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1. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
LA PREDICACION DEL REINO DE DIOS
La predicación de Juan Bautista intentaba preparar a sus
oyentes para la llegada inminente del "Reino de Dios",
expresión que en la mayoría de los casos se podría
traducir más exactamente como "reinado de Dios":
la instauración de un reino en que Dios será perfectamente
reconocido como rey.
El reinado iba a llegar, pero no a establecerse enteramente y de
una sola vez. A darlo a conocer dedicó Jesús de Nazaret
una parte considerable de sus palabras y de sus acciones. Se trataba
de un reinado ya presente (Mc. 1, 14; Mt. 11, 12-13), pero aún
no totalmente efectivo, puesto que era también un reinado
futuro pero que se está ya desarrollando (Mt. 13, 24-50)
Se presentaba, pues, como una realidad que iría creciendo
a partir de una semilla hasta completarse totalmente en la segunda
venida de Cristo (Mt. 25, 31-46)
Este reinado era de hecho supratemporal (Mt. 6, 10) Era también
supranacional (Mt. 3, 9; Lc. 9, 25-27) Si en su inicio se anunciaba
exclusivamente a los judíos (Mt. 15, 24), a quienes se había
prometido desde antiguo, tanto el anuncio como la realidad anunciada
estaba destinada a todos los hombres que quisieran oír y
acogerlo (Mt. 26, 28; Mc. 13, 10)
Jesús era el encargado de iniciar este reinado. Dios Padre
le había encomendado que realizara esta misión: tanto
la palabra hebrea "mesias" como la griega "cristo"
significan precisamente "ungido". Por otra parte, el Mesías,
ya en el Antiguo Testamento, es un pastor; el rebaño confiado
a él, el pueblo mesiánico o Pueblo de Dios, es a la
vez el beneficiario de su misión y su colaborador en ella.
Este Pueblo de Dios, que en el Antiguo Testamento era el pueblo
de Israel, después de la venida de Cristo será la
Iglesia. La palabra iglesia deriva del término ekklesia,
con el que los griegos nombraban las asambleas del pueblo reunidas
para escuchar a los magistrados y tomar decisiones; venía
pues a designar al conjunto del pueblo, organizado y que debe actuar.
Se utilizó en las versiones griegas de la Biblia para traducir
la palabra hebrea gahal, usada en numerosas ocasiones para señalar
el Pueblo de Dios con esta misma connotación activa.
El nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, se componía en su origen
de personas elegidas por Jesús y contaba con un germen de
organización puesto también por Cristo, quien se encargaría
de que fuera creciendo en determinada dirección y llegaría
a darle unas directrices fundamentales que habría que respetar
en su organización cuando, a lo largo de la historia, las
necesidades la hicieran cada vez más compleja. También
por esto se dice que la Iglesia fue fundada por Cristo. Pero la
razón última es más profunda e interior: La
Iglesia es el "cuerpo místico" de Cristo y continuadora
hasta el fin de los tiempos de su misión, aplicando la redención
que Él nos consiguió, y haciéndolo a través
de su participación en la función profético,
sacerdotal y pastoral de Cristo.
LA FUNDACION DE LA IGLESIA
En la constitución de este nuevo Pueblo de Dios por Cristo
se pueden distinguir varias etapas, pues no tuvo lugar de una sola
vez.
Así, durante la vida de Jesús se podrían elegir
tres momentos especialmente significativos, que se dirigen de modo
directo a establecer la estructura jerárquica del nuevo Pueblo
de Dios, e indirectamente a todo ese pueblo, a quien esta jerarquía
está destinada a servir.
La elección de los Doce
Ya al principio de su predicación, Jesús eligió
a doce discípulos, a quienes llamó apóstoles
("enviados" y "representantes"); le seguían
a todas partes, escuchándole y ejecutando sus encargos (Mt.
