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2. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
LOS CRISTIANOS FRENTE A UN AMBIENTE HOSTIL
Ante la gente que no les conocía personalmente o sólo
de un modo muy superficial, los cristianos no eran bien vistos;
no tenían buena prensa, como se diría hoy. Y, ante
la Ley, estaba prohibido ser cristiano. Sin embargo, había
muchos y cada vez eran más, y de hecho eran en general tolerados.
Pero su situación era especialmente precaria. Una autoridad
local excesivamente celosa podía perseguirlos sistemáticamente
y condenarlos a muerte, o podía verse legalmente obligada
a actuar por la denuncia de cualquiera o sentirse inclinada a hacerlo
ante un malhumor popular que fácilmente se convertía
así en un alboroto contra los cristianos.
De hecho, ocurrían estas cosas, y no era insólito
el caso de los cristianos que morían por no abjurar de su
fe. Una respuesta de Trajano al gobernador de Bitinia (en Asia,
junto al Bósforo), juzgada usualmente como relativamente
benévola, establecía que no se persiguiera de oficio
a los cristianos ni se admitieran las denuncias anónimas
contra ellos, pero que si eran correctamente denunciados se les
juzgara y fueran castigados. El juicio, como no se cansaban de decir
los apologistas, no versaba sobre si eran o no ciertas las calumnias
levantadas contra ellos, sino solamente sobre si eran cristianos
o no. A mediados de siglo y en Roma, la envidia de un maestro de
filosofía pagano contra uno cristiano le llevó a denunciarle
por su religión, resolviendo de esta peculiar manera sus
problemas académicos; San Justino, el filósofo cristiano,
murió mártir. Sólo los datos que son históricamente
conocidos con precisión podrían llenar páginas,
y parece claro que no son más que un pálido reflejo
de la realidad en su conjunto.
Expansión del Cristianismo
Sin embargo, dentro de esta falta de seguridad, el número
de los cristianos crecía. La primera expansión había
tenido lugar a partir de comunidades judías y en los lugares
donde éstas se encontraban. Así continuaría
ocurriendo durante algún tiempo, pero dejando relativamente
pronto las sinagogas, donde se había establecido ya una firme
oposición.
Los primeros lugares donde encontramos cristianos son las ciudades,
comenzando por las más populosas, y esto tanto en Oriente
como en Occidente. En varias de ellas predicó personalmente
San Pablo, como ya hemos visto.
De otras, las primeras noticias que tenemos son más tardías,
pero nos muestran comunidades cristianas antiguas y consolidadas:
así, a finales del siglo II, Alejandría, la segunda
ciudad del imperio, y Cartago, la metrópoli Africana. En
estas aglomeraciones, una población flotante de mercaderes
y artesanos contribuía a extender la fe, gracias al afán
proselitista general de los cristianos y aprovechando la lengua
común, el griego aún más que el latín.
También los movimientos de las legiones romanas, con frecuencia
reclutadas en una región del imperio y sirviendo en otra
más o menos alejada, contribuyeron a esta expansión
a través de los legionarios cristianos que, como los que
no lo eran, acababan finalmente estableciéndose en esas otras
regiones. Todas estas semillas esparcidas en diversos lugares iban
luego desarrollándose gracias al ejemplo y al apostolado
personal con los vecinos, parientes, conocidos, etcétera.
Donde más tardó en llegar el Evangelio fue en las
zonas rurales, hasta el punto de que la palabra "paganos"
(los que habitaban en los pagos, en el campo) llegó a significar
"no cristianos". Pero aunque la cristianización
de los campesinos llegó mucho más tarde, ya en fechas
tempranas había algunas regiones con muchos cristianos en
los distritos rurales; es lo que ocurría en Bitinia, según
nos da a conocer la ya citada correspondencia de Trajano.
Las zonas más fuertemente cristianizadas estuvieron desde
un primer momento en Palestina, Siria, el interior de Anatolia y
las costas del Egeo, el delta del Nilo con Alejandría, Roma
y sus alrededores; muy pronto se encuentran cristianos en Cartago,
en los valles del Ródano y del Guadalquivir y, en general,
en todas las costas mediterráneas. En la última época
del imperio romano se puede decir que se extendían por doquier
dentro de sus fronteras y aún más allá en la
zona de Oriente lindante con Persia.
