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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

2. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO

  Los cristianos frente a un ambiente hostil
  Expansión del Cristianismo
  La vida de los cristianos
  Los cristianos y la cultura
  Las grandes persecuciones
  El edicto de Milán
  La libertad de ser cristianos
  Las crisis doctrinales y la intervención de los emperadores
       a) Los donatistas
       b) El arrianismo
  Los escritos de los Padres
  El Cristianismo, religión de Estado
  El monaquismo cristiano
  Nuevas crisis doctrinales
       a) El nestorianismo
       b) El monofisismo
       c) El pelagianismo
  Las invasiones de los bárbaros
  Los reinos epígonos
 

Esfuerzos de cristianización



LOS CRISTIANOS FRENTE A UN AMBIENTE HOSTIL

Ante la gente que no les conocía personalmente o sólo de un modo muy superficial, los cristianos no eran bien vistos; no tenían buena prensa, como se diría hoy. Y, ante la Ley, estaba prohibido ser cristiano. Sin embargo, había muchos y cada vez eran más, y de hecho eran en general tolerados. Pero su situación era especialmente precaria. Una autoridad local excesivamente celosa podía perseguirlos sistemáticamente y condenarlos a muerte, o podía verse legalmente obligada a actuar por la denuncia de cualquiera o sentirse inclinada a hacerlo ante un malhumor popular que fácilmente se convertía así en un alboroto contra los cristianos.

De hecho, ocurrían estas cosas, y no era insólito el caso de los cristianos que morían por no abjurar de su fe. Una respuesta de Trajano al gobernador de Bitinia (en Asia, junto al Bósforo), juzgada usualmente como relativamente benévola, establecía que no se persiguiera de oficio a los cristianos ni se admitieran las denuncias anónimas contra ellos, pero que si eran correctamente denunciados se les juzgara y fueran castigados. El juicio, como no se cansaban de decir los apologistas, no versaba sobre si eran o no ciertas las calumnias levantadas contra ellos, sino solamente sobre si eran cristianos o no. A mediados de siglo y en Roma, la envidia de un maestro de filosofía pagano contra uno cristiano le llevó a denunciarle por su religión, resolviendo de esta peculiar manera sus problemas académicos; San Justino, el filósofo cristiano, murió mártir. Sólo los datos que son históricamente conocidos con precisión podrían llenar páginas, y parece claro que no son más que un pálido reflejo de la realidad en su conjunto.

Expansión del Cristianismo

Sin embargo, dentro de esta falta de seguridad, el número de los cristianos crecía. La primera expansión había tenido lugar a partir de comunidades judías y en los lugares donde éstas se encontraban. Así continuaría ocurriendo durante algún tiempo, pero dejando relativamente pronto las sinagogas, donde se había establecido ya una firme oposición.

Los primeros lugares donde encontramos cristianos son las ciudades, comenzando por las más populosas, y esto tanto en Oriente como en Occidente. En varias de ellas predicó personalmente San Pablo, como ya hemos visto.

De otras, las primeras noticias que tenemos son más tardías, pero nos muestran comunidades cristianas antiguas y consolidadas: así, a finales del siglo II, Alejandría, la segunda ciudad del imperio, y Cartago, la metrópoli Africana. En estas aglomeraciones, una población flotante de mercaderes y artesanos contribuía a extender la fe, gracias al afán proselitista general de los cristianos y aprovechando la lengua común, el griego aún más que el latín.

También los movimientos de las legiones romanas, con frecuencia reclutadas en una región del imperio y sirviendo en otra más o menos alejada, contribuyeron a esta expansión a través de los legionarios cristianos que, como los que no lo eran, acababan finalmente estableciéndose en esas otras regiones. Todas estas semillas esparcidas en diversos lugares iban luego desarrollándose gracias al ejemplo y al apostolado personal con los vecinos, parientes, conocidos, etcétera.

Donde más tardó en llegar el Evangelio fue en las zonas rurales, hasta el punto de que la palabra "paganos" (los que habitaban en los pagos, en el campo) llegó a significar "no cristianos". Pero aunque la cristianización de los campesinos llegó mucho más tarde, ya en fechas tempranas había algunas regiones con muchos cristianos en los distritos rurales; es lo que ocurría en Bitinia, según nos da a conocer la ya citada correspondencia de Trajano.