10, 2-4) El número doce tiene también un significado
simbólico: Jesús quería que fueran los mismos
que las doce tribus de Israel; de hecho, la primera preocupación
de la comunidad cristiana a la muerte de Judas fue substituirlo
por otro que hubiera seguido a Jesús desde el principio y
que pudiera dar testimonio de los hechos y dichos de Jesús
así como de su resurrección (Act. 1, 15-26) Los Apóstoles
actuarán en nombre de Jesús y, después de Pentecostés,
bajo la dirección del Espíritu Santo (Mc. 16, 17;
Act. 1, 8); quien los recibe o rechaza, recibe o rechaza a Cristo
(Mt. 10, 40) Hasta tal punto su misión es una extensión
de la de Jesús, que cuando les mandó ir y bautizar
a todas las gentes, hace preceder este mandato de la afirmación
de que a Él, a Cristo, le ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra y presenta el mandato como una consecuencia de este
hecho (Mt. 28, 18-20)
La promesa hecha a Pedro
En el norte de Palestina, cerca de Cesarea de Filipo, después
de un breve diálogo introductorio, le dijo Jesús a
Simón, aprovechando un juego de palabras que permitía
el nombre de Pedro, que El mismo le había impuesto con anterioridad
(Jn. 1, 42): "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré
yo mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán
contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos,
y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto
desataras en la tierra será desatado en los cielos"
(Mt. 16, 18-19) El papel especial que le correspondería en
el seno del colegio de los Doce sería el de confirmar en
la fe a sus hermanos (Lc. 22, 31-32) Más tarde, después
de la Resurrección y a continuación de una triple
promesa de amor y fidelidad por parte de Pedro, Jesús le
invistió con los poderes correspondientes para poder realizar
esta función (Jn. 21, 15-17)
La víspera de la Pasión
La última cena, realizada en el contexto de la cena de la
pascua judía, es una anticipación mística de
la Pasión de Jesús y el acto de institución
del rito sacrificio que será la Santa Misa. Tenemos cuatro
relatos de la instituci6n de la Eucaristía (Mt. 26, 26-28;
Mc. 14, 22-24; Lc. 22, 15-20; 1 Cor. 1 1, 23-25) A ella asistieron
únicamente los Doce, y a ellos se confirió el poder
necesario para poder realizar el rito en que se renueva sin derramamiento
de sangre la Pasión y Muerte de Cristo; es decir, se les
confirió el sacerdocio ministerial que ellos a su vez comunicarían
más adelante a sus auxiliares y sucesores.
PENTECOSTES
Después de la vida terrena de Cristo hay otros momentos
importantes en la fundación de la Iglesia. Así, su
Resurrección, que es inseparable de la Pasión y Muerte
de Cristo. La Pascua cristiana está formada por el conjunto
de estos tres momentos, junto con la Ascensión del Señor
a los cielos, que es como el complemento lógico de su Resurrección.
Con la Resurrección quedan confirmadas de una manera excelente
las enseñanzas de Jesús ante la mirada atónita
de los Apóstoles.
Cronológicamente, el último acto constitutivo de
la Iglesia es, sin embargo, Pentecostés, con la venida del
Espíritu Santo sobre los Apóstoles que, según
les había prometido Jesús, les había de enseñar
interiormente a entender muchas de las cosas que antes habían
visto y oído pero captado sólo a medias su sentido.
CARACTERISTICAS DE LA IGLESIA
Aunque tenga que ser de una manera muy sucinta, conviene hacer
ahora un breve esquema de lo que la posterior explicitación
de la Revelación por el Magisterio y la teología nos
dan a conocer sobre la naturaleza de la Iglesia. Para este resumen
nos basamos en la constitución dogmática Lumen gentium,
promulgada por el Concilio Vaticano II, que contiene abundantes
referencias al Magisterio anterior.
Los proyectos redentores de Dios
Después del pecado original de Adán y Eva, Dios decidió
arbitrar un medio especialmente idóneo para su perdón.
Este medio sería la Encarnación de su Hijo, que ofrecería
su Pasión y Muerte en satisfacción por aquel pecado
y por todos los subsiguientes.
Para preparar más de cerca la Encarnación, pasados
muchos milenios, Dios eligió un grupo humano, el pueblo de
Israel, con quien estableció una Alianza y en cuyo seno debería
nacer el Mesías redentor. Llegada "la plenitud de los
tiempos", este pueblo de Dios, que se apoyaba en una raza y
en una cultura, dejaría su lugar al definitivo Pueblo de
Dios, la Iglesia, basada en unos lazos puramente espirituales.
Esta Iglesia es descrita en la Sagrada Escritura como aprisco y
rebaño, como campo y viña del Señor, como edificio
y templo de Dios, como ciudad santa y Jerusalén celestial,
como madre nuestra y esposa del Cordero de Dios que es Cristo, de
quien constituye su "cuerpo místico"
Estructura de la Iglesia
La Iglesia es una sociedad jerárquica y visible, y al mismo
tiempo una realidad espiritual e invisible.
