, y a partir de este excelente centro de encuentros y relaciones se extendería el Cristianismo hacia muchos otros lugares: de Antioquía partirían Pablo y Bernabé en sus importantes expediciones apostólicas.

Por otra parte, la persecución en Jerusalén encontraba ahora apoyo en la autoridad civil, y en la Pascua del año 44, Herodes había hecho degollar a Santiago y encarcelar a Pedro, milagrosamente liberado de sus prisiones poco después (Act. 12) La comunidad cristiana de Jerusalén sería dirigida en adelante por otro Santiago, primo de Jesús, quien a su vez moriría mártir en el año 62. Por su parte, Pedro, después de una estancia seguramente larga en Antioquía, fue martirizado al cabo de uno o dos años de haber llegado a Roma.

La actividad de San Pablo

Mientras tanto, San Pablo, un judío natural de Tarso de Cilicia a quien se había aparecido Cristo hacia el año 36 cuando iba camino de Damasco para encarcelar a los cristianos y que se había convertido inmediatamente, había desarrollado una importantísima labor pastoral de la que estamos muy bien informados gracias a los Hechos y a las cartas que él mismo escribió, viajando repetidamente por Asia Menor, Grecia y Roma, y, tal vez, con una estancia en España.

Es interesante fijarse en la manera de hacer de San Pablo. Se dirigía en primer lugar a los judíos, usualmente en sus sinagogas y alguna vez durante mucho tiempo. A la vez, o cuando en la sinagoga acababan por rechazarle, se dirigía a los gentiles, es decir, los que no eran judíos. Sus puntos primeros de apoyo eran siempre las comunidades judías. Luego, al pasar a otro lugar, quedaban las comunidades cristianas estructuradas con una incipiente jerarquía, de la cual son testimonio, por ejemplo, las cartas de San Pablo a Tito y a Timoteo.

Es interesante hacer notar cómo entre los lugares por los que viajó San Pablo están algunas de las ciudades más importantes del imperio romano: Antioquía, Efeso, Tesalónica, Corinto, Roma.

A la muerte de San Pedro (año 64) y de San Pablo (año 67), la mayoría de los libros que componen el Nuevo Testamento estaban ya escritos. Pero algunos tardarían aún algunos años en aparecer; así, los debidos a San Juan (Evangelio, Apocalipsis, cartas), que murió siendo muy anciano ya, en las cercanías del año 100. Precisamente por esta distribución cronológica de los escritos neotestamentarios, estamos mejor informados sobre la vida de la Iglesia hasta los años sesenta que entre ellos y el año cien.

La persecución en Roma

Los martirios de Pedro y Pablo están estrechamente relacionados con la persecución de Nerón y sus secuelas. Esta fue motivada por el deseo de encontrar un culpable del incendio de Roma y quizá gracias a alguna sugerencia de los judíos cercanos al emperador y por entonces ya enérgicamente opuestos a la predicación cristiana. Fue muy cruel, y aunque se limitó a la ciudad de Roma, su importancia para el porvenir fue enorme, pues popularizó una visión errónea del Cristianismo, según la cual los cristianos eran gente rara, "enemiga del género humano" y dada a toda clase de desórdenes morales y conspiraciones.

Muy a menudo, esta mala fama llegaría antes a la gente que el conocimiento personal de los cristianos y de su fe, y echaría raíces suficientemente profundas para que durante siglos se tuvieran que dedicar los apologistas cristianos a deshacer las calumnias, algunas de las cuales no por más absurdas eran menos creídas y a veces incluso por personas cultas. Parece que es también desde este momento que el Cristianismo queda legalmente proscrito.

Esquema cronológico:

Año 30 abril, semana de Pascua: Pasión, Muerte y Resurrección del Señor; a los cuarenta días de la Resurrección, Ascensión del Señor a los cielos, a los cincuenta días de la Resurrección, Pentecostés.
a. martirio de San Esteban; conversión de San Pablo;
se predica el Evangelio en Samaria y Antioquía.
44 martirio del apóstol Santiago, hijo del Zebedeo, en Jerusalén.
45-49 (entre estas dos fechas), primer viaje apostólico de San Pablo.
49 concilio de Jerusalén;
comienza el segundo viaje apostólico de San Pablo.
53

comienza el tercer viaje apostólico de San Pablo.

60 San Pablo es llevado preso a Roma.
62 martirio de Santiago, "el hermano (primo) del Señor, en Jerusalén.
64 persecución en Roma; martirio de San Pedro, en Roma.
67

(hacia este año), martirio de San Pablo, en Roma.

 

VOCABULARIO

Reino de Dios: Es el tema central del de mensaje de Jesús. La expresión Reino de Dios se refiere a las acciones salvadoras de Dios en favor de los hombres(...)Cuando Jesús anuncia y muestra con sus obras la presencia del Reino de Dios, invita a la conversión porque el opresor, el arrogante, no está sólo fuera de nosotros, sino también en nuestro corazón.
(Cve., p. 661)

Alianza: Es un pacto o compromiso adquirido libremente entre personas; expresa una amistad profunda y exige fidelidad entre ambas partes. El Señor tomó la iniciativa de pactar una Alianza con Israel. Por la Alianza del Sinaí, Dios establece una relación especial con su Pueblo. Israel, por su parte, se compromete a reconocer al Señor como único Dios y a pertenecerle totalmente. Es la Antigua Alianza. (Ibíd., p. 39)

Nueva Alianza: llamamos Nueva Alianza a la que Jesús, nuestro Salvador, por medio de su vida estableció para siempre entre Dios y los hombres. La Nueva y eterna Alianza fue sellada por Cristo con su sangre, haciendo así presente a Dios entre los hombres y consiguiendo para éstos la salvación. (Ibíd.)