Las zonas más fuertemente cristianizadas estuvieron desde un primer momento en Palestina, Siria, el interior de Anatolia y las costas del Egeo, el delta del Nilo con Alejandría, Roma y sus alrededores; muy pronto se encuentran cristianos en Cartago, en los valles del Ródano y del Guadalquivir y, en general, en todas las costas mediterráneas. En la última época del imperio romano se puede decir que se extendían por doquier dentro de sus fronteras y aún más allá en la zona de Oriente lindante con Persia.

La vida de los cristianos

La mayor parte de los datos sobre la vida de los cristianos los conocemos a través de documentos literarios, que se iluminan en muchos aspectos por los que nos proporciona la arqueología. Algunos de estos documentos literarios, las "apologías" o escritos de defensa contra la maledicencia pagana, nos dan a conocer datos quizás un tanto idealizados, pero muy reveladores de la vida de aquellas comunidades. Como ejemplo, se puede ver el fragmento del Discurso a Diogneto, que recogemos más adelante, de un autor anónimo del siglo II.

Otros escritos nos explican cómo era la vida interna de la comunidad: su organización alrededor del culto, especialmente del sacrificio eucarístico; el papel de la jerarquía; las creencias; las construcciones intelectuales para presentar los contenidos de la fe de una manera orgánica; las exigencias morales; la lucha por la fidelidad al depósito de la fe y por mantener la unidad de las comunidades; relatos pormenorizados de martirios, algunos de ellos con la copia de las actas judiciales correspondientes, etc. Constituye en conjunto una información extremadamente rica.

Los cristianos y la cultura

Si los primeros cristianos eran en su mayoría gente sencilla y sin excluir los esclavos, no faltaron tampoco algunos personajes más o menos importantes ya en los primeros momentos. Recuérdese, por ejemplo, al centurión Cornelio y al etíope ministro de la reina de Candace, citados en los Hechos.

Con el tiempo, la composición social de la Iglesia se iría haciendo cada vez más parecida a la de la sociedad en la cual se desarrollaba. Así, nos hemos encontrado ya con el filósofo San Justino a mitad del siglo II. A finales de aquel siglo y comienzos del siguiente, en la populosa ciudad de Alejandría, donde estaban las instituciones culturales más importantes de la época, el número de los cristianos crecía y muchos pertenecían también, como los que no lo eran, a un mundo de cultura y de bienestar. Allí, gracias a Clemente de Alejandría y después a Orígenes, se presentó el Cristianismo en el mismo nivel intelectual con que se presentaba la ciencia y la filosofía de la época, y se emprendieron, por ejemplo, importantes obras de edición de las Sagradas Escrituras, que en materia de crítica textual no fueron superadas hasta el siglo XVI.

Como se ve, estamos lejos de la concepción popular de una "Iglesia de las catacumbas", aunque no hay que olvidar que la situación oficial seguía siendo precaria: el padre de Orígenes murió mártir, y también él murió a consecuencia de los malos tratos recibidos en otra persecución.

Las grandes persecuciones

Las persecuciones generales, extendidas a todo el imperio aunque no aplicadas en todas sus partes con el mismo rigor, fueron tres. Las tres pretendían la eliminación sistemática y total de los cristianos, en un afán por acabar con personas que se suponían infieles a las tradiciones romanas y por tanto una fuente de debilidad del imperio.
Las dos primeras pertenecen a la mitad del siglo lii, fueron cortas y están separadas por unos pocos años. Las desencadenaron Decio y Valeriano, dos emperadores que duraron poco y que pertenecen al período de la "anarquía militar", en que unos emperadores se suceden a otros, elevados y depuestos (frecuentemente asesinados) por las legiones o por la guardia pretoriana. La primera de ellas, que venía después de un largo período de paz, originó bastantes defecciones.

La tercera de estas persecuciones, la más importante y cruel de todas, tuvo lugar en los últimos años del emperador Diocleciano y quizás un poco a su pesar. Diocleciano había conseguido poner fin al largo estado de inestabilidad política y reorganizar el imperio, aunque en unas líneas de general disminución de la libertad personal. Un gran historiador que vivió en aquella época, Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, ha contado detalladamente esta persecución, de la que estamos también informados por otras muchas fuentes. Resultó especialmente dura en Oriente, y hubo gran cantidad de mártires y muy pocas defecciones.