La Iglesia es una (única e indivisa), santa (pues lo es
su fundador, su finalidad y los medios que utiliza para alcanzarla,
aunque sus miembros sean pecadores), católica (universal)
y apostólica (esto es, está confiada a la dirección
de los Apóstoles y sus sucesores) Estas cuatro características
se denominan "notas de la Iglesia", y a ellas se añade
a veces una quinta característica, la de "romana-, para
significar que su unidad visible y funcional es inseparable de la
comunión con el Romano Pontífice, el Papa, que es
el Obispo de Roma y, en calidad de tal, el sucesor de San Pedro.
Misión y funciones de la Iglesia
Esta Iglesia participa de las funciones de Cristo: sacerdotal (de
mediación entre Dios y el hombre), profético (de magisterio
o enseñanza) y pastoral (de gobierno como pastor)
Estas funciones, comunes a todos los cristianos o "fieles",
se reparten entre los que forman la jerarquía y aquellos
que no pertenecen a ella (que, en general, reciben el nombre de
laicos) de un modo que no es distinto sólo en grado sino
también en esencia. Así, sólo los fieles que
han recibido el sacerdocio ministerial ofrecen el Santo Sacrificio
de la Misa y administran la mayoría de los sacramentos, proponen
con autenticidad la palabra de Dios y dirigen la comunidad.
Sin embargo, la misión de todos los fieles, pertenecientes
o no a la jerarquía, es radicalmente la misma y es una prolongación
de la de Cristo, a quien han sido incorporados por el Bautismo:
continuar y aplicar la obra redentora de Cristo. Tanto unos como
otros están llamados a la santidad, es decir, a la perfecta
realización personal en sus vidas del ideal cristiano de
acuerdo con sus circunstancias personales.
Pero, dentro de esta misión, la jerarquía tiene una
especial función, que es de servicio a todos los fieles.
La función especial de los laicos es de por sí la
ordenación hacia Dios de las realidades y las estructuras
temporales, procurado a través de su natural inserción
en la sociedad civil.
Fuera de la Iglesia no hay salvación
Pertenecer a esta Iglesia es necesario para la salvación;
pero se puede pertenecer de más de una manera, de forma que,
en algunos casos especiales, una persona de buena voluntad pero
con una ignorancia prácticamente insuperable de la obligación
que tiene de incorporarse a ella por el Bautismo, puede sin embargo
formar parte de la Iglesia aun sin saberlo.
La Iglesia en su fase terrestre
La Iglesia sólo logrará su perfecta plenitud en el
cielo. Entre tanto, la parte de ella que está en la tierra
(pues no dejan de formar parte de la Iglesia los bienaventurados
que ya están en el cielo ni las almas detenidas temporalmente
en el Purgatorio) está en camino, peregrinando hacia la patria
celestial, y no puede por tanto pretender instalarse en esta tierra
como en su lugar definitivo. Está también en lucha
continua contra las imperfecciones y defectos que acosan a sus miembros,
es decir, con el pecado. De ahí que reciba el nombre de "Iglesia
peregrinante" o de "Iglesia militante".
LA HISTORIA DE LA IGLESIA
Pero la Iglesia, finalmente constituida en Pentecostés,
ni es ya totalmente el Reino de Dios ni es tampoco una realidad
cerrada y terminada como Iglesia. Sigue siendo el germen del Reino
de Dios, y, en su crecimiento, tanto en el número de las
personas que lo forman como dentro de cada persona, se ha de ir
desarrollando hasta que alcance su plena forma en el mundo futuro,
después de la segunda venida de Cristo (que recibe el nombre
de "parusía", es decir, manifestación) (LG,
5)
También como Pueblo de Dios está sujeta a muchas
vicisitudes. En lo esencial, la Iglesia está ya completa:
la forman todos los bautizados, dirigidos por los sucesores de los
Doce y de Pedro, que son los obispos y el Papa. Pero su camino en
el mundo, la peregrinación de este Pueblo de Dios hacia el
Reino de los Cielos ya anunciado, guarda analogías con la
marcha de los israelitas durante cuarenta años por el desierto
hacia la Tierra Prometida. Por esto es un Pueblo de Dios que peregrina,
y por esto no puede tampoco considerarse nunca instalado en ningún
momento de la historia del devenir humano.