La vida de los cristianos
La mayor parte de los datos sobre la vida de los cristianos los
conocemos a través de documentos literarios, que se iluminan
en muchos aspectos por los que nos proporciona la arqueología.
Algunos de estos documentos literarios, las "apologías"
o escritos de defensa contra la maledicencia pagana, nos dan a conocer
datos quizás un tanto idealizados, pero muy reveladores de
la vida de aquellas comunidades. Como ejemplo, se puede ver el fragmento
del Discurso a Diogneto, que recogemos más adelante, de un
autor anónimo del siglo II.
Otros escritos nos explican cómo era la vida interna de
la comunidad: su organización alrededor del culto, especialmente
del sacrificio eucarístico; el papel de la jerarquía;
las creencias; las construcciones intelectuales para presentar los
contenidos de la fe de una manera orgánica; las exigencias
morales; la lucha por la fidelidad al depósito de la fe y
por mantener la unidad de las comunidades; relatos pormenorizados
de martirios, algunos de ellos con la copia de las actas judiciales
correspondientes, etc. Constituye en conjunto una información
extremadamente rica.
Los cristianos y la cultura
Si los primeros cristianos eran en su mayoría gente sencilla
y sin excluir los esclavos, no faltaron tampoco algunos personajes
más o menos importantes ya en los primeros momentos. Recuérdese,
por ejemplo, al centurión Cornelio y al etíope ministro
de la reina de Candace, citados en los Hechos.
Con el tiempo, la composición social de la Iglesia se iría
haciendo cada vez más parecida a la de la sociedad en la
cual se desarrollaba. Así, nos hemos encontrado ya con el
filósofo San Justino a mitad del siglo II. A finales de aquel
siglo y comienzos del siguiente, en la populosa ciudad de Alejandría,
donde estaban las instituciones culturales más importantes
de la época, el número de los cristianos crecía
y muchos pertenecían también, como los que no lo eran,
a un mundo de cultura y de bienestar. Allí, gracias a Clemente
de Alejandría y después a Orígenes, se presentó
el Cristianismo en el mismo nivel intelectual con que se presentaba
la ciencia y la filosofía de la época, y se emprendieron,
por ejemplo, importantes obras de edición de las Sagradas
Escrituras, que en materia de crítica textual no fueron superadas
hasta el siglo XVI.
Como se ve, estamos lejos de la concepción popular de una
"Iglesia de las catacumbas", aunque no hay que olvidar
que la situación oficial seguía siendo precaria: el
padre de Orígenes murió mártir, y también
él murió a consecuencia de los malos tratos recibidos
en otra persecución.
Las grandes persecuciones
Las persecuciones generales, extendidas a todo el imperio aunque
no aplicadas en todas sus partes con el mismo rigor, fueron tres.
Las tres pretendían la eliminación sistemática
y total de los cristianos, en un afán por acabar con personas
que se suponían infieles a las tradiciones romanas y por
tanto una fuente de debilidad del imperio.
Las dos primeras pertenecen a la mitad del siglo lii, fueron cortas
y están separadas por unos pocos años. Las desencadenaron
Decio y Valeriano, dos emperadores que duraron poco y que pertenecen
al período de la "anarquía militar", en
que unos emperadores se suceden a otros, elevados y depuestos (frecuentemente
asesinados) por las legiones o por la guardia pretoriana. La primera
de ellas, que venía después de un largo período
de paz, originó bastantes defecciones.
La tercera de estas persecuciones, la más importante y cruel
de todas, tuvo lugar en los últimos años del emperador
Diocleciano y quizás un poco a su pesar. Diocleciano había
conseguido poner fin al largo estado de inestabilidad política
y reorganizar el imperio, aunque en unas líneas de general
disminución de la libertad personal. Un gran historiador
que vivió en aquella época, Eusebio, obispo de Cesarea
de Palestina, ha contado detalladamente esta persecución,
de la que estamos también informados por otras muchas fuentes.
Resultó especialmente dura en Oriente, y hubo gran cantidad
de mártires y muy pocas defecciones.
EL EDICTO DE MILAN
La sucesión de Diocleciano no funcionó por los cauces
constitucionales que él había establecido. De las
luchas que se siguieron salió triunfador Constantino, que,
en una serie de decisiones y documentos conocidos impropiamente
como "edicto de Milán", en el año 313 concedió
la libertad religiosa a los súbditos del imperio y, concretamente,
la posibilidad legal de que hubiera cristianos. Incluso él
se haría cristiano, al parecer con toda sinceridad, aunque
su formación cristiana se mantuvo a un nivel rudimentario.