EL EDICTO DE MILAN

La sucesión de Diocleciano no funcionó por los cauces constitucionales que él había establecido. De las luchas que se siguieron salió triunfador Constantino, que, en una serie de decisiones y documentos conocidos impropiamente como "edicto de Milán", en el año 313 concedió la libertad religiosa a los súbditos del imperio y, concretamente, la posibilidad legal de que hubiera cristianos. Incluso él se haría cristiano, al parecer con toda sinceridad, aunque su formación cristiana se mantuvo a un nivel rudimentario.

La libertad de ser cristianos

Eusebio de Cesarea no cabía en sí de gozo, según se ve en sus escritos. Ya había habido anteriormente algunos emperadores respetuosos y aun simpatizantes con el Cristianismo, pero el paso del estado de persecución al de libertad parecía increíble.

La situación legal se adecuó ahora a la situación de hecho que había existido en los últimos períodos de paz. Se devolvieron los bienes confiscados a las personas privadas y a las Iglesias locales, y se hicieron incluso donaciones substanciases.

El culto cristiano, que en su origen se había realizado en casas particulares más o menos adaptadas, pasó a tenerse en edificios especiales, del estilo de las basílicas destinadas a la administración de justicia y al comercio.

Las conversiones al Cristianismo aumentaron extraordinariamente; aunque no hay que excluir que en algunos casos pudieran estar motivadas por la moda o por consideraciones de conveniencia, no hay razón para pensar que en su gran mayoría no fueran sinceras. Hubo que establecer o poner a punto unos sistemas para proveer a la formación inicial de los nuevos candidatos ("catecumenado")

Rápidamente crecía el número de los cristianos, hasta el punto de que algunos han dicho que si éstos representaban un diez por ciento de la población del imperio a comienzos de siglo, eran ya un noventa por ciento antes de que éste terminara. Se pasaba así de un Cristianismo de comunidades dispersas en el seno de la sociedad a una sociedad compuesta por cristianos, con todas las ambigüedades que esto puede llevar consigo.

Una de las consecuencias positivas del nuevo estado de cosas y que no siempre se tiene en cuenta, era que se facilitaba a los débiles el ser cristianos: los que no contaban con suficiente independencia de carácter a causa de sus condiciones personales o ambientales, encontraban ahora el apoyo de un entorno que quería ser cristiano. A su vez, esto podía llevar consigo un aspecto negativo, la falta de temple y de auténtico compromiso cristiano de muchos.

Las crisis doctrinales y la intervención de los emperadores

a) Los donatistas

Muy poco después del edicto de Milán, un cisma de vastas proporciones sacudió a la cristiandad de la provincia romana de África. Los seguidores de un tal Donato ("donatistas") rechazaban al obispo de Cartago y habían puesto otro en su lugar. Pronto hubo casi tantos obispos donatistas como católicos en toda África y Numidia.

A petición de los cristianos, Constantino convocó diversas reuniones de obispos para que juzgaran quiénes tenían razón, pero las decisiones, siempre favorables a los católicos, fueron respetadas sólo hasta cierto punto, y seguiría habiendo donatistas incluso después de la conquista de la provincia por los vándalos, en la primera mitad del siglo V.


b) El arrianismo

Más grave aún y más general fue la controversia que se originó en Oriente por la predicación de un presbítero de Alejandría, Arrio, quien sostenía que el Hijo de Dios era inferior al Padre y por tanto no era Dios sino una criatura suya, aunque ciertamente la más excelsa. Dotado de gran brillantez, Arrio arrastró a muchos obispos a su parecer. Sus enseñanzas fueron condenadas por el obispo de Alejandría y luego por otros muchos, pero la herejía se fue extendiendo. Por fin, se convocó a concilio a todos los obispos que pudieran asistir ("concilio ecuménico") La reunión tuvo lugar en Nicea, ciudad relativamente cercana a Constantinopla, donde en el año 325 y con el asentimiento de prácticamente todos los asistentes fue definido que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre, consubstancial con él. Todo parecía claro y zanjado. Sin embargo, los seguidores de Arrio ("arrianos") y un grupo un tanto indefinido que no estaban de acuerdo con él pero tampoco con las expresiones usadas en Nicea ("semiarrianos"), comenzaron a intrigar, hasta el punto de que durante más de cincuenta años la vida de la Iglesia estuvo entreverado por las luchas entre los partidarios de la definición de Nicea y estos grupos.