La historia de la Iglesia es la historia de las fidelidades e infidelidades
de los hombres que la componen, que son todos los cristianos; la
historia de su docilidad o resistencia a los soplos del Espíritu
que la vivifica. Por eso es una historia incomprensible si se olvidan
sus características sobrenaturales, que son esenciales; también
lo sería si se olvidara la dimensión humana de la
Iglesia, pero ya se comprende que este peligro es ciertamente remoto.
Y, sin embargo, la dimensión exacta de la respuesta interior
de los cristianos al Espíritu de Dios es difícilmente
cognoscible. De ahí que el aspecto más importante
de la historia de la Iglesia se nos escapa. De todas formas, algo
se puede deducir de los comportamientos externos que son consecuencia
de aquellas actitudes interiores: "por sus frutos los conoceréis...
". Pero aun aquí nos encontramos con otra dificultad,
y es que por su propia naturaleza, estos innumerables rasgos del
comportamiento humano de millones de hombres y mujeres ni son posibles
de abarcar en un momento dado ni suelen dejar rastros documentales
para épocas futuras. De todo lo cual se podría concluir
que es sólo posible una historia muy externa, que atendería
a aspectos organizativos, de creencias, ritos y semejantes. A pesar
de todo, estos pocos aspectos externos que se pueden historiar son
suficientemente significativos para que no resulten en absoluto
despreciables y para que nos puedan informar de muchos otros que
transcienden la anécdota. Y, sin olvidar que lo más
profundo se nos escapa, nos permiten hacer una verdadera historia
de la Iglesia.
CRONICA DE CUATRO DECADAS
De los sucesos ocurridos después de Pentecostés y
hasta la destrucción de Jerusalén en el año
70 por las tropas de Tito, el futuro emperador, estamos muy bien
informados, especialmente a través del libro de los Hechos
de los Apóstoles y de las cartas de San Pablo.
Los primeros tiempos en Jerusalén
Según los cálculos más probables, la Pasión,
Muerte y Resurrección de Jesús tuvieron lugar en el
mes de abril del año 30 de nuestra era. A los cincuenta días
del Domingo de Resurrección, en el día de Pentecostés,
el Espíritu Santo era comunicado en forma de lenguas de fuego
a los Apóstoles y a la Virgen Santísima. El subsiguiente
discurso de Pedro a la multitud lo escucharon judíos y simpatizantes
procedentes de numerosos y lejanos lugares por donde estaban dispersos
entonces (Act. 2, 5-11), pero el libro de los Hechos nos informa
de momento sólo de los cristianos de Jerusalén, unos
de lengua y cultura aramea y helenizados otros. Con una pincelada
un tanto ideal, nos describe San Lucas esta primera comunidad, que
"tenía un corazón y un alma sola y ninguno tenía
por propia cosa alguna, sino que todo lo tenían en común,,
(Act. 4, 32): sin embargo, no faltaban las dificultades, incluidas
algunas de orden material que fueron la ocasión de que se
instituyera el orden de los diáconos (Act. 6, 1-7)
Persecución, primera dispersión
y nueva persecución
Pronto comenzaron también las persecuciones por parte de
las autoridades religiosas de los judíos (Act. 5, 17-42);
el primero de los mártires fue San Esteban (Act. 6, 8-60),
y, excepto los Apóstoles, todos los cristianos huyeron de
Jerusalén y se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría
(Act. 8, l) Todo esto ocurría hacia los años 34-36.
Así comenzó la dispersión. Muy pronto, a la
universalidad geográfica de los cristianos, simbolizada claramente
por los oyentes de San Pedro el día de Pentecostés,
se uniría la constatación de la universalidad étnica,
con la precisión de que no hacía falta que los paganos
se hicieran judíos antes de recibir el Bautismo o de que
vivieran como tales, aunque estos últimos extremos costó
que se impusieran (Act. 10; 11 y 15) San Pablo tuvo un papel relevante
en que se reconociera que la Ley judía no obligaba a los
cristianos, interviniendo en una reunión de los Apóstoles
que así lo decidió (el llamado Concilio de Jerusalén,
del año 49) No faltaron dificultades, pues la comunidad de
Jerusalén estaba fuertemente apegada a las antiguas observancias
judías.