La libertad de ser cristianos
Eusebio de Cesarea no cabía en sí de gozo, según
se ve en sus escritos. Ya había habido anteriormente algunos
emperadores respetuosos y aun simpatizantes con el Cristianismo,
pero el paso del estado de persecución al de libertad parecía
increíble.
La situación legal se adecuó ahora a la situación
de hecho que había existido en los últimos períodos
de paz. Se devolvieron los bienes confiscados a las personas privadas
y a las Iglesias locales, y se hicieron incluso donaciones substanciases.
El culto cristiano, que en su origen se había realizado
en casas particulares más o menos adaptadas, pasó
a tenerse en edificios especiales, del estilo de las basílicas
destinadas a la administración de justicia y al comercio.
Las conversiones al Cristianismo aumentaron extraordinariamente;
aunque no hay que excluir que en algunos casos pudieran estar motivadas
por la moda o por consideraciones de conveniencia, no hay razón
para pensar que en su gran mayoría no fueran sinceras. Hubo
que establecer o poner a punto unos sistemas para proveer a la formación
inicial de los nuevos candidatos ("catecumenado")
Rápidamente crecía el número de los cristianos,
hasta el punto de que algunos han dicho que si éstos representaban
un diez por ciento de la población del imperio a comienzos
de siglo, eran ya un noventa por ciento antes de que éste
terminara. Se pasaba así de un Cristianismo de comunidades
dispersas en el seno de la sociedad a una sociedad compuesta por
cristianos, con todas las ambigüedades que esto puede llevar
consigo.
Una de las consecuencias positivas del nuevo estado de cosas y
que no siempre se tiene en cuenta, era que se facilitaba a los débiles
el ser cristianos: los que no contaban con suficiente independencia
de carácter a causa de sus condiciones personales o ambientales,
encontraban ahora el apoyo de un entorno que quería ser cristiano.
A su vez, esto podía llevar consigo un aspecto negativo,
la falta de temple y de auténtico compromiso cristiano de
muchos.
Las crisis doctrinales y la intervención
de los emperadores
a) Los donatistas
Muy poco después del edicto de Milán, un cisma de
vastas proporciones sacudió a la cristiandad de la provincia
romana de África. Los seguidores de un tal Donato ("donatistas")
rechazaban al obispo de Cartago y habían puesto otro en su
lugar. Pronto hubo casi tantos obispos donatistas como católicos
en toda África y Numidia.
A petición de los cristianos, Constantino convocó
diversas reuniones de obispos para que juzgaran quiénes tenían
razón, pero las decisiones, siempre favorables a los católicos,
fueron respetadas sólo hasta cierto punto, y seguiría
habiendo donatistas incluso después de la conquista de la
provincia por los vándalos, en la primera mitad del siglo
V.
b) El arrianismo
Más grave aún y más general fue la controversia
que se originó en Oriente por la predicación de un
presbítero de Alejandría, Arrio, quien sostenía
que el Hijo de Dios era inferior al Padre y por tanto no era Dios
sino una criatura suya, aunque ciertamente la más excelsa.
Dotado de gran brillantez, Arrio arrastró a muchos obispos
a su parecer. Sus enseñanzas fueron condenadas por el obispo
de Alejandría y luego por otros muchos, pero la herejía
se fue extendiendo. Por fin, se convocó a concilio a todos
los obispos que pudieran asistir ("concilio ecuménico")
La reunión tuvo lugar en Nicea, ciudad relativamente cercana
a Constantinopla, donde en el año 325 y con el asentimiento
de prácticamente todos los asistentes fue definido que el
Hijo era de la misma naturaleza que el Padre, consubstancial con
él. Todo parecía claro y zanjado. Sin embargo, los
seguidores de Arrio ("arrianos") y un grupo un tanto indefinido
que no estaban de acuerdo con él pero tampoco con las expresiones
usadas en Nicea ("semiarrianos"), comenzaron a intrigar,
hasta el punto de que durante más de cincuenta años
la vida de la Iglesia estuvo entreverado por las luchas entre los
partidarios de la definición de Nicea y estos grupos.