En algunos momentos la balanza se inclinó en favor del arrianismo de una manera que parecía definitiva. Los emperadores de Oriente solían favorecer el arrianismo. El obispo de Alejandría, San Atanasio, defensor acérrimo de la definición de Nicea, sería desterrado numerosas veces de su sede. Por fin, gracias en gran parte al trabajo de algunos obispos, entre los que sobresale San Basilio el Grande, se preparó el camino para que la gran mayoría de ellos se inclinara por la fórmula de Nicea y se confirmara así en el segundo de los concilios ecuménicos, el de Constantinopla (381), muy poco después de la accesión de Teodosio al imperio.

Los escritos de los Padres

Durante todo este tiempo, la cantidad de escritos que reflejan la actividad de los pastores de la Iglesia es impresionante. Centrados en la controversia arriana, no se limitan a ella ni con mucho. Se profundiza en el conocimiento de la fe y en su exposición sistemática y científica, con un gran desarrollo de la teología.

Esta literatura nos informa igualmente de otros muchos aspectos de la vida de la Iglesia. A causa de su abundancia y profundidad, el siglo IV y la primera mitad del V suelen recibir el nombre de edad de oro de la "patrística", nombre que deriva de que los principales de sus autores se conocen con el nombre de "Padres de la Iglesia" o "Santos Padres"


EL CRISTIANISMO, RELIGION DE ESTADO

Juliano, emperador de breve reinado y educado como cristiano pero que abjuró de su fe, intentó a mediados de siglo restaurar el paganismo, que iba muriendo de muerte natural. Es un interesante indicio de cómo iban las cosas el hecho de que para vigorizarlo acudiera a copiar una serie de características de la organización cristiana: establecimiento de entidades de beneficencia en favor de los necesitados, regulación del culto, instauración de una especie de jerarquía pagana; todo ello unido a ayudas económicas estatales de diverso tipo. Pero la empresa no tuvo éxito.

Otro emperador, Teodosio, además de contribuir a acabar con la crisis arriana, una de las más fuertes que ha sacudido a la Iglesia, modificó substancialmente la política religiosa oficial. Se pasaba ahora de la libertad unida a la protección a la religión cristiana, a la prohibición de los cultos paganos. La religión oficial del imperio romano sería en adelante la cristiana.

Se puede juzgar desde distintos ángulos ese cambio. Es cierto que el paganismo estaba desapareciendo, y quizá habría sido mejor dejar que lo hiciera por su cuenta. Por otra parte, es comprensible un deseo de abreviar la existencia de lo que parecía ahora una clara anomalía, basada además en la falsedad. Desde luego, lo que no podemos hacer es avanzar opiniones ligeras ni caer en fáciles anacronismos.

Respecto a la Iglesia, tampoco se puede decir que de esto se siguiera su sometimiento a los poderes civiles: basta recordar la energía con que a finales del siglo IV reprendió San Ambrosio, obispo de Milán, al emperador Teodosio. Este había hecho unas represalias sangrientas en Tesalónica, después de prometer su perdón a los sublevados si se sometían, y Ambrosio se negó a admitir al emperador a la Eucaristía hasta que éste no hubiese hecho penitencia públicamente. El hecho tiene aún mayor interés a causa de la profunda amistad que unía a sus dos protagonistas.

Pero las nuevas y estrechas relaciones entre el poder civil y la Iglesia no dejarían tampoco de presentar sus problemas a lo largo de la historia, como se irá viendo más adelante a pesar de la brevedad de estas páginas. Uno, meramente coyuntural esta vez pero de cierta importancia y no muy conocido, es que en el espacio político de los partos se miró con mayor sospecha el Cristianismo, ahora la religión oficial del imperio rival, y hubo más trabas a su expansión, sin excluir las persecuciones.