La predicación fuera de Jerusalén comenzó
en Samaria (Act. 8, 4), alcanzó ocasionalmente a algunos
personajes de tierras lejanas (Act. 8, 26-34) y se extendió
pronto hacia Damasco (Act. 9) y, con motivo de la persecución
en que murió San Esteban, a Fenicia, Chipre y Antioquía,
donde recibieron por primera vez el nombre de cristianos los discípulos
de Cristo (Act. 11, 19) Antioquía era a la sazón una
de las grandes ciudades del imperio, y a partir de este excelente
centro de encuentros y relaciones se extendería el Cristianismo
hacia muchos otros lugares: de Antioquía partirían
Pablo y Bernabé en sus importantes expediciones apostólicas.
Por otra parte, la persecución en Jerusalén encontraba
ahora apoyo en la autoridad civil, y en la Pascua del año
44, Herodes había hecho degollar a Santiago y encarcelar
a Pedro, milagrosamente liberado de sus prisiones poco después
(Act. 12) La comunidad cristiana de Jerusalén sería
dirigida en adelante por otro Santiago, primo de Jesús, quien
a su vez moriría mártir en el año 62. Por su
parte, Pedro, después de una estancia seguramente larga en
Antioquía, fue martirizado al cabo de uno o dos años
de haber llegado a Roma.
La actividad de San Pablo
Mientras tanto, San Pablo, un judío natural de Tarso de
Cilicia a quien se había aparecido Cristo hacia el año
36 cuando iba camino de Damasco para encarcelar a los cristianos
y que se había convertido inmediatamente, había desarrollado
una importantísima labor pastoral de la que estamos muy bien
informados gracias a los Hechos y a las cartas que él mismo
escribió, viajando repetidamente por Asia Menor, Grecia y
Roma, y, tal vez, con una estancia en España.
Es interesante fijarse en la manera de hacer de San Pablo. Se dirigía
en primer lugar a los judíos, usualmente en sus sinagogas
y alguna vez durante mucho tiempo. A la vez, o cuando en la sinagoga
acababan por rechazarle, se dirigía a los gentiles, es decir,
los que no eran judíos. Sus puntos primeros de apoyo eran
siempre las comunidades judías. Luego, al pasar a otro lugar,
quedaban las comunidades cristianas estructuradas con una incipiente
jerarquía, de la cual son testimonio, por ejemplo, las cartas
de San Pablo a Tito y a Timoteo.
Es interesante hacer notar cómo entre los lugares por los
que viajó San Pablo están algunas de las ciudades
más importantes del imperio romano: Antioquía, Efeso,
Tesalónica, Corinto, Roma.
A la muerte de San Pedro (año 64) y de San Pablo (año
67), la mayoría de los libros que componen el Nuevo Testamento
estaban ya escritos. Pero algunos tardarían aún algunos
años en aparecer; así, los debidos a San Juan (Evangelio,
Apocalipsis, cartas), que murió siendo muy anciano ya, en
las cercanías del año 100. Precisamente por esta distribución
cronológica de los escritos neotestamentarios, estamos mejor
informados sobre la vida de la Iglesia hasta los años sesenta
que entre ellos y el año cien.
La persecución en Roma
Los martirios de Pedro y Pablo están estrechamente relacionados
con la persecución de Nerón y sus secuelas. Esta fue
motivada por el deseo de encontrar un culpable del incendio de Roma
y quizá gracias a alguna sugerencia de los judíos
cercanos al emperador y por entonces ya enérgicamente opuestos
a la predicación cristiana. Fue muy cruel, y aunque se limitó
a la ciudad de Roma, su importancia para el porvenir fue enorme,
pues popularizó una visión errónea del Cristianismo,
según la cual los cristianos eran gente rara, "enemiga
del género humano" y dada a toda clase de desórdenes
morales y conspiraciones.
Muy a menudo, esta mala fama llegaría antes a la gente que
el conocimiento personal de los cristianos y de su fe, y echaría
raíces suficientemente profundas para que durante siglos
se tuvieran que dedicar los apologistas cristianos a deshacer las
calumnias, algunas de las cuales no por más absurdas eran
menos creídas y a veces incluso por personas cultas. Parece
que es también desde este momento que el Cristianismo queda
legalmente proscrito.