En algunos momentos la balanza se inclinó en favor del arrianismo
de una manera que parecía definitiva. Los emperadores de
Oriente solían favorecer el arrianismo. El obispo de Alejandría,
San Atanasio, defensor acérrimo de la definición de
Nicea, sería desterrado numerosas veces de su sede. Por fin,
gracias en gran parte al trabajo de algunos obispos, entre los que
sobresale San Basilio el Grande, se preparó el camino para
que la gran mayoría de ellos se inclinara por la fórmula
de Nicea y se confirmara así en el segundo de los concilios
ecuménicos, el de Constantinopla (381), muy poco después
de la accesión de Teodosio al imperio.
Los escritos de los Padres
Durante todo este tiempo, la cantidad de escritos que reflejan
la actividad de los pastores de la Iglesia es impresionante. Centrados
en la controversia arriana, no se limitan a ella ni con mucho. Se
profundiza en el conocimiento de la fe y en su exposición
sistemática y científica, con un gran desarrollo de
la teología.
Esta literatura nos informa igualmente de otros muchos aspectos
de la vida de la Iglesia. A causa de su abundancia y profundidad,
el siglo IV y la primera mitad del V suelen recibir el nombre de
edad de oro de la "patrística", nombre que deriva
de que los principales de sus autores se conocen con el nombre de
"Padres de la Iglesia" o "Santos Padres"
EL CRISTIANISMO, RELIGION DE ESTADO
Juliano, emperador de breve reinado y educado como cristiano pero
que abjuró de su fe, intentó a mediados de siglo restaurar
el paganismo, que iba muriendo de muerte natural. Es un interesante
indicio de cómo iban las cosas el hecho de que para vigorizarlo
acudiera a copiar una serie de características de la organización
cristiana: establecimiento de entidades de beneficencia en favor
de los necesitados, regulación del culto, instauración
de una especie de jerarquía pagana; todo ello unido a ayudas
económicas estatales de diverso tipo. Pero la empresa no
tuvo éxito.
Otro emperador, Teodosio, además de contribuir a acabar
con la crisis arriana, una de las más fuertes que ha sacudido
a la Iglesia, modificó substancialmente la política
religiosa oficial. Se pasaba ahora de la libertad unida a la protección
a la religión cristiana, a la prohibición de los cultos
paganos. La religión oficial del imperio romano sería
en adelante la cristiana.
Se puede juzgar desde distintos ángulos ese cambio. Es cierto
que el paganismo estaba desapareciendo, y quizá habría
sido mejor dejar que lo hiciera por su cuenta. Por otra parte, es
comprensible un deseo de abreviar la existencia de lo que parecía
ahora una clara anomalía, basada además en la falsedad.
Desde luego, lo que no podemos hacer es avanzar opiniones ligeras
ni caer en fáciles anacronismos.
Respecto a la Iglesia, tampoco se puede decir que de esto se siguiera
su sometimiento a los poderes civiles: basta recordar la energía
con que a finales del siglo IV reprendió San Ambrosio, obispo
de Milán, al emperador Teodosio. Este había hecho
unas represalias sangrientas en Tesalónica, después
de prometer su perdón a los sublevados si se sometían,
y Ambrosio se negó a admitir al emperador a la Eucaristía
hasta que éste no hubiese hecho penitencia públicamente.
El hecho tiene aún mayor interés a causa de la profunda
amistad que unía a sus dos protagonistas.
Pero las nuevas y estrechas relaciones entre el poder civil y la
Iglesia no dejarían tampoco de presentar sus problemas a
lo largo de la historia, como se irá viendo más adelante
a pesar de la brevedad de estas páginas. Uno, meramente coyuntural
esta vez pero de cierta importancia y no muy conocido, es que en
el espacio político de los partos se miró con mayor
sospecha el Cristianismo, ahora la religión oficial del imperio
rival, y hubo más trabas a su expansión, sin excluir
las persecuciones.
El monaquismo cristiano
Posiblemente tenga alguna relación con cierta disminución
del fervor religioso, causado por las conversiones masivas y la
nueva facilidad para ser cristianos, el fenómeno que apareció
en estos tiempos. Muchos cristianos comenzaron a abandonar las ciudades
y a irse a lugares deshabitados ("desiertos"), donde buscaban
llevar una vida solitaria de mortificación y de oración,
prescindiendo en lo posible de los bienes terrenos, tanto materiales
como culturales.