El monaquismo cristiano

Posiblemente tenga alguna relación con cierta disminución del fervor religioso, causado por las conversiones masivas y la nueva facilidad para ser cristianos, el fenómeno que apareció en estos tiempos. Muchos cristianos comenzaron a abandonar las ciudades y a irse a lugares deshabitados ("desiertos"), donde buscaban llevar una vida solitaria de mortificación y de oración, prescindiendo en lo posible de los bienes terrenos, tanto materiales como culturales.

Relativamente pronto, muchos de estos solitarios se irían poniendo bajo la orientación de uno más experimentado y de prestigio reconocido y comenzarían a vivir en comunidades propias que mantenían el aislamiento del mundo exterior ("monasterios", lugares donde vivían los "monaci" o solitarios)

Estos movimientos fueron especialmente intensos en Egipto, donde destaca la figura del abad San Antonio, y en Siria. Pero pronto los hubo en otros lugares de Oriente, y más tarde en Occidente, donde sobresale la personalidad de San Benito de Nursia, y en todas partes llegaron a establecerse también en las ciudades.

Nuevas crisis doctrinales

Ya bien entrado el siglo V aparecieron dos nuevas herejías de considerable
importancia: la nestoriano y la monofisita.

a) El nestorianismo

Nestorio, nuevo patriarca de Constantinopla (como se llamaba ahora al obispo de esta ciudad), comenzó a enseñar en su predicación que lo divino y lo humano estaban unidos en Cristo sólo de una manera un tanto accidental y casi separable, aunque lo más radical de esta posición sería más bien sostenido por sus futuros discípulos. Cristo era en realidad un hombre en quien habitaba el Hijo de Dios; en consecuencia, la Virgen María no debía ser llamada Madre de Dios, sino sólo Madre de Cristo, madre del hombre en quien mora el Verbo.

Esta doctrina, que atentaba contra la auténtica personalidad de Jesús (una sola persona divina con dos naturalezas completas, una humana y una divina, explicaría más tarde la Iglesia con términos precisos), fue condenada en Efeso (tercer concilio ecuménico, año 431) después de unas agitadas sesiones, y Nestorio fue depuesto.

Los nestorianos, en general procedentes como él de Antioquía, emigraron en gran número hacia el imperio persa, donde se establecieron y desde donde se extendieron hacia muchos puntos de la India y del Asia central. Aún en el siglo XIII encontró Marco Polo comunidades nestorianas en el interior de Asia.


b) El monofisismo

Una veintena de años después de Efeso, en su entusiasmo por deshacer todo rastro de nestorianismo, un monje de Constantinopla introdujo otra enseñanza errónea y en cierto sentido opuesta a la anterior: la naturaleza divina de Cristo llegaba a absorber su naturaleza humana, de suyo pobre y limitada, de manera que después de la unión de ambas no se podía decir propiamente que Cristo continuara siendo verdadero hombre; de hecho, permanecía sólo la naturaleza divina ("una sola fisis", "monofisismo")

También esto fue condenado, en el segundo concilio de Constantinopla (cuarto ecuménico), de 451, donde se promulgó un nuevo símbolo de la fe más completo. Pero el éxito de la condena fue relativo, en el sentido de que, especialmente en zonas del imperio periféricas pero muy importantes y con un apoyo bastante generalizado de los monjes, el monofisismo continuó. Los monofisitas se separaron en estos lugares de los que permanecían fieles a la ortodoxia y apareció una doble jerarquía y una doble comunidad, la ortodoxa y la monofisita.

Muchos fueron los intentos para recuperar la unidad, apoyados a veces intensamente, y muchas de ellas con poco acierto, por los emperadores A mediados del siglo VII, cuando llegó la irrupción de los musulmanes, la gran masa de la población de Egipto y de Siria, que era monofisita, los aceptó como unos liberadores que les permitirían independizarse de las imposiciones de Constantinopla, y parece que la débil resistencia de estas provincias a la invasión depende en buena parte de esta actitud.