Pentecostés: Fiesta que los judíos celebraban cincuenta días después de Pascua. Ese día se ofrecían al Señor las primicias del campo y se celebraba el aniversario de la Alianza. Para los cristianos, el día de Pentecostés recuerda la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia. (Ibíd., p. 94)

Paráclito: Palabra griega que significa defensor, intercesor, abogado, protector, consolador. Jesús fue todo esto para sus discípulos, aquí en la tierra. Este papel lo desempeña ahora el Espíritu Santo. (Ibíd., p. 175)

Apóstol: Palabra griega que significa "enviado". El N. T. da este título a los doce que Jesús escoge como compañeros de su vida y testigos de su Resurrección, a los cuales encomienda la misión de predicar el Evangelio por todo el mundo y de establecer, por todas partes, la Iglesia o Nuevo Pueblo de Dios. (Cve, p. 421)

Pueblo de Dios: Reunión de todos aquellos que, convocados por Dios, creen en Cristo y han renacido a la vida de Dios no por la carne, sino por el agua y el Espíritu. Este Pueblo tiene por Cabeza a Cristo y en su corazón habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandamiento de amar como Cristo nos amó. Todos los hombres están invitados a formar parte de este Pueblo de Dios. (Ibíd., p. 395)

Iglesia-Cuerpo de Cristo: Así como todos los miembros del cuerpo humano, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también los creyentes, siendo muchos, juntos forman el Cuerpo de Cristo. En él hay diversidad de miembros y oficios, pero uno solo es el Espíritu. De esta forma la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la forma visible, con que Jesús se manifiesta hoy al mundo. (Ibíd., p. 395)

Apostolicidad: Es una característica o nota de la Iglesia, mediante la cual se señala que la Iglesia tiene sus raíces en los Apóstoles. La Iglesia no sólo es apostólica por su fundación: los Apóstoles plantaron la Iglesia y la regaron con su sangre; sino que lo sigue siendo hasta el fin de los tiempos, es decir, la Iglesia se mantiene estable en la fe de los Apóstoles, por obra del Espíritu Santo. (Ibíd., p. 445)

Iglesia católica: Al denominar así a la Iglesia se quiere indicar su carácter de universalidad. Instituida por Jesucristo para perpetuar y consumar su obra, la Iglesia 'no tiene fronteras: Su mensaje de salvación se dirige a todas las gentes, sea cual sea su raza, país o cultura. Por estar abierta a todos los hombres, en ella se da la unidad de todos en la vivencia de una misma fe en Cristo Jesús. (Ibíd., p. 445)

Indefectible: La iglesia puede ser perseguida, pero no destruida ni perecer. Durará hasta el fin del mundo, porque hasta el fin del mundo estará con ella Jesucristo, como Él lo ha prometido.

 

 

La Iglesia es a la vez una sociedad visible y una realidad espiritual
Lumen gentium, 8

Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo (cf. Ef. 4, 16)

Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn. 21, 17), confiándole él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt. 28, 18 ss), y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf. 1 Tim. 3, 15) Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.

La función específica de los laicos
Lumen gentium, 36

Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más convenientemente distribuidos entre ellos, y a su manera conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadera a toda la sociedad humana.

La Iglesia en su fase terrestre y en su perfección final
Lumen gentium, 48

La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Act. 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef. 1, 10; Col. 1, 20; 2Pe. 3, 10-13),

Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn. 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rom. 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia, y por medio de ella, unirlos así más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre. Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y ¡abramos nuestra salvación! (cf. Fip. 2, 12)

La venida del Espíritu Santo en Pentecostés
Act. 2, 1-4

Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse.

La conversión de San Pablo, narrada por él mismo
Act. 22, 3-16

Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel, según el rigor de la Ley patria, celador de Dios, como todos vosotros lo sois hoy. Perseguí de muerte esta doctrina, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, como podrá testificar el sumo sacerdote y el colegio de los ancianos, de quienes recibí cartas para los hermanos de Damasco, adonde fui para traer encadenados a Jerusalén a los que allí había, a fin de castigarlos. Pero acaeció que, siguiendo mi camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente me envolvió una gran luz del cielo. Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo:, Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor? El Señor me dijo: Levántate y entra en Damasco y allí se te dirá lo que has de hacer.
Como yo no veía a causa de la claridad de aquella luz, conducido por os que me acompañaban, entré en Damasco. Un cierto Ananías, varón piadoso según la Ley, acreditado por todos os judíos que allí habitaban, vino a mí y, acercándoseme, me dijo: Saulo, hermano, mira. Y en el mismo instante le miré. Prosiguió: El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad y vieras al Justo y oyeras la voz de su boca; porque tú le serás testigo ante todos los hombres de que le has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, bautízale y lava tus pecados invocando su nombre.