Relativamente pronto, muchos de estos solitarios se irían
poniendo bajo la orientación de uno más experimentado
y de prestigio reconocido y comenzarían a vivir en comunidades
propias que mantenían el aislamiento del mundo exterior ("monasterios",
lugares donde vivían los "monaci" o solitarios)
Estos movimientos fueron especialmente intensos en Egipto, donde
destaca la figura del abad San Antonio, y en Siria. Pero pronto
los hubo en otros lugares de Oriente, y más tarde en Occidente,
donde sobresale la personalidad de San Benito de Nursia, y en todas
partes llegaron a establecerse también en las ciudades.
Nuevas crisis doctrinales
Ya bien entrado el siglo V aparecieron dos nuevas herejías
de considerable
importancia: la nestoriano y la monofisita.
a) El nestorianismo
Nestorio, nuevo patriarca de Constantinopla (como se llamaba ahora
al obispo de esta ciudad), comenzó a enseñar en su
predicación que lo divino y lo humano estaban unidos en Cristo
sólo de una manera un tanto accidental y casi separable,
aunque lo más radical de esta posición sería
más bien sostenido por sus futuros discípulos. Cristo
era en realidad un hombre en quien habitaba el Hijo de Dios; en
consecuencia, la Virgen María no debía ser llamada
Madre de Dios, sino sólo Madre de Cristo, madre del hombre
en quien mora el Verbo.
Esta doctrina, que atentaba contra la auténtica personalidad
de Jesús (una sola persona divina con dos naturalezas completas,
una humana y una divina, explicaría más tarde la Iglesia
con términos precisos), fue condenada en Efeso (tercer concilio
ecuménico, año 431) después de unas agitadas
sesiones, y Nestorio fue depuesto.
Los nestorianos, en general procedentes como él de Antioquía,
emigraron en gran número hacia el imperio persa, donde se
establecieron y desde donde se extendieron hacia muchos puntos de
la India y del Asia central. Aún en el siglo XIII encontró
Marco Polo comunidades nestorianas en el interior de Asia.
b) El monofisismo
Una veintena de años después de Efeso, en su entusiasmo
por deshacer todo rastro de nestorianismo, un monje de Constantinopla
introdujo otra enseñanza errónea y en cierto sentido
opuesta a la anterior: la naturaleza divina de Cristo llegaba a
absorber su naturaleza humana, de suyo pobre y limitada, de manera
que después de la unión de ambas no se podía
decir propiamente que Cristo continuara siendo verdadero hombre;
de hecho, permanecía sólo la naturaleza divina ("una
sola fisis", "monofisismo")
También esto fue condenado, en el segundo concilio de Constantinopla
(cuarto ecuménico), de 451, donde se promulgó un nuevo
símbolo de la fe más completo. Pero el éxito
de la condena fue relativo, en el sentido de que, especialmente
en zonas del imperio periféricas pero muy importantes y con
un apoyo bastante generalizado de los monjes, el monofisismo continuó.
Los monofisitas se separaron en estos lugares de los que permanecían
fieles a la ortodoxia y apareció una doble jerarquía
y una doble comunidad, la ortodoxa y la monofisita.
Muchos fueron los intentos para recuperar la unidad, apoyados a
veces intensamente, y muchas de ellas con poco acierto, por los
emperadores A mediados del siglo VII, cuando llegó la irrupción
de los musulmanes, la gran masa de la población de Egipto
y de Siria, que era monofisita, los aceptó como unos liberadores
que les permitirían independizarse de las imposiciones de
Constantinopla, y parece que la débil resistencia de estas
provincias a la invasión depende en buena parte de esta actitud.
Hasta hoy han perdurado las comunidades monofisitas de Egipto y
de Etiopía (evangelizada desde Egipto) y también las
de Siria y Armenia.
c) El pelagianismo
Mientras en Oriente se desarrollaban estas controversias, en Occidente
tenía lugar otra que no tendría aquellas consecuencias
duraderas, sobre la necesidad de la gracia para salvarse.
Pelagio, monje de origen posiblemente inglés o irlandés,
sostenía que no hacía falta una ayuda especial de
Dios para hacer obras buenas y agradables a sus ojos. En la discusión
se distinguió uno de los más grandes padres de la
Iglesia y quizás el mayor intelectual de su tiempo, el Africano
San Agustín.
LAS INVASIONES DE LOS BÁRBAROS
El traslado de la capitalidad del imperio a Constantinopla, llevado
a cabo por Constantino, tuvo importantes consecuencias. Desde allí
se pudo defender mejor la frontera del bajo Danubio y, sobre todo,
se pudo hacer frente al otro gran imperio de aquellos tiempos, el
de los partos y luego el de los persas, que ocupaban un espacio
casi igual que el del imperio romano. La frontera entre uno y otro
se situaba, aproximadamente y con oscilaciones, en la parte alta
del río Eufrates. En siglos venideros, se pudo también
ofrecer una resistencia eficaz al expansionismo del Islam. La propia
ciudad de Constantinopla estaba en un importante cruce de caminos
terrestres y marítimos, y era fácil de aprovisionar
y de defender. Finalmente, estaba situada casi en el centro de la
parte económica y culturalmente más desarrollada del
imperio.
Pero, indirectamente, el cambio acentuó el desplazamiento
del centro de gravedad del imperio hacia Oriente. Las mismas invasiones
bárbaras que comenzaron allí, concretamente la de
los visigodos, se dirigieron por fin hacia Occidente como lugar
de más débil resistencia; y la frontera del Rin perdió
aún más su capacidad defensiva. En Occidente, cuando
ya no se pudo aguantar más tiempo la presión, se hicieron
pactos y se permitió la entrada de estos pueblos como aliados.
Los reinos epígonos
Finalmente, también esta ficción acabó por
quebrar, y los pueblos germánicos se establecieron por todo
el occidente romano como pueblos independientes y soberanos. Desapareció
el poder político supremo que ejercía Roma y fue sustituido
por un mosaico de diferentes cortes reales.
Sin embargo, el cambio político no fue brusco. Algunas instituciones
se habían ido debilitando desde tiempo atrás, y otras
muchas siguieron con vida por un largo período.
El cambio social fue aún más lento y menor. Los invasores
eran relativamente pocos, una minoría militar; eran claramente
menos cultos y fueron absorbidos por las comunidades indígenas
romanizadas sobre las que dominaban.
La evolución de la lengua refleja un poco la naturaleza
de estos cambios: del latín común se pasa, muy lentamente,
a los diferentes romances derivados, y la influencia de las lenguas
germánicas en el resultado es, por lo general, muy pequeña
y limitada al léxico.
Todo esto permite que se hable de estos estados como de "reinos
epígonos", continuadores en cierto sentido del mundo
romano al que intentan copiar, pero con una fragmentación
política que acabará cristalizando en una serie de
unidades menores, distintas entre sí aunque emparentadas.
Esfuerzos de cristianización
Algunos de estos pueblos eran ya cristianos en el momento de la
invasión, pero habían sido evangelizados por arrianos,
como los visigodos. Otros se convirtieron directamente al catolicismo
después de la invasión, como los francos. A la larga,
tanto los arrianos como los paganos fueron convirtiéndose
al catolicismo de las poblaciones subyugadas, aunque algunos desaparecieron
como tales pueblos antes de completarse esta conversión,
como los burgundios y los ostrogodos, o aun antes de comenzarse,
como los vándalos. Excepto estos últimos, que se establecieron
en la antigua África romana y persiguieron cruelmente a los
católicos, los demás los dejaron en paz y no hicieron
tampoco proselitismo entre ellos.
A veces se da como fecha de conversión de los diferentes
pueblos bárbaros la del bautismo de su rey y de los principales
magnates. Así, el año 500 para los francos y el 589
para los visigodos. Pero la conversión es algo mucho más
personal, y aunque el ejemplo de los nobles arrastrara más
o menos rápidamente a los demás, la cristianización
real llevó largo tiempo.
De hecho, este último es uno de los aspectos más
interesantes de la época los escritos de los Padres de la
Iglesia de estos siglos (V a VII) nos muestran una actividad incansable
de evangelización en profundidad y de cristianización
de las costumbres, dirigida tanto a los viejos como a los nuevos
católicos, y tanto en las ciudades como en los núcleos
rurales más apartados, donde la Iglesia está cada
vez más presente. Un tiempo revuelto y plagado de inseguridades
e injusticias, pero muy esperanzador y en que se realizó
un trabajo poco vistoso pero realmente efectivo.
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VOCABULARIO
Pagano: Originalmente
significaba habitante del "pagus", miembro
de la población rural. Debido a que la evangelización
de los ambientes rurales tardó más en
llegar, vino a tomar el significado de "aún
no cristiano"
Apología (literalmente,
"defensa.): Es el nombre con que se conocen
aquellos escritos con que los cristianos trataban de
dar a conocer a los paganos su verdadera naturaleza,
defendiéndose de las acusaciones falsas que se
les hacían. A estos escritores se les llama "apologistas".
Patrística: Conjunto
del pensamiento filosófico y teológico
de los escritores cristianos de los primeros cinco siglos.
Su nombre deriva del de Padre de la Iglesia o Santos
Padres con que se conocen los más importantes
de estos escritores (importantes por sus enseñanzas,
su santidad y el eco que han encontrado en la Iglesia)
La "patrología" estudia la vida y obra
de estos autores.
Concilio ("consejo";
también llamados "sínodos",
"reuniones"): Reuniones de pastores
de la Iglesia para estudiar asuntos de fe y de organización
eclesiástica y tomar decisiones. Si se reunían
los obispos de determinada circunscripción eclesiástica,
se habla de concilios particulares o provinciales. Si
estaba abierto a todos los obispos del mundo ("ecumene"),
aunque no asistieran todos, el concilio se llama "ecuménico",
de los que ha habido un total de veintiuno hasta ahora.
En el concilio ecuménico, todo el conjunto de
los obispos (el "colegio episcopal"), unido
indisolublemente a su cabeza (el Obispo de Roma, el
Papa), tiene potestad suprema sobre toda la Iglesia,
como la tiene también el Papa personalmente.
Así, tanto el Papa como el concilio ecuménico
con el Papa, son infalibles cuando se pronuncian en
materias de fe y costumbres, y tienen poder para juzgar
y para establecer leyes eclesiásticas generales.
Donatismo (de Donato):
En el terreno dogmático sostenía que los
sacramentos no producen su efecto cuando son administrados
por una persona moralmente indigna, aunque tenga facultades
para administrarlos.
Arrianismo (de Arrio):
Sostenía que el Hijo de Dios es inferior a Dios
Padre y que, por tanto, no es Dios.
Nestorianismo (de Nestorio):
Sostenía que en Jesucristo hay dos personas,
la del Hijo de Dios y la del hombre Jesús, unidas
estrechamente pero de un modo sólo accidental.
La Virgen María no se podría llamar Madre
de Dios sino sólo madre del hombre Jesús,
que está unido a Dios.
Monofisismo ("una sola
naturaleza"): Sostenía que después
de la unión en la única persona de Cristo
de la naturaleza divina con la humana, aquélla
absorbe a ésta y, de hecho, queda una sola naturaleza,
la divina.
Ortodoxia ("sentencia
correcta") : En general, significa el acuerdo
con la enseñanza de la Iglesia en cuestiones
de fe y de moral. En Oriente, el calificativo ortodoxo
servía para señalar la oposición
a las tres herejías anteriores: la fe de la Iglesia
es que en Cristo hay dos naturalezas, una divina y una
humana, y una sola persona, la divina; ambas naturalezas
están intransmutadas e inconfusas, inseparadas
e indivisas; a la Virgen María ciertamente se
la puede llamar Madre de Dios, puesto que la maternidad
afecta a la persona, y en Cristo hay una sola.
Pelagianismo (de Pelagio):
Sostenía que el hombre se puede salvar con sus
propios esfuerzos, sin ayudas especiales de Dios. El
pecado original no es algo realmente heredado, sino
sólo un mal ejemplo, aunque importante, que nos
dieron nuestros primeros padres, Adán y Eva.
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La vida corriente de los cristianos y sus ideales,
tal como los describe el autor anónimo del Discurso a Diogneto,
hacia el final del siglo II (cap. 5):
Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás
hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres.
Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua
extraña, ni llevan un género de vida aparte de los
demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada
gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni
profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que,
habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte
que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida
y demás género de vida a los usos y costumbres de
cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta,
admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan
sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como
ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña
es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan
como todos: como todos engendran hijos, pero no exponen los que
les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho.
Están en la carne, pero no viven según la carne.
Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en
el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan
las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce
y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres
y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados
y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se
los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria
y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores;
castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por
los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos
son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no
saben decir el motivo de su odio.
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