Hasta hoy han perdurado las comunidades monofisitas de Egipto y de Etiopía (evangelizada desde Egipto) y también las de Siria y Armenia.


c) El pelagianismo

Mientras en Oriente se desarrollaban estas controversias, en Occidente tenía lugar otra que no tendría aquellas consecuencias duraderas, sobre la necesidad de la gracia para salvarse.

Pelagio, monje de origen posiblemente inglés o irlandés, sostenía que no hacía falta una ayuda especial de Dios para hacer obras buenas y agradables a sus ojos. En la discusión se distinguió uno de los más grandes padres de la Iglesia y quizás el mayor intelectual de su tiempo, el Africano San Agustín.


LAS INVASIONES DE LOS BÁRBAROS

El traslado de la capitalidad del imperio a Constantinopla, llevado a cabo por Constantino, tuvo importantes consecuencias. Desde allí se pudo defender mejor la frontera del bajo Danubio y, sobre todo, se pudo hacer frente al otro gran imperio de aquellos tiempos, el de los partos y luego el de los persas, que ocupaban un espacio casi igual que el del imperio romano. La frontera entre uno y otro se situaba, aproximadamente y con oscilaciones, en la parte alta del río Eufrates. En siglos venideros, se pudo también ofrecer una resistencia eficaz al expansionismo del Islam. La propia ciudad de Constantinopla estaba en un importante cruce de caminos terrestres y marítimos, y era fácil de aprovisionar y de defender. Finalmente, estaba situada casi en el centro de la parte económica y culturalmente más desarrollada del imperio.

Pero, indirectamente, el cambio acentuó el desplazamiento del centro de gravedad del imperio hacia Oriente. Las mismas invasiones bárbaras que comenzaron allí, concretamente la de los visigodos, se dirigieron por fin hacia Occidente como lugar de más débil resistencia; y la frontera del Rin perdió aún más su capacidad defensiva. En Occidente, cuando ya no se pudo aguantar más tiempo la presión, se hicieron pactos y se permitió la entrada de estos pueblos como aliados.

Los reinos epígonos

Finalmente, también esta ficción acabó por quebrar, y los pueblos germánicos se establecieron por todo el occidente romano como pueblos independientes y soberanos. Desapareció el poder político supremo que ejercía Roma y fue sustituido por un mosaico de diferentes cortes reales.

Sin embargo, el cambio político no fue brusco. Algunas instituciones se habían ido debilitando desde tiempo atrás, y otras muchas siguieron con vida por un largo período.

El cambio social fue aún más lento y menor. Los invasores eran relativamente pocos, una minoría militar; eran claramente menos cultos y fueron absorbidos por las comunidades indígenas romanizadas sobre las que dominaban.

La evolución de la lengua refleja un poco la naturaleza de estos cambios: del latín común se pasa, muy lentamente, a los diferentes romances derivados, y la influencia de las lenguas germánicas en el resultado es, por lo general, muy pequeña y limitada al léxico.

Todo esto permite que se hable de estos estados como de "reinos epígonos", continuadores en cierto sentido del mundo romano al que intentan copiar, pero con una fragmentación política que acabará cristalizando en una serie de unidades menores, distintas entre sí aunque emparentadas.

Esfuerzos de cristianización

Algunos de estos pueblos eran ya cristianos en el momento de la invasión, pero habían sido evangelizados por arrianos, como los visigodos. Otros se convirtieron directamente al catolicismo después de la invasión, como los francos. A la larga, tanto los arrianos como los paganos fueron convirtiéndose al catolicismo de las poblaciones subyugadas, aunque algunos desaparecieron como tales pueblos antes de completarse esta conversión, como los burgundios y los ostrogodos, o aun antes de comenzarse, como los vándalos. Excepto estos últimos, que se establecieron en la antigua África romana y persiguieron cruelmente a los católicos, los demás los dejaron en paz y no hicieron tampoco proselitismo entre ellos.

A veces se da como fecha de conversión de los diferentes pueblos bárbaros la del bautismo de su rey y de los principales magnates. Así, el año 500 para los francos y el 589 para los visigodos. Pero la conversión es algo mucho más personal, y aunque el ejemplo de los nobles arrastrara más o menos rápidamente a los demás, la cristianización real llevó largo tiempo.