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Esquema cronológico:
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| Año 30 |
abril, semana de Pascua: Pasión, Muerte
y Resurrección del Señor; a los cuarenta días
de la Resurrección, Ascensión del Señor
a los cielos, a los cincuenta días de la Resurrección,
Pentecostés. |
| a. |
martirio de San Esteban; conversión de
San Pablo;
se predica el Evangelio en Samaria y Antioquía. |
| 44 |
martirio del apóstol Santiago, hijo del
Zebedeo, en Jerusalén. |
| 45-49 |
(entre estas dos fechas), primer viaje apostólico
de San Pablo. |
| 49 |
concilio de Jerusalén;
comienza el segundo viaje apostólico de San Pablo. |
| 53 |
comienza el tercer viaje apostólico de San Pablo.
|
| 60 |
San Pablo es llevado preso a Roma. |
| 62 |
martirio de Santiago, "el hermano (primo)
del Señor, en Jerusalén. |
| 64 |
persecución en Roma; martirio de San Pedro,
en Roma. |
| 67 |
(hacia este año), martirio de San Pablo, en Roma.
|
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VOCABULARIO
Reino de Dios: Es el
tema central del de mensaje de Jesús. La expresión
Reino de Dios se refiere a las acciones salvadoras de
Dios en favor de los hombres(...)Cuando Jesús
anuncia y muestra con sus obras la presencia del Reino
de Dios, invita a la conversión porque el opresor,
el arrogante, no está sólo fuera de nosotros,
sino también en nuestro corazón.
(Cve., p. 661)
Alianza: Es un pacto
o compromiso adquirido libremente entre personas; expresa
una amistad profunda y exige fidelidad entre ambas partes.
El Señor tomó la iniciativa de pactar
una Alianza con Israel. Por la Alianza del Sinaí,
Dios establece una relación especial con su Pueblo.
Israel, por su parte, se compromete a reconocer al Señor
como único Dios y a pertenecerle totalmente.
Es la Antigua Alianza. (Ibíd., p. 39)
Nueva Alianza: llamamos
Nueva Alianza a la que Jesús, nuestro Salvador,
por medio de su vida estableció para siempre
entre Dios y los hombres. La Nueva y eterna Alianza
fue sellada por Cristo con su sangre, haciendo así
presente a Dios entre los hombres y consiguiendo para
éstos la salvación. (Ibíd.)
Pentecostés:
Fiesta que los judíos celebraban cincuenta días
después de Pascua. Ese día se ofrecían
al Señor las primicias del campo y se celebraba
el aniversario de la Alianza. Para los cristianos, el
día de Pentecostés recuerda la venida
del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia.
(Ibíd., p. 94)
Paráclito: Palabra
griega que significa defensor, intercesor, abogado,
protector, consolador. Jesús fue todo esto para
sus discípulos, aquí en la tierra. Este
papel lo desempeña ahora el Espíritu Santo.
(Ibíd., p. 175)
Apóstol: Palabra
griega que significa "enviado". El N. T. da
este título a los doce que Jesús escoge
como compañeros de su vida y testigos de su Resurrección,
a los cuales encomienda la misión de predicar
el Evangelio por todo el mundo y de establecer, por
todas partes, la Iglesia o Nuevo Pueblo de Dios. (Cve,
p. 421)
Pueblo de Dios: Reunión
de todos aquellos que, convocados por Dios, creen en
Cristo y han renacido a la vida de Dios no por la carne,
sino por el agua y el Espíritu. Este Pueblo tiene
por Cabeza a Cristo y en su corazón habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley
el nuevo mandamiento de amar como Cristo nos amó.
Todos los hombres están invitados a formar parte
de este Pueblo de Dios. (Ibíd., p. 395)
Iglesia-Cuerpo de Cristo:
Así como todos los miembros del cuerpo humano,
aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así
también los creyentes, siendo muchos, juntos
forman el Cuerpo de Cristo. En él hay diversidad
de miembros y oficios, pero uno solo es el Espíritu.
De esta forma la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la
forma visible, con que Jesús se manifiesta hoy
al mundo. (Ibíd., p. 395)
Apostolicidad: Es una
característica o nota de la Iglesia, mediante
la cual se señala que la Iglesia tiene sus raíces
en los Apóstoles. La Iglesia no sólo es
apostólica por su fundación: los Apóstoles
plantaron la Iglesia y la regaron con su sangre; sino
que lo sigue siendo hasta el fin de los tiempos, es
decir, la Iglesia se mantiene estable en la fe de los
Apóstoles, por obra del Espíritu Santo.
(Ibíd., p. 445)
Iglesia católica:
Al denominar así a la Iglesia se quiere indicar
su carácter de universalidad. Instituida por
Jesucristo para perpetuar y consumar su obra, la Iglesia
'no tiene fronteras: Su mensaje de salvación
se dirige a todas las gentes, sea cual sea su raza,
país o cultura. Por estar abierta a todos los
hombres, en ella se da la unidad de todos en la vivencia
de una misma fe en Cristo Jesús. (Ibíd.,
p. 445)
Indefectible: La iglesia
puede ser perseguida, pero no destruida ni perecer.
Durará hasta el fin del mundo, porque hasta el
fin del mundo estará con ella Jesucristo, como
Él lo ha prometido.
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La Iglesia es a la vez una sociedad visible
y una realidad espiritual
Lumen gentium, 8
Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente
en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad,
como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia
a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos
y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad
espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los
bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas,
sino que más bien forman una realidad compleja que está
integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara,
por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado,
pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino
como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente
a Él, de modo semejante la articulación social de
la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para
el acrecentamiento de su cuerpo (cf. Ef. 4, 16)
Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo
confesamos como una, santa, católica y apostólica,
y que nuestro Salvador, después de su resurrección,
encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn. 21, 17),
confiándole él y a los demás Apóstoles
su difusión y gobierno (cf. Mt. 28, 18 ss), y la erigió
perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf. 1 Tim.
3, 15) Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como
una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada
por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con
él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos
de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo,
impelen hacia la unidad católica.
La función específica de
los laicos
Lumen gentium, 36
Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza
de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria
de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente
a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne
del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia
en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de
este deber universal corresponde a los laicos el lugar más
destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos
y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo,
contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con
el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean
promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura
civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción;
sean más convenientemente distribuidos entre ellos, y a su
manera conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana.
Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia,
iluminará más y más con su luz salvadera a
toda la sociedad humana.
La Iglesia en su fase terrestre y en su
perfección final
Lumen gentium, 48
La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús
y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará
su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el
tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Act. 3,
21) y cuando, junto con el género humano, también
la creación entera, que está íntimamente unida
con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente
renovada en Cristo (cf. Ef. 1, 10; Col. 1, 20; 2Pe. 3, 10-13),
Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí
a todos (cf. Jn. 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos
(Rom. 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu
vivificador, y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia,
sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha
del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los
hombres a la Iglesia, y por medio de ella, unirlos así más
estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa
alimentándolos con su cuerpo y sangre. Así que la
restauración prometida que esperamos, ya comenzó en
Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo
y por Él continúa en la Iglesia, en la cual por la
fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra
vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros
llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el
mundo y ¡abramos nuestra salvación! (cf. Fip. 2, 12)
La venida del Espíritu Santo en
Pentecostés
Act. 2, 1-4
Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos
juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del
cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió
toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas,
lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando
todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en
lenguas extrañas, según que el Espíritu les
otorgaba expresarse.
La conversión de San Pablo, narrada
por él mismo
Act. 22, 3-16
Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta
ciudad e instruido a los pies de Gamaliel, según el rigor
de la Ley patria, celador de Dios, como todos vosotros lo sois hoy.
Perseguí de muerte esta doctrina, encadenando y encarcelando
a hombres y mujeres, como podrá testificar el sumo sacerdote
y el colegio de los ancianos, de quienes recibí cartas para
los hermanos de Damasco, adonde fui para traer encadenados a Jerusalén
a los que allí había, a fin de castigarlos. Pero acaeció
que, siguiendo mi camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía,
de repente me envolvió una gran luz del cielo. Caí
al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues? Yo respondí: ¿Quién
eres, Señor? Y me dijo:, Yo soy Jesús Nazareno, a
quien tú persigues. Los que estaban conmigo vieron la luz,
pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ¿Qué
he de hacer, Señor? El Señor me dijo: Levántate
y entra en Damasco y allí se te dirá lo que has de
hacer.
Como yo no veía a causa de la claridad de aquella luz, conducido
por os que me acompañaban, entré en Damasco. Un cierto
Ananías, varón piadoso según la Ley, acreditado
por todos os judíos que allí habitaban, vino a mí
y, acercándoseme, me dijo: Saulo, hermano, mira. Y en el
mismo instante le miré. Prosiguió: El Dios de nuestros
padres te ha elegido para que conocieras su voluntad y vieras al
Justo y oyeras la voz de su boca; porque tú le serás
testigo ante todos los hombres de que le has visto y oído.
Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, bautízale
y lava tus pecados invocando su nombre.
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