De hecho, este último es uno de los aspectos más interesantes de la época los escritos de los Padres de la Iglesia de estos siglos (V a VII) nos muestran una actividad incansable de evangelización en profundidad y de cristianización de las costumbres, dirigida tanto a los viejos como a los nuevos católicos, y tanto en las ciudades como en los núcleos rurales más apartados, donde la Iglesia está cada vez más presente. Un tiempo revuelto y plagado de inseguridades e injusticias, pero muy esperanzador y en que se realizó un trabajo poco vistoso pero realmente efectivo.

VOCABULARIO

Pagano: Originalmente significaba habitante del "pagus", miembro de la población rural. Debido a que la evangelización de los ambientes rurales tardó más en llegar, vino a tomar el significado de "aún no cristiano"

Apología (literalmente, "defensa.): Es el nombre con que se conocen aquellos escritos con que los cristianos trataban de dar a conocer a los paganos su verdadera naturaleza, defendiéndose de las acusaciones falsas que se les hacían. A estos escritores se les llama "apologistas".

Patrística: Conjunto del pensamiento filosófico y teológico de los escritores cristianos de los primeros cinco siglos. Su nombre deriva del de Padre de la Iglesia o Santos Padres con que se conocen los más importantes de estos escritores (importantes por sus enseñanzas, su santidad y el eco que han encontrado en la Iglesia) La "patrología" estudia la vida y obra de estos autores.

Concilio ("consejo"; también llamados "sínodos", "reuniones"): Reuniones de pastores de la Iglesia para estudiar asuntos de fe y de organización eclesiástica y tomar decisiones. Si se reunían los obispos de determinada circunscripción eclesiástica, se habla de concilios particulares o provinciales. Si estaba abierto a todos los obispos del mundo ("ecumene"), aunque no asistieran todos, el concilio se llama "ecuménico", de los que ha habido un total de veintiuno hasta ahora. En el concilio ecuménico, todo el conjunto de los obispos (el "colegio episcopal"), unido indisolublemente a su cabeza (el Obispo de Roma, el Papa), tiene potestad suprema sobre toda la Iglesia, como la tiene también el Papa personalmente. Así, tanto el Papa como el concilio ecuménico con el Papa, son infalibles cuando se pronuncian en materias de fe y costumbres, y tienen poder para juzgar y para establecer leyes eclesiásticas generales.

Donatismo (de Donato): En el terreno dogmático sostenía que los sacramentos no producen su efecto cuando son administrados por una persona moralmente indigna, aunque tenga facultades para administrarlos.

Arrianismo (de Arrio): Sostenía que el Hijo de Dios es inferior a Dios Padre y que, por tanto, no es Dios.

Nestorianismo (de Nestorio): Sostenía que en Jesucristo hay dos personas, la del Hijo de Dios y la del hombre Jesús, unidas estrechamente pero de un modo sólo accidental. La Virgen María no se podría llamar Madre de Dios sino sólo madre del hombre Jesús, que está unido a Dios.

Monofisismo ("una sola naturaleza"): Sostenía que después de la unión en la única persona de Cristo de la naturaleza divina con la humana, aquélla absorbe a ésta y, de hecho, queda una sola naturaleza, la divina.

Ortodoxia ("sentencia correcta") : En general, significa el acuerdo con la enseñanza de la Iglesia en cuestiones de fe y de moral. En Oriente, el calificativo ortodoxo servía para señalar la oposición a las tres herejías anteriores: la fe de la Iglesia es que en Cristo hay dos naturalezas, una divina y una humana, y una sola persona, la divina; ambas naturalezas están intransmutadas e inconfusas, inseparadas e indivisas; a la Virgen María ciertamente se la puede llamar Madre de Dios, puesto que la maternidad afecta a la persona, y en Cristo hay una sola.

Pelagianismo (de Pelagio): Sostenía que el hombre se puede salvar con sus propios esfuerzos, sin ayudas especiales de Dios. El pecado original no es algo realmente heredado, sino sólo un mal ejemplo, aunque importante, que nos dieron nuestros primeros padres, Adán y Eva.

 

La vida corriente de los cristianos y sus ideales, tal como los describe el autor anónimo del Discurso a Diogneto, hacia el final del siglo II (cap. 5):

Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos: como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho.

Